El amigo Manso: 08

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El amigo Manso
Capítulo VIII​
 de Benito Pérez Galdós


Capítulo VIII - ¡Ay mísero de mí![editar]

¡Ay infelice! Mortal cien veces mísero, desgraciado entre todos los desgraciados, en maldita hora caíste de tu paraíso de tranquilidad y método al infierno del barullo y del desorden más espantosos. Humanos, someted vuestra vida a un plan de oportuno trabajo y de regularidad placentera; acomodaos en vuestro capullo, como el hábil gusano; arreglad vuestras funciones todas, vuestros placeres, descansos y tareas a discreta medida para que a lo mejor venga de fuera quien os desconcierte, obligándoos a entrar en la general corriente, inquieta, desarreglada y presurosa... ¡Objetivismo mil veces funesto que nos arrancas a las delicias de la reflexión, al goce del puro yo y de sus felices proyecciones; que nos robas la grata sombra de uno mismo, o lo que es igual, nuestros hábitos, la fijeza y regularidad de nuestras horas, el acomodamiento de nuestra casa!... Pero estas exclamaciones, aunque salidas del fondo del alma, no bastan a explicar el grande y radical cambio que sobrevino en mis costumbres.

Oíd y temblad. Mi hermano, mi único hermano, aquel que a los veintidós años se embarcó para las Antillas en busca de fortuna, me anunció su propósito de regresar a España trayendo toda la familia. Veinte años había estado en América probando distintas industrias y menesteres, pasando al principio muchos trabajos, arruinado después por la insurrección y enriquecido al fin súbitamente por la guerra misma, infame aliada de la suerte.

Casó en Sagua la Grande con una mujer rica, y el capital de ambos representaba algunos millones. ¿Qué cosa más prudente que dejar a la Perla de las Antillas arreglarse como pudiese, y traer dinero y personas a Europa, donde uno y otras hallarían más seguridad? La educación de los hijos, el anhelo de ponerse a salvo de sobresaltos y temores, y, por otra parte, la comezoncilla de figurar un poco y de satisfacer ciertas vanidades, decidieron a mi hermano a tomar tal resolución. Dos meses habían pasado desde que me anunció su proyecto, cuando recibí un telegrama de Santander, participándome ¡ay!.. lo que yo temía.

Diome la corazonada de que el arribo de aquel familión trastornaría mi existencia, y así el natural gusto de abrazar a mi hermano se amargaba con el pensamiento de un molestísimo desbarajuste en mis costumbres. Corría el mes de Setiembre del 80. Una mañana recibí en la estación del Norte a José María con todo su cargamento, a saber: su mujer, sus tres niños, su suegra, su cuñada, con más un negrito como de catorce años, una mulatica, y por añadidura diez y ocho baúles facturados en grande y pequeña, catorce maletas de mano, once bultos menores, cuatro butacas. El reino animal estaba representado por un loro en su jaula, un sinsonte en otra, dos tomeguines en ídem.

Ya tenía yo preparada la mitad de una fonda para meter este escuadrón. Acomodé a mi gente como pude, y mi hermano me manifestó desde el primer día la necesidad de tomar casa, un principal grande y espacioso donde cupiera toda la familia con tanto desahogo como en las viviendas americanas. José María tiene seis años más que yo; pero parece excederme en veinte. Cuando llegó, sorprendiome verle lleno de canas. Su cara era de color de tabaco, rugosa y áspera, con cierta transparencia de alquitrán que permitía ver lo amarillo de los tegumentos bajo el tinte resinoso de la epidermis. Estaba todo afeitado como yo. Traía ropa de fina alpaca, sombrero finísimo de Panamá, con cinta negra muy delgada, corbata tan estrecha como la cinta del sombrero, camisa de bordada pechera con botones de brillantes, los cuellos muy abiertos, y botas de charol con las puntas achaflanadas. Lica (que este nombre daban a mi hermana política), traía un vestido verde y rosa, y el de su hermana era azul con sombrero pajizo. Ambas representaban, a mi parecer, emblemáticamente la flora de aquellos risueños países, el encanto de sus bosques poblados de lindísimos pajarracos y de insectos vestidos con todos los colores del iris.

José María no tenía palabras, el primer día, más que para hablarme de nuestra hermosa y poética Asturias, y me contó que la noche antes de llegar a Santander se le habían saltado las lágrimas al ver el faro de Ribadesella. Pagado este sentimental tributo a la madre patria, nos ocupamos en buscar habitación. Me había caído que hacer. Atareado con los exámenes de Setiembre, tenía que multiplicarme y fraccionar mi tiempo de un modo que me ocasionaba indecibles molestias. Al fin encontramos un magnífico principal en la calle de San Lorenzo, que rentaba cuarenta y cinco mil reales, con cochera, nueve balcones a la calle, y muchísima capacidad interior: era el arca de Noé que se necesitaba. Yo calculé los gastos de instalación, muebles y alfombras en diez mil duros, y José María no halló exagerada la cantidad. Los hechos y los números de los tapiceros me demostraron más tarde que yo me había quedado corto, y que mi saber del conocimiento exterior y trascendente no llegaba hasta poseer claras ideas en materias de alfombrado y carruajes.

Aún estuvo la familia en la fonda más de un mes, tiempo que se empleó en la transformación de vestidos y en ataviarse según los usos de aquende los mares. Bandada de menestrales invadió las habitaciones, y a todas horas se veían probaturas, elección de telas, cintas y adornos, y las modistas andaban por allí como en casa propia. Proveyéronse las tres damas de abrigos recargados de pieles y algodones, porque todo les parecía poco para el gran frío que esperaban y para defenderse de las pulmonías. A los quince días, todos, desde mi hermano hasta el pequeñuelo, no parecían los mismos.

Satisfechas estaban Lica y su mamá y hermana de la metamorfosis conseguida, no sin arduas discusiones, consultas y algún suplicio de cinturas; las tres alababan sin tasa la destreza de las modistas y corseteras, y principalmente la baratura de todas las cosas, así trapos como mano de obra. Tanto las entusiasmaba lo arregladito de los precios, que iban de tienda en tienda comprando bagatelas, y todas las tardes volvían a casa cargadas de diversos objetos, prendas falsas y chucherías de bazar. Los dependientes de las tiendas aparecían luego trayendo paquetes de cuanto Dios crió y perfeccionó la industria en moldes, prensas y telares. Las docenas de guantes, las cajas de papel timbrado, los bibelots, los abanicos, las flores contrahechas, los estuchitos, paletas pintadas, pantallas y novedades de cristalería y porcelana, ofrecían sobre las mesas y consolas de la sala un conjunto algo fantástico. Francamente, yo creía que iban a poner tienda. También daban frecuentes asaltos a las confiterías, y en el gabinete tenían siempre una bandeja de dulces, por la necesidad en que Lica se veía de regalarse a cada instante con golosinas, entreverando los confites con las frutas, y a veces con algún pastelillo o carne fiambre. Como se hallaba en estado de buena esperanza (y ya bastante avanzada), los antojos sucedían a los antojos. Es verdad que su hermana, sin hallarse, ni mucho menos, en semejante estado, también los tenía, y a cada ratito decían una y otra: «Me apetece uva, me apetece huevo hilado, me apetece pescado frito, me apetece merengue». Las campanillas de las habitaciones repicaban como si anduvieran por los altos alambres diablillos juguetones, y los criados entraban y salían con platos y bandejas, tan atareados los pobres, que me daba lástima verles. Las tres damas pasaban las horas echadas indolentemente en sus mecedoras, con los vestidos que habían traído de la calle, dale que dale a los abanicos si hacía calor, y muy envueltas en sus mantos, si hacía frío. Por la noche iban al teatro, luego tomaban chocolate y se acostaban. Dormían la mañana, y cuando venía la peinadora, estaban tan muertas de sueño, que no había forma humana de que se levantaran. Vencida de su abrumadora pereza, Lica, no queriendo levantarse ni dejar de peinarse, echaba la cabeza fuera de las almohadas, y en esta incómoda postura se dejaba peinar para seguir durmiendo.

En tanto, las dos niñas y el pequeñuelo enredaban solos en una pieza destinada a ellos y a sus bulliciosas correrías. Cuidábanles la mulata Remedios y el negro Rupertito. Los gritos se oían desde la calle; jugaban al carro arrastrando sillas, y no pasaba día sin que rompieran algo o rasgaran de medio a medio una cortina o desvencijaran un mueble. A poco de llegar se revolcaban casi en cueros sobre las alfombras, hasta que, habiendo refrescado el tiempo, se les veía jugar vestidos con los costosos trajes de paño fino guarnecidos de pieles que les habían hecho para salir a paseo.

Rupertito era tan travieso que no se podía hacer carrera de él. De la mañana a la noche no hacía más que jugar o asomarse al balcón para ver pasar los coches. Cuando sus amas le llamaban para que les alcanzara alguna cosa, lo cual ocurría poco más o menos cada dos minutos, era preciso buscarle por toda la casa, y cuando le encontrábamos le traíamos por una oreja. Yo me encargaba de esta penosa comisión, tan desconforme con mis ideas abolicionistas, porque los ayes del morenito me molestaban menos que el insufrible alarido de las señoras diciendo a toda hora: «Pícaro negro, tráeme mis zapatos; ven a apretarme el corsé; tráeme agua; alcánzame una horquilla, etc...». Un día le buscamos inútilmente por toda la casa. «¿Dónde se habrá metido este condenado?» decíamos mi hermano y yo, recorriendo todas las habitaciones, hasta que al fin le hallamos en un cuarto oscuro. Su carilla de ébano se me pareció como un antropomorfismo de las tinieblas, que echaron de sí los dos globos blancos de los ojos, la dentadura ebúrnea y los labios de granate. Una voz ronquilla y apagada decía estas palabras: «mucho fío, mucho fío». Sacámosle de allí. Era como si le sacáramos de un tintero, pues estaba arrebujado en un mantón negro de su ama. Aquel día se le compró un chaleco rojo de Bayona, con el cual estaba muy en carácter. Era un buen chico, un alma inocente, fiel y bondadosa que me hacía pensar en los ángeles del fetichismo africano.

Casi todos los días tenía que quedarme a comer con la familia, lo cual era un cruel martirio para mí, pues en la mesa había más barullo que en el muelle de la Habana. Principiaba la fiesta por las disputas entre mi hermano y Lica sobre lo que esta había de comer.

«Lica, toma carne. Esto es lo que te conviene. Cuídate, por Dios».

-¿Carne? ¡Qué asco!... Me apetece dulce de guinda. No quiero sopa.

-Niña, toma carne y vino.

-¡Qué chinchoso!... Quiero melón.

En tanto la niña Chucha (así llamaban a la suegra de mi hermano), que desde el principio de la comida no había cesado de dirigir acerbas críticas a la cocina española, ponía los ojos en blanco para lanzar una exclamación y un suspiro, consagrados ambos a echar de menos el moniato, la yuca, el ñame, la malanga y demás vegetales que componen la vianda. De repente la buena señora, mareada del estruendo que en la mesa había, llenaba un plato y se iba a comérselo a su cuarto. Distraído yo con estas cosas, no advertía que una de las niñas, sentada junto a mí, metía la mano en mi plato y cogía lo que encontraba. Después me pasaba la mano por la cara llamándome tiito bonito. El chiquitín tiraba la servilleta en mitad de una gran fuente con salsa, y luego la arrojaba húmeda sobre la alfombra. La otra niña pedía con atroces gritos todo aquello que en el momento no estaba en la mesa, y los papás seguían disertando sobre el tema de lo que más convenía al delicado temperamento y al crítico estado de Lica.

«Chinita, toma vino».

-¿Vino?, ¡qué asco!

-Mujer, no bebas tanta agua.

-¡Jesús, qué chinchoso! Que me traigan azucarillos.

-Carne, mujer, toma carne.

Y el chico salía a la defensa de su mamá, diciendo:

«Papá mapiango».

-Niño, si te cojo...

-Papá cochino...

-Yo quiero fideo con azúcar -chillaba una vocecita más allá.

-Me apetece garbanzo.

-¡Silencio, silencio! -gritaba José María dando fuertes golpes en la mesa con el mango del cuchillo.

Una chuleta empapada en tomate volaba hasta caer pringosa sobre la blanca pechera de la camisa del papá. Levantábase José María furioso, y daba una tollina al nene; pegaba este un brinco y salía, atronando la fonda con su lloro; enfadábase Lica; refunfuñaba su hermana; aparecía la niña Chucha enojada porque castigaban al nieto y se sentaba a la mesa para seguir comiendo; llamaban a Rupertico, a la mulata, y en tanto yo no sabía a qué orden de ideas apelar, ni a qué filosofía encomendarme para que se serenara mi espíritu.

Como todo el día estaba comiendo golosinas, Lica no hacía más que probar de cada plato y beber vasos de agua. Al fin saciaba en los postres su apetito de cositas dulces y frescas. Servían el café, más negro que tinta; pero yo me resistía a introducir en mí aquel pícaro brebaje por temor a que me privara del sueño, y me impacientaba y contaba las horas, esperando la bendita de escapar a la calle.

Luego venía el fumar, y allí me veríais entre pestíferas chimeneas, porque no sólo era mi hermano el que chupaba, sino que Lica encendía su cigarrito y la niña Chucha se ponía en la boca un tabaco de a cuarta. El humo y el vaivén de las mecedoras, me ponían la cabeza como un molino de viento, y aguantaba, y sostenía la conversación de mi hermano, que despuntaba ya por la política, hasta que llegada la hora de la abolición de mi esclavitud, me despedía y me retiraba, enojado de tan miserable vida y suspirando por mi perdida libertad. Volvía mis tristes ojos a la historia, y no le perdonaba, no, a Cristóbal Colón que hubiera descubierto el Nuevo Mundo.



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