El caballero de las botas azules: 25

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Capítulo XXIV
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El caballero de las botas azules Rosalía de Castro


Serían las ocho de la mañana, y ya se notaba en Madrid una animación desusada a tales horas. Los coches rodaban en todas direcciones, en cada ventana aparecían multitud de cabezas, la gente se apiñaba en las calles y algunos agentes de policía recorrían los puntos más céntricos.

-¿Hay revolución? -preguntaban algunos con sobresalto.

-No se sabe lo que va a suceder, mas es indudable que se espera una cosa.

-¿Ignora usted lo que esta noche ha pasado?

-Por completo: he dormido como un patriarca.

-Pues amigo, el duende de las botas azules ha hecho una memorable.

-Pero ¿qué ha sido?

-Por poco se lleva al infierno a cuantos malos escritores hay en Madrid.

-Poca cosa... de ir hoy a ir mañana, poco va.

-Es que también ha querido llevarse a su amigo de usted, aquel escritor de zarzuelas...

-¿Cómo es eso?

-Y al autor de aquella novela que le hace a usted llorar a mares.

-¡Habráse visto!, pues si ese escritor es de los buenos que hay en el mundo.

-Pues sí, señor... fue de los primeritos que hubieron de conocer a Lucifer.

-¿Por qué no le ponen grillos a ese duque?

-Y vaya usted pensando en dónde ha de esconder aquellas tonterías que se llaman El amor culpable y El hijo generoso, y aquéllas otras que hablan del castillo de la dama negra, etc.

-¿Tiene usted ganas de chanzas?

-Lo dicho, dicho. Cuantos libros de esos se vendían en las librerías los ha comprado el duque y enterrado en un pozo que asombra por su profundidad. Para mayor desgracia, se asegura ahora que está dispuesto a escamotear cuantos quedan en poder de los aficionados, para hacerlos desaparecer por completo.

-¿Y el dinero que me han costado?

-¿Quién le ha mandado a usted emplearlo tan mal?

-¡¡¡También usted!!!

-También. Por mi nombre, como ya me canso de tan estupendas mentiras como por ahí se escriben para engañarnos; de tantas espadas y puñales, y de tantos avaros que siempre se alumbran con un candil, y de aquellas virtudes que siempre están gimiendo porque quieren casarse con quien no quieren los demás, y de aquellos millonarios que reparten dinero como si fuesen granitos de anís, en fin, ¡otras cosas, otras cosas!, que esas empalagan ya. Dicen que va a aparecer ahora un libro cual no se ha visto otro todavía... por ése, por ése aguardo yo.

-¿Por dónde va a venir? -preguntaban otros.

-Por Recoletos.

-No, señor, que es por Atocha.

-¿Qué Atocha, si me consta que es por Fuencarral?

-¿Te ha mandado parte?

-Como a ti, por no desairarme, pero ¿qué es ello?

-Lo sabremos cuando suceda, pues por ahora nada se trasluce.

-Vaya, vaya, me parece que andamos buscando el hilo, cuando aún no se ha hilado el lino.

-Todos estamos aguardando a ver qué sale.

-También aguardaremos a que nos zurren como han zurrado ayer a los malos escritores que hay en Madrid. ¿No sabéis? Dicen que fue lo que hubo que ver. Los dejaron a oscuras en una cueva, y, mientras ellos chillaban a más no poder, caía sobre sus costillas cada palo como una torre.

-Buenas... buenas.

-Y dicen que eran tantos los malditos... Ya se ve, hoy todo el mundo quiere escribir su librito y así sale ello... Veremos ahora con qué va a venir hoy ese demonio de duque.

-¿Sabéis que tarda? ¿Si pretenderá pegarle otro chasco a Madrid?

En efecto, ya iba andada la mañana y el duque no parecía; pero acostumbradas las gentes a sus extrañas chanzas, se habían propuesto perder el día, como decirse suele, y no cesaban de pasear las calles aguardando la bienvenida.

Su empeño fue en vano. Llegó la tarde y agotada la paciencia del pueblo, que no quería, fuera de cuaresma, darse al ayuno, cada cual se retiró para refrigerar el desfallecido estómago, murmurando del duque de la Gloria como del ser más perverso y burlón que pudiera existir.

-Que se ría de los malos escritores -decían-, y de otras cosas que lo merecen, está muy bien hecho, pero de nosotros, gentes honradas que ahora queríamos divertirnos con algo nuevo, esto sí que no se tolera... ¡Nada, nada!, aun cuando ahora pasase por debajo de estas ventanas, no nos moveríamos para verle.

Sin embargo, estaba escrito que el duque vencería en la lucha y que la curiosidad arrastraría a las gentes en pos suyo. No bien habían tomado algunos las primeras cucharadas de sopa cuando se oyeron tres fuertes cañonazos.

-Ésta sí que es la señal... ¡Ésta es!

Y todos volvieron a lanzarse a la calle con el estómago vacío. Empezaron entonces los atropellos y las corridas, cada cual caminaba aprisa y sin saber adónde. Los polizontes eran arrollados por los grupos, y muchos gritaban: «¡A las armas!».

En medio de esta confusión vino la noche sin que apareciese el duque: cerráronse las tiendas y no pudieron encenderse los faroles.

La indignación contra el engañoso duende creció entonces en la multitud, que determinó buscarle por donde quiera para vengarse de él.

-¡Al palacio de la Albuérniga! ¡Al palacio! -gritaron.

Y cuando allí llegaron los primeros, vieron ya que el palacio resplandecía de tal manera que semejaba un vasto incendio, y que desde los balcones se arrojaba a la muchedumbre multitud de pequeños objetos, que caían en torno de ella semejantes a una granizada interminable.

-¡Hurra!, ¡hurra! -gritaban mientras recogían en tropel lo que caía a sus pies.

Eran libros del tamaño de tres pulgadas, encuadernados en terciopelo y con broches de oro.

-He ahí el libro de la sabiduría... recójalo el que quiera... el libro de los libros, helo ahí... ¡A él, a él!

Así les decía una voz por medio de una bocina, y la muchedumbre cogía y cogía sin parar y sin que la edición se agotase...

Hubo con esto cabezas rotas, magullamientos, riñas..., vino la guardia... mas ¿quién contenía aquella oleada de furiosos? Los libritos encuadernados en terciopelo y con broches de oro encerraban un encanto irresistible para todos... ¡Como que eran tan lindos y se daban de balde!

Las puertas del palacio se abrieron después de par en par, y comprendiendo la multitud que se abrían para ella, se precipitó dentro como una horda salvaje.

Las habitaciones se hallaban solitarias y despojadas de sus muebles, pero en cambio estaban llenas de aquellos libritos tan ricos y preciosos.

La curiosidad, que es en este mundo la palanca de Arquímedes, arrastraba a todos aquellos hombres que a través de galerías y corredores subieron, bajaron y volvieron a subir hasta que la suerte los llevó al gran salón de mármol negro... ¡Oh! ¡Lo que entonces se presentó a sus ojos!

Sobre un elevado catafalco se hallaba tendida la imagen del duque de la Gloria, pero sin corbata y sin botas. A sus pies se veía un enorme gato con una pluma en los dientes y un cascabel colgado al cuello, y a su cabecera un gran letrero escrito con letras blancas sobre fondo negro, que decía así:

«Todo lo malo ha sido confundido en Las Tinieblas, y el espíritu del duque de la Gloria, en compañía de la varita mágica y de las botas azules, acaba de remontarse en alas de su corbata a las elevadas regiones en donde habita el Moravo para decirle que la necia vanidad ha sido burlada por sí misma, que los malos libros se hallan sepultados en el abismo y que su obra prevalecerá en la tierra».

¡Oh! ¡Musa incomparable! El librito de tres pulgadas y con broches de oro ha obtenido una fama universal, causando la desesperación de los editores avaros, curando a los brutos y a algunos listos del mal de escribir y haciendo la felicidad del universo. ¡Ay, ninguno ha sido más leído en la tierra que aquel libro feliz!


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