El audaz: 29

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El audaz
Capítulo XXIX
 de Benito Pérez Galdós


Capítulo XXIX - El dictador[editar]

Susana, después de la partida de Muriel quedó tan agitada, que no se encontraba bien de ningún modo, y ya recorría la habitación, ya se sentaba, ya abría la puerta para respirar el aire exterior. Tenía el presentimiento de que algo terrible iba a pasar aquella noche, y no podía contenerse dentro del reducido espacio del cuarto, donde no se oía otro rumor que la tranquila y acompasada respiración del pobre Pablillo, embebido en un sueño feliz y ajeno a cuanto pasaba en torno suyo. A veces se oía también el ronquido agudo y cadencioso de D. Lino, que dormía en la habitación inmediata con sueño tan profundo y dichoso como Pablillo. De tiempo en tiempo, pasos precipitados resonando en el pasillo indicaban la alteración impaciente del padre Matamala, que tenía costumbre de hacer ejercicios de cuerpo en los momentos de inquietud moral.

Susana no pudo resistir más tiempo su apremiante deseo de salir, deseo en el cual no había simplemente la curiosidad propia del sexo y de las circunstancias, sino también cierta vaga idea de que hacía falta en alguna parte. Dominada por este irresistible deseo llamó a Paniagua, suplicándole que se vistiera inmediatamente.

-Voy, señora condesa, voy al momento -contestó desde dentro el abate con voz de sueño-. Al instante me visto; este diablo de zapato que no parece... ¿Pero dónde está este zapato?

Esperó Susana, y un cuarto de hora después apareció Paniagua completamente vestido, aunque con alguna imperfección que indicaba la prisa. La joven sacó entonces con mucho cuidado su manto de las manos de Pablillo, se lo puso y salió, encargando a la gente de la casa que velase por el niño dormido.

-¿Adónde van ustedes? -preguntó fray Jerónimo con asombro.

-A la calle -contestó Susana.

-¿Pero usted está loca, señora? ¡Esta noche!...

-Sí. ¿No tiene usted curiosidad de ver lo que pasa?

-Curiosidad, sí; pero es que no me atrevía a ir solo.

-Venga usted con nosotros -dijo Susana-; le escoltaremos.

-La verdad es -indicó D. Lino-, que no es muy cuerdo echarse a la calle esta noche. Parece que esa gente anda alborotada.

-Y tan alborotada -añadió Matamala-. Y ese diablo de Alifonso que está ahí agazapado, con más miedo que un monaguillo... Pero pues tenemos compañía, vamos a ver eso.

Salieron los tres, Susana tomando el brazo del abate y fray Jerónimo detrás, confiando en que si había peligro caerían primero los que iban delante.

No habían andado veinte pasos por Zocodover cuando observaron que había en las calles más gente que lo que era de esperar a aquella hora. Las mujeres salían a las ventanas, los hombres a las puertas, y se oía un rumor lejano, como de muchedumbre inquieta y bulliciosa. Cada vez era mayor el número de personas que venían de la Catedral, y cada vez más alborotadas.

Los tres paseantes nocturnos tuvieron al fin que detenerse, porque no se podía ya dar un paso. Entonces Susana prestó ansiosa atención a cuanto a su lado se decía.

-¡Maldita gente! -exclamaba uno-. Nada menos que el Ochavo querían esos señores; y dicen que no pensaban dejar clérigo con vida.

-Santa Leocadia nos saque en bien de esta tormenta -decía otro-. Y me habían dicho que no querían más sino que cayera Godoy, y ahora salen con esta.

-Si dicen que son unos bandoleros y ladrones de caminos -chillaba una vieja-. ¡Ay, Virgen del Sagrario de mi alma, y cómo te hubieran puesto esos camaleones si te cogen entre sus uñas!

-A mí que no me digan, señora doña Petronila -añadía otra-. Ésa es gente de Satanás; y cuando menos, trataban de hacer una fechoría gorda. ¿Pues no me acaban de decir que levantaron la Catedral del suelo y se la llevaban danzando por los aires como si fuera una caja de mazapán?

-¡Jesús, María y José! ¡Pues allá por la Catedral debe de haber armada una marimorena!...

La multitud que obstruía la calle Ancha retrocedió, y Susana con sus dos acompañantes volvió al Zocodover.

-¡Si dicen que es un hombre atroz ese que andan persiguiendo! Ahora me dijeron que él solo mató diez y seis cortándoles las cabezas de un golpe como si fueran rábanos. Ese hombre es el diablo en persona.

-Por fuerza. Pero, compadre, ¿no ve usted claridad por aquella parte? Mire usted por ahí detrás del Alcázar.

-Parece que se quema algo.

En efecto; el humo negro y el resplandor del incendio se veían ya perfectamente desde la plaza.

