El amigo Manso: 15

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El amigo Manso
Capítulo XV​
 de Benito Pérez Galdós


Capítulo XV - ¿Qué leería?[editar]

Este fue el objeto de mis profundas cavilaciones en el tiempo que tardé en llegar a mi casa, y aún me persiguió aquel enigma hasta que me dormí, después de leer yo también un rato. ¿Y cuál fue mi lectura? Abrí no sé qué libros de mi más ardiente devoción, y me harté de poesía y de idealidad.

Al despertar volví a preguntarme: «¿Qué leería?». Y en clase, cuando explicaba mi lección, veía por entre las cláusulas y pensamientos de esta, como se ve la luz por entre las mallas de un tamiz, la cuestión de lo que leía Irene.

Cumplidos mis deberes profesionales, aquel día, como casi todos, fui a almorzar a casa de mi hermano; y ved aquí cómo llegó a serme agradable aquella mansión que al principio tantas antipatías despertaba en mí, por el trastorno que sus habitantes habían causado en mis costumbres. Pero yo empezaba a formarme una segunda rutina de vida, acomodándome al medio local y atmosférico; que es ley que el mundo sea nuestro molde y no nuestra hechura.

Favorecía mis visitas a aquella casa su proximidad a la mía, pues en seis minutos y con sólo quinientos sesenta pasos salvaba yo la distancia, por un itinerario que parecía camino celestial, formado de las calles del Espíritu Santo, Corredera de San Pablo y calles de San Joaquín, San Mateo y San Lorenzo. Esto era pasearse por las páginas del Año Cristiano. ¡Y la casa me parecía tan bonita, con sus nueve balcones de antepecho corridos, que semejaban pentagrama de música! ¡Y eran tan interesantes la tienda, muestra y escaparates del estuquista que habitaba en el piso bajo! La gran escalera blanquecina me acogía con paternal agasajo, y al entrar salía a recibirme el huésped eterno y fijo de la casa, un fuerte olor de café retinto, que se asociaba entonces a todas las imágenes, ideas y sucesos de la familia, y aun hoy viene a formar en el fondo de mi memoria, siempre que repite aquellos días, como un ambiente sensorio que envuelve y perfuma mis recuerdos.

El primero que aparecía ante mí era Rupertico haciendo cabriolas, besándome la mano y llamándome Taita. Aquel día me dijo:

«Mi ama Lica se ha levantado hoy».

Entré a verla. Allí estaba doña Cándida, hecha un caramelo de amabilidad, atendiendo a Lica, arreglándole las almohadas en el sillón, cerrando las puertas para que no le diera aire, y al mismo tiempo poniendo sus cinco sentidos en la criatura y en el ama. Las reglas y preceptos que Calígula dictaba a cada momento para que el niño y la nodriza no sufrieran el menor percance, llenarían tantos volúmenes como la Novísima Recopilación. Ella había buscado el ama y la había vestido, poniéndole más galones que a un féretro, collares rojos y todo lo demás que constituye el traje de pasiega; ella le había marcado el régimen y regulaba las hartazgas que tomaba aquella humana vaca, de cuya voracidad no puede darse idea. Ella corría con todo lo de ropitas, fajas y abrigos para mi tierno ahijado.

«Tiene toda la cara de tu madre -me decía-, y este se me figura que va a ser un sabio como tú. ¿Pero has visto cosa más rica que este ángel?».

A mí me parecía bastante feo. Tenía por nariz la trompeta que es característica de todos los Mansos, y un aire de mal humor, un gesto avinagrado, un mohín tan displicente, que me le figuraba echando pestes de los fastidiosos obsequios de doña Cándida.

Esta se multiplicaba para atender a todo; y como al muchacho se le ocurriese dar uno de esos estornudos de pájaro que dan los niños, ya estaba mi cínife con las manos en la cabeza, cerrando puertas y riñéndonos, porque decía que hacíamos aire al pasar. Cuando Maximín bostezaba, abriendo su desmedida boca sin dientes, al punto gritaba ella: «¡Ama, la teta, la teta!».

Era el ama rolliza y montaraz, grande y hombruna, de color atezada, ojos grandes y terroríficos, que miraban absortos a las personas como si nunca hubieran visto más que animales. Se asombraba de todo, se expresaba con un como ladrido entre vascuence y castellano, que sólo mi cínife entendía, y si algo revelaba su ruda carátula era la astucia y desconfianza del salvaje. Cuando, obediente a la consigna de doña Cándida, tomaba al chiquillo para alimentarle y se sacaba del pecho con dificultad un enorme zurrón negro, creía yo que aquello iba a sonar como las gaitas de mi país. Lica estaba muy contenta del ama, y cuando esta no podía oírlo, decía doña Cándida, radiante de orgullo:

«No hay mujer como esta, no la hay... Le digo a usted, Lica, que ha sido una adquisición... ¡Gracias a mí, que la he buscado como pan bendito!... Hija, estas gangas no se encuentran a la vuelta de la esquina. ¡Qué leche más rica! ¡Y qué formalota!... una cosa atroz ¿ha visto usted? No dice esta boca es mía».

Débil, más indolente que nunca, pero risueña y feliz, mi cuñada manifestaba su gratitud con expresiones cariñosas, y Calígula le decía:

«¡Qué bien está usted!... ¡Qué bonito color! Vamos, está usted muy mona».

Y Lica me dijo, como siempre:

«Máximo, cuéntame cosas».

-¿Qué cosas ha de contar este sosón? -zumbó mi cínife con humor picaresco-. Que empiece a echar filosofías y nos dormimos todas.

A pesar de esta sátira, yo contaba cosas a Lica, le hablaba de teatros, actualidades y de las noticias de Cuba.

La peinadora entró a peinar a Chita que, mientras le arreglaban el pelo, me obligó a darle cuenta de todas las funciones que en la última quincena se habían dado en los teatros. Yo, que no había ido a ninguno, le decía lo que se me antojaba. Lo mismo Chita que mi cuñada tenían pasión por los dramas y antipatía a la música y a las comedias de costumbres. Para ellas no había goce en ningún espectáculo si no veían brillar espadas y lanzas, y si no salían los actores muy bien cargados de barbas y vestidos de verde, o forrados de hojalata imitando armaduras. Odiaban la llaneza de la prosa, y se dormían cuando los actores no declamaban cortando la frase con hipos y el sonajeo de las rimas. Compraba Chita todos los dramas del moderno repertorio, y ambas hermanas los leían con deleite entre sorbos de café. Después se les veía esparcidos sobre la chimenea y el velador, en las banquetas o en el suelo, a veces enteros, otras partidos en actos o en escenas, cada pliego por su lado, revuelta la catástrofe con la prótasis y la anagnórisis con la peripecia. Aquel día, además del desbarajuste dramático, observé en el gabinete los desórdenes que, por ser cotidianos, no me llamaban ya la atención. Sobre mesillas y taburetes se veían las tazas de café, unas sucias, mostrando el sedimento de azúcar, otras a medio beber y frías como el hielo; sobre tal silla un sombrero de señora; un abrigo en el suelo; sobre la chimenea una bota; el devocionario encima de un plato y cucharillas de café dentro de un florerito de porcelana.

El gabinete estaba adornado a prisa y por contrata, con objetos ricos y al mismo tiempo vulgares, pagados al doble de su valor natural. Doña Cándida se había encargado del cortinaje y de varias chucherías que sobre la chimenea estaban, ofreciéndolas como una de esas gangas que rara vez se presentan. Un día que yo no estaba allí, acudió (creo que llevado también por Calígula) un mercader de objetos de arte, y supo endosarle a Lica media docena de cuadros sin mérito, que a todos los de la casa parecieron admirables por el rabioso y brillante color de los trajes, pintados con cierta habilidad. Había un reloj de música que a cada hora soltaba una tocata; pero a los ocho días se plantó, y no hubo forma humana de que tocase más ni de que diese la hora. Y como los demás relojes de la casa marchaban en espantosa anarquía, allí no se tenían nunca datos del tiempo, y había huelga de horas, e insurrección de minutos.

«Máximo, ¿qué hora es?... Chinito, llégate a ver qué hace José María. No le he visto hoy. Todita la mañana ha estado en el despacho con Sainz del Bardal. Verdad que hoy es correo de Cuba. Pero ya debe ser hora de almorzar».

En el despacho encontré a José María atareadísimo con el correo de Cuba. Ayudábale Sainz del Bardal, y entre los dos tenían escritas ya cantidad de cartas bastante a cargar un vapor-correo.

«Ya sabes -me dijo mi hermano-, que creo tener segura mi elección en uno de los distritos de la isla que están vacantes. El ministro se ha empeñado en ello. Me tiene verdaderamente acosado. Yo, ¿qué he de hacer?... Luego, de allá me escriben... Mira todas las cartas de Sagua; entérate... Dicen que sólo yo les inspiro confianza... Estoy verdaderamente agradecido a estos señores... Querido Sainz, descanse usted y vámonos a almorzar. Ea, camaradas, a la mesa».

Almorzamos. Tan afanado estaba José María con su elección y con la política, que ni en la mesa descansaba, y apoyando el periódico en una copa, leía, como a bocados y a sorbos, la sesión del día anterior.

«Ese Cimarra -manifestó en su respiro-, es hombre verdaderamente notable. Dicen que es inmoral... Mira, tú; yo no quiero meterme en la vida privada, ¿eh? En la pública, Cimarra es verdaderamente activo, hábil, muy amigo de sus amigos. Anoche estuvimos hasta las dos en el despacho del ministro... Y ahora que me acuerdo, hablamos de ti. Ya es hora de que pases a una cátedra de Universidad, y bien podría ser que dentro de algún tiempo te calzaras la Dirección de Instrucción Pública... Ea, ea, no vengas con modestias ridículas. Eres verdaderamente una calamidad. Con ese genio nunca saldrás de tu pasito corto».

Y cuando mi hermano volvía a engolfarse en la lectura del periódico, que era uno de los del partido, el poeta me tomaba por su cuenta, para comunicarme, sin dejar de engullir, los progresos de la Sociedad filantrópica, de que era secretario. Ya había dado dictamen una de las comisiones. Los debates serían reñidísimos. Había voto particular, y los pareceres de los vocales estaban muy divididos. Se trataba de un problema importante, sin cuya aclaración no tenía la Sociedad fundamento sólido en qué apoyarse; se trataba de establecer el grado de eficacia que podría alcanzar la campaña filantrópica, mientras no variasen las actuales relaciones entre el capital y el trabajo, y no hubiese una disposición legislativa que de una vez para siempre...

El condenado quería hacerme un resumen del dictamen; pero yo le corté la palabra, por temor a que me hiciera daño el almuerzo. Volvimos al despacho. Sainz del Bardal, que se había prestado a ser secretario de su protector, continuó escribiendo cartas, y José María, mientras fumaba, me dejó ver con más claridad las ambiciones y vanidades que se habían despertado en él. Aunque hacía alarde de sencillez y retraimiento, bien se le conocía su anhelo de notoriedad política. ¡Bendito José! Me lo figuraba en primera línea y a la cabeza de un partido, fracción o grupillo, que se llamaría de los Mansistas. Cuando yo lo decía así, él se reía a carcajadas, demostrándome, a través de su jovialidad, el gusto que esta suposición le causaba.

«Todo me lo dan hecho -decía-, yo no me muevo, yo no pido nada. Pero se empeñan... Es verdaderamente honroso para mí, y estoy verdaderamente agradecido... Anoche recibí un B.L.M. del ministro... Ese señor no me deja a sol ni sombra... Yo no busco a nadie; me buscan. Yo quiero estar metido en mi casa, y no me dejan».

Estos alardes de modestia eran un nuevo síntoma de la intoxicación política que empezaba a padecer José, pues es muy propio de los ambiciosos hacer el papel de que no buscan, ni piden, ni quieren salir de las cuatro paredes, y siempre dan, como explicación de sus intrigas, la disculpa de que se les solicita y obliga a ser grandes hombres contra su voluntad. Con este síntoma notaba yo en mi hermano el no menos claro de usar constantemente ciertas formulillas y modos de decir de los políticos. La facilidad con que se había asimilado estos dicharachos, probaba su vocación. Decía: «Estamos a ver venir; los señores que se sientan en aquellos bancos; esto se va; lo primero es hacer país; hay mar de fondo; las minorías tiran a dar, etc.». Llamaba cogida a los fracasos parlamentarios de un orador, y enchiquerado al ministro que estaba bajo la amenaza de una interpelación grave. Nuestro Congreso, que tan alto está en la oratoria, tiene también su estilo flamenco. A mi neófito no se le escapaba tampoco ninguno de los profundos apotegmas, que son la única muestra intelectual de muchas celebridades, como por ejemplo: «Las cosas caen del lado a que se inclinan».

En sus costumbres no se advertía menos su conversación rápida a un nuevo orden de ideas y de vida. Ya la pobre Lica había empezado a quejarse de las largas ausencias de su marido, el cual, siempre que no tenía convidados, comía fuera de casa, y entraba a las dos de la noche. Se había vuelto un si es no es áspero y gruñón dentro de casa, y exigentísimo en todo lo referente a menudencias sociales y al aparato de la casa. El menor descuido de la servidumbre traía sobre Lica agrias amonestaciones; y no digo nada de los malísimos ratos que sufrió la pobrecita para corregirse de su rusticidad y olvidar todas las palabras de la Tierra, y no hablar ni pensar más que a la europea. Dócil y aplicada, la infeliz ponía tanta atención a las fraternas de su marido que logró reformar sus modales y lenguaje, y ya no llamaba túnico al vestido, ni a las enaguas sayuelas, ni al polisón bullerengue. Por este mismo tiempo empezó a restituirse la dicción castellana en los nombres de todos, y ya no se le decía Lica, sino Manuela, y su hermana fue Mercedes, y la niña mayor, que se nombraba Isabel, como mi madre, no se llamó más Belica. Sólo la niña Chucha era refractaria a estas novedades, y no respondía cuando la llamaban doña Jesusa, porque dejar su lengua, decía, era arrojar a las calles de Madrid lo último que le quedaba de su querida patria.

Y aquella misma mañana observé en el despacho otros indicios de demencia que me dieron mucha tristeza, porque ya no me quedaba duda de que el mal de José María era fulminante y de que pronto se perdería la esperanza de su remedio. Sobre la mesa había muestras de garabatos heráldicos hechos en distintos colores. Esto, unido a ciertos rumores que habían llegado a mí y a las tonterías que escribió un revistero de periódico, confirmó mis sospechas, y no pudiendo resistir la curiosidad, pregunté:

«¿Pero es cierto que vas a titularte?».

-Yo no sé... si he de decirte la verdad... estas cosas me fastidian... -repuso con turbación-. Es empeño de ellos, yo me resisto. Luego, los del partido... lo han tomado como asunto propio... Es verdaderamente una tontería; ¿pero cómo les voy a decir que no? Sería verdaderamente ridículo... Si me hicieras el favor de no quitarme el tiempo, camarada. Estamos verdaderamente sofocados con este dichoso correo de Cuba.

Dejele con sus cartas y su poeta secretario. Pronto sería yo hermano de un marqués de Casa-Manso o cosa tal. En verdad, esto me era de todo punto indiferente, y no debía preocuparme semejante cosa; pero pensaba en ello porque venía a confirmar el diagnóstico que hice de la creciente locura de mi hermano. Lo del título era un fenómeno infalible en el proceso psicológico, en la evolución mental de sus vanidades. José reproducía en su desenvolvimiento personal la serie de fenómenos generales que caracterizan a estas oligarquías eclécticas, producto de un estado de crisis intelectual y política que eslabona el mundo destruido con el que se está elaborando. Es curioso estudiar la filosofía de la historia en el individuo, en el corpúsculo, en la célula. Como las ciencias naturales, aquella exige también el uso del microscopio. Indudablemente, estas democracias blasonadas; estas monarquías de transacción sostenidas en el cabello de un artificio legal; este sistema de responsabilidades y de poderes, colocado sobre una cuerda floja y sostenido a fuerza de balancines retóricos; esta sociedad que despedaza la aristocracia antigua y crea otra nueva con hombres que han pasado su juventud detrás de un mostrador; estos Estados latinos que respiran a pulmón lleno el aire de la igualdad, llevando este principio no sólo a las leyes sino a la formación de los ejércitos más formidables que ha visto el mundo; estos días que vemos y en los cuales actuamos, siendo todos víctimas de resabios tiránicos y al mismo tiempo señores de algo, partícipes de una soberanía que lentamente se nos infiltra, todo, en fin, reclama y quizás anuncia un paso o transformación, que será la más grande que ha visto la historia. Mi hermano, que había fregado platos, liado cigarrillos, azotado negros, vendido sombreros y zapatos, racionado tropas y traficado en estiércoles, iba a entrar en esa escogida falange de próceres, que son la imagen del poder histórico inamovible y como su garantía y permanencia y solidez. Digamos con el otro: «O el universo se desquicia, o el hijo de Dios perece».

Pensando en estas cosas fui al cuarto de Irene, todo lo olvidé desde que la vi. Sin oír su respuesta a mi primer saludo, le pregunté:



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