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El arte de amar (1930)/Canto segundo

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Canto segundo

Cantad, cantad dos veces: ¡Io pæan![1]. La presa que perseguía cayó en mis redes. Que el amante gozoso corone mi frente de verde laurel y me eleve por encima del anciano de Ascra[2] y del ciego de Meonia[3].

Como el hijo de Príamo, al huir a toda vela de la belicosa Amyclea, se llevaba a la amada de su huésped, del mismo modo Hipodamia Pelops, sobre su carro vencedor te arrastraba lejos de tu patria.

¿Por qué te apresuras tanto, joven? Tu nave boga en alta mar, y el puerto adonde te conduzco está muy lejos todavía.

No es bastante el que mis versos hayan colocado a tu amada en tus brazos; mi arte te enseñará a vencerla. Mi arte debe también enseñarte a conservar su amor.

Si es glorioso hacer conquistas, no lo es menos conservarlas: lo uno es con frecuencia obra del azar; lo otro es un efecto del arte.

Reina de Citerea, y tú, su hijo: si siempre me fuisteis propicios, ahora es cuando con mayor encarecimiento os invoco.

Y tú también, divina Erato, puesto que debes tu nombre al amor, seme propicia.

Medito una gran empresa: quiero decir por qué arte se puede sujetar al Amor, este niño loco, errante, sin descanso en este vasto universo; es ligero; tiene dos alas para escapar. ¿Cómo detener sus arranques?

Minos nada había desdeñado para oponerse a la fuga de su huésped; pero éste se atrevió con sus alas a abrirse un camino. Cuando Dédalo hubo encerrado el monstruo mitad hombre y mitad toro, fruto de los amores de una madre criminal, dijo a Minos: "Tú, que eres tan justa, pon un término a mi destierro y que mi tierra natal reciba mis cenizas. En punto al rigor de los destinos, si yo no he podido vivir en mi patria, que pueda, al menos, morir en ella. Permite a mi hijo volver, si su padre no puede alcanzar tu gracia, y si eres inexorable para el niño, ten piedad del anciano." Así habló Dédalo; pero vanamente intentaba con este discurso y otros muchos conmover a Minos, que permanecía inflexible.

Convencido de la inutilidad de sus ruegos, pensó: "He aquí una ocasión para poner mi genio a prueba. Minos reina sobre la tierra y reina sobre las olas; estos dos elementos se oponen a mi fuga. Me queda el aire, y por él es preciso que me abra un camino. ¡Poderoso Júpiter, protege mi empresa! No pretendo elevarme hasta las moradas celestiales, sino aprovechar el único camino que me queda para escapar de mi tirano. Si la Estigia me ofreciera un paso, atravesaría las aguas de la Estigia. Séame, pues, permitido cambiar las leyes de la naturaleza." Con frecuencia la desgracia aguza el ingenio. ¿Quién hubiera podido pensar que a un hombre le fuese dado volar por los aires? Dédalo, sin embargo, se fabrica unas alas con plumas ingeniosamente dispuestas y se las ata con hilos de lino, cuyos extremos sujeta la cera ablandada al fuego, y los retiene entre sus manos. Por fin, esta obra maestra de un arte hasta entonces desconocido queda terminada; el joven Icaro maneja gozoso las plumas y la cera con que las ha unido a su cuerpo, sin dudar de que aquel aparato pueda armar su cuerpo para la fuga.

—He aquí le dice su padre—el navío que nos conducirá a nuestra patria y nos libertará del poder de Minos. Si Minos nos ha cerrado todas las vías, no ha podido prohibirnos la del aire; aprovechate, pues, de mi invención para surcarlo; pero cuida de no acercarte a la virgen Tegea o de Orión (1), que, armada de una espada, acompaña al Boyero. Mide tu vuelo con el mío, pues que he de precederte; conténtate con seguirme; guíate por mí y mar(1) La Osa Mayor.

23 charás seguro, pues si en nuestra carrera aérea nos elevamos hasta muy cerca del sol, la cera de nuestras alas no podrá soportar el calor; si por un vuelo demasiado bajo llegáramos cerca del mar, nuestras alas, impregnadas de la humedad de las aguas, perderían su movilidad. Vuela entre estos peligros. Teme también a los vientos, hijo mío; sigue su dirección y acógete a su soplo amoroso.

Después de estas instrucciones, Dédalo ajusta las alas a su hijo y le enseña a moverlas, del mismo modo que a los pájaros débiles enseña su madre a volar.

Adapta en seguida a sus hombros sus propias alas, y se balancea tímidamente en el nuevo camino que se le ofrece. Antes de alzar su vuelo da un beso a su hijo, y sus ojos no pueden retener las paternales lágrimas.

No lejos de allí elevábase una colina, menos alta que una montaña, pero que dominaba la planicie, y desde allí se lanzaron para su fuga peligrosa. Dédalo, mientras agita sus alas, tiene los ojos fijos en los de Icaro, sin dejar por ello de avanzar en su carrera aérea. Al principio, la novedad de este viaje les encanta, y bien pronto, desterrando todo temor, el audaz Icaro toma un vuelo más rápido.

Un pescador los mira mientras persigue a los peces, y el sedal se escapa de sus manos. Ya han dejado a la izquierda Samos, y Maxos, y Paros, y Delos, tan amada de Febo; tienen a su derecha Lebynta, Calymna, sombreada por los bosques, y Astypalea, rodeada de estanques ricos en pescados, cuando el joven Icaro, inducido por la temeridad, a su edad, demasiado corriente, se eleva muy alto, casi hasta el cielo, y abandona su guía. Las cuerdas de sus alas se aflojan; la cera se funde al acercarse al sol, y sus brazos, que mueve sin cesar, no pueden accionar sobre el aire, demasiado sutil. Entonces, desde lo alto de los cielos mira el mar con espanto, y el espanto vela sus ojos con espesas tinieblas. La cera se ha fundido, y en vano agita sus brazos despojados; tembloroso al no encontrar en donde sostenerse, cae gritando en su caída: ¡Padre, padre mío, me veo arrastrado!

Las olas azules le cierran la boca, y mientras tanto, su desgraciado padre (jay, que ya había dejado de serlo!) le grita: "¡Icaro, hijo mío! ¿En dónde estás?

¿Hacia qué punto diriges tu vuelo, Icaro?" Todavía llamaba cuando vió que las plumas flotaban sobre las ondas. La tierra recibió los restos de Icaro y el mar guarda su nombre.

Minos no pudo impedir que un mortal huyera con alas, y yo intento sujetar un dios más ligero que los pájaros.

