El audaz: 11

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Capítulo XI - Los dos orgullos[editar]

I[editar]

Después de la entrevista con los grandes señores de Enríquez, Muriel determinó volverse a su antigua casa de la calle de Jesús y María. Ya fuera porque no sentía temor alguno a las visitas de la Inquisición, después de aquella entrevista no explicada ni comprendida aún, ya porque no gustaba de ocultarse ni menos de habitar en compañía de D. Buenaventura, lo cierto es que abandonó la calle de San Opropio, a pesar de que su dueño le instaba a que se quedase.

El último día que Muriel estuvo allí, Rotondo le presentó dos caballeros de muy raro aspecto y traje, que se decían entusiasmados con las ideas filosóficas y revolucionarias. El uno, que era un joven mal vestido y de tristísimo semblante, habló largo rato con Muriel, exponiéndole su doctrina, que consistía en pegar fuego a todas las ciudades y llevar al cadalso a cuantos nobles, frailes y gente real se hallaran en la Península. Sotillo, que así se llamaba, era un hombre dominado por perpetua cólera. Su rabia insensata y su excitación le asemejaban al pobre La Zarza, más loco sin duda, pero menos repugnante. Muriel, después de hablar largamente con aquel que ahora llamaríamos demagogo o comunalista, y que era de los que entonces solían llamarse francmasones, comprendió que en espíritu tan extraviado por siniestras venganzas no había idea alguna política ni filosófica, sino tan sólo el despecho que suele verse en la inferioridad envidiosa, que no conoce otro medio de parecer grande sino rebajando a toda la sociedad hasta su nivel.

El otro era un vicio no menos rabioso y entusiasta, aunque de humor algo festivo a intervalos y muy satisfecho de su poder y travesura. Llamábase D. Frutos, y es cosa averiguada que anduvo en su juventud y por mucho tiempo jugando al escondite con la justicia, hasta que ésta al fin se dio tal arte que le echó mano y le envió a Ceuta por diez años. Tales antecedentes no le impedían que afectara en su conversación una rigidez de principios morales enteramente catoniana; y si no diera espanto con sus planes de incendio y asesinato, parecía un santo varón. Ni uno ni otro lograron valer gran cosa, a pesar de sus exageraciones revolucionarias, en el ánimo de Martín, que tuvo bastante penetración para ver en ellos los perjudiciales elementos de acción que unen siempre a toda idea incipiente para deshonrarla. Ambos mostraron una gran admiración, no sabemos si real o artificiosa hacia Muriel, y no acababan de alabarle como el más sabio, el más profundo, el más atrevido de los revolucionarios. Martín no sintió, sin embargo, apego alguno a la confraternidad de aquellos hombres; la cabeza no quería valerse de dos brazos tan rudos y bárbaros; la idea no anhelaba el concurso de aquella acción frenética. Fuese, pues, a su casa con intención de no volver, y ellos no quedaron muy satisfechos de la entrevista. Como dato preciso, recordaremos lo que el Sr. Rotondo dijo al verle partir a sus dos originales y desalmados amigos:

-Me parece que todos mis esfuerzos son inútiles. Mientras no pierda esos aires de gran hombre...


II[editar]

Cuando doña Visitación (que en el momento de sonar la campanilla de la puerta se ocupaba en darse algunos disciplinazos en presencia de un Santo Cristo, que para tan devotos usos había comprado) se levantó, miró por el ventanillo y vio a Martín, hubo de caérsele el alma a los pies, según estaba de asustada y aturdida. Abrió, sin embargo, al oír las apremiantes razones del joven, y no se atrevió a dirigirle salutación ni cosa alguna de cortesía. Grandes ganas se le pasaron de traer una escudilla de agua bendita y un aspersorio para rociar el cuarto; pero como la cara de Muriel indicaba no tener humor de bromas, y la vieja le había mirado siempre con respeto, aplazó el poner en práctica su cristiano pensamiento para cuando saliera.

Pidiole Muriel la ropa suya y de Leonardo, la cual entregó puntualmente la dueña, pues aunque intolerable como mojigata, no hay noticia de que se le quedara entre las uñas cosa alguna en ningún tiempo. Diole también algún dinero, poco, salvado de las garras de la Inquisición por milagro, y con esto Martín se dio por reinstalado. Hizo llamar a Alifonso, refugiado aún en casa de los tintoreros, y lo puso a su servicio; no las tenía el barbero todas consigo, y propuso a su amo el mudar de casa, propuesta que Muriel aceptó, disponiendo su ejecución para de allí a dos días.

El siguiente fue fecundo en acontecimientos, como verá el lector, pues desde que Martín abrió los ojos se encontró con una novedad tan peregrina, que por un momento se creyó personaje de novela. Doña Visitación entró muy temprano en su cuarto, después de cerciorarse de que no estaba desnudo ni descubierto, y le entregó una cajita o estuche que envuelta en multitud de papeles acababan de traer para él. Tomó Martín aquel envoltorio y vio que era una como cartera forrada en cuero fino y perfumado; en el papel en que venía envuelta estaba escrito su nombre con caracteres grandes y claros. Abriola y no pudo reprimir una exclamación de asombro al verla llena de monedas de oro. La vieja abrió sus ojos de tal modo, que parecía querer devorar aquel pequeño tesoro. Alifonso decía: «Todos los días no son días de penas, Sr. D. Martín. Si un día se nos meten por la puerta esos demonios de inquisidores, otros nos llueven escudos de oro, que nos vienen ahora como anillo al dedo».

Muriel examinó el dinero y lo sacó todo, por ver si venía en el fondo alguna carta; pero la incógnita providencia del desheredado filósofo tenía el pudor de la caridad, y se mantenía en el misterio, como si su desinterés llegara hasta no necesitar del agradecimiento. Mucho contrarió a Alifonso que con la llegada de aquel esfuerzo no ordenara Martín la compra de provisiones extraordinarias. Despidioles éste a una y otro, y una vez sólo contó de nuevo el dinero, que excedía de tres mil reales, y después se paseó muy agitado por la habitación, tratando de resolver el nuevo problema de adivinación que se añadía a los muchos que ya tenía en la cabeza. Es indudable que desde el instante en que abrió la caja un nombre vino a su imaginación y estuvo en ella todo el día: Susana. Pero no podía ser. La razón se resistía a creerlo. ¿Con qué objeto? Pero si ella no había sido, ¿quién podía ser? Ya estaba él bastante preocupado con el éxito de su visita y la inesperada complacencia de la dama, cuando aquella limosna le acabó de turbar y confundir. Pero estaba de Dios que aquel día lo sería de confusiones, porque se engolfaba nuestro hombre en un mar de conjeturas, cuando entró D. Lino Paniagua, para acabar de volverle loco con lo que le dijo.

-Sr. D. Martín Martínez de Muriel: gran pesadumbre me hubiera dado no hallarle a usted en casa, porque le traigo un recadito que ya, ya... ¡Pero qué disgusto tengo, Sr. D. Martín! Si viera usted lo que me pasa...

-¿Qué recado me trae usted? -preguntó Martín con mucha curiosidad.

-Cosa importante, amiguito, y que le hará a usted bailar de gusto. Cuando yo le decía a usted que no le miraban con malos ojos... ¡Pero si usted supiera lo que me pasa! ¡Quién lo creería, después que soy tan complaciente y me presto a todo!... El diablo me tentó cuando me encargué del papel de Ulises. ¿Creerá usted que han hecho una caricatura que anda por ahí... dando que reír a las gentes, y unos versos que...?, la verdad es que son graciosos. ¡Pero cómo me han puesto en ridículo!... No hay perro ni gato en Madrid que no los haya leído. Me tienen aburrido, Sr. D. Martín. ¡Después que soy tan complaciente! ¡Caricatura!, ¡versos! ¿Lo creerá usted?

-Sí, lo creo -dijo Martín más impaciente-. ¿Pero no me dice usted qué recadillo?...

-Sí... contaré a usted... -repuso el abate-. Pero lo peor del caso es que la caricatura la ha hecho el diablo de D. Francisco Goya, y los versos Moratín en persona. Ambos son muy amigos míos; yo no me he de enfadar por eso. Pero no le gusta a uno ser comidilla de la gente. ¡Si viera usted el dibujo de Goya!... Estoy pintiparado con mi peluca, mi coturno y mi espada; pero tan grotesco, que es para morirse de risa. Pues ¿y los versos? Tanto los he oído recitar, que me los sé de memoria.

-¿Pero no tenía usted algo que decirme? -preguntó Martín, cansado ya de versos y caricaturas.

-¡Ah! Sí. Vamos a ello. Es el caso que anoche vi a Susanita Cerezuelo en casa de Castro-Limón, y me dijo... Le advierto a usted que primero se rió de mí cuanto quiso, obsequiándome con el romance de Leandro...

-Bien; dejemos a Moratín aparte por ahora -dijo Muriel.

-Pues bien; Susanita me dijo que ya había hablado por su amiguito D. Leonardo a aquella persona.

-¿Y qué ha dicho?

-Nada; parece que es cosa difícil. Sin embargo, según ella se expresaba, podrá conseguirse. Si digo que usted ha nacido con pie derecho. Pues si la madama se enternece con el Sr. D. Martín Martínez... ¡qué envidias, amigo, va a suscitar el que...!

-¿Conque hay esperanzas de conseguir eso?

-Yo creo que sí; se conoce que ella lo ha tomado con mucho empeño.

-¿Y no le ha dado a usted seguridades? ¿No ha dicho lo que ha contestado ese señor consejero?

-No, eso se lo dirá ella a usted mismo.

-Sí, quedé en ir por allá.

-Esta noche, sí, a eso he venido.

-¿Esta noche? ¿Le ha dado a usted ese recado?

-Precisamente. «Don Lino -me dijo-, hágame usted el favor de decir a ese Sr. Muriel, que esta noche vaya a casa a las nueve en punto para darle la contestación de su asunto».

-Ya.

-Pero dice que no vaya usted ni antes ni después de las nueve, sino a esa hora en punto. ¿Lo entiende usted?

-Sí, ya entiendo; iré sin falta.

-Pero no necesito recomendar a usted, Sr. D. Martín, una cosa... y es que ha de haber mucho sigilo.

-¡Ah! Lo que es eso...

-Ya usted ve... yo soy persona grave, y sólo me encargo de hacer estos favores cuando sé que no es para escándalo. Yo sé que usted es persona formal, y en cuanto a ella... Figúrese usted que ya la gente se ocupa...

-¿De qué?

-De Susanita. ¡Como la ven tan abstraída, tan meditabunda, ella que siempre ha sido lo contrario! Ya he oído hacer comentarios sobre este cambio aparente en su carácter, y hacen mil cálculos y calendarios sobre quién es y quién no es. Por eso recomiendo que tenga usted la primera de las virtudes teologales en grado sumo, y alguna de las otras tampoco estaría de más.

-Descuide usted, que yo seré la misma prudencia.

-A usted le supongo loco de contento; porque aunque no saque de la cárcel a nuestro amigo, ¿le parece a usted poco el favor de una dama tan principal?

-En eso no hay nada de lo que usted se figura -contestó Martín-. Sólo me llama para enterarme del resultado de mi pretensión.

-A mí con ésas. La verdad es que si usted consigue ablandarla, puede considerarlo como un milagro. ¡Qué basilisco, amigo! Yo que la conozco desde hace tiempo sé lo que es eso. No hay criatura más antojadiza, Sr. D. Martín; ¡anoche precisamente tenía armada una gresca con el marqués de Fregenal, su pariente, ese que la acompaña a todas partes! Y todo ¿por qué? Porque ella gusta mucho de ir a los bailes de candil de Maravillas y Lavapiés, como es costumbre aquí entre la gente gorda. El Marqués quería disuadirla de su propósito, porque parece que otra vez fue y no salieron muy bien librados. Pero ella en sus trece que ha de ir, porque no puede desairar a la Pintosilla, que la ha convidado.

-¿Y quién es esa Pintosilla?

-Una bodegonera de la calle de la Arganzuela, mujer de mucho donaire y grandemente obsequiada por los petimetres. Aquí es común que los señores de más tono se codeen con esa gentezuela, y la verdad es que al son de las castañuelas y de las guitarras no se pasan malos ratos.

-¿Y Susanita frecuenta esas sociedades?

-¡Ya lo creo! Allí suele ir acompañada de una plaga de jóvenes de etiqueta y de marqueses viejos y abates tiernos... Pero usted la conocerá mejor que yo y podrá apreciar su carácter. Conque esta noche, ¿eh? -añadió con sonrisa maliciosa-. Como usted es una persona de formalidad y ella una dama de alto nacimiento y que se estima, no me pesa de favorecer sus amores...

-¡Sus amores! -exclamó Muriel-. ¿Está usted loco? Eso sería el más grande de los contrasentidos. Hay cosas que por mucho que se crea en la veleidad de los acontecimientos y en las vueltas del mundo, no se pueden sospechar nunca.

-Usted quiere desorientarme -dijo con benevolencia el abate-, usted no sabe que yo soy la prudencia misma y que secretos de esta naturaleza a mí confiados quedan lo mismo que dichos a una pared... Pero yo me retiro, Sr. D. Martín; usted tendrá que hacer. Hoy es para mí un día de no poder descansar un momento. La señora de Valdeorras desea que su hijo más viejo tome mañana leche de burras, y voy a avisar al burrero. Después tengo que ir por la estampa de Goya a casa de Castro-Limón para llevarla a casa de Porreño... porque ha de saber usted que para mayor desgracia mía yo tengo que llevar de puerta en puerta esa malhadada caricatura que de mí ha hecho el truhán de D. Paco Goya. En todas partes la quieren ver, y no tengo más remedio que correrla, ofreciéndome a la chacota de todo el mundo. Pero ¿qué se ha de hacer? Yo no me puedo enfadar por eso... Y como en todas partes me aprecian, sería una tontería... ¡Pues y los versos! ¿Creerá usted que me los hacen recitar por dondequiera que voy? ¡Y cómo voy a decir que no! ¡Diablo de Moratín!... Pero no le entretengo a usted más, amiguito. No se olvide usted, a las nueve.

-Sí, a las nueve. Ni antes ni después; en punto.

-Eso es. Adiós, Sr. D. Martín, y mucha prudencia.

Fuese D. Lino a casa del burrero, que quizás le haría recitar también los versos del famoso Inarco, y Muriel quedó solo otra vez en presencia de los escudos de oro y con la novedad y extrañeza de una cita para las nueve en la casa de aquella rara y ya misteriosa mujer. Misterio había sin duda en tal cita, pues ella, si le llamaba para contestarle en el asunto de la Inquisición, mostraba tener más interés por la libertad de Leonardo que él mismo. Al mismo tiempo no podía olvidar el recibimiento que le hizo el señor hermano del conde de Cerezuelo, y era imposible que en todos aquellos artificios de cortesanía no hubiera alguna intención torcida y muy difícil de adivinar. ¿Y el dinero? Pero no tratemos de expresar la cavilación incesante de nuestro desgraciado amigo, y asistamos desde luego a su conferencia con la petimetra, que es, a no dudarlo, uno de los acontecimientos capitales de la presente historia.


III[editar]

Contaba él con que iba a ser recibido en la tertulia de la casa, y que a aquella hora estarían allí reunidos los venerables personajes que anteriormente hemos dado a conocer. Por eso le causó sorpresa no ver en la puerta ninguna carroza, y mucho más no hallar en la portería paje alguno. El escaso alumbrado de la escalera le hizo comprender que aquella noche no había tertulia.

En el recibimiento encontró, en vez del paje que ordinariamente estaba allí, una mujer de mediana edad, que en el modo de mirarle y de sonreír al verle, indicó que estaba allí esperándole. No fue preciso que Martín hiciera pregunta alguna para que la mujer le dijera «pase usted»; pero en voz tan queda, que el tal comenzó a creer que su presencia allí era tan misteriosa como el dinero recibido. Confirmose en esta idea al avanzar por un corredor en que no se sentía el menor ruido, ni se veía el resplandor de ninguna luz, y hasta le parecía que la mujer aquella pisaba con afectada suavidad, circunstancia que a él le obligó también a andar con mucho sigilo, procurando apagar el ruido de sus tacones lo más posible. Entraron en una habitación donde había una lámpara de muy débil y macilenta luz. Entonces la mujer se paró, y le dijo:

-La señorita está mala. Voy a avisarle.

-¿Y el Sr. D. Miguel? -preguntó Martín.

-¡Quiá!... -murmuró la mujer, como si oyera una indiscreción-, no está, no hay nadie. La señorita está sola, y un poco delicada, aunque no es de cuidado.

Desapareció la mujer, y al poco rato volvió diciendo a Martín otra vez: «Puede usted pasar». Ella tomó la luz que allí había y marchó delante alumbrando, porque la habitación donde entraron estaba completamente a obscuras. Todavía Muriel no se había dado cuenta del sitio donde estaba; todavía no se había hecho cargo de los objetos que tenía ante la vista, cuando ya la mujer había desaparecido. Tendió los ojos por la habitación, envuelta en una dulce obscuridad que vagamente sombreaba los cuadros y los muebles, dándoles tinte extraño. Creyó encontrarse solo. Miró a todos lados buscando a Susana, y no vio nada; a su mano derecha vio un retrato de hombre que le miraba con la inmutable atención de sus pintados ojos, y creyó reconocer las facciones del conde de Cerezuelo, más joven, hermoso y sin el lúgubre aspecto que le daba su enfermedad y su misantropía. Aquello era imponente; por otro lado, un gran Santo Cristo de marfil parecía mover sus brazos blancos y resbaladizos como un reptil de mármol escurriéndose a lo largo de la pared; y las grandes cornucopias doradas se le representaban como extraños seres, también animados, oscilantes y fosforescentes. Vio su imagen reflejada en un espejo y se estremeció; los toros reproducidos en los tapices de variados colores, le parecían alzar sus terribles testuces con la curiosidad insolente que es propia de aquellos brutos antes de romper la carrera, y unas majas que en otro tapiz levantaban sus brazos en actitud de tocar las castañuelas, parecía como que avanzaban vagamente acompañadas del áspero sonido de aquel primitivo instrumento. Esta alucinación y este examen del sitio donde se encontraba, apenas duró algunos segundos. Al cabo de ellos sintió una tos, y una voz femenina dijo: «Tome usted asiento».

Dirigió Martín la vista al punto donde la voz había resonado y vio a Susana, a quien antes no había distinguido por estar el resplandor de la lámpara interpuesto entre uno y otra. Acercose él, y entonces pudo distinguirla perfectamente: estaba tendida sobre un canapé y muy arrebujada en una especie de manto o gran chal que la cubría toda, excepto la cara y las extremidades de los pies. Su actitud era perezosa, y su voz como quejumbrosa y dolorida.

-Estoy enferma -dijo, señalando a Muriel una silla que cerca de ella había como preparada de antemano-. Pero puesto que le llamé a usted, no quise dejar de recibirle porque no perdiera el viaje.

-Yo hubiera vuelto de muy buen grado -respondió Martín-, y me marcharé al instante si esta visita la puede molestar a usted.

-No, de ningún modo. Aguarde usted -dijo la dama-. Usted estará impaciente por saber de su amigo. Siento mucho no poder darle a usted mejores noticias de las que tengo.

-Yo no pido imposibles, señora; si las personas que pueden poner a Leonardo en libertad son insensibles a la justicia y a la compasión...

-Todavía no hay nada seguro. Yo espero, a pesar de todo, conseguirlo al fin.

-Hará usted la mejor obra de caridad que es posible imaginar. ¡Dichoso el que puede remediar por algún medio alguna de las infamias que en esta sociedad se cometen y que son base de ella misma!

-La dificultad que hay es que parece ha sido reclamado ese reo por la Inquisición de Toledo, por atribuírsele un desacato hecho a la Virgen del Sagrario y no sé qué correspondencia con unos masones o brujos, descubierta en esta ciudad.

-¡Masones o brujos! -exclamó Martín, sin poder reprimir un movimiento de cólera-, también a mí me acusaron de lo mismo. No se puede presenciar en calma la superstición y torpe ignorancia que se necesita para creer tales despropósitos. Se comprende que haya un pueblo ignorante que lo crea; ¡pero que haya una institución que lo legalice y una sociedad que lo tolere en estos tiempos!... Da vergüenza de pertenecer al linaje humano cuando se ven ciertas cosas.

-Ya comprendo yo que todos le teman a usted y le miren con recelo como un nombre extravagante y peligroso -dijo Susana con su seriedad acostumbrada-. Yo no he visto personas tan revolucionarias como usted, ni que se burlen con tanto descaro de las cosas santas.

-Es cierto; usted no había conocido otro como yo, y por eso sin duda le parezco tan raro. Mi dolor consiste en que veo a mi lado pocos así, lo cual me paraliza, obligándome a vivir a solas conmigo mismo.

