El amigo Manso: 49

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El amigo Manso
Capítulo XLIX​
 de Benito Pérez Galdós


Capítulo XLIX - Aquel día me puse malo[editar]

¡Qué casualidad! Me refiero al día de la boda. Yo no quise ir... Convengamos en que me entró un fuerte pasmo que me retuvo en cama. Llovía mucho. Del cielo caía una tristeza gris, en hilos fríos que susurraban azotando el suelo. Por doña Javiera, que subió a verme cuando concluyó todo, supe que no había ocurrido nada de particular, más que la obligada ceremonia, los latines, la curiosidad de los concurrentes, el almuerzo en la casa nueva y la partida de los dichosos para no sé dónde... Creo que para Biarritz o para Burgos o Burdeos. Ello era cosa que empezaba con B. La paradita no hace al caso. Me levanté en seguida, completamente restablecido, con asombro de doña Javiera, que me notificó su resolución de vivir desde el siguiente día en la nueva casa. Hablamos de Irene, y mi vecina me confesó que empezaba a serle agradable, que yo tenía quizás razón al elogiarla, y que si su hijo era feliz, poco le importaba lo demás. Contome que a Manolo le miraban todas las chicas con una envidia... ¡Vanidad materna que no hacía daño a nadie! Después de almorzar se habían ido los dos solos a la estación, en su coche, tan bien agasajaditos, entre pieles... ¡Manolo estaba tan guapo...! Valía infinitamente más que ella. Manolo daba la hora. La pícara maestra debía tener más talento que Merlín, porque había sabido pescar al muchacho más bonito y de más mérito de todas las Españas.

¡Virgen!, ¡y cuánto lloró doña Cándida!... Mi hermano José también había cogido un pasmo aquel día y no pudo ir. Estaba la señá marquesa, Lica por otro nombre, con su mamá y hermana, y además otras muchas personas notables. Lo de la notabilidad no se me alcanzaba, y así lo manifesté con mal humor a mi vecina. Ella insistió en designar como eminencias a todos los concurrentes; discutimos, y yo concluí diciéndole:

«¿Apostamos a que estaba también el negro Ruperto?».

-Y bien guapo; parecía una persona servida en tinta de calamares... Eso; búrlese usted... ya verá D. Máximo ir gente grande a mi casa, cuando Manolo empiece a figurar, y demos tees... Será aquello un pueblo...

No recuerdo cuánto más charló su expedita e incansable lengua. Para consolarse de su soledad, empezó a disponer la mudanza desde aquel día. Aprovechando dos que estuve de expedición en Toledo con varios amigos, la misma doña Javiera hizo la mudanza de todos mis muebles, libros y demás enseres, con tanta diligencia y esmero, que al volver encontré realizada la instalación y ocupé sin molestia de ningún género mi nueva vivienda. En realidad, yo no tenía con qué pagar tantos beneficios y aquella creciente adhesión, que parecía salirse ya de los comunes términos de la amistad. Y como, por desgracia, mi antigua sirvienta seguía paralizada de una pierna, y de la otra no muy sana, mi casa continuaba en manos de la señora de Peña, que a todo atendía con extremada solicitud, dando motivo a murmuraciones de maliciosos amigos y vecinos. Yo me reía de estas picardihuelas y un día hablé francamente de ellas.

«Déjeles usted que hablen -me dijo con menos desparpajo del que solía tener, antes bien algo turbada-. Riámonos del mundo. A usted no le hacen los honores que merece, ni le aprecian en lo que vale... Pues a mí me da la gana de hacerlo y de traer a mi señor D. Máximo a qué quieres boca. Es justicia, nada más que justicia, y estoy por decir que es indemnización... ¿se dice así? Estas palabras finas me ponen siempre en cuidado, por temor de soltar una barbaridad...».

Lo que mi vecina me dijo me afectó mucho, hízome pensar y sentir, y ha quedado por siempre grabado en mi memoria. ¿Provenía su afecto de esa admiración secreta, inexplicable que suele despertar en la gente ordinaria el hombre dedicado al estudio? He visto raros y notabilísimos ejemplos de esto. Doña Javiera había puesto en circulación un extraño apotegma: La sabiduría es la sal de los hombres. Cualquiera que fuese el sentido de tal dicharacho, yo atribuía los obsequios de mi vecina a su temperamento un tanto acalorado, a su sensibilidad caprichosa que tomaba vigor de la renovación de los afectos. Por eso me decía yo: «le pasará esto, y llegará un día en que no se acuerde de mí». Pero no pasaba, no; por el contrario, la veía yo buscando la intimidad, y apropiándose cada vez mayor parte de todo lo mío, principalmente en los órdenes moral y doméstico, que son la llave de la familiaridad. Y acostumbrado a aquella blanda compañía, a aquella diligente cooperación en todo lo más importante de mi vida, llegué a considerar que si me faltaba la amistad fervorosa de mi vecina, había de echarla muy de menos. Por eso, insensiblemente arrastrado, me dejaba llevar por la pendiente, sin ocuparme de calcular a dónde llegaría.

No quiero dejar de contar ahora el regreso de Manuel y su esposa, después de haberse divertido de lo lindo en su excursión de amor. Según me dijo doña Javiera, no se les podía aguantar de empalagosos y amartelados. Tanto se habían hartado de la famosa miel. En conciencia yo deseaba que les durara aquel dulce estado lo más posible. Irene me pareció más guapa, más gruesa, de buen color y excelente salud. Doña Javiera, que todo lo confiaba, me dijo un día:

«Parece que hay nietos por la costa. En cuanto yo vea que los menudea, pongo casa aparte. No quiero hospicios en la mía».

Irene me trataba siempre con la consideración más fina. Aunque nada debía sorprenderme, yo me admiraba de verla tan conforme al tipo de la muchedumbre, de verla más distinta cada vez ¡Dios mío!, del ideal... ¿Pues no se dio a organizar, con otras señoras, rifas benéficas y funciones y veladas para sacar dinero y emplearlo en hospitalitos que no se acaban nunca? También la vi presidiendo una junta de señoras postulantes, y su marido me dijo que le gastaba algún dinero en novenas y festejos eclesiásticos. Para que nada faltase, un domingo por la tarde la vi graciosamente ataviada de negra mantilla, peina y claveles. Iba a los toros, y preguntándole yo si se divertía en esa fiesta salvaje, me contestó que le había tomado afición y que si no fuera por el triste espectáculo de los caballos heridos, se entusiasmaría en la plaza como en ninguna parte...

Sentencia final: era como todas. Los tiempos, la raza, el ambiente no se desmentían en ella. Como si lo viera... desde que se casó no había vuelto a coger un libro.

Pero hagámosle justicia. En su casa desplegaba la que fue maestra cualidades eminentes. No sólo había introducido en la mansión de los Peñas un gusto desconocido, teniendo que sostener más de una controversia con su suegra, sino que también supo mostrarse altamente dotada como una señora de gobierno. Con esto y su tacto exquisito, unas veces cediendo, otras resistiendo, supo conquistar poco a poco el afecto de su mamá política. Tenía, sin género de duda, grandes dotes de manejo social y arte maravilloso de tratar a las personas. Manuel empezó a recibir en su salón, por las noches, a varias personas de viso y a otras que aspiraban a tenerlo.

Cómo trataba Irene a los distintos personajes; cómo atraía a los de importancia; cómo embaucaba a los necios, cómo sacaba partido de todo en provecho de su marido, era cosa que maravillaba. Yo veía esto con pasmo, y doña Javiera estaba asustada.

«Es de la piel del diablo -me dijo un día-, sabe más que usted».

¡Verdad más grande que un templo y que todos los templos del mundo! Lo más gracioso es que doña Javiera, que siempre había dominado a cuantos con ella vivían, fue poco a poco dominada por su nuera... Casi casi le tenía cierto respeto parecido al miedo. A solas la señora y yo, hablábamos de las recepciones de Irene, y nos hacíamos cruces.

«Esta nació para hacer gran papel».

-Buena adquisición hizo Manolito, ¿no lo dije?

-Como siga así y no se tuerza...

-¡Oh!, si ella es buena, es un ángel...

Y a veces nos consolábamos mutuamente con tímidas murmuraciones.

«Veremos lo que dura. No me gustan tantos tes, tanto recibir, tanto exhibirse».

-Pues ni a mí tampoco... Quiera Dios...

-Se ven unas cosas...

¡Execrable ligereza la nuestra! Ella y él se amaban tiernamente. El amor, la juventud, la atmósfera social cargada de apetitos, lisonjas y vanidades criaban en aquellas almas felices la ambición, desarrollándola conforme al uso moderno de este pecado, es decir, con las limitaciones de la moral casera y de las conveniencias. Esto era tan natural como la salida del sol, y yo haría muy bien en guardar para otra ocasión mis refunfuños profesionales, porque ni venían al caso ni hubieran producido más resultado que hacerme pasar por impertinente y pedantesco. Las purezas y refinamientos de moral caen en la vida de toda esta gente con una impropiedad cómica. Y no digo nada tratándose de la vida política, en la cual entró Manuel con pie derecho, desde que recibió de sus electores el acta de diputado. Mi discípulo, con gran beneplácito de sus enemigos y secreto entusiasmo de su esposa, entraba en una esfera en la cual el devoto del bien, o se hace inmune cubriéndose con máscara de hipócrita o cae redondo al suelo, muerto de asfixia.



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