El abanico de Lady Windermere: Acto I

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Decoración: Gabinete de confianza en la casa de lord Windermere, en Carlton. Puertas en el centro y a la derecha. Mesa de despacho, con libros y papeles, a la derecha. Sofá, con mesita de té, a la izquierda. Puerta balcón, que se abre sobre la terraza, a la izquierda. Mesa, a la derecha.


(LADY WINDERMERE está ante la mesa de la derecha arreglando unas rosas en un búcaro azul. Entra PARKER.)

PARKER.- ¿Está su señoría en casa esta tarde?

LADY WINDERMERE.- ¿Quién ha venido?

PARKER.- Lord Darlington, señora.

LADY WINDERMERE.- (Titubea un momento.) Que pase... Y estoy en casa para todos los que vengan.

PARKER.- Bien, señora.

(Sale por el centro.)

LADY WINDERMERE.- Prefiero verle antes de esta noche. Me alegro de que haya venido.

(Entra PARKER por el centro.)

PARKER.- Lord Darlington.

(Entra LORD DARLINGTON por el centro. Vase PARKER.)

LORD DARLINGTON.- ¿Cómo está usted, lady Windermere?

LADY WINDERMERE.- ¿Cómo está usted, lord Darlington? No, no puedo darle la mano. Mis manos están todas mojadas con estas rosas. ¿No son hermosas? Han llegado de Selby esta mañana.

LORD DARLINGTON.- Son totalmente perfectas. (Ve un abanico que está sobre la mesa.) ¡Qué maravilloso abanico! ¿Puedo examinarlo?

LADY WINDERMERE.- Véalo. Bonito, ¿verdad? Lleva puesto mi nombre y todo. Acaban de enviármelo. Es el regalo de cumpleaños de mi marido. ¿No sabe usted que hoy es mi cumpleaños?

LORD DARLINGTON.- No. ¿Habla usted en serio?

LADY WINDERMERE.- Sí, es hoy mi mayoría de edad. Día completamente importante en mi vida, ¿no? Por eso doy esta noche una reunión. Siéntese usted.

(Sigue arreglando las flores.)

LORD DARLINGTON.- (Sentándose.) Siento no haber sabido que era su cumpleaños, lady Windermere. Habría cubierto de flores toda la calle, delante de su casa, para que usted las pisara. Para eso están hechas. (Una breve pausa.)

LADY WINDERMERE.- Lord Darlington, me estuvo usted molestando la noche pasada en el Ministerio de Estado. Y temo que vaya usted a molestarme de nuevo.

LORD DARLINGTON.- ¿Yo, lady Windermere?

(Entran PARKER y un CRIADO, por el centro, llevando en una bandeja un servicio de té.)

LADY WINDERMERE.- Póngalo aquí, Parker. Así está bien. (Sécase las manos con un pañuelo, va hacia la mesita de té a la izquierda y se sienta.) ¿Quiere usted sentarse, lord Darlington?

(Vanse PARKER y el CRIADO por el centro.)

LORD DARLINGTON.- (Coge una silla y se acerca.) Soy un completo miserable, lady Windermere. Debe usted decirme qué es lo que hice.

(Siéntase a la izquierda de la mesita.)

LADY WINDERMERE.- Bueno, pues estarme echando flores toda la noche.

LORD DARLINGTON.- (Sonriendo.) ¡Ah! Hoy día estamos tan pobres de todo, que la única cosa divertida es echar flores. Es lo único que puede echarse.

LADY WINDERMERE.- (Moviendo la cabeza.) No, le estoy a usted hablando muy seriamente. No sonría usted, lo digo muy en serio. No me gustan los cumplidos y me parece inconcebible que haya quien crea agradar extraordinariamente a una mujer por decirle un montón de cosas en las que no cree.

LORD DARLINGTON.- ¡Ah! Pero es que yo las creo.

(Coge la taza de té que ella le ofrece.)

LADY WINDERMERE.- (Gravemente.) Espero que no. Sentiría tener que regañar con usted, lord Darlington. Ya sabe que le quiero mucho. Pero dejaría de quererle en absoluto si pensase que es usted como la mayoría de los hombres. Créame: es usted mejor que la mayoría de los hombres, pero a veces quiere usted parecer peor.

LORD DARLINGTON.- Todos tenemos nuestras pequeñas vanidades, lady Windermere.

LADY WINDERMERE.- ¿Y por qué hace usted de esa, especialmente, la suya?

(Sigue sentada ante la mesa de la izquierda.)

LORD DARLINGTON.- (Siempre sentado en el centro.) ¡Oh! En la actualidad, hay tanta gente en sociedad que pretende ser buena, que me parece casi una prueba de grata y modesta disposición pretender ser malo. Además, es preciso confesarlo. Si pretende uno ser bueno, el mundo le toma a uno muy en serio. Y si pretende ser malo, sucede lo contrario. Tal es la asombrosa estupidez del optimismo.

