El capitán Veneno - 4

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Parte Cuarta: De potencia a potencia
de Pedro Antonio de Alarcón



I - DE CÓMO EL CAPITÁN LLEGÓ A HABLAR SOLO


Quince días después del entierro de doña Teresa Carrillo de Albornoz, a eso de las once de una espléndida mañana del mes de las flores, víspera o antevíspera de San Isidro, nuestro amigo el Capitán Veneno se paseaba muy de prisa por la sala principal de la casa mortuoria, apoyado en dos hermosas y desiguales muletas de ébano y plata, regalo del Marqués de los Tomillares; y, aunque el mimado convaleciente estaba allí solo, y no había nadie ni en el gabinete ni en la alcoba, hablaba de vez en cuando a media voz, con la rabia y el desabrimiento de costumbre.

-¡Nada! ¡Nada!... ¡Está visto! -exclamó por último, parándose en mitad de la habitación-. ¡La cosa no tiene remedio! ¡Ando perfectísimamente! ¡Y hasta creo que andaría mejor sin esos palitroques! Es decir, que ya puedo marcharme a mi casa...

Aquí lanzó un gran resoplido, como si suspirase a su manera, y murmuró cambiando de tono:

-¡Puedo! ¡He dicho puedo!... ¿Y qué es poder? Antes, pensaba yo que el hombre podía hacer todo lo que quería, y ahora veo que ni tan siquiera puede querer lo que le acomoda... ¡Pícaras mujeres! ¡Bien me lo había yo temido desde que nací! ¡Y bien me lo figuré en cuanto me vi rodeado de faldas la noche del 26 de marzo! ¡Inútil fue tu precaución, padre mío, de hacerme amamantar por una cabra! ¡Al cabo de los años mil, he venido a caer en manos de estas sayonas que te obligaron a suicidarte!... Pero, ¡ay!, ¡yo me escaparé aunque me deje el corazón en sus uñas!

En seguida miró el reloj, suspiró de nuevo, y dijo muy quedamente, como reservándose de sí propio:

-¡Las once y cuarto, y todavía no la he visto, aunque estoy levantado desde las seis!... ¡Qué tiempos aquellos, en que me traía el chocolate y jugábamos al tute! Ahora, siempre que llamo, entra la gallega... ¡Reventada sea tan digna servidora, que diría el necio de mi primo! Pero, en cambio, luego darán las doce, y me avisarán que está el almuerzo... Iré al comedor, y me encontraré allí con una estatua vestida de luto, que ni habla, ni ríe, ni llora, ni come, ni bebe, ni sabe nada de lo que su madre me contó aquella noche; nada de lo que va a suceder, si Dios no lo remedia... ¡Cree la muy orgullosa que está en su casa, y todo su afán es que acabe de ponerme bueno y me marche, para que mi compañía no la desdore en la opinión de las gentes! ¡Infeliz! ¿Cómo sacarla de su error? ¿Cómo decirle que la tengo engañada; que su madre no me entregó ningún dinero; que, desde hace quince días, todo lo que se gasta aquí sale de mi propio bolsillo?

¡Ah! ¡Eso nunca! ¡Primero me hago matar que decirle tal cosa! Pero, ¿qué hago? ¿Cómo no darle, antes o después, cuentas verdaderas o fingidas? ¿Cómo seguir así indefinidamente? ¡Ella no lo consentirá! ¡Ella me llamará a capítulo, cuando gradúe que debe habérseme acabado lo que suponga que poseía su madre, y entonces se armará en esta casa la de Dios es Cristo!

Por ahí iba en sus pensamientos don Jorge de Córdoba, cuando sonaron unos golpecitos en la puerta principal de la sala, seguidos de estas palabras de Angustias:

-¿Se puede entrar?

-¡Entre usted con cinco mil de a caballo! -gritó el Capitán, loco de alegría, corriendo a abrir la puerta y olvidando todas las alarmas y reflexiones-. ¡Ya era tiempo de que me hiciese usted una visita como antiguamente! ¡Aquí tiene usted al oso enjaulado y aburrido, deseando tener con quién pelear! ¿Quiere usted que echemos una mano al tute? Pero... ¿qué pasa? ¿Por qué me mira usted con esos ojos?

-Sentémonos y hablemos, Capitan... -dijo gravemente Angustias, cuyo hechicero rostro, pálido como la cera, expresaba la más honda emoción.

Don Jorge se retorció los bigotes, según hacía siempre que barruntaba tempestad, y sentóse en el filo de una butaca, mirando a un lado y otro con aire y desasosiego de reo en capilla.

La joven tomó asiento muy cerca de él; reflexionó unos instantes; o bien reunió fuerzas para la ya presentida borrasca, y expuso al fin con imponderable dulzura:


II - BATALLA CAMPAL


-Señor de Córdoba: la mañana en que murió mi bendita madre, y cuando, cediendo a ruegos de usted, me retiraba de mi aposento, después de haberla amortajado, por haberse empeñado usted en quedarse solo a velarla, con una piedad y una veneración que no olvidaré jamás...