-Dicen que se quema la Inquisición.

-Pues a fe que no lo siento, aunque ya sabemos que si se quema esta han de hacer otra.

-Algo bueno había de hacer ese diablo de hombre. ¿Si se estará quemando él allá dentro?

-Como que ahora decían ahí que vieron por los aires un hombre encarnado como el mismo fuego, haciendo cabriolas y echando chispas.

-Sí, señor; yo lo vi, yo lo vi, y si no me engaño fue a caer por allá por las ruinas de San Servando, donde tienen su casa.

El resplandor se avivaba, y las llamas iluminaban la ciudad. Susana quería internarse por las calles para ver aquello más de cerca; pero fray Jerónimo no quería dar un paso más, y D. Lino era del mismo parecer.

-Pero vamos por estas otras calles que están aquí por detrás del Alcázar.

-¡Señora, por Dios! Si nos metemos en esos laberintos, no saldremos en toda la noche.

-Yo voy. Si alguno quiere seguirme... -dijo la dama con resolución.

-¡Señora condesa, señora condesa!... -exclamó el abate.

La señora condesa, renunciando a atravesar la calle Mayor, que contenía mucha gente, se internó por otro lado, por donde ella juzgaba que se podía ir más pronto al lugar del incendio, y aunque disgustados y gruñendo, la siguieron el fraile y Paniagua. Bien pronto se encontraron sin saber qué camino tomar, porque las calles tan pronto torcían a la izquierda como a la derecha, subían y bajaban, y las llamas, en vez de acercarse, aparecían más lejos cada vez.

-Nos hemos perdido -dijo fray Jerónimo con gran miedo.

También por allí se encontraba gente, aunque poca, y por lo general hombres que corrían desaforados, atropellando cuanto encontraban al paso.

-Retirémonos, señora condesa -dijo D. Lino-. Esto me huele mal.

-No; sigamos, sigamos -contestó la dama apretando el paso e internándose más por las callejuelas.

Unas veces el fulgor del incendio se veía de cerca hasta el punto de que se sentían sofocados por el calor, otras parecía retroceder. A sus oídos llegaban voces roncas y vagas, semejantes a alaridos de entes infernales y furiosos. Después aquellos ecos se perdían para resonar de nuevo.

-Parece que estamos a las puertas del Infierno -decía temblando fray Jerónimo.

-Yo no sirvo para estas cosas -añadía D. Lino cada vez menos sereno.

Susana tuvo intención de detener, con objeto de interrogarle, a alguno de los que pasaban con tanta prisa; pero sus dos compañeros se opusieron a tan peligroso intento. De pronto, el griterío aumentó mucho, y los hombres fugitivos menudearon más que antes.

-Sálvese el que pueda -decían algunos.

-Escapemos por aquí -clamaban otros, dándose gran prisa a escurrirse por alguna calleja, o a ocultarse en un zaguán de los poquísimos que no estaban cerrados a piedra y barro.

-El diablo de D. Martín: no hay quien le arranque de allí -apuntaba un tercero.

-Tira ese fusil, ¡mal rayo!... y andemos despacio figurando que no hemos tocado pito en esto.

-No nos vayan a confundir a nosotros con esta gente... -dijo D. Lino al oído de Matamala.

-Pero, señora condesa, volvámonos atrás.

El incendio iluminaba la parte alta de todas las casas, y los tejados y miradores proyectaban sombras pavorosas. Se miraban todos unos a otros, encontrándose muy raros con el semblante tan vivamente iluminado, como si recibieran la luz de un sol sangriento. El fragor era indescriptible, porque al sordo bullicio de la ciudad se había unido el alarido angustioso de las cien campanas de Toledo, que, como todas las que tocan a fuego durante la noche, parecían desgañitarse en lastimeros ayes desde lo alto de sus torres.

Nuestros personajes tuvieron que detenerse. Los que venían en dirección contraria eran muchos, y además había síntomas de lucha en lugar no lejano a la calle en que se encontraban. No eran sólo fugitivos los que andaban por allí: había gente de la que antes vimos agruparse junto a la Catedral; y aquello, como observaron prudentemente D. Lino y Matamala, tenía pésimo aspecto.

De repente ven aparecer al extremo de la calle cuatro hombres que corrían, aunque no con gran rapidez, porque uno de ellos parecía resistirse a andar, y los demás le sostenían arrastrándole al mismo tiempo.

-¡Ah, señora condesa de mis pecados! Huyamos... ocultémonos en cualquier portal -dijo fray Jerónimo al ver a los que venían.

-Ésta debe ser gente muy mala -añadió el abate-. El diablo nos ha tentado al venir por aquí.

Los cuatro hombres se acercaron y una voz muy ronca profería gritos y clamores que no se comprendían.

