El audaz: 05

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda



Capítulo V - Pablillo[editar]

I[editar]

A muy corta distancia de Alcalá, y siguiendo hacia el Norte la carretera de Aragón, sola, imponente y triste, expuesta a todos los vientos, inundada de sol y constantemente envuelta en torbellinos de polvo, estaba la casa de Cerezuelo, donde en la época de esta historia vivía retirado de las gentes el Sr. D. Diego Gaspar Francisco de Paula Enríquez de Cárdenas y Ossorio, conde de Cerezuelo y del Arahal, marqués de la Mota de Medina, señor de la puebla de Villanueva del Arzobispo, etc., etc. Del ancho portalón, y mejor aún desde las ventanas altas, que sin ninguna simetría, y atendiendo más a la comodidad interior que al ornato, había puesto en la fachada el arquitecto de tan raro y sólido edificio, se veían perfectamente las inmensas llanuras, propiedad de la casa, que se extendían hacia el Norte en dirección de la sierra.

Sobre aquellas tierras, pautadas simétricamente por el arado, llanas, sin árboles, alguna vez recorridas por macilento rebaño, se espaciaban todas las mañanas los aburridos ojos del conde. Volviendo el rostro hacia la izquierda se abarcaba de un golpe de vista la ciudad de Alcalá de Henares, cuyas primeras casas apenas distarían de allí un tiro de ballesta. Las torres, las cúpulas y los campanarios de sus conventos e iglesias, los cubos almenados de la casa arzobispal, los arbotantes de San Justo, el frontón de San Ildefonso, extremidades más o menos altas de las construcciones elevadas allí por la piedad o la ciencia, daban magnífico aspecto a la ciudad célebre, que inmortalizaron Cisneros con su Universidad y Cervantes con su cuna.

El conde de Cerezuelo se había retirado de Madrid, buscando un término medio entre la soledad completa y el bullicio cortesano. Alcalá le ofreció un retiro agradable, sin privarle del trato de las personas discretas, y allí se fijó, trabando gran amistad con los frailes de San Diego, los capitulares de San Justo y los famosos maestros de San Ildefonso. Pero al conde le entró invencible melancolía; fue poco a poco alejando de su casa a toda aquella ilustre muchedumbre que le visitaba, y al fin se aisló por completo, dando que murmurar a las gentes, y con especialidad a aquellos que se vieron privados del chocolate de la casa condal Cerezuelo; de cortesano y amable que era se fue trocando en áspero e hipocondríaco: trataba mal a sus sirvientes y reñía con todo el mundo, menos con su hija. En cuanto a su hermano D. Miguel, persona recomendable por su religiosidad y modestia, siempre conservó buenas relaciones con el primogénito. También aquél era rico, y según de público se decía, bastante avaro.

El conde pasaba de los sesenta años; su afición a la caza había desaparecido, y sólo mataba a ratos el fastidio de su existencia leyendo algún piadoso libro o revisando grandes legajos de cartas y cuentas para ponerlas en orden. Un clérigo de San Justo le decía la misa en su propia casa, y las pocas veces que salía apenas andaba cuarenta pasos por el camino de Aragón, apoyado en el brazo de su mayordomo o administrador, D. Lorenzo Segarra, persona importante, de quien es preciso dar al lector algunas noticias. Pues no se sabe qué arte empleó este hombre para poseer en absoluto la confianza del conde, que era el ser más receloso y suspicaz.

Sea que en realidad Segarra le sirvió bien, sea que, cansado y melancólico, el conde resignara con hastío su autoridad señorial en el mayordomo, lo cierto es que éste manejaba la casa en la época a que nos referimos, y cuanto hacía era aprobado sin el menor obstáculo. Los señores, como los reyes, tenían sus favoritos, y, como aquéllos, la flaqueza de entregar el poder en manos de un hombre habilidoso que supiera hacerse camino, ya por el mérito, ya por la adulación. No es de este lugar decir si Segarra administraba bien o mal; lo cierto era que aparentemente todo iba a pedir de boca; las deudas antiguas se habían pagado, las rentas se cobraban con puntualidad, y las arcas de la ilustre casa estaban repletas, como las del Erario en tiempos de Fernando VI.

Dos meses antes del día en que suponemos comenzada esta historia, Segarra se presentó ante su amo con unas cartas abiertas, y expresando en su semblante el mayor asombro.

-¿Qué hay? -preguntó el conde, alzando los ojos del Flos sanctorum, donde leía los milagros y prodigios de San Benedicto, el que construyó el puente de Aviñón.

-La cuestión con Muriel ha terminado, señor -dijo Segarra sentándose.

-¿Ha terminado? ¿Cómo? ¿Ha sentenciado en su favor la Cancillería? No puede ser: todos los oidores están de parte mía.

-Es verdad; pero otro juez se ha encargado de fallar este asunto. Muriel ha muerto.

-¡En la cárcel! ¡Infeliz! -contestó el conde con la mayor sorpresa-. Ya es tiempo de perdonar. Segarra, un Padrenuestro.

Y ambos elevaron al Cielo la oración dominical, seguros, sobre todo el conde, de que Muriel necesitaba de ella.

-A ver, cuenta cómo ha sido eso.

-Nada más sencillo: amaneció difunto en la cárcel, imposibilitando así el golpe de la justicia.

-¿Y qué más justicia? En fin, malo ha sido -dijo Cerezuelo-; pero olvidémonos de sus faltas, puesto que Dios se le ha llevado. No quiero guardarle rencor, porque yo me muero mañana...

La melancolía fundamental del conde consistía en creer cercana su muerte, y su espíritu se apegaba a esta idea, sin que los consuelos de la religión bastasen a apartarle de ella. Verdad es que estaba bastante achacoso y vivía mortificado, si no por la gota, como todos los nobles de antigua raza, por unos alarmantes e invencibles ahogos que le confirmaban en su fatalismo. «Yo me muero mañana», decía todos los días, y el solícito mayordomo se esforzaba en convencerle de lo contrario, adulando su dudosa salud, después de haber adulado su innegable nobleza.

-Señor, siempre está usía con el mismo tema -dijo-. Yo quisiera tener su salud y disposición. ¡Hablar de muerte, cuando tiene las piernas más listas que un gamo y podría ir de aquí a Meco y volver sin sentarse!

-¡Ah! -repuso el conde tristemente-, no me puedo mover. Me parece que estoy ya en la sepultura y no pienso más que en mi Dios... Pero di, ¿no se sabe lo que Muriel decía de mí cuando estaba en la cárcel?

-No lo sé; pero supongo diría mil atrocidades. Basta recordar a aquella alma negra y cruel, que no conocía la gratitud, ni era capaz de ningún sentimiento bueno.

-Me maldeciría sin duda. ¿Sabes que lo siento?

-Eso prueba el buen corazón de usía -contestó el favorito-; pero, en verdad, D. Pablo no era digno de compasión. Si a tiempo no acudimos, él hubiera consumado la ruina de todos los estados de Andalucía... ¿Mas para qué es hablar? No hay más que ver sus cuentas para comprender cuánta iniquidad, cuánta bribonada, cuánta mala fe había en aquel hombre.

-En fin, Lorenzo, ya se ha muerto: dejémosle en paz -dijo el conde, que sin duda quería estar bien con los manes del pobre difunto.

-Pero es que ese hombre es insolente hasta después de muerto. ¡Qué atrevimiento! Hay personas que no escarmientan nunca, a pesar de los más terribles castigos, ni tienen en cuenta la dignidad de la familia a quien sirven, ni...

-¿Pero qué es ello? -preguntó con viva inquietud el conde.

-La última irreverencia de ese hombre. Ya sabe usía que era lo más insolente del mundo. Usía recordará cuando tuvo el valor de estampar en una carta que él tenía «tanto honor como su amo...».

-Bien; ¿pero qué ha hecho?

-Usía sabrá que el más pequeño de sus dos hijos vivía con él en la cárcel. Parece que el más viejo ha muerto hace poco tiempo en Madrid: ya; era un hombre lleno de vicios. Pues bien: D. Pablo, conociendo cercano su fin, y considerando que el muchachejo iba a quedar solo en el mundo, lo manda... ¡a usía!, a usía mismo para que lo críe y lo eduque.

-Eso es muy singular.

-No parece sino que ya no hay hospicios en el mundo. Esto es un insulto.

-¿Sabes que no sé qué pensar de esto? -dijo Cerezuelo meditabundo y más inclinado a la compasión que a la cólera-. Me envía su hijo a mí, que le he perseguido, a mí que le he...

-Pues ni más ni menos. Los motivos que tuvo para semejante desacato, los dice en esta carta que dirige a usía, y que ha traído el mismo portador del muchacho, un arrendatario de Ugijar.

-¿Luego el chico está ahí? -preguntó el conde tomando la carta.

-Si; ahí está. Mandaré que le lleven al instante al asilo de Alcalá o al Hospicio de Madrid.

El conde leyó la carta, que decía así:

«Señor: Encerrado en esta cárcel hace cuatro meses, privado de todos los medios para poner en claro mi inocencia, conociendo que mi fin está cercano, y habiendo sabido que mi hijo Martín es muerto en Madrid, he cavilado mucho tiempo sobre la suerte de este pobre niño que tiene parte en mi prisión y en mi miseria, aunque ninguna tiene por su corta edad en mi deshonra. Me hallo abandonado de todos, sin parientes ni amigos, y he pensado al fin que no debo pedir protección para esta criatura más que a usía, cuyo buen corazón no desconozco, aunque me ha perseguido, tal vez mal informado por las personas que le rodean. Si alguien se propuso perderme, nadie puede tener interés en que este niño sea desamparado. Seguro, y animado por una voz que sale de mi corazón, lo pongo en manos de usía para que no haya cosa alguna de mi propiedad que no esté en poder de mi señor. Muero en Dios y perdono a mis enemigos. -Pablo Muriel».

-¿Qué te parece esto? -preguntó el conde, que hacía tiempo había abdicado hasta su opinión en manos del favorito.

-Me parece muy insolente -contestó el mayordomo.

-Pues a mí me parece sobrado humilde. ¿No te llama la atención cómo ni me acusa, ni se queja de lo que se ha hecho con él? Bien sé que es merecido; pero...

-¿Y no cae usía en la intención de sus palabras?-dijo Segarra-. Da a entender que usía le ha quitado todo, cuando él es...

-Sea lo que quiera, yo no quisiera abandonar a ese muchacho. ¿Qué te parece?

-Lo que usía mande se hará.

-No falta en qué ocuparlo. ¿Qué edad tiene?

-Como unos diez años.

-Puede ocuparse en la labor. Se le puede dar a cualquiera de la casa para que lo haga trabajar. Aunque bien pudiera ser listo y servir para otra cosa.

-De torpe no pecará. Si saca las travesuras de su padre... Mala casta es ésta, señor.

-Con todo, educándole... No quiero abandonarle; porque ya ves, Lorenzo, su padre me sirvió, aunque mal; yo me muero mañana...

-Voy a traerle a usía esa buena pieza -dijo Segarra, y salió en busca del muchacho, que compareció al poco rato en presencia del señor conde de Cerezuelo.


= II[editar]

Para comprender el terror y la angustia de que estaba poseída la inocente alma de Pablillo Muriel es preciso recordar que viviendo en la prisión con su padre, había oído repetidas veces en boca de éste, mezclado siempre con sus dolorosas quejas, el nombre del conde de Cerezuelo. Cuando tomaban las declaraciones a la desdichada víctima, aquel nombre execrable iba unido a todas las preguntas, y el inocente niño lo oía resonar perfectamente en lo interior del calabozo como una maldición. Figurábase al conde como uno de aquellos malignos monstruos de los cuentos domésticos que habían sido su encanto y al mismo tiempo su pesadilla en los días de libertad. Por el camino no pensaba en otra cosa que en el espantable rostro de la persona a quien iba a ser entregado. Se lo representaba de descomunal estatura, con barbas enormes, ojos fieros y una bocaza capaz de engullirse a todos los niños habidos y por haber. El pequeño Muriel tenía el vestido hecho jirones, y su semblante demostraba a la vez hambre y tristeza. Miraba con atónitos ojos cuantos objetos y personas se le presentaban, y no se atrevía a contestar a ninguna de las preguntas que los criados le hacían en el patio, compadecidos unos, insensibles otros a su situación. Permanecía reconcentrado, con una expresión melancólica, más bien de hombre que de niño, porque la cárcel había adormecido en él la viveza pueril, y tenía toda la gravedad que puede dar una desventura de diez años.

Cuando D. Lorenzo le llevó a presencia del conde, su terror, que había subido de punto al entrar en la casa, se calmó un poco. Mordiendo el ala del sombrero, y con los ojos humedecidos y bajos, moviendo los labios como quien llora, apenas se atrevía a mirar a su señor. Interrogado repetidas veces por éste, alzó los ojos y no encontró al conde tan horrible como se había figurado. No pudo menos de considerar, sin embargo, que aquella era la persona cuyo nombre repetían sin cesar los leguleyos que iban a la cárcel; era el autor de todas las desgracias del anciano; el que éste llamaba cruel, ingrato, tirano, palabras que un niño encerrado en una prisión y consumido por la miseria y el hastío puede comprender como cualquier hombre. Mostrábase afable el conde; Pablillo lo miraba sin decir palabra, mordiendo siempre el ala del sombrero, hasta que al fin comenzó a llorar con tanta aflicción que parecía no tener consuelo.

-Señor, voy a sacar de aquí a este becerro -dijo el mayordomo, tratando de llevarle fuera.

-Déjale, déjale. El infeliz está asustado; ¿qué le hemos de hacer?

-Éste tiene cara de ser una buena pieza, señor.

Pablillo empezó a calmarse, y su llanto se fue poco a poco resolviendo en un hipo angustioso. El conde le pasó la mano por el hombro, y le hizo nuevas preguntas, a que sólo contestó sí y no con movimientos de cabeza, que hacían precipitar de su rostro las gruesas lágrimas que lo surcaban. La niñez perdona pronto, y Pablillo dejó de ver en el conde el monstruo que se había figurado.

-¿Y qué quiere usía que se haga con este perillán? -preguntó Segarra-. ¿Le parece a usía bien que lo entreguemos al porquerizo de Torrelaguna?

-Hombre, no; dejémosle en casa -contestó el conde-. No quiero yo que se le maltrate...

-En la dehesa estará como un rey. Aquí no tenemos en qué ocuparle. Si fuera un poco mayor y sirviera para los carros... La verdad es que se nos ha entrado un engorro por las puertas...

-¿Y qué le hemos de hacer, Lorenzo? Yo no puedo rechazar... Ya ves que su padre... No quiero ser cruel; yo me muero mañana, y...

-Pues digo, ¡tendrá unas mañas el tal niño!... De tal palo tal astilla.

-¿Crees tú que saldrá malo? -preguntó el conde abdicando en el favorito no ya su opinión, sino hasta su lástima.

-Pues no hay motivos para suponer que sea un santo. Con poquito que se parezca a D. Pablo, que Dios haya perdonado...

-Dices bien -contestó el conde, tomando de nuevo su libro-. Hay que estar sobre aviso, no sea que este rapazuelo saque malas inclinaciones.

-¿Le parece bien a usía que le empleemos en arrear las mulas de la noria de arriba?

-Puede ser que Susana le quiera para su servicio.

-El muchacho es bastante tosco para paje; pero a bien que tirándole de las orejas para que aprenda... -dijo Segarra, haciendo lo que decía con tal puntualidad, que arrancó al rapaz un grito de dolor.

-Por de pronto que le den de comer, y ya se pensará lo que haremos con él.

Pablillo hubiera ido a consumir tristemente su existencia en compañía del porquerizo de Torrelaguna si Susana, que a la sazón estaba en Alcalá, no se hubiera propuesto hacer de él un paje. Aquel mismo día se determinó, cuando, después de alimentado, lo llevó D. Lorenzo al camarín de la señorita.

-A propósito, a propósito -dijo la joven contemplando al pobre muchacho, que aquel día no ganaba para sustos.

-Pero advierto a usía que es preciso estar sobre aviso con este muñeco. Yo me figuro que debe ser aficionadillo a lo ajeno.

-¿Sí? ¡Pues hombre, tienes buena cualidad! -exclamó Susana, encarándose con el rapaz y asustándole con su mirada.

-¿A quién quieres servir más, pelambrón, al señor que has visto hace poco, o a la señorita? -le preguntó don Lorenzo, dando más fuerza a su interrogación con un pellizco.

-Vamos, di -añadió la joven-, ¿a quién quieres servir, al señor que has visto, o a mí?

Pablillo frunció el ceño, se rascó el brazo izquierdo, donde había dejado la señal de sus dedos el terrible Segarra, se puso rojo, miró a Susana, después al suelo, se sonrió, y al fin dijo:

-A usted.

-¡A usted! ¿Habrase visto borrico igual? -exclamó el mayordomo, sacudiendo a Pablillo por un brazo-. «A usía» se dice otra vez; «a usía», ¿lo entiendes? ¿Ha visto la señorita qué muchacho más incivil?

-Eso no tiene nada de particular -dijo Susana, riendo del excesivo celo que mostraba por la etiqueta el señor D. Lorenzo.

Quedó convenido que Pablillo serviría de paje o rodrigón a la señorita, y ésta imaginó la librea que había de ponerle, discurriendo lo más extravagante y tónico para el caso. Mientras estos atavíos se preparaban, veamos cómo pasó el pequeño los primeros días de su nueva vida. Se creerá que el enemigo más terrible que iba a tener en aquella casa sería el Sr. D. Lorenzo Segarra, y no es cierto: el verdadero y más cruel atormentador de Pablillo iba a ser la tía Nicolasa, mujer de uno de los principales sirvientes de la casa, y gobernadora absoluta del ramo de escalera abajo, superintendenta de las cocinas señoriales, lavandera mayor y gran chambelán de gallinas, pavos, gansos y demás tropa volátil que llenaban el vasto corral. Ella entendía también de todas las provisiones menudas, tales como legumbres, hortalizas, huevos, etc., y presidía la matanza de los cerdos por Navidad. La tía Nicolasa tenía dos hijos y una hija, los tres de corta edad, y no puede formarse idea de su disgusto cuando se le encargó el cuidado de Pablillo: ella disfrutaba, y sin rival para sus niños, del patrocinio del conde; tenía aspiraciones con respecto al futuro engrandecimiento del mayor, que esperaba ver salir del corral para entrar en algún Seminario o en la Universidad cercana, y la idea de que un chicuelo advenedizo absorbiera la protección y el alto cariño de la señorita, la ponía furiosa. La circunstancia de ser elevado Pablillo a la encumbrada categoría de paje, cargo de que nunca fueron considerados dignos los rústicos engendros de la tía Nicolasa, acabó de exasperarla; pero no le fue posible manifestar su enojo, sino por medio de alguna reticencia en las barbas de Segarra.

A los pocos días le pusieron a Pablo una librea galonada, que Susana hizo llevar de Madrid; aprisionaron su pescuezo en un pequeño y rígido corbatín que no le permitía hacer movimiento alguno de cabeza; calzáronle lujosamente, completando el atavío con un gran sombrero, que el infeliz necesitaba sostener con las manos para que no se viniera al suelo. No sabía cómo manejar los brazos y las piernas; estaba metido en un potro y todo le estorbaba, especialmente el corbatín, que no le permitía mirar a los lados. Los chicos de doña Nicolasa estaban atónitos y confundidos contemplando tanta hermosura, y particularmente les deslumbraba el fulgor de los botones de la librea, que les parecían otros tantos soles colgados en el pecho de Pablillo. La madre se moría de envidia en presencia del paje, y le hubiera dado mil azotes si no se lo impidiera el respeto a los bordados escudos de la familia que llevaba en las solapas y en las mangas.

-Quítateme delante, espantajo -decía-. No parece sino que se ha entrado por las puertas el mico que traía el año pasado aquel de los títeres que vino de Madrid.

-¿No ve usted qué mal le sienta a este renacuajo un vestido tan lujoso? -decía D. Lorenzo.

-Ya lo creo. ¡Qué lástima de galones, que estarían mejor en la burra del tío Genillo!

Pero estas diatribas no pudieron calmar el estupor, el encanto de los chicos, que hubieran dado su existencia por ver sobre su cuerpo el más pequeño de aquellos resplandecientes botones. Sin hablar palabra lo rodeaban, con los ojos embelesados y exhalando tal cual suspiro, mientras Pablillo, en el centro del vasto círculo formado por toda la servidumbre, que había acudido a contemplarle, ya con burlas, ya con admiración, estaba lelo, estupefacto y trémulo, entre disgustado y orgulloso, sin mover brazo ni pierna, y cuidando de mantener derecha la cabeza para que el pesado alcázar de su sombrero no rodase por el suelo. ¡Infeliz, no sabía cuán caro había de costarle aquel repentino lujo!


III[editar]

La primera vez que Susana se presentó en la misa de San Diego con su dueña y su paje, este último produjo, como ahora decimos, gran sensación. Muchos de los que concurrían al oficio divino se distrajeron contemplando el extraño vestido; los chicos no apartaron la vista de él ni un momento, a pesar de los frecuentes tirones de orejas de sus respectivos padres, y a la salida, los mozos, payos y estudiantes, que se situaron, como de costumbre, en la puerta, convinieron en que en Alcalá no se había visto librea tan lujosa. Pero Pablillo había desempeñado tan mal su misión aquel día, había tropezado tantas veces al poner y quitar el tapiz en que se hincaba la señora, había dejado caer el sombrero con tanta frecuencia, que al llegar a la casa oyó, temblando de miedo, una severa reprimenda. Sus funciones eran altamente fastidiosas, y el desdichado se consumía de fastidio dentro de su casacón, y deseaba trocar los botones y el monumental sombrero por los andrajos con que brincaban en el corral los hijos de la tía Nicolasa. Así van las cosas del mundo: la miseria suele envidiar a la ostentación, sin reparar que ésta a veces trocaría su deslumbrador aparato por una pobreza tranquila y libre. Figúrese el sensible lector lo que pasaría el pobre muchacho, esclavo de la etiqueta, después de haber pasado tanto tiempo en una cárcel, donde vio perecer de miseria y dolor a su anciano padre. No sabía lo que era peor, si el calabozo de Granada o el duro encierro de su corbatín y de su librea, claveteada con botones de metal dorado como para hacerla más fuerte. Es triste el espectáculo de la niñez que se consume en un servicio penoso y triste, privada de todo solaz. La travesura, propia de la edad, estaba aherrojada, y no tenía más recreo que contemplar al través de los cristales del camarín de la señorita los pájaros que volaban de rama en rama en la huerta, y el gato que iba y venía por lo alto de la tapia. Siempre en pie, siempre derecho, presenciaba las complicadas operaciones del tocador de su ama, y oía la charla del peluquero, venido de Madrid, el cual tenía la galantería de llamarlo el Sr. D. Pablo.

Además, Pablillo no hacía a derechas cosa alguna de las que se le mandaban: si se le pedía agua fría, la traía caliente; se le caían de las manos los vasos y platos, y puso fin a varias piezas de gran valor. Esto le valían reprensiones enérgicas de Susana y tremendos mojicones de D. Lorenzo, que le hacían ver las estrellas. Contribuía a hacerlo más infeliz la circunstancia de que no se perdía cosa alguna en la casa sin que al momento se lo echara la culpa a él, para lo cual le registraban los profundos bolsillos de su casacón; y como le encontrasen una vez no sabemos qué insignificante baratija, D. Lorenzo puso el grito en el cielo, amenazándole con espantosos castigos si reincidía.

La tía Nicolasa le había jurado guerra a muerte, y le alimentaba lo peor que podía. Los inocentes chicos llegaron también a participar de aquel rencor, y así como en otras ocasiones se echaba la culpa de todo al gato, entonces la responsabilidad de cuanto acontecía de escaleras abajo caía sobre Pablillo. Si rodaban, haciéndose algún chichón, Pablillo les había pegado; si rompían los calzones, Pablillo lo había hecho; si se ensuciaban de lodo, era Pablillo el autor de tamaño desacato.

Entretanto, el triste huérfano se aburría y soñaba con la libertad dormido y despierto. Hubiera dado la mitad de su vida por poderse revolear con librea y sombrero en el montón de tierra y estiércol que había en la huerta; envidiaba la suerte de las gallinas que saltaban sin casaca en el corral, y se le iban los ojos detrás de todos los rapaces de ambos sexos que pasaban saltando y enredando por el camino. Nadie allí le demostraba cariño, y él por su parte estaba dispuesto a amar con delirio a quien lo dijese: «Pablillo, vete a jugar». No aborrecía mucho a la tía Nicolasa, sin duda porque hay en los niños un secreto instinto que les impide odiar a las mujeres; pero no podía ver ni pintado a D. Lorenzo Segarra. Al conde poquísimas veces lo veía, y la señorita le inspiraba un respeto supersticioso; la rigidez y frialdad de la dama, su despotismo y hasta su hermosura, eran causa de aquel respeto.

El niño sentía una vaga admiración, entusiasmo inexplicable por aquella deidad que presidía sus tristes destinos, y que jamás descendía hasta él, manteniéndose siempre a la altura de su posición social y de su belleza. Para el paje era la señorita un objeto de veneración más que de cariño, y la idea de que pudiera ofenderla le hacía estremecer. Cuando Susana estaba en su tocador, el paje se cansaba menos de estar en pie y con los brazos cruzados, porque entretenía sus ojos fijándolos en el espejo, donde aparecían reflejados el rostro y el cuello de la hermosa tirana. Sea que en su corta edad el sentimiento del arte estuviera en él muy desarrollado; sea que la contemplación de la señorita le produjera un recreo instintivo e incomprensible, lo cierto es que se embobaba mirando en el cristal aquello que un austero benedictino del siglo pasado llamaba escándalos de nieve. La doncella de Susana era otro de sus enemigos, porque le ocultaba las más de las veces, interponiéndose entre él y el espejo, la sorprendente imagen.

Un día Susana debía asistir a un gran sarao que había en casa de otro noble rancio residente en Alcalá, para lo cual se puso de veinticinco alfileres, ostentando en traje y joyas una riqueza y un primor inauditos. Ya estaba preparada y se ofrecía a sus propias miradas puesta frente al espejo en el centro del camarín, cuando entró Pablillo trayendo una lámpara que había arreglado la tía Nicolasa, y a la vista de la señorita, el pobre muchacho se quedó extático y deslumbrado. Dio algunos pasos, sin apartar la vista de su ama, y al llegar cerca de ella tropezó, cayó y todo el aceite de la lámpara inundó las vistosas haldas del guardapiés de Susana, poniéndola como nueva. Al mismo tiempo, agarrándose instintivamente el infeliz caído a una de las blondas, abrió en canal la basquiña, dejando a su ama en un estado de furor indescriptible. Figúrate, piadoso lector, lo que pasaría Pablillo en aquel nefando día. En el camarín recibió un vapuleo a dúo por el ama y la doncella, y luego, de escaleras abajo, aquello fue un desastre que quedó presente en la imaginación del pobre chico durante toda su vida.

Con decir que D. Lorenzo le entregó a la ferocidad de la tía Nicolasa, autorizándola para imponerle el castigo que juzgara conveniente, previo despojo de las galas de la librea, se comprenderá todo el horror de aquel trágico suceso.

-¡Sapo! -gritaba Nicolasa en el colmo de la ira-, ven acá: ¿te has creído que el traje de la señorita es algún estropajo? No puede por menos de haberlo hecho de intento, Sr. D. Lorenzo; este muchacho tiene malas ideas.

-Es preciso quitarle la casaca, porque no creo que la señorita consienta en que le sirva más este sabandijo -dijo el mayordomo.

Esto era más de lo que había soñado la tía Nicolasa en el delirio de su venganza. ¡Despojar a Pablillo de su encantadora librea! ¡Quitarle una a una todas las prendas en presencia de los criados, de los niños, de las gallinas y pavos del corral! La ceremonia de la exoneración fue cruel para el pobre huérfano. Un chico le tiraba de una manga; otro satisfacía su deseo de tantos días quitándole el sombrero y poniéndoselo para dar dos paseos por la huerta; aquél le empujaba hacia adelante; éste hacia atrás; uno le arrancaba un botón; estotro pugnaba para arrancar el corbatín, y la tía Nicolasa presidía este tormento riendo y acompañando cada estrujón con sus apodos y calificativos más usados, tales como «sapo, zamacuco, escuerzo, lagartija, avefría, D. Guindo, espantajo, etc.».

Los chicos se repartieron con febril alegría el botín. Tener en sus manos aquellos botones, entrar los brazos en aquellas mangas galonadas, era más de lo que los pobres vagabundos del corral podían soñar. Su madre les dejó gozar un momento de la posesión de aquellos ansiados objetos, y después los recogió y guardó, temiendo que el escudo de la casa se profanara con el fango y el estiércol.

Al huérfano se le puso su antiguo vestido, modificado con alguna prenda inútil de los hijos de la tía Nicolasa, y descendió a lo más bajo de la escala social entre la servidumbre. Esto, lejos de ser una pérdida habría sido ventaja si hubiera cobrado su libertad y si la mirada despótica de la arpía no estuviera constantemente fija en él, pidiéndole cuenta de todos sus actos. No podía entregarse al juego, porque los demás chicos le hacían objeto de burlas, sin duda por la capitis diminutio que había sufrido. Si rodaban por el suelo, venían todos en procesión lloriqueando para decir a su madre que Pablillo les había empujado. Se le obligaba a estar sentado en un rincón mientras saltaban los otros, y cuando se repartía alguna golosina nunca le tocaba a Pablillo más que el pezón o el hueso, si era fruta, o el papel que servía de envoltorio si era dulce o pastel.

