El amigo Manso: 46

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El amigo Manso
Capítulo XLVI​
 de Benito Pérez Galdós


Capítulo XLVI - ¿Se casaron?[editar]

Pues ya lo creo. ¿No se habían de casar, si esto era la solución lógica y necesaria? Conciencia y naturaleza la pedían con diversos gritos. Yo tuve empeño particular en conseguirlo. Agradecida a mí debía vivir la tórtola profesora toda su vida, pues sin el pronto auxilio del buenazo de Manso, es seguro que no hubiera podido realizarse el salvamento que se deseaba. Porque indudablemente Manuel Peña estaba indeciso aquella noche que le amonesté, y si era poderosa su pasión, también lo eran sus perplejidades, sus preocupaciones, y la influencia que sobre él tenían amigotes casquivanos y su amante mamá. Así, tengo el orgullo de haber resuelto, en sentido del bien y con sólo cuatro palabras apuntadas al corazón, aquel difícil pleito. No me gusta elogiarme, y sigo mi narración... Pero como no quiero atropellar los acontecimientos, retrocedo un poco para decir que no habían pasado veinte minutos desde que partió mi vecina diciendo aquello de Pesadito, etc., cuando sonó la campanilla.

Una criada.- La señora que baje usted a ver unos muebles.

«Bueno; que allá voy, que me estoy vistiendo».

Al poco rato: tilín...

«La señora que haga usted el favor de bajar a ver unas cortinas».

Era que la de Peña, ocupada en hacer compras para arreglar su nueva casa, no se decidía en la elección de cosa alguna sin previa consulta conmigo. Yo era para ella el resumen de toda la humana sabiduría en cuanto Dios crió y dejó de criar. Mayormente en cuestiones de gusto, mis caprichos eran leyes.

Bajé. Toda la sala estaba llena de muebles de lujo, comprados en famosas tiendas, y un francés tapicero presentaba muestras de cortinajes, portieres y telas diversas.

«¿Qué le parece, Sr. de Manso? A ver, decida usted... ¿Estas sillotas no son demasiado grandes? Esto para el Papa será bueno. ¡Qué cosas inventan! ¿Pues y estas otras que parecen de alambre? Si me siento en ellas, adiós mi dinero... Y todo desigual; cada pieza es de diferente forma y color. A mí me gustan cosas que hagan juego... Estas cortinas, Sr. de Manso, parecen tela de casullas; pero la moda lo manda...».

Sobre todo di mi opinión, y la señora, muy complacida, renunció a adquirir muchos objetos de dudoso gusto, a los cuales puse mi veto.

«Si quiere usted darse una vuelta por la nueva casa, amigo D. Máximo... -me dijo más tarde-. Porque yo no sé lo que harán los pintores si no hay una persona de gusto que les diga... pues... Yo mandé que en el comedor me pintaran muchas liebres, codornices muertas y algún ciervo difunto. No sé lo que harán. Dicen que ahora se adornan los comedores con platos pegados en el techo. Antes los platos se usaban para comer. No entiendo esas modas nuevas. Usted me aconsejará. Lo mejor es que se plante usted en la casa y lo dirija todo a su gusto... Eso; disponga a su antojo, y quite y ponga lo que le parezca... Me figuro que en los salones será moda también colgar las sillas del techo... y poner las arañas en el suelo... Mire usted, Sr. de Manso, se me ocurre una cosa. Esta tarde no tiene usted nada que hacer. ¿Vámonos a la casa nueva? Ahora me van a traer el coche que he comprado. Lo estreno hoy, lo estrenaremos, y usted me dirá si es de buen gusto, si tiene los muelles blanditos y si los caballos son guapetones... Verá usted qué casa, aunque aquello está todo revuelto y lleno de yeso y basura. Virgen, ¡qué calma la de esos pintores y estuquistas! Ya ve usted: aquí he tenido que meter todos los muebles, y está la sala tan atestada, que no se puede dar paso en ella. ¿Con que vamos allá?».

A todo accedí. La señora fue a vestirse. Al poco rato me mandó llamar para que viese una bata que le probaba la modista.

«Me parece muy bien, señora. Le cae a usted que ni...».

-Que ni pintada. Eso ya lo sabía yo... A mí todo me cae bien. ¿No es verdad, Mansito? Todavía doy yo quince y raya a más de cuatro farolonas que van por ahí.

Y al quitarse la bata probada, quedó la señora un poco menos vestida de lo que es uso y costumbre, sobre todo delante de caballeros extraños.

