El audaz: 19

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El audaz
Capítulo XIX
 de Benito Pérez Galdós


Capítulo XIX - La sentencia de Susana[editar]

I[editar]

Don Miguel de Cárdenas, vencido por su acerbo dolor, continuaba rechazando todo consuelo. Nadie entraba en su cuarto a arrancarlo de sus tristezas; y tal era su hipocondría que ni aún había querido ver a su hermano el conde de Cerezuelo, llegado al mediodía en litera postrado y moribundo. Al saber la noticia del secuestro, el pobre solitario de Alcalá, que se hallaba en fatal estado de salud, se empeoró de tal suerte que el Sr. Segarra tuvo serios temores y llamó a todo el protomedicato de la ciudad complutense.

A pesar del dictamen contrario de los médicos, el Conde se empeñó en ir a Madrid, y no hubo remedio: fue preciso encajonarlo, exánime y calenturiento, en una litera y trasladarle a la Corte. La idea de que su hija había sido robada por Martín Muriel, y la idea aún más espantosa de que su hija había concebido una violenta pasión por aquel hombre abominable, turbaron su ánimo de tal modo que parecía estar próximo el instante en que aquel espíritu acabara de aburrirse en este mundo.

Su hermano no quiso verle, sin duda porque no se renovara el dolor de uno y otro. Subieron al Conde y le prodigaron los auxilios que D. Miguel rechazaba, pero el pobre viejo llamaba a Susana sin cesar.

Caía la noche, y D. Miguel esperaba con mortal ansiedad a su barbero. Este llegó al fin por la puerta excusada, diciendo a la servidumbre que venía por unas pelucas, las cuales era menester limpiar.

-¡Ah! al fin viene usted -dijo D. Miguel en voz baja-; ya estaba yo con cuidado...

-Esté usted tranquilo, todo va bien. Le prometí a usted que no parecería, y no parecerá.

-¡Oh!, baje usted la voz; me parece que nos han de oír las paredes. ¿Sabe usted que ha llegado mi hermano de Alcalá? ¿No siente usted su voz allá arriba?

En efecto; de vez en cuando se sentían los lastimeros quejidos del Conde y las angustiosas voces con que llamaba a su hija:

-¡Infeliz! -dijo D. Buenaventura-. ¡Cómo la llama! Pero es lo cierto que no parecerá.

-¿Qué ha hecho usted? ¡Oh!, me estremezco al pensarlo... ¡Un espantoso crimen!

-Tranquilidad, amigo, calma. Hace un rato que Muriel ha querido ponerla en libertad.

-¡En libertad! ¡Entonces todo perdido!

-Pero ya he conseguido disuadirle, y cuando él vuelva a casa... ya será tarde.

-¡Oh! ¿Se atreverá usted a...? -murmuró Cárdenas con voz tan floja y débil, que parecía modulada por las sábanas.

-Cuando es preciso hacer una cosa, se hace.

-Es tremendo; pero... Y él, ¿no lo impedirá?

-Él parte esta noche. No creo que vuelva a casa, porque ya le he dado las cartas que ha de llevar; pero si llega... no encontrará más que un cadáver.

-¡Silencio, oh, silencio! -exclamó Cárdenas lívido y tembloroso-, pueden oír...

-Cuando se descubra, ¿a quién puede imputarse el hecho sino a él?

-¿Pero, cómo, cómo, quién? -preguntó Cárdenas más con las miradas que con la voz.

-Es cosa segura. Doloroso es, pero no hay otro remedio. Voy a explicar a usted lo que he dispuesto, y lo que debemos hacer aquí. Sotillo tiene mano segura, y como experto en esta clase de negocios, lo hará bien.

-¿Sotillo?... ¡Ah!

-Sí, a las nueve... son las ocho y tres cuartos... A las nueve, cumplirá su encargo puntualmente. He fijado esta hora porque Martín no puede ir antes a la casa si es que va, que no lo creo. Está en San Francisco con fray Jerónimo.

-Bien... ¿Y a las nueve?...

-A las nueve... se acabó. Él puede hacerlo antes si quiere; pero después, de ninguna manera.

-¿Y cuándo lo sabremos a punto fijo? -preguntó Cárdenas, siempre receloso, y no atreviéndose a creer en el feliz éxito del crimen.

-Pronto, muy pronto; verá usted lo que he dispuesto. Cuando todo está concluido, Sotillo vendrá aquí y dará con su bastón dos golpes en esa ventana que da a la calle del Factor. Esos golpes indicarán que la cosa está hecha y que ha salido bien.