En esta vida el pobrecillo no cesaba de mirar al cielo y a las ventanas del camarín de su señorita, echando de menos los instantes que pasaba allí metido dentro de su uniforme, preso, pero con dignidad y sin recibir ultrajes. Un domingo sintió bajar a Susanita para ir a misa; púsose junto a la escalera, esperando que al bajar le dijera alguna cosa; pero la dama ni siquiera miró al pobre muchacho, que sintió un dolor inmenso por este desaire, mucho más cuando vio que detrás bajaba el mayor y más antipático de los muchachos, sus rivales, vestido con la historiada librea, desempeñando el papel de paje con más gravedad que él. ¡Y el nuevo rodrigón pasearía las calles de Alcalá deslumbrando a todo el pueblo con el fulgor de sus botones! ¡Y extendería en San Diego el tapiz para que se sentara madama! ¡Y presenciaría en el silencio del camarín las operaciones del tocador, contemplando en el espejo la divina imagen de la señorita! ¡Oh! Pablillo no pudo resistir la aflicción que estas consideraciones le producían, y fue a ocultar sus lágrimas en el último rincón del corral.


IV[editar]

El hijo del desgraciado Muriel no había pensado nunca en el límite que pudiera tener aquella triste y enfadosa existencia, ni en las probabilidades de cambiar de destino. Pero una mañana se paseaba por el corral, en el momento en que el tío Genillo abría la gran portada para salir con sus cuatro pares de mulas al campo. Pablo se asomó y extendió su vista por la llanura; a lo lejos vio la sierra; la carretera se extendía ondulando por el vasto terreno. El aire que refrescó su rostro en aquel momento le produjo agradable sensación; estaba extasiado contemplando la inmensidad que tenía ante la vista, y su deseo hubiera sido recorrerla toda hasta llegar a las montañas. Cerró el tío Genillo, dejándole dentro: mas no por eso se borró de la imaginación del pobre chico el espectáculo del campo, bajo cuya forma quedó grabada en su mente la idea de libertad. Desde entonces pensó mucho en aquello. Salir solo y sin estorbo, recorrer el camino, hablar con los transeúntes, dormir bajo un árbol, comer lo que encontrara, beber en los arroyos, no dar cuenta a nadie de sus acciones, saltar y brincar sin cansarse nunca, reírse a sus anchas de la tía Nicolasa; estas ideas se sucedían, repitiéndose en infinito encadenamiento y fatigando su fantasía. Quien no sentía el lazo de ningún afecto, quien era rechazado por todos y no conocía los goces del hogar, no podía menos de sentir inclinación a la vida vagabunda. Pablillo estaba entonces en condiciones para ingresar en la carrera de los saltimbanquis, de los mendigos, de los salteadores de caminos.

Mientras la idea de emancipación iba elaborándose en su entendimiento, le ocurrió un percance tan terrible como el de la mancha de aceite. Cierto día que vagaba por la huerta miró al suelo y vio un aro de metal. Recogiolo, y examinándolo atentamente creyó que era cosa de escaso valor, y lo hubiera arrojado de nuevo si no se le ocurriera jugar y enredar con él, como hacen los niños con todo objeto que se les viene a las manos. Mas cansándose luego, se lo guardó en el bolsillo, no acordándose más de aquella baratija en todo el día. Al siguiente, la tía Nicolasa amaneció gritando y amenazándole con abrirle en canal si no renunciaba a sus raterías.

-¡Sapo, mal bicho! -exclamaba corriendo tras él-. Tú has sido, tú, que eres de casta de ladrones.

-¿Qué hay? ¿Qué es eso? -dijo D. Lorenzo, que a la sazón llegaba.

-¿Qué ha de ser? -contestó la mujer-, sino que echo de menos mi rosario de plata que me regaló la señorita el año pasado, y este hormiguilla debe habérmelo quitado. ¿Pues no sabe usted que anteayer le encontramos tres ochavos? ¿Y el otro día, que nos quitó cuatro almendras de las que tenía guardadas en el cajón, y después el seis de oros de la baraja? Es mucho sabandijo el que tenemos en casa. Un día nos quita hasta el modo de andar. Y eso que desde que entró aquí, todo lo tengo guardado bajo llave.

-A ver, zascandil, ¿has cogido tú el rosario de la tía Nicolasa? -dijo Segarra apoderándose de una de las orejas del rapaz como fianza para poderle imponer castigo en caso afirmativo.

-Yo, no señor -contestó Pablillo, preparándose a llorar.

-A ver: regístrele usted.

La tía Nicolasa metió su mano en la faltriquera de los desgarrados calzones que vestía el huérfano y lanzó un grito de horror al sacar de ella el aro que aquél se había encontrado en la huerta.

-¡El brazalete de la señorita! -exclamó.

-¡El brazalete de la señorita! -dijo D. Lorenzo, y ambos se quedaron con la boca abierta contemplando la fatal prenda.

-¡El brazalete que se le perdió la semana pasada!

-¡Y ella creyó que se le había caído en la calle!

-¿Qué le parece a usted, Sr. D. Lorenzo?