«¡Eh!, no se vaya usted, hombre; confianza, confianza. Ya saben todos que no soy gazmoña. ¿Qué se me ve?, nada. Ya estaba usted enterado de que por mis barrios...».

Al decir por mis barrios, se pasaba suavemente las manos por los hermosos, blancos y redondeados hombros. Y continuó la frase así:

«...no se usan almacenes de huesos... Eso se deja para ciertas sílfides que yo me sé... ¡Qué alones! En fin, no quiero enfadarme».

Vistiose prontamente.

«Lo que es sombrero -me dijo mirándome como si se mirara al espejo-, no pienso ponérmelo. Mi cara no pide teja... ¿no es verdad?... Venga la mantilla, Andrea... Date prisa, mujer, que está el señor catedrático esperando».

Decidido a complacerla, la acompañé, estrenando coche y dándonos mucho tono por aquellas calles de Dios. Yo me reía y ella también. Por el camino, la conversación ofreciome oportunidad para decirle algo de la famosa licencia, y al oírme se enfadó, aunque no tanto como antes, alzando demasiado la voz.

«Vamos, que me está usted buscando el genio... Pues le tengo fuertecillo. Si vuelvo a oír hablar de la maestra... ¿A que mando parar el coche y le pongo a usted en medio del arroyo...?».

En la casa vi horrores. Había puertas pintadas de azul, techos por donde corrían ciervos, angelitos dorados en los zócalos, muchos vidrios de colores por todas partes, papeles de follaje verde con cenefa de amaranto, bellotas de plata en las jambas, rosetones con ninfas tísicas o hidrópicas, cisnes nadando en sulfato de hierro, y otras mil herejías. Para la extirpación general de ellos habría sido preciso un gran auto de fe. Era tarde ya para hacerlo, y sólo pude disponer algo que remendara y corrigiera el daño; pero sin dejar de hacer a mi vecina cumplidos elogios del decorado de su suntuosa vivienda.

También estuvimos a ver la que me destinaba, que me pareció muy bonita. Doña Javiera hizo la distribución previa, anticipándose a mis gustos y deseos.

«Aquí el despacho; la librería en este testero; allí la cama del señor de Manso, bien resguardada del aire y lejos del ruido de la escalera; acá el lavabo. Voy a ponerle tubería con grifo para más comodidad... Asomémonos. Estas sí que son vistas. Así, cuando usted tenga la cabeza pesada de tanto estudiar, se asoma al mirador, y se traga con los ojos todo el Retiro. Desde aquí puede mi señor catedrático hacer el amor a la ermita de los Ángeles que se ve allá lejos, y discutir a bramidos con el león del Retiro...».

La verdad era que yo estaba profundamente agradecido a mi cariñosa providente vecina. No pude menos de manifestárselo así... Pero en cuanto tocaba, aunque de soslayo, la temida cuestión, ya estaba la señora hecha un basilisco. No obstante, al día siguiente encontrela más amansada. Ya no decía: la maestra de escuela, sino esa pobre joven... Por la tarde, cuando la señora y sus criadas estaban arreglando mi cuarto, volví a la carga y me dijo sin irritarse:

«Es usted más sobón... Lo que usted no consiga con su machaca, machaca, no lo consigue nadie... Pero no, no me dejo engatusar... No hablemos más de ello. Si sigue usted, me vuelo...».

-Pero señora...

-Callarse la boca. Si me enfado, cojo el zorro... y por la puerta se va a la calle.

Me amenazaba con echarme de mi propia casa. Y parecía que había tomado posesión de ella, mirándola como suya, y disponiendo de todo a su antojo. No podía quejarme, porque con pretexto de la enfermedad de Petra, que estaba medio baldada, doña Javiera y sus criadas habían puesto mi casa como el oro. Nunca había visto en derredor mío tanto arreglo y limpieza. Daba gusto ver mi ropa y mis modestos ajuares. En varias partes de la casa, sobre la chimenea y en mi lavabo, sorprendí algunos objetos de lujo y de utilidad que no me pertenecían. La señora de Peña los había subido de su casa, obsequiándome discretamente con ellos.

A medida que su amabilidad me proporcionaba nuevas ocasiones de complacerla, disminuían sus voladuras con motivo de la licencia, y al fin, tuve tal maña para agradarla y complacerla, ora dándole dictamen sobre sus aprestos de lujo, ora dejándome cuidar y atender, que una tarde me dijo:

«Para no oírle más, Mansito... que se casen... Lo que usted no consiga de mí... Tiene usted la sombra de Dios para proteger niñas».



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