El audaz: 26

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
El audaz
Capítulo XXVI
 de Benito Pérez Galdós


Capítulo XXVI - ¿Iré o no iré?[editar]

I[editar]

Vamos a asistir a la espantosa duda que conturbó el entendimiento de Susana, comprimido por dos ideas opuestas, disputándose la victoria con igual esfuerzo. La infeliz sufrió por cinco días aquella tremenda agonía que produjo en ella un gran trastorno moral y físico, haciéndola insensible a cuanto a su lado veía. Sola, callada, inmóvil, con la vista fija en el suelo, estuvo cuarenta horas recostada en el mismo sofá en que la hemos visto hablando con el abuelo. Nada la sacaba de su abstracción; nadie le hizo desarrugar el ceño ni volver la vista; no contestaba a palabra alguna, ni fue preciso comprender si era aquella reconcentración de soberbia o un fuerte acceso de remordimientos. Estaba tejiendo y destejiendo una tela infinita, oscilando sin cesar de un término a otro entre los dos de una proposición terrible. Si lo que pasa en el cerebro en tales ocasiones se expresara al exterior por algo material, por algo que se viera y que sonara, se parecería al tic tac de un péndulo lento y cadencioso, máquina triste que se ocupa en cantar una duda sin fin.

¿Iré o no iré? Parecerá rara esta vacilación en un carácter resuelto y propenso a las determinaciones decisivas como era el de Susana; pero en las circunstancias en que se encontraba, no era fácil la línea recta. La duda frívola, que más que duda es ligereza y veleidad, no es propia de los caracteres fuertes y activos; la grande, la dolorosa duda que perturba y sacude el ánimo, sólo cabe en las naturalezas reflexivas y profundas o en los caracteres apasionados y fogosos. Nunca la pasión y el deber, eternos contendientes de estas grandes batallas, chocaron de un modo tan rudo como en la mente de Susanita cuando, muerto su padre, y decidido por la familia su matrimonio con Segarra, empezó a preguntarse si iría o no a Toledo en busca de Martín, o renunciaría para siempre a la unión prometida y jurada.

Cuando había consentido en renunciar a sus preocupaciones, lo había hecho con plena y absoluta resolución de cumplir su promesa. Aquello había llegado a ser una necesidad, después de haber sido objeto de una gran lucha. Una serie de impresiones recibidas en los días de su prisión, y, por último, el diálogo con Martín, desarrollaron en su ánimo la pasión tan a expensas del orgullo, que era preciso transigir con ella, y olvidar la baja condición del objeto amado. Ella no había conocido un hombre como aquel, ni creía que existiera otro en quien se juntaran más calidades de carácter y de persona que le fueran agradables. Hasta lo que podrían considerar muchos como defectos, le era simpático, y sentía una admiración instintiva hacia todo lo que en él causaba terror a los demás. Era el ser único, encontrado en la jornada de la vida, sin que antes hallara otro, ni hubiera esperanza de encontrarlo después. Renunciar a él sería renunciar a la vida, someterse al rigor de una familia intolerante y cerrar para siempre los ojos a la luz de la felicidad, sumergiéndose en noche de tristeza y de soledad, peor que la muerte, porque se pensaba. Si tenía la debilidad de ceder a sus preocupaciones y a las exigencias de sus parientes, era preciso optar entre pasar el resto de la vida en un convento o casarse con un hombre como D. Lorenzo Segarra, lo cual era todavía peor que el convento. ¿Y qué valor tenían las exigencias de su familia tratándose de su felicidad? ¿Por qué había de someterse a la voluntad de nadie? ¿Por qué había de sacrificar a una vana consideración social, a una pura cuestión de palabras, el hecho cardinal de su vida, aquel grande y noble sentimiento, vagamente previsto desde que dejó de ser niña; anunciado, al presentarse, con el aparato de fuertes ataques de veleidad, de mal humor, de caprichosas liviandades; enseñoreado al fin de su espíritu, de tal modo, que había llegado a ser su espíritu mismo? No; de ninguna manera. Era preciso ir.