Cárdenas miró a la ventana con aterrados ojos como si ya escuchara en ella la fatal seña. Después los dos personajes callaron y estuvieron largo rato sin mirarse. Don Miguel tenía un aspecto cadavérico a causa no sólo del ayuno que se había impuesto para fingir mejor su pena, sino de la emoción profunda que experimentaba en aquel momento. Rotondo tampoco estaba tranquilo, por más que se esforzara en parecerlo: aquella noche se le veía con más recelo que de ordinario. No daba un paso sin mirar a todos lados; hablaba con voz apagada y tenue, y además una intensa palidez cubría su semblante, del cual había desaparecido el mohín festivo que le era habitual. Si al lector le fuera posible poner su mano derecha en el corazón de uno de ellos y su izquierda sobre el del otro, se haría cargo de la situación de espíritu de aquellos dos hombres callados, lívidos, esperando atentos y temerosos, a la vez con miedo y con deseo, la señal que indicaba un espantoso crimen. Al menor ruido que sonaba en la calle, los dos se estremecían, pero no se miraban. De vez en cuando Cárdenas exhalaba un hondo suspiro, y Rotondo volvía la cabeza, recorriendo con la vista todo el recinto de la habitación.

Pasaron minutos y minutos: dieron las nueve, las nueve y media, y la señal no sonaba. En la habitación había una ventana con celosía, al través de cuyos calados podía verse perfectamente la cabeza de los que por la calle pasaban. Pasaron algunos, y al sentir los pasos Rotondo dirigía rápidamente la vista hacia aquel sitio. El tiempo corría lento y angustioso, como si se empeñara en alargar el momento fatal; pero al fin se sintió en la ventana el chirrido discordante que produce un bastón al pasar rezando con una celosía. Los dos se estremecieron y miraron; una sombra cruzó por la calle; el ruido se repitió al poco tiempo. Era la señal; ya no había duda.

-Ya... -dijo D. Miguel con voz que parecía la última modulación de un moribundo.

-Ya... -repitió Rotondo procurando vencer su agitación.

Éste se levantó y se acercó a la celosía; al través de ella reconoció a Sotillo, que se paseaba a lo largo de la calle. Al volver a su asiento, la fisonomía de Cárdenas le infundio espanto. Estaba lívido, con los ojos desmesuradamente abiertos, suspenso el hálito y las manos apretadas contra el pecho. Después se apoderó de él un repentino abatimiento, y exclamó con voz dolorida: «¡Pobre Susanilla!».

-Ya no existe -dijo Rotondo esforzándose en cobrar su acostumbrada serenidad.

-¡Oh!, yo no puedo resistir esta impresión -añadió Cárdenas-. Me parece que la veo, me parece que va a entrar por esa puerta.

Don Buenaventura, a pesar de su carácter refractario a la superstición, no pudo librarse de una corriente glacial que circuló por todo su cuerpo. Miró detrás de sí como el que espera ver un espectro, pero pronto recobró el dominio sobre sí mismo, se sonrió y dijo:

-Tranquilícese usted. Todavía nos falta algo que hacer. ¿Puedo salir y volver a entrar sin que me vean en la casa? Necesito hablar un instante con ese hombre.

Cárdenas no contestó. Don Buenaventura estuvo dudando un momento y al fin salió por la puerta excusada, estando fuera unos diez minutos. A su vuelta, su amigo estaba en la misma postura, con los ojos fijos en la misma parte del suelo, los brazos caídos y la ropa en desorden.

-Todo ha concluido -dijo Rotondo-. ¡Oh!, el maldito se empeña en que ahora mismo le de la recompensa que le prometí. Le he mandado que se aleje al instante.

Al decir esto, se miraba atentamente su ropa.

-Temo -continuó- que me haya manchado de sangre; venía hecho un carnicero. No; no me ha manchado.

Acto continuo cerró la ventana y se sentó junto a su amigo.


II[editar]

-Aún falta algo que hacer -dijo.

-¿Qué?

-Usted llama ahora a su familia y le dice que ha recibido un aviso indicándole el sitio donde está secuestrada Susanita.

-¡Irán allá! -exclamó Cárdenas con horror.

-Pues precisamente: eso es lo que se quiere. ¿Continúa el doctor activando las pesquisas?

-Sí; ¿y el marqués, a quien al fin han sacado esta tarde de la cárcel? Está hecho una furia y en poco tiempo ha revuelto todo Madrid: le busca a usted con mucho afán. La Pintosilla está presa.

-Pues ya ve usted. Esta situación tiene que concluir. Si me persiguen con tanto ahínco, es probable que al fin den conmigo. No hay otro medio para aplacar a esa gente que hacerles encontrar lo que buscan. Sólo así me dejarán en paz.

-Hacerles conocer la casa de la calle de San Opropio, ¿no es eso? -preguntó Cárdenas tratando de ver claro el plan de su amigo.

-Precisamente: eso había yo pensado al terminar lo que ha pasado. La casa queda enteramente abandonada: he hecho salir de allí a la vieja que la guardaba, y he sacado todos mis papeles. No encontrarán más que a La Zarza y el cadáver de la pobre Susanita.

-¡Oh!, no la nombre usted -dijo Cárdenas con nuevo terror-; me parece que la veo, que la veo entrar...

