El camposanto: 03

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El camposanto Ramón de Mesonero Romanos


El Campo Santo. -Desde que en el reinado del señor don Carlos III, y por real cédula de 3 de abril de 1787 se mandó la fabricación de cementerios extramuros de las ciudades con el objeto de sepultar los cadáveres que hasta entonces se enterraban en las iglesias, con grave detrimento de la salud pública, pasaron muchos años (todos los que formaron el reinado de Carlos IV), sin que la capital del reino tratase de dar el ejemplo de esta importantísima reforma, y de cumplir lo preceptuado por la ley. Siguióse, pues, la perniciosa costumbre inmemorial de los enterramientos en las bóvedas y templos, hacinando en ellos los cadáveres sin precaución alguna, y siguieron también de tiempo en tiempo las repugnantes e indecorosas mondas o extracciones de aquellos restos mortales, de que recordamos haber oído a algunos ancianos tan animadas como nauseabundas descripciones, especialmente de la que se hizo en la parroquia de San Sebastián por la calle inmediata en 1805, y que según nuestros cálculos y noticias llevó envueltos en ella los preciosos restos del gran Lope de Vega. -Para destruir aquella inveterada costumbre, y para reducir al silencio la terrible y obstinada oposición que la hipocresía, las preocupaciones o el interés egoísta presentaban a la construcción de cementerios, fue necesario que el gobierno de José Napoleón tomase a su cargo la conclusión del primero de los generales (el de la puerta de Fuencarral) y verificada ésta en 1809, y poco tiempo después el de la puerta de Toledo, prohibióse enérgicamente todo otro enterramiento que no fuese aquéllos; y en obsequio de la verdad y de aquel ilustrado aunque intruso gobierno, debe reconocerse que no fue esta sola la mejora que logró establecer en nuestra policía administrativa.

Por desgracia la construcción de los cementerios según los planes del arquitecto Villanueva, adoleció a nuestro entender desde el principio de una mezquindez y prosaísmo sumos, siendo tanto más de lamentar cuanto que estos primeros Campos Santos, imitados después en otros puntos de las afueras de Madrid y en las capitales y pueblos notables de España, han servido, puede decirse, de modelo o pauta de esta clase de construcción entre nosotros, estableciéndose en consecuencia la ridícula costumbre, no de enterrar, sino de emparedar los cadáveres en los muros de cerramiento alrededor de grandes patios desnudos de todo adorno y de vegetación. -No tuvo tal vez presente Villanueva el reciente ejemplo de la capital francesa que en los primeros años del siglo dedicó a este objeto el extendido jardín conocido por el del P. Lachaise; ni los demás de esta clase que se admiran en otros pueblos extranjeros; o no pudo disponer de terreno suficientemente extenso, bien situado, y con agua abundante para la plantación; la idea exagerada (a nuestro entendimiento) de que había de construirse precisamente en las alturas al N. de la capital, el gusto demasiado clásico y amanerado de dicho arquitecto, y la estrechez de miras o indiferencia del Ayuntamiento de Madrid, fueron tal vez las causas de semblante construcción; y sin duda el no querer perjudicar a los fondos de las iglesias en los derechos que percibían por la custodia de los cadáveres, dio lugar a que la Villa de Madrid no tomase, como hubiera debido, a cargo suyo el establecimiento de los cementerios con toda la amplitud y decoro que exigen la religiosidad, y la cultura del vecindario. El clero, por su parte, que nunca miró con buenos ojos su establecimiento, no cuidó de decorarlos ni engrandecerlos, a pesar del inmenso producto que obtiene del alquiler de aquellos mezquinos corrales, producto que raya en una suma considerable y que hubiera podido servir, no sólo a la formación de grandes y aun magníficos cementerios, sino que en otros pueblos bien administrados se aplica también al sostenimiento de hospitales y establecimientos de Caridad.

A tanto llegó el abandono y desidia de la visita eclesiástica y fábricas parroquiales, y era por los años de 1832 tan mezquino el aspecto de este cementerio y del otro general de la puerta Toledo, que varias cofradías o congregaciones religiosas pensaron en emprender por su cuenta la formación de otros parciales. Así lo habían hecho ya anteriormente las sacramentales de S. Pedro y S. Andrés y la de S. Salvador y S. Nicolás, y fueron imitadas luego por las de S. Sebastián, S. Luis, S. Ginés, S. Miguel, S. Martín, San Justo, etc. Y mejorando algún tanto las condiciones de construcción y adorno (aunque siempre siguiendo el mezquino sistema de emparedamientos), han conseguido la preferencia de la parte más acomodada de los feligreses; y disponiendo y tolerando algún mayor adorno en los frentes de las sepulturas, en los panteones y galerías, y aun en el centro de los patios con plantaciones, aunque escasas, de arbustos y flores, han empezado a dar a los suyos (especialmente al de San Luis y San Ginés) aquel aspecto decoroso e imponente que a par que convida a la oración y al ruego por las almas de los que fueron, da una idea más noble de la cultura y de la religiosidad de la generación actual.