El amigo de la muerte: cuento fantástico :16

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XVI - La muerte recobra su seriedad[editar]

Si Gil Gil no hubiera visto ya tantas cosas extraordinarias durante su viaje aéreo; si el recuerdo de Elena no ocupase completamente su imaginación; si el deseo de saber adónde le llevaba la Muerte no conturbase su contristado espíritu, ocasión muy envidiable era en la que se veía para estudiar y resolver el mayor de los problemas geográficos: la forma y la disposición de los polos de la Tierra.

Los límites misteriosos de los continentes y del mar polar, confundidos por eternos hielos; la prominencia o el abismo que, según opuestas opiniones, ha de señalar el paso del eje racional sobre el que gira nuestro globo; el aspecto de la bóveda estrellada, en la cual distinguiría entonces a un mismo tiempo todos los astros que esmaltan los cielos de la América del Norte, de la Europa entera, del Asia, desde Troya hasta el Japón, y de la parte septentrional de los dos Océanos; el ardiente foco de la aurora boreal, y, en fin, tantos otros fenómenos como persigue la ciencia inútilmente hace muchos siglos a costa de mil ilustres navegantes que han perecido en aquellas pavorosas regiones, hubieran sido para nuestro héroe cosas tan claras y manifiestas como la luz del día, y nosotros podríamos hoy comunicarlas a nuestros lectores...

Pero pues Gil no estaba para semejantes observaciones, ni nosotros podemos hacernos cargo de cosa alguna que no tenga relación con nuestro cuento, quédese el género humano en su ignorancia respecto al Polo, y continuemos esta relación.

Por lo demás, con recordar nuestros lectores que a la sazón eran los primeros días de un mes de septiembre, comprenderán que el sol brillaba todavía en aquel cielo, donde no había sido de noche ni un solo instante durante más de cinco meses.

A su pálida y oblicua luz descendieron del carro nuestros dos viajeros, y cogiendo la Muerte la mano de Gil Gil, le dijo con afable cortesía:

-Estás en tu casa: entremos.

Un colosal témpano de hielo se elevaba ante sus ojos.

En medio de aquel témpano, especie de muro de cristal clavado en una nieve tan antigua como el mundo, había cierta prolongada grieta que apenas permitía pasar a un hombre.

-Te enseñaré el camino... -dijo la Muerte pasando delante.

El Duque de la Verdad se paró, no atreviéndose a seguir a su compañero.

Pero ¿qué hacer? ¿Adónde huir por aquel páramo infinito? ¿Qué camino tomar en aquellas blancas e interminables llanuras del hielo?

-¡Gil! ¿No entras? -exclamó la Muerte.

Gil dirigió al pálido sol una última y suprema mirada, y penetró en el hielo.

Una escalera de caracol, tallada en la misma congelada materia, condújole por retorcida espiral hasta un vasto salón cuadrado, sin muebles ni adorno alguno, todo de hielo también, que recordaba las grandes minas de sal de Polonia o las estancias de mármol de los baños de Ispahán y de Medina.

La Muerte se había acurrucado en un rincón, sentándose sobre las piernas como los orientales.

-Ven acá, siéntate a mi lado y hablaremos -le dijo a Gil.

El joven obedeció maquinalmente.

Reinó un silencio tan profundo, que se hubiera oído la respiración de un insecto microscópico si en aquella región pudiese existir ser alguno que no contase con la protección de la Muerte.

Del frío que hacía, cuanto dijéramos sería poco.

Imaginaos una total ausencia de calor: una negación completa de vida; la cesación absoluta de todo movimiento; la muerte como forma del ser, y aún no habréis formado idea exacta de aquel mundo cadáver...; o más que cadáver, puesto que no se corrompía ni se transfiguraba, y no daba, por consiguiente, pasto a los gusanos, ni abono a las plantas, ni elementos a los minerales, ni gases a la atmósfera.

Era el caos sin el embrión del universo; era la nada bajo la apariencia de hielos seculares.

Sin embargo, Gil Gil soportaba aquel frío gracias a la protección de la Muerte.

-Gil Gil... -exclamó ésta con reposado y majestuoso acento-, ha llegado la hora de que brille ante tus ojos la verdad en toda su magnífica desnudez: voy a resumir en pocas palabras la historia de nuestras relaciones y a revelarte el misterio de tu destino.

-Habla... -respondió Gil Gil denodadamente.

