El breviario del padre Albornoz
El viejecito aspiraba rapé y decía siempre: «hace ya mucho tiempo, hace ya mucho tiempo»
Me llaman Diego Albornoz. Soy cura de la iglesia de San Silvestre, en el pueblo de Las Colinas. Es éste un pueblo tranquilo, adormecido en una quietud imperturbable. Ningún ruido destruye el silencio de las calles pequeñas, salvo el repique de las campanas, cuyo oficio es comunicar a los vecinos la hora transcurrida y el turno distinto de las misas. Me olvidaba: La estación del ferrocarril agrega a mis campanas un silbato poco frecuente.
Yo soy lo que se dice un buen hombre, y mi alma, adormecida como esa villa, no es muy vanidosa. Es limitada en sus anhelos y nunca se apartó de los senderos de la más perfecta humildad. No tuve deseos demasiado violentos ni tristezas demasiado profundas. Debo añadir—y lo anoto como deficiencia de mi vida eclesiástica—que jamás dominóme esa alegría aconsejada por los escritores sagrados para mantener el corazón en la certidumbre de Dios. Mantúveme en un término medio monótono. No llegué al regocijo, pero tampoco turbó la serenidad de mis días ningún dolor agudo, de esos que concluyen en raptos de crisis. No he hecho grandes beneficios... Y este pueblito es el reflejo de mi vida toda. Quieto, indiferente bajo el azul suntuoso del cielo, cabe en sus callejas sin plan y en sus edificios sin gracia, la historia de mi espíritu, la biografía invariable de mi existencia, que se desliza en el sigilio de la paz rural, entre los intereses mediocres de mi feligresía y las recreaciones ingénuas determinadas por un fastidio no menos mediocre. Si yo escribiera mis memorias describiría un aburrimiento apacible de treinta y cinco años. Durante este tiempo he envejecido como las casas que circundan la diminuta iglesia de San Silvestre, cuyas paredes han perdido ya el color rojo de los ladrillos que se convertía en llamas cuando el crepúsculo las envolvía. Llegué aquí teniendo veinticinco años, con el pensamiento de quedarme un par de meses. He cumplido sesenta y aún permanezco aquí. Ya no soy aquel joven clérigo a quien atribuyeron a su llegada historias inverosímiles. Ahora soy un viejecito arrugado, a quien todos se confían y todos conceden su estimación.
—Ahí viene nuestro cura—dice la viuda del boticario a su hija.
Para cada uno soy ahora “nuestro cura”, es decir, un objeto común, inofensivo y habitual. Así vivo, imperturbable en mi melancolía como la quietud de Las Colinas. Espero con resignada paciencia mi última hora, y cuando descienda al sepulcro, bajo la bendición de un sacerdote forastero y las miradas de mis feligreses, la gente ignorará que esa vida ocultó en su monotonía beatífica el recuerdo de una palpitación, de un soplo que se extinguió, como se extingue en la calma de las tardes plácidas el repique de las campanas amigas. Es un episodio que nadie conocerá y llevaré este secreto conmigo, cuando mis huesos sin médula descansen de esa existencia exenta de azares.
Mi único confidente es el breviario, viejo como yo, cuyas tapas, de un tono benigno, ocultan en su interior el testimonio de una huella mundana. Cuando me acuerdo, retorno a los días lejanos de mi juventud y un aroma endulza mi vejez. Sin duda, yo obré como un sacerdote digno. Sin extremar mi fe hasta la exaltación, pude apreciar el gusto inquietante del sacrificio y contarme entre el reducido número de hombres que son capaces de olvidarse de sí. Isabel, tú apaciguas mis obscuras tristezas y haces agradable a mis ojos fatigados por la lectura el panorama siempre igual del pueblito. Isabel, eres la flor desconocida de mi huerto, y desde tu escondite derramas el perfume sobre mí y consigues, con la sola evocación de tu silueta desvanecida, infundir fortaleza a mis años y tornar amable el invierno que me va encorvando. Isabel, yo te bendigo desde el retiro de mi iglesia campesina, húmeda, chica y malhumorada y cuando pronuncio el nombre de las mujeres piadosas que estrellan el infinito, tu imagen aparece, velada por una leve melancolía. Bendita tú eres entre todas, consuelo de mis penas, refugio de mi memoria; Isabel...