Pero... pero aún zumbaban en su oído, como el eco de las voces de todos sus antepasados juntos, las palabras del Conde, cuyo clamor era la protesta de la raza y de la sangre contra aquella desnaturalizada hija que manchaba con el cieno de las tabernas y con el polvo de los clubs el preclaro nombre de la antigua familia. Don Pablo Muriel había sido enemigo de la casa; aquel nombre no podía ser simpático a ningún Cerezuelo. Su padre había fallecido presa de un rencor que no domaba ni la proximidad de la misma muerte. Había concluido su honrada vida con el corazón envenenado, maldiciéndola desde las puertas del sepulcro, y aborreciendo, cuando sólo debía amar; atento a su deshonra, cuando sólo debía poner el pensamiento en Dios. Él, que debía haber muerto como un justo, murió como un réprobo, desesperado y furioso. Tal vez el alma del padre irritado no encontró abierta la entrada del cielo, cerrada para todos los rencores de este mundo. ¡Oh, este era un pensamiento terrible! La maldición del Conde, su atroz aspecto, su frenesí, que casi parecía de ultratumba, le imponían un pavor indecible. Casi le costaba trabajo creer que su mismo padre estuviera en aquellas escenas, y le parecía que, ya finado, había vuelto, traído por infernales espíritus, a pronunciar el anatema de cien generaciones de antepasados ilustres. Aquel recuerdo y aquellas palabras la perseguirían toda su vida como un escuadrón de espectros zumbando en su oído y revolando ante su vista. No... de ninguna manera; no podía, no debía ir; era imposible ir.

Pero... pero si ella no había conocido otro hombre como aquél, con cuyo carácter el suyo había hecho ya un estrecho maridaje en la región de lo ideal. ¡Eran los dos tan parecidos, tan el uno para el otro! Además, ella detestaba la turba de galanes que conocía en la Corte, y sentía repugnancia invencible hacia los sandios petimetres que la habían ofrecido su mano. A veces, antes de encontrar aquel ser buscado instintivamente por todos lados en el sendero de la vida, ella era también frívola y tonta como los que la rodeaban; pero en el fondo de su alma detestaba la afeminación. Adoraba todo lo enérgico, todo lo que tuviera proporciones inusitadas. La superioridad moral de Martín la atraía por una especie de gravitación que existe en la misteriosa astrología de los espíritus. No podía resistir aquella atracción que propendía a fundir en una sola dos naturalezas afines. Su entendimiento como su voluntad se habían ya acostumbrado a volar continuamente en dirección a la voluntad y al pensamiento del revolucionario. Era tan triste suponer un divorcio perpetuo entre los dos, que la imaginación dolía, como si fuera un órgano, al fijarse en este punto. No era posible pensar cosa alguna que no se relacionase con él. Nada ocurría en el mundo moral, como en el físico, que estuviera desligado de la persona o del pensamiento de aquel hombre; y la imaginación de la pobre dama no tendía ninguno de esos hilos de araña que pueblan el espacio en las horas de meditación, sin que la extremidad del cable imperceptible dejara de fijarse en el otro término de aquel dualismo. No era posible renunciar a tanta sensibilidad desbordada, a tanta ansiedad satisfecha, a tantas lágrimas de placer, a tantas cosas nuevas y desconocidas, surgidas de improviso del fondo de la Naturaleza, como la violenta vaporización de los materiales de un volcán, sometido de pronto a la acción de enérgico fuego interior. Su espíritu tenía horror al olvido, como la Naturaleza tiene horror al vacío. No, imposible; renunciar a aquello era un hecho que no cabía dentro de la voluntad humana. Era preciso ir.

Pero... pero se acababa su representación en el mundo. Adiós bailes, fiestas, tertulias en que todos se consideraban felices al ser mirados por ella. Ya se concluía la Susana omnipotente, que avasallaba a todos y de todos era idolatrada. Además, ¿cómo olvidar la imagen de su padre irritado en el momento de morir, cual nunca lo había estado en vida? Le había de ver todas las noches apareciéndose en sueños para maldecirla; había de escuchar constantemente aquellas palabras: «¡Que tus hijos sean monstruos horrendos!», y no tendría un momento de tranquilidad. Y al mismo tiempo el pobre abuelo, que la amaba más que su mismo padre, se moriría de pena viéndola unida a aquel hombre aborrecido. Recordaba sus súplicas, pidiéndole con tanta ternura como un joven amante, que renunciara a un amor bochornoso; recordaba sus lágrimas, que nunca en ningún tiempo había visto en el rostro del anciano, y el corazón se le apretaba de angustia. Su padre muerto, pero vivo en la memoria eternamente por su terrible anatema, su protector y amigo resuelto a abandonarla y a morirse también de desesperación, la perseguían como dos sombras irritadas y vengativas. No, de ningún modo; era imposible ir.

Como una balanza matemáticamente nivelada, y oscilando en períodos iguales, así estaba su espíritu, y así resistió dos días de constante meditación. Bastaba un grano de arena para inclinar de un lado cualquiera de los dos platillos, y este grano de arena lo arrojó un hecho que parecía casual, pero que ella juzgó dispuesto por la Providencia.