-¡Vamos, vamos, Angustias!... ¿Quién dijo miedo? ¡Cara feroz al enemigo! ¡Tenga usted valor para sobreponerse a esas cosas!

-Sabe usted que no me ha faltado hasta hoy... -respondió la joven con mayor calma-. Pero no se trata ahora de esta pena, con la cual vivo y viviré perpetuamente en santa paz, y a cuyo dulce tormento no renunciaría por nada del mundo... Se trata de contrariedades de otra índole, en que por fortuna caben alteraciones, y que van a tener en seguida total remedio.

-¡Quiéralo Dios! -rezó el Capitán, viendo cada vez más cerca el nublado.

-Decía... -continuó Angustias- que aquella mañana me habló usted, sobre poco más o menos así: Hija mía...

-¡Hombre! ¡Qué cosas dice uno! ¡Yo la llamé a usted "hija mía"!

-Déjeme proseguir, señor don Jorge. Hija mia... -exclamó usted con una voz que me llegó al alma-: en nada tiene usted que pensar por ahora más que en llorar y en pedir a Dios por su madre... Sabe usted que he asistido a tan santa mujer en sus últimos momentos... Con este motivo, me he enterado de todos sus asuntos y hecho entrega del dinero que poseía, para que yo corra con los cuidados relativos al entierro, lutos y demás, como tutor de usted, que me ha nombrado privadamente, y para librarla de penosas atenciones en los primeros días de su dolor... Cuando se tranquilice usted ajustaremos cuentas...

-¿Y qué? -interrumpió el Capitán, frunciendo muchísimo el entrecejo, como si, a fuerza de parecer terrible, quisiese cambiar la efectividad de las cosas- ¿No he cumplido bien tales encargos? ¿He hecho alguna locura? ¿Cree usted que he despilfarrado su herencia?... ¿No era justo costear entierro mayor a aquella ilustre señora? ¿O acaso le ha referido usted ya algún chismoso, que le he puesto en la sepultura una gran lápida con sus títulos de Generala y de Condesa? ¡Pues lo de la lápida ha sido capricho mío personal, y ya tenía pensado rogar a usted que me permitiera pagarla de mi dinero! ¡No he podido resistir a la tentación de proporcionar a mi noble amiga el gusto y la gala de usar entre los muertos los dictados que no le permitieron llevar los vivos!

-Ignoraba lo de la lápida... -profirió Angustias con religiosa gratitud, cogiendo y estrechando la mano de don Jorge, a pesar de los esfuerzos que hizo éste por retirarla-. ¡Dios se lo pague a usted! ¡Acepto ese regalo en nombre de mi pobre madre y en el mío! Pero, aun así y todo ha hecho usted muy mal en engañarme respecto a otros puntos; y, si antes me hubiera enterado de ello, antes habría venido a pedirle a usted cuentas.

-¿Y podría saberse, mi querida señorita, en qué la he engañado a usted? -se atrevió a preguntar don Jorge, no concibiendo que Angustias supiese cosas que sólo a él, y momentos antes de expirar, había referido doña Teresa.

-Me engañó usted aquella triste mañana... -respondió severamente la joven-, al decirme que mi madre le había entregado no sé qué cantidad...

-¿Y en qué se funda vuestra señoría para desmentir con esa frescura a todo un Capitán del ejército, a un hombre honrado, a una persona mayor? -gritó con fingida vehemencia don Jorge, procurando meter la cosa a barato y armar camorra para salir de aquel mal negocio.

-Me fundo -respondió Angustias sosegadamente -en la seguridad, adquirida después, de que mi madre no tenía ningún dinero cuando cayó en cama.

-¿Cómo que no? ¡Estas chiquillas se lo quieren saber todo! ¿Pues ignora usted que doña Teresa acababa de enajenar una joya de muchísimo mérito?...

-Sí..., sí..., ¡ya sé!... Una gargantilla de perlas con broches de brillantes..., por la cual le dieron quinientos duros...

-¡Justamente! ¡Una gargantilla de perlas... como nueces, de cuyo importe nos queda todavía mucho oro que ir gastando!... ¿Quiere usted que se lo entregue ahora mismo? ¿Desea usted encargarse ya de la admlnistración de su hacienda? ¿Tan mal le va con mi tutoría?

-¡Qué bueno es usted, Capitán!... Pero ¡qué imprudente a la vez! -repuso la joven-. Lea usted esta carta que acabo de recibir, y verá dónde estaban los quinientos duros desde la tarde en que mi madre cayó herida de muerte...

El Capitán se puso más colorado que una amapola; pero aún sacó fuerzas de flaqueza, y exclamó, echándola de muy furioso:

-¡Conque es decir que yo miento! ¡Conque un papelucho merece más crédito que yo! ¡Conque de nada me sirve toda una vida de formaiidad, en que he tenido palabra de rey!

-Le sirve a usted, don Jorge, para que le agradezca más y más el que, por mí, y sólo por mí, haya faltado esta vez a esa buena costumbre...

-¡Veamos qué dice la carta! -replicó el Capitán, por ver si hallaba en ella el medio de cohonestar la situación-. ¡Probablemente será alguna pamplina!

La carta era del abogado o asesor de la difunta Generala, y decía así:


"Señorita doña Angustias Barbastro:

Acabo de recibir extraoficialmente la triste noticia del óbito de su señora madre (Q.S.G.H.), y acompaño a usted en su legítimo sentimiento, deseándole fuerzas físicas y morales para sufrir tan inapelable y rudo golpe de la Superioridad que regula los destinos humanos.

Dicho esto, que no es fórmula oratoria de cortesía, sino expresión del antiguo y alegado afecto que le profesa mi alma, tengo que cumplir con usted otro deber sagrado, cuyo tenor es el siguiente:

El procurador o agente de negocios de su difunta madre, al notificarme hoy la penosa nueva, me ha dicho que cuando, hace dos semanas, fue a poner en su conocimiento la desfavorable resolución del expediente de la viudedad, y a presentarle las notas de nuestros honorarios, tuvo ocasión de comprender que la señora poseía apenas el dinero suficiente para satisfacerlos, como por desventura los satisfizo en el acto, con un apresuramiento en que creí ver nuevas señales del amargo desvío que ya me había usted demostrado con anterioridad...

Ahora bien, mi querida Angustias: atorméntame mucho la idea de si estará usted pasando apuros y molestias en tan agravantes circunstancias, por la exagerada presteza con que su mamá me hizo efectiva aquella suma (reducido precio de las seis solicitudes, cuyo borrador escribí y hasta copié en limpio), y pide a usted su consentimiento previo para devolver el dinero, y aun para agregar todo lo demas que usted necesite y yo posea.

No es culpa mía si no tengo personalidad suficiente ni otros títulos que un amor tan grande como sin correspondencia, al hacer a usted semejante ofrecimiento, que le suplico acepte, en debida forma, de un apasionádo y buen amigo atento y seguro servidor, que besa sus pies.


Tadeo Jacinto Pajares"


-¡Mire usted aquí un abogado a quien yo le voy a cortar el pescuezo! -exclamó don Jorge, levantando la carta sobre su cabeza-. ¡Habrá infame! ¡Habrá judío! ¡Habrá canalla!... ¡Asesina a la buena señora, hablándole de insolvencia y de ejecución, al pedirle los honorarios, para ver si la obligaba a darle la mano de usted; y ahora quiere comprar esa misma mano con el dinero que le sacó por haber perdido el asunto de la viudedad... ¡Nada, nada! ¡Corro en su busca! ¡A ver! ¡Alárgueme usted esas muletas! ¡Rosa, mi sombrero!... (Es decir, ve a mi casa y di que te lo den). O si no, tráeme, que ahí estará en la alcoba, mi gorra de cuartel... ¡Y el sable! Pero no..., ¡no traigas el sable! ¡Con las muletas me basta y sobra para romperle la cabeza!

-Márchate, Rosa..., y no hagas caso; que éstas son chanzas del señor don Jorge...-expuso Angustias, haciendo pedazos la carta-. Y usted, Capitán, siéntese y óigame... Se lo suplico. Yo desprecio al señor abogado con todos sus mal adquiridos millones, y ni le he contestado, ni le contestaré. ¡Cobarde y avaro, imaginó desde luego que podría hacer suya a una mujer como yo, sólo con defender de balde nuestra causa! ¡No hablemos más, ni ahora ni nunca, del indigno viejo!...

-¡Pues no hablaremos tampoco de ninguna otra cosa! -añadió el ladino Capitán, logrando alcanzar las muletas y comenzando a pasearse aceleradamente, cual si huyera de la interrumpida discusión.

-Pero, amigo mío... -observó con sentido acento la joven-. Las cosas no pueden quedar así...

-¡Bien! ¡Bien! Ya hablaremos de eso. Lo que ahora interesa es almorzar, pues yo tengo muchísima hambre.. ¡Y qué fuerte me ha dejado la pierna ese zorro viejo del doctor! ¡Ando como un gamo! Dígame usted, cara de cielo, ¿a cómo estamos hoy?

-¡Capitán! -exclamó Angustias con enojo-. ¡No me moveré de esta silla hasta que me oiga usted y resolvamos el asunto que aquí me ha traído!

-¿Qué asunto? ¡Vaya!... ¡Déjeme usted a mí de canciones!... Y, a propósito de canciones... ¡Juro a usted no volver a cantar en toda mi vida la jota aragonesa! ¡Pobre Generala! ¡Cómo se reía al oírme!

