El camarero/XVIII
XVIII
Transcurrieron dos meses. Pasaron las Pascuas sin que yo apenas lo advirtiese.
Un día me dijo Natacha: —Cuando termine mis estudios, tendré una plaza de cajera en los grandes almacenes de But y Brot. El gerente es tío de una amiga mía y me la ha prometido.
No me pareció mal. ¡Es tan difícil en nuestra época encontrar un empleo! Muchas personas instruídas se ven obligadas a aceptar una plaza de conductor de tranvía, por treinta rublos al mes.
Natacha tendría cuarenta, y su trabajo sería relativamente fácil. Al menos, la instrucción que había recibido le serviría de algo. ¡Cuántas señoritas bien educadas pretenden en vano una plaza en la central de teléfonos, donde tan duro y enojoso es el trabajo!
—Entonces—añadió Natacha—no estaréis obligados a mantenerme. Os pagaré quince rublos al mes por la habitación y la comida.
Mi mujer, al oír aquellas palabras, se enfadó.
—¿Es ése tu agradecimiento por los sacrificios que hemos hecho por ti? ¿Según tú, sólo valen quince rublos al mes?
A lo que Natacha contestó con insolencia: —¡Tengo que vestirme! No puedo ir como una mendiga. En los tiempos que corren, el traje tiene mucha importancia y no hay que echarlo en olvido. Estoy harta de parecer una trapera! Quiero vivir. Soy joven, y la juventud debe aprovecharse. No tenéis derecho a esclavizarme...
Tales insensateces me pusieron furioso. Aquella chicuela sólo pensaba en los trapos, en las cintas, en las diversiones. No la había visto nunca leer un libro.
—¡Soy joven, y quiero vivir!—repetía sin cesar.
Siempre estaba mirándose al espejo y echándose a sí misma flores.
— Decididamente, no soy fea del todo! Hay quien me encuentra hasta bonita.
Su discusión con su madre se fué acalorando.
—Eres—le gritó Niucha—una indecente, una asquerosa!
Natacha se encolerizó y la rechazó con violencia.
Aquello era ya demasiado: tratar de tal modo a su madre no es digno de una muchacha instruída. La agarré por la trenza y le di un par de bofetadas.
Como es natural, se echó a llorar.
—Si me tratáis así—nos gritó—, me iré de casa.
Viviré aparte. Ganánãome la vida, no necesitaré de vosotros.
Todo aquello teníamos que agradecérselo al colegio. Casi todas sus compañeras eran hijas de ricos comerciantes, y quería imitarlas, vestir como ellas, para quienes era tan fácil gastar centenares de rublos en ropa. El no poder hacerlo la desesperaba.
Y luego, en las grandes ciudades, todo son tentaciones. Se ven por todas partes ricos almacenes con escaparates lujosos. Cuando yo iba algunas veces de paseo con ella, Natacha se paraba ante las tiendas de modas y miraba con ojos brillantes los trajes, los sombreros, las pieles.
¡Qué bonito! ¡Qué espléndido!
exclamaba sin cesar, entusiasmada a la vista de tanto lujo.
Y no se entusiasmaba ella sola: siempre hay multitud de mujeres ante los escaparates de esas tiendas. ¡Cuántas se pierden, arrastradas por su entusiasmo! ¡Cuántas se venden para poder comprar las pieles, los sombreros, los trajes! Yo les he servido a la mesa, en nuestro restorán, a muchas pobrecitas.
Aunque yo me alegraba mucho de la próxima colocación de Natacha en el almacén, la noticia me inquietó un poco. Las muchachas empleadas en los almacenes están siempre expuestas a grandes peligros y dependen de sus jefes. Además, sólo las jóvenes y lindas logran colocarse; las que no son lindas ni jóvenes, rara vez se colocan: en los almacenes, es preciso que todo halague al públiblico, que todo acaricie su mirada. Sobre todo, en los establecimientos elegantes. En ellos se hace cuanto es posible por deslumbrar al público a fuerza de lujo y belleza. Las señoras y las muchachas empleadas allí deben vestir muy bien. Y como lo que ganan no les basta para la toilette, se ven obligadas a procurarse otros ingresos. Con frecuencia se los proporcionan los jefes. Si se resisten a aceptar tal género de ayuda, se quedan sin colocación.
Un compañero mío me contó, no hace mucho, la triste historia de su sobrina. La pobre muchacha era dependienta de un gran almacén de sombreros. El dueño se encaprichó de ella, y al ver que rechazaba sus proposiciones, la llamó a su despacho, cerró la puerta con llave, y le dijo: —Si no accede usted a mis deseos, la echo inmediatamente.
Y la estrechó entre sus brazos y empezó a cubrirla de besos. Ella se asustó tanto, que perdió la razón y hubo que meterla en un manicomio.
Las mujeres vestidas y peinadas con coquetería pueden sacar de sus casillas hasta a los hombres serios, y arrastrarlos a malas acciones y aun a crímenes. En nuestra época eso es muy frecuente, pues en las tiendas, en las oficinas, abundan las empleadas jóvenes y bonitas. Los hombres evitan casarse. ¿Para qué? Tienen a su disposición gran número de muchachas con quienes darle gusto al cuerpo. Las infelices han de estar dotadas de una energía y de una voluntad muy grandes para resistir el asedio constante de los hombres.
Hoy es el jefe del establecimiento o el dependiente principal; otro día, un rico comprador... ¡Las pobres muchachas se hallan expuestas a tantos peligros! Y los hombres no legalizan sus relaciones amorosas con ellas. Para qué? Pueden hacerlas sus queridas y no se les pasa por las mientes hacerlas sus esposas.
Yo no las tenía todas conmigo, por lo que tocaba a Natacha; una vez empleada en el almacén, todo era de temer. Sin embargo, no pude negarle mi consentimiento.
Pasadas las Pascuas, logré que se me permitiese ver a Kolia. Tuve que hablarle al través de una reja, como si se tratase de un presidiario. El no parecía nada desalentado, y me daba ánimos. Mi mujer, que había ido también a verle, lloraba como una Magdalena. ¡Qué entrevista más dolorosa! Cuando el guardián nos hizo saber que había terminado y que debíamos separarnos, Kolia nos miró de una manera que me partió el corazón. Hasta me pareció que sus ojos se arrasaban en lágrimas.
Af salir mi mujer y yo de la cárcel, nos paramos junto a la puerta. Mi mujer seguía llorando, y yo traté de consolarla.
—No llores—le dije. Hay que someterse a la voluntad de Dios. Además, nuestro Kolia no es un ladrón ni un asesino: está preso por una causa política.
Entonces ya entendía yo de política un poco, gracias al señor Kusnetzov, nuestro nuevo huésped, que escribía en los periódicos relatos de incendios, robos y otros acontecimientos. Era un hombre muy instruído. Desgraciadamente, pagaba con muy poca puntualidad y llevaba a su cuarto a muchos amigos, lo que no me gustaba nada, habiendo una muchacha en casa.
A fines de abril deportaron a Kolia a un sitio muy lejano, en la costa del mar Blanco. Ni siquiera le permitieron venir a casa unos minutos a despedirse de nosotros.
Cuando me enteré de su deportación fuí a ver al fiscal para preguntarle el motivo. ¿ Acaso había cometido algún crimen?
—No—me contestó el fiscal—. No ha cometido ningún crimen. Al menos, no existe ninguna acusación precisa contra él; pero se le ha deportado a causa de sus ideas.
¡A causa de sus ideas! ¡Vaya un delito! Si hubiera derecho a castigar a la gente por sus ideas, hace tiempo que yo estaría en presidio.
Por aquellos días terminó Natacha sus estudios y nos manifestó: —Entro como cajera en los almacenes de But y Brot, con el sueldo de cuarenta rublos al mes.
Yo estaba asombrado: otras muchachas tardan meses, y aun años, en encontrar colocación, y Natacha la había encontrado en seguida.
—Es que yo tengo suerte—me explicó con orgullo. Los profesores del liceo han sido muy buenos para mí. El gerente del almacén, tío, como ya le dije a usted, de una amiga mía, me ha cumplido su promesa de colocarme en cuanto acabase mis estudios. ¿Qué más puedo pedir?
Fuí al almacén a cerciorarme y me convencí de que Natacha había dicho la verdad. El gerente era un hombre muy vivo, elegante, con un pañuelo azul en el bolsillo alto ae la americana. Estuvo muy fino conmigo.
—Su hija de usted—me dijo—será una buena cajera. Necesitamos empleadas instruídas, que estemos seguros de que no se equivocarán en las cuentas... Es usted comerciante ?
Le contesté que era corredor de máquinas de coser; no quería dejar por embustera a Natacha, que había ocultado, como a todo el mundo, mi verdadera profesión.
Cuando volví a casa la reñí por aquel embuste. Pero ella me replicó con sequedad: ¡No quiero que se sepa que es usted camarero! Podría perjudicarme.
Se había hecho tan soberbia, que ya no nos respetaba ni a su madre ni a mí.
Al volver yo una noche del restorán, mi mujer me entregó un bastón muy majo, con puño de plata.
—Mira—dijo—, es un regalo de Natacha. La pobre es muy buena, a pesar de sus defectillos.
El bastón era magnífico.
—Le ha costado cinco rublos, el precio de fábrica. Se venden mucho más caros. Ha pedido un adelanto en la caja. A mí también me ha hecho un regalo: este sombrero. También le ha costado cinco rublos.
Y Niucha se puso el sombrero y se miró al espejo.
La bondad de Natacha me enterneció. Era una muchacha un poco arrebatada, pero de muy buen fondo.
Entré en su cuartito y me acerqué a su cama.
Dormía con la boca entreabierta, sonriendo. Le di un beso y se despertó.
Muchas gracias, nena, por el regalo!—le dije.
Ella me sonrió con cariño y me besó en la boca.
Luego sacó de debajo de la almohada una pera de las que llamamos en el restorán "María Luisa", y me la dió Yo no me hubiera cambiado en aquel momento por un príncipe.
Mi mujer también estaba muy contenta, aunque no quería manifestarlo, y murmuraba: — Qué derrochadora! ¡Nunca sabrá guardar el dinero!
Así empezó mi hija Natacha su vida de empleada.