-Ya encontrará usted -dijo Susana-, si no es que poco a poco se corrige usted de su furor, y le tenemos devoto y manso, en vez de fiero y atrevido como hoy es.

-No es fácil; yo soy muy desgraciado. Tendré al fin que irme lejos de mi patria, a otros países donde los hombres puedan decir públicamente lo que piensan sin ser encerrados en calabozos por un Tribunal de gente feroz y corrompida.

-Vamos -indicó Susana, con un poco menos de seriedad de la que antes había tenido-. Trate usted de corregirse y le irá mejor. Sea usted como los demás, y tal vez sea feliz. Por lo que he podido entender, usted es una persona que podría ocupar un buen puesto en la sociedad si no fuera tan enemigo de ella. No le faltaría protección sin duda.

Martín no podía, a pesar de sus inveterados rencores, mostrarse repulsivo a tales pruebas de benevolencia, mucho más cuando la hija de Cerezuelo, con frases laterales y de soslayo, le había ofrecido su protección. No dejó de comprender el valor de aquella protección, a pesar de su arrogancia, y decidió no decir cosa alguna que trascendiera a ingratitud o descortesía.

-Pensar que yo intente medrar arrojándome a los pies de lo que más aborrezco, es locura. Eso no está en mi carácter.

-¡Ah! -dijo Susana, echando su cabeza fuera del manto en que la tenía arrebujada-, ya sé por qué dice usted eso: ¿que no se arrojará a los pies de lo que más aborrece? ¿Lo dice usted por nosotros?

-¡Ah!, no, señora; no me acordaba de resentimientos que, aunque siempre vivos, sé dejar a un lado en ciertas ocasiones.

-Nosotros -añadió la dama- no pretendemos que usted se arroje a nuestros pies, ni necesitamos para nada sus servicios.

-No me he referido a la familia de usted, de quien no espero nada y a quien tampoco estoy dispuesto a servir.

-¿Pero nos guarda usted un rencor tan grande?... -Preguntó Susana con sonrisa irónica que turbó a Muriel.

-Yo no quería hablar de lo pasado. Ahora, el propósito de usted de sacar de la prisión a mi amigo me impone un sentimiento de gratitud que yo no puedo sofocar. Pero antes de esto, usted dirá, con la mano puesta en su corazón, si tengo yo motivos para idolatrarles a ustedes.

-¡Ah!, usted se deja arrastrar por la pasión; en casa no ha habido crueldad ninguna con su padre de usted, y si fue preso, los Tribunales de Granada lo hicieron sin influjo ninguno de casa.

-Perdone usted si no lo creo, -dijo Martín-; yo estoy bien enterado de lo que pasó.

-También nos acusa usted de haber abandonado a su hermanito, cuando él se huyó de nuestra casa, arrastrado por su afición a la vida vagabunda. Pero se le encontrará, yo lo espero. He mandado que se haga toda clase de diligencias, sin omitir gasto alguno, y espero que será encontrado.

-¿Sí? ¿Usted ha mandado?... -preguntó Martín, confuso-. ¿Cuándo?

-Hace dos días.

-Por Dios que ha sido algo tarde, señora; y si esas diligencias se hubieran hecho a su tiempo yo no lamentaría esta desgracia, una de las que más me han afectado.

-Yo no he tomado esa determinación hasta que he sabido que la pérdida de Pablillo era considerada como una desgracia.

-¡Ah, es verdad! -dijo Martín tristemente-; los grandes señores siempre ven desfigurado lo que está más bajo que ellos. La soledad y abandono de un huérfano, despreciado por todos los que en la casa vivían, desde el amo hasta el último criado, les parece cosa muy natural y que no merece la pena de pensar en ello. Era preciso que yo me lamentara de semejante conducta para que usted se convenciera de que mi hermano merecía algún agasajo. De todos modos, yo le agradezco a usted la resolución que ha tomado, aunque algo tardía. No dirá usted -añadió sonriendo- que esta ferocidad mía es completamente inútil.

-¡Ah! -dijo Susana, mirándolo con cierta expresión de burla-, ¿cree usted que le tengo miedo?

-No, miedo, no. Pero nadie puede librarse de la influencia de los demás. A veces no tenemos intención de hacer una cosa buena y la hacemos, impresionados por algo que vemos o que oímos.

-¡Ah!, no... Lo que usted haya podido decirme no me ha impresionado nada. ¡Si viera usted cómo me reí de usted aquel día, cuando me habló con un lenguaje que hasta entonces creo que dama alguna ha podido oír!...

-Yo quería olvidar eso -dijo Martín-. Es verdad que estuve violento; pero yo tenía motivos... Cuando supe quién era usted... no sé si sentí cólera o alegría... ¿No es verdad que aquello parecía una burla providencial? ¡Bailar juntos nosotros! ¡Yo que soy de humilde cuna y que llevo un nombre que no se pronuncia sin horror en la casa de Cerezuelo! ¡Usted de alto linaje, celebrada por su hermosura! ¡Y la casualidad nos juntó, y hablamos como si un abismo de rencores y de diferencias sociales no existiera entre nuestros dos nombres! ¿No es esto para sentirse orgulloso y poder hablar con algún desembarazo?