Hacía un año que yo era cura de San Silvestre. Serio, escrupuloso y tímido, observaba las prescripciones de la religión con una exactitud mesurada y los pacíficos habitantes de Las Colinas se habían ya acostumbrado conmigo. Distante de las reyertas locales, atribuía poca importancia a los actos de los incrédulos, con quienes me relacionaba una amistad vecinal, y tampoco fundaba la gloria de los cielos sobre la devoción exclusiva de mis feligreses. Dominábame una incierta tristeza y prefería a las tertulias de la botica y las controversias políticas del jefe de la estación, el aislamiento de mi cuarto lúgubre. Por la índole de mi naturaleza, me inclino a la sociedad de los humildes y hallo grata la compañía de los seres rústicos, de las almas grotescas y simples. Pero no puedo, entre ellos participar de sus alegrías y terciar en sus detalles cotidianos. Sólo me son accesibles sus amarguras vulgares y la bondad inocente que los hace sagrados.
Así fué que todos notaron mi melancolía y poco a poco, como renunciara a convites y distracciones ajenas a mis costumbres, se intentó explicar mi carácter fundando mi modo de ser en antecedentes absurdos. En torno mío, se formó una leyenda curiosa. Resulté héroe de amores secretos con una gran dama de Buenos Aires y fuí desterrado por la rivalidad envidiosa del señor obispo. Mas la novela se borró, y nadie—que yo sepa al menos—ensayó nuevas interpretaciones.
Una tarde, encontrábame en casa de una familia de agricultores, gente muy buena. Tomábamos te. En el patio estaba dispuesta la mesa y los chicos jugaban a pocos pasos de nosotros. Los dueños de casa me hablaban de la huerta, de tal o cual vecino. La hija, una muchacha de veinte años, bordaba una tohalla. Era de una belleza casi delicada sin dejar de ser robusta, y sus dos ojos, grandes y sombríos, permanecían inmóviles bajo el arco fino de las pestañas. Sus movimientos eran ágiles, y de su persona fluía una gracia melancólica que, ciertamente, jamás me había preocupado. Las demás muchachas de la villa no la estimaban con exceso y la consideraban con menosprecio.
Aquella tarde apenas si me contestó a la pregunta indispensable sobre el estado—por otra parte excelente—de su salud. De pronto interrumpió el relato de su padre con estas palabras:
—Me parece que usted aburre al señor cura con sus cosas.
—Se equivoca, Isabel—respondí.
—No. Yo no me equivoco. Las cosas de la cosecha y de la labranza, de las gallinas y del boticario, tienen que fastidiarle. Si no fuera así, usted no estaría siempre tan triste...
Esa inesperada observación me perturbó. Aumentó en mi alma la melancolía, y cuando me hallé solo en mi cuarto, junto a la indigente iglesiuca, examiné con minuciosa crueldad mi vida sin objeto. ¿Qué hacía yo en Las Colinas? ¿Qué iba a ser de mí en otra parte? Aquella noche no pude conciliar el sueño. Las palabras de la muchacha labriega sonaban en mis oídos como golpes menudos en el vidrio de la ventana. No me acostumbraba a la existencia monótona y grave del pueblo y tampoco me decidía a abandonarlo. Mi habitación, vacía de todo adorno, fosca como una celda, contribuyó muy poco para sacarme de tales pensamientos. No sé por qué, recordé horas de infancia y evoqué mis estudios en la escuela primaria. Mi compañero de banco—tengo presente su carita mofletuda y boba—solía hablarme de su novia. Ese detalle avivó la orfandad de mi corazón en aquel momento y me sentí desdichado casi por no haber tenido, como ese chiquillo de colegio, una vaga novia en los juegos de la plaza, cuando cae el sol, las niñeras discretean con los guardianes, y los niños unidos en rueda, cantan tumultuosamente:
"Este oficio no me agrada
Matan-tira-liru-liru-lá..."
El auxilio del breviario fué escaso. No dormí en toda la noche y me levanté con la madrugada. Los edificios, en panorama caricaturesco, iban iluminándose en la incierta claridad del amanecer. El cielo estaba limpio como una lámina de cristal y el aire transparente. En las líneas lejanas del horizonte pintábanse manchas rojizas y en seguida apareció el sol, visiendo casas y árboles en una túnica de rayos violentos. Era una mañana dulce y toda la poesía del otoño se concentraba en su desperezamiento lánguido y pensativo, glorificado por el canto de los pájaros y el paso tardo de los agricultores. Salía de la iglesia y me encaminé hacia el arroyo próximo, sin un móvil seguro ni un deseo determinado. Hacíalo por caminar, y, sobre todo, por distraerme de angustias tan dudosas como el objeto de mi paseo.