LADY WINDERMERE.- Entonces, ¿usted no quiere que el mundo le tome en serio, lord Darlington?

LORD DARLINGTON.- No, el mundo, no. ¿Quién es la gente a la que el mundo toma en serio? Toda la gente más aburrida para mí, desde los obispos para abajo. Me gustaría que me tomase usted en serio, lady Windermere; usted más que nadie en la vida.

LADY WINDERMERE.- ¿Por qué yo?

LORD DARLINGTON.- (Después de una breve vacilación.) Porque creo que podríamos ser grandes amigos. Puede usted necesitar algún día un amigo.

LADY WINDERMERE.- ¿Por qué dice usted eso?

LORD DARLINGTON.- ¡Oh!... Todos necesitamos a veces amigos.

LADY WINDERMERE.- Creo que somos ya buenos amigos, lord Darlington. Podemos seguir siéndolo siempre, mientras usted no...

LORD DARLINGTON.- ¿No qué?

LADY WINDERMERE.- No lo eche a perder diciéndome cosas extravagantes y tontas. Me cree usted una puritana, ¿verdad? Bueno, pues tengo algo de puritana. Quisieron educarme así. Me alegro mucho de eso. Mi madre murió cuando era yo una simple niña. Viví siempre con lady Julia, la hermana mayor de mi padre, como usted sabe. Era severa conmigo, pero me enseñó lo que el mundo está olvidando: la diferencia que hay entre lo que está bien y lo que está mal. No toleraba ninguna claudicación. Yo tampoco la tolero.

LORD DARLINGTON.- ¡Mi querida lady Windermere!

LADY WINDERMERE.- (Recostándose en el sofá.) Me mira usted como si fuese de otra época. ¡Bien; lo soy! Sentiría estar al mismo nivel de una época como esta.

LORD DARLINGTON.- ¿La cree usted mala?

LADY WINDERMERE.- Sí. Hoy en día la gente parece considerar la vida como una especulación. Y no es una especulación. Es un sacramento. Su ideal es el amor. Su purificación es el sacrificio.

LORD DARLINGTON.- (Sonriendo.) ¡Oh, todo es preferible a ser sacrificado!

LADY WINDERMERE.- (Inclinándose hacia adelante.) No diga usted eso.

LORD DARLINGTON.- Lo digo. Lo siento... Lo sé.

(Entra PARKER por el centro.)

PARKER.- Señora, esos hombres quieren saber si tienen que poner las alfombras en la terraza para esta noche.

LADY WINDERMERE.- ¿Cree usted que lloverá, lord Darlington?

LORD DARLINGTON.- ¡No quiero oír hablar de lluvia el día de su cumpleaños!

LADY WINDERMERE.- Diga usted entonces que las pongan, Parker.

(Sale PARKER.)

LORD DARLINGTON.- (Sigue sentado.) ¿Cree usted entonces (pongo, naturalmente, solo un ejemplo imaginario), cree usted que en el caso de un matrimonio joven, que llevase alrededor de dos años de vida conyugal, si el marido se hiciera de repente el amigo íntimo de una mujer de..., bueno, de reputación más que dudosa (la visitase continuamente, comiese con ella y pagase probablemente sus cuentas), cree usted que la esposa no debería consolarse por su lado ella también?

LADY WINDERMERE.- (Frunciendo el ceño.) ¿Consolarse ella también?

LORD DARLINGTON.- Sí, yo creo que debería hacerlo, creo que tendría ese derecho.

LADY WINDERMERE.- Porque el marido sea tan vil, ¿la mujer debe serlo también?

LORD DARLINGTON.- Vileza es una palabra terrible, lady Windermere.

LADY WINDERMERE.- Lo terrible es el hecho, lord Darlington.

LORD DARLINGTON.- ¿Sabe usted que temo que la gente buena hace una gran cantidad de daño en este mundo? Realmente, el mayor daño está en dar tan extraordinaria importancia a la maldad. Es absurdo dividir a la gente en buena y mala. La gente es tan solo encantadora o aburrida. Yo estoy al lado de la gente encantadora, y usted, lady Windermere, no puede menos de serlo.

LADY WINDERMERE.- ¡Vamos, lord Darlington! (Levantándose y cruzando hacia la derecha por delante de él.) No se mueva; voy sencillamente a acabar de arreglar mis flores.

(Va hacia la mesa de la derecha.)

LORD DARLINGTON.- (Levantándose y apartando su silla.) Y yo debo decirle que es usted realmente dura con la vida moderna, lady Windermere. Claro que ésta es muy perniciosa, lo concedo. La mayoría de las mujeres son hoy en día, por ejemplo, más bien venales.