-¡Señor de Córdoba!...-insistió Angustias con mayor acritud-. ¡Vuelvo a suplicar a usted que preste alguna atención a un caso en que están comprometidos mi honra y mi dignidad!...

-¡Para mí no tiene usted nada comprometido! -respondió don Jorge, tirando al florete con la más corta de las muletas-. ¡Para mí es usted la mujer más honrada y digna que Dios ha criado!

-¡No basta serlo para usted! ¡Es necesario que opine lo mismo todo el mundo! Siéntese usted, pues, y escúcheme, o envío a llamar a su señor primo; el cual a fuer de hombre de conciencia pondrá término a la vergonzosa situación en que me hallo.

-¡Le digo a usted que no me siento! Estoy harto de camas, de butacas y de sillas... Sin embargo, puede usted hablar cuanto guste... -replicó don Jorge, dejando de tirar al florete; pero quedándose en primera guardia.

-Poco será lo que le diga... -profirió Angustias, volviendo a su grave entonación-, y ese poco... ya se le habrá ocurrido a usted desde el primer momento. Señor Capitán: hace quince días que sostiene usted esta casa: usted pagó el entierro de mi madre; usted me ha costeado los lutos; usted me ha dado el pan que he comido.. Hoy no puedo abonarle lo que lleva gastado, como se lo abonaré andando el tiempo...; pero sepa usted que desde ahora mismo...

-¡Rayos y culebrinas! ¡Pagarme usted a mí! ¡Pagarme ella!... -gritó el Capitán con tanto dolor como furia, levantando en alto las muletas, hasta llegar con la mayor al techo de la sala-. ¡Esta mujer se ha propuesto matarme! ¡Y para eso quiere que la oiga!... ¡Pues no la oigo a usted! ¡Se acabó la conferencia! ¡Rosa, el almuerzo! Señorita: en el comedor le aguardo... Hágame el obsequio de no tardar mucho.

-¡Buen modo tiene usted de respetar la memoria de mi madre! ¡Bien cumple los encargos que le hizo en favor de esta pobre huérfana! ¡Vaya un interés que se toma por mi honor y por mi reposo!... -exclamó Angustias con tal majestad que don Jorge se detuvo como el caballo a quien refrenan; contempló un momento a la joven; arrojó las muletas lejos de sí; volvió a sentarse en la butaca, y dijo cruzándose de brazos:

-¡Hable usted hasta la consumación de los siglos!

-Decía... -continuó Angustias, así que se hubo serenado-, que desde hoy cesará la absurda situación creada por la imprudente generosidad de usted. Ya está usted bueno, y puede trasladarse a su casa...

-¡Bonito arreglo! -interrumpió don Jorge, tapándose luego la boca como arrepentido de la interrupción.

-¡El único posible! -replicó Angustias.

-¿Y qué hará usted en seguida, alma de Dios? -gritó el Capitán-. ¿Vivir del aire como los camaleones?...

-Yo..., ¡figúrese usted!..., venderé casi todos los muebles y ropas de esta casa...

-¡Que valen cuatro cuartos! -volvió a interrumpir don Jorge, paseando una mirada despreciativa por las cuatro paredes de la habitación, no muy desmanteladas a la verdad.

-¡Valgan lo que valieren! -repuso la huérfana con pesadumbre-. Ello es que dejaré de vivir a costa de su bolsillo de usted; o de la caridad de su señor primo.

-¡Eso no, canastos, eso no! ¡Mi primo no ha pagado nada! -rugió el Capitán con suma nobleza-. ¡Pues no faltaba más, estando yo en el mundo! -Cierto es que el pobre Alvaro... -yo no quiero quitarle su mérito-, en cuanto supo la fatal ocurrencia, se brindó a todo.... es decir, a muchísimo más de lo que usted puede figurarse... Pero yo le contesté que la hija de la condesa de Santurce sólo podía admitir favores (o sea hacerlos ella misma, en el mero hecho de admitirlos) de su tutor don Jorge de Córdoba, a cuyo cuidado la confió la difunta. El hombre conoció la razón, y entonces me reduje a pedirle prestados, nada más que prestados, algunos maravedíes, a cuenta del sueldo que gano en su contaduría. Por consiguiente, señorita Angustias, puede usted tranquilizarse en ese particular, aunque tenga más orgullo que don Rodrigo en la horca.

-Me es lo mismo... -balbuceó la joven-, supuesto que yo he de pagar al uno o al otro, cuando...

-¿Cuando qué? ¡Esa es toda la cuestión! Dígame usted cuándo...

-¡Hombre!... Cuando, a fuerza de trabajar, y con la ayuda de Dios misericordioso, me abra camino en esta vida...