Don Lino Paniagua se presentó en su casa cuando menos ella lo esperaba, y pidió ser llevado a su presencia, en lo cual no hubo inconveniente, por la general creencia de que el abate era un ser completamente inofensivo.


II[editar]

-Señora condesa -le dijo complaciéndose en acentuar el título-, vengo a consultar con usted un grave asunto. No he querido decir nada a la familia porque esto es cosa que usted sola debe saber. Ante todo, le suplico que no vea en mis palabras nada que pueda ofenderla. Usted debe saber que el Sr. D. Martín tiene un hermanito, el cual se había extraviado, y no era posible encontrarlo.

-Sí -dijo Susana con la mayor viveza-, ¿ha parecido?

-Pues contaré a usted. Me han encargado una comisión sumamente delicada. Ese niño ha parecido en Aranjuez, en casa de los Sres. de Sanahuja, que le recogieron. Nuestra amiga doña Engracia le vio, supo por él que era hermano del Sr. D. Martín, y deseando hacer una obra de caridad, me lo envía para que yo se lo entregue al interesado. He aquí mi aprieto, señora condesa; el niño está en mi casa, adonde ha llegado esta mañana, y como yo no sé dónde está el Sr. D. Martín, vengo a que usted me lo indique, si lo sabe, y siempre en el caso de que esto no le cause molestia.

Don Lino calló y aguardó la respuesta, no sin cierto temor de oír un ex abrupto. El semblante de Susana se alteró, recobrando de improviso su animación. Sus miradas volvieron a ser lo que habían sido antes: expresivas y deslumbradoras; se levantó y dio algunos pasos. Todo anunciaba en ella que la lucha había concluido, y que al fin tomaba una resolución decisiva. Para el abate no pasó inadvertida aquella inopinada resurrección.

-Voy, voy, voy -dijo para sí-; voy a llevarle ese niño. Es un deber; ya no lo dudo. Cumpliré mi palabra, y seguiré mi destino. Yo necesito verle y presentarle a su hermano, hallado al fin y recogido por mí. Este es un aviso del Cielo, que me da resuelta la cuestión. Sí... es un aviso del Cielo. Iré; es preciso ir. Me asombro ahora de haber dudado un momento.

Después, sentándose de nuevo, dijo en voz alta:

-Don Lino, tengo que pedir a usted un favor.

-¡Ah!, algún encargo; ¿quiere usted que le traiga otra caja de pastillas de casa del Mahonés?

-No; no es eso.

-Disponga usted de mí por esta tarde, porque ahora tengo que ir a casa de las escofieteras de la calle de Milaneses para decirles de parte de doña Robustiana, que no pongan a las papalinas cintas verdes, sino azules.

-No es para hoy; será para mañana. Quiero que me acompañe usted a una parte.

-Señora condesa -dijo el abate muy asustado-. Recuerde usted las circunstancias... Usted no podrá salir de aquí.

-¡Que no puedo salir! -contestó Susana con un arranque de soberbia que asustó a Paniagua.

-Pero... quería decir... Si la familia lo sabe, ¿qué creerá de mí?

-Usted irá, irá conmigo -dijo Susana en un tono que no consentía réplica.

-¿Es a alguna casa conocida?

-No es en Madrid.

-¿Tenemos que ir fuera? Pero señora condesa, considere usted...

-Usted va conmigo; usted va conmigo sin remedio. No hay otra persona que pueda hacerme este inmenso favor. No será usted capaz de desairarme.

En efecto, Paniagua no era capaz de decir que no a nada, y después de mil súplicas encantadoras, después de mil coqueterías irresistibles, prometió a Susana acompañarla al punto que ésta tuviera por conveniente.

-Pues bien -dijo ésta-: mañana al anochecer aguardeme usted en su casa, y esté preparado para un viaje. Tenga usted un coche preparado, cueste lo que cueste.

-¿Y qué hago con ese chicuelo que me han enviado?

-Ha de ir con nosotros.

-¡Ah! -dijo el abate asustándose otra vez-. Pero señora condesa, repare usted... la familia, el doctor...

Se entabló de nuevo la disputa; pero al fin cedió D. Lino, impotente para negar lo que se le pedía de un modo tan apremiante. Convino en prepararlo todo y en aguardarla a la noche siguiente.



El audaz de Benito Pérez Galdós
I -

II - III - IV - V - VI - VII - VIII - IX - X - XI - XII - XIII - XIV - XV - XVI - XVII - XVIII - XIX - XX
XXI - XXII - XXIII - XXIV - XXV - XXVI - XXVII - XXVIII - XXIX - XXX