Un vecino, guiando una yunta de bueyes negros, me saludó:
—¿A tomar aire tan temprano, señor cura?
—Es cierto.
—Parece usted enfermo.
—Estoy algo mal...
El pueblito quedó a mi espalda, anegado en la luz riente del día. Las paredes obscuras, las casas ruinosas, revivían en esa fiesta de colores y sonidos, y el campanario, tímido como un ensayo, se erguía, impreciso, por sobre el hacinamiento de viviendas rurales.
Yo iba pensando: “parezco enfermo”. Y esta idea me repicaba en el cerebro al mismo tiempo que de mis labios pendía continuamente, como una cuenta de perlas, las sílabas de un nombre.
Ante mis ojos, precediéndome en el camino, su imagen se desenvolvía, perezosa y lenta, en sus gracias delicadas y recias a la vez. No era mi cuerpo, sino mi alma, la que se encantaba, en la certidumbre dolorosa de su soledad, con esa aparición. Era mi alma la que había extendido los brazos en el desconsuelo de su aislamiento, hacia ese ensueño que me había salido al paso, agravando mis melancolías de huérfano...
Media hora más tarde descansaba ya en la ribera del arroyo. El sol desmenuzaba el oro agresivo de sus rayos en las aguas fangosas, donde permanecían en el silencio, como navíos infantiles, pequeñas islitas de verdín. Croaban las ranas su cántico en la delicia de la mañana y mi corazón se adormeció como mi cuerpo en una placidez inefable.
Cerráronseme los ojos y un sueño blando me presentó, como contraste de mi vida, el rostro incomparable de la moza.
¿Podría yo describir el asombro producido por su presencia real cuando mis pupilas se abrieron? Estaba acostado. Temí que estuviera enfermo.
—Padre—dijo—me acerqué porque la he visto allí, magnífica y dulce. Cubría su cuerpo un vestido de percal azul, sobre cuyo fondo puntos amarillos daban una ilusión de cielo estrellado. Recordé la estampa donde la Vírgen María pisa el globo terrestre rodeado de nubes grises, envuelta en un manto constelado de estrellas de oro. Isabel tenía un vago parecido con Nuestra Señora y en su boca divisé la misma expresión de angustia. Me levanté.
—Gracias, hija mía—repuse.—Estoy bien. Me recosté un poco para descansar, pues he pasado la noche leyendo. ¿Adónde se dirigía usted?
—Iba a ver a una vecina; un encargo de mi madre. Se calló. Por su frente armoniosa pasó como una sombra y expiró en sus labios breves sin haberse traducido en palabras.
—Padre...
—¿Isabel?
Me miró largo rato sin decirme algo. Por fin, dijo:
—Señor cura, usted está siempre triste.
—Es cierto, hija mía. Es una desgracia para mí. Un sacerdote digno de su apacible ministerio debe ser alegre para ser bueno. La tristeza no predispone a la bondad y nos induce con frecuencia a justificar las malas acciones...
Isabel se fué. Desde aquel día visitaba con asiduidad esa familia de agricultores, en cuyo seno mi angustia tranquila se expandía con dulzura.
Una mañana me anunció el deseo de hablarme.
—Señor cura: mis padres me quieren casar con un mozo de la vecindad. Necesito su consejo.
La escena ocurría en el jardín. Al oír esta palabras me apoyé en el tronco de un árbol seco y sin ramas.
—No puedo darle consejos—respondí con esfuerzo. No deben darse consejos en estos asuntos. Puedo tan sólo recomendarle que no contraríe sus sentimientos.
—Siendo así, señor cura, no puedo casarme con el mozo de que le hablo. Padre...
Bajó los ojos y sus pestañas sombrías no se levantaron sino cuando yo empecé a hablarla.
—Isabel: si insistes un minuto más abandono hoy mismo el pueblo.
Mi breviario cayó al suelo. Isabel lo recogió, lo besó, y entre sus hojas gastadas asiló una violeta. Lentamente se alejó mientras por mis mejillas rapadas descendían dos lágrimas. No supe más de Isabel, y sólo recuerdo la gracia noble de su figura y la belleza caritativa de su alma, cuya imagen reproduce la violeta que duerme hace treinta y cuatro años en mi breviario, testigo persistente de aquel suceso lejano y fugaz que perfuma mi existencia y hace tolerable la monotonía lúgubre de las horas.