El amigo de la muerte: cuento fantástico :10

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X - Hasta mañana[editar]

-Buscad esos papeles, señor duque -dijo Gil Gil-, y hacedme la merced de hablar con Elena.

-¡Venid, señor doctor, venid! El Rey se muere... -exclamó don Miguel de Guerra interrumpiendo al Amigo de la Muerte.

-Seguidme, señor duque... -dijo el joven con gran respeto-. Han dado las doce, y puedo comunicaros una noticia muy importante, no sé si buena o mala. Esto es: puedo deciros si Luis I morirá o no morirá durante el día que principia en este momento.

En efecto; ya había empezado el día 31 de agosto, en que Luis I debía entregar su espíritu al Criador.

Gil Gil tuvo la certeza de ello al ver que la Muerte se hallaba de pie, en medio de la cámara, con los ojos fijos en el regio enfermo.

-Hoy muere el Rey... -dijo Gil Gil al oído de Monteclaro-. Esta noticia es el regalo de boda que hago a Elena. Si conocéis el valor de tal regalo, guardadlo en secreto, y sírvaos de regla de conducta con

Felipe V.

-Elena está prometida a otro... -replicó el duque.

-El sobrino de la condesa de Rionuevo ha muerto esta tarde -interrumpió Gil Gil.

-¡Oh! ¿Qué es esto que nos pasa? -exclamó el duque-. ¿Quién eres tú, a quien yo conocí niño, y que ahora me espantas con tu poder y tu ciencia?

-La Reina os llama... -dijo en este momento una dama al duque de Monteclaro, el cual permanecía absorto.

Aquella dama era Elena.

El duque se acercó a la Reina, dejando solos en medio de la cámara a los dos amantes.

No solos, pues a tres pasos de ellos estaba la Muerte.

Elena y Gil Gil quedaron de pie mirándose, sin acertar a decirse una palabra, como asustados de verse, como si temieran que su mutua presencia fuese un sueño del que despertarían al tenderse la mano o al lanzar el más leve suspiro.

Ya otra vez, aquella tarde, al encontrarse en aquel mismo sitio, ambos experimentaron, en medio de su inefable alegría, cierta secreta angustia, semejante a la que sentirían dos amigos que, al cabo de mucho tiempo de total ausencia, se reconociesen en una cárcel, al clarear el día del suplicio, cómplices sin saberlo de un delito fatal o víctimas ambos de idéntica persecución...

También pudiera decirse que el doloroso júbilo con que se reconocieron Gil y Elena fue semejante al amargo placer con que el cadáver de un marido celoso (si los cadáveres sintiesen) sonreiría dentro de la tumba al oír abrir una noche la puerta del cementerio y comprender que era el cadáver de su esposa el que llevaban a enterrar...

«-¡Ya estás aquí! -diría el pobre muerto-; ¡ya estás aquí!... Hace cuatro años que cuento solo las noches y los días, pensando en lo que harías en el mundo, tú, tan hermosa y tan ingrata, que te quitarías el luto al año de mi muerte. ¡Mucho has tardado!... Pero ya estás aquí. Si entre nosotros no es ya posible el amor, en cambio tampoco son posibles las infidelidades, y muchísimo menos el olvido... ¡Nos pertenecemos negativamente! Aunque nada nos une, estamos unidos, puesto que nada nos separa. A los celos, a la incertidumbre, a las zozobras de la vida ha sustituido una eternidad de amor o de recuerdos. ¡Todo te lo perdono!»

Estas ideas, si bien dulcificadas un tanto por la suavidad de los caracteres de Gil y Elena, por la inocencia de ella, por la alta inteligencia de él y por la elevada virtud de ambos, lucían en el alma de los dos amantes como fúnebres antorchas, a cuya luz veían un porvenir ilimitado de pacífico amor, que nadie podría turbar ni destruir, a menos que todo lo que les pasaba fuese un fugitivo sueño.

Miráronse, pues, mucho tiempo con fanática idolatría.