-¡Caminos, canales y puertos! -voceó el Capitán-. ¡Vamos señora, no diga usted simplezas! ¡Usted trabajar! ¡Trabajar con esas manos tan bonitas, que no me cansaba de mirar cuando jugábamos al tute! Pues, ¿a qué estoy yo en el mundo, si la hija de doña Teresa Carrillo, ¡de mi única amiga!, ha de coger una aguja, o una plancha, o un demonio, para ganarse un pedazo de pan?

-Bien; dejemos todo eso a mi cuidado y al tiempo... -replicó Angustias, bajando los ojos-. Pero entretanto quedamos en que usted me dispensará el favor de marcharse hoy... ¿No es verdad que se marchará usted?

-¡Dale que dale! ¿Y por qué ha de ser verdad? ¿Por qué he de irme, si no me va mal aquí?

-Porque ya está usted bueno; ya puede andar por la casa, y no parece bien que sigamos viviendo juntos...

-¡Pues figúrese usted que esta casa fuera de huéspedes! ¡Ea! ¡Ya lo tiene usted arreglado todo! ¡Así no hay que vender muebles ni nada! Yo le pago a usted mi pupilaje; ustedes me cuidan..., ¡y en paz! Con los dos sueldos que reúno hay de sobra para que todos lo pasemos muy bien, puesto que en adelante no me formarán causas por desacato ni volveré a perder nada al tute, como no sea la paciencia... cuando me gane usted muchos juegos seguidos... ¿Quedamos conformes?

-¡No delire usted, Capitán! -profirió Angustias con voz melancólica. Usted no ha entrado a esta casa como pupilo; ni nadie creería que estaba usted en ella en tal concepto; ni yo quiero que lo esté... ¡No tengo yo edad ni condiciones para ama de huéspedes!... Prefiero ganar un jornal cosiendo o bordando...

-¡Y yo prefiero que me ahorquen! -gritó el Capitán.

-Es usted muy compasivo... -prosiguió la huérfana-, y le agradezeco con toda el alma lo que padece al ver que en nada puede ayudarme... Pero ésta es la vida; éste es el mundo; ésta es la ley de la sociedad.

-¿Qué me importa a mí la sociedad?

-¡A mí me importa mucho! Entre otras razones porque sus leyes son un reflejo de la ley de Dios.

-¡Conque es ley de Dios que yo no pueda mantener a quien quiera!

-Lo es, señor Capitán, en el mero hecho de estar la sociedad dividida en familias...

-¡Yo no tengo familia, y, por consiguiente, puedo disponer libremente de mi dinero!

-Pero yo no debo aceptarlo. La hija de un hombre de bien que se apellidaba Barbastro y de una mujer de bien que se apellidaba Carrillo, no puede vivir a expensas de cualquiera...

-¡Luego yo soy para usted un cualquiera!...

-¡Y un cualquiera de los peores... para el caso de que se trata, supuesto que es usted soltero, todavía joven, y nada santo... de reputación!

-¡Mire usted, señorita! -exclamó resueltamente el Capitán, después de breve pausa, como quien va a epilogar y resumir una intrincada controversia-. La noche que ayude a bien morir a su madre de usted, le dije honradamente y con mi franqueza habitual (para que aquella señora no se muriese en un error, sino a sabiendas de lo que pasaba) que yo, el Capitán Veneno, pasaría por todo en este mundo, menos por tener mujer e hijos. ¿Lo quiere usted más claro?

-¿A mí qué me cuenta usted? -respondió Angustias con tanta dignidad como gracia-. ¿Cree usted, por ventura, que yo le estoy pidiendo indirectamente su blanca mano?

-¡No, señora! -se apresuró a contestar don Jorge, ruborizándose hasta la blanco de los ojos-. ¡La conozco a usted demasiado para suponer tal majadería! Además, ya hemos visto que usted desprecia novios millonarios, como el abogado de la famosa carta... ¿Qué digo? La propia doña Teresa me dio la misma contestación que usted, cuando le revelé mi inquebrantable propósito de no casarme nunca... ¡Pero yo le hablo a usted de esto para que no extrañe ni lleve a mal el que, estimándola a usted como la estimo, y queriéndola como la quiero... (¡porque yo la quiero a usted muchísimo más de lo que se figura!), no corte por lo sano y diga: ¡Basta de requilorios, hija del alma! ¡Casémonos, y aquí paz y después gloria!

-¡Es que no bastaría que usted lo dijese!... contestó la joven con heroica frialdad-. Sería menester que usted me gustara.

-¿Estamos ahí ahora? -bramó el Capitán, dando un brinco-. ¿Pues acaso no le gusto yo a usted?

-¿De dónde saca usted semejante probabilidad, caballero don Jorge? -repuso Angustias implacablemente.