LADY WINDERMERE.- No hable usted de tales gentes.

LORD DARLINGTON.- Bueno, dejando a un lado a esa gente venal, que es, naturalmente, horrenda, ¿cree usted seriamente que las mujeres que han cometido lo que el mundo llama una falta no deben nunca ser perdonadas?

LADY WINDERMERE.- (En pie ante la mesa.) Creo que no deben ser perdonadas nunca.

LORD DARLINGTON.- ¿Y los hombres? ¿Cree usted que debe aplicarse la misma ley a los hombres que a las mujeres?

LADY WINDERMERE.- ¡Indudablemente!

LORD DARLINGTON.- Me parece la vida una cosa demasiado compleja para poder ser regida por unas reglas tan rígidas y fijas.

LADY WINDERMERE.- Si todos tuviésemos «esas reglas rígidas y fijas», encontraríamos la vida mucho más sencilla.

LORD DARLINGTON.- ¿No admite usted excepciones?

LADY WINDERMERE.- ¡Ninguna!

LORD DARLINGTON.- ¡Ah! ¡Qué puritana tan fascinadora es usted, lady Windermere!

LADY WINDERMERE.- El adjetivo es innecesario, lord Darlington.

LORD DARLINGTON.- No he podido evitarlo. Puedo resistir a todo, excepto a la tentación.

LADY WINDERMERE.- Tiene usted la afectación moderna de la debilidad.

LORD DARLINGTON.- (Mirándola.) Es solamente una afectación, lady Windermere.

(Entra PARKER por el centro.)

PARKER.- La duquesa de Berwick y lady Agata Carlisle.

(Entran la DUQUESA DE BERWICK y LADY AGATA CARLISLE por el centro. Sale PARKER.)

DUQUESA DE BERWICK.- (Adelantándose por el centro y estrechando las manos.) ¡Querida Margarita, me alegro mucho de verla! Se acuerda usted de Agata, ¿verdad? (Cruzando hacia la izquierda.) ¿Cómo está usted, lord Darlington? No quiero que conozca usted a mi hija; es usted demasiado malo.

LORD DARLINGTON.- No diga usted eso duquesa. Como hombre malo, soy un completo fracaso. Por supuesto, hay mucha gente que dice que no he hecho en toda mi vida nada malo. Claro es que lo dicen únicamente a espaldas mías.

DUQUESA DE BERWICK.- ¿Y no es eso una maldad? Agata, aquí tienes a lord Darlington. Mucho cuidado con creer ni una palabra de lo que dice. (LORD DARLINGTON cruza hacia la derecha.) No, té, no; gracias, querida. (Cruzando y sentándose en el sofá.) Acabamos de tomar el té en casa de lady Markby. Bastante malo, además. Era completamente intomable. No tiene nada de sorprendente. Se lo proporciona su propio yerno. Agata está esperando con impaciencia su baile de esta noche, querida Margarita.

LADY WINDERMERE.- (Sentándose a la izquierda.) ¡Oh! No crea que va a ser un baile, duquesa. Es solamente una reunión para celebrar mi cumpleaños. Reducida y corta.

LORD DARLINGTON.- (En pie, a la izquierda.) Muy reducida, muy corta y muy selecta, duquesa.

DUQUESA DE BERWICK.- (En el sofá, a la izquierda.) Naturalmente, tratándose de usted, será selecta. Pero ya sabemos, querida Margarita, basta que sea en su casa. Es realmente una de las pocas casas en Londres a las que puedo llevar a Agata y en donde me siento perfectamente segura con respecto al querido duque. No sé adónde va a parar la sociedad. Se ven las gentes más espantosas en todas partes. Acuden, realmente, a mis reuniones... Los hombres se ponen muy furiosos si no se los invita. Realmente, debiera alguien alzarse contra ellas.

LADY WINDERMERE.- Yo lo haré, duquesa. No quiero recibir en mi casa a nadie que haya suscitado un escándalo.

LORD DARLINGTON.- (A la derecha.) ¡Oh! No diga usted eso, lady Windermere. ¡Entonces no me permitiría usted nunca la entrada!

(Se sienta.)

DUQUESA DE BERWICK.- ¡Oh! En los hombres no importa. Con las mujeres es diferente. Somos buenas. Algunas, por lo menos. Pero nos están arrinconando, sin duda. Nuestros maridos acabarían, realmente, por olvidar nuestra existencia si de cuando en cuando no los mortificásemos lo suficiente para hacerles recordar que tenemos un perfecto y legal derecho a hacerlo.

LORD DARLINGTON.- Es curioso, duquesa, el juego alrededor del matrimonio (un juego que, dicho sea entre paréntesis, está quedando pasado de moda); las esposas gozan de todos los triunfos y pierden invariablemente la baza ventajosa.

