El amigo de la muerte: cuento fantástico :6

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VI - Conferencia preliminar[editar]

Serían las seis de la tarde cuando Gil Gil y el capitán se apeaban a las puertas de palacio.

Un gentío inmenso inundaba aquellos lugares, sabedor del peligro en que se encontraba la vida del joven Rey.

Al poner nuestro amigo el pie en el umbral del alcázar dio de manos a boca con la Muerte, que salía con paso precipitado.

-¿Ya? -preguntó Gil Gil lleno de susto.

-¡Todavía no! -respondió la siniestra deidad.

El médico respiró con satisfacción.

-Pues ¿cuándo? -replicó al cabo de un momento.

-No puedo decírtelo.

-¡Oh! Habla...¡Si supieras lo que me ha prometido Felipe V!

-Me lo figuro.

-Pues bien: necesito saber cuándo muere Luis I.

-Lo sabrás a su debido tiempo. Entra... El capitán ha penetrado ya en la regia estancia. Trae instrucciones del Rey padre... En este momento te anuncian como el primer médico del mundo... La gente se agolpa a la escalera para verte llegar... ¡Vas a encontrarte con Elena y con la condesa de Rionuevo!...

-¡Oh, dicha! -exclamó Gil Gil.

-Las seis y cuarto... -continuó la Muerte, tomándose el pulso, que era su único e infalible reloj-. Te esperan... Hasta luego.

-Pero dime...

-Es verdad... ¡Se me olvidaba! Escucha: si cuando veas al rey Luis estoy en la cámara su enfermedad no tiene cura.

-¿Y estarás? ¿No dices que vas a otro lado?

-No sé todavía si estaré... Yo soy ubicua, y si recibo órdenes superiores, allí me verás, como donde quiera que me halle...

-¿Qué hacías ahora aquí?

-Vengo de matar un caballo.

Gil Gil retrocedió lleno de asombro.

-¿Cómo? -exclamó-. ¡También tienes que ver con los irracionales!...

-¿Qué es eso de irracionales? ¿Acaso los hombres tenéis verdadera razón? ¡La razón es una sola, y ésa no se ve desde la Tierra!

-Pero dime -replicó Gil-: los animales..., los brutos..., los que aquí llamamos irracionales, ¿tienen alma?

-Sí y no. Tienen un espíritu sin libertad e irresponsable... Pero, ¡vete al diablo! ¡Qué preguntón estás hoy! Conque, adiós... Me encamino a cierta noble casa..., donde voy a hacerte otro favor.

-¡Un favor a mí! ¡Dímelo claramente! ¿De qué se trata?

-De frustrar cierta boda.

-¡Ah!... -exclamó Gil Gil, concibiendo una horrible sospecha-. ¿Será acaso...?

-Nada más te puedo decir... -contestó la Muerte-. Ve adentro, que se hace tarde, tarde. Déjate llevar y lo pasarás mejor! Tienes mi promesa de que llegarás a ser completamente dichoso.

-¡Ah! ¡Conque somos amigos! ¿No piensas matarnos ni a mí ni a Elena?

-¡Descuida! -replicó la Muerte con una tristeza y una solemnidad, con una ternura y una alegría, con tantos y tan distintos efectos en la voz, que Gil renunció, desde luego, a la esperanza de comprender aquella palabra.

-¡Espera! -dijo, por último, viendo que el ser enlutado se alejaba-. Repíteme aquello de las horas, pues no quiero equivocarme... Si estás en la habitación de un enfermo, pero no lo miras, significa que el paciente muere de aquella enfermedad...

-¡Cierto! Mas si estoy de cara a él, fenece dentro del día... Si yazgo en su mismo lecho, le quedan tres horas de existencia... Si lo encuentras entre mis brazos, no respondas sino de una hora... Y si me ves besarle la frente, reza un credo por su alma.

-¿Y no me hablarás ni una palabra?

-¡Ni una! Carezco de permiso para revelarte de esa manera los propósitos del Eterno. Tu ventaja sobre los demás hombres consiste solamente en que soy visible para ti. Conque adiós, ¡y no me olvides!

Dijo, y se desvaneció en el espacio.