-¿Qué le parece a usted, tía Nicolasa?

Pablillo leyó en las miradas de uno y otro el más terrible y ejemplar castigo. Por de pronto, y sin esperar a que el mayordomo tomara la determinación que aquel grave caso requería, la tía Nicolasa se explayó, dándole tantos azotes, que los gritos obligaron a la señorita a asomarse a una ventana. Pablillo volvió hacia ella sus ojos inundados de lágrimas, esperando oír una palabra que le librara de tan inesperado tormento; pero la dama, informada de que su joya había parecido, se retiró de la ventana. Hasta los oídos del conde llegó la noticia del caso, y dijo que ya le mortificaba la presencia de aquel muchacho en su casa, y que era preciso, o imponerlo los fuertes castigos que merecía, o enviarle a un asilo. Don Lorenzo enseñaba a todos el fatal cuerpo del delito, diciendo: «De tal palo tal astilla. Bien decía yo que éste tendría las mismas uñas que su padre».

Todo aquel día, la aflicción y desconsuelo de Pablillo no son para contados. Aunque niño, sentía lastimado su honor y no podía tolerar que le llamasen ladrón. La insolencia de los chicos no tenía ya límites; la tía Nicolasa no se aplacaba, ni aun viéndole abatido y humillado; y D. Lorenzo le hacía minuciosa reseña de los castigos que se le iban a imponer. Él hubiera deseado tener ocasión de arrojarse llorando a los pies de la señorita para decirle que él no había robado la alhaja, seguro de que le creería. Pero esto no fue posible, y por todas partes no escuchaba sino comentarios más o menos terribles de su supuesto crimen. No había bicho viviente en la casa que no le maltratara e injuriara, y hasta las gallinas le parecía que cacareaban su deshonra.

Hay, sin embargo, que hacer una excepción en los sentimientos de la servidumbre para con Pablillo; había un ser, uno sólo, que tenía amistad con el pequeñuelo, era el tío Genillo, viejo sexagenario y enfermo, intendente general de las mulas. Este infeliz, que era considerado como el último de los sirvientes, se ponía siempre de parte del niño Muriel, cuando se discutía su criminalidad en un círculo de arrieros y mozos; le trataba con cariño, y hasta le contaba algunos cuentos, cuando Pablillo iba por las mañanas a la cuadra a contemplarle en el desempeño de sus elevadas funciones.

La idea de la emancipación continuó fascinando al huérfano todo aquel día. Cada vez le era más insoportable la vida en aquella casa, y el campo con su prodigiosa y vasta extensión, la perspectiva de la sierra y la longitud del camino, que parecía no acabar nunca, lo atraían cada vez con más fuerza. Por la noche, en el momento de acostarse, todo esto le preocupó hasta el punto de quitarle el sueño, contrariando la común ley de la Naturaleza, que cierra los párpados de los niños y les quita en una noche todas las angustias del día. Pero también es cierto que en los niños, cuando se ven privados de todo afecto, cuando su destino les arroja al mundo solos y desamparados, se desarrolla una prematura actividad de espíritu. El instinto de buscar la vida y la felicidad que se les niega, les lleva a acometer empresas para ellos gigantescas, y que en situación normal jamás hubieran podido idear. Movido Pablillo, a pesar suyo, por aquella temprana actividad de su espíritu, hija del desamparo en que vivía, resolvió fugarse al día siguiente. No pensó a qué punto iría, ni qué iba a ser de su existencia errante y sin techo; sólo pensó en echar a andar por aquel camino, y en alejarse mucho para no ver más a la tía Nicolasa, ni al monstruo del mayordomo.

Durmiose al fin el pequeño aventurero, y en su sueño no dejó de ver el inmenso campo, la sierra y el camino sin fin que había de recorrer al día siguiente. Soñaba con su libertad, que se lo representaba en mil formas diversas, pero siempre risueña y embellecida por la idea de una providencia que le daría pan que comer, agua que beber, sitios deliciosos en que retozar y maravillosos espectáculos en que recrear la vista. La imagen siempre hermosa de la señorita se mezclaba a este calidoscopio, que daba mil vueltas en la fantasía del huérfano durante toda la noche que precedió a su fuga.

Amaneció, y muy quedito se vistió y se fue derecho al corral. El fresco de la mañana le produjo un bienestar inefable. Con mucho trabajo desatrancó la puerta que daba al camino, y salió como los pájaros, solo, a recorrer la tierra en busca de libertad, sin saber adónde iba, ni dónde podría encontrar alimento; sin pensar en mañana, ni acordarse de ayer. El pequeño caballero andante corrió apresuradamente al salir de la casa, y no se detuvo hasta después de avanzar gran trecho. Entonces, seguro de que nadie le seguía, se paró, miró atrás, y se rió mentalmente de la tía Nicolasa y de la librea que había perdido; dio dos o tres brincos, saltó y retozó, emprendiendo después más tranquilo su marcha por el antiguo y conocido campo de Montiel (aunque no era verdad que por él caminaba).




El audaz de Benito Pérez Galdós

I - II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX
XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX