El caballero de las botas azules: 07

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Capítulo VI
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El caballero de las botas azules Rosalía de Castro


Varios críticos, de esos cuyos juicios se imponen por sí mismos a los ilustrados lectores, y algunos literatos de indisputable fecundidad, formaban en tanto círculo aparte en uno de los jardines más espléndidamente iluminados; pues, mal que les pese a las musas, son casi siempre sus elegidos fatalmente inclinados más bien que a la sencillez de los campos a las pompas mundanas, al lujo regio de los salones y a cuanto la perfecta sabiduría condena por boda de Pitágoras como muelle y enervador.

Arrellenados esta noche en ligeros asientos rodeados de flores y aspirando los mil perfumes que las plantas despedían de sus senos y las damas de sus vestidos, hablaban de las cosas y de las personas con ese alto desdén, con esa roedora mordacidad tan semejante a la boca de los rumiantes en despuntarlo todo.

-He aquí la condesa de Río Ancho -decían-. Se asemeja a una rosa nacida en otoño, o a una belleza antigua resucitada entre las ruinas de un gótico castillo. A ella es a quien dedica sus versos el desdichado coplero Luis.

-¡Coplero! Eso es rebajar demasiado a un poeta.

-Él no es poeta aunque se lo llamen las gentes, y la condesa que lo sabe lee sus versos riéndose en compañía de su amante napolitano, el hombre más necio de toda Italia.

-Posee, no obstante, una habilidad que ha traído de su patria. Toca Il violino con una sedosidad desesperadora para el marido de su Francesca, que al oír resbalar el arco sobre las cuerdas se cura del mal de nervios.

-Silencio... Ved a Carlos que se aproxima sombrío y meditabundo... Se desespera de no poder convertir a Laura en mujer honrada, mientras ella, que se halla en un acceso de hastío como los que le acometen cada otoño, está pensando en ir a pescar un amante a la Hungría o la Silesia...

-¿Para qué?

-Para saber cuán dulce es un coloquio de amor entre la nieve o cómo suena en húngaro la palabra ¡te amo!

-¡Loca de atar! Es una segunda Ana Bolena.

-Haz justicia asimismo a las que se le parecen. ¿Te olvidas de la del Puerto, de la de Camba, de la de Carcasol? Ahí está también la gran Casimira, esclava de su veleidoso corazón. Se vanagloria, aunque discretamente por otra parte porque tiene talento, de despreciar todo lo que las mujeres vulgares temen, y dice que le sobra valor para asemejarse y ponerse a nivel de los hombres. Mas a fe que se engaña al creerse la única valiente... Las amazonas de amor van estando de sobra en nuestro siglo.

-Rectifico.

-¿Y la de Vinca Rúa? He ahí otra notabilidad sorprendente... A pesar de sus cuarenta cumplidos gasta en un collar o en una diadema veinte mil duros, es capaz de vestirse de diosa o de gitana por poner la primera una moda, y tratándose de regalar a un amante no temería, después de haber recibido la bendición del papa, en arruinar la silla apostólica. Mas, hela aquí que llega al fin..., miradla, ¡qué maravilla! Ha venido la última para sorprendernos con su fausto, y en verdad lo consigue, ¡qué brillo!, ¡qué diamantes! Si la plantasen ahora en Sierra Morena... Señora, el lujo está desatado; cada mujer es en nuestros días una reina, empezando por las costureras.

-Volvemos a los tiempos de Roma.

-Ya desandaremos otra vez el camino. El mundo se asemeja a las mareas, va y viene.

-¡Dios santo!... Qué cara de soledad tiene esta marquesita de Mara-Mari. ¿Reza mucho?

-Mañana y tarde, para que Dios le depare cada semana por lo menos un noble joven que se mate por su hermosura.

-¡Tigre hircana! No seré yo.

-Y harás muy bien, pues la orgullosa no hubiera llorado su trágico fin. Menos desdeñosa es Marcelina, la criolla, a la cual se la tiene contenta con decirle que América es el paraíso, que Europa es una merienda de negros, y España semejante a un insecto inmundo de esos que las boas se devoran a cientos.

-¡Válgate Dios con la criolla!... Pero, Señor... ¿en dónde está la razón humana?

-Yo creo que cada hombre cogió como pudo su pedacito y que hizo de él lo que le pareció más conveniente. Así se ven algunos que han colocado su porción en los pies, imaginando que de este modo no habrían de dar nunca un tropezón, aun cuando, en cambio, anduviesen con la cabeza hueca concluyendo por rompérsela contra una esquina.

-El pensamiento no me parece ni ingenioso ni elegante, pero sí verdadero. Mas observo que estás hoy filósofo.

-Porque me aburro.

-Fruta del tiempo.

-Fruta de todos tiempos. Mirad... mirad qué blancos hombros los de esa mujer. ¡Malditas apariencias!, ¡que no fuera verdad tanta belleza!... pero todo es arroz. ¿Sabéis que he llegado a adquirir un triste convencimiento?

-¿Que es mejor el oficio de marqués que el de literato? -preguntó Pelasgo acercándose.

-Que las mujeres no son, ni con mucho, tan hermosas como nosotros las soñamos. Quitad de su tocador las pomadas, los afeites, los perfumes, desnudadlas de ese pomposo atavío de flores y sedas y contempladlas después.

-Después... después mucho más hermosas todavía. El ropaje me ha parecido siempre detestable. Prefiero el arte griego.

-Es que tú debieras haber nacido en tiempo de Nerón, allá... cuando se hacían sacrificios en Pafos... pero la fortuna te ha sido adversa, y hete aquí con frac y largos pantalones contemplando en vez de jóvenes desnudas consagradas a la impúdica Venus a nuestras mujeres españolas metidas en jaulas de acero y en corsés a la perezosa.

-Atiende, no obstante -añadió Pelasgo-, que no lo he perdido todo y que a ser Fidias, o cualquier otro escultor de aquellos tiempos, no me hubieran faltado en este baile preciosos modelos. Esa joven que acogida al brazo de aquel novel diplomático acaba de pararse al pie de la fuente es uno de ellos. No hay duda que oculta bajo la larga cola del vestido lo que una aldeana de mi país enseña sin rebozo al pasar un arroyo o subir un picacho; pero en cambio, nos muestra atrevidamente el seno hasta más de la mitad... dijérase que está a solas en su gabinete. Lleva los brazos completamente desnudos y una trasparente y bienhechora gasa permite que la mirada contemple sin estorbo, hasta tocar la aprisionada cintura, las formas clásicas de su preciosa espalda. ¿No puedo consolarme con esto de los tiempos del César?

-Hablas como sientes; es decir, de una manera indecorosa y que pudiera decirse prohibida.

-¡Me calumnias!... En tal caso, que prohíban los escotes y las danzas que pues yo no hago más que hablar libremente de lo que aún más libremente veo... Ahí las tienes... a cientos pasan ante nosotros, dándonos, como quien dice, en rostro con sus perfecciones... ¿No vienen hoy casi todas cual si quisiesen servir de modelo para alguna de las tres gracias? ¿Mas cómo suceder de otro modo, si el baile es de toda etiqueta, y si mientras se envían misiones a los salvajes para predicarles la moral cristiana y el santo pudor de las vírgenes, tan grato al cielo, la etiqueta en Europa es vestirse medio en cueros?

Reía el crítico Pelasgo al decir esto, con todo su corazón, porque su mayor placer era la burla, aun cuando no soportaba que se burlasen de él. Pero el poeta Ambrosio, que sin ser mejor que su amigo era capaz de convertirse en santo, por llevarle la contraria, repuso:

-Decir crítico es decir lengua de serpiente. Mas el que quiere echarle en cara a la sociedad sus vicios debe empezar antes por corregirse a sí propio. Declamar contra el escándalo y ser escandaloso son dos cosas que se contradicen.

-Como Pelasgo y tú -añadió otro.

-En efecto -repuso el primero-. Cuando yo digo A, él dice Z, lo cual significa sin duda que soy la primera letra del alfabeto, y Ambrosio la última. Mas ¡aaaa, qué sueño me domina!... diríase que no he dormido en un mes.

-Parece que las horas caminan con pies de plomo -añadió otro, haciendo eco como es costumbre al bostezo de su vecino-. Y sin embargo... cómo se divierten los dichosos... ¡quién fuera uno de ellos!

-En vano lo deseas, y yo contigo -repuso un tercero bostezando también-. Las mujeres chillan como cotorras, la música resuena como un trueno, el calor hace que la ropa se plegue a nuestro cuerpo como la túnica cuando salimos del baño... y ahora pregunto... ¿A qué se viene a estos sitios si no es a fastidiarse?

-No venir -dijo Pelasgo.

-¡No venir! ¿Qué hacer entonces de este pobre cuerpo que en ninguna parte se encuentra bien?

-Enviarlo al océano a saber noticias del cable submarino o a investigar, tierra adentro, de qué son esas botas azules.

-Silencio, señores... Ésa es cuestión difícil... ¿No saben ustedes que ese duende de duque no quiere que se murmure de él? A pesar de que se le ha esperado toda la noche con una ansiedad que rayaba en agonía, ninguno se ha atrevido a pronunciar su nombre en voz alta.

-Y, por cierto, que acaba de dar a esta sociedad el mayor chasco del siglo. ¡Cómo habrá de reírse con su risa a lo Mefistófeles cuando sepa la ridícula farsa que acaba de hacer representar en vano a tanta noble eminencia! Trabajo costaba en las primeras horas de la noche contener la risa al notar el grave recogimiento y parsimonia de todos los circunstantes.

-¿No permanecías tú también tieso y empaquetado como un milord?

-Donde estuvieres haz como vieres. Sabia máxima es esta que nunca olvido; mas para mi interior murmuraba del lance como una mala lengua que siempre he sido. Ninguno, aunque le devorase la impaciencia, se atrevía a bailar, porque iba a venir el gran duque que detesta el baile y se burla satánicamente -según dicen Las Tinieblas- de los que, dando saltos al compás de la música, dejan sueltos al aire con harto poco decoro los faldones del frac -son sus propias palabras- mientras las damas, semejantes a rosas en medio de un remolino, se desgreñan, languidecen y marcan cual si se hallasen en alta mar.

-Lenguaje es ese digno de quien lo usa.

-A Pelasgo no le complacen Las Tinieblas -dijo Ambrosio-, y esto es muy natural. ¿Quién es tu enemigo? El de tu oficio.

-¿Quién se cuida de cosas tan ruines?... -repuso el crítico con desdén-. Ni me incomodan ni temo a enemigos que hieren en la sombra. Ese periódico envidioso, mal intencionado y tan oscuro como su nombre... es...

-Es la caricatura de la prensa, y ni siquiera teme a los artículos de nuestro amigo que son los más temibles que en la corte se escriben; por el contrario, Las Tinieblas se muestran verdaderamente atormentadoras con Pelasgo y algunos otros discípulos o imitadores de Moratín. Es el látigo de los látigos que nada respeta, es el asesino de las formidables reputaciones, el mordedor de los que muerden, el infierno de la prensa, en fin, la venganza de la venganza, si así decirse puede...

-Vergonzoso es que un poeta o un escritor cualquiera se digne hacer la apología de ese cobarde monstruo que lanza sus saetas al abrigo del incógnito.

-¡Oh! lo mismo hacen casi siempre los imitadores de Moratín. Y por otra parte tú sabes muy bien, Pelasgo, y lo sabemos todos, que la firma de algunos escritores al pie de ciertos artículos no demuestra comúnmente valor, sino osadía.

-De cualquier modo, Las Tinieblas son entre los demás diarios de la corte semejantes a una mancha en un vestido de boda -concluyó Pelasgo con mal encubierta saña.

-«¡Pedante y follón!... tú y los diarios sí que sois una mancha y veneno...» -dijo riendo una voz que sin saberse el cómo, llegó hasta ellos.

-¿Quién ha hablado? -preguntó el crítico palideciendo y mirando en torno. Mas como no fuese posible distinguir bien cada objeto tras los espesos árboles, volvió a aquietarse al parecer, diciendo-: ¡Bah!, sin duda algún redactor de Las Tinieblas. Se le conoce en la manera con que se defiende.

-Ése es alguno que gasta de tu pimienta -añadió Ambrosio.

-A lo que advierto te vas convirtiendo en campeón de todo lo que no admite defensa.

-¡Qué quieres! Las Tinieblas me agradan, sobre todo porque tiende a derribar el vano orgullo de las medianías, la mentira gloria de algunos malos prosistas y la lastimosa popularidad que han llegado a adquirir esas novelas que, para explotar al pobre, se publican por entregas de a dos cuartos.

-En vano encareces, querido Ambrosio, la saludable crítica de tu protegido porque tantos chubascos se esparcen en los aires antes de llegar al suelo.

-¡Oh! No sólo llegan al suelo sino que caen como un diluvio sobre las víctimas.

-¡Imposible! Si así fuese ya no hubieran existido muchos de mis amigos, pues, si mal no recuerdo, no hace muchos días que el tal periódico, con el mal estilo y la mala intención que le es propia, arrojaba sus iras sobre la fecundidad pestilencial de ciertos poetas. ¿Acaso no lo sabes?

-La gloria del poeta está siempre más alta que todas las críticas, y ningún hijo de las musas publica nunca sus obras por entregas de a dos cuartos -repuso Ambrosio enojado.

-Y hacen muy bien -contestó Pelasgo-, porque ni de balde las quieren. Díganlo si no tus romances e interminables leyendas que en compañía de muchas otras duermen el sueño eterno en los detalles de las librerías.

-Señores -dijo uno levantándose-, entran ustedes en un terreno impropio de personas de honor. Cada cual vale lo que vale.

-Perdone usted, amigo -respondió Pelasgo sin poder contenerse-, el señor no vale nada.

-¡Agradezco tanto favor! -contestó Ambrosio con ironía e inclinándose profundamente-; más aún cuando ninguno de los dos pueda dar sentencia en esta causa, me atrevo a decir sin modestia que el señor Pelasgo vale muchísimo menos que yo...

-Reparen, señores -añadió otro-, reparen el lugar donde nos encontramos y que no somos niños. Se parecen ustedes en este instante a dos periódicos cuando en el ardor de la polémica se llaman esto y aquello y se dicen tú eres y yo soy...

Tenía ya Pelasgo la sangre subida a la cabeza y como tratándose de chistes no podía soportar otros que los suyos, exclamó con desentonado acento:

-Mal sientan las gracias al que no la tiene.

-Eso es precisamente lo que siempre te ha acontecido -respondió el otro dispuesto a entrar en contienda, y no sabemos lo que allí pasaría si la misma voz que había hablado antes no dijese de nuevo:

-«Tal para cual. Entre pedantes y malos escritores la diferencia es leve, pero en estas artes le corresponde a Pelasgo la supremacía».

-¿Quién es el cobarde que se esconde para decir tales palabras? -exclamó Pelasgo fuera de sí.

-«El que ha de ponerle el cascabel al gato» -añadió la voz dejando oír enseguida una carcajada cuyo eco fue a perderse en lo último de los jardines. Todos se pusieron entonces en pie, diciendo:

-Hay un duende que se ríe de Pelasgo y que, según parece, quiere burlarse también de nosotros. ¡Busquémosle, vive el cielo! Busquémosle y aplastémosle en el rostro el cascabel que quiere colgarnos al cuello.

En aquel instante resonó en los salones cierto sordo rumor que llamó la atención de todos y en especial de críticos y poetas. Grande era la confusión que allí reinaba; pero pudieron ver al fin al duque de la Gloria, que apareció en lo último de una galería, magnífico y sorprendente como la visión de un hermoso sueño.

Burlón el rostro y blanco como un pedazo de mármol, la mirada penetrante como una saeta, aunque atractiva y fascinadora al mismo tiempo, el negro cabello agrupado sobre la frente y de una manera extraña, la sonrisa irónica y fina, el aguilucho de fuertes garras y encorvado pico ostentándose misterioso y simbólico sobre su pecho, y rodeado por el brillantísimo y maravilloso resplandor de aquellas botas azules como el cielo, encanto de las mujeres, tormento de los zapateros y asombro de los sabios, jamás héroe alguno fantástico apareció más palpablemente sublime a los ojos de una sociedad civilizada.

Al verle, detuviéronse los literatos y los críticos sin poder dominar la sorpresa que de ellos se había apoderado, mientras se notaba asimismo en todos los semblantes la alegría, el asombro o la confusión de que cada uno se hallaba poseído.

No hubo quien no se avergonzase de que le hubiese sorprendido el duque entregado al placer de una danza americana, y los hombres de valimiento y de poder no sabían cómo volver a su proverbial gravedad, después de haber dejado harto indecorosamente sueltos al aire los faldones del frac.

Hubo un momento en el cual, corriendo todos hacia el tocador, reinaron el desorden y la confusión por donde quiera.

-¡No volveré a bailar en mi vida! -decía en alta voz y con despreciativo desdén más de una dama-. Yo haré de modo que nadie pueda comprometerme a semejante cosa, como me ha sucedido esta noche. Y al tiempo que esto decía, veían con dolor que no acertaban a remediar en su tocador y en su belleza los descalabros ocasionados por el traqueteo y fatiga de la danza. Los unos aparecieron de repente meditabundos, los otros graves y serios, los demás desdeñosos o en extremo corteses, pero ninguno como realmente era. La farsa no podía ir más allá...

Contemplaba el duque este cuadro desde la puerta del salón principal, semejante al orador que espera a que cese el último rumor de los aplausos para empezar a hablar de nuevo. Por último, haciendo un afectuoso y protector saludo y extendiendo su diestra hacia la multitud, exclamó:

-¡Paz, señores!

Al oír aquel acento, armonioso y dominador como el de las tempestades, se esparció en torno un silencio profundo y, suspendido el aliento, aguardaron todos a oír de nuevo aquella voz, que imaginaban, sin duda, había de conmover los mármoles.

Pero el duque guardó silencio, y con aquel aire de arrogancia sin par, con aquella majestad inimitable y poderosa y haciendo brillar de una manera que pudiera decirse mágica sus hermosas botas, atravesó lentamente el salón hasta acercarse a la condesa Pampa, que al verle llegar se tornó más blanca que la seda de su vestido.

Hallábase todavía cogida al brazo del gran lord inglés, quien, con el rostro sepultado entre dos enormes patillas rojas, lanzó sobre el duque de la Gloria una mirada de embajador británico. Mas cuidándose éste poco sin duda de la diplomacia de los hijos de Albión, contestó a aquella especie de mudo desafío hiriéndole en los ojos con el resplandor de sus botas, con lo cual hizo el lord guiños poco graciosos, mientras el duque le decía a la condesa:

-¡Señora! Esto se llama empeñarse en acortar la vida, esto es gastarse sin tregua como si el tiempo que malamente se pierde hubiese de volver a recobrarse...

-¿Cómo, señor duque?...

-El baile... condesa...

-¡Ah... el baile!...

-¡Oh, es detestable! La fatiga... la agitación... la velada... marchitan la vida como el hielo las flores. Me causan ustedes lástima... profunda lástima... Mas... mis ojos dudan de la realidad de lo que ven. ¿Cómo he merecido tanto favor? ¿Quizá ignoraban ellas que yo vendría? Soy al cabo un desconocido aquí...

-No entiendo -tartamudeó la condesa, que, aun cuando había perdido la comprometida costumbre de ruborizarse, sintió de pronto que la sangre ya desaparecía, ya se agolpaba a sus mejillas.

El duque dejó caer entonces una de sus más irónicas y penetrantes miradas sobre el rostro de la condesa, y añadió:

-Yo tampoco comprendo... lo cual es en verdad un conflicto, pero no importa... por fortuna he sido siempre discreto y apenas veo nunca aquello que no debo ver.