DUQUESA DE BERWICK.- ¿La baza ventajosa? ¿Es ésta el marido, lord Darlington?

LORD DARLINGTON.- ¿No será demasiado bueno ese nombre para el marido perfecto?

DUQUESA DE BERWICK.- Mi querido lord Darlington, ¡qué concienzudamente depravado es usted!

LADY WINDERMERE.- Lord Darlington es frívolo.

LORD DARLINGTON.- ¡Ah! No diga usted eso, lady Windermere.

LADY WINDERMERE.- ¿Por qué habla usted entonces tan frívolamente de la vida?

LORD DARLINGTON.- Porque creo que la vida es demasiado importante como para hablar seriamente de ella.

(Se adelanta hacia el centro.)

DUQUESA DE BERWICK.- ¿Qué ha querido usted decir? Explíquemelo en atención a mi pobre juicio, lord Darlington; explíqueme, simplemente, lo que ha querido decir, en realidad.

LORD DARLINGTON,- (Colocándose detrás de la mesa.) Creo que será preferible no hacerlo, duquesa. Hoy día, ser inteligente es dejarse atrapar. ¡Adiós! (Estrecha la mano a la duquesa.) Y ahora (Adelantándose.), adiós, lady Windermere. ¿Puedo venir esta noche? Déjeme usted venir.

LADY WINDERMERE.- (Permaneciendo ante las candilejas con LORD DARLINGTON.) Ciertamente que sí. Pero no diga usted tonterías insinceras a la gente.

LORD DARLINGTON.- (Sonriendo.) ¡Ah! Empieza usted a reformarme. Es una cosa arriesgada reformar a alguien, lady Windermere.

(Se inclina y sale por el centro.)

DUQUESA DE BERWICK.- (Que se ha levantado, yendo hacia el centro.).- ¡Qué persona tan perversamente seductora! Le quiero mucho. ¡Me encanta que se haya ido! ¡Qué bonita está usted! ¿Dónde se viste? Y ahora debo decirle lo apenada que estoy por usted, querida Margarita. ( Yendo al sofá y sentándose con LADY WINDERMERE.) ¡Agata, rica!

LADY AGATA.- Sí, mamá.

(Se levanta.)

DUQUESA DE BERWICK.- ¿Quieres ir a ver el álbum de fotografías que está allí?

LADY AGATA.- Sí, mamá.

(Se dirige a la mesa de la izquierda.)

DUQUESA DE BERWICK.- ¡Niña querida! ¡Es tan aficionada a las fotografías de Suiza! Me parece que es un gusto inocente. Pues, realmente, estoy apenada por usted, Margarita.

LADY WINDERMERE.- (Sonriendo.) ¿Por qué, duquesa?

DUQUESA DE BERWICK.- ¡Oh! A propósito de esa horrible mujer. Se viste tan bien, demasiado bien, lo cual es mucho peor, pues así da un ejemplo terrible. Augusto (ya conoce usted a mi desacreditado hermano, un castigo para todos nosotros); bueno, Augusto está locamente enamorado de ella. Es un verdadero escándalo, porque ella resulta absolutamente inadmisible en sociedad. Hay muchas mujeres que tienen un pasado, pero me han dicho que esta tiene, por lo menos, una docena y que son todos de lo mejor.

LADY WINDERMERE.- ¿De quién habla usted, duquesa?

DUQUESA DE BERWICK.- De mistress Erlynne.

LADY WINDERMERE.- ¿Mistress Erlynne? No he oído hablar nunca de ella, duquesa. ¿Qué tiene que ver conmigo?

DUQUESA DE BERWICK.- ¡Pobre hija mía! ¡Agata, rica!

LADY AGATA.- Sí, mamá.

(Vase por la puerta balcón de la izquierda.)

DUQUESA DE BERWICK.- ¡Qué buena chica! ¡Tan aficionada a las puestas de sol! Lo cual demuestra una sensibilidad muy refinada, ¿no? Después de todo, no hay nada semejante a la Naturaleza, ¿verdad?

LADY WINDERMERE.- Pero ¿qué sucede, duquesa? ¿Por qué me habla usted de esa persona?

DUQUESA DE BERWICK.- ¿No lo sabe usted, realmente? Le aseguro que todos estamos angustiados con ella. Anoche precisamente, en casa de la querida lady Jansen, todo el mundo hablaba de lo extraordinario que era que entre todos los hombres de Londres fuera él quien se comportase así.

LADY WINDERMERE.- ¿Mi marido?... ¿Qué tiene él que ver con una mujer de esa clase?

DUQUESA DE BERWICK.- ¡Ah, esa es precisamente la cuestión, querida! Él va a verla continuamente, se pasa con ella horas enteras, y mientras está allí, ella no recibe a nadie en su casa. No es que vayan a visitarla muchas señoras, querida, pero tiene una gran cantidad de amigos desacreditados (mi propio hermano, en particular, como ya le he dicho), y esto es lo que hace espantosa la conducta de Windermere. Nosotras le considerábamos como un marido modelo, pero me temo que la cosa sea innegable. Mis queridas sobrinas (ya sabe usted, las chicas de Sanville), unas muchachas muy caseras, feas, horrorosamente feas, pero ¡tan buenas!...; bueno, están siempre en el balcón haciendo labores de fantasía y esas horrendas ropas para los pobres que, según creo, se llevan mucho en estos tiempos socialistas; pues esta terrible mujer ha tomado una casa en la calle de Curzon frente a la de ellas, una calle tan respetable. ¡No sé adónde vamos a parar! Ellas me han dicho que Windermere va a visitarla cuatro y cinco veces por semana; lo ven. No pueden menos, y aunque no les gusta hablar de escándalos, como es natural, se lo han hecho notar a todo el mundo. Y lo peor de esto es que esa mujer, según dicen, tiene mucho dinero que le pasa alguien, pues hace unos seis meses, cuando llegó a Londres, no tenía nada, y ahora posee esa preciosa casa en el mejor barrio, guía caballos propios por el parque todas las tardes y, en fin, no le falta nada desde que conoce al pobre y querido Windermere.

LADY WINDERMERE.- ¡Oh! ¡No puedo creerlo!

DUQUESA DE BERWICK.- Pues es completamente cierto, querida. Todo Londres lo sabe. Por eso he creído preferible venir y hablar con usted y aconsejarle que se lleve fuera a Windermere inmediatamente, a Alemania o a Francia, a un sitio en que se divierta algo y pueda usted vigilarle durante todo el día. Le aseguro, querida, que en varias ocasiones, recién casada, tuve que fingirme muy enferma, viéndome obligada a beber las aguas minerales más desagradables, exclusivamente por sacar a Berwick de la capital. ¡Era tan extraordinariamente sensible! Aunque puedo decir que nunca dio grandes sumas a nadie. ¡Lo cual demuestra que tiene principios muy elevados!

LADY WINDERMERE.- (Interrumpiéndola.) Duquesa, duquesa, ¡eso es imposible! (Levantándose y cruzando la escena hacia el centro.) Hace solo dos años que estamos casados. Nuestro hijo no tiene más que seis meses.

(Se sienta en la silla junto a la mesa de la izquierda.)

DUQUESA DE BERWICK.- ¡Ah, el querido y precioso niñito! ¿Cómo está el chiquitín? ¿Es niño o niña? Espero que niña... ¡Ah, no! Recuerdo que es niño. Lo siento tanto. Los niños son muy malos. El mío es atrozmente inmoral. No puede usted figurarse a qué horas vuelve a casa. Y acaba de salir de Oxford hace pocos meses... Realmente, no sé qué les enseñan allí.

LADY WINDERMERE.- ¿Son malos todos los hombres?

DUQUESA DE BERWICK.- ¡Oh! Todos ellos, querida; todos ellos, sin excepción. Y nunca mejoran. Los hombres envejecen, pero no mejoran jamás.

LADY WINDERMERE.- Windermere y yo nos casamos por amor.

DUQUESA DE BERWICK.- Sí, nosotros empezamos así. Sólo las brutales e incesantes amenazas de suicidio de Berwick me hicieron aceptarlo por esposo, y antes del año estaba corriendo detrás de toda clase de faldas, de todos los colores, de todas las hechuras y de todas las telas. En realidad, antes de terminar la luna de miel le pesqué con una de mis doncellas, linda y decente muchacha. La despedí inmediatamente, sin darle certificado. No; recuerdo que se la cedí a mi hermana; el pobre y querido sir Jorge es tan miope, que pensé que no habría cuidado. Pero lo hubo, y de lo más desgraciado. (Levantándose.) Y ahora, hija mía, tengo que irme: cenamos fuera. Y no se acongoje demasiado el corazón con esa pequeña aberración de Windermere. Lléveselo en seguida al extranjero y verá cómo vuelve a usted perfectamente.

LADY WINDERMERE.- ¿Volver a mí?

DUQUESA DE BERWICK.- Sí, querida; esas malditas mujeres nos quitan a nuestros maridos, pero ellos acaban siempre por volver, ligeramente averiados, claro es. Y no le haga usted escenas. Los hombres las detestan.

LADY WINDERMERE.- Ha sido usted muy buena, duquesa, en venir a contarme todo eso. Pero no puedo creer que mi marido me engañe.

DUQUESA DE BERWICK.- ¡Hija querida! Así era yo en otro tiempo. Ahora sé que todos los hombres son unos monstruos. (LADY WINDERMERE toca el timbre.) Lo único que se puede hacer es dar bien de comer a esos miserables. Un buen cocinero hace maravillas y sé que usted lo tiene. Mi querida Margarita, ¿no irá usted a llorar?

LADY WINDERMERE.- No tema usted, duquesa; yo nunca lloro.

DUQUESA DE BERWICK.- Hace usted perfectamente, querida. El llanto es el refugio de las mujeres feas y la ruina de algunas bonitas. ¡Agata, rica!

LADY AGATA.- (Entrando por la izquierda.) ¿Qué, mamá?

(Permanece detrás de la mesa, a la izquierda.)

DUQUESA DE BERWICK.- Di adiós a lady Windermere y dale las gracias por su encantadora visita. (Volviendo nuevamente hacia atrás.) Y, entre paréntesis, tengo yo también que darle las gracias por haber enviado una invitación a mister Hopper..., ese joven australiano, tan rico, de quien la gente habla tanto ahora. Su padre hizo una gran fortuna vendiendo no sé qué clase de conservas en latas redondas..., muy sabrosas creo (me figuro que son esas que los criados se niegan siempre a tomar). Pero el hijo es muy interesante. Creo que se siente atraído por la amena conversación de mi querida Agata. Claro es que nosotros sentiríamos mucho perderla; pero, a mi juicio, una madre que no se separa de su hija todas las temporadas no le profesa verdadero cariño. Vendremos esta noche, querida. (PARKER abre la puerta del centro.) Y acuérdese de mi consejo: llévese al pobre muchacho fuera de Londres en seguida; es lo único que puede hacerse. Adiós otra vez; vamos, Agata.

(Salen la DUQUESA y LADY AGATA, por el centro.)

LADY WINDERMERE.- ¡Qué horrible! Ahora comprendo lo que quería decir lord Darlington con su ejemplo imaginario del matrimonio que no lleva más que dos años de casado. ¡Oh!, ¡no puede ser verdad!... La duquesa habla de enormes cantidades entregadas a esa mujer. Sé dónde guarda Arturo su talonario de cheques: en uno de los cajones de esa mesa. Si quisiera, podría encontrarlo. (Abre el cajón.) No; será algún error atroz. (Se levanta y se va hacia el centro.) Algún rumor estúpido. ¡Él me ama! Pero ¿por qué no he de mirar? ¡Soy su mujer y tengo derecho a hacerlo! (Vuelve a la mesa, saca el talonario de cheques y lo examina página por página; sonríe y lanza un suspiro de alivio.) ¡Lo sabía! No hay una sola palabra de verdad en esa historia estúpida. (Vuelve a dejar el talonario en el cajón. Al hacerlo así, se estremece y saca otro talonario.) ¡Un segundo talonario personal y cerrado! (Intenta abrirlo, pero no lo consigue. Ve un cortapapeles encima de la mesa y corta con él la cubierta del talonario. Empieza a hojearlo por la primera página.) «Mistress Erlynne..., seiscientas libras... Mistress Erlynne, setecientas libras... Mistress Erlynne, cuatrocientas libras.» ¡Oh, era verdad! ¡Era verdad! ¡Qué horrible!

(Arroja el talonario al suelo. Entra LORD WINDERMERE, por el centro.)

LORD WINDERMERE.- Bueno, querida: ¿has recibido ya el abanico que te he enviado a casa? (Va hacia la derecha. Ve el talonario.) Margarita, ¿has abierto mi talonario? ¡No tenías derecho a hacer tal cosa!

LADY WINDERMERE.- Te parece mal que te haya descubierto, ¿verdad?

LORD WINDERMERE.- Me parece mal que una mujer espíe a su marido.

LADY WINDERMERE.- Yo no te he espiado. Hasta hace media hora no conocía la existencia de esa mujer. Alguien se compadeció de mí y tuvo la bondad de decirme lo que todo Londres sabe ya...: tus visitas diarias a la calle Curzon, tu loco apasionamiento, ¡las monstruosas cantidades derrochadas con esa infame mujer!

(Pasa a la izquierda.)

LORD WINDERMERE.- ¡Margarita! No hables así de mistress Erlynne, ¡no sabes lo injusta que eres!

LADY WINDERMERE.- (Volviéndose hacia él.) ¡Qué celoso estás del honor de mistress Erlynne! Quisiera que lo estuvieras tanto del mío.

LORD WINDERMERE.- Tu honor está intacto, Margarita. No puedes creer un instante que...

(Vuelve a guardar el talonario dentro de la mesa.)

