El caudillaje criminal en Sud América (Versión para imprimir)

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Autor: Florencio Sánchez[editar]

João Francisco
de Florencio Sánchez



Como único recuerdo doloroso de las últimas reyertas partidistas de la vecina tierra, ha subsistido el de los degüellos, incendios, saqueos y depredaciones de todo género cometidos en las fronteras riograndenses. Si se tratara de un simple desborde de la delincuencia común, lógico en circunstancias tan propicias a la impunidad, sólo quedaría esperar que la justicia ordinaria aplicara su sanción a los hechos; pero ellos tienen su significado excepcional, pues son efecto de hábitos regresivos que florecen todavía por aquellas regiones y que conviene poner en claro, analizar y juzgar en homenaje a la cultura de esta América que tanto oscurecen y agravian.

Los diarios han esbozado algunas crónicas de la vida fronteriza, perfilando a través de relatos espantosos la silueta de un personaje, señor de vidas y haciendas en Río Grande, João Francisco, que a fuerza de aparecer malvado y sanguinario va tomando en la imaginación popular los contornos de algunos de nuestros señores feudales de la Edad Media argentina.

João Francisco, que en la realidad se excede a su reputación, es una simple resultante del ambiente en que actúa, encarna los sentimientos, las pasiones y las modalidades del medio.

Transplantado a Buenos Aires o a la última provincia argentina a lo sumo llegaría a ser un interesante ejemplar de delincuente; en la frontera riograndense es señor feudal.

Quien estas líneas escribe ha vivido largo tiempo en aquellas regiones; ha frecuentado sus hombres y observado las costumbres, de modo que se considera habilitado para abordar el tema, verazmente aunque más no sea, desenvolviéndolo en la forma a su juicio menos monótono: la forma episódica y anecdótica.

Vamos, pues, a hacer crónica, que parecería novela a no mediar en la historia del caudillaje criminal americano un documento tan genial como el Facundo de Sarmiento.

La parte sur de Río Grande, comprendida entre Santa Ana de Livramento y Uruguayana, ofrece un tristísimo aspecto de atraso e incultura. Está dejada, como quien dice, de la mano de Dios. Poco poblada, sin medios fáciles de comunicación, desenvolviéndose su vida económica por la explotación más primitiva de la ganadería, en manos de escasos propietarios, su comercio es generalmente a base del contrabando y el abigeo; sin escuelas, sin templos siquiera, sin instituciones de ninguna especie, salvo la de la autoridad a cargo del más fuerte y bárbaro, iba, sin embargo, evolucionando progresivamente hasta que sobrevino la revolución de 1893. Tres años de guerra demolieron toda la obra de progreso dejando la simiente regresiva de la antropofagia política.

Santa Ana es el centro principal de operaciones de João Francisco. Es una ciudad de aspecto colonial, como todas las de la provincia, excepto aquellas en que ha gravitado la influencia de la inmigración alemana. Está situada frente a Rivera, población uruguaya, formando casi un solo pueblo; ambos se diferencian por la edificación moderna de este último y por costumbres fundamentalmente opuestas.

Su comercio es fuerte y nutrido por el contrabando con el Uruguay, su sociabilidad precaria, y cosa no extraña, hay más espíritu supersticioso y fetichista que religioso. Sólo tiene una iglesia a medio derrumbar, atendida por un párroco que más bautiza que dice misas, y que viste de particular. En cambio se habla de política. Antes, cuando había opositores (hoy los que no han sido degollados viven en territorio oriental o se han instalado en los grandes centros de población), se debatían los dos bandos. Ahora se pelean ellos solos por preponderancias personales, pero como João Francisco no tarda en poner coto a esas rencillas se quedan sin asunto, y entonces la emprenden contra los jefes y oficiales de los batallones allí destacados por el gobierno central del Brasil y empleados de reparticiones nacionales, como la de aduanas. Recientemente los telegramas nos informaban que la población de Santa Ana se había alzado en armas pretendiendo linchar al jefe de la receptoría, un tal Frontoura, quien a su vez se había atrincherado en sus oficinas. Ignoramos cómo terminó el conflicto, pero asuntos de esta índole constituyen el pan nuestro de cada día para los buenos santenenses. João Francisco es, por supuesto, el dios de allí. "Noli me tangere".

-Que a don Fulano de Tal, sospechado de maragato le han cortado la cabeza; que el pardo Cipriano apareció con los dientes al sol; que la estancia tal ha sido asaltada, incendiada y degollados sus habitantes?... La noticia corre como un rayo, se comenta sin regocijo pero también sin indignación, y cuando dos amigos se encuentran en la calle al comunicarse sus impresiones:

-¡Fue la gente de João Francisco! -se susurran, bajando la cabeza. Para hablar de esas cosas no se puede alzar mucho el cuello, pues hasta la atmósfera tiene filo.

Hay que hacer notar, no obstante, que por allá no se justifican todos los crímenes.

-¿Para qué degollar a ese pobre diablo?... ¡Si hubiera sido jefe o caudillo, menos mal!...


El degüello
de Florencio Sánchez



La costumbre los ha hecho familiarizarse tanto con el degüello, que él constituye la forma única del homicidio y hasta del suicidio. Si se pudiera hacer una estadística exacta de la mortalidad en aquellas regiones, tendríamos que el mayor porcentaje lo daría la muerte violenta y por degüello. Cierto que la "garrucha" (pistola) se emplea con frecuencia, pero no lo es menos que el sujeto que mata a otro de un balazo lo degüelle en seguida.

En las disputas no se oye jamás decir, "lo mataré a usted" o "te romperé el alma", sino "cuando lo agarre lo degüello", y creemos que hasta el acreedor manda mensaje así: "si no me paga lo degüello", pues más de una vez hemos oído recados de esta especie: "dígale a fulano que se deje de jeringarme la paciencia con el pelito, porque el día menos pensado, lo mando degollar".

¡El intendente de policía de Santa Ana nos contaba que cada vez que se cometía un crimen y el criminal era reducido a prisión, desfilaban por su oficina docenas de personas pidiéndole que le prestara el preso un ratito para degollarlo!

Por supuesto que pocos casos como éste se han dado. Los criminales, si la fechoría es muy gorda y saben que se les conoce, huyen a tierra oriental, si no se quedan tan tranquilos o van a presentarse voluntarios al regimiento de João Francisco; pero por grande que sea el delito, habiendo sido las víctimas gentes desafectas a éste, gozan de completa impunidad y hasta de privilegios.

Los únicos individuos que suelen ir a la cárcel son los contrarios a la situación, y por poco tiempo desde que no tardan en ser ajusticiados o "escaparse", como se dice, por el habitual procedimiento del degüello. Y si eso ocurre en un centro de población, puede imaginarse lo que sucederá en la campiña. Por de pronto, la despoblación es tan grande ya, que en la vasta zona dominada por João Francisco, no va quedando otra gente que la de su regimiento, cuyas patrullas la recorren constantemente haciendo retumbar en los pedregales los cascos férreos de sus caballitos serranos. Sobre la frontera, ranchajes de pobrerío habitados por mujeres y chicos. Ni un hombre. El marido o el padre, si no ha sido degollado, anda a monte, en los capones de la sierra, o emigrado en la Banda Oriental. Si alguna vