El cínico (Versión para imprimir)

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Capítulo I
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El cínico- Primera parte Felipe Trigo


Entró, tiró al diván el abrigo y el sombrero, y tomó la carta que le presentaba este diplomático hombre de patillas.

-¡Hola, Manuel! ¿Y Ramón?

-Está enfermo.

-¿Enfermo?

-Pero descuide el señor; me ha dicho que vendría usted, como todos los lunes..., y que entra la señora por la fotografía.

Dicho esto, el diplomático hombre de patillas volvió a su tarea de poner la mesa con cubiertos para dos.

Gerardo leyó la breve esquela y marcó un gesto de fastidio.

-Bueno. Ojo al teléfono. Son las doce. Avisará a la media en punto. Dame coñac.

Se sentó y fuéronle servidas, en una mesita de té, la copa y la botella. Estaba de frac y guante blanco el camarero. Él también -y le hizo sonreír la elegancia del buen hombre para andar entre potajes.

Tendió un brazo y cogió un Heraldo, que habría olvidado en el pie del macetón otro cliente. Traía el retrato suyo, y el de la Aragón, y el del fiscal, entre dos columnas de prosa del sumario.

-Ahí hablan de usted y de esa pobre Eugenia -dijo Manuel con sumisa admiración, trasteando con los platos-. ¡Va usted a ser su defensor! ¿La matarán?

-Sí -respondió Gerardo secamente.

No osó más el camarero interrogarle. Recogió alguna vajilla y se encaminó hacia la puerta. Apenas abierta, con toda la amplitud que las bandejas exigían, volvió a cerrar, porque huían fuera una dama y un señor.

Gerardo había reconocido a su cuñado futuro, «hombre de orden», cuya «corrección» le divertía.

-¡Arsenio, Arsenio! -gritó.

Hízose «el loco» el llamado. Era uno de esos reflexivos y absurdos hipócritas de extraordinaria amenidad, que al propio tiempo que pásanse la vida realizando enormidades y aun jactándose de ellas a pretexto de exculparlas, arden en santa indignación por las ajenas.

-¡Abre! ¡Llama a ése!

Obediente Manuel, abrió y llamó:

-¡Señorito! ¡Señorito!

Y al poco, Arsenio se entreasomaba al gabinete con cara de disgusto:

-¡Chiquillo! ¿Tú?... ¡Hijo, qué voces!

-¿De conquista?

-¡Calla!

-¡Santurrón!

-¡No! ¡Yo te diré!... ¡Vuelvo!

Escapó, y Gerardo le pidió a Manuel detalles de la dama. Muy guapa. Venían bastantes veces. Los conocía de servirlos. Podría jurar que ella era decente.

-¡Estúpido! ¿Has visto aquí a nadie decente alguna vez?

-¡Oh, señor!... ¡Juraría que están casados!

-Hombre, no seas burro. ¡Si ese va a casarse con mi hermana!

El diálogo lo interrumpió la vuelta de, Arsenio, consternadamente.

El camarero salió.

Siempre Arsenio vestía de negro, con su «rígida» levita y su chistera. Ex carlista, beato y mujeriego, constituían su especialidad secreta las difíciles conquistas de muchachas sencillas y cristianas. Lucía el título papal de barón de Casa-Pola. En sus empresas galantes solía operar por las iglesias y hermandades. Pero habiéndole conferido un alto empleo ministerial el presunto suegro, se había vuelto conservador; y además, desde hacía tres años, que inició sus propósitos de boda, reservadísimo con Gerardo, a quien antes contábale sus triunfos.

Sí, sí; tenía una gran contrariedad, un verdadero horror de haber sido sorprendido.

-Supongo, Gerardo -dijo -, que tú te explicarás..., que no te extrañará...

Gerardo, que nunca extrañábase de nada, ni de estar ahora recordando que sorprendió a, su hermana, cuando chico, besando al maestro de violín; ni siquiera de encontrarse algunas veces, todavía, en la cuarta de Apolo, a su madre con sus jóvenes amantes (diputados casi siempre del grupo de papá), sintió el antojo de fingirle sobresalto a éste pobre amigo, que jamás podía entenderle. Y se burló:

-¡Chico... distingamos! Como tal mi colega en porquerías..., pase tu lance. Mas... como cuñado... tú serás el que comprendas que no soy yo, sino mi hermana, quien debe juzgar de esto.

-¡Gerardo! -clamó pálido Arsenio, entre amenazador y suplicante.

Fue tan cómica su cuita, que Gerardo soltó una carcajada.

-¡No, no, hijo! - manifestó el barón, apenas recobrado-. ¡Que tú, con tu cinismo o... tus narices, eres muy capaz de irle a tu hermana con el cuento! ¡Pues sabe que no se trata de nada indecoroso!

-¡Cá, hombre, no! -continuó riéndose el cínico-. ¡Una mujer decente! ¡La del Archipámpano de Rusia, que te la ha diplomática y beatamente confiado para rezar unas salves! ¡Aquí os tienen por esposos!

-¡Ah! ¿Ya le has preguntado al camarero?

La imprudencia colmaba su inquietud. Contemplando el reír del loco, no sabía si atajar sus carcajadas a estacazos. Pensó en seguida que sería más cuerdo ganarse su indulgente intimidad de viejo amigo. Imponíasele una amplia confidencia, capaz incluso de arrancar un poco de piedad hacia su horrible situación.

Se sentó, y empezó de esta manera:

-Bueno, Gerardo. No se trata de ninguna perdularia. ¡Cosas, cosas de la vida! Vengo con ella a, la fuerza. Huérfana de un íntimo y entrañable amigo mío, notario, que me nombró albacea en su testamento, y tan honrada, tan honrada... que tuve que decidirla incluso con palabra formal de matrimonio... ¡Ah, sólo yo sé cuánto me costó de tiempo, de paciencia..., de lucha entre la pasión y el mismo interés por ella y los respetos a su padre!... Sí, sí... por su interés también, y acaso más que nada, ¡no te asombres! La infeliz quedaba sola, sin recursos... Y expuesta a haber caído en manos de alguno como tú.

-¡Qué notable eres!... Pero, en fin..., ¡gracias a que cayó en las tuyas!

-Al menos yo la tengo desde entonces con toda cortesía..., y para siempre la tuviese si no fuera por tu hermana. Cuando la conocí no habíamos empezado tu hermana y yo las relaciones. Y te digo esto para que te hagas cargo de que mi situación..., no obstante la boda..., es con esta mujer forzadísima..., violenta..., impuesta a mi voluntad y mi deseo...

-No, rico, no te disculpes -le interrumpió Gerardo con una invencible seriedad de ironía y de repugnancia-. A mí me tenéis sin cuidado mi hermana y tú...; ¡a ver si revienta el mundo!... ¿Quieres coñac? Allí hay copas.

-¡No, no son disculpas, tú, precisamente!... -dijo Arsenio, mientras bebía Gerardo, yendo por otra copa de un modo maquinal; y llenándola y bebiendo, vuelto a sentarse, terminó con una hastiada calma que garantizaba la honda verdad de sus palabras: -Son expansiones...; me aburre, me fatiga, no puedo más...; ¡estoy de esa mujer hasta los ojos!

-¡Magnífico! ¡Pues cédemela esta noche!

-¡Ah, si se pudiera! -lamentó el amigo, bajo el abrumo de un mundo, alargándole un cigarro.

-Como poderse... la mar de bien -comentó con desdén Gerardo, en tanto que encendía-. Mira, esperaba a mi condesa, que no vendrá, probablemente.

-¿Josefina? ¡Aún?

-Sí, chico; siempre Josefina, por pereza. Bajo trajes diferentes, todas lo mismo. Estoy convencidísimo de que no valen más las demás. Siempre que vuelvo de París, de por ahí, la tomo. Aquí me escribe. Son nuestros lunes. He conseguido reglamentarla, ¿sabes?... Los lunes tiene también cena política Fernando. Pero me dice que hoy se ha empeñado en llevarla a no sé dónde, y que si Marieta no telefonea que vuelve el marido a casa, será que no la deja sola y que no puede venir.

Se abrió la puerta, y el camarero entró a avisarle a Arsenio que la señora le esperaba.

-Dile que voy -mandó Arsenio, poniéndose de pie. Y en cuanto volvió a partir el camarero, clamó, sirviéndose otra copa: -Vaya, venga coñac. ¡Tengo un humor! Me trae azorado, fastidiado, reventado la tal Mavi. ¡Oh, de qué buena gana te la cedía!... Tienen también sus contras estos amores mansos. Sin saberse cómo, se le encajan a uno cargas molestas. Figúrate...: ¡dos chicos, hijo, dos chicos!

-¿Dos chicos?... ¡Valor, padre de familia!

-¡Nada! ¡Suponte! Que punto menos que por caridad cargué con ella., y, ahora, ¡hermosa situación!... rorros, llantitos, escenas... Es lo que complica esto, Gerardo. La de Caldas, ¿recuerdas?... aquella con quien me vi en un trance semejante, tuvo siquiera el acierto, por pujos de honor, de largar el nene al hospicio..., lo cual facilitó su boda con un honrado comerciante... Mavi, ni a, tiros...; lo más que he podido conseguir es que los ponga en ama. ¡Menos mal, que aún no sabe que me caso! Pero ¿me quieres tú decir cómo me desentiendo de ella?... ¿Me quieres tú decir quién, ni aun como amante, apechugaría con los chiquillos?

-Toma, ¡cualquiera! Si a ti, que eres el padre, no te importan, figúrate a los demás. La patente, Arsenio: un barco en franquía que admite los pasajes. Tú lo echaste al agua, que es lo cargante y costoso. Ya flota; no te preocupes.

-No, si no me preocupo, después de todo repuso Arsenio, apoyándose de nuevo en el respaldar de la butaca, con una indolencia delatora de sus pocas ganas de partir-. Al fin habrá que tirar por la tremenda: plantarse una vez, y abur. No pienses que me gusta, porque no entra en mi sistema; pero es terca esta mujer: en tantos años, el casamiento sigue siendo su estúpida obsesión. Demás he hecho por ir distanciándome de ella suavemente. Unas veces, fingiendo falta de dinero, proponíala que se entrase en cualquier parte, de maestra de piano, de institutriz, de algo... dejándole al ama los chiquillos. ¡Quiá! Trabajar, bueno lecciones en casa... una especie de escuela de música y francés, que no llenaría mi objeto.

-Ni el de nadie. Eso es anodino, pacífico, tonto..., sin importancia social.

-Otras veces, al contrario, he tratado de meterla en cierta vida, en ciertas amistades, allí en la vecindad, donde hay unas cocotas... para irla acostumbrando... ¡Ya ves dónde la traigo a cenar!

Gerardo se rió esta vez con una risa agria.

-Así, así. ¿Ves?-dijo-. Mis ideas. ¡Si en el final son iguales tu sistema y mi sistema: de cochero! ¡Si llevamos todos dentro idéntica protesta! Es la revolución sorda del alma, ¡caro!, inmensa, paralela con la otra... en plena putrefacción... Lo triste es que aún quedan inocentes... ¿Qué? -se interrumpió dirigiéndose a Manuel, que había entrado otra vez y le miraba.

Traía el recado del teléfono: «Que no había vuelto a casa el señor». Además, a Arsenio tornó a decirle que se impacientaba la señora.

-¡Dile que venga! -saltó con su despreocupación Gerardo.

-¡Oh, bah! -contuvo en respeto Arsenio. -Dile que voy!

Pero en la puerta, donde se dirigió de mal talante, aun se paró.

-De modo... ¿que no viene tu condesa? ¡Cuánto daría por quedar libre, como tú!

-Pues, nada, ya lo ves. Estoy de pico. Si es guapa, ¡cédeme a ésa esta noche! ¡Te salvo!

La idea, oída por segunda vez, y a pesar de la cínica indiferencia de Gerardo, que parecía expresarla únicamente por su aburrido afán de escarnecerlo todo, preocupó al grave barón de Casa-Pola. Por unos instantes, crispado, inmóvil contempló al amigo. Después se le acercó.

-Oye, mira, tú -le dijo-, ¿de verdad que tú serías capaz de secundarme?... ¿De verdad que tú crees que... no está mal...? ¡Oh, Gerardo, si tú no fueses un hombre sin maña, sin sentido! ¡Ah!, entonces, todo un plan. Pero que... ¡vaya si un plan! Atiende: figúrate que voy y le digo a Mavi: «querida, el señor que me llamó es un amigo con el cual tengo negocios; hemos de hablar urgentemente y le he invitado a nuestra mesa». Vas, te la presento, como mi mujer, está claro; cenamos, charlando de un negocio, por ejemplo, de tranvías: finges tú creer que nada sabes de mi cuarto de soltero... y desde mañana, con el pretexto siempre del negocio... ¡paf!, tú en la calle de Ferraz, donde ella vive y duermo yo, y como, y casi tengo otro despacho... ¿Comprendes? Será un amigo traidor que intenta enamorarla...; serán mis celos, después... y al fin, sobre esos magníficos pretextos... ¿Comprendes? ¿No comprendes?- insistió el grave barón de Casa-Pola, que tenía la excelente propiedad de tomar la vida en serio. Y viendo la atenta inexpresión burlona de Gerardo, terminó desalentado: -¡Oh, no, no comprendes; para esto hace falta diplomacia, habilidad... una dosis brutal de conocimiento del mundo y de sentido de la vida! ¿De qué te sirve, hombre, haber rodado tanto por esas legaciones?

Pero Gerardo replicó:

-¡Eres un imbécil, jefe! Los diplomáticos, y tú, mi superior jerárquico, desde que tal te hizo una real orden, hemos de proceder en las cuestiones arduas con otras dos cualidades importantes: rapidez, sagacidad. El traspaso de esa Mavi quedará esta noche completo. Suponte que cenamos, y que apenas empezada nuestra charla de negocios... recibes una llamada del ministro, urgentísima... Tienes que ir, sin tiempo para llevar a casa a tu mujer; y como la ministerial llamada...

-¡Oh! - atajó con desencanto Arsenio.

-Y como la ministerial llamada -recalcó Gerardo- podrá ser para algo transcendente que obligue a un hombre público a sacrificar la cortesía con... su mujer pública... ¡no vuelves!

Arsenio rechazó:

-Eso es absurdo... indigno... increíble...

-¿Cómo increíble?... Según el modo de mentir. Tú, «porque esperabas el aviso... habrías dejado dicho dónde pudieran encontrarte...» Además, «se trata de una chica con dos chicos, que te abruma, a quien plantarás, si no «por la tremenda», en seco...» ¡Sois terribles, hijo, los hombres de conciencia!

-No, no es eso. Es que ella no consentirá en quedarse.

-Si no consiente, renuncias a ir; seguimos la cena..., seguimos en los días siguientes los negocios... en su casa (suponiendo que yo no me fatigue), y celos lentos... Si se queda... ¡mejor! ¡celos explosivos! La cena íntima, en la espera; yo que me insinúo y el vino que la exalta... Y allá a las tres -acentuó con despreocupada firmeza Gerardo, al ver los gestos del otro-, en vista de que tardas... mi coche que está abajo... mi coche que la lleva...

-¿Adónde? -se burló el incrédulo.

-¡Yo qué sé!... Pero, mañana... la aguardas en su casa a medio día por filo, y... «¡Traidora, infame!...» Radicalmente.

-¡No conoces a Mavi, hombre! -dijo Arsenio con severa dignidad-. Estás en un error, te lo afirmo. ¡No es de esas!

-¿No es de esas? Entonces, ¿cómo es que intentas lanzarla... a la alegría... entre esas?

-Bueno. En el fondo. Quiero decir, tan fácil.

-¡Ah! ¡Me juzgas muy zoquete! ¿No hay nadie hábil y conquistador más que tú?... ¡Oh, chico, chico; a mí sí que no me conocéis! ¡Soy un viajero que pasa por la vida de incógnito!... Esquiva o fácil, altiva o complaciente... te prometo que, si se queda, hasta mañana por la tarde no planta en su casa el pie.

-¿Violencias? -reparó el barón con profunda alarma-. ¡Bien me imaginé que tú no servirías!

Pero sonrió Gerardo:

-Habilidad; ¿qué te has creído?... Página de folletín, inclusive: el cochero, que desboca los caballos... porque se ve poco en las calles; amanece, y un bulto, cualquier cosa, los espanta... ¡Una carretera, y lejos de Madrid... nada de violencias!... Al regreso es que el camino se pierde... A ti te bastaría con verla llegar ojerosa y aturdida, y no creerla y no creerme... ¡En lo que harás bien, después de todo, porque el demonio que sepa de qué desbocos le vengan las ojeras!...

-¡Oh!, vacilo otra vez, ante este final de audacia, el que estaba ya casi resuelto.

E indignado por los hipócritas recelos, Gerardo terminó:

-Y si no quieres, ¡al diablo! ¡Ya es mucho prestarme a tanto... para mi sistema!

Iba a recoger su abrigo y su sombrero, y Arsenio detúvole con ansia:

-¡Gerardo! ¡No!... ¡Ven! ¡Aceptado!... Escribe la carta tú... Yo voy mientras a avisarla. ¿Qué pondrás?... ¿Te dicto?... Un... ¿Se olvida algo?... Creo que no... ¡Sería triste que un detalle!... Casado, ¿eh?... Te la presentaré como esposa; no hay inconveniente... Bueno, escribe. Voy... -volvióse a los tres pasos, y pidió: -¡Por Dios, Gerardo!... Nada de violencias... Eso, sí, te lo suplico... ¡Pobre Mavi!

Todavía el proyecto sufrió una innovación: en vez de ir a cenar en el otro gabinete, juzgaron éste preferible, por más discreto, por más profundo con respecto a la escalera principal. Hicieron que Manuel trajese lo preciso y dejaron la carta apercibida. Arsenio partió, mientras ponía el sobre Gerardo- que se encargó asimismo de instruir al camarero.


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Capítulo II
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El cínico- Primera parte Felipe Trigo


Llegaban.

Gerardo, que se había sentado de espaldas a la puerta, resistió con estudiada indiferencia su afán de conocer a la que entraba.

-¿Gerardo? -tuvo Arsenio que avisarle.

-¡Oh! -exclamó él levantándose y volviéndose-. ¡A los pies de usted, señora!

-Te presento a mi amigo Gerardo San Román. Mavi, mi mujer.

Estrecháronse las manos. La de Mavi, a través del mitón calado, era suave y fina, de duquesa. Un prodigio de lujo y de hermosura la hija del notario. Alta, muy alta. Noble su continente, en verdad - y su boca roja, y su pelo negro.

Arsenio cortó la especie de sobrecogimiento del ingenuo admirador con una frase afable:

-Sí, mi antiguo amigo. Abogado y diplomático. Casi mi subordinado actualmente, también; porque pertenece a la legación de Suecia y ha encontrado preferible no salir del ministerio.

-¡Mejor dicho, señora, no entrar! -repuso tan cortés, Gerardo, que asombró a su vez al camarada.

-Cierto. No va nunca... Ejerce la abogacía y se ocupa en los negocios.

Mavi, que, al oír el nombre y al verle recordó inmediatamente los retratos del defensor de la Eugenia, publicados con profusión en las revistas, habíale mirado desde luego con intensa simpatía. Le recordaba incluso de otra famosísima defensa en que él libró de la horca a otra infeliz. Y dijo:

-¿No le gusta su carrera?

Su voz era muy dulce. Gerardo, al contestar, se estremeció -no supo por qué hondos y tardíos pesares.

-Como abogado. Como diplomático, parece que se han propuesto mandarme recoger... es decir, mandarme siempre lejos, para que vaya... y no vuelva.

-He leído en la Prensa que usted defiende a la Aragón.

Volvió Gerardo a estremecerse. ¡Ah! ¿Por qué no tenía esta mujer el descoco o la falsa coqueta modestia que él supuso? ¿Por qué tenía tan sencilla y firme dignidad?

-Sí -trató de responder indiferente-, a la Eugenia Aragón, a esa pobre muchacha.

-¡Que mató a su novio! -agravó Arsenio, bondadoso.

-¡A su amante! -dijo, como en una atenuación, Gerardo.

-Desde que éste salvó a la Isidra, Mavi, todas le buscan... Fue admirable; nadie quiso aceptar: a Gerardo, que tenía recién concluida la carrera, le tocó de oficio. Luego sintió ganas de ver mundo, y se hizo diplomático. ¡Qué gran porvenir despreciaste entonces!

Lo recojo ahora.

¿Por mucho tiempo?... ¡Verdad que tú has cambiado!

-Hasta que se empeñen en hacerme defender a un verdadero criminal.

-¡Sí, sí; era algo loco, Mavi, este demonio!

Los dos seguían inmóviles, de pie, junto a la Mavi dulce y gentilísima, sin haberla invitado siquiera a sentarse -como en una turbación de grave e imprevisto desacuerdo. Ella intervino de nuevo, preguntando:

-¿Cree inocente a la Aragón?

-Creo, señora, que las mujeres tienen ustedes siempre razón contra los hombres, hasta cuando los asesinan.

-¡Qué teoría! -celebró el barón, encubriendo cierta alarma-. Anda... ¡quítate el abrigo!

Fue al espejo Mavi, y se dedicó a quitarse el sombrero y el negro abrigo de felpa.

Arsenio se alejó con Gerardo a otro rincón, simulando ambos empeñarse en su charla de negocios. Sino que Gerardo, el cínico, mirando siempre a la dama en disimulo y desde lejos, con un sobrecogimiento extraño, singular, del cual esperaba el prudentísimo barón mil torpezas, apenas si prestábase a seguirle en el rum-rum de farsa. Uno mostraba un papel, y soltaba de tiempo en tiempo en voz más alta palabras de «proyectos», de «tranvías»... El otro, todo al contrario, aprovechaba el misterio para ir diciendo sordamente... «y es guapa... elegantísima... acaso buena, Arsenio... ¡El hábito hace al monje!...»

-Ya, sí, ¿sabes?... -trataba Arsenio, alzando aun más la voz, de encaminar al aturdido... -La Compañía belga se propone... quiera o no quiera el ministro...

Y la volvía a apagar... Y volvía también más apagadamente Gerardo a repetirle:

-Acaso buena, Arsenio, acaso buena... ¡Acaso hacemos mal... Y en vez de con mi hermana, debieras tú casarte con la madre de tus hijos!...

Esta vez, amenazador, casi terrible, Arsenio le prendió con rápida cautela la muñeca. Firmemente temió que, antes de saltar con cualquier barbaridad, Gerardo, el cínico, el loco, el desaprensivo, que ni amigos ni nada respetaba..., se estuviera divirtiendo en aterrarle con un idiota papel de moralista.

-¡Es tarde, bah... para consejos! -le rugió.

-Y por eso el tranvía que nos presenten... -acabó soltándolo, y bien alto- habrá de sujetarse al plano de Debrell...

Por suerte, entraba el camarero con la sopa. Fueron a la mesa. Mavi, vestida con un rico traje Directorio, tan simple como lleno de buen gusto, colmábale al cínico el encanto con la ceñida gracia de su estatua irreprochable. Su faz, su cuerpo, su vida... eran en todo una nobleza, eran en todo una armonía... Sentóse frente a él, por dejarle cerca al marido, y empezó la cena con un augurio triste de silencio, que apenas Manuel interrumpía sirviendo sopa.

-¡Y sobre todo el trolley! -cortó Arsenio, enérgico, el silencio aquel- ¡Es un disparate! ¿No lo has visto?

-¡Un disparate! -le secundó Gerardo bravamente, al fin-. No se concibe que una junta técnica, presidida por Peláez... ¡Vamos, absurdo!

Respiró el barón. Había visto el esfuerzo con que su amigo se arrancaba al «propósito moral» -¡a la broma de mal género!- y le placía hasta la punta de humorismo de que ya hacía gala hablando del negocio.

-¡Ya ves, Peláez! -le replicó-. ¡Un hombre que se ha pasado su vida en Alemania! ¡Que intervino en las obras de Leipzig y de Chapell-Aix-le Goudron! ¡Tenemos que advertirle!

-Después le escribiremos. Sospecho que haya habido confidencias.

Así siguieron. Al segundo plato, Gerardo, advirtiendo que se agotaba, para seguirle en el embrollo, el ingenio del barón, viró en disculpas hacia Mavi:

-Señora, cuantísimo lo siento... Nuestra conversación no es nada galante, en verdad, para una dama.

-¡No importa! -agradeció ella con dulzura.

-Estas cosas de negocios...

-Oh, no piense, me gustan... y me gustaría poder intervenir, ayudar a resolverlos... Pero, ¡qué hacer!, los hombres tienen ustedes la idea de que no valemos para nada serio las mujeres.

-Bah, eso no. Yo, señora, por mi parte, de las mujeres creo que pueden valer...

-¡Ejem!... ¡Ejem! -se interpuso con una fuerte tos Arsenio, y tocándole al imprudente bajo el mantel con la rodilla.

-... que pueden valer algún día -concluyó no obstante, Gerardo- más que los hombres... ¡cuando ustedes se den cuenta... cuando saltando preocupaciones, se impongan a...

Otro rodillazo le atajó, bajo la mesa.

Bebió Gerardo burdeos, y se complació en abandonar a su propia iniciativa al necio que, pretendiendo dirigirle, volvía torpe a, la comedia de «Peláez» y «del tranvía»... Y pronto, en un nuevo silencio, volvió Mavi a preguntar:

-¿Habló usted ya con la Aragón?

-Ayer mañana.

¿Qué dice?

¡Oh, señora!

¿Confiesa el crimen?

Lo ha confesado siempre. Es un hecho vulgar. No tratándose del hijo del marqués de Lima, hubiesen cumplido con tres líneas los periódicos. La defensa está en el móvil.

-Dicen que no ha querido defenderla Ruiz Gamero.

-¡Una eminencia! Estas cosas no producen más que fama: son para pelagatos. Y ahora, para ninguno; hay afán de que la ahorquen... hay miedo de disgustar al marqués. A mí mismo me está causando molestias con mi padre.

-Pero, tú -apuntó Arsenio- por llevar la contra...

-Di mejor... por caridad.

-¿Tú?

-O por justicia.

-¡¡Tú!!

-¡O por lo que gustes! -concluyó Gerardo desabrido-. ¡Un sport como cualquiera!

Insensiblemente, de uno a otro la animosidad se iba tendiendo.

-Sí, un sport, ¡y... algo caro! -contestó el barón, apenas ocultando su reproche en acentos paternales-. Por eso, tal vez, andas siempre trasladado a las Quimbambas.

-Me es igual, querido jefe. ¡Para lo que en las Embajadas hago yo!

Mavi preguntó aún, en otra pausa:

-¿Y cómo explica esa mujer el crimen?

Era una insistencia, una obsesión, y no pudo Arsenio menos de saltar:

-¡Caramba! ¿Te preocupa?

-Lo más sencillo, señora -la complació Gerardo-. Una desdichada. Estaba de doncella en casa del marqués..., y el hijo de éste, Carlos, mi amigo Carlos..., ni mejor ni peor que los demás (tengo la idea de que todos somos no más que regulares), le...

-Entonces ¿por qué la defiendes? - increpó Arsenio.

-No pudieras entenderlo: llámame genio... Ya te he dicho que un sport... Y Carlos, mi buen amigo, señora, logró pacientemente enamorarla, y le juró, y le prometió...

-¿Casarse?

-Como todos. Se promete a la menor dificultad. Conserva cartas que pueden servirla en la prueba.

Mavi, sin duda, seguía en su ingenuo corazón no se supiese cuál proceso de semejanzas entre el caso de esta Eugenia y el suyo.

-¿Y no las usó reclamándole...?

-¿Su honor? -anticipóse Gerardo, que la adivinaba-. Inútil, señora: los tribunales no hacen caso de pagarés de... honra de mujeres. Menos mal que puedan salvarla la vida.

-¿Y le mató...?

-Vivieron juntos... tenían un hijo... Se cansó Carlos, la dejó... y le mató ella, en plena calle, con revólver...

-¡Oh!

-Premeditación, nocturnidad, alevosía... ¡Figúrese! ¡Asesinato con todas las agravantes!

Mudo, inquieto durante este diálogo, que en abuso de la falsa situación que habíase impuesto él mismo, Gerardo y Mavi cruzábanle por las narices, Arsenio quiso cortarlo:

-Bien, bien; oye, tú..., ¿y el modelo? ¿No has visto el modelo de Crocklan?

Gerardo, con su pasmosa y flexible indiferencia, dispúsose a seguirle en la comedia...; pero entró Manuel con el tercer plato y con la carta, y fue Arsenio el que la tuvo que jugar.

-¡Del ministerio! -había exclamado el barón rompiendo el sobre.

Leyó la carta, la arrojó sobre el mantel, junto a Mavi, y púsose de pie, con ira.

-¡Así! ¡El ministro! ¡Que vaya!... Ahora, pues... ¡me váis a dispensar!

Se dirigió hacia la percha.

Mavi, sorprendidísima, se levantó.

-Pero... ¿te vas?... ¿Nos vamos?

-¡No, tú no! ¡Imposible!... ¡Mira! ¡Y el embajador inglés, nada menos!... ¡Un telegrama cifrado!... ¡Se esperaba!... ¡No puedo llevarte a casa! ¡No!... ¡Además he de seguir hablando con mi amigo!... ¡Un momento! ¡Un momento! ¡Seguid vosotros!

-Pero... -insistió Mavi alarmadísima, acercándosele...

Y Arsenio, ganando los segundos, por no darla lugar ni a darse cuenta de «cómo su azoramiento de premuras la abandonaba con un hombre en un galante restorán», mal acabó de ponerse su gabán de pieles, calóse la chistera y escapó:

-¡Vuelvo! ¡Es aquí, a la Presidencia!


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Capítulo III
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El cínico- Primera parte Felipe Trigo


Se había quedado yerta, de pie, en una petrificada actitud como para ir también a escapar, y contemplando alrededor suyo este gabinete de frívola elegancia.

Gerardo, sin haberse movido de su sitio, dejó que ella libremente recogiese la íntegra impresión de su abandono, en los espejos, en las flores, en las luces de insolente claridad..., en la rufianesca burla que eran asimismo, de frac y corbata blanca, junto a la indefensa contra quien todo concitábase a la trampa y al escarnio, él y el camarero. Mas sí, sí... «¡esto la vida!»; y él lo aceptó; y él invitó... luego de calculado el tiempo arteramente:

-Siéntese, Mavi.

La vio pasar desde la rígida quietud a una nerviosa indecisión de confusiones.

-¡Ah!... Es... que...

-¡Sirve! -le indicó Gerardo al otro diplomático de bandeja y de patillas, que aguardaba imperturbable.

Fue servido un plato, luego otro.

-¿Quiere más la señora?

Mavi le miró como estúpida, sin contestar.

Entonces, Gerardo, medio levantándose, la obligó con una bien dolida cortesía:

-Si usted no sigue... no seguiré.

-¡Oh... no...! -reaccionó inmediatamente Mavi acercándose a la mesa-. Es... que... -Mas notó que el camarero trasponía la puerta, cerrándola tras sí; y cual si este menudo hecho fuese anormal e imprevisto, gimió en un colmo de protesta involuntaria: -¡Dónde va?

-¿Le causo miedo, señora?

-¡Ah, miedo! -volvió a recibir en su pobre voluntad de dominio la inmensa desolada-. No... ¿por qué?... Pero es... ¡Qué ocurrencia!... ¡Ha podido llevarme!... ¡Si tarda!

-Tengo abajo mi coche.

Ella, que acababa de sentarse, le fijó los ojos con recelo y se calmó ante su calma cortesísima.

La situación envolvía a Gerardo. No se trataba, por lo pronto, de aquella fácil aventura que él, para su tedio, imaginó nimiamente bestial y levemente divertida. Con su delicadeza, esta mujer aparecíasele bien distinta de la vendedora de deleite a quien da lo mismo, salvo un poco de chafada vanidad, uno u otro comprador. Dispuesto pues, a indagar... a descubrirla, en el cuerpo de belleza codiciable, el alma, si es que la tenía, se refugió en un propósito de sutilísimas audacias sí, pero también de sutilísimas cautelas.

-Decía -empezó a arriesgar- que sin esas prisas, Arsenio hubiera podido utilizar mi coche para ir más pronto... o para llevarla a usted... puesto que tal terror le da quedarse.

-¿Terror?... No... Extrañeza...

Hubo un silencio. Mavi, sonriente, porque parecíase ya ridícula a sí propia, empezó a comer.

Gerardo llenó de vino las copas.

-En Suecia, en Noruega -volvió él a deslizar- son más animosas las mujeres. ¡Verdad es que las respetan los hombres! Una joven va al teatro a media noche sola con su novio, a través de los montes y la nieve, en un trineo.

-He oído hablar de Noruega..., de Irlanda...

-Pero en Irlanda, en Noruega, en todos esos países del Norte, en la misma América sajona..., ¡ay del hombre que deshonra a una mujer!... Tiene que huir de la comarca, lo mismo que un bandido. En Nueva York me lo advirtieron; conócese una multa original, llamada de los españoles: una libra por cualquier molestia, por cualquier piropo a una mujer en la calle. Todos la pagan, nuestros compatriotas. Es lo primero al llegar.

-Así debiera ser en todas partes.

-Allí silbarían el Tenorio... por salvaje. O quizás mejor a doña Inés... por mentecata... Allí no tiene nunca una mujer que vengar su honor a tiros. Lo cual no significa, en el fondo, más honestidad y que las gentes sean ángeles..., sino más urbanidad..., más mutua libertad, más dignidad, para la mujer, reconocida...; menos, en fin, de este pavor inesesco, de gacela cazada, casi invitador al abuso..., que ahora, por ejemplo, la hace a usted estar temblando toda... ¿Por qué, Mavi? Yo soy... un amigo!

Y la noble tranquilidad, me dio falsa y medio cierta de la última palabra, acalló la alarma iniciada en Mavi, que tuvo que conceder:

¡Oh, sí!

Un amigo de Arsenio.

Desde luego -reafirmó ella, aun más entregada a la generosa invocación.

Pero lento (rápido, no obstante, en su intención osada, y sin dejar de calcular el difícil equilibrio), añadió Gerardo:

-No está usted aquí cenando en un reservado de restorán con un amigo de su esposo, en trance de traiciones. ¡Beba vino, por Dios! Me da fatiga. ¡Apenas come!... Yo acostumbro a beber mucho.

Volviendo a llenarle la copa, se la ofreció por su mano. Ella la tomó y bebió ligeramente.

-Gracias.

Coma, Mavi... ¡Ah, su nombre! ¿Es inglés? Es la contracción de Maravillas.

¡La bella abreviación de un bello nombre!... Pues bien, Mavi, coma usted con calma... mientras esperamos. Tal vez Arsenio va a tardar,

-¿Por qué?

-¡Oh, un embajador! ¡Un ministro! Para descifrar un telegrama, pueden emplear mucho tiempo..., toda la noche. Sí, lo apostaría; ¡esta soledad de usted conmigo, durará toda la noche!

La frase tuvo la virtud de impacientarla. Mavi había pasado repentina a la sorpresa y a la prevención vigilante. Y protestó:

-¡No! ¡Vendrá pronto!

Era su afán, que lo quería. Era su vuelta a los recelos, que la había causado tan enormes esta conducta de Arsenio, presentándola por vez única a un amigo, para dejarla con él.

-¡Bah, y aunque no viniera, Mavi!... Suponga que... no puede: hay deberes muy altos...

-Pero... ¿es que sabe usted... que no vendrá?

-¡Cómo, señora! Preveo, únicamente... ¡Conozco la diplomacia!

Mavi quedó recta en un silencio esquivo, hostil.

Gerardo continuó:

-Algo anómala, sí (dado que no estamos en América), nuestra situación, lo convengo. Aquí solos, aguardando; teniendo usted, al fin, que aceptar mi coche a estas horas... Sin embargo, una lady tal vez se alegraría... son... contingencias intranscendentes, para una mujer casada, sea cualquiera el desenlace... ¡Piense -trató en vano de terminar conjurando la fulguración de la faz de ella-, que es de su marido la culpa! ¡Él lo ha querido!

-¡Bah! -clamó enérgica ella, arrojando a su lado el tenedor-. ¿Qué quiere decirme con eso?

Y ahora sí, fingió Gerardo sorprenderse:

-¡Por Dios, Mavi! ¿Qué le pasa? ¡Oh, perdóneme! ¡Este hábito maldito de pensar alto!... Cálmese, le ruego. Sólo ideas que sugeríame el incidente. No debí expresarlas, sin duda; la alarmo. Aquí, en España, hay un convencionalismo insoportable acerca de muchas cosas..., una verdadera esclavitud del pensamiento, ridícula, hipócrita...; porque, ya ve usted, ¡tengo la evidencia de que ambos pensábamos lo mismo!

Marcó una pausa, vibrando él todo entero de no supiese qué vagos pesares de torpeza, de no supiese que respetos infinitos; y algo de esta emoción enorme, que debió radiar en su semblante, tranquilizó a Mavi poco a poco. Sin embargo, no comía ella; y él forzábase en comer, viéndola nerviosa jugar con el cuchillo.

No fue dueño más de su intención. La honda emoción de ternura para Mavi y de indignaciones para él propio, le arrastraba. Y como no trató de resistirla, dijo sincero:

-No puedo remediarlo. Hasta lo inconveniente soy ingenuo, en ocasiones. ¿Por qué, Mavi, negarle a usted que en mi charlar ya iba poniendo matices de ambición..., mi ambición por la belleza de su cuerpo, de su cara?... Sí, sí... ¡No se espante! ¡Queda confesado, con pesar y quedo por lo mismo «arrepentido»!... Cuando la he visto un instante junto a mí..., tan solos... ¡Oh, perdón! ¡Su vida de flor es bella!... ¡Lo creo bien disculpable!

-¡Disculpable! -gimió Mavi, abrumada por una osadía tan singular, tan llena de dolor y sumisión al mismo tiempo.

-Ignoraba quién fuese usted hace una hora, como lo seguía ignorando hace un minuto. Mas siendo quien sea, y aquí, y en toda ocasión, bien puede disculpar cualquier sandio atrevimiento..., su belleza!

Mavi perdonó con severa dignidad:

-Disculparlo, a lo sumo...; no autorizarlo.

-¡Disculpa pido! -insistió él rendidamente.

Y ella le concedió, generosa:

-Olvide, pues, su imprudencia!

-Pero... olvídela también la amiga noble. He sido necio, torpísimo... Repito... ¡qué no la conocía! La creí una linda, honrada o no, como cualquiera de las mil honradas o no honradas lindas, que desprecio por igual..., y ya sabe mi alma de la nobleza de diosa de usted... por su alma... ¡No reconozco otra estirpe!

-Gracias.

-¡Su alma -lanzó en plena admiración Gerardo- es bella como su cuerpo, Mavi!

-¡Oh! -le oyó otra vez rechazar a la infeliz desorientada.

Pero el franco, seguro ya de sí, no cedió..., no tuvo por qué retroceder:

-¿Le... molesta mi admiración de los ojos?. Flores, sí... ¡Perdón, de nuevo! Acababa usted de darme gracias, no obstante, por las mismas flores a su alma.

Tras una súbita torcedura de la boca, Mavi reprochó:

-¡Acababa usted de afirmar que por mi alma le merecía respeto!

-¡Y es verdad! ¡Pero más... más que respeto! -exclamó Gerardo con una mal reprimida llama de su vida, toda en los ojos: -¡Espanto! ¡Veneración!... Estoy viendo su alma, desde que estoy aquí, de un modo raro, inesperado, como no he visto jamás tan clara y tan pronto un alma en mujer alguna. ¡Al descubrirla TODA BELLA, mi terror y mi respeto inmensos anuncian quizá en mi corazón el alba del amor primero de mi vida!

Le había escuchado con enojo, Mavi, y sólo supo rechazar, levantándose violenta:

-¡Señor mío!

Se apartó despreciativa, y el camarero entró. Al verle, guardó su excitación en disimulos. Fue alejándose y quedó de espaldas a la mesa.

-¿No come más la señora?

-No.

-¿No quiere más? -intercedió también Gerardo.

Le dejó ella sin respuesta, y él no insistió. Adivinaba, viéndola allá pasear convulsa, su lógico temor a que por Manuel supiese Arsenio el incidente.

-Llévate eso -le dijo al camarero-. ¡Vete!

Y cuando estuvieron nuevamente solos, Gerardo, que no se había movido de su sitio, pudo notar que la infeliz mujer, sentada en el sofá, lloraba ocultando el rostro entre los brazos. Esto le anegó de bochornos y piedades. Comprendía la situación: no podría ella partir, sin que el marido, al volver, encontrase así censurada su conducta...; sin exponer a los dos, ¡creería la pobre!, a una explicación difícil o a un lance tal vez...; y veíase forzada a continuar en este encierro al lado del que ofendía su dignidad...

Sintió qué casi lágrimas también se le agolpaban a los ojos, y se levantó y se acercó, violentísimo.

-¡Mavi! -dijo- ¡salga de aquí!

La orden fue tan imprevista e imperiosa, que Mavi alzó la cabeza -sin comprenderle.

-¡Sí, a su casa!... -insistió él con un implacable rigor para él mismo. -Adonde yo no esté... ¡adonde no la vea! ¡Lejos de mí!... Porque hay sólo dos clases de mujeres a las que no sé respetar... las que nada valen... Y las que valen mucho... ¡como usted!

-¡Oh! -gimió ella levantándose.

-Pero las mujeres como usted son pocas... Y no es extraño, al no contar ni con la posibilidad de su presencia, que le sorprendan a uno miserable, contagiado de canalla, indigno... ¡Desprécieme! ¡Desprécienos! Debe partir en seguida... ¡Arsenio no vendrá!

La noticia, cruda, terminante, acusadora para Arsenio..., confirmadora, con su brevedad de tres palabras, de las sospechas vagas y terribles que ya venían clavándosele a Mavi como un recelo de infamia inaudita, inverosímil, anublaron en su alma toda la tardía nobleza de Gerardo bajo la negra nube de ignominia que importaba más a su amor y a su interés..., a su vida y a sus hijos... Guturó un aullido sordo de dolor, y llevóse las manos al corazón y a la garganta. No pudo hablar. Por un rato, fue la suya una inmóvil agonía en una faz quieta de loca, con la boca abierta y los globos de los ojos coronados por dos escleróticos arcos blancos de terror... Luego, al fin, le habló, como un espectro, al espectro de vergüenza que era también delante de ella el hombre extraño.

-Le ruego a usted -pedía, y su voz si n voz era de soplo, en el resignado espanto de quien pide que la acaben de matar- que me diga aún... aún más claro... que él... que él, no volverá... que yo... he sido traída aquí... esta noche, para esto...

Gerardo sufrió una eléctrica conmoción y sólo supo flagelarse nuevamente con la yerta ferocidad de sus injurias:

-¡Contagiado de canalla, sí! ¡¡Desprécieme!! ¡¡Desprécieme!!

Pero en seguida, viendo cómo vacilaba la pobre vida rota, a punto de caer...; viendo que Mavi se torcía y tenía que apoyarse en el brazo del diván para soportar el peso abrumador de su infortunio, un sentimiento de caridad ahogó a Gerardo y le arrastró al ansia de su propio sacrificio: no por el desalmado amigo imbécil, que una y mil traiciones merecía, sino por la madre, por la amorosa ingenua e infeliz que no debiera al menos conocer tan pronto y rudamente su desgracia.

-Señora -dijo-, no es eso. Yo el canalla. Arsenio nada ha puesto por su parte para esta situación. El tornará mañana a verla a usted, a sus hijos, como siempre... ¡la farsa es mía! o mejor, la necedad de haber querido aprovechar su casual ausencia...

-¿Casual? -aferróse a la palabra el afán de ella por saber a su Arsenio inocente.

Estaba esto demasiado por encima de la farsa que había querido el azar estropearle, para que Arsenio, aferrado a ella, se obstinase en esquivarlo. Primero resistió la contemplación de la infeliz humillada amante que no pedía más que en nombre de dos criaturas infelices; y al fin, la levantó por un brazo y la condujo a un extremo del sofá, sentándose él en la butaca, muy cerca:

-Óyeme, Mavi. Haces mal pensando que no pienso en nuestros hijos... pensando que no sufro... Cúlpame, pero escúchame con tranquilidad. Esto, debía llegar alguna vez... ¡No, digo -dulcificó al notar la extrañeza de ella, que procuraba serenarse-, que desde hace algún tiempo, contra mis propósitos, contra mi voluntad..., era fatal, necesario, irremediable! Atiende -excitó aún, por sostenerla siquiera en una seca atención, donde había vuelto a evaporarse la esperanza-. Me has oído..., te he hablado muchas veces de la estrechez en que vivo..., de apuros pecuniarios... y hasta de tu trabajo como auxilio indispensable. Tú le has dado a mi deseo torcidas interpretaciones...; y es, Mavi, que ignorabas, que no querías comprender lo que me cuesta sostenerme. Negocios infortunados; las rentas cada día más bajas de mis pocas fincas, éstas en manos de acreedores y yo al borde del abismo. Hoy, gracias a un sueldo, voy tirando; pero es un destino político; y su falta, así, de la noche a la mañana, como llegan estas cosas, sería mi ruina... sencillamente. ¡He ahí la razón de mi boda! ¡Mi novia es... rica!

-¡Ah!

-¡Significaría, cualquier otra solución, la miseria mía unida a tu miseria!

-¡Significaría -corrigió ella-, mi trabajo unido a tu trabajo! ¿No has querido tú que me meta a institutriz?

Pero Arsenio desdeñó:

-¡Mi trabajo! ¡No podemos discutir!... ¡Pretenderás que en la misma casa fuese yo el lacayo o el cochero!... ¿Ves? ¡No, no, Mavi; no podemos discutir!

-No, no podemos, Arsenio; evidente. Limítome, pues, a escuchar: estábamos en que tú estás totalmente arruinado, de improviso; en que no te consentirá tu rango, cuando pierdas tu destino, la «vileza del trabajo», y en que a fin de sostenerte dignamente... te casas por el dinero.

-Y no dudes que es verdad.

-¡Si no lo dudo!...

Tragó él la aquiescencia de su bajeza confesada -confesada por torpe, pues sólo había querido hacer constar que no había en su conducta amorosa ingratitud, y se conformó diciendo con agresiva indiferencia:

-Quedábamos, Mavi, también, en que, aun siendo lamentable, tú tienes que trabajar... en que tú puedes trabajar... si quieres proseguir tu vida con decoro.

-Ya... no con tanto como si no te hubiese conocido. Pero, sigue.

-¿Qué sabe nadie en Madrid? ¡Una viuda... con dos niños! y como por suerte eres discreta, lista, capaz de desenvolver cualquier pequeño negocio; y como no sería justo que os entregase yo a la lucha de la vida sin recursos..., sin algo para que instalases una tienda de sombreros..., de bordados... (suponiendo que no pudiese lograrte un estanco en buen sitio... ¡hay tanta recomendación y tantas igual)..., ¿te haces cargo?...; pues digo que con tal objeto, y a pesar de que en mi situación me es muy difícil desprenderme de ninguna cantidad..., te entregaré mil duros.

Mavi, pálida, pálida como estaba, sin comentar nada ni con la más ligera inmutación de su semblante, dejó caer sobre la mano la cabeza, en una fría desolación que Arsenio tomó por desencanto ante la oferta exigua. Entonces, él, se sinceró:

-No es mucho, Mavi, ciertamente..., para lo que desearía, tratándose de vosotros, si bien no es una suma despreciable. Tal vez con un esfuerzo, buscándolos, lograría llegar a los mil quinientos duros... Ten en cuenta que mi posición...

Ella se levantó con absoluta frialdad.

-Gracias, Arsenio -dijo-. Una tienda, un estanco, mucho que tú nos dieses, y yo podría ser «una viuda con dos niños»...; pero los niños... serían dos hijos sin nombre, que es peor que... sin padre. Guarda tu dinero.

Y sin mirarle, giró y salió lenta y vacilante como un fantasma del destino.

-¡Mavi! -la llamó él, sintiendo también el frío solemne de lo que comprendió que era una eterna despedida.

Pero Mavi no volvió; y Arsenio, perplejo un punto, marcó por fin un gesto de desdén heroico..., tomó su sombrero y su bastón, y se encaminó a la escalera.


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Capítulo I
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El cínico- Segunda parte Felipe Trigo


Fuertemente preocupaba a todas estas gentes correctas, en la ya próxima boda, la mujer aquella que había surgido por un melodramático azar inverosímil. Inverosímil, inaceptable, con su precisión de casualidad estupenda, para Felisa cuando menos, y para la madre de Felisa -puesto que demás Arsenio deploraba su insigne tontería de haber mezclado en la intimidad de sus secretos, y a modo de salvador, al imbécil de Gerardo con su idiota Josefina. Debió prever que la intervención de ésta sería inevitable y que daría tal resultado.

Aquí tomaban el té las tres damas y él -en el bello saloncito del palacio que pronto iría a ser suyo. La condesa había puesto a su cargo, ante los santos escrúpulos de las dos buenas amigas, el arreglo de la semicatástrofe que ella misma suscitó con ligereza inconsciente. En verdad que le asombraba un poco a Arsenio la recta conciencia de las tres. Pero lo que no lograba discernir, era si estas «exageraciones delicadas», en su novia y en la madre de su novia, tenían por fundamento el respeto a Josefina, como «enterada del disgusto» y como miembro de la piadosa Asociación, o al revés, en Josefina la veneración que ambas le infundiesen y el pesar de haber sido la hipócrita culpable. Fuera como fuera, estaba lo importante en que, tras los días de gran zozobra, y por consejos de ella, habían escrito a Mavi y se la esperaba aquí..., esta noche: la recibirían doña Florencia y la condesa..., y la hablarían, y tratarían de persuadirla y reducirla a que se fuese de la corte, tiempo otras vidas despreciables..., no querría ofender al caballero!... Yo, ¿quién soy?... Ni tengo corazón, ni tengo a nadie en la tierra más que a... las buenas almas: a ti, que me amparaste generoso al morir mi padre, que me arrojaste a la indecencia con tus promesas de honor...; a ese amigo que me trajiste para venderme noblemente, por no dejarme abandonada, y a esas damas de hoy, en fin, que tú mismo quizá me has enviado para que me ofrezcan piadosas un asilo de honradez... por si yo lo prefería. ¡Gracias, queridos protectores!

La serie de latigazos había quebrantado un poco el aplomo adoptado por Arsenio en calidad de hombre que tiene que afrontar lo inevitable. No pudiendo directamente defenderse, refugió su hipocresía en los celos de Gerardo, que eran al fin «lo conveniente».

-Mavi, si el amigo a quien yo traje junto a ti como leal..., por culpas tuyas o por culpas propias no lo ha sido...

-¡Ese... -cortó Mavi- no es tan... reptil como tú! ¡Ten al menos el valor de no insultarle en su ausencia!

-¿Le defiendes?... ¡Es extraño!

-Te la guardó él de otro modo, y en bien otra ocasión... ¡como tú no merecías!

-¡Ah, sí, bravo!... ¡Defiéndele si le injurio! -repuso Arsenio con la compleja emoción de alegrías y de rencores que, a un tiempo, le daba el verla interesada por Gerardo, y justificándole a él, con «los celos», el desvío-. ¡Enhorabuena, mujer! ¡Ya él también acababa de decirme que... le interesas, que iba empezando a apasionarse de no sé qué de tu boca... de tus ojos... traidores, por lealtad sin duda... aun en la entrega que yo brindaba!

-¡Mientes! -¡No ha podido hablar así..., por más que así habrías querido oírle... para que quedase en calma tu conciencia! Porque tú tienes conciencia, y tan admirablemente penetrada del alcance del perdón, que te permite hasta este crimen monstruoso de que no son capaces ni las fieras con sus hijos... -Y una fiereza de fiera habíala tal vez alzado de la silla, y una santa mansedumbre la venció en la invocación; se acercó, y dijo llorando y casi postrada: -¡Por ellos, Arsenio, por los nuestros; aunque te aborrezca ya como mujer..., te hablo y te suplico... y lloro todavía como una madre!

-Sí, es indispensable -insistía en su noble iniciativa y con su cristiano acento la condesa: -esa mujer, esos niños, deben haber salido de Madrid antes de la boda.

-Sí, por mil razones -apoyaba beatíficamente Felisa, dulce y recogida, por no afrentar demás al novio, ya bien castigado con reproches, y que aguantaba éstos en silencio. -Hasta por mi dignidad también... por mi conciencia... Yo no podría tolerar sin un gran remordimiento, luego de enteradas las gentes, sobre todo, el cruzarme por las calles con el impudor de una... cortesana y dos chiquillos... que al fin serían los hijos de... mi marido, los hermanos de... ¡Oh, no, qué horror! Tú, Arsenio, no puedes consentirle esa vida a esa mujer... cuando menos en Madrid. ¡Debiste ofrecerla más dinero!

Alzó el aludido los ojos, y disculpó con suavidad:

-Inútil, Felisa. Además, no has querido tú que vuelva a verla. Pero inútil, digo, de cualquier modo. Abriga la esperanza, tal vez, de que tú desistas, y nada aceptaría mientras no sepa lo contrario. Entre una suma, sea cualquiera, y yo, le «convengo más», esto es indudable. Cree que ustedes ignoran que ha tenido... dos muchachos; o piensa si no que, por ellos, ustedes al fin se apiadarán... Desengáñenla, y su actitud variará completamente.

-Sí, sí -opinaba con igual monotonía de obsesión doña Florencia-, lleva razón Arsenio. Si esa mujer se figura que nosotras ignoramos..., que nosotras vacilamos..., sobrará con dejarla convencida de que a pesar de todo te casas. Entonces, yo seré quien pueda con éxito ofrecerla una más grande cantidad. Arsenio, no debe. ¿Cuánto le brindaste por último?

-Ocho o diez mil pesetas.

-¡Oh, ya es dinero!... Sin embargo, por los hijos, al fin..., es un deber, no una limosna. Y por vuestra tranquilidad, por todo. Para instalarse en un pueblo y educar a esas criaturas, necesita más... cinco mil pesetas más, y aunque fuese el doble, siempre que la perdamos de vista: habría de salirte más caro, hija mía, tenerlos cerca... socorriéndolos... o soportando que acaso a tus espaldas... ¡Oh, los hijos, hija! ¡tú verás de que los tengas!

La invocación tendió por entre las sedas claras de la sala y de los trajes, y en torno a la negra y severísima levita de Arsenio, un silencio de orden y ternuras.

Fue cortado por la ruidosa llegada de otro grave personaje, don Adolfo, que traía en la mano un Liberal:

-¡Buf! ¡Por Dios, señores, señoras. Florencia..., lo insufrible, el notición! ¿Dónde está Gerardo?... ¡Oigan... Y a ver si esto puede tolerarse! -y buscando en el periódico, leyó: «EL HIJO DE LA EUGENIA- El ilustre abogado defensor que ha librado de la muerte a la infeliz Eugenia, D. Gerardo San Román, con quien hemos tenido el gusto de hablar esta tarde, nos ha confirmado su propósito de recoger al hijo de su defendida y adoptarlo...» ¡Oh, bah! ¡buf!... ¡Insoportable! ¡Se empeñó! -interrumpióse don Adolfo estrujando El Liberal-; ¡y habremos de convenir en que es un genio este Gerardo!... ¡No hay quien le convenza! ¡No, pues yo no le tengo en mi casa, ni al hijo de la defendida, ni a mi hijo el defensor, si se obstina!... ¿Dónde está?

-En su despacho -indicó la madre.

-¡Claro! ¡Revolviendo papeluchos y sentencias! ¡Le ha dado por ahí! -lamentó el hercúleo don Adolfo saliendo como un rayo.

Arsenio y las tres damas comentaron con mesura el incidente. Al padre de la víctima, al pobre marqués de Lima, iba a sentarle muy mal. Al fin era el abuelo del chico. ¡Una provocación constante! ¡Una especie de lección! ¡Indigno! ¡Indigno!

-¡Es imbécil ese genio! -comentó doña Florencia, por Gerardo, sonriendo gentil a Josefina, porque no ignoraba las públicas y antiguas preferencias secretas de los dos.

-¡Y el caso es que tiene talento! -le defendió su querida.

-Pero... ¡qué mal empleado! -tachó el pulcro barón de Casa-Pola.

-Cierto -volvió la madre a intervenir. -Para la educación moral no hay como la familia ¡Esos colegios! ¡Esa vida errante que él llevó!... ¡Qué hemos de hacerle!

Otro místico respeto se tendió por la sala confortable, y la imagen de Gerardo quedó flotando en el silencio. Arsenio pensaba que hizo bien no buscándole, a pesar de su amenaza, por no entorpecer más esta boda con un tonto lance de honor. Josefina meditaba, satisfecha de sus mañas para aliarse en el intento a estas amigas, que sólo alejando de Madrid a Mavi, o diablo, a la rival bonita y triunfadora, podría recuperará su «indecente delicioso»; porque no se trataba, esta vez, de una infidelidad fugaz que le importase tres pimientos... Gerardo no había dejado de ir a la casa de Mavi un solo día...; y sonreíase, además, mirando a Arsenio de reojo: «era muy posible que este mentecato ni siquiera se soñase que estaba en bufo conflicto aquí por los hijos... del amigo».

«¡Ah, sí, Gerardo tiene talento!» se afirmó feliz y agradecida de hallarse por él en este embrollo de buen tono, en el cual ella tenía únicamente todos los hilos, y por encima incluso de la voluntad y del talento mismo de Gerardo.

Y una tarjeta, que la doncella entraba en este instante, provocó una dispersión. Felisa y Arsenio salieron, para no estar lejos, claro es... porque interesábales demás el resultado de la entrevista que no debían presenciar. Era Mavi. Y también habíanse puesto de pie, de puras curiosidad e inquietud, doña Florencia y Josefina.

-¡Que entre! -le mandó Florencia a la doncella, yendo en seguida a adoptar un ademán de dignidad en un confidente Imperio.

Josefina se sentó en el vis-a-vis, de tal modo que no le quedase a la rival sino aquella marquesita de debajo de la lámpara- a cuya luz pudiera verla a su deseo.


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Capítulo II
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El cínico- Segunda parte Felipe Trigo


-¡Adelante! - oyó Mavi que la invitaban cuando la emoción la detuvo tras los rasos de la puerta.

Abrió la colgadura, dio un paso y volvió aquedar inmóvil, con una sonrisa de dolor y de saludo.

El momento era solemne. La llamaban, con breves frases de esperanza, y aquí iba a resolverse su destino. El desagrado que le causó reconocer a Josefina, borrábaselo el aspecto amable y bondadoso de Florencia, gruesa dama de roja y ancha cara de paz y con el pelo casi blanco.

-¡Pase! ¡Siéntese usted!

Avanzó, contemplada por la un poco impertinente curiosidad de las señoras, y se sentó, sin procurarse hipócritas aspectos.

Este mismo contraste, esta misma dignidad de su desdicha, ante el que le pareció silencio de compasiva atención de la generosa mujer que la llamaba, hizo subir desde su corazón hasta sus ojos un callado llanto de infinita gratitud...; y alzó las manos, las finas manos nobles que lucían brillantes, y lo ocultó con el pañuelo.

-¿Por qué llora usted? -oyó que la animaba al fin la dueña de la casa.

Serenóse ella; agotó por un esfuerzo de voluntad las lágrimas y dijo:

-Perdón, señora: es mi suerte desde hace algunos años. ¡Lo quiere Dios, sin duda!

Doña Florencia creyó del caso fijar desde luego la situación delante de esta mujer que así, con sentimentalismos, parecía querer tratarla de igual a igual, engañada acaso por las equívocas vaguedades de una carta, y no vaciló en puntualizar, glacialmente evangélica:

-Dios es justo, joven. Sólo una senda de lágrimas, en esta vida, podrá conducirle a su clemencia.

Tocó, en verdad, la frase fría, en el corazón de Mavi. La extrañeza hízola mirar con ansia escrutadora, por un segundo, a la que ya sólo miraba al suelo como desde una torre de desdén; y luego, con enemigo asombro y con un lento girar de la cabeza, en que ondularon las negras plumas del sombrero, a los ámbitos del saloncito fastuoso que, al entrar, habíala impresionado como un templo de bondad y de justicia.

-Me ha llamado usted... -inició.

-Sí, para que hablemos -aprestóse a abreviar doña Florencia-. A ciertos ofrecimientos de... determinada persona que usted conoce, usted no ha querido contestar.

-Ciertamente -repuso Mavi, otra vez indecisa por la enigmática cortesía de aquel acento- de... determinada persona. Ofertas de dinero. Algunos hombres..., los hombres, no suelen dar valor... a, nuestras delicadezas. Por eso me he alegrado, señora, de que quiera hablarme usted..., ustedes, que podrán entenderme, porque son mujeres como yo.

-¡Oh, como usted!...

-¡Como usted! -rechazó también irónicamente la condesa.

Mavi se tragó el insulto.

-Quería decir, tan sólo -concedió-, que hay entre nosotras mayor facilidad de comprensión..., más identidad de sentimiento... ¡Por lo demás, harto veo la inmensa diferencia que separa sus respetabilidades... de mi humildad, de mi deshonra!

Pareció esto quebrantar las severidades de Florencia.

-Bien, tiene usted razón; entre nosotras será más fácil entendernos. Por eso, yo, que también lo sospeché, me he permitido llamarla. Y puesto que nuestras intenciones, puesto que nuestros deseos coinciden, casi sería más breve y mejor que concretara los suyos con franqueza. ¿Quiere decirlos?

-Mis deseos..., los deseos de toda mujer deshonrada, señora, no pueden ser otros que...

-¡Qué...! acabe... -animó indulgente la madre de Felisa.

-... ¡No pueden ser otros que... buscar su honra!

-¡Su honra! -admiró con bien leve sorpresa la «que ya esperaba esto como previa argucia de más contantes y sonantes intenciones»; pero aun así, la sublevaba el «manso cinismo de la joven», y rechazó desde la cima de su orgullo-: ¿Y viene a buscarla aquí?... ¡Eso..., donde la perdiese!

Hubo un brevísimo silencio, que vibraba de ariscas rebeldías.

-¡Señorita -intervino galante siempre y decisiva la condesa-, la hija de esta señora, DE TODOS MODOS se casará con don Arsenio! ¡No lo dude!

Despreció Mavi la advertencia, de puro brutal, aunque le bastase para dar por muerta su esperanza y por concluida esta visita, y quiso, al menos, responder al golpe de la otra con bien distintos orgullos de su alma.

-Ni yo creí, señora -dijo- que se me llamase aquí para insultarme..., ni yo perdí mi honra. ¡Se me arrancó, por un atracador de honras, con engaños!

-¡Bah! -limitóse a desdeñar doña Florencia.

-¡Y con «palabra de honor»!..., porque decíase aquel atracador un caballero.

-¡Palabras!

-¡Y con juramentos!..., porque, además, el caballero decíase cristiano.

-Psé..., también.

-¡Fue solemne! ¡El mismo que oirá su hija de usted, señora!

-¡¡Pero ante un cura y un altar!! -atajó por fin doña Florencia, hosca, poniéndose de pie.

-¡¡Oh!! -dijo Mavi con sarcasmo, levantándose-. Yo tuve más fe. ¡Delante de DIOS... tan sólo! Por mi mal, comprendo tarde que él no la merecía. ¡Ustedes lo han comprendido... antes! ¡Han tenido esa fortuna!

-No; hemos tenido... ese decoro; ¡no es igual! Mi hija no ha necesitado palabras de honor en prenda.

-Eso es verdad. Ni tendrá que darlas él: querrá el cura, lo primero, en este contrato de boda, porque...

-¡¡Basta!! -ordenó autoritariamente la dueña de la casa.

Pero Mavi, crecida de indignación, y tan enérgica, que dominó a Florencia en un sobresalto temeroso e hizo levantarse a Josefina, acabó con rabia:

-..., porque la hija de usted es... rica!

Habíase cambiado la situación, en un momento. Mavi, alta la frente, y como alzada también en desafío la arrogancia toda de su cuerpo, habría necesitado apenas un gesto más de amenaza para ser la que ahuyentase de su propia sala a estas señoras. Y Josefina, doña Florencia, como Arsenio que no te la preparo bien... ¡a día por lío y por disgusto! ¡Debe odiarme! -Fue en su impaciencia feliz a soltar el sombrero y el bastón, y volvió a acercarse, exclamando-: ¿Conque... ella? ¿Lo ha roto Mavi? ¡Cuenta! ¡Cuenta!

-Sí... lo ha roto... ¡ella!... ¡Mi hermana! -notició Gerardo, en tanto Arsenio se sentaba abriendo cuidadosamente su levita por detrás.

-¿Eh? -clamó el barón interrumpiendo sus elegantes pulcritudes de hombre que mira por la ropa-. ¿Tu hermana?... ¿Se lo has llevado?... ¡Vaya, déjate de bromas! Sabes que no me gusta que se la nombre aquí.

-No, si es que... ella, Felisa... ha estado aquí.

-¿Gerardo? -le reprochó el barón con su plena dignidad de futuro marido de Felisa.

-¡Hombre, no seas estúpido!... ¡Ha estado! ¡Con Josefina!

-¿Y... a qué?

-Eso es lo que ignoro. De Josefina, bien; se debía aguardar cualquier burrada desde aquella noche. Felisa... ¡no sé! ¡Acompañándola!

Mucho más severo, Arsenio protestó:

-Oye, Gerardo... ¿es que tú te crees que Felisa pueda acompañar a Josefina en estos lances?

Y entre burlón y severo también, Gerardo recogió:

-Oye, Arsenio... ¿es que tú te crees que yo creo que mi hermana... ¡Mi transigencia no llegaría a tanto..., ¡quizás! Pero, en fin, como yo no mando en ella, a los paseos la acompaña, y al Real..., y aquí, la ha acompañado. Y puesto que te pones serio, si quieres hablar en serio... escúchame.

-Tú dirás.

Gerardo entrevió, a la espalda de su amigo, por el bajo de la colgadura del pasillo, los zapatos y el vuelo de la clara falda de Cecilia.

-¡Tú dirás! -insistió el noble barón de Casa-Pola.

-Pues, digo... que tú no debes casarte con mi hermana.

-Explícate.

-No hay más explicación. Como hombre... como caballero... como buen cristiano... no debes, no puedes, sin cometer con Mavi una indignidad... Y una cobardía...

-¡Gerardo! -rugió el barón, medio levantándose.

Pero Gerardo añadió con un rigor de aplomo que estaba fuera de sus hábitos:

-... Sin dejar de ser cristiano, caballero y hasta hombre, de un golpe.

-¡¡Gerardo!! Yo no te puedo aceptar en ese tono...

-Bien, sí...; tu valor, tu dignidad..., que manejas las armas diestramente... todo eso ¡ya lo sé! Pero todo eso en nada evitaría que tú y tus espadas y tus caballerescos padrinos... os hubieseis congregado con... retetemuchísimo honor..., a defender una indecencia. Antes y después del duelo, tu deber es uno: casarte con la mujer a quien deshonraste con engaños.

Había vuelto a sentarse Arsenio, y despreció:

-¡Vamos! ¡Te da por lo sentimental! Desde que defiendes esas cosas de la Audiencia, estás hecho, hijo, un cursi imposible.

-¡Mira! -respondió Gerardo únicamente, poniéndole delante otro retrato que tomó de la etagére-. ¡Tus hijos!

Arsenio le apartó la mano y el retrato, desdeñoso:

-Son puntos de vista distintos. No podemos entendernos.

-¡Lo creo! -afirmó esta vez Gerardo, persuadido.

Y levantándose, al dejar la fotografía en el mueble, tarareó y se puso a pasear. En este instante entró Cecilia, repentina:

-¡Gracias, don Gerardo!...

-¡Muchacha!

-Sí, sí -corrió ella hasta el barón-. ¿No ve usted, señor? ¡Por esos niños..., por esos hijitos..., por la pobrecita señora..., sea usted bueno y tenga compasión!...

Habíase arrodillado, diciendo esto, y Arsenio, estupefacto, erguido entre la humillada infeliz y la butaca, le ordeno:

-¡Largo de aquí! ¿Quién te manda a ti mezclarte... ¡Largo, largo!

Con el pie la rechazaba.

Cecilia salió dolorosa y lentamente.

Arsenio sonreía. Era su sonrisa de cinismo. Volvió a semitenderse displicente en el sofá, y susurraba:

-¡Oh, estas zafiotas del pueblo! Mira que son bestias, ¿verdad?

En seguida siguió tarareando, y golpeábase con el bastón una bota.

-¿Estábais compinchados? -preguntó Arsenio con dura ironía real, porque lo pensó.

-Mavi y yo... y ésta. Sí, chico. Ver cómo te caso con Mavi... y luego... ¡entendernos... yo y tu Mavi! ¿Comprendes?... ¿A qué menos la había de obligar su gratitud?

No pudo dejar de notar Arsenio la acerbidad del reproche. Sin embargo, sus desconfianzas, tomando otro camino, le hicieron acercarse -pues era él quien habíase ahora alejado, paseando sus sorpresas.

-¿Por qué hoy me hablas así?... Ya la otra noche quisiste abordar el mismo tema. ¡Qué cambio tan asombroso en tu carácter, en tu... ¡No te reconocería!... ¿Acaso te ha dicho tu hermana...

-No, chico, no... -repuso el cínico con una leve carcajada-. ¡Si es que bromeo! ¿Tengo cara yo de... recadista? Todo lo tomo igual. Además, como abogado, tiene uno que «hacerse» a los arranques teatrales. Ya me has oído en la Audiencia. Es que eso lo dije ayer. Tú no fuiste; Mavi, sí... ¡Pura guasa! Se me ha metido en la frente armar contigo alguna vez un lance de honor en cómico..., con las pistolas torcidas, de las que apuntan a los padrinos..., o con esas otras de cuerda y corcho para las moscas... Un lance digno de nosotros, que entendemos así la vida y la eternidad, y estas músicas de... promesas y deberes, y mujeres y chiquillos...

-Mi deber -dijo, Arsenio, deteniendo nuevamente su paseo-, lo sé de sobra. Nunca he pensado dejar de hacer, con esa mujer y esos niños, lo que debo; pero, de otro modo.

-Sí, más... rápido; a ella, lo acordado: endosármela...; a ellos, buscarles una recomendación para el Hospicio.

-Pues si tan mal ves el endoso..., si fue tan singular tu impresión aquella noche, hasta el punto de darte lástima de ella..., poco se compagina todo con tu presencia aquí, esperándolo. ¿Por qué has vuelto a buscarla?

-Psé... ¡mira tú!.. cosas de... canalla. Sentimentalismos de pólvora... ¡fuú!..., ¡nada, se van! ¿No has visto nunca a esos golfos que lloran y se conmueven al ver llorar a una dama que ha perdido a su hijo entre la gente..., y que la ayudan a buscar con alma y vida... sin perjuicio de quitarlas, al despedirse, el reloj?... ¡Algo por el estilo!... o tal vez me ilusioné, me enamoré un poco..., como nos enamoramos los golfos que no sabemos tratar más que a cierta clase de mujeres..., y menos hábil que tú, he vuelto y me da ahora vergüenza y rabia no saber cómo decírselo. En dos semanas, no he sido capaz de hablarla de esto ni una vez... ¡Si hubieras sido tú! Porque tú, Arsenio, eres un canalla..., pero más fino, más atento... Un canalla muchísimo mejor educado, ¿verdad?

Arsenio se crispó.

-Gerardo... ¡Vamos a acabar de mal modo!

-Como dos cocheros. ¡Si te lo advertí! ¡Si tu sistema en el final se parece al mío completamente!

Dominándose, refugiándose en desprecio, Arsenio le volvió la espalda. Su nuevo paseo, no obstante, quedó cortado por un rumor lejano, que advertía la llegada de Mavi, en lo profundo del tocador y de la alcoba.

-¡Ella! -le avisó a Gerardo señalándole el despacho-. ¡Entra ahí!

Gerardo se puso súbito de pie, por un instinto de respeto.

-¡No, me marcho! -dijo-. ¡Si tú eres capaz de encanallarla... yo la buscaré algún día... a lo golfo!... ¡O a ti... para escupirte y darte, si es que me encuentras de humor, dos bofetadas!

-¡Oh! -rugió Arsenio lanzándose a él; y no pudiendo alcanzarlo en su ímpetu, porque Gerardo ya se le alejaba en el pasillo, le advirtió terrible-: ¡Nos veremos!

Y volvióse.

Mavi acababa de aparecer en la otra puerta.


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Capítulo III
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El cínico- Segunda parte Felipe Trigo


Los dos quedaron mirándose, de lejos.

-Mavi..., buenas tardes -inició él, volviendo a sentarse en el sofá-. ¿Qué tienes?

-¿Me lo preguntas? -dijo aterrada ella, sin moverse.

-Carezco del don de adivinar.

-¡Te casas!... ¡Pretendías casarte!

El amante vaciló y respondió por fin, acatando lo innegable:

-¿Piensas impedirlo?

Cerró Mavi brusca los ojos, en una convulsión, ante el acento de frialdad y de desafío.

-¿Piensas matarme, como a Carlos esa Eugenia? -insistió él con ironía-. Ya, ya sé que vas por las tardes al proceso... a oír a Gerardo, nuestro amigo.

La cruel brutalidad hirió a Mavi hasta hacerla caer llorando, junto a la puerta, en la silla que recogía la colgadura. Era ese llanto íntimo y silencioso del gran dolor que se sabe sin consuelo.

La contempló el amante y se encogió de hombros. Evidentemente, sus preocupaciones no se referían a esta situación ni a esta mujer, que ya tenía bien descontadas, más que por la extraña e inexplicable visita de Felisa. Se levantó y llegó hasta ella.

-A qué han venido aquí hoy... ciertas señoras?... ¿Por qué han venido?... ¿Qué te han dicho?

Mavi alzó apenas la cabeza y la volvió a abatir sobre el pañuelo- para llorar con mayor desolación. Él se alejó, y quedó sentado más cerca; sacó un habano y lo encendió. Luego apoyó la frente en la mano y el codo en el respaldo de la silla, añadiendo:

-No te apures, mujer... Es cierto que me caso...; pero ya verás qué poco tardas en hallar... alivio... ¡tú! Eres guapa..., y joven..., y las penas pasan...; y cuando se es además lista..., un poco previsora..., se sabe ir poniéndose a la vista un... abogado defensor... como el que viene aquí todos las días.

-¡¡Ah!! -levantóse estremecida Mavi-. ¿Qué dices? ¿A qué viene, y por qué?

Había dado un paso hacia el amante, y le detuvo su gesto.

-Tú lo sabrás, mujer. A lo que tú vas a la Audiencia.

La indignación torcía a Mavi.

-¡Oh, Arsenio!... Tú me llevaste a él hasta contra mi voluntad y de manera bien extraña... Después... ¡tú también le has traído!

-Sí, para mis negocios...; lo cual no quita...

-¡Eso es una impostura!... ¡Eso es... -fue a decir, crecida en arrebato, pero lo refrenó en severa acusación-: Tú lo sabes; me he opuesto con toda mi energía a que te buscase aquí... ¿Por qué tuviste este empeño?... ¡Oh, Arsenio, la inexplicable visita de tu... novia, me está explicando a mí muchas cosas... muchas cosas, que no hubiese dudado más desde aquella noche si hubiese podido creerte... como eres!

-No. Pues nada hay que explicar... en lo referente a que yo invitase aquí a Gerardo. Tuve ese empeño..., porque en alguna parte había de buscarme..., porque yo me pasaba aquí la vida... Aquí dormía, aquí comía y trabajaba...; tengo aquí casi todos mis papeles de ese asunto y de otros... Además, creyendo él que eras mi mujer, no iba a enviarle a mi casa.

-¡Él, no lo cree! -opuso rotunda Mavi.

-Bien; ahora por...

-Ni ha podido creerlo... ni tú has podido creer que lo creyese de su futuro cuñado... ¡Oh, Arsenio! ¡Qué infamia!... ¡Por muy malo que te haya llegado a sospechar, nunca creí que fueses... tan rastrero, tan cobarde!

El insulto puso de pie al barón.

-¡Mavi! -dijo, ásperamente.

Y miró a la puerta, como en busca de la criada idiota o del Gerardo imbécil, a quienes él debiese ahogar por haberla informado tan bien del parentesco.

-¿Se ofende tu dignidad? -repuso Mavi, destrozada en ironía-. ¡Oh, perdón! ¡Una pobre mujer sin vergüenza., una carne viva sin entrañas más que para dar placer y engendrar al mismo en noche memorable, viéronse asaltadas por el súbito recelo de ver surgir en la burlada una criminal como la Eugenia... ¡como la Eugenia Aragón!

Y prosiguió Mavi, sin moverse:

-Pero pobre y mísera y traicionada y deshonrada yo, guardo un corazón de mujer que no han podido arrancarme; y en él, el cariño...

¿De él? -se atrevió Florencia a dudar.

-... ¡de sus hijos y mis hijos!... ¡A él... le escupiría! ¡Querría no verle jamás!

-Pues, entonces, ¿a qué aspira? ¿Qué pretende?

-Casarme.

-¿Con... don Arsenio?

-¡Con el padre de mis hijos! ¡Con el único que puede y debe darles su nombre!

Eran ya suaves otra vez las respuestas de ella, atenazadas en dolor, y doña Florencia se atrevió a sentarse, inversamente recobrada a su dominio y deplorando:

-¿Y me lo pide a mí?... ¡Qué manía! Siéntese, joven.

-Usted -repuso Mavi obedeciéndola, a la vez que las imitaba la condesa- no lo podrá conceder; pero puede, siendo madre, y teniendo entrañas de madre, no quitárselo a mis hijos.

-¿Yo?

-Con sólo impedir que alguien de esta casa lo estorbe para siempre. Digo la verdad, además, si digo que para esto creí haber sido llamada por usted... para evitar infamia semejante... después de oírme y de haberse persuadido de mis sacratísimos derechos... Conmigo traigo antiguas cartas de... ese hombre, de cuando era mi novio, mi novio nada más, tan honradamente como ahora pueda serlo de su hija, señora, y que si entonces fueron el engaño mío, ahora podrían volverse pregones de su afrenta..., porque en ellas están escritas sus promesas con los juramentos del cristiano y las palabras de honor del caballero!...

Esperó Mavi a que las damas, un poco confundidas, pidiéranle las cartas- documentos de baldía reclamación si no fuese ante almas generosas... y tuvo que volverse y levantarse, igual que las demás, al sentir tras ella una desalentada irrupción de sedosas faldas.

Era Felisa; entraba descompuesta, y se detuvo para lanzar desde lejos:

-¡Basta de farsas!... que tratan de explotarse aquí en un sucio chantage...: porque usted, que con esas cartas iría gritando todo eso... tal vez no pueda saber a ciencia cierta quién sea el padre de sus hijos!... Mamá, no pierdas el tiempo; busca esta mujer... ¡dinero! ¡Dile de una vez cuánto se está dispuesta a dar por sus cartas y porque se vaya de Madrid!

La injuria había paralizado a Mavi.

-¡¡Miserable!! -rugió frenética.

Luego, con los labios temblando, lívida, siniestra, llevó ambas manos al pecho, a la vez que un feroz odio contenido acercábala a Felisa, buscándose en el abrigo las cartas con que azotarle la faz... Fue instantáneamente un terror, un pánico, y fue una despavorida dispersión loca de las otras tres hacia las puertas. ¡Pensaron en la Aragón!

-¡¡Papá!! ¡¡Arsenio!! ¡¡Arsenio!!

-¡¡Adolfo!! ¡¡Arsenio!!

-¡¡Arsenio!! ¡¡Andrés!!

Arsenio se presentó, detrás del sitio hacia donde pudo retroceder Felisa.

-¡Tomen las cartas! -completó Mavi su intención arrojándoselas a ambos.

Y las cartas dispersáronse, luego que chocaron con los rostros, con los hombros unidos de los dos. Y por el gabinete, momentos después, comparecía ante la ya muda escena inmóvil don Adolfo. Y por el pasillo, Andrés y dos ó tres criadas..., todos alarmados, todos azogados, todos atraídos por la angustia de los gritos que llenaron el palacio.

-¿Qué pasa? ¿Qué ha sido? ¿Qué hay?

-¿Qué es eso? ¿Qué es eso?

-Qué...

Correspondían a las preguntas, breves y ansiosas, respuestas breves, aun cortadas por el susto, y unidas por una misma cobardía de las miradas hacia la indefensa mujer que desde en medio del salón empezaba a mirar también a todos con miedo y extrañeza.

-¡Nada!

-¡Nada, esa mujer!...

-¡Esa mujer... que me insultaba... que nos... estaba insultando!...

-¿Por qué? -lanzó terrible el hercúleo don Adolfo, llegando a ella-. ¿Quién es esta mujer? ¿A qué ha venido? ¿Por qué está aquí?... -y buscaba en torno la explicación que no le daba nadie, y vio las cartas en el suelo-. Y estas cartas... ¿qué son?

Doblóse, cogió una y reconoció inmediatamente la letra y el heráldico blasón del barón de Casa-Pola.

-¡Oh! -no pudo menos de exclamar también, presintiendo en Mavi una Eugenia más lujosa.

Y en seguida:

-¡Oh! -exclamó asimismo Arsenio arrebatándole la carta. Y dudó un segundo, pero logró improvisar su salvación delante de la gente, delante de los criados, y acertó a dar hacia Mavi un paso, inculpándola-: ¡Mi letra! ¡Lo comprendo! -Volviéndose aun a don Adolfo, terminó-: Son calumnias... mentiras... ¡Son falsas!... ¡No contaba esta mujer con verme aquí!

-¡Oh! -rugió Mavi todavía.

Pero la estremeció y la aterró don Adolfo, cogiéndola por la muñeca.

-Pedía dinero... - confirmó Felisa.

-¡A la calle! -resolvió doña Florencia. -¡A la calle!

-No -se opuso don Adolfo-. Sujétala, Andrés. ¡Un policía!... ¡A la cárcel!

Andrés, el mayordomo, llegó y le sujetó por detrás a Mavi ambos brazos...; bien pronto tuvo que sujetarla también por el cuerpo, porque Mavi, blanca como un papel, desfallecía...

Y viose entonces, tras el grupo lamentable, a otro hombre que habíase aparecido investigador y silencioso en una puerta, y que avanzaba ahora torvamente. Era Gerardo.

Su padre le divisó el primero.

-¡Otra cliente, si gustas! -le dijo, con la rabia aún de la inútil discusión que sostuvo en su despacho-. ¡Va a la cárcel!

-¡A la cárcel!

-Sí. ¡Por falsificadora! ¡Por estafadora! ¡Para variar tus causas, hijo mío!:

Gerardo, que todo lo ignoraba de la visita de Mavi, vió, a modo de completa explicación, la prisa con que Arsenio recogía papeles de sus pies.

-¡Tus cartas! -le dijo, después de haberle hecho levantarse con una mirada tal que le abrumó-. ¿Ha falsificado tus cartas!... ¡Pero, hombre, déjaselas... para que pueda un juez confirmarlo!

-¡Gerardo!

-¡Cobarde!

-¡Por Dios, Gerardo!... -se interpuso Josefina.

El cínico, con un tranquilo ademán, sin hacer caso tampoco de Arsenio, a quien Felisa y su padre contuvieron en un impulso de lanzársele, volvióse a uno y otro lado para expresar lentamente y con el agrado maligno de confundir en su frase de cortés fiereza a los sirvientes:

-Señoras..., señores..., querida hermana..., este futuro marido tuyo... es un granuja.

-¿Qué ha dicho?

-¿Qué ha dicho?

Bramaron al mismo tiempo el barón y don Adolfo, sujetos ahora por Felisa.

-GRANUJA -repitió él con una horrible calma que se impuso a todos.

Y en la estupefacción, en el pasmo de trágico silencio, acercóse a Mavi, que le miraba agradecida, y se la quitó de entre los brazos, más útiles para sostenerla aún que para apresarla, a Andrés. Este se quedó a dos pasos, atónito. Ella le echó al amparador heroico un brazo por el cuello, susurrando en gratitudes inefables:

-¡Gerardo!

-¡Echadlos! ¡A los dos! -pudo al fin reventar en rabia don Adolfo, a quien ya le impedían hacerlo por sí propio su mujer y la condesa.

Mas apenas quiso el mayordomo iniciar un movimiento, Gerardo le paralizó de una mirada:

-Al que toque a esta mujer... ¡lo mato... sea quien sea!

Nadie se movió. Hubo otro silencio de sepulcro. Gerardo debía tener en la mano derecha algún revólver; pero no tenía ningún revólver...

-¡Fuera de ahí! -rugió de nuevo el padre, arrojándose hacia él.

Y nuevamente lo impidieron las señoras, y Arsenio también, que se resignó a comentar:

-¡Está loco!

-¡Fuera de ahí! ¡Deja esa mujer! -arreciaba don Adolfo entre el lamentarse agudo de las damas-. ¡Fuera, fuera de mi casa, indecente!

Gerardo recibió sin inmutarse la palabra, y acogió la orden con su impávido cinismo:

-Sí, me voy... ¡estad tranquilos! Pero yo, el que recoge los hijos de las pobres presidiarias, me llevo también conmigo y para siempre a esta mujer y a sus hijos... Y trataré de devolverles como pueda la honra y el dinero que entre todos le quitáis! ¡Sabedlo: me la llevo, y... la honraré!

-¿Con qué honra? -burlóse sarcástico el padre, ya que no le dejaban romperle la cabeza.

-¡Con la de tu alcurnia, papá..., con la de tu nombre... que no me podréis borrar, ni aun echándome de aquí..., y que yo juntaré estrechamente a su ignominia, si Mavi quiere, y en forma tal que no se sepa qué honra o qué deshonra a qué, si la ignominia al nombre ó el nombre a la ignominia!

Tiraba de ella, que le seguía enlazada con gloriosa gratitud, y entonces fue cuando la reacción de iras a tanto insulto invadió por fin feroz a la madre y a la hermana y a la propia condesa en derrota:

-¡Qué indecencia! ¡Se la lleva!

-¡Se la lleva ante nosotros!

-¡De querida!

-¡Y con qué cinismo!

Llegaban a la puerta; Gerardo se volvió:

-¡No! Con cinismo, condesa, tomé a mis queridas aquí, de entre vosotras... A esta la tomaré con bendiciones, si le placen, por... querida esposa de mi alma! ¡Lo prometo por mi honor, ante Dios y ante vosotros!... ¡Y da gracias, hermana, porque Mavi se opondrá, a que no nos tengas cuando tú en la misma iglesia!

Salieron... Y el nuevo pasmo de asombros, hacia el cínico de cinismos inauditos que así quería su honor para arrastrarlo por el fango, rompióse últimamente en un hostil murmullo de múltiples protestas, de desesperaciones, de conmiseraciones...

La madre lloraba, la hija también... Y sufrió un ataque; y fueron Arsenio y don Adolfo quienes dignamente repartían consuelos resignados, y Josefina la que tuvo que reclamar de las sirvientes las sales inglesas en los pomos verdes de oro y de cristal...


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