-¡Déjeme usted a mí de probabilidades ni de latines! ¡Yo sé lo que me digo! ¡Lo que aquí pasa, hablando mal y pronto, es que no puedo casarme con usted, ni vivir de otro modo en su compañía, ni abandonarla a su triste suerte... Pero, créame, Angustias: ni usted es una extraña para mí, ni yo lo soy para usted... ¡y el día que yo supiera que usted ganaba ese jornal que dice; que usted servía en una casa ajena; que usted trabajaba con sus manecitas de nácar...; que usted tenía hambre.... o frío, o... ¡Jesús, no quiero pensarlo!, le pegaba fuego a Madrid, o me saltaba la tapa de los sesos! ¡Transija usted, pues, y, ya que no acepta que vivamos juntos como dos hermanos (porque el mundo lo mancha todo con sus ruines pensamientos), consienta que le señale una pensión anual, como la señalan los reyes o los ricos a las personas dignas de protección y ayuda...

-Es que usted, señor don Jorge, no tiene nada de rico ni de rey...

-¡Bueno! Pero usted es para mí una reina, y debo y quiero pagarle el tributo voluntario con que suelen sostener los buenos súbditos a los reyes proscriptos...

-Basta de reyes y de Reinas, mi Capitán... -pronunció Angustias con el triste reposo de la desesperación-. Usted no es, ni puede ser para mí otra cosa que un excelente amigo de los buenos tiempos, a quien siempre recordaré con gusto. Digámonos adiós, y déjeme siquiera la dignidad en la desgracia.

-¡Eso es! ¡Y yo, entretanto, me bañaré en agua de rosas, con la idea de que la mujer que me salvó la vida, exponiendo la suya, está pasando las de Caín! ¡Yo tendré la satisfacción de pensar en que la única hija de Eva de quien he gustado, a quien he querido, a quien... adoro con toda mi alma, carece de lo más necesario, trabaja para alimentarse malamente, vive en una buhardilla, y no recibe ningún socorro, ningún consuelo...

-¡Señor Capitán! -interrumpió Angustias solemnemente-. Los hombres que no pueden casarse, y que tienen la nobleza de reconocerlo y de proclamarlo, no deben hablar de adoración a las señoritas honradas. Conque lo dicho: mande usted por un carruaje, despidámonos como personas decentes, y ya sabrá usted de mí cuando me trate mejor la fortuna.

-¡Ah, Dios mío de mi alma! ¡Qué mujer ésta! -exclamó el Capitán, tapándose el rostro con las manos-. ¡Bien me lo temí todo desde que le eché la vista encima! ¡Por algo he pasado tantas noches sin dormir! ¿Hase visto apuro semejante al mío? ¿Cómo la dejo desamparada y sola, si la quiero más que a mi vida? ¿Ni cómo me caso con ella, después de tanto como he declamado contra el matrimonio? ¿Qué dirían de mí en el Casino? ¿Qué dirían los que me encontrasen en la calle con una mujer del bracete, o en casa, dándole papilla a un rorro? ¡Niños a mí! ¡Yo bregar con muñecos! ¡Yo oírlos llorar! ¡Yo temer a todas horas que estén malos, que se mueran, que se los lleve el aire! Angustias... ¡créame usted por Jesucristo vivo! ¡Yo no he nacido para esas cosas! ¡Viviría tan desesperado, que, por no verme y oírme, pediría a usted a voces el divorcio o quedarse viuda!... ¡Ah! ¡Tome usted mi consejo! ¡No se case conmigo, aunque yo quiera!

-Pero, hombre...-expuso la joven, retrepándose en su butaca con admirable serenidad-. ¡Usted se lo dice todo! ¿De dónde saca usted que yo aceptaría su mano; que yo no prefiero vivir sola, aunque para ello tenga que trabajar día y noche, como trabajan otras muchas huérfanas?

-¡Que de dónde lo saco! -respondió el Capitán con la mayor ingenuidad del mundo-. ¡De la naturaleza de las cosas! ¡De que los dos nos queremos! ¡De que los dos nos necesitamos! ¡De que no hay otro arreglo para que un hombre como yo y una mujer como usted vivan juntos! ¿Cree usted que yo no lo conozco; que no lo había pensado ya; que a mí me son indiferentes su honra y nombre? Pero he hablado por hablar, por huir de mi propia convicción, por ver si escapaba al terrible dilema que me quita el sueño, y hallaba un modo de no casarme con usted..., como al cabo tendré que casarme, si se empeña en quedarse sola...

-¡Sola! ¡Sola!... -repitió donosamente Angustias-. Y, ¿por qué no mejor acompañada? ¿Qúién le dice a usted que no encontraré yo con el tiempo un hombre de mi gusto, que no tenga horror al matrimonio?

-¡Angustias! ¡Doblemos esa hoja! -gritó el Capitán, poniéndose de color de azufre.

-¿Por qué doblarla?

-¡Doblémosla, digo!... y sepa ustcd, desde ahora, que me comeré el corazon del temerario que la pretenda... Pero hago muy mal en incomodarme sin fundamento alguno... ¡No soy tan tonto que ignore lo que nos sucede!... ¿Quiere usted saberlo? Pues es muy sencillo. ¡Los dos nos queremos!... Y no me diga usted que me equivoco, porque eso sería faltar a la verdad. Y allá va la prueba. ¡Si usted no me quisiera a mí, no la querría yo a usted!... ¡Lo que yo hago es pagar! ¡Y le debo a usted tanto!... ¡Usted, después de haberme salvado la vida, me ha asistido como una Hermana de Caridad; usted ha sufrido con paciencia todas las barbaridades que, por librarme de su poder seductor, le he dicho durante cincuenta días; usted ha llorado en mis brazos cuando se murió su madre; usted me está aguantando hace una hora!... En fin... ¡Angustias!... Transijamos... Partamos la diferencia... ¡Diez años de plazo le pido a usted! Cuando yo cumpla medio siglo, y sea ya otro hombre, enfermo, viejo y acostumbrado a la idea de la esclavitud, nos casaremos sin que nadie se entere, y nos iremos fuera de Madrid, al campo, donde no haya público, donde nadie pueda burlarse del antiguo Capitán Veneno... Pero, entretanto, acepte usted, con la mayor reserva, sin que lo sepa alma viviente, la mitad de mis recursos... Usted vivirá aquí, y yo en mi casa. Nos veremos... siempre delante de testigos; por ejemplo: en alguna tertulia formal. Todos los días nos escribiremos. Yo no pasaré jamás por esta calle, para que la maledicencia no murmure... y, únicamente el día de Muertos iremos juntos al cementerio, con Rosa, a visitar a doña Teresa...

Angustias no pudo menos de sonreírse al oír este supremo discurso del buen Capitán. Y no era burlona aquella sonrisa, sino gozosa, como un deseado albor de esperanza, como el primer reflejo del tardío astro de la felicidad, que ya iba acercándose a su horizonte... Pero, mujer al cabo, aunque tan digna y sincera como la que más, supo reprimir su naciente alegría, y dijo con simulada desconfianza y con entereza propia de un recato verdaderamente pudoroso:

-¡Hay que reírse de las extravagantes condiciones que pone usted a la concesión de su no solicitado anillo de boda! ¡Es usted cruel en regatear al menesteroso limosnas que tiene la altivez de no pedir, y que por nada de este mundo aceptaría! Pues añada usted que, en la presente ocasión, se trata de una joven.... no fea ni desvergonzada, a quien está usted dando calabazas hace una hora, como si ella le hubiese requerido de amores. Terminemos, por consiguiente, tan odiosa conversación, no sin que antes le perdone yo a usted y hasta le dé las gracias por su buena, aunque mal expresada voluntad... ¿Llamo ya a Rosa para que vaya por el coche?

-¡Todavía no, cabeza de hierro! ¡Todavía no! -respondió el Capitán, levantándose con aire muy reflexivo como si estuviese buscando forma a un pensamiento abstruso y delicado-. Ofréceseme otro medio de transacción, y será el último..., ¿entiende usted, señora aragonesa? ¡El último que este otro aragonés se permitirá indicarle! Mas para ello necesito que antes me responda usted con lealtad a una pregunta..., después de haberme alargado las muletas, a fin de marcharme sin hablar más palabra, en el caso de que se niegue usted a lo que pienso proponerle...

-Pregunte usted y proponga... -dijo Angustias, alargándole las muletas con indescriptible donaire.

Don Jorge se apoyó, o, mejor dicho, se irguió sobre ellas, y clavando en la joven una mirada pesquisidora, rígida, imponente, le interrogó con voz de magistrado:

-¿Le gusto a usted? ¿Le parezco aceptable, prescindiendo de estos palitroques que tiraré muy pronto? ¿Tenemos base sobre qué tratar? ¿Se casaría usted conmigo inmediatamente si yo me resolviera a pedirle su mano, bajo la anunciada condición, que diré luego?

Angustias conoció que se jugaba el todo por el todo... Pero, aun así, púsose de pie, y dijo con su nunca desmentido valor:

-Señor don Jorge, esa pregunta es una indignidad, y ningún caballero la hace a las que considera señoras. ¡Basta ya de ridiculeces!... ¡Rosa! ¡Rosa! El señor de Córdoba te llama...

Y, hablando así, la magnánima joven se encaminó hacia la puerta principal de la habitación, después de hacer una fría reverencia al endiablado Capitán.

Este la atajó en mitad de su camino gracias a la más larga de sus muletas que extendió horizontalmente hasta la pared, como un gladiador que se va a fondo, y entonces exclamó con humildad inusitada:

-¡No se marche usted, por la memoria de aquella que nos ve desde el cielo! ¡Me resigno a que no conteste usted a mi pregunta, y paso a proponerle la transacción!... ¡Estará escrito que no se haga más que lo que usted quiera! ¡Pero tú, Rosita, márchate con cinco mil demonios que ninguna falta nos haces aquí!

Angustias que pugnaba por apartar la valla interpuesta a su paso, se detuvo al oír la sentida invocación del Capitán, y miróle fijamente a los ojos, sin volver hacia él más que la cabeza y con un indefinible aire de imperio, de seducción y de impasibilidad. ¡Nunca la había visto don Jorge tan hermosa ni tan expresiva! ¡Entonces sí que parecía una reina!

-Angustias... -continuó diciendo, o más bien tartamudeando, aquel héroe de cien combates, de quien tanto se prendó la joven madrileña al verlo revolverse como un león entre cientos de balas-. ¡Bajo una condición precisa, inmutable, cardinal, tengo el honor de pedirle su mano..., hoy... en cuanto arreglemos los papeles... lo más pronto posible; que yo no puedo vivir ya sin usted!

La joven dulcificó su mirada y comenzó a pagar a don Jorge aquel verdadero heroísmo con una sonrisa tierna y deliciosa.

-¡Pero repito que es bajo una condición!... -se apresuró a decir el pobre hombre, conociendo que la mirada y la sonrisa de Angustias empezaban a trastornarlo y derretirlo.

-¿Bajo qué condición? -preguntó la joven con hechicera calma, volviéndose del todo hacia él, y fascinándole con los torrentes de luz de sus negros ojos.

-Bajo la condición -balbuceó el catecúmeno -de que si tenemos hijos..., ¡los echaremos a la Inclusa! ¡Oh! ¡Lo que es en esto no cederé jamás! ¿Acepta usted? ¡Dígame que sí, por María Santísima!

-Pues, ¿no he de aceptar, señor Capitán Veneno? -respondió Angustias, soltando la carcajada-. ¡Usted mismo irá a echarlos!... ¿Qué digo?... ¡Iremos los dos juntos! ¡Y los echaremos sin besarlos ni nada! ¡Jorge!... ¿Crees tú que los echaremos?

Tal dijo Angustias mirando a don Jorge de Córdoba con angelical arrobamiento.

El pobre Capitán se sintió morir de ventura; un río de lágrimas brotó de sus ojos y exclamó, estrechando entre sus brazos a la gallarda huérfana:

-¡Conque estoy perdido!

-¡Completamente perdido, señor Capitán Veneno! -replicó Angustias-. Así, pues, vamos a almorzar; luego jugaremos al tute; y, a la tarde, cuando venga el Marqués, le preguntaremos si quiere ser padrino de nuestra boda; cosa que el buen señor está deseando, en mi concepto, desde la primera vez que nos vio juntos.


III - ETIAMSI OMNES


Una mañana del mes de mayo de 1852, es decir, cuatro años después de la escena que acabamos de reseñar, cierto amigo nuestro (el mismo que nos ha referido la presente historia) paró su caballo a la puerta de una antigua casa con honores de palacio, situada en la Carretera de San Francisco de la villa y corte, entregó las bridas al lacayo que lo acompañaba, y preguntó al levitón animado que le salió al encuentro en el portal:

-¿Está en su oficina don Jorge de Córdoba?

-El caballero -dijo en asturiano la interrogada pieza de paño -pregunta, a lo que imagino, por el excelentísimo señor Marqués de los Tomillares...

-¿Cómo así? ¿Mi querido Jorge es ya marqués? -replicó el apeado jinete. ¿Murió al final el bueno de don Alvaro? ¡No extrañe usted que lo ignorase, pues anoche llegué a Madrid, después de año y medio de ausencia!...

-El señor Marqués don Alvaro -dijo solemnemente el servidor, quitándose la galoneada tartera que llevaba por gorra-, falleció hace ocho meses, dejando por único y universal heredero a su señor primo y antiguo contador de esta casa, don Jorge de Córdoba, actual Marqués de los Tomillares...

-Pues bien: hágame usted el favor de avisar que le pasen recado de que aquí está su amigo T...

-Suba el caballero... En la biblioteca lo encontrará. S.E. no gusta de que le anunciemos las visitas, sino que dejemos entrar a todo el mundo como a Pedro por su casa.

-Afortunadamente... -exclamó para sí el visitante, subiendo la escalera -yo me sé de memoria la casa, aunque no me llame Pedro... ¡Conque en la biblioteca!..., ¿eh? ¡Quién había de decir que el Capitán Veneno se metiese a sabio!

Recorrido que hubo aquella persona varias habitaciones, encontrando al paso a nuevos sirvientes que se limitahan a repetirle: El señor está en la biblioteca.... llegó al fin a la historiada puerta de tal aposento, la abrió de pronto, y quedó estupefacto al ver el grupo que se ofreció ante su vista.

En medio de la estancia hallábase un hombre puesto a cuatro pies sobre la alfombra: encima de él estaba montado un niño de tres años espoleándolo con los talones, y otro niño, como de uno y medio, colocado delante de su despeinada cabeza, le tiraba de la corbata, como de un ronzal, diciéndole borrosamente:

-¡Arre, mula!


FIN