El amigo Manso: 11

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El amigo Manso
Capítulo XI​
 de Benito Pérez Galdós


Capítulo XI - ¿Cómo pintar mi confusión?[editar]

¿Cómo describir mi trastorno y las molestias mil que trajo a mi vida la que mi hermano llevaba? De nada me valía que yo me propusiese evadirme de aquella esfera, porque mis dichosos parientes me retenían a su lado casi todo el día, unas veces para consultarme sobre cualquiera asunto y matarme a preguntas, otras para que les acompañase. Parecía que nada marchaba en aquella casa sin mí, y que yo poseía la universalidad de los conocimientos, datos y noticias. Pues, ¿y el obligado tributo de comer con ellos un día sí y otro no, cuando no todos los del mes?... Adiós mi dulce monotonía, mis libros, mis paseos, mi independencia, el recreo de mis horas, acomodada cada cual para su correspondiente tarea, su función o su descanso. Pero lo que más me desconcertaba eran las reuniones de aquella casa, pues habiéndome acostumbrado desde algún tiempo atrás a retirarme temprano, las horas avanzadas de tertulia entre tanto ruido y oyendo tanta necedad, me producían malestar indecible. Además, el uso del frac ha sido siempre tan contrario a mi gusto, que de buena gana le desterraría del orbe; pero mi bendito hermano se había vuelto tan ceremonioso, que no podía yo prescindir de tan antipática vestimenta.

Ansioso de fama, José María bebía los vientos por decorar sus salones con todas las personas notables y todas las familias distinguidas que se pudieran atraer; pero no lo conseguía fácilmente. Lica no había logrado hacerse simpática a la mayor parte de las familias cubanas que en Madrid residen, y que en distinción y modales la superaban sin medida. No veían su alma bondadosa, sino su rusticidad, su llaneza campestre y sus equivocaciones funestas en materia de requisitos sociales. A mis oídos llegaron ciertos rumores y chismes poco favorables a la pobre Lica. Por toda la colonia corrían anécdotas punzantes y muy crueles. Lo menos que decían de ella era que la habían cogido con lazo. Y tanta era la inocencia de la guajirita, que no se desazonaba por hacer a veces ridículo papel, o no caía en ello. Ponía, sí, mucha atención a lo que mi hermano o yo le advertíamos para que fuera adquiriendo ciertos perfiles y se adaptara a la nueva vida; y al poco tiempo su penetración natural triunfó un poco de su inveterada rudeza. El origen humildísimo, la educación mala y la permanencia de Lica en un pueblo agreste del interior de la isla no eran circunstancias favorables para hacer de ella una dama europea. Y no obstante estos diversos antecedentes, la excelente esposa de mi hermano, con el delicado instinto que completaba sus virtudes, iba entrando poco a poco en el nuevo sendero y adquiría los disimulos, las delicadezas, las prácticas sutiles y mañosas de la buena sociedad.

José María me suplicaba que le llevase buena gente, pero yo ¡triste de mí!, ¿a quién podía llevar, como no fuese a algún desapacible catedrático, que iba a fastidiarse y a fastidiar a los demás? Es verdad que presenté a mi amado discípulo, a mi hijo espiritual, Manuel Peña, que fue muy bien recibido, no obstante su humilde procedencia. Pero ¿cómo no, si además de tener en su abono las tendencias igualitarias de la sociedad moderna, se redimía personalmente de su bajo origen por ser el más simpático, el más guapo, el más listo, el más airoso, el más inteligente y dominador que podría imaginarse, en términos que descollaba sobre todos los de su edad, y no había ninguno que le igualara?

Mi hermano simpatizó con él, tasándole en lo que valía; pero aún no estaba satisfecho el dueño de la casa, y a pesar de haberse afiliado a un partido que tiene en su escudo la democracia rampante, quería, ante todo, ver en su salón gente con título, aunque este fuese haitiano o pontificio, y hombres notables de la política, aunque fueran de los más desacreditados. Los poetas y literatos famosos también le agradaban, y Lica estimaba particularmente a los primeros, porque para ella no había nada más delicioso que el sonsonete del verso. No seré indiscreto diciendo que ella también pulsaba la lira, y que en su tierra había hecho natales y algunas décimas, que tenían todo el rústico candor del alma de su autora y la aspereza salvaje de la manigua.

Desde las primeras reuniones se hizo amigo de la casa y al poco tiempo llegó a ser concurrente infalible a ella, un poeta de los de tres por un cuarto...



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