-Ahora se hace lo siguiente: usted llama al marqués y le dice que hallándose en este cuarto entregado a su acerbo dolor, un hombre ha pasado por la calle; se ha detenido junto a la ventana y ha arrojado dentro un papel... aguarde usted, voy a escribirlo -añadió, haciendo con febril agitación lo que decía-. Este papel... un anónimo que dice simplemente: «Calle de San Opropio, núm. 6». No hace falta más... Le envolvemos en una pieza de dos cuartos para simular mejor que lo han tirado.

Todo esto lo hacía y decía Rotondo con tal precipitación y viveza, que el perezoso entendimiento de su amigo tardaba en comprenderlo. Al fin se hizo cargo de la estratagema y la creyó excelente.

-Ahora yo me escondo -dijo D. Buenaventura-, mientras usted llama al marqués.

-En la escalerilla de la puerta excusada; nadie puede pasar por ahí.

Ocultose Rotondo, y D. Miguel tiró de la campanilla. Al punto entraron dos criados y doña Juana.

-Mirad, mirad -exclamó Cárdenas enseñando el papel- mirad lo que han arrojado por la ventana.

-¿Quién?

-Un hombre... uno que pasó... ¿Será esto una revelación?

-¡Oh!, sí... calle de San Opropio, núm. 6 -dijo el marqués, que también había acudido al sentir el fuerte campanillazo.

-Corred, corred allá -dijo Cárdenas dejándose caer desfallecido en el lecho.

-Vamos al instante, sin perder un minuto. Esto ha de ser un aviso -añadió el marqués saliendo del cuarto.

-¿Y mi hermano? -preguntó D. Miguel a su esposa.

Ésta, por toda contestación, elevó los ojos al cielo y exhaló un hondo suspiro.

-¡Oh!, quiero estar solo; no quiero ver a nadie. Váyanse todos de aquí -dijo el tío de Susana hundiendo la cara entra las almohadas.

-Por Dios, así no puedes vivir -exclamó su esposa-, te acompañaremos; tú estás muy mal; tienes una calentura horrorosa.

-Déjame, no; no quiero nada.

-¿No estaba aquí el maestro Nicolás?

-¡Ah!... no -repuso Cárdenas con agitación-. Estuvo, sí, por unas pelucas; pero se ha marchado. Déjame, vote; quiero estar solo.

Insistió la dama; pero al fin, viendo que no podía vencer la tenacidad del atribulado consorte, se retiró. El despacho quedó otra vez en profundo silencio, y D. Buenaventura apareció de nuevo.

-No haga usted ruido, por Dios... -dijo Cárdenas al ver a su amigo, cuya figura, al destacarse en el fondo del cuarto, se asemejaba a un espectro que había atravesado la pared, como es costumbre en las visitas de ultratumba.

Rotondo siguió avanzando con pisadas de ladrón.

-Pueden oír... -añadió Cárdenas-. Bueno será echarse cerrojo a la puerta.

Don Ventura lo hizo con tal delicadeza, que nada se sintió.

-Alguien anda por el pasillo.

-No; nadie se acuerda ya de nosotros. Vamos a cuentas -dijo Rotondo.

-Usted está aquí mucho tiempo. ¿No sería mejor que se fuera para no dar lugar a...?

-¿Y los cien mil duros?

-¡Ah! Es verdad; ¿pero tan pronto? Espere usted a mañana.

-Es imposible -contestó el fingido barbero con impaciencia-; no puedo esperar ni un momento más. Esta noche no necesito sino veinte mil; pero me son indispensables. Los gastos de la conspiración son tan grandes...

-¡Oh!, yo no estoy ahora para eso... -balbuceó con su desfallecida voz el hermano del conde de Cerezuelo.

-No hay otro remedio, Sr. D. Miguel -dijo Rotondo con decisión-. Yo no me voy de aquí sin llevarme ese dinero. ¿Me lo da usted?

-¡Oh! ¡Qué empeño!, bien... bien. Será lo que usted quiera -contestó con humor endiablado el Sr. de Cárdenas.

Y al decir esto entregó una llave a su amigo señalando la caja que estaba a los pies de la cama. Era un pesado arcón de hierro, cuya tapa, al ser abierta por D. Buenaventura, sonó con lastimero quejido.

-¡Oh!, cuidado, que oyen -dijo D. Miguel-; abra usted despacio.

Así lo hizo, y los goznes de aquel vicio y roñoso mueble, donde se guardaban los ahorros de treinta años de sordidez, apenas exhalaron un imperceptible rumor, semejante al que produce el vuelo de un insecto que cruza velozmente junto a nuestros oídos.

Cárdenas miró con expresión de dolor y desconsuelo la mano del maestro Nicolás, internándose en la profundidad de la caja y tocando los sacos de monedas; y aquí les dejamos por ahora, acudiendo a otros sitios, donde ocurren escenas dignas de especial mención.


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