Es un error grosero el haber recurrido al arte de las hechiceras de la Tesalia o el de hacer uso de las entrañas arrancadas a un pollo. Las hierbas de Medea, los cantos mágicos de los Marsas no sirven para hacer que nazca el amor. Si los encantos tuvieran ese poder, Medea hubiese cautivado para siempre al hijo de Eson, y Ulises hubiese sido retenido por Circe.

Es, pues, inútil dar a beber a las jóvenes filtros amorosos; los filtros turban la razón y sólo engendran la locura. Lejos de ti esos culpables artificios. Sé amable y serás amado.

La belleza del rostro y la elegancia del talle no te bastarán para esto. Aunque fueses Nireo, tan alabado en la antigüedad por Homero; aunque fueses el tierno Hylas (1), raptado por las culpables Náyades, para asegurar a tu amada y no verte un día con la sorpresa de ser abandonado por ella, has de añadir los dones del espíritu a las ventajas del cuerpo.

La belleza es un bien perecedero; con los años no deja de decrecer, y la altera su propia duración. Las violetas y los lirios abiertos no florecen para siempre, y la rosa, una vez cortada, no deja en el tallo más que espinas. Así, bello adolescente, bien pronto blanquearán tus cabellos. y las arrugas vendrán a sellar tu rostro. Para restaurar tu belleza y conservarla, fórmate un espíritu a prueba del tiempo: éste es el único bien que nos acompaña hasta la tumba. Presta un cuidado asiduo al cultivo de las bellas artes y al estudio de las dos lenguas (2).

(1) La aventura de Hylas Theodamantis, predilecto de Hércules, sirvió de tema y argumento a muchos poetas de la antigüedad, entre otros a Teócrito, Apolonio y Valerio Flaco.

(2) La lengua latina y la griega. El estudio de ésta en los tiempos de Ovidio era indispensable Ulises no era bello, pero era elocuente, y dos diosas sintieron por él los tormentos del amor. ¡Cuántas veces Calipso lloró al verlo apresurar su marcha y pretendió que las olas no le permitieran hacerse a la vela! Sin cesar le pedía que volviera a contarle la historia de la caída de Troya, que cada vez contaba en una forma nueva. Un día estaban detenidos en la ribera; la bella ninfa quería que le contara el fin cruel del rey de Tracia. Ulises, con una varita ligera que por casualidad tenía en la mano, trazaba un mapa en la arena.

—He aquí Troya—le dijo, y dibujaba sus baluartes. Por aquí corre el Simois.

Supón que éste es mi campamento. Más lejos hay una planicie que ensangrentó el asesinato de aquel Dolón que durante la noche quiso robar los caballos de Aquiles. Allí se alzaban las tiendas de Rhepara los hombres cultos, pues si bien entonces Grecia no era sino una provincia del Imperio remano, era ya la madre de la literatura y del saber. Todos los intelectuales de Roma se sometían a la enseñanza de los maestros griegos, y un viaje a Grecia era el complemento indispensable de una buena educación.

sus, rey de Tracia; por aquí volví yo con los caballos robados al príncipe.

Continuaba su descripción, cuando, de pronto, una ola vino a borrar Pergamo y Rhesus y su campamento; entonces la diosa le dijo: Atreveos, atreveos ahora a fiaros de esas olas que vienen ante vuestros propios ojos a borrar nombres tan grandes.

Quienquiera que tú seas, no tengas más que una débil confianza en los encantos engañadores de tu belleza; añade otras ventajas a estos méritos del cuerpo. Lo que ante todo gana los corazones es una discreta complacencia. La rudeza y las palabras acerbas no engendran más que odios. Detestamos al gavilán que se pasa la vida en los combates y al lobo, siempre dispuesto a caer sobre los tímidos rebaños. El hombre no tiende lazos a la dulce golondrina, y deja que habite en paz la paloma en las torres que ha construído en Chaonia (1).

Lejos de ti las querellas y los combates (1) Chaon, príncipe troyano, dió este nombre a una región de Epiro, donde estaba el bosque de 79 de una lengua mordaz; las palabras agradables son el alimento del amor. Por las querellas es por lo que más aleja la mujer a su marido y el marido a la mujer; creen al hablarse así hacerse una justa devolución. Quede esto para ellos; las querellas son la dote que los esposos se aportan mutuamente; pero una amante no debe escuchar sino palabras amables. No es por orden de la ley por lo que os recibe el mismo lecho: vuestra ley es el amor. No te acerques a tu amiga sino con tiernas caricias, con palabras que agraden a su oído, a fin de que se alegre de tu llegada.

No es a los ricos a quienes yo quiero enseñar el arte de amar; el que da no necesita de mis lecciones. Puede decirse que hay bastante ingenio en el decir: —Acepta esto.

Yo le cedo el paso; sus medios de agradar son más poderosos que los míos. Yo soy el poeta del pobre, porque, pobre Dodona, en el que había un templo consagrado a Júpiter, y en él un oráculo, en el que las palomas contestaban con lenguaje humano.

también, he amado. A falta de presentes, pagaba mis amantes con dulces palabras.

El pobre debe ser circunspecto en sus amores; el pobre no debe permitirse ninguna invectiva; debe soportar bien las cosas que un amante rico no sufriría. Me acuerdo de haber puesto en desorden en un momento de cólera la cabellera de mi amada. ¡Cuántos bellos días me quitó este arrebato! No creo que llegase a desgarrar sus ropas, y estoy seguro de que no lo pensé. Pero ella así lo pretendió, y me vi obligado a comprarle otras. ¡Oh, vosotros, más prudentes que vuestro maestro, evitad estas faltas, o temed el tener, como él, que soportar la pena! Haced la guerra a los partos; pero vivid en paz con vuestra amiga y recurrid a las bromas agradables y a todo lo que pueda excitar el amor.

Si tu amada se muestra poco tratable y poco graciosa para ti, sopórtala con paciencia, y pronto se dulcificará. Si se curva una rama con precaución, quedará curvada: pero si de pronto lanzas sobre ella todas tus fuerzas, se quebrará. Siguiendo con precaución el hilo del agua se atraviesa un río a nado; pero si se quiere luBL ARTE DE AMARchar contra la corriente, será imposible.

La paciencia triunfa de los tigres y de los leones de Numidia; el toro se acostumbra poco a poco al yugo de la carreta. ¿Qué mujer fué nunca más feroz que Atlanta la arcadiana? Y, a pesar de su ferocidad, se rindió a las ternuras de su amante. Se dice que Milaniona lloró con frecuencia en la sombra de los bosques su desgracia y los rigores de su cruel amante; que con frecuencia, por orden de ella, llevó sobre sus hombros sedales engañosos; que con frecuencia combatió cuerpo a cuerpo con el jabalí amenazador. Hasta le alcanzaron las flechas de Hyleo; pero otras flechas, ¡ay!, demasiado conocidas la habían herido ya.

