El audaz: 15

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Capítulo XV - La princesa de Lamballe[editar]

Susana, al verse arrebatada por aquellos hombres, de los cuales no conocía más que a uno, se esforzó en pedir auxilio; pero no le fue posible hacerse oír. Metiéronla en un coche, que a buen paso atravesó la villa de un extremo a otro, y al llegar a la calle de San Opropio, la violenta impresión recibida, la angustia de aquella situación, el terror que le causaba el mismo Martín por las especiales circunstancias de su conocimiento con él, habían abatido su ánimo valeroso, y perdió el conocimiento. Martín solo la cargó en sus brazos y la entró en la casa.

No se extinguió en ella toda sensación durante el tránsito de la taberna a la casa. Antes de volver de su letargo creía darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor: creyó sentir que los fuertes brazos que la tenían asida la dejaban sobre el suelo, después sintió que a las voces de los que la acompañaron se unía alguna otra voz desconocida, y que juntos hablaban con mucho calor, nombrándola con frecuencia, lo mismo que a su tío y a su padre. Después los infernales acentos se alejaban, juntamente con los pasos de aquellos hombres, y se sentían crujir bajo sus pies las maderas de una desvencijada escalera; luego los mismos pasos resonaban sobre las baldosas de un patio, y, por último, el ruido de varias puertas y el chirrido de los cerrojos parcela indicar que habían salido dejándola sola. Silencio sepulcral reinaba en torno suyo.

Cuando abrió los ojos creyó salir de una pesadilla; pero a medida que su entendimiento se despejaba, iba adquiriendo el sentido real de su situación. En poco tiempo se serenó, y pudiendo adquirir la certidumbre de que no soñaba, examinó el sitio, se movió, y un ruido seco de hojas de maíz le hizo comprender que se hallaba en un jergón. Extendió la mano y tocó una silla que, falta de equilibrio, golpeó el suelo repetidas veces con una de sus desiguales patas. ¿Estaba presa? ¿Era aquello un calabozo donde la encerraban para toda la vida? La puerta del cuarto estaba abierta, y por ella entraba clarísima luz de luna. Hizo un esfuerzo de ánimo y se aventuró a salir. Dio algunos pasos por la habitación, y saliendo al corredor vio un vasto cuadrilátero formado por doble columnaje de madera, y abajo un ancho patio con montones de escombro. No vio un ser vivo en tan ancho recinto. Puso el oído atento y no sintió ruido alguno. A pesar de su mucho ánimo en ocasiones ordinarias, no se atrevió a dar un paso por aquel corredor solitario y frío. «¿Estoy soñando?», se dijo repetidas veces, mientras veía y palpaba la realidad.

«¿Quién me ha traído aquí? ¿Qué sitio es éste?». He aquí terrible problema que la oprimía el cerebro como un anillo de fuego. Esperó a ver si parecía algún ser humano, aunque no estaba segura de si lo deseaba o lo temía; pero nadie pareció. La casa seguía muda como una mansión encantada; nada ante sus ajos tenía animación ni vida. Aquello era un vasto sepulcro donde estaban muertas la Naturaleza, la atmósfera, la luz. Hasta le parecía que la Luna no verificaba en el cielo su rápida traslación, y que las nubes, como el hermoso astro de la noche, permanecían clavadas e inmóviles sobre un fondo obscuro como las pinturas de un telón.

Al fin creyó sentir a su derecha ruido semejante al de una sucia que se arrastra: miró y vio un bulto al extremo de un corredor. Fijó su atención y observó que se aproximaba. Era una cosa viva, un hombre tal vez. Desde lejos Susana no percibía más que un cuerpo alto y enjuto, vestido con traje talar; mas aquello, hombre, aparición o lo que fuera, se acercaba; ya se le podía distinguir perfectamente, y la joven sintió un terror tan grande, que no tenía memoria de haber experimentado nunca sensación igual. Sudor frío corría por todo su cuerpo y temblaba como si se hallara sometida a la acción de un frío glacial. No se atrevía a huir, porque volver la espalda le infundía más temor que mirar cara a cara aquella visión silenciosa. Hizo nuevos esfuerzos de valor, y se asombraba de que, habiendo mostrado tanto corazón en anteriores ocasiones, se hallara entonces cobarde y aterrada como un niño. La sombra avanzó más y se paró a unos diez pasos de distancia. Susana reconoció las facciones de un viejo decrépito y horrible que la miraba atentamente con expresión de ira.

Cuando la hubo contemplado un buen rato, dijo con cavernosa voz:

-¡Infame, perra aristócrata! Mañana es tu último día, mañana morirás. Beberemos tu sangre y pasearemos en una pica tu cabeza, vil aristócrata, para escarmiento de todos los de tu raza. ¡Mañana, mañana! ¡Tiembla a la salida del sol!

Susana hizo un esfuerzo para huir de quel terrible espantajo; pero su propio miedo la tenía clavada en el antepecho del corredor.

-Sí, miserable y orgullosa aristócrata -continuó el viejo- para ti no habrá perdón. Mañana es el gran día, mañana es el 2 de septiembre. Se afilan las cuchillas. El pueblo ha sufrido muchos siglos, y mañana tomará venganza de tantos crímenes. ¡Ah, perversos! Pensasteis que vuestro poder no acabaría nunca. Ha llegado la hora del exterminio.

Al decir esto, el anciano se acercó hasta ponerse a dos pasos de Susana, en cuyo rostro clavó sus ojos extraviados y feroces. Entonces alargó su brazo y puso la mano sobre el hombro de la joven, que se replegó creyendo sentir sobre sí la helada mano de la misma muerte.

-¡Ah, desgraciada princesa de Lamballe! -exclamó La Zarza-. No te valen ni tu hermosura, ni tus riquezas, ni tu ilustre cuna, ni ser amiga de la reina, ni ser hija del duque de Penthièvre. Te han encerrado aquí para inmolarte mañana entre miles de cadáveres. Tu sangre, con la sangre de un sinnúmero de nobles, suizos y cortesanos, correrá, formando arroyos, por las calles. El pueblo se gozará en abofetear tu cabeza. Pocas horas te restan: el alba se acerca, encomiéndate a Dios. Tus carceleros serán implacables. ¡Muerte, muerte!

Al decir esto, hizo presa con sus afilados dedos en el hombro de Susana, apretó con creciente fuerza, y la dama, ya en el último grado de terror, aturdida, desesperada, loca, al sentirse aprisionada por aquella garra de acero, lanzó un agudísimo grito, y cayó al suelo sin sentido.




El audaz de Benito Pérez Galdós

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