Susana se sentía humillada, y en vano trataba de dar sesgo festivo al asunto. Su forzada sonrisa no sirvió sino para levantar a Muriel, cuyo orgullo iba tomando grandes vuelos.

-Tenga usted franqueza -añadió él-. ¿No se ha estremecido usted de indignación siempre que ha recordado aquel día y aquella conversación? Yo, seré sincero, lo considero como uno de los más gloriosos de mi vida.

-Usted quiso humillarme -dijo Susana, renunciando a quitar su sentido serio a aquel recuerdo.

-Y lo conseguí. Aquí, hablando con intimidad como hablamos, ¿podrá usted negarlo? Eso le probará a usted que sólo las circunstancias ensalzan o deprimen a las personas, y que la mejor posición social es la que dan las virtudes o el valor. Un accidente, un engaño, un disfraz junta lo que la sociedad quiere y ha querido siempre que no se junte.

-Y todo eso es para probar que fue una humillación haber bailado con usted -dijo Susana, con picante ironía-. Pues sepa usted, que varias veces he bailado con manolos y chisperos en las verbenas de Santiago y San Juan.

-Pero a ninguno de los que fueron sus honrosas parejas mandó llamar usted después, de noche, para hablar con él a solas en su casa.

Este rasgo de atrevimiento que Muriel no meditó bastante fue tal, que casi estuvo a punto de producir una de las explosiones de soberbia que en Susana eran frecuentes, y por la cual hubiera despedido bruscamente a Muriel como descortés y grosero; pero la misma audaz desenvoltura de la frase la contuvo. La sorpresa no le permitió incomodarse, y además su orgullo temblaba ante un orgullo mayor.

-Usted -añadió Martín, tratando de que su insinuación anterior fuese galante sin que dejara de ser enérgica- no trató de confirmar la humillación recibida, proporcionando a uno de esos manolos o chisperos la felicidad de verla y hablarla.

-No creía que fuera usted vanidoso hasta ese extremo -repuso Susana, que no encontró por más esfuerzos de imaginación que hizo, mejor ni más adecuada respuesta.

-¡Ah!, no; yo soy soberbio con los orgullosos, pero me empequeñezco y me confundo en presencia de los que descienden hasta mí. Yo, lejos de zaherir a usted por esta repentina deferencia que me muestra, me complazco en encontrarla digna de mayor estimación. Usted se ha engrandecido a mis ojos. En mi vida he despreciado más que aquel día, cuando tan violentamente reñimos en la Florida; después todo ha cambiado; los sentimientos sufren a veces asombrosas reacciones, y ¿quién sabe adónde podrán llegar los míos respecto a personas que antes me inspiraron profunda aversión?

Susana callaba, mirándole con asombro; le veía crecer por grados. Él mismo a quien ella creyó deslumbrar con su favor repentino, obligándole a abdicar sus preocupaciones y su entereza, estaba allí más elevado que nunca, desafiando a la que quería empequeñecerle con inmerecidos obsequios.

-Usted no sabe apreciar la benevolencia que tengo por usted y el interés que me tomo por su amigo. Usted va más allá... -dijo Susana echando más atrás el manto y descubriendo todo su busto.

-No voy más allá; estoy en lo cierto. No veo en la bondad de usted otra cosa que lo que debo ver; una satisfacción por los ultrajes que ha recibido y una protesta contra la humildad de mi posición y de mi fortuna. Usted ha tenido el instinto de la justicia y me concede, tal vez sin saberlo, lo que yo merezco: consideración, aprecio, afecto todo lo que busco y no hallo en el mundo.

Susana estaba confundida. Sus grandes ojos negros habían renunciado a la afectación del dulce marasmo en que la encontró Martín, y recobraban la viveza y animación que a tantos espíritus habían turbado, y sin embargo, se sentía débil; Muriel no se arrastraba humillado y vencido a sus pies, sino que se presentaba tratando de igual a igual, de potencia a potencia. No contestó a las últimas palabras del joven y parecía meditarlas con la profundidad y fijeza del matemático que anda a vueltas con una ecuación. Después de un breve rato en que esperó en vano que Martín dijese algo más, Susanita, como si reanudara un concepto interrumpido, exclamó:

-Debe usted hacerlo, sí; debe usted hacerlo.

-¿Qué, qué debo hacer? -dijo Martín, sorprendido de aquellas palabras que eran la primera expresión de un largo razonamiento que la dama había hecho para sí.

-Lo que le he dicho.

-No recuerdo.

-Usted debe variar de ideas -afirmó Susana con un interés que no acertó o no quiso disimular-. Usted está llamado a ocupar un elevado puesto en el mundo, y puede llegar a él si tiene más prudencia.

-No sé qué puesto es ése ni cómo he de conseguirlo.

-¡Oh! Pues no hay cosa más sencilla -dijo la petimetra incorporándose y echando más atrás el manto, que dejó descubierto su cuerpo, vestido con elegante chaquetilla de terciopelo negro recamado de pasamanería-. Usted, por su carácter y su entendimiento, debía procurar elevarse en vez de insistir en mantenerse a flor de tierra insultando a las clases altas. Si usted entrara en relaciones con las gentes que tanto aborrece y se convenciera de que sólo a su arrimo puede adquirir una buena posición; si olvidara al fin su humilde cuna, ¿quién sabe el porvenir que Dios le tendrá reservado?

-Lo que usted me aconseja es que me venda, como si dijéramos.

-No, usted no ha comprendido bien: inclinar sus talentos hacia otro fin, procurar asemejarse en costumbres a personas más altas de la sociedad, conquistar el favor de los poderosos, desempeñar algún cargo elevado, ganar reputación y aprecio, tal vez un título de nobleza.

-La oigo a usted con curiosidad -dijo Martín riendo-. Esto me divierte.

-No sé que haya dicho ningún despropósito -replicó la dama desconcertada.

-¡Yo pretendiendo un título de nobleza!... Eso es una burla... ¿Y me lo aconseja usted? Vamos, no creí yo merecer una burla tan fina y al mismo tiempo tan amena.

-No es broma, no; no le faltará a usted quien le proteja. Sea usted como los demás, como todos, y confíe en la Providencia.

Como se ve, Susana quería elevar a Muriel hasta ella, mientras éste, según aparece en el resto del diálogo, pretendía hacerla descender hasta él. Quién logró al fin su objeto es cuestión que se verá aclarada en el transcurso de esta historia. Por de pronto, Martín acogía con joviales respuestas las raras proposiciones de la petimetra, y decía:

-¿Si al fin me convertirá usted? ¡Oh! Si no me convierto no será porque el apóstol deje de tener elocuencia.

-¿Usted no siente halagada su imaginación por la idea de ver apreciados en el mundo su carácter y sus hechos? -dijo Susana echando más hacia abajo el manto, que ya parecía darle demasiado calor-. ¿Usted sacrificará todo a esas ideas extravagantes que nadie tiene más que usted y otros locos por el estilo?

-Sí, sí, señora -replicó Martín con cruel ironía-; yo hago todos los sacrificios imaginables por medrar, como usted dice, y me arrastraré a los pies de los poderosos y les pediré una triste ejecutoria y un escudo lleno de garabatos para vergüenza de los míos y satisfacción de mi persona. Yo soy a propósito para el caso, no lo dude usted.

-Veo que usted no toma en serio lo que le he dicho. Usted tiene más orgullo que los más insolentes señores.

-Sí, no lo niego. Negarlo seria una hipocresía. Yo tengo orgullo, y muy grande; pero no es orgullo de raza ni fortuna, sino de sentimiento y de creencias. He aquí mis pergaminos. ¿Y usted me pide que los eche al fuego y los trueque por los que enaltecen a esos caballeros que le dan a usted las pastillas y los pañuelos empapados en esta o la otra esencia?

-Calle usted -dijo Susana, como despreciando aquel recuerdo.

-Entonces -continuó Martín- seré un hombre de valer y merecedor de lo que ahora no se me quiere dar. Entonces no habrá personas que se avergüencen de ser benévolas conmigo; entonces los que se sientan más o menos inclinados a mi compañía, podrán verme a la luz del día y no a hurtadillas y con sonrojo. Entonces no se me humillará ni habrá nadie que se crea exento de tener para conmigo y los míos aquellas consideraciones que la caridad exige. ¡Qué grande hombre seré el día en que me decida a seguir ese consejo! ¿No es verdad?

Susana se sintió otra vez débil ante este verdadero bofetón moral. No le era posible conseguir su objeto, que era quebrantar la entereza de aquel pobre joven, obligándole a poner su conciencia a los pies de una categoría y de una belleza. Él se crecía cada vez más a los ojos de la dama, acostumbrada a matar con alfilerazos los afeminados corazones de sus galanes. Aquél era fuerte y temible, y su espíritu no consentía extraño dominio.

Cuando el joven concluyó, bien porque Susana no supo contestar, bien porque entraba en su cálculo el silencio, no profirió palabra, y sólo después de largo rato arrojó lejos de sí el manto, diciendo:

-No se puede resistir este calor.

Martín pudo entonces mejor que antes observar la bella actitud de aquel cuerpo perezoso que se extendía sobre el sofá, sofocado por el calor y libre ya del abrigo que le cubría. ¡Qué rara escena aquella en pleno año de 1804, cuando el hogar doméstico no se había abierto aún a la audacia exterior por la relajación; cuando las escaleras de una casa, inspeccionadas por los cien ojos de un susceptible recato, eran inaccesibles a los galanes! Es preciso hacerse cargo de la independencia de carácter de Susana, de su desprecio a todas las prácticas sociales para que desaparezca la inverosimilitud de semejante entrevista que, si hoy podría parecer en extremo peligrosa, entonces era tal que habría merecido los más horrorosos castigos. La petimetra no se los hubiera dejado imponer, porque imperaba como reina absoluta en la casa; pero el escándalo hubiera sido espantoso, y los Enríquez de Cárdenas se habrían creído deshonrados por saecula saeculorum.

-Veo que no se puede sacar partido de usted -dijo Susana buscando nueva posición en el sofá.

-Cierto es -contestó el joven-; de mí no se puede sacar partido. Es preciso dejarme entregado a la ventura. Probablemente yo seré siempre un extravagante, y nunca me seducirán las grandezas ni las ejecutorias. Es triste que para establecer ciertos lazos que la Naturaleza pide y exige, sea necesario a veces salvar los grandes desniveles que hay entre las personas. Pero no hay remedio, la sociedad, llena de aberraciones, así lo exige. Los que la Naturaleza ha hecho iguales, el mundo pone en tan diversas condiciones, que es necesario sucumbir y renunciar a todo lo que no sea vida enteramente ideal.

Estas palabras, aunque algo misteriosas, fueron perfectamente entendidas por Susana, que, fijos los ojos en Martín, contestó afirmativamente con la cabeza, mostrando gran convicción. Cansose de la postura que poco antes había tomado, y culebreaba en el sofá buscando nuevas actitudes a aquel cuerpo cansado de su cansancio. Había tomado un abanico y se daba aire lentamente. Ya se apoyaba en el codo izquierdo, ya se dejaba caer, tan pronto alzaba la cabeza como la inclinaba hacia atrás, dando la mayor latitud posible a su garganta; a veces su barba era el punto más alto de la cabeza, a veces la pegaba al seno como si la tuviera clavada; ya tomaba por base la cadera izquierda, ya se extendía de plano; a veces agitaba el pie derecho, sacudiendo el zapato puntiagudo y mal calzado; a veces recogía sus piernas, echando las rodillas fuera del sofá, y estaba tan inquieta, que a no saber nosotros que su enfermedad era puro artificio, la juzgáramos realmente atacada de algún ligero accidente nervioso.

El joven filósofo, a pesar del predominio que la inteligencia tenía en su espíritu sobre toda facultad, poseía también en alto grado, según la escuela revolucionaria de Rousseau, el sentimiento de la Naturaleza, y fuerza es confesarlo, en aquel momento la petimetra no le inspiraba ningún afecto puro. Aquella escena, que parecía ser el presagio del romanticismo, más tarde imperante, impresionó vivamente sus sentidos. No llegaba su rigorismo filosófico-político hasta el extremo de darle aquella entereza ascética que es propia de los que cultivan el alma a costa del cuerpo; mas a pesar de su fascinación, que era grande, la petimetra, como ser moral, había descendido bastante a sus ojos.

Es evidente que aquello halagaba su vanidad, porque ni aun estando las compensaciones y los castigos providenciales en manos de los hombres se podría obtener una venganza más atroz de la aborrecida familia que en contrapeso de tantas injusticias le entregaba su honor. Aun en tales momentos, aunque parezca extraño, la idea no se eclipsó por completo en su espíritu y quiso razonar en breves palabras una situación que por su índole especial debía ser lacónica.

-Yo no necesito elevarme. ¿Esto que pasa no le prueba a usted nada? Que me place ver aplacados a mis enemigos, no por la fuerza ni por el convencimiento, sino por la Naturaleza, que es mejor niveladora que la razón. Yo no puedo permanecer rencoroso cuando de esta manera se me confiesa que todos somos iguales.

Susana oyó estas palabras cuando se incorporaba en el sofá, cansada ya de estar con la cabeza atrás, rodeándola con sus brazos como si fuera un marco. Sentada, con una mano puesta en la rodilla y la otra sirviendo de apoyo al cuerpo, con la mirada fija y sin pestañear, semejaba una estatua antigua. La expresión de su semblante varió por completo. Parecía haber recobrado repentinamente el dominio sobre sí misma, perdido hacía poco, y haciendo un gesto de fastidio, dijo:

-Veo que usted abusa de mi bondad.

En el colmo de la confusión por aquel inesperado cambio de actitud, de palabras y de expresión, Muriel preguntó:

-¿Por qué, señora?

-Porque me dice usted cosas que no esperaba yo oír en boca de una persona que debía guardarme mayor respeto. Hay personas que desde el momento en que creen merecer algún servicio aspiran a... Retírese usted.

-¡Ah!, señora, no creí hacer otra cosa que contestar a lo que usted me decía.

-He tenido la debilidad de entretenerme un rato oyéndole... Pero ya me ha mareado usted bastante.

-Ciertamente, no valía la pena de que usted me hubiera detenido. Mi intención era tan sólo estar un momento.

-Petra, Petra -dijo Susana llamando.

La criada no tardó en venir. Susana, dirigiéndose al joven, añadió:

-Es usted demasiado exigente; yo no puedo hacer otra cosa que pedir que se haga. Salga usted de una vez.

Estaba muy agitada y se había levantado del sofá, donde su manto, aplastado y lleno de arrugas, hubiera sido un fatal dato para cualquier malicioso que no conociera lo que allí había pasado.

-Señora -manifestó Martín sonriendo- le agradezco su empeño, pero no se tome grandes molestias por conseguirlo. Yo lo intentaré por otro conducto.

-¡Oh!, es usted lo más impertinente... Pero no esté usted más aquí. Petra, llévale fuera... ¡Oh, qué pesadez, tanto tiempo aquí!

-Ya me voy señora -dijo Martín-; deseo a usted mejor salud de la que ha tenido esta noche. Adiós.

Y salió, dejándola en un estado que no podemos decir si era de ira o de abatimiento, si de despecho o de dolor.

Entretanto, Muriel salía y tornaba el camino de su casa, creyendo que nadie reparaba en su persona. ¡Qué error! La confusión y aturdimiento de que iba poseído, le impidieron sin duda reparar que un hombre embozado, que a alguna distancia del portal de la casa estaba paseándose, le vio salir y le siguió después desde lejos por todas las calles que fue preciso recorrer para llegar a la de Jesús y María.




El audaz de Benito Pérez Galdós

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