Los ojos azules de Elena se abismaban en los oscuros ojos de Gil Gil, como el alto cielo envía inútilmente sus claridades a las tinieblas de nuestras noches, mientras que los ojos negros de Gil Gil se perdían en la insondable diafanidad de los celestes purísimos ojos de Elena, como la vista y la idea, y hasta el sentimiento, se fatigan inútilmente cuando miden la inmensidad de los espacios infinitos.

Así hubieran permanecido no sabemos cuánto tiempo, creemos que toda la eternidad, si la Muerte no hubiera llamado la atención a Gil Gil.

-¿Qué me quieres? -murmuró el joven.

-¿Qué he de querer? -respondió la Muerte-. ¡Que no la mires más!

-¡Ah! ¡Tú la amas! -exclamó Gil con indecible angustia.

-Sí... -contestó la Muerte con dulzura.

-¡Piensas arrebatármela!

-¡No! Pienso unirte a ella.

-Un día me dijiste que no la estrecharían otros brazos que los tuyos o los míos... -murmuró Gil Gil con desesperación-. ¿De quién va a ser antes? ¿Mía o tuya? ¡Dímelo!

-¡Tienes celos de mí!

-¡Haces mal!... -replicó la Muerte.

-¿De quién va a ser antes? -repitió el joven cogiendo las heladas manos de su amigo.

-No te puedo responder. Dios, tú y yo, nos la disputamos... Pero no somos incompatibles.

-¡Dime que no piensas matarla!... ¡Dime que me unirás a ella en este mundo!...

-¡En este mundo! -repitió la Muerte con ironía-. Será en este mundo... Yo te lo prometo.

-¿Y después?

-Después... será de Dios.

-¿Y tuya? ¿Cuándo?

-Mía... ¡Lo ha sido ya!

-Me vuelves loco. ¿Elena vive?

-¡Lo mismo que tú! -replicó la Muerte.

-Pero... ¿vivo yo?

-Más que nunca.

-¡Habla, por piedad!

-Nada tengo que decirte... Todavía no podrías comprenderme. ¿Qué es el morir? ¿Te lo has explicado? ¿Qué es la vida? ¿Te la has explicado alguna vez? Pues si ignoras el valor de esas palabras, ¿a qué me preguntas si estás muerto o vivo?

-Pero ¿las entenderé alguna vez? -exclamó Gil Gil desesperado.

-Sí... Mañana... -respondió la Muerte.

-¡Mañana! No te comprendo.

-Mañana serás esposo de Elena.

-¡Ah!

-Y yo seré quien os apadrine... -continuó la Muerte.

-¡Tú! ¿Piensas acaso matarnos?

-Nada de eso. Mañana serás rico, noble, poderoso, feliz... ¡Mañana también lo sabrás todo!

-¿Conque me amas? -exclamó Gil Gil.

-¿Si te amo? -replicó la Muerte-. ¡Ingrato! ¿Cómo lo dudas?

-Pues hasta mañana... -dijo Gil Gil, dando la mano a la terrible divinidad.

Elena seguía de pie delante de Gil Gil.

-Hasta mañana... -respondió ella, como si hubiese oído aquella frase, como si respondiese a otra secreta voz, como si adivinase los pensamientos del joven.

Y se volvió lentamente y salió de la cámara real.

Gil se acercó al lecho del Rey.

El duque de Monteclaro, colocóse al lado de nuestro amigo, y le dijo a media voz:

-Hasta mañana... Si muere el Rey, mañana se verificará vuestro enlace con mi hija. La Reina acaba de participarme la muerte del vizconde de Rionuevo... Yo le he anunciado vuestras bodas con Elena y las aplaude con todo su corazón. Mañana seréis el primer personaje de la corte si efectivamente baja hoy al sepulcro Luis I.

-¡Pues no lo dudéis, señor duque! -respondió Gil Gil con acento sepulcral.

-Entonces ¡hasta mañana! -repitió solemnemente Monteclaro.