El amigo Manso: 24

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El amigo Manso
Capítulo XXIV​
 de Benito Pérez Galdós


Capítulo XXIV - ¡Tiene usted que hablar![editar]

Pues tengo que hablar; no hay más remedio. Hay en sus palabras no sé qué de imperioso, de irresistible, que corta la retirada a mi modestia y me deja indefenso y solo entre los ataques de los organizadores de la velada. Al fin sucumbiré... Es necesario hablar. ¿Y sobre qué?

Esto pensaba al retirarme aquella noche después de un paseo con Manuela, Irene y los niños, y cuando me acercaba a mi casa iba pensando qué orden de ideas elegiría para componer un bonito discurso. Lo mismo fue entrar en mi despacho y ver mis libros, que se encendió de súbito mi mente y de ella brotó inspiración esplendorosa. El saber archivado en mi biblioteca parecía venir a mí en rayos, como las voces celestes que algunos pintores ponen en sus cuadros, y yo sentí en mí aquellas voces, tonos y ecos distintos de la erudición, que me decían cada cual su idea o su frase. ¡Qué admirable discurso el mío! ¡Panorama inmenso, síntesis grandiosa, riqueza de particularidades! Ocurrióseme la exposición del concepto cristiano de la caridad, uno de los más bellos alcázares que ha construido el pensamiento humano. Yo analizaría la definición dogmática de aquella virtud teologal y sobrenatural por la que amamos a Dios por sí mismo y al prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios. Después me metería con los Santos Padres... ¡oh!, mi memoria no me era fiel en este punto; sólo recordaba la gradación de San Francisco de Sales, que dice: «el hombre es la perfección del universo, el espíritu es la perfección del hombre, el amor la del espíritu y la caridad la del amor...». Después de apurar bien la caridad católica, yo, por medio de una transacción apoyada en la hermosa frase de Newton: «sin la caridad la virtud es un nombre vano», me pasaría al campo filosófico; establecería el principio de fraternidad, y pasito a pasito me iría al terreno económico político, donde las teorías sobre asistencia pública y socorros mutuos me darían materia riquísima... Luego la sociología... En fin, me sobraba asunto, tenía ideas con que hacer siete discursos para siete veladas. La dificultad estaba en condensar. No hay nada más difícil que hablar poco de una cosa grande. Sólo los espíritus verdaderamente grandes tienen el secreto de encerrar en el término de escasas palabras espacios inmensurables. Así, yo estaba confuso; no sabía qué escoger entre tanta tesis, entre tan variadas riquezas. Después de reflexionar largo rato, vi claro, y consideré que sería el colmo de la pedantería sacar a relucir el dogmatismo cristiano, los Santos Padres, la filosofía, la ciencia social, la fraternidad y la economía política. Pareciome ridícula la fiebre de erudición que me entró al ver mi biblioteca y consideré a qué locos extravíos conduce la manía de hacinamiento de libros. La erudición es un vicio que tiene sus embriagueces. Librémonos de ella, mayormente en ciertos actos, y aprendamos el arte de llevar a cada sitio y a cada momento lo que sea propio de uno y de otro y encaje en ambos con maravillosa precisión. Volví la espalda a mi biblioteca y me dije: «Cuidado, amigo Manso, con lo que haces. Si en esa famosa velada te descuelgas con un mosaico de erudición tediosa o con un catafalco de filosofía trascendente, el público se reirá de ti. Considera que hablarás delante de un senado de señoras, que estas y los pollos y todas las demás personas insustanciales que a tales fiestas asisten, estarán deseando que acabes pronto para oír tocar el violín o recitar una poesía. Prepara una oración breve, discreta, con su golpecito de sentimiento y su toque de galantería a las damas; es decir, que cuando se te escape alguna filosofía, eches luego una borlada de polvos de arroz. Di cosas claras, si puede ser, bonitas y sonoras. Proporciónate un par de metáforas, para lo cual no tienes más que hojear cualquier poeta de los buenos. Sé muy breve; ensalza mucho a las señoras que se desviven arreglando funciones para los pobres; habla de generalidades fáciles de entender, y ten presente que si te apartas tanto así de la línea del vulgo bien vestido que ha de oírte, harás un mal papel, y los periódicos no te llamarán inspirado ni elocuente».