-Pero, señor duque...

-¡Nada! Es a mí, condesa, a quien toca excusarse... Acaso no he debido penetrar aquí desde el instante en que descubrí desde lejos misterios que el pudor oculta a los extraños... Esta reunión es en extremo escogida y aun íntima y familiar a lo que entiendo. He sido, pues, un profano y juro que procuraré resarcir mi falta.

Reinaba el más profundo silencio y todos estaban atentos a aquella escena que a nadie podía ocultarse, como tampoco el asombro y emoción crecientes de la condesa. El duque de la Gloria, sin añadir una palabra más y sin mirar a nadie hizo un profundo saludo a la dama y salió del salón.

Cuando el resplandor de sus botas azules dejó de deslumbrar a los circunstantes y se perdió por completo el sonoro ruido de sus pisadas, se miraron unos a otros llenos de asombro y un zumbido semejante al que formarían varios enjambres de abejas que cruzasen el aire se levantó en derredor.

Era así sordo, así confuso y como temeroso de ser oído... Sospechábase si el duque habría quedado oculto tras de las anchas cortinas o entre el follaje de los jardines.

La condesa Pampa, trémula y nerviosa, retiróse enseguida a su gabinete; las otras damas, circunspectas, pensativas y casi avergonzadas, empezaron a quejarse de la jaqueca, y muchos caballeros se atrevieron a sospechar, malhumorados, que el gran duque de la Gloria en compañía de las botas más insolentemente célebres había querido reírse de aquella sociedad tan respetable como escogida.

Hubo, no obstante, quien contradijese enérgicamente esta opinión asegurando que un hombre de tan elevado rango y de tan inmensa fortuna no podía burlarse de los que allí se encontraban sin burlarse de sí mismo.

-El duque de la Gloria -concluyeron diciendo- es un ser incomprensible, notabilísimo y casi diabólico, y el querer penetrar el móvil y el fondo de sus extrañas acciones es cosa tan imposible como el saber al presente si los habitantes de la luna gastan o no pantalones como nosotros y se matan legalmente en campaña con rifles o cañones de Armstrong.

Pasóse en estas murmuraciones cerca de una hora sin que se volviese a bailar ni se soñase en ello siquiera, y los salones empezaron a quedar desiertos a las tres de la mañana, la hora más animada en las reuniones nocturnas.

Pero, cosa extraña... al pie de la extensa galería por donde había desaparecido el duque los concurrentes volvieron a encontrarse reunidos.

Una bellísima estatua, que nadie había visto hasta entonces, se hallaba colocada a la entrada. Representaba el pudor que con el dedo índice colocado sobre los labios, una venda en los ojos y en una actitud sigilosa al par que lánguida y melancólica, daba la espalda a la puerta como si quisiese huir avergonzada de un sitio en donde no podía permanecer ni aun vendada.

-¡Magnífico pensamiento! -repetían todos-. ¡Obra maestra! He aquí una sorpresa en que no esperábamos. No hay otra como la condesa para estas cosas.

-No obstante -añadía alguno-. ¡Haber colocado aquí la estatua del pudor! ¿Para qué? ¿No fue acaso una chanza?

-Yes -exclamó el gran lord, que desde que la condesa Pampa le dejara no había vuelto a desplegar los labios.

-Sin duda que el caso es raro. ¿Y quién será el artista que ejecutó tal maravilla?

-¡¡¡Oh!!!... un inglis -volvió a decir con acento nasal y sonriendo el gran lord mientras se alejaba acompañado de sus enormes patillas.

Estas palabras despertaron nuevas sospechas en los que eran dados a pensar mal y cada uno se fue a su casa a dormir, si bien no todos durmieron. Cuéntase al menos de aquella noche y de algunas otras que vinieron después que a la incierta claridad de las lámparas de noche veían vagar las camareras ciertas sombras que se creyeran las de sus aristocráticas señoras presas acaso de un insomnio cruel.


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