No te aconsejo atravesar arco en mano, como ella, los bosques escarpados de Menale, ni cargar tus hombros con pesadas cuerdas; no te ordeno que ofrezcas tu pecho a las flechas de un enemigo; si sabes ser prudente, verás que los preceptos de mi arte son más fáciles de seguir. Tu amante se resiste; está bien; cede, que cediendo triunfarás. Cualquiera que sea el papel que te imponga, está presto a desempeñarlo. Lo que ella censure, censuralo; alaba lo que ella alabe. Lo que ella diga, repítelo y niega lo que ella niegue.

Ríe si ella ríe, y llora si llora ella; en una palabra, compón tu rostro con arreglo al suyo. Pero si quiere jugar y ya su mano agita los dados de marfil, haz por perder y pásale el cubilete. Si jugáis a las tabas, para ahorrarle el disgusto de una derrota, apresúrate a perder la partida. Y si jugáis tomando un tablero como campo de batalla, haz que en seguida tus peones de vidrio caigan a los golpes del enemigo.

Procura siempre sostener sobre ella desplegada su sombrilla (1) y de abrirle paso si se ve entorpecida por la multitud; apresúrate a acercarle el banquillo cuando trate de subir al lecho y quita o pon las sandalias en sus pies delicados.

Con frecuencia también, aunque estés muerto de frío, te será preciso calentar en (1) Los paraguas y las sombrillas usábanse ya en tiempos de Ovidio; éstas, como los abanicos, eran de plumas cuando pertenecían a las damas elegantes. De ordinario, los paraguas y las sombrillas se construían con ballenas y telas fuertes o enceradas.

tu seno las manos heladas de tu amante.

Y no te ruborices, aun cuando ello sea un poco vergonzoso, de emplear tu mano, la mano de un hombre libre, en sostenerle el espejo. Aquel semidiós, vencedor de los monstruos encrespados contra él, aquel héroe digno de ser admitido en el Olimpo que había sostenido sobre sus hombros, Hércules, confundido entre las vírgenes de Ionia, tenía, según se dice, los cestos y con ellas hilaba groseras lanas. Así, puesto que aquél obedeció las órdenes de su amada, tú no debes dudar en sufrir lo que él sufriera.

Si tu bella te da una cita en el Foro, trata de llegar antes de la hora y no te retires por mucho que tarde. Si te ordena encontrarte en cualquier otro sitio, déjalo todo y corre allí sin que la multitud sea obstáculo para tu marcha.

Si por la noche, al volver a su casa después de un festín, llama a un esclavo, ofrécete tú al punto.

Si estás en el campo y te escribe: "Ven al instante", el amor odia la lentitud, y si no tienes coche, haz el camino a pie.

Nada debe detenerte; ni el tiempo tormentoso, ni la ardiente canícula, ni la nieve que blanquea los caminos.

El amor es una imagen de la guerra.

Lejos de él los hombres pusilánimes. Los cobardes son incapaces para defender sus banderas. La noche, el invierno, las largas caminatas, los dolores crueles, los trabajos más penosos, todo es preciso afrontarlo en sus campamentos, en los que parece reinar la molicie.

Con frecuencia tendrás que soportar la lluvia que las nubes derramarán sobre ti; con frecuencia te será preciso, transido de frío, reposar sobre las piedras. Apolo, cuando apacentaba los rebaños de Admete, no tenía, según se dice, por asilo sino una estrecha cabaña. ¿Quién podría avergonzarse de hacer lo que Apolo hizo?

Despójate de todo tu orgullo si aspiras a un amor duradero. Si no puedes llegar a tu amada por un camino seguro y fácil; si su puerta bien cerrada te opone obstáculo, sube al techo y desciende en su habitación por el camino más peligroso o deslizate furtivamente por una ventana.

Ella se mostrará encantada de ser la causa del peligro que has corrido y lo estimará como la prueba más firme de tu amor. Podrás, joh, Leandro!, privarte de ver a tu amada; pero atravesarás a nado los mares para probarle tu valor.

Tampoco hay que desdeñar el arte de ganar las buenas gracias de las criadas, según su rango, y hasta de los simples criados. ¿Qué arriesgas con saludar a cada uno por su nombre? Amante ambicioso, no rehuses el estrechar en tus manos sus manos serviles. Haz también algunos regalos no muy gravosos, y según tus medios, al criado que te los pida. Ofrécelos también a su doncella; recuerda aquel día en que los galos, engañados con el cambio de vestidos de las sirvientas romanas, pagaron el error con su vida. Créeme: pon todos los medios de asociar a tus intereses todo este pueblecillo, sin olvidar al portero ni al esclavo que vela a la puerta de su alcoba.

No te ordeno que hagas ricos presentes a tu amada; ofrécele algunas bagatelas con tal de que sean elegidas con gusto y oportunidad. Cuando la campiña esparce sus riquezas, cuando las ramas de los árboles se inclinan bajo el peso de sus frutos, que un joven esclavo le lleve de tu parte una cesta rebosante de estos dones campestres.

Podrás decir que vienen de una finca cercana a la ciudad, aun cuando las hayas comprado en la Vía Sagrada. Envíale los racimos o las castañas que amaba Amarilis (1), pero te advierto que las Amarilis de nuestros días gustan muy poco de las castañas. Un regalo de tordos o de palomas le probará que no la olvidas. Yo sé que de modo parecido se puede comprar hasta la esperanza de heredar a un anciano sin hijos. ¡Por qué no perecerán todos los que hacen tan culpable uso de los regalos! (2) ¿Debo aconsejarte que le envíes también tiernos versos? ¡Ay! Los versos valen muy poco en el amor. Suelen ser elogia(1) Alude el autor al verso de la segunda Egloga de Virgilio, que dice: Castaneasque, nuces, mea quas Amarilis amabat.

Pero para hacer notar que las mujeres de su tiempo eran más exigentes.

(2) Se abusó tanto en Roma de la costumbre de hacerse adoptar por los viejos sin hijos para heredarlos que, además de esta alusión de Ovidio, hay sobre ello algunos epigramas de Marcial.

dos; pero se prefiere dones más sólidos. El que sea un bárbaro, con tal de que sea rico, puede estar seguro de agradar. Vivimos verdaderamente en la Edad de Oro, puesto que con el oro se obtiene los más grandes honores y con el oro se hace al amor favorable. Homero mismo, aun cuando viniese escoltado por las nueve musas, si traía las manos vacías habría de encontrarse con la puerta cerrada. Hay, sin embargo, algunas mujeres instruídas; pero son muy raras. Otras, nada saben y se afanan por parecer sabias. No obstante, tú harás en tus versos el elogio de las unas y de las otras. Sobre todo, lector hábil, haz valer tus versos, buenos o malos, con el encanto de la recitación. Doctas o ignorantes, puede darse el caso de que un poema compuesto en su alabanza produzca en ellas el mismo efecto que un pequeño regalo.

Cuando te hayas decidido a realizar alguna cosa que conceptúes útil, trata de poner a tu amiga en el caso de rogarte que la hagas. Si has prometido la libertad ,a uno de tus esclavos, haz de modo que tenga que dirigirse a ella para obtenerla.

Si has de perdonar a otro el castigo y los hierros que ha merecido, que sea ella la que solicite de ti esta indulgencia a la que ya estabas resuelto. Recogerás inmediatamente la ventaja de haberle hecho este honor; nada perderás y se tendrá creído que lo puede todo sobre ti.

Pero si de todo corazón deseas conservar el amor de tu bella, obra de manera que te crea maravillado de sus encantos.

Si está vestida de púrpura de Tyro, alaba la púrpura de Tyro. Si su ropa es de algún tejido de Cois, dile que las ropas de Cois la hacen encantadora. Si está resplandeciente de oro, dile que a tus ojos el oro tiene menos brillo que sus encantos. Si se pone las pieles de invierno, aprueba las pieles, y si se ofrece a tus ojos vestida con una ligera túnica, exclama: "¡Me estáis inflamando!" Pero a continuación, y con voz tímida, ruégale que tenga cuidado con el frío.

Si sus cabellos están separados con arte de su frente, alaba este peinado; y si los lleva rizados con el hierro, exclama en seguida: "¡Oh, rizos encantadores!" Admira sus brazos cuando dance y su voz cuando cante, y cuando termine, quéjate de que haya concluído tan pronto.

Cuando seas admitido a compartir su lecho, deberás adorar lo que hace tu dicha, y con voz temblorosa de placer, expresar tu encanto. Así, aunque fuera más arisca que la horrible Medusa, se tornará dulce y tratable para su amante.

Si necesitas disimular, hazlo con destreza y sin que ella pueda descubrirlo y procura que tu gesto no desmienta tus palabras. El artificio es útil cuando se oculta; si se muestra, la vergüenza es su precio y, en justo castigo, destruye para siempre la confianza.

Hacia el otoño, cuando el año se muestra adornado de todos sus encantos, cuando los bermejos racimos se hinchan con el jugo purpúreo, entonces sentimos tan pronto un frío lancinante como un calor de asfixia, y esta inconstancia de la temperatura nos produce una gran languidez.

Cuida entonces de la salud de tu amada; pero si alguna indisposición la retiene en el lecho, si se resiente de la maligna influencia de la estación, entonces es cuando deben resplandecer tu amor y todos tus afectos; entonces es cuando es preciso sembrar para recoger más tarde una rica cosecha. No te dejes entristecer por los cuidados que reclame su triste enfermedad.

Que tus manos le presten cuantos servicios quiera ella aceptar; que te vea llorar; que ninguna repugnancia detenga tus besos y que sus labios enfebrecidos se humedezcan con tus lágrimas.

Haz votos por su salud y, sobre todo, hazlos en alta voz, y en caso de necesidad, muéstrate siempre pronto a contarle los ensueños de un feliz presagio.

Haz venir para purificar su lecho y su alcoba alguna vieja que en sus manos temblorosas traiga el azufre y los huevos expiatorios (1); su alma guardará siempre el recuerdo de todas estas atenciones. ¡Cuántas gentes obtienen por medios semejantes sitio en un testamento!

Pero ten cuidado de no parecer importuno a la enferma por tus complacencias exageradas; tu tierna solicitud debe tener (1) Apuleyo, en el Asno de oro, habla también de los huevos expiatorios y las virtudes purificadoras del azufre; además de Ovidie las mencionan Plinio y Tibulo.

sus límites. A ti no te corresponde prohibirle los alimentos ni presentarle un amargo brebaje; deja ese cuidado a tu rival.

Pero el viento al que has confiado tus velas al abandonar el puerto no es el que te conviene cuando bogues en alta mar.

El amor es débil cuando nace; se fortificará con la costumbre; aprende a alimentarlo y con el tiempo será robusto. A este toro que hoy temes, lo acariciabas cuando era joven; este árbol a cuya sombra reposas, no fué al principio sino un esqueje. El hilo de agua, tan delgado cuando parte del manantial, lo engruesan mil arroyos hasta convertirlo en caudaloso río.

Trata de que tu bella se acostumbre a ti; nada hay que tenga más fuerza que la costumbre. Para ganar su corazón no retrocedas ante ningún fastidio. Que te vea sin cesar; que no oiga más que a ti; procura estar día y noche ante su vista. Pero cuando creas con cierto fundamento que te puede echar de menos, entonces aléjate para que tu ausencia le produzca alguna inquietud. Déjale un poco de reposo; el campo al que se deja reposar, devuelve con usura la semilla que se le confía, y una tierra árida bebe con avidez las aguas del cielo. Mientras Filis tuvo a Demophoon a su lado, sólo lo amó débilmente, y cuando se hizo a la vela su pasión la abrasó.

El experto Ulises atormentó a Penélope con su ausencia y los lloros de Laodamia aceleraron el regreso de Protesilao.

Pero para mayor seguridad, que tu alejamiento no dure mucho; el tiempo debilita las penas. El amante a quien no se ve, pronto es olvidado y otro pasa a ocupar su puesto. En ausencia de Menelao, Helena se cansó de su alcoba solitaria y marchó a buscar el calor de los brazos de su huésped. ¡Qué necedad fué la tuya, Menelao!

Tú marchas solo, dejando en tu casa a tu esposa con un extranjero; ¡insensato! Eso es entregar la tímida paloma a la garra del milano y confiar el rebaño al lobo carnicero. No, Helena no fué culpable; su raptor no fué criminal. Hizo lo mismo que tú o cualquier otro hicierais en su puesto. Tú los obligaste al adulterio al facilitarles tiempo y lugar. ¿No parece de este modo que tú mismo aconsejabas a tu joven esposa obrar así? ¿Qué iba a hacer ella? Su esposo está ausente; a su lado tiene un amable extranjero; le da miedo acostarse sola. Que Menelao piense de esto lo que quiera; Helena, a mi juicio, no es culpable; no hizo más que aprovecharse de la complacencia de un marido tan cómodo.

Pero el feroz jabalí, en su furia más grande, cuando sus defensas cortantes hacen rodar a lo largo de su camino los arbustos y arrastra jadeantes los sabuesos; la leona, cuando presenta sus tetas a los pequeñuelos que lacta; la víbora que el viajero ha pisado distraídamente, son menos de temer que la mujer cuando ha sorprendido una rival en el lecho de su esposo. Su furor se pinta en su rostro; el hierro, la llama, todo le parece bien, y olvidando toda continencia, corre como la bacante agitada por el dios de Aonia. La bárbara Medea vengó en sus propios hijos el crimen de Jasón y la violación de la fe conyugal; esta golondrina que vosotros veis fué también una madre desnaturalizada; mirad: su pecho está todavía teñido de sangre. De esta manera se rompen las uniones mejor concertadas y los lazos más sólidos. Un amador prudente debe temer siempre excitar estos furores de los celos.

Y no es que yo, censor rígido, quiera condenarte a no tener más que una amante. ¡Guárdenme de ello los dioses! Una mujer casada apenas puede mantener semejante compromiso. Diviértete cuanto puedas; pero cubre con un velo de modestia tus tiernos latrocinios y no caigas en el pecado de la vanidad.

No hagas a una mujer un regalo que otra pueda reconocer. Cambia la hora y el lugar de vuestras citas, para que una de ellas no te sorprenda en el retiro cuyo misterio le sea conocido. Cuando escribas relee con mucho cuidado las cartas antes de enviarlas, pues hay muchas mujeres que leen en una carta mucho más de lo que se les dice.

Venus herida, toma justamente las armas, devuelve golpe por golpe al agresor y le hace sentir a su vez todo el mal que ha causado. Mientras Atrido se contentó con su esposa, fué ella casta; la infidelidad de su marido la hizo culpable. Había sabido que Crysis, con el laurel en la mano y ceñida la frente por las cintas sagradas, en vano había pedido reiteradamente su hija. Había sabido, ¡oh, Briseis!, el rapto que causó tus penas y por qué vergonzoso artificio se prolongaba la guerra. Todo esto no lo había sabido, sin embargo, más que por haberlo oído decir; pero había visto con sus propios ojos a la hija de Príamo y había visto al vencedor, ¡oh, vergüenza!, convertido en esclavo de su cautiva. Desde entonces, la hija de Tyndaro abrió a Egysto su corazón y su lecho y vengó con un crimen el crimen de su esposo.

Si, aunque bien ocultos, tus amores secretos llegan a descubrirse, por muy descubiertos que queden, no dejes de negar.

No te muestres por ello más sumiso ni más adulador que de costumbre; tal cambio es la señal de un corazón culpable. No economices esfuerzo alguno y emplea toda tu energía en los combates del amor; la paz tiene este precio y sólo de este modo podrás negar tus precedentes defecciones.

Los hay que te aconsejarán tomar como estimulantes las quejas y los lloros; la ajedrea, la pimienta mezclada con el grano mordente de la ortiga; el pelitre amarillo diluído en vino añejo, son, a mi juicio, verdaderos venenos. La diosa que habita las colinas sombrías del monte Eryx no sufre para el uso de sus placeres estos medios forzados y violentos. Podrás, no obstante, servirte de la cebolla blanca que nos envía la villa de Megara y de la planta estimulante que crece en nuestros jardines; añade huevos, miel del Hymeto y esas bayas que produce el pino delgado.

Pero ¿por qué, divina Erato, perdernos en estos detalles del arte de Esculapio?

Volvamos a la carrera que mi carro no debió abandonar.

Por de pronto, yo te aconsejaría ocultar con cuidado tus infidelidades, y si no me crees, publica tus conquistas. Pero guárdate de acusarme de inconsecuencia.

La nave encorvada no obedece siempre al mismo viento; corre sobre las olas impulsada tan pronto por el aquilón, como por el euro; el céfiro y el notus inflan a veces sus velas. ¿Ves ese conductor montado sobre su carro? Tan pronto deja flotar las riendas como con mano hábil retiene a sus corceles ardorosos. Hay amantes a quienes sirve mal una tímida indulgencia; el amor de su bella languidece si el temor de una rival no viene a reanimarlo. La dicha con frecuencia nos cansa y es difícil soportarla constantemente.

Un fuego ligero se extingue poco a poco por falta de alimento y desaparece bajo la blanca ceniza que lo cubre; pero con ayuda del soplo su llama extinguida se vuelve a encender y lanza una claridad nueva. Así, cuando el corazón languidece en una indolente torpeza, es preciso para despertarlo emplear el aguijón de los celos.

Da, pues, inquietudes a tu amada y recalienta su corazón cuando se enfríe; que palidezca ante el temor de tu inconstancia.

¡Oh, cuatro; oh, mil y mil veces feliz aquel cuya amada gime por verse ofendida! Apenas la noticia del crimen, del que ella quiera dudar todavía, ha llegado a sus oídos, cae; ¡desgraciada!, el color y la voz la abandonan. ¿Por qué no sería yo el amante a quien arranca con furor los cabellos? ¿Por qué no sería yo aquel cuyo rostro desgarra con sus uñas, cuya vista le hace correr las lágrimas, a quien mira con mirada feroz y sin el cual quisiera ella poder, pero no puede vivir? ¿Cuánto tiempo me dirás que debes dejarla entregada a la desesperación? Apresúrate a ponerle término por miedo a que su cólera se agrie al prolongarse. Apresúrate a rodear con tus brazos su cuello tan blanco y a oprimir contra tu pecho su rostro bañado de lágrimas. Calma sus lloros con besos, y a sus lloros mezcla los placeres del amor. Así se calmará; éste es el único medio de aplacar su cólera.

Cuando esté más exaltada, cuando la guerra quede manifiestamente declarada entre vosotros, pídele que firméis sobre su lecho el tratado de paz; entonces se dulcificará. Allí es en donde sin armas habita la pacífica Concordia; allí es, créemelo, en donde nace el Perdón. Las palomas que vienen de batirse unen más amorosamente sus picos; sus arrullos parecen llenos de caricias y dicen bien claro cuál es su amor.

La Naturaleza no fué al principio sino una masa confusa y sin orden, en donde se mezclaban los cielos, la tierra y el mar.

Bien pronto el cielo se elevó sobre la tierra, a la que rodeó el mar de un líquido cinturón, y de este caos informe salieron los diversos elementos. El bosque se pobló de bestias feroces; el aire, de pájaros ligeros, y los peces se ocultaron bajo las aguas.

