El amigo Manso: 32

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El amigo Manso
Capítulo XXXII​
 de Benito Pérez Galdós


Capítulo XXXII - Entre mi hermano y yo fluctuaba una nube[editar]

¿Saldría de ella el rayo? Mi propósito era evitarlo a todo trance. Hablé de esto con Lica, que en el breve espacio de un día había vuelto a caer en sus inquietudes y tristezas. La reconciliación matrimonial había sido de tan menguados efectos, que no tardó el espectro de la discordia en anularla pronto, erigiéndose él mismo sobre el altar del destronado himeneo. Durante todo el día que siguió a la trivial disputa, acompañé a mi hermana política, escuchando con paciencia sus quejas que eran interminables... Sí; ya no la engañaría más, ya iba aprendiendo ella las picardías. Ya no volvería a embaucarla con cuatro palabras y dos cariñitos... Por fuerza había algo en la vida de su esposo que le sacaba de quicio. José no era el José de otros tiempos.

Con estas jeremiadas entreteníamos las horas de la tarde y de la noche, que eran largas y tristes, porque Lica había suprimido la reunión, y no recibía a nadie. José María no se presentaba en la casa sino breves momentos, porque había recibido su acta, la había presentado al Congreso, había jurado, le habían elegido presidente de la comisión de melazas, y el buen representante del país, consagrado en cuerpo y alma a los sagrados deberes del padrazgo parlamentario y político, no tenía tiempo para nada. En esto transcurrieron cuatro días, que fueron para mí pesados y fastidiosos, porque Irene no me había dado el prometido aviso o venia para ir a su casa; y yo, con mi delicada escrupulosidad, no quería infringir de ningún modo una indicación que me parecía mandato. Me pasaba la mayor parte del día acompañando a la olvidada y digna esposa de José María, la cual, entre las salmodias de su agravio, aprovechaba mi constante presencia en la casa para inclinarme a ser su pariente, casándome con su hermana. ¡Proyecto tan bondadoso como infecundo! Reconociendo yo como el primero las excelentes cualidades de Mercedes, no sentía ni la más ligera inclinación amorosa hacia ella, y además se me figuraba que le hacía muy poca gracia para marido y menos para novio.

Rompían, por cierto muy desagradablemente, la monotonía de nuestros coloquios los malos ratos que nos daba el ama con su bestial codicia, sus fierezas y el peligro constante en que estaba Maximín de quedarse en ayunas. Yo maldecía a las nodrizas, y hubiera dado no sé qué por poder hacer justicia en aquella, más animal que cuantas nos envían montes encartados y pasiegos, de todos los desafueros que cometen las de su oficio. Lica y yo temíamos una desgracia, y en efecto, el golpe vino hallándonos desprevenidos para recibirlo.

Me disponía a salir una mañana para ir a clase, cuando se me presenta Ruperto sofocadísimo.

«Niña Lica que vaya usted pronto allá. El ama de cría se ha marchado hace un rato. El niño no tiene qué mamar...».

-¿No lo dije?... Esto sí que es bueno... ¿Y el señorito José María, qué hace?

-Mi amo no fue esta noche a casa. El lacayo ha salido a buscarle... Mi ama que vaya usted pronto... para que le busque otra criandera...

-Yo... ¿y dónde la busco yo?... ¡Pero vamos allá!... ¿Y la señorita Manuela qué hace?

-Llorar. Le están dando al nene leche con una botella. Pero el nene no hace más que rabiar.

-Bueno, bueno... Ahora busque usted un ama...

Bajaba la escalera, cuando una muchacha que subía me dio una carta. ¡Fuerzas de la Naturaleza! Era de Irene. Rasgué, abrí, desdoblé, leí, tembloroso como la débil caña sobre la cual se desata el huracán:

«Venga usted hoy mismo, amigo Manso. Si usted no viene, no se lo perdonará nunca su amiga...-Irene».

La escritura era indecisa, como hecha precipitadamente por mano impulsada del miedo y del peligro...

¡Dios misericordioso! ¡Tantas cosas sobre un triste mortal en un solo momento! Buscar ama, ir al socorro de Irene... porque indudablemente había que socorrerla... ¿contra quién? Había peligro... ¿de qué?

«¿Qué tiene usted, Mansito?» me dijo doña Javiera, que volvía de misa.

-Pues poca cosa... Figúrese usted, señora... Buscar un ama... volar al socorro...

-¿Hay fuego?...

-No, señora; no hay más sino que el ama...

-¿El ama del niño de su hermano? No hay peste como esas mujeres. Yo, mire usted, aunque estaba muy delicada, no quise dejar de criar a mi Manolo. Y los médicos me decían que por ningún caso. Y mi marido me reñía. Pues bien saludable ha salido mi hijo, y yo... ya usted ve.

-Usted no sabría de alguna...

-Veremos, veremos; voy a echarme a la calle... Y a propósito, amigo Manso, ¿ha visto usted a Manuel anoche?

-¿Qué he de ver, señora?

-Esta es la hora que no ha venido a casa. Creo que tuvieron cena en Fornos... ¡Ay qué chico! ¡Pero qué afanado está usted!... Pobre D. Máximo, ¡qué sin comerlo ni beberlo!... Aprenda, aprenda usted para cuando sea padre.

-Señora, si usted tuviera la bondad de buscarme por ahí una de esas bestias feroces que llaman amas de cría...

-Sí, voy a ello... Espere usted: la vecina me dijo que conocía... Ya, sí... es una chica primeriza, criada de servir, que se desgració. Estaba en casa de un concejal que hace la estadística de nacidos... hombre viudo, y que debía tener interés en que se aumentara la población... Voy allá... Creo que tiene la gran leche; es morenota, fresconaza... un poco ladrona. También sé de una muy sílfide, una traviatona que bailaba en Capellanes, casada; pero que no vive con su marido. Sabe muchos cantares para dormir a los niños, y tiene aires de persona fina... Pues no me quito la mantilla y echo a correr. Vaya usted por otro lado. No deje usted de ir a la Concepción Jerónima, a casa de Matías, donde van a parar todas las burras de leche que vienen a buscar cría. Es aquello, según dicen, una fábrica de amas y un almacén de ganado. Ea, hombre, no se quede usted lelo; coja usted La Correspondencia y lea los anuncios. Ama para casa de los padres. ¿Ve usted? Váyase pronto al Gobierno Civil donde está el reconocimiento... Si encuentra usted alguna, no se fíe de apariencias: llévese un médico. Escójala cerril, fea y hombruna... Pechos negros y largos. Mucho cuidado con las bonitas, que suelen ser las peores... No dejen de examinar la leche, y fíjense en la buena dentadura. Yo voy por otro lado; avisaré lo que encuentre. Abur.

Diome esperanzas la solicitud de aquella buena señora. Y yo, ¿a dónde acudiría primero? No había que vacilar y corrí a casa de Manuela, pensando en Irene, en su carta garabateada a prisa, y no cesaba de ver la trémula mano trazando los renglones, y me figuraba a la maestra amenazada de no sé qué fieros vestiglos. Y en tanto mis alumnos se quedaban sin clase aquel día, que me tocaba explicar El interior contenido del Bien.

Encontré a Manuela desesperada. Con mi ahijado sobre las rodillas, rodeada de su madre y hermana, era la figura más lastimosa y patética de aquel cuadro de desolación. Maximín chillaba como un becerro; Lica se empeñaba en que chupara de la redoma; apartaba él con furiosos ademanes aquella cosa fría y desapacible, y en tanto, las tres aturdidas mujeres invocaban a todos los santos de la Corte celestial. Se habían mandado recados a varias casas amigas para que diesen noticia de alguna nodriza, pero ¡ay!, la familia confiaba principalmente en mí, en mi rara bondad y en mi corazón humanitario.



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