Esto me dije, y dicho esto me callé y me puse a comer, pues aquel día pude también evadirme, por rara suerte, de la comida oficial de mi hermano para consagrarme con sabrosa tranquilidad a la olla doméstica.

La próxima velada y el compromiso que contraje me tenían preocupado. No han sido nunca de mi gusto estas ceremonias, que con pretexto de un fin caritativo sirven para que se exhiban multitud de tipos ávidos de notoriedad. Si algún tiempo antes me hubieran dicho: «vas a hablar en una velada caritativa» lo habría juzgado tan absurdo como si dijeran: «volarás». Y sin embargo, ¡oh, Dios!, yo volé.

Pero un desasosiego mayor que este de pensar en mi discurso me entristeció por aquellos días. Una tarde fui a casa de José María con intención decidida de ver a Irene y de hablarle un poco más explícitamente, porque mi propia reserva empezaba a atormentarme, y me cansaba del papel de observador que yo mismo me había impuesto. La determinación de sentimiento iba tomando tal fuerza en mí de día en día, que andaba la razón algo desconcertada, como autoridad que pierde su prestigio ante la insolencia popular. Y doy por buena esta figura, porque el sentimiento se expansionaba en mí al modo de un popular instinto, pidiendo libertad, vida, reformas, y mostrándome la conciencia de su valer y las muestras de su pujanza, mientras la rutinaria y glacial razón hacía débiles concesiones, evocaba el pasado a cada instante y no soltaba el códice de sus rancias pragmáticas. Yo estaba, pues, en plena revolución, motivada por ley fatal de mi historia íntima, por la tiranía de mí propio y por aquella manera especial de absolutismo o inquisición filosófica con que me había venido gobernando desde la niñez.

Aquel día, pues, el brío popular era terrible; se habían desbordado las masas, como suele decirse en lenguaje revolucionario, y la Bastilla de mis planes había sido tomada con estruendo y bullanga. Acordándome de Peña y de sus ideas sobre la necesidad de lo dramático en cierta parte de la vida, me parecía que tenía razón. Era preciso ser joven una vez y permitir al espíritu algo de ese inevitable proceso reformador y educativo que en Historia se llama revoluciones.

«Basta de sabidurías -me dije-; acábense los estudios de carácter, y las disecciones de palabras que me enredan en mil tormentosas suspicacias y cavilaciones. ¡Al hecho, a la cosa, al fin! Planteada la cuestión y manifestados mis deseos, toda la claridad que haya en mí se repetirá en ella, y la veré y apreciaré mejor. Así no se puede vivir. ¡Ay de aquel que en esto de mujeres imite al botánico que estudia una flor! ¡Necio! Aspira su fragancia, contempla sus colores; pero no cuentes sus pistilos, no midas sus pétalos ni analices su cáliz, porque así, mientras más sepas más ignoras, y sabrás lo menos digno de saberse que guarda en sus inmensos talleres la Naturaleza».

Así pensaba, y con estas ideas me fui derecho a su cuarto. ¡Desilusión! Irene no estaba. Las niñas tampoco. Lica salió a mi encuentro y me explicó el motivo de la ausencia de la maestra. Había ido a casa de su tía a arreglar sus cosas. Parece que estaban de mudanza. Doña Cándida había tomado un cuartito muy mono y recorría las almonedas para procurarse muebles baratos con que arreglarlo. Irene estaba en la antigua casa de mi cínife poniendo en orden sus objetos para la mudanza, y ayudando a su tía.

Quise ir allá, pero Lica me retuvo. Tenía que darme cuenta de los malos ratos que estaba pasando con el ama de cría, cuya bestial codicia, iracundo genio y feroces exigencias, no se podían soportar. Todos los días armaba peloteras con la mulata, y se ponía tan furiosa, que la leche se le echaba a perder, y mi buen ahijado se envenenaba paulatinamente. Cuanto veía se le antojaba, y como Manuela le hacía el gusto en todo, llegó un momento en que ni con faldas de terciopelo, ni con joyas falsas o finas se la podía contentar. Cuando la contrariaban en algo, ponía un hocico de a cuarta, y era preciso echarle memoriales para sacarle una palabra. No mostraba ningún cariño a su hijo postizo, y hablaba de marcharse a su casa con su hombre y los sus mozucos. Varios objetos de valor que habían desaparecido fueron descubiertos sigilosamente en el baúl de la bestia. Lica le tenía miedo, temblaba delante de ella, y no se atrevía a mostrarle carácter ni a contrariarla en lo más ligero.

«Que se lleve todo -me decía lloriqueando, a solas los dos-, con tal de que críe al hijo de mis entrañas. Ella es el ama, yo la criada: no me atrevo a resollar delante de ella por miedo de que haga una brutalidad y me mate al hijo».

-¡Buen punto te ha traído doña Cándida! ¿Ves?, de mi cínife no puede salir cosa buena.

-Y doña Cándida, ¿qué culpa tiene?... ¡la pobre!... No seas ponderativo... Si yo pudiera buscar otra criandera sin que esta se maliciara, pues, y plantarla en la calle... ¡Ay! Máximo, tú que eres tan bueno, ayúdame. No cuento para nada con José María. ¿Ese?... como si no existiera. No parece por aquí. Con que Máximo, chinito...

-Pero Lica... y esa doña Cándida, ¿qué dice?

-Si ya apenas viene a casa... Desde que ha vendido las tierras de Zamora y tiene moneda...

-¡Dinero doña Cándida! -exclamé más asombrado que si me dijeran que Manzanedo pedía limosna-, dinero Calígula.

-Sí, está rica: pues si vieras, niño... gasta más fantasías...

-¡Ay Lica, Lica!, yo te encargué que vigilaras bien a mi cínife. ¿Lo has hecho?

-Pero ven acá, ponderativo.

Yo no sabía qué pensar. La necesidad de ver a Irene, y no sé qué instinto suspicaz, que me impulsaba a observar de cerca los pasos de doña Cándida, lleváronme a la casa de esta. Llegué: mi espíritu estaba preñado de temores y desconfianzas. Llamé repetidas veces tirando, hasta romperlo, del seboso cordón de aquella campanilla ronca; pero nadie me respondía. La portera gritó desde abajo que la señora y su sobrina estaban en la otra casa. Pero, ¿dónde estaba esa casa? Ni la portera ni los vecinos lo sabían.

Volví junto a Lica. Irene llegó muy tarde, cansada, ojerosa, más pálida que nunca. La nueva casa de su tía estaba en la barriada moderna de Santa Bárbara, con vistas a las Salesas y al Saladero. Tía y sobrina habían trabajado mucho aquella tarde.

«¡He cogido tanto polvo!... -me dijo Irene-. Estoy rendida de sueño y cansancio. Hasta mañana, amigo Manso».

¡Hasta mañana! Y aquella mañana vino, y también desapareció Irene. Vivísima curiosidad me impelía hacia la nueva casa, alquilada y amueblada con el producto de aquellas tierras de Zamora que no existían más que en el siempre inspirado numen del fiero Calígula.

Salí, recorrí las nuevas calles del barrio de Santa Bárbara; pero no di con la casa. Según me había dicho Irene, ni el edificio tenía número todavía, ni la calle nombre: pregunté en varios portales, subí a varios pisos, y en ninguno me daban razón. Parecíame viajar por una ciudad humorística como las tierras de doña Cándida, y aun me ocurrió si el cuartito muy mono estaría en uno de los yermos solares en que no se había edificado todavía. Volví hacia el centro. En la calle de San Mateo, ya cerca de anochecer, me encontré a Manuel Peña, que me dijo: «Ahora van la de García Grande y su sobrina por la calle de Fuencarral».

Nos separamos después de haber hablado un momento de su discurso y del mío. Me fui a casa, volví a salir. Era de noche...



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