Entonces los hombres erraban por los campos solitarios y la fuerza era el único patrimonio de sus cuerpos groseros y endurecidos. Tenían las selvas por morada, la hierba por alimento, las hojas por cama y, durante mucho tiempo, cada uno vivió ignorando a su semejante. La dulce voluptuosidad enterneció, según se dice, aquellas almas salvajes al reunir en el mismo lecho al hombre y la mujer (1). No tuvieron necesidad de maestro alguno que les enseñara lo que debían hacer. Venus, sin ayuda del arte, cumplió sus dulces oficios. El pájaro tiene una hembra que lo ama; el pez encuentra en medio de las ondas una compañera para compartir sus placeres; la cierva sigue al ciervo; la serpiente se une a su macho; el perro se acopla con la perra; la oveja y la ternera se entregan con júbilo a las caricias del carnero y del toro; el macho cabrío, a pesar (1) Hesíodo, en su Teogonía, dice que el amor fué contemporáneo del Cahos y juntos presidieron la organización de todas las cosas. En este pasaje se inspiró Ovidio, poetizándolo.

de ser tan inmundo, no rechaza a la cabra lasciva; la yegua, cuando siente los furores del amor, para reunirse con el caballo, franquea el espacio y cruza los ríos.

¡Animo, pues! Emplea este poderoso remedio para calmar el enojo de tu amada; sólo él puede mitigar sus crueles dolores; bálsamo más eficaz que todos los jugos Machaonias (1), sabrá muy bien, si has cometido algún daño, hacer que se te perdone.

Tal era el tema de mis cantos, cuando, de repente, Apolo se me apareció, y bajo sus dedos resonaron las cuerdas de una lira de oro; tenía en la mano un ramo de laurel y una corona de laurel ceñía su cabeza. Con un aire y un tono proféticos me dijo: "Maestro en el arte loco de amar, apresúrate a conducir tus discípulos a mi templo. En él se lee esta inscripción famosa en todo el universo: MORTAL, CONÓCETE A TI MISMO. Sólo aquel que se cono(1) Machaon fué el padre de Esculapio, y también médico insigne, que durante la guerra de Troya, en compañía de Polidario, el hermano de Agamenón, curó con sus bálsamos muchos soldados heridos.

IOI ce sigue en sus amores los preceptos de la sabiduría; sólo él sabe acomodar sus empresas a sus fuerzas. Si la Naturaleza lo ha dotado de un bello rostro, que sepa sacar partido de él; si tiene la piel bella, que se acueste desnudo; si agrada por su lenguaje, que nunca calle. Si es hábil cantador, que cante; si bebedor alegre, que beba.

Pero que no vaya siendo orador torpe o poeta maniático a interrumpir la conversación para declamar su prosa o sus verSOS." Así habló Febo; amantes, obedeced a los oráculos de Febo, pues se puede con toda confianza creer en todas las palabras que salen de su boca divina.

Pero mi tema me requiere. Quien ame prudentemente y siga los preceptos de mi arte, esté seguro de vencer y de lograr el objeto que se proponga. Los surcos no devuelven siempre con usura la semilla que se les ha confiado; los vientos no obedecen siempre al piloto en su carrera incierta. A pocos placeres, muchas penas; éste es el patrimonio de los amantes. Que esperen las más duras pruebas. El Athos tiene menos liebres, el Hybla menos abejas, el árbol de ROSTITUTO DE ESTUDIO MOUN BIBLIOTECA Pallas menos olivos, la ribera del mar menos conchas que el amor pare dolores; los golpes que nos lanza están impregnados de hiel.

Se te dirá, tal vez, que tu amada ha salido y la estarás viendo en su casa. No importa; cree que ha salido y que tus ojos te engañan. Ha prometido recibirte por la noche y encuentras cerrada su puerta; paciencia y acuéstate sobre la tierra fría y húmeda. Acaso una criada embustera vendrá a decirte con insolencia: "¿Qué quiere este hombre que espía nuestra puerta?" Dirige entonces palabras cariñosas a este feroz emisario y en la puerta misma deposita sobre el suelo las rosas que adornaban tu frente. Si tu amada lo permite, acude; si rehusa verte, retírate. Un hombre bien educado no debe ser molesto. ¿Querrías forzarla a decir: "¿No hay algún medio de evitar este importuno?" Las bellas tienen con frecuencia caprichos nada razonables. No te dé vergüenza soportar sus injurias ni sus golpes, ni besar sus pies delicados.

Pero ¿a qué detenerme en tan nimios detalles? Ocupémonos de objetos más imL ARTE DE AMARportantes. Voy a cantar grandes cosas: ¡Pueblo de los amantes, préstame toda tu atención!

Mi empresa es peligrosa; pero sin el peligro no existiría el valor. La meta que mi arte se propone no es de un acceso fácil. Soporta, sin quejarte, un rival y tu triunfo está asegurado; llegarás vencedor al templo del gran Júpiter. Créeme: éstos no son consejos de un simple mortal, sino de oráculos tan seguros como los de Dodona. El más sublime precepto del arte es éste que ahora te enseño.

Si tu amada hace a tu rival signos de inteligencia, súfrelo; si le escribe, no toques a sus tabletas; déjala ir y venir libremente adonde bien le parezca. ¡Cuántos maridos tienen esta complacencia para sus esposas legítimas, sobre todo cuando un dulce sueño viene a ayudar a engañarlos!

En cuanto a mí, he de declararlo, no puedo llegar a tan alto grado de perfección. ¡Qué hemos de hacerle! No estoy a la altura de mi arte. Si yo viera que un rival, en presencia mía, hacía señas a mi bella, no lo sufriría y dejaría paso libre a mi cólera. Un día recuerdo que su marido le había dado un beso y me quejé de aquel beso. El amor está lleno de injustas exigencias. ¡Pero, ay, que este defecto me ha perjudicado mucho ante las mujeres! Más hábil es el que permite a otros ir a casa de su amada.

Lo mejor es ignorarlo todo. Déjala ocultar sus infidelidades, no sea que la declaración forzada de sus faltas la enseñe a no ruborizarse. ¡Jóvenes amantes! Guardaos, pues, de sorprender a vuestras amadas, pues al engañaros os creen entontecidos por sus bellas palabras. Dos amantes sorprendidos se aman mejor; desde que su suerte es común, persisten uno y otro en la falta que causó su pérdida.

