El amante corto de vista: 02

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El amante corto de vista Ramón de Mesonero Romanos


-Señorita, perdone usted mi equivocación; si sale usted luego al balcón la diré... entre tanto, tome usted el pañuelo.

-Caballero, ¿qué dice usted? -le contestó una voz extraña, a tiempo que un menguado farolillo (de los farolillos que alumbran pálidamente las escaleras de nuestros teatros) vino a revelarle que hablaba a otra persona, si bien muy parecida a su ídolo.

-Señora... -¡Calle! y el pañuelo es de mi hermanita.

-¿Qué es eso, niña?

-Nada, mamá; este caballero, que me da un pañuelo de Matilde.

-Señora... yo... dispense usted... el otro día... la otra noche, quiero decir... en el baile de la marquesa de...

-Es verdad, mamá, el señor bailó con mi hermana, y no es extraño que dejase olvidado el pañuelo.

-Cierto, es verdad, señorita, se quedó olvidado... olvidado...

-A la verdad que es extraño; en fin, caballero, damos a usted las gracias.

Un rayo caído a sus pies no hubiera turbado más al pobre Mauricio, y lo que más le apesadumbraba era que en una punta del pañuelo había atado un billete en que hablaba de su amor, de la equivocación de la casa, de las protestas del baile, en fin, hacía toda la exposición del drama, y él no sabía qué suerte iba a correr el tal papel.

Trémulo e indeciso siguió a lo lejos a las damas, hasta que entraron en su casa y le dejaron en la calle en el más oscuro abandono. En balde aplicaba el oído por ver si escuchaba algún diálogo animado; la voz lejana del sereno, que anunciaba las doce, o la sonora marcha de los sucios carros de la limpieza, era lo único que hería sus oídos, y aun sus narices; hasta que cansado de esperar sin fruto, se retiró a su casa a velar y cavilar sobre sus desgraciados amores.

Entre tanto ¿qué sucedía en el interior de la otra casa? La mamá, que tomó el pañuelo para reprender a la niña, había descubierto el billete, se había enterado de él, y pasados los primeros momentos de su enojo, había resuelto por consejo de la hermanita callar y disimular, y escribir una respuesta muy lacónica y terminante al galán con el objeto de que no le quedase gana de volver; hiciéronlo así, y el billete quedó escrito, firmado de letra de mujer (que todas se parecen), cerrado con lacre y oblea, y picado por más señas con un alfiler. Hecha esta operación se fueron a dormir, seguras de que a la mañana siguiente pasaría por la calle el desacertado galán. Con efecto, no se hizo de rogar gran cosa; pues no habían dado las ocho cuando ya estaba en el portal de en frente, sin atreverse a mirar. Estando así, oye abrirse el balcón: ¡oh felicidad! una mano blanca arroja un papelito; corre el dichoso a recibirlo, y encuentra... el balcón se había cerrado ya, y la esperanza de su corazón también.

En vano fuera intentar describir el efecto que hizo en Mauricio aquella serie de desgracias; baste decir que renunció para siempre al amor; pero en fin, era mancebo, y al cabo de quince días pensó de distinta manera, y salió al Prado con un amigo suyo. Era una de aquellas noches apacibles de julio que convidan a gozar del ambiente agradable bajo los frondosos árboles; y sentados ambos camaradas empezaron la consabida conversación de sus amores. Mauricio con su franqueza natural contó a su amigo su última aventura, con todos los lances y peripecias que la formaban, hasta la amarga despedida que sus adversas equivocaciones le habían proporcionado; pero al acabar esta relación sintió un rápido movimiento en las sillas inmediatas, donde entre otras personas observó sentados a un militar y a una joven: arrímase un poco más, saca su anteojo (¡Insensato! ¿por qué no lo sacaste desde el principio?) y conoce que la que tenía sentada junto a él oyendo su conversación era nada menos que la hermosa Matilde. -«¡Ingrata!...» Fue lo único que pudo articular; mientras el papá llamaba a un muchacho para encender el cigarro. -«Yo no he escrito ese billete.» (Esta respuesta obtuvo al cabo de un cuarto de hora.) -«¿Pues quién?...». -«No sé... llévelo usted, a las doce estaré al balcón.»

La esperanza volvió a derramar su bálsamo consolador en el corazón del pobre Mauricio, y lleno de ideas lisonjeras aguardó la hora señalada; corre precipitadamente bajo el balcón: con efecto, está allí; ya mira brillar sus hermosos ojos, ya advierte su blanca mano; ya... Mas ¡oh, y qué bien dice Shakespeare, que cuando los males vienen no vienen esparcidos como espías, sino reunidos en escuadrones! Aquella noche se le había antojado al papá tomar el fresco después de cenar, y era él el que estaba repantigado en la barandilla, no sin grave agitación de Matilde, que le rogaba se fuese a acostar para evitar el relente.

-Bien mío, dijo Mauricio con voz almibarada, ¿es usted?

-Chica, Matilde (la dice el padre por lo bajo) ¿es contigo esto?

-Papá, conmigo no señor; yo no sé...

-No, pues estas cosas, tuyas son o de tu hermana.

-Para que vea usted (continúa el galán amartelado) si tuve motivo de enfadarme, ahí va el billete.

-A ver, a ver, muchacha, aparta, aparta, y trae una luz, que voy a leerlo...

Dicho y hecho; éntrase a la sala mirando a su hija con ojos amenazadores, abre el billete y lee... «Caballero; si la noche del baile de la marquesa pude con mi indiscreción hacer concebir a usted esperanzas locas...»

-Cielos; ¡pero qué veo! ésta es la letra de mi mujer...

-¡Ay, papá mío!

-¡Infame! a los cuarenta años te andas haciendo concebir esperanzas locas...

-Pero papá...

-Déjame que la despierte, y que alborote la casa.

Con efecto, así lo hizo, y en más de una hora las voces, los gemidos, los llantos, dieron que hacer a toda la vecindad, con no poco susto del galán fantasma, que desde la calle llegó medio a entender el inaudito quid pro quo.

Su generosidad y su pundonor no le permitieron sufrir por más tiempo el que todos padeciesen por su causa, y fuertemente determinado llama a la puerta: asómase el padre al balcón: -«Caballero, tenga usted a bien escuchar una palabra satisfactoria de mi conducta.» El padre coge dos pistolas y baja precipitado, abre la puerta: -«Escoja usted», le dice. -«Serénese usted; contesta el joven; yo soy un caballero, mi nombre es N., y mi casa bien conocida; una combinación desgraciada me ha hecho turbar la tranquilidad de su familia de usted, y no debo consentirlo sin explicársela.»

Aquí hizo una puntual y verdadera relación de todos los hechos, la que apoyaron sucesivamente mamá y las niñas, con lo cual calmó la agitación del celoso coronel.

Al siguiente día la marquesa presentó a Mauricio en casa de Matilde, y el padre, informado de sus circunstancias, no se opuso a ello.

Desde aquí siguió más tranquila la historia de estos amores; y los que desean apurar las cosas hasta el fin, pueden descansar sabiendo que se casaron Mauricio y su amada, a pesar de que ésta, mirada de cerca, a buena luz, y con anteojos, le pareció a aquél no tan bella, por los hoyos de las viruelas y algún otro defectillo; sin embargo, sus cualidades morales eran muy apreciables, y Mauricio prescindió de las físicas, no teniendo que hacer para olvidar éstas sino una sencilla operación, que era... quitarse los anteojos.

(Setiembre de 1832.)