-Son borrachos -dijo D. Lino.

-¡Dios nos asista!

Los cuatro hombres se acercaron, y Susana, que reconoció a Martín en el que venía impulsado por los demás, dio un grito y se paró frente a él.

-¡Martincillo!... ¿tú aquí? -dijo el franciscano temblando de pavor-. Escóndete, huye.

-¡Yo!... ¡yo huir! -exclamó el joven después de atronar la calle con una ruidosa y bronca carcajada que erizó los cabellos de todos los presentes-. ¡Yo soy dictador! ¡Yo mando aquí!... ¡Matad sin piedad!...

Susana puso sus dos manos en los hombros del desgraciado hombre y le miró muy de cerca de hito en hito. Su temeroso aspecto, su fisonomía desencajada y contraída, sus ojos espantados y rojos, sus cabellos en desorden, su vestido desgarrado le infundieron tanto terror, que no pudo articular palabra.

-¡Martín, Martín! -exclamó con tono a la vez suplicante y conmovido, como si quisiera volverlo a la razón con sólo el eco de su voz.

-¡Ah!, ya te conozco -dijo el joven, apartándola con fuerza-. ¡Infame aristócrata! Intentas seducirme. Yo soy el pueblo, el santo pueblo. Vuestro reinado durará poco tiempo. Temblad todos, porque os aborrezco. El día de mi poder ha llegado. Te condeno a muerte.

-¡Oh, Dios mío! ¡Está loco! -exclamó Susana con desesperación.

En aquel momento se sintieron los pasos precipitados de un tropel de gente, y fuertes voces decían: «¡Por aquí han ido, por aquí!».

-Que nos cogen; ¡huyamos! -exclamaron Brunet y los otros dos.

-Señora condesa, señora condesa -dijo D. Lino asiéndola por el brazo.

Pero Susana no se movía. Llegaron los perseguidores y rodearon el grupo. Fray Jerónimo, que tenía agarrado por el cuello a Martín, le presentó a aquellos hombres, diciendo: «¡Éste, éste es! ¡Aquí le tenéis!».

Hubo un momento de confusión. Don Lino desapareció como el viento se lo llevara. Brunet y los dos que le acompañaban huyeron también; mas no lograron escapar. Susana, en medio de aquella algazara espantosa, pudo observar un momento lo que pasaba: su entereza no la abandonó hasta algunos instantes después. Vio que muchos brazos se abalanzaron hacia Martín, y que la cabeza del desgraciado joven desapareció entre otras cabezas fatídicas. Su voz, ronca y dificultosa, se sobreponía aún al clamor discordante de aquella gente.

-¡Apretadle bien, que no se escape! -dijo una voz.

-La soga, la soga. ¿Dónde está la soga? -dijo uno que tenía cuerpo de Hércules y un repugnante y feroz aspecto.

-Aquí está la soga -contestó una especie de chulo, pequeño y travieso-. Echádsela al cuello, y a correr.

Susana vio la cuerda fatal volar y escurrirse por encima de las cabezas. Pero también sintió que una voz decía después:

-No es preciso cuerda: que vaya por sus pies. Anda, buena pieza. Está que no se puede tener de borracho.

Susana, empujada por aquí, rechazada por allá, cayó al suelo aturdida primero y desmayada después. Martín siguió adelante, en el seno de aquel grupo bullicioso y -feroz, que tomó el camino de Zocodover, rugiendo y apretándose para atravesar las angostas calles. Susana pudo ver cómo se alejaban aquellas gentes, llevando al infeliz, a quien suponía con el dogal al cuello, muerto ya o arrastrado a la muerte por una plebe ciega y embriagada. Todo esto parecía una pesadilla, y la dama sintió alejarse las pisadas de aquellos hombres, como si todas golpearan sobre su corazón, exprimido y hollado. A sus ojos, la sangre generosa de Martín salpicaba a cada paso de la comitiva, manchando todo lo que encontraba al paso, las casas, el piso, los objetos todos, el cielo mismo. Sus huesos crujían al chocar en los guijarros, y repercutían rompiéndose como frágiles cañas. Para ella ya no quedaban del cuerpo de tan hermoso e interesante hombre más que sangrientos jirones desparramados por aquella calle de angustias. Inteligencia, pasión, vida, cuerpo, todo había sido destrozado en un momento, y los despojos de todo esto arrojados al azar para que no quedase en el mundo memoria de tan noble ser.

Matamala había seguido al grupo, refiriendo cómo se las había compuesto para echar mano al delincuente con gran peligro de su vida, y bien pronto no quedó en aquel sitio desolado y triste más que Susana exánime sobre el suelo húmedo y frío.



El audaz de Benito Pérez Galdós
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