El amigo Manso: 48

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El amigo Manso
Capítulo XLVIII​
 de Benito Pérez Galdós


Capítulo XLVIII - La boda se celebró[editar]

Era un martes... Como me agrada poco hablar de esto, lo dejaré por ahora. Algo hay, anterior al acto de la boda, que no merece el olvido. Por ejemplo: doña Cándida, enterada de los proyectos de Manuel por este mismo, vio los cielos abiertos y en ellos un delicioso porvenir de parasitismo en casa de los Peñas. Con todo, no podía contravenir mi cínife la ley de su carácter, que exigía farsas extraordinarias en aquella ocasión culminante, y así, había que verla y oírla el día en que fue a casa de Lica «a desahogar su pena, a buscar consuelos en el seno de la amistad...».

Porque la sola idea de que iba a vivir separada de la inocente criatura, la llenaba de congoja. ¿Qué seria de ella ya, a su edad, privada de la dulce compañía de su queridísima sobrina... única persona que de los García Grande quedaba ya en el mundo? Pero el Señor sabía lo que se hacía al quitarle aquel gusto, aquel apoyo moral... Nacemos para padecer, y padeciendo morimos... Por supuesto, ella sabía dominar su pena y aun atenuarla, considerando la buena suerte de la chica. ¡Oh!, sí, lo principal era que Irene se casara bien, aunque su tía se muriera de dolor al perder la compañía... ¡Y que no lloraría poco la pobre niña al separarse de su tía para irse a vivir con un hombre!... Era tan tímida, tan apocadita... Una cosa no le gustaba a mi cínife, y era el origen poco hidalgo de Peña. Reconocía sus buenas prendas, su talento, su brillante porvenir; pero ¡ay!... la carne, la carne... Irene se casaba con uno de los tres enemigos del alma. No se puede una acostumbrar a ciertas cosas, por más que hablen de las luces del siglo, de la igualdad y de la aristocracia del talento... En fin, era una cosa atroz; y la señora, que por bondad y tolerancia trataría a Manuel como a un hijo, estaba resuelta a no tragar a doña Javiera, porque realmente hay cosas que están por encima de las fuerzas humanas... Ella transigía con el chico; pero con la mamá... ¡imposible! Si al menos no fuera tan ordinaria... ¡Quia!, no podía, no podía vencer Calígula sus escrúpulos... o si se quiere, dígase preocupaciones. Fuese lo que quiera, tenía los nervios muy delicados, la sensibilidad muy exquisita para poder sufrir el roce con ciertas personas... No, cada uno en su casa y Dios en la de todos... Por lo demás, excusado es decir que todo cuanto la señora de García Grande tenía era para su sobrina. Hasta las preciosidades y objetos raros y artísticos, que conservaba como recuerdo de la familia, se los iba a ceder... ¿Para qué quería nada ella ya?... Maravillas tenía aún en sus cofres, que harían gran papel en la casa de los jóvenes esposos... Y el sobrante de sus rentas... también para ellos. ¡Válgame Dios!, su sobrina necesitaría de ella más que ella de su sobrina, y ocasión había de llegar en que la señora sacara a Irene de algunos apuritos.

Oyendo esto, Lica se puso triste y la niña Chucha se secó una lágrima. Quedose doña Cándida a almorzar y desde aquel día reanudó la serie de sus diarias visitas a la casa, entrando en una era de parasitismo, que no acabará ya sino con la funesta existencia de aquel monstruo de los enredos y cocodrilo de las bolsas.

Yo me había propuesto no ver más a Irene, porque no viéndola estaba más tranquilo; pero un día se empeñó Manuel en llevarme allá, y no pude evitarlo. La que fue maestra de niños y después lo había sido mía en ciertas cosas, se alegró mucho de verme, y no lo disimulaba. Pero su gozo era de orden de los sentimientos fraternales y no podía ser sospechoso al joven Peñita que, a su modo, también participaba de él. Hablamos largo rato de diversas cosas: ella me mostraba la variedad y extensión de sus imperfecciones, encendiendo más en mí, al apreciar cada defecto, el vivo desconsuelo que llenaba mi alma... Habló de mil tonterías graciosas y cada una de estas era como afilada saeta que me traspasaba. Su frívolo gozo recaía gota a gota sobre mi corazón como ponzoña...

Un gran escozor sentía yo en mí desde el famoso descubrimiento; sospechaba y temía que Irene, dotada indudablemente de mucha perspicacia, conociese el apasionamiento y desvarío que tuve por ella en secreto, con lo cual y con mi desaire, recibido en la sombra, debía de estar yo a sus ojos en la situación más ridícula del mundo. Esto me acongojaba, me ponía nervioso. A ratos me decía:

«¿Qué haré yo para quitarle de la cabeza esa idea? Y de que tiene tal idea no me cabe duda... Es más lista que Cardona y sabe más que todos los tragadores de bibliotecas que existimos en el mundo. Imposible, imposible que dejara de comprender mi... Y si lo comprendió, ¡cómo se reirá del pobre Manso, cómo se reirán los dos en la intimidad de sus soledades deliciosas...! Si me fuese posible arrancarle ese pensamiento, o al menos sembrar en su mente otros que, al crecer, lo ahogaran y comprimieran...».

Y ella, cuando hablaba conmigo, bondadosa hasta no más, me miraba con ojos que a mí me parecían llegar hasta lo más lejano y escondido de mi ser. Luego tenían sus labios una sonrisita irónica que confirmaba mi temor y me inquietaba más. Cuando me miraba de aquel modo, yo creía oírla hablar así en su interior:

«Te leo, Manso; te leo como si fueras un libro escrito en la más clara de las lenguas. Y así como te leo ahora, te leí cuando me hacías el amor a estilo filosófico, pobre hombre...».

Pensar esto, y sentir que subía toda la sangre a mi cerebro, era todo uno. Buscaba coyuntura de destruir, aunque fuera con sofismas, la tremenda idea de mi amiga, y al fin... No sé cómo vino rodando la conversación. Creo que Peñita dijo que yo debía casarme. Ella lo apoyó. Vi el único cabello de una feliz ocasión, y me agarré a él.

«¡Casarme yo!... No he pensado nunca en tal cosa... Los que nos consagramos al estudio vamos adquiriendo desde la niñez el endurecimiento... Quiero decir, que nos encontramos curas sin sospecharlo... La rutina del celibato acaba por crear un estado permanente de indiferencia hacia todo lo que no sea los goces calmosos de la amistad».

Poco seguro de la idea, yo no podía encontrar bien tampoco las frases.

«Porque... llegamos a no conocer otro sentimiento que el de la amistad... Es que el estudio torna para sí todas las fuerzas afectivas, y nos apasionamos de una teoría, de un problema... La mujer pasa a nuestro lado como un problema que pertenece a otro mundo, a otra rama del saber y que no nos interesa. He intentado a veces cambiar la constitución de mi espíritu, incitándole a beber en los manantiales de donde, para otros, afluyen tantas corrientes de vida, y no he podido conseguirlo... Ni quiero ni me hace falta. Me considero en la falange del sacerdocio eterno y humano. También el celibato es humano, y ha servido en todos los siglos para demostrar las excelencias del espíritu».

¿Conseguí algo con estas paparruchas? Para hacer más efecto, hablé con Irene del tiempo en que ella daba lecciones a mis sobrinitas y del cariño paternal que me había inspirado. Ya se ve... la semejanza de nuestras profesiones, el compañerismo... Nada, nada, no pasaba.

Yo la veía mirarme, y podía jurar que decía para sí:

«No cuela, Mansito, no cuela. Conste que perdiste la chaveta como el último de los estudiantes, y ahora, ni con toda la filosofía del mundo, me has de hacer creer otra cosa. Las maestras de escuela sabemos más que los metafísicos, y estos no engañan ya a nadie más que a sí mismos».



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