Hay una historia bien conocida del Olimpo entero: la de Marte y Venus sorprendidos en flagrante delito por los ardides de Vulcano. Marte, tomado de un loco amor hacia Venus, de terrible guerrero se convirtió en el amante más sumiso. Venus (¿qué diosa tuvo nunca un corazón más tierno?), Venus no se mostró ni novicia ni cruel. ¡Cuántas veces, según se dice, la locuela rió con su amante de la apostura grotesca de su esposo y de sus manos endurecidas por el fuego y por los trabajos de su arte! ¡Qué encantadora estaba a los ojos de Marte cuando remedaba al viejo herrero y cuánto sus gracias satíricas realzaban su belleza!

Al principio, tuvieron cuidado de ocultar su comercio amoroso bajo el velo de un profundo misterio y su pasión culpable estuvo llena de reserva y de pudor. Pero el sol (nada escapa a sus miradas), el sol descubrió a Vulcano la conducta de su esposa. ¡Qué desdichado ejemplo es el que das, oh, sol! Reclama los favores de la diosa; pon ese precio a tu silencio, que ella tiene con qué pagarte bien.

Vulcano dispone con arte, por encima y alrededor de su lecho, redecillas invisibles para todos los ojos; luego finge partir para Lemnos. Los dos amantes acuden a la acostumbrada cita; los dos desnudos, como el amor, se ven envueltos por las pérfidas redes. Vulcano entonces convoca los dioses y les ofrece el espectáculo de los amantes prisioneros.

Se dice que Venus apenas pudo retener sus lágrimas. Sus manos no podían cubrir sus rostros ni velar sus desnudeces.

Uno de los espectadores dijo entonces en tono burlón: "Bravo, Marte; si tus cadenas te pesan demasiado, cédemelas." Al fin, vencido por los ruegos de Neptuno, Vulcano libertó a los dos cautivos.

Marte se retiró a Tracia y Venus a Pafos.

Dime, Vulcano, ¿qué has salido ganando con esto? Antes, ocultaban ellos sus amores; ahora, se entregan a ellos con plena libertad; han desterrado toda vergüenza.

¡Insensato! Con frecuencia te reprocharás tu necia indiscreción. Ya se dice que estás arrepentido de haber escuchado tu propia cólera.

Nada de lazos; os los he prohibido; Venus, sorprendida por su esposo, os prohibe también los ardides de que fué víctima. No pongáis emboscadas a vuestro rival; jamás tratéis de interceptar los secretos de una correspondencia amorosa. Dejad este cuidado, si se juzgan capaces de tomárselo, a los maridos que por el fuego y el agua consagraron sus derechos legítimos (1). En cuanto a mí, le proclamo de (1) El marido tenía derecho indiscutible a intervenir la correspondencia de su mujer.

En la ceremonia nupcial los dos tocaban el nuevo, no canto aquí más placeres sino aquellos que la ley permite; nosotros no asociamos a nuestros juegos ninguna matrona.

¿Quién osara divulgar entre los profanos los misterios de Ceres y los ritos piadosos instituídos en la Samotracia?

Hay muy poco mérito en lo de guardar el silencio que se nos ha prescrito; pero el decir lo que se debe callar es una falta de las más graves. ¡Con cuánta justicia Tántalo, castigado por su indiscreción, no puede coger los frutos suspendidos sobre su cabeza y se abrasa de sed en medio de las aguas! Citerea, sobre todo, prohibe revelar sus misterios. Os advierto que ningún indiscreto debe acercarse a sus altares. Si los atributos de su culto no están encerrados en las místicas cestas; si el bronce en sus fiestas no resuena a los golpes redoblados; si abre su templo a todos, es a condición de no revelar sus misterios.

La propia Venus jamás abandona su fuego y el agua, como los dos elementos más necesarios de la vida, para significar que desde aquel instante ponían en común todo lo que pudiera serles preciso para la felicidad de su unión.

velo sin cubrir con una mano discreta y púdica sus secretos encantos. Los rebaños se entregan en todos los lugares y a la vista de todos a las libertades del amor, y con frecuencia, cuando tropieza con este espectáculo la doncella joven, aparta la vista; pero es preciso para nuestros latrocinios amorosos un secreto asilo, puertas cerradas y que cubramos con vestiduras nuestras vergonzosas desnudeces. Si no buscamos las tinieblas, gustamos, sin embargo, de un poco de oscuridad, bastante menos que la plena luz.

Así, cuando el tejado aún no protegía a la raza humana contra el sol y la lluvia, cuando la encina le suministraba el abrigo y el alimento, tampoco era al aire libre, sino en el fondo de los bosques y en los antros donde se iba a gustar las dulzuras del amor. ¡Así cuidaba ya esta raza grosera de observar las leyes del pudor!

Ahora publicamos nuestras correrías nocturnas y parece que esperamos el paso de una mujer para decir al último que llega: "Esta también ha sido mía." Y procuramos tener siempre una a la que señalar con el dedo para que cada una de las así señaladas sea la comidilla de la vecindad.

Pero esto aún es poco; hay hombres que inventan historias de tal género, que las callarían si fuesen verdaderas, y a creerlos, no hay mujer que se les haya resistido.

Si no pueden asaltar a su persona, procuran, por lo menos, atacar a su honor y aunque el cuerpo permanezca casto, la reputación queda deshecha. Anda, odioso guardián, cierra la puerta detrás de tu amante y ciérrala con cien cerrojos: ¿de qué servirán esas precauciones ante el difamador que se envanece con los favores que no ha podido obtener? Pero nosotros no hablaremos sino con reserva de nuestros amores reales y guardaremos nuestros placeres secretos bajo un velo impenetrable.

No vayáis, ante todo, a reprochar a una bella sus defectos. ¡Cuántos amantes se habrán desgraciado por no usar de este útil disimulo! El héroe de los pies alados, Perseo, jamás censuró en Andrómeda el color moreno de su piel. Andrómaca era de una estatura desmesurada y Héctor fué el único que la encontró de una talla regular. Acostumbrate a lo que te desagrada y acabará por parecerte bien. La costumbre dulcifica y suaviza muchas cosas; pero el amor al principio se espanta de todo. Una rama recién injerta que comienza a nutrirse bajo la corteza verde, cae al menor impulso; pero si se la deja tiempo para afirmarse, resistirá a los vientos, se hará robusta y enriquecerá al árbol que la tiene con sus frutos adoptivos. El tiempo borra todo, hasta las deformidades de los cuerpos, y lo que nos parece una imperfección, llega un día en que deja de serlo. El olor que parte del excremento de los toros, hiere al principio nuestro delicado olfato; pero a la larga se acomoda y logra soportarlo sin disgusto.