LADY WINDERMERE.- Creo que gastas extrañamente tu dinero. Eso es todo. ¡Oh! No te imagines que pienso en el dinero. Por lo que a mí se refiere, puedes derrochar todo lo que tenemos. Pero lo que pienso es que tú, que me has querido y me has enseñado a quererte, puedas pasar del amor que se da al amor que se vende. ¡Oh, eso es horrible! (Se sienta en el sofá.) ¡Y me siento degradada! Tú no sientes nada. Yo me siento afrentada, completamente afrentada. Tú no puedes darte cuenta de lo odiosos que me parecen ahora estos meses últimos. Cada beso que me has dado está corrompiendo mi memoria.

LORD WINDERMERE.- (Yendo hacia ella.) No digas eso, Margarita. No he querido nunca a nadie más que a ti en el mundo entero.

LADY WINDERMERE.- (Levantándose.) ¿Quién es esa mujer, entonces? ¿Por qué has tomado una casa para ella?

LORD WINDERMERE.- Yo no he tomado una casa para ella.

LADY WINDERMERE.- Le has dado dinero para tomarla, lo cual es lo mismo.

LORD WINDERMERE.- Margarita, hasta donde conozco a mistress Erlynne...

LADY WINDERMERE.- ¿Hay un mister Erlynne o es un mito?

LORD WINDERMERE.- Su marido murió hace muchos años. Está sola en el mundo.

LADY WINDERMERE.- ¿Sin parientes?

(Una pausa.)

LORD WINDERMERE.- Sin ninguno.

LADY WINDERMERE.- Muy curioso, ¿verdad?

LORD WINDERMERE.- Margarita, iba a decirte, y te ruego que me escuches, que por lo que sé de mistress Erlynne se ha conducido bien. Si hace años...

LADY WINDERMERE.- ¡Oh! (Cruzando hacia la derecha.) ¡No necesito detalles de su vida!

LORD WINDERMERE.- (En el centro.) No voy a darte ningún detalle de su vida. Te diré simplemente esto: mistress Erlynne fue en otro tiempo honrada, querida, respetada. Era de noble cuna, tenía buena posición, lo perdió todo, lo dilapidó, si quieres; esto lo hace aún todo más amargo. Las desgracias que vienen de fuera pueden soportarse, son accidentes. Pero sufrir por culpa propia, ¡ah!, es el tormento de la vida. Además, fue hace veinte años. Era ella poco más que una niña entonces. Llevaba menos tiempo de casada que tú.

LADY WINDERMERE.- No me interesa nada de ella, ni debieras mencionarnos a esa mujer y a mí al mismo tiempo. Es una falta de sensibilidad.

(Se sienta a la derecha ante la mesa de despacho.)

LORD WINDERMERE.- Margarita, tú podrías salvar a esa mujer. A ella le es preciso volver a entrar en sociedad y necesita que tú la ayudes.

(Acercándose a ella.)

LADY WINDERMERE.- ¡Yo!

LORD WINDERMERE.- Sí, tú.

LADY WINDERMERE.- ¡Qué insolencia la suya!

(Una pausa.)

LORD WINDERMERE.- Margarita, voy a pedirte un gran favor, y te lo pido a ti, a pesar de que hayas descubierto lo que pensé que podría ocultarse siempre, y es que he dado a mistress Erlynne crecidas sumas. Necesito que le envíes una invitación para tu fiesta de esta noche.

(Permanece en pie, junto a ella, a la izquierda.)

LADY WINDERMERE.- ¡Estás loco!

(Se levanta.)

LORD WINDERMERE.- Te lo suplico. La gente puede murmurar de ella; murmurar, sí, naturalmente; pero nadie sabe nada concreto en contra suya. Ella ha estado ya en varias casas, no en casas a las que tú irías, lo reconozco; pero en casas, sin embargo, adonde van señoras que pertenecen a eso que se llama la buena sociedad hoy en día. Esto no le satisface. Ella quiere que tú la recibas una vez.

LADY WINDERMERE.- ¿Como un triunfo para ella, me figuro?

LORD WINDERMERE.- No; sino porque sabe que tú eres una mujer digna, y que si viene aquí una vez podrá tener una probabilidad de vivir más feliz y tranquila de lo que vive. No hará el menor intento por intimar contigo. ¿No quieres ayudar a una mujer que trata de levantarse?

LADY WINDERMERE.- ¡No! Si una mujer se arrepiente realmente, no desea nunca volver a la sociedad que causó o que vio su ruina.

LORD WINDERMERE.- Te lo ruego.

LADY WINDERMERE.- (Yendo hacia la puerta de la derecha.) Voy a vestirme para la cena y no vuelvas a mencionar esa cuestión esta noche. (Yendo hacia él a la derecha.) Te imaginas que porque no tengo padre ni madre estoy sola en el mundo y que puedes tratarme como quieras. Estás equivocado; tengo amigos, muchos amigos.

LORD WINDERMERE.- Margarita, hablas tontamente, sin reflexionar. No quiero discutir contigo, pero insisto en que invites a mistress Erlynne esta noche.

LADY WINDERMERE.- No haré nada semejante.

(Se dirige hacia la izquierda.)

LORD WINDERMERE.- ¿Te niegas?

LADY WINDERMERE.- ¡En absoluto!

LORD WINDERMERE.- ¡Ah! Margarita, hazlo por mí; es su última oportunidad.

LADY WINDERMERE.- ¿Y a mí qué me importa?

LORD WINDERMERE.- ¡Qué duras sois las mujeres buenas!

LADY WINDERMERE.- ¡Y qué débiles los hombres malos!

LORD WINDERMERE.- Margarita, ninguno de nosotros puede ser lo bastante bueno para la mujer con quien se casa...; esto es completamente cierto... Pero no vayas a imaginar que yo quiero nunca... ¡Oh! ¡La insinuación es monstruosa!

LADY WINDERMERE.- ¿Por qué ibas tú a ser diferente de los demás hombres? He oído decir que apenas hay un marido en Londres que no malgaste su vida en alguna pasión vergonzosa.

LORD WINDERMERE.- Yo no soy uno de esos.

LADY WINDERMERE.- ¡No estoy segura de ello!

LORD WINDERMERE.- Estás segura en tu corazón. Pero no abramos abismo tras abismo entre nosotros. Bien sabe Dios que estos últimos y escasos minutos nos han separado ya bastante. Siéntate y escribe la invitación.

LADY WINDERMERE.- Nada en el mundo me inducirá a eso.

LORD WINDERMERE.- (Yendo hacia la mesa de despacho.) Entonces, ¡lo haré yo!

(Llama al timbre, se sienta y escribe la invitación.)

LADY WINDERMERE.- ¿Vas a invitar a esa mujer?

(Yendo hacia él.)

LORD WINDERMERE.- Sí. (Pausa. Entra PARKER.) ¡Parker!

PARKER.- Diga, señor.

(Se adelanta hacia la izquierda.)

LORD WINDERMERE.- Tome esta carta para mistress Erlynne, calle Curzon, número ochenta y cuatro. (Va hacia la izquierda y entrega la carta a PARKER.) ¡No tiene contestación!

(Sale PARKER por el centro.)

LADY WINDERMERE.- Arturo, si esa mujer viene aquí, la insultaré.

LORD WINDERMERE.- Margarita, no digas eso.

LADY WINDERMERE.- Pienso hacerlo.

LORD WINDERMERE.- Criatura, si hicieses semejante cosa, no habría una mujer en Londres que no te compadeciese.

LADY WINDERMERE.- No habría una mujer digna en Londres que no me aplaudiese. Hemos sido demasiado cobardes. Tenemos que dar un ejemplo. Me propongo empezar yo esta noche. (Cogiendo el abanico.) Sí, me has regalado hoy este abanico; ha sido tu regalo de cumpleaños. Pues si esa mujer pasa el umbral de mi casa, le cruzo la cara con él.

LORD WINDERMERE.- Margarita, no harás semejante cosa.

LADY WINDERMERE.- ¡Tú no me conoces! (Se dirige a la derecha. Entra PARKER.) ¡Parker!

PARKER.- ¿Qué quiere la señora?

LADY WINDERMERE.- Comeré en mi cuarto. O, mejor dicho, no quiero comer. Cuide de que todo esté listo para las diez y media. Y tenga cuidado, Parker, de pronunciar los nombres de los invitados muy claramente esta noche. A veces habla usted tan de prisa que no los entiendo. Me interesa especialmente oír los nombres con absoluta claridad para no equivocarme. ¿Ha comprendido, Parker?

PARKER.- Sí, señora.

LADY WINDERMERE.- ¡Hágalo así! (Sale PARKER por el centro. Dirigiéndose a LORD WINDERMERE) Arturo, si esa mujer viene aquí, te advierto...

LORD WINDERMERE.- ¡Margarita, nos perderás!

LADY WINDERMERE.- ¡Nos! Desde este momento, mi vida está separada de la tuya. Pero si deseas evitar un escándalo público, escribe inmediatamente a esa mujer ¡y dile que le prohíbo que venga aquí!

LORD WINDERMERE.- No quiero..., no puedo...; ¡debe venir!

LADY WINDERMERE.- Entonces ocurrirá exactamente lo que te he dicho. (Va hacia la derecha.) No me has dejado elección.

(Sale por la derecha.)

LORD WINDERMERE.- (Llamándola.) ¡Margarita! ¡Margarita! ¡Margarita! (Pausa.) ¡Dios mío! ¿Qué hacer? ¿Cómo decirle quién es realmente esa mujer? ¡Se moriría de vergüenza!

(Se desploma en un sillón y esconde el rostro entre las manos.)


TELÓN

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