-Es indudable, amigo mío -continuó la Muerte-, que quieres vivir; que todos mis esfuerzos, que todas mis reflexiones, que las revelaciones que te hago a cada momento, son ineficaces para apagar en tu corazón el amor a la vida...

-¡El amor a Elena querrás decir! -interrumpió el joven.

-El amor al amor... -replicó la Muerte-. El amor es la vida, la vida es el amor...: no desconozcas esto... Y si no, piensa en una cosa que habrás comprendido perfectamente en tu gloriosa carrera de médico y durante el viaje que acabamos de hacer. ¿Qué es el hombre? ¿Qué significa su existencia? Tú lo has visto dormir de sol a sol y soñar durmiendo. En los intervalos de este sueño, tenía delante de sí doce o catorce horas diarias de vigilia, que no sabía en qué emplear. En una parte, lo has hallado con las armas en la mano matando semejantes suyos; en otra lo has visto cruzar los mares a fin de cambiar de alimentos. Quiénes se afanaban por vestirse de este o de aquel color; quiénes agujereaban la tierra y extraían metales con que adornarse. Aquí ajusticiaban a uno; allí obedecían ciegamente a otro. En un lado, la virtud y el derecho consistían en tal o cuál cosa; en otro lado, consistían en lo adverso. Éstos tenían por verdad lo que aquéllos juzgaban error. La mismo belleza te habrá parecido convencional e imaginaria, a medida que hayas pasado por Circasia, por la China, por el Congo o por los esquimales. También te será patente que la ciencia es un experimento torpísimo de los efectos más inmediatos o una conjetura desatinada de las causas más recónditas, y que la gloria es una palabra hueca añadida por la casualidad, nada más que por la casualidad, al nombre de este o de aquel cadáver. Habrás comprendido, en fin, que todo lo que hacen los hombres es un juego de niños para pasar el tiempo; que sus miserias y sus grandezas son relativas; que su civilización, su organización social, sus más serios intereses, carecen de sentido común; que las modas, las costumbres, las jerarquías, son humo, polvo, vanidad de vanidades... Mas ¿qué digo vanidad? ¡Menos aún! ¡Son los juguetes con que entretenéis el ocio de la vida; los delirios de un calenturiento; las alucinaciones de un loco! Niños, andanos, nobles, plebeyos, sabios, ignorantes, hermosos, contrahechos, reyes, esclavos, ricos, mendigos..., todos son iguales para mí: todos son puñados de polvo que deshace mi aliento. ¡Y aún clamarás por la vida! ¡Y aún me dirás que deseas permanecer en el mundo! ¡Y aún amarás esa transitoria apariencia!

-¡Amo a Elena!... -replicó Gil Gil.

-¡Ah! Sí... -continuó la Muerte-. La vida es el amor; la vida es el deseo... Pero el ideal de ese amor y de ese deseo no debe ser tal o cual hermosura de barro... ¡Ilusos, que tomáis siempre lo próximo por lo remoto! La vida es el amor; la vida es el sentimiento; pero lo grande, lo noble, lo revelador de la vida, es la lágrima de tristeza que corre por la faz del recién nacido y del moribundo, la queja melancólica del corazón humano que siente hambre de ser y pena de existir, la dulcísima aspiración a otra vida, o la patética memoria de otro mundo. El disgusto y el malestar, la duda y la zozobra de las grandes almas que no se satisfacen con las vanidades de la Tierra, no son sino un presentimiento de otra patria, de una más alta misión que la ciencia y el poder; de algo, en fin más infinito que las grandezas temporales de los hombres y que los hechizos deleznables de las mujeres. Fijémonos ahora en ti y en tu historia, que no conoces; descendamos al misterio de tu anómala existencia; expliquemos las razones de nuestra amistad. Gil Gil, tú lo has dicho; de cuantas supuestas felicidades ofrece la vida, una sola deseas, y es la posesión de una mujer. ¡Grandes conquistas he hecho en tu espíritu, por consiguiente! Ni poder, ni riquezas, ni honores, ni gloria..., nada sonríe a tu imaginación... Eres, pues, un filósofo consumado, un cristiano perfecto... y a este punto he querido encaminarte... Ahora bien, dime: si esa mujer hubiera muerto, ¿sentirías el morir?

Gil Gil se levantó dando un espantoso grito.

-¡Cómo! -exclamó-. ¿Elena...?

-Cálmate... -continuó la Muerte-. Elena se halla tal como la dejaste... Hablamos en hipótesis. Así, pues, contéstame.

-¡Antes de matar a Elena, quítame la vida! He aquí mi contestación.

-¡Magnífico! -replicó la Muerte-. Y dime: si supieras tú que Elena estaba en el cielo esperándote, ¿no morirías tranquilo, contento, bendiciendo a Dios y encomendándole tu alma?

-¡Oh! Sí. ¡La muerte sería entonces la resurrección! exclamó Gil Gil.

-De modo... -prosiguió el tremendo personaje- que, con tal de ver a tu lado a Elena, nada te importa lo demás...

-¡Nada!

-Pues bien: ¡sábelo todo! Hoy no es en el mundo católico el día 2 de septiembre de 1724, como acaso te imaginas... Hace muchísimos más años que tú y yo somos amigos...

-¡Cielos! ¿Qué me dices? ¿En qué año estoy?

-El siglo dieciocho ha pasado, y el diecinueve, y el veinte, y algunos más. La Iglesia reza hoy por San Antonio, y es el año de 2316.

-¡Conque estoy muerto!

-Hace muy cerca de seiscientos años.

-¿Y Elena?

-Murió cuando tú. Tú moriste la noche en que nos conocimos...

-¿Cómo? ¿Me bebí el aceite vitriolo?

-Hasta la última gota. En cuanto a Elena, murió del sentimiento cuando supo tu desgraciado fin. Hace, pues, seis siglos que los dos os halláis en mi poder.

-¡Imposible! ¡Tú me vuelves loco! -exclamó Gil Gil.

-Yo no vuelvo loco a nadie... -replicó la Muerte-. Escucha, y sabrás todo lo que he hecho en tu favor. Elena y tú moristeis el día que te digo; Elena, destinada a subir a la mansión de los ángeles el día del Juicio final, y tú, merecedor de todas las penas del infierno. Ella, por inocente y pura; tú, por haber vivido olvidado de Dios y alimentando viles ambiciones. Ahora bien: el Juicio final se celebrará mañana, no bien den las tres de la tarde en Roma.

-¡Oh, Dios mío!... ¡Conque se acaba el mundo! -exclamó Gil Gil.

-¡Ya era tiempo! -replicó el formidable ser-. Al fin voy a descansar...

-¡Se acaba el mundo! -tartamudeó Gil Gil con indecible espanto.

-¡Nada te importe! Tú no tienes ya nada que perder. Escucha. Viendo hoy que se acercaba el Juicio final, yo (que siempre te tuve predilección, como ya te dije la primera vez que hablamos) y Elena, que te amaba en el Cielo tanto como te había amado en la tierra, suplicamos al Eterno que salvase tu alma. «Nada debo hacer por el suicida... -nos respondió el Criador-: os confío su espíritu por una hora; mejoradlo si podéis. «¡Sálvalo!» -me dijo Elena por su parte-. Yo se lo prometí y bajé a buscarte al sepulcro, donde dormías hace seis siglos. Sentéme allí, a la cabecera de tu féretro, y te hice soñar con la vida. Nuestro encuentro, tu visita a Felipe V, tus escenas en la corte de Luis I, tu casamiento con Elena, todo lo has soñado en la tumba. ¡En una sola hora has creído pasar tres días de vida, como en un solo instante habías pasado seiscientos años de muerte!

-¡Oh!... No... ¡No ha sido un sueño! -exclamó Gil Gil.

-Comprendo tu extrañeza... -replicó la Muerte-. ¡Te parecía verdad!... ¡Eso te dirá lo que es la vida! Los sueños parecen realidades, y las realidades, sueños. Elena y yo hemos triunfado. La ciencia, la experiencia y la filosofía han purificado tu corazón, han ennoblecido tu espíritu, te han hecho ver las grandezas de la tierra en toda su repugnante vanidad, y he aquí que huyendo de la muerte, como lo hacías ayer, no huías sino del mundo, y que, clamando por un amor eterno, como lo haces hoy, clamas por la inmortalidad. ¡Estás redimido!

-Pero Elena... -murmuró Gil Gil.

-¡Se trata de Dios!... No pienses en Elena. Elena no existe ni ha existido realmente jamás. Elena era la belleza, reflejo de la inmortalidad. Hoy que el Astro de verdad y de justicia recoge sus resplandores, Elena se confunde con Él para siempre. ¡A Él, pues, debes encaminar tus votos!

-¡Ha sido un sueño! -exclamó el joven con indecible angustia.

-Y eso será el mundo dentro de algunas horas: un sueño del Criador.

Diciendo así la Muerte, levantóse, descubrió su cabeza y alzó los ojos al cielo.

-Amanece en Roma... -murmuró-. Empieza el último día. Adiós. Gil... ¡Hasta nunca!

-¡Oh! ¡No me abandones! -exclamó el desgraciado.

-«¡No me abandones», dices a la Muerte. ¡Y ayer huías de mí!

-¡Oh!... ¡No me dejes aquí solo, en esta región de desconsuelo!... ¡Esto es una tumba!...

-¿Qué? -repuso la negra divinidad con ironía-. ¿Tan mal te ha ido en ella seiscientos años?

-¿Cómo? ¿He vivido aquí?

-¡Vivido! Llámalo como quieras. Aquí has dormido todo ese tiempo.

-¿Conque éste es mi sepulcro?

-Sí..., amigo mío..., y, no bien desaparezca yo, te convencerás de ello. ¡Sólo entonces sentirás todo el frío que hace en esta mansión!

-¡Ah!... ¡Moriré instantáneamente! exclamó Gil Gil-. Estoy en el Polo boreal.

-No morirás, porque estás muerto; pero dormirás hasta las tres de la tarde, en que despertarás con todas las generaciones.

-¡Amiga mía!... -gritó Gil Gil con indescriptible amargura-. ¡No me dejes o haz que siga soñando! Yo no quiero dormir... ¡Ese sueño me asusta!... ¡Este sepulcro me ahoga! ¡Vuélveme a aquella quinta del Guadarrama, donde imaginé ver a Elena, y sorpréndame allí la ruina del universo! Yo creo en Dios, y acato su justicia, y apelo a su misericordia... Pero volvedme a Elena!

-¡Qué inmenso amor! -dijo la deidad-. Él ha triunfado de la vida, y va a triunfar de la muerte! ¡Él menospreció la Tierra y menospreciaría el Cielo! Será como deseas, Gil Gil... Pero no olvides tu alma...

-¡Oh! ¡Gracias..., gracias, amiga mía!... ¡Veo que vas a llevarme al lado de Elena!

-No; no voy a llevarte. Elena duerme en su sepulcro. Yo la haré venir aquí, a que duerma a tu lado las últimas horas de su muerte.

-¡Estaremos un día enterrados juntos! ¡Es demasiado para mi gloria y mi ventura! ¡Vea yo a Elena; óigala decir que me ama; sepa que permanecerá a mi lado eternamente, en la Tierra o el Cielo, y nada me importa la noche del sepulcro!

-¡Ven, pues, Elena; yo lo mando! -dijo la Muerte con cavernoso acento, llamando en la Tierra con el pie.

Elena, tal como quedó, al parecer, en el jardín del Guadarrama, envuelta en sus blancas vestiduras, pero pálida como el alabastro, apareció en medio de la estancia de hielo en que ocurría esta maravillosa escena.

Gil Gil la recibió arrodillado, inundado de lágrimas el rostro, con las manos cruzadas, fija una mirada de profunda gratitud en el apacible semblante de la Muerte.

-Adiós, amigos míos... exclamó ésta...-. ¡Tu mano, Elena! -balbuceó Gil Gil.

-¡Gil mío! -murmuró la joven, arrodillándose al lado de su esposo.

Y con las manos enlazadas y los ojos levantados al cielo, respondieron al adiós de la Muerte con otro melancólico adiós.

La negra divinidad se retiraba en tanto lentamente.

-¡Hasta nunca! -murmuraba la Amiga del hombre al alejarse.

-¡Mío para siempre! exclamaba Elena estrechando entre las suyas las manos de Gil Gil-. ¡Dios te ha perdonado, y viviremos juntos en el cielo!

-¡Para siempre! -repitió el joven con inefable alegría.

La Muerte desapareció en esto.

Un frío horrible invadió la estancia, e instantáneamente Gil Gil y Elena quedaron helados, petrificados, inmóviles en aquella religiosa actitud, de rodillas, cogidos de las manos, con los ojos alzados al cielo, como dos magníficas estatuas sepulcrales.