Hay, además, nombres que tienen la virtud de atenuar los defectos. La mujer que tiene la piel más negra que la pez de Ilyria, deberá pareceros que es morena; si es un poco bizca, comparadla a Venus; si es roja, tendrá el color de Minerva.

Aquella que por su delgadez parezca no tener más que un soplo de vida, tendrá el talle esbelto. Si es pequeña, tanto mejor, puesto que será más ligera. Si su talle es III grueso, lo mejor para un abrazo. Disfraza así cada defecto, bajo el nombre de la cualidad que mejor se le parezca.

Jamás te informes de su edad ni del consulado bajo el cual haya nacido; deja que el censor cumpla este rigoroso deber, sobre todo si ya no está ella en la flor de su juventud, si la bella estación de su vida ha pasado y si ya se ve obligada a arrancarse los cabellos grises.

Jóvenes romanos, esta edad, y aun cuando sea otra un poco más avanzada, no es estéril en placeres; son campos éstos en los que conviene sembrar, porque un día darán su cosecha. Trabajad mientras vuestras fuerzas y vuestra juventud os lo permitan, pues muy pronto, con su marcha insensible, llegará la vejez caduca. Surcad el Océano con el remo o los caminos con la carreta; armad de la espada mortífera vuestras manos belicosas, o consagrad a las bellas vuestros esfuerzos, vuestro vigor y vuestros cuidados. Este es otro género de milicia en el que también se puede alcanzar ricos trofeos.

Añadid que las mujeres cuando ya van de regreso son mucho más sabias en el arte de amar, pues tienen la experiencia que es lo único que perfecciona todos los talentos. Reparan con el tocado los ultrajes del tiempo y a fuerza de cuidados logran disfrazar sus años. Sabrán a tu gusto, con mil aptitudes diversas, variar los placeres de Venus; ninguna pintura voluptuosa podría ofrecerte mayor diversidad. En ellas, el placer nace sin provocación irritante, ese placer, el más dulce, el que comparten a la vez la amada y el amante. Odio los arrebatos en los que el efecto no es recíproco, y así las caricias de un adolescente tienen para mí pocos atractivos. Me es antipática la mujer que se entrega por que debe entregarse, y que fría, en el seno del placer piensa todavía en sus ruecas. El placer que se me concede por deber deja para mí de ser un placer, y así dispenso a mi amada de todos los deberes que pudiera tener para conmigo. En cambio, me es muy dulce escuchar la voz emocionada, expresiva del goce que ella siente y suplicarme que retarde mi carrera para prolongar su dicha. ¡Cuánto me gusta verla embriagada de voluptuosidad, fijar sobre mí sus ojos moribundos y languideciente de amor refugiarse largo tiempo en mis caricias!

Pero estas ventajas, la Naturaleza no las concede a la primera juventud; están reservadas a esta edad que empieza en el séptimo lustro. Que otros más impacientes beban del vino nuevo; para mí, que me sirvan un vino viejo del tiempo de nuestros antiguos cónsules. Sólo después de un gran número de años puede el plátano luchar contra los ardores del sol y los prados recién sembrados hieren nuestros pies desnudos. ¿Podrías tú preferir Hermiona a Helena y colocar a la hija de Altea sobre su madre? Si quieres, pues, gustar los frutos del amor en su madurez, obtendrás, por poco que perseveres, una recompensa digna de tus deseos.

Ya el lecho cómplice de sus placeres ha recibido a nuestros dos amantes. Musa, detente ante la puerta cerrada de la alcoba; sin ti sabrán muy bien encontrar las palabras usuales en tales casos y sus manos en el lecho no permanecerán ociosas. Sus dedos sabrán ejercer sus menesteres en ese misterioso asilo desde donde el amor lanza sus golpes. Así, antiguamente, junto a Andrómaca, procedía el valiente Héctor, cuyos talentos no se limitaban a brillar en los combates. Así, el gran Aquiles procedía con su cautiva de Lyrnesa cuando, harto de carnicerías, reposaba junto a ella sobre blandos cojines. Tú, Brisea, te entregarás sin temor a las caricias de esas manos manchadas siempre con la sangre de los troyanos. ¿No es lo que amabas más, voluptuosa belleza, el sentirte oprimida por aquellas victoriosas manos?

Si quieres creerme no te apresures mucho a buscar el término del placer; mejor habrás de procurar, con hábiles retrasos, llegar a él dulcemente. Cuando hayas encontrado la plaza más sensible, que un necio pudor no llegue a detener tu mano.

Verás entonces brillar sus ojos con una temblorosa claridad, semejante a los rayos def sol reflejados por el espejo de las ondas. Después, vendrán las quejas mezcladas con un tierno murmullo, los dulces gemidos y esas palabras acariciadoras que estimulan el amor. Pero, piloto inexperto, no vayas, por desplegar demasiadas velas, a dejar atrás a tu amada; pero tampoco consientas que se te adelante; bogad concertados hacia el puerto. La voluptuosidad llega a su colmo cuando vencidos por ella la amante y el amante sucumben al mismo tiempo: tal debe ser la regla de tu conducta cuando nada se oponga y el temor no te obligue a acelerar tus placeres furtivos. Si los retrasos no ofrecen peligro, obra como te aconsejo; pero si el peligro se presenta, entonces inclínate sobre los remos, rema con todas tus fuerzas y hunde las espuelas en los flancos de tu corcel.

Llego al término de mi obra. Juventud reconocida, dame la palma y ciñe a mi frente el oloroso mirto. Tanto como Polidario se ilustró entre los griegos en el arte de curar; Pyrro, por su valor; Néstor, por su elocuencia; Calcas fué hábil en predecir el futuro: Telamón, en manejar las armas; Automedón, en conducir los carros, tanto o más soy yo en el arte de amar.

Amantes, aplaudid a vuestro poeta, cantad mis alabanzas y que mi nombre repercuta en todo el Universo. Os he dado armas; Aquiles las recibió de Vulcano, y por ellas fué vencedor. Sabed vencer con las mías. Y que todo amante que haya triunfado de una feroz Amazona con la espada que de mí recibe, escriba en sus trofeos: OVIDIO FUÉ MI MAESTRO.

Pero he aquí que el bello sexo también me pide lecciones. Para vosotras, jóvenes bellezas, reservo las que van a seguir.

  1. Io Pæan. Grito de alegría o plegaria que el pueblo repetía durante los sacrificios, en los juegos solemnes o en los combates.

    Pæan era un sobrenombre de Apolo, y así se llamaba también un himno en honor suyo, que se cantaba principalmente durante las fiestas bacanales.

  2. [[Autor:Hesíodo|]].
  3. [[Autor:Homero|]].