El alquiler de un cuarto: 02

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El alquiler de un cuarto Ramón de Mesonero Romanos


-Los sueldos se han disminuido.

-Las contribuciones se aumentan.

-Los negocios están parados.

-Los albañiles marchan.

-¿Conque es decir que no nos arreglamos?

-Imposible.

-Dios guarde a usted.

-Dios guarde a usted... Entre usted, señora.

-Beso a usted la mano.

-Y yo a usted los pies.

-Yo soy una señora viuda de un capitán de fragata.

-Muy señora mía; mal hizo el capitán en dejarla a usted tan joven y sin arrimo en este mundo pecador.

-Sí señor, el pobrecito marchó de Cádiz para dar la vuelta al mundo, y sin duda hubo de darla por el otro, porque no ha vuelto.

-Todavía no es tarde... ¿y usted, señora mía, trata de esperarle en Madrid por lo visto?

-Sí señor; aquí tengo varios parientes de distinción, el conde del Cierzo, la marquesa de las Siete Cabrillas, el barón del Capricornio, y otros varios personajes que no podrían menos de ser conocidos de usted.

-Señora, por desgracia soy muy terrestre y no me trato con esa corte celestial.

-Pues como digo a usted, mi prima la marquesa y yo hemos visto el cuarto desalquilado, y, lo que ella dice, para ti que eres una persona sola, sin más que cinco criados... aunque la casa no sea gran cosa...

-¿Y el precio, señora, qué le ha parecido a mi señora la marquesa?

-El precio será el que usted guste, por eso no hemos de regañar.

-Supongo que usted, señora, no llevará a mal que la entere, como forastera, de los usos de la corte.

-Nada de eso, no señor; yo me presto a todo... a todo lo que se use en la corte.

-Pues señora, en casos tales, cuando uno no tiene el honor de conocer a las personas con quien habla, suele exigirse una fianza y...

-¿Habla usted de veras? ¿Y yo, doña Mencía Quiñones, Rivadeneira, Zúñiga de Morón, había de ir a pedir fianzas a nadie? ¿y para qué? ¿para una fruslería como quien dice, para una habitacioncilla de seis al cuarto que cabe en el palomar de mi casa de campo de Chiclana? Como soy, señor casero, que eso pasa ya de incivilidad y grosería, y siento haber venido sola y no haberme hecho acompañar siquiera por mi primo el freire de Alcántara, para dar a conocer a usted quién yo era.

-Pues señora, si usted, a Dios gracias, se halla colocada en tan elevada esfera, ¿qué trabajo puede costarla el hacer que cualquiera de esos señores parientes salga por usted?

-Ninguno, y a decir verdad no desearían más que poder hacerme el favor; pero...

-Pues bien, señora, propóngalo usted y verá cómo no lo extrañan, y por lo demás, supuesto que usted es una señora sola...

-Sola, absolutamente; pero si usted gusta de hacer el recibo a nombre del caballero que vendrá a hablarle, que es hermano de mi difunto, y suele vivir en mi casa las temporadas que está su regimiento de guarnición...

-¡Ay, señora! pues entonces me parece que la casa no la conviene, porque como no hay habitaciones independientes... luego tantos criados...

-Diré a usted; los criados pienso repartirlos entre mis parientes, y quedarme sólo con una niña de doce años.

-Pues entonces ya es demasiado la casa, y aun paréceme, señora, que la conversación también.

A este punto llegaban de ella, cuando entra el criado con una esquela de un amigo rogando a nuestro casero que no comprometiera su palabra, y reservase el cuarto para unos señores que iban a llegar a Madrid: con esta salvaguardia, el propietario despacha a la viudita, pero sigue recibiendo a los que vienen después; entre ellos un empleado, de quien el diestro propietario se informa cuidadosamente sobre el estado de las pagas, y compadeciéndose con el mayor interés de que todavía le tuviesen en enero, le despacha con la mayor cordialidad; después acierta a entrar un militar que con aire de campaña reclama la preferencia, y a las razones del casero responde con amenazas, de suerte que éste hace la resolución de no alquilarle el cuarto, por no tener que sostener un desafío mensual; más adelante entra un hombre de siniestro aspecto y asendereada catadura, que dice ser agente de negocios y vivir en un cuarto (vulgo buhardilla), después entra una vieja que quiere la habitación para subarrendarla en detalle a cinco guardias de Corps; más adelante entra un perfumado caballero que lo pide para una joven huérfana y se compromete a salir por fiador de ella, y aun a poner a su nombre el recibo; más allá se presenta otra señora acompañada de dos hermosas hijas que arrastran blondas y rasos, y cubren sus cabezas con elegantes prendidos, y tocan el piano, según parece, y bailan que es un primor; «y tan virtuosas y trabajadoras las pobrecitas (dice la mamá), que todo esto que usted ve lo adquieren con su trabajo, y nada nos falta, bendito Dios.»

-Él, señora, premia la laboriosidad y protege la inocencia... mas sin embargo, siento decirlas que el cuarto no puede ser para ustedes.

Estando en esto vuelve el criado a decir que el amigo que quería el cuarto ya no lo quiere, porque a los señores para quien era, no les ha gustado; -que la otra señora que se convenía a todo, tampoco, porque después ha reparado que no cabe el piano en el gabinete; -que el militar ha quitado los papeles y dice que el cuarto es suyo, quiera o no quiera el casero; -que el llamado agente de negocios, al tiempo que lo vio, se llevó de paso ocho vidrios de una ventana, cuatro llaves, y los hierros de la hornilla; -que dos manolas que lo habían visto, habían pintado con carbón un figurón harto obsceno en el gabinete; -que unos muchachos habían roto las persianas y atascado el común; -y por último (y era el golpe fatal para nuestro casero), que una amiga a quien nada podía negar, quería el cuarto; pero con la condición de pintárselo todo, y abrir puertas en los tabiques, y poner tabiques en las puertas, y ensolarlo de azul y blanco, y blanquear la escalera, y poner chimenea en el gabinete... en punto a fiadores daba sólo sus bellos ojos, harto abonados y conocidos de nuestro Quasimodo; y en cuanto al precio, sólo quedaba sobreentendida una condición, a saber: que fuera éste el que quisiera, el casero no se lo había de pedir, pero ella tampoco se lo había de pagar.

Así concluyó este alquiler, sin más ulteriores resultados que una escena de celosía entre el casero y su esposa, una multa de diez ducados por no haber dado el padrón al alcalde a su debido tiempo, y un blanco de algunas páginas en su libro de caja por aquella parte que se refería a la habitación arriba dicha.

(Agosto de 1837.)
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