El amigo Manso: 30

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El amigo Manso
Capítulo XXX​
 de Benito Pérez Galdós


Capítulo XXX - ¿Con que se nos va usted?[editar]

-Sí -me dijo en tono resuelto, mirándome de lleno, como si vaciara (así me parecía) todo el contenido luminoso de sus ojos sobre mí.

-De veras. ¿Y cuándo?

-Hoy mismo. Lo que ha de ser...

-¡Qué pícara!... ¿Pero tiene usted algún motivo de descontento en la casa?

-No diga usted tonterías. ¡Descontenta yo de la casa! Diga usted agradecidísima.

-Entonces...

-Pero es preciso, amigo Manso. No se ha de estar toda la vida así. Y si tengo que salir de la casa, ¿no vale más hacerlo de una vez? Cada día que pase ha de serme más penoso... Pues nada, hago un esfuerzo, tomo mi resolución...

-¡Es tremendo!... -exclamé hecho un tonto, y repitiendo su adjetivo favorito.

-Sí señor; me corto la coleta... de maestra -replicó echándose a reír.

¿No revelaba su rostro una alegría loca? O así era, o soy lo más torpe del mundo para leer tus signos, alma humana. Aquella alegría me desconcertó, porque habíamos llegado a un punto en que todo desconcertaba, y sólo le dije:

-¿Hay proyectos...?

«Sí señor, tengo mis proyectillos... ¡y qué buenos! ¿Pues qué? Creía usted que sólo los sabios tienen proyectos».

Las dos niñas, Isabel y Merceditas, nos miraban absortas, con sus abiertos libros en las manos y abandonadas estas sobre las rodillas. Saboreaban quizás aquel descanso en la lección, y de seguro nos habrían agradecido mucho que nos estuviéramos charlando todo el día.

«No, no, no. Yo celebro que usted tenga proyectos y que deje esta vida... Mucho hay que hablar sobre el particular... Pero siga usted la lección, que después...».

-¿Hablaremos?... sí señor; yo también deseo hablar con usted; pero es tanto lo que hay que decir...

-Luego... aquí -dije, y en el momento que tal decía, me acordaba de la solemnidad con que los actores suelen pronunciar aquellas palabras en la escena.

De la manera más natural del mundo yo me volvía melodramático. Creo que me puse pálido y que me temblaba la voz.

«Aquí no...» indicó ella respondiendo a mi turbación con la suya, y mirando a los chicos y a la Gramática, como solicitada por la conciencia de sus deberes pedagógicos.

Y el aquí no salió de sus labios timbrado con un dulce tono de precaución amorosa. Era el sutil instinto de prudencia, que ya en la primera travesura femenina suele aparecer tan desarrollado como si el uso de muchos años lo cultivara.

«Es verdad, aquí no», repetí.

Yo no tenía iniciativa. Ella la tenía toda, y me dijo:

«En mi casa, en mi nueva casa. ¿Pero no ha de ir usted a visitarnos?».

-Mañana mismo.

-Poquito a poco. Ya le avisaré a usted.

-¿Pero será pronto?

-Creo que sí. Por ningún caso vaya usted antes de que yo le avise.

Y me dio sus señas escritas con lápiz en un papelillo. Sentí susurro de voces junto a la puerta, y los cuatro empezamos a conjugar con un fervor...

Lica entró de muy mal talante. Oímos la voz de José María que se alejaba, y comprendí que entre marido y mujer había chamusquina... Pero mi hermano se fue a almorzar fuera, suspendiendo así las hostilidades, y cuando almorzábamos Manuela y yo, esta, muy altanera, me dijo:

«Ya se fue doña Cándida. ¡Qué cosa!... Nunca he visto en ella tanta prisa para marcharse. Estaba deshecha. Con decirte que no ha querido quedarse a almorzar... Esto no se comprende, el mundo se acaba. No sé qué tengo, Máximo. Doña Cándida me ha dado que pensar hoy. Tenía tanta prisa... Yo le preguntaba sobre su nueva casa, y me respondía mudando la conversación y hablando de otras cosas. Vaya, vaya, como no salga verdad lo que tú dices, y resulte que es una fantasiosa...».

Yo me callé. No, no me callé; pero sólo dije:

«Pronto lo sabremos».

Y ella, taciturna, siguió almorzando entre suspiros, y yo, meditabundo, apenas probé bocado.

José María volvió más tarde. Las ocupaciones que tenía en su despacho parecían un pretexto para estar en la casa a cierta hora. Mostrose complaciente conmigo y con Manuela; mas el artificio de su forzada bondad, se descubría a la legua. Nos dijo que el tiempo estaba magnífico, y enseñándonos billetes de invitación para no sé qué fiesta de caridad que había en los Jardines del Retiro, nos animó a que fuéramos. Manuela no quiso ir ni yo tampoco.

«¿Y tú no vas?» preguntó a su marido.

-Ya ves. Tengo que hacer aquí.

Aparentemente tenía ocupaciones. En el recibimiento y en la sala había ración cumplida de pedigüeños de todas las categorías; los unos empleados cesantes, los otros pretendientes puros. Desde que mi hermano empezó a figurar, las nubes de la empleomanía descargaban diariamente sobre la casa abundosa lluvia de postulantes. Oficiales de intervención, guardas de montes, empleados de consumos, innumerables tipos que habían sido, que eran o querían ser algo, venían sin cesar en solicitud de recomendación. Quién traía tarjeta de un amigo, quién carta, quién se presentaba a sí mismo. José María, cuyo egoísmo sabía burlar toda clase de molestias siempre que no le impulsara a sobrellevarlas el amor propio, se quitaba de encima casi siempre, con mucho garbo, la enojosa nube de pretendientes, y salía dejándolos plantados en el recibimiento o mandándoles volver. Pero aquel día mi benéfico hermano quiso dar indubitables pruebas de su interés por las clases desheredadas, y fue recibiendo uno por uno a los sitiadores dando a todos esperanzas y alentando su necesidad o su ambición.

«Está bien: deme usted una nota... He dado la nota al ministro... Vea usted lo que me contesta el director: me pide nota... Pero si olvidó usted ayer darme la nota... Creo que nos equivocamos al redactar la nota: de ahí viene que la Dirección... Lo mejor es que mande usted otra nota... Ya he tomado nota, hombre, ya he tomado nota».

Y dando notas, y pidiendo notas, y ofreciéndolas y transmitiéndolas se pasó el muy ladino toda la tarde.

Entre tanto, Irene recogía sus cosas. Más de dos horas estuvo encerrada en su cuarto. Sólo las niñas la acompañaban, ayudándola a empaquetar y hacer diversos líos. Poco después vi su baúl mundo en el pasillo atado con cuerdas. Cuando se despidió de Manuela, las lágrimas humedecían su rostro, y su nariz y carrillos estaban rojos. Las dos niñas, medrosas de su propia pena, se habían refugiado en la clase, donde lloraban a moco y baba.

«¡Qué tontería!... -les dijo Irene, corriendo a darles el último beso-. Si vendré todos los días...».

La despedida fue muy tierna; pero Manuela estaba algo atolondrada, y no se había dejado vencer de la emoción lacrimosa. Serena despidió a la que había sido institutriz de sus hijas, y la acompañó hasta la puerta.

En aquel momento José María salió de su despacho. Acabáronse todas las ocupaciones y las notas todas como por encanto.

«¿Pero ya se va usted? -dijo muy gozoso-. Yo también salgo. La llevaré a usted en mi coche».

-No, señor; gracias, no, de ninguna manera -replicó Irene echando a correr escaleras abajo-. Ruperto va conmigo.

José María bajó tras ella. Manuela y yo nos acercamos a los cristales del balcón del gabinete para ver...

En efecto, no pudiendo Irene evadir la galantísima invitación de mi hermano, entró en el coche, seguida de José; y al punto vimos partir a escape la berlina hacia la calle de San Mateo.

«¡Has visto, has visto...!» exclamó Lica clavando en mí sus ojos llenos de ira, y corriendo a echarse en una mecedora.

-¿Qué? No formes juicios temerarios... Todavía...

-¿Qué todavía?... Esto es terrible... ¡Qué fresco! La lleva en su coche... Por eso ha estado aquí toda la tarde... esperando... ¡Máximo, qué afrenta, Jesús, qué infamia!... Si no lo hubiera visto... No te chancees... ya... Estoy brava, soy una loba...

Meciéndose, expresaba con paroxismo de indolencia su dolor, como otras lo expresan con violentas sacudidas.

«Yo me muero, yo no puedo vivir así -exclamó rompiendo en llanto-. ¿Máximo, qué te parece?, en mi propia cara, delante de mí, estas finezas... Eso es no tener vergüenza, y la sinvergüencería no la perdono».

-Pero mujer, si no tienes otro motivo que ese... cálmate. Veremos lo que pasa después...

-Bobo, yo adivino, y mis celos tienen mil ojos -me dijo meciéndose tan fuerte que creí que se volcaba la mecedora-. Nada sé positivo, y sin embargo, algo hay, algo hay... Te dije que Irene me parecía muy buena. ¡Guasa!, es que nos engañaba del modo más... Mira, yo he sorprendido en ella... ¡Ay!, yo soy tonta; pero sé conocer cuándo una mujer trae enredos consigo, por mucho que disimule. Irene nos engaña a todos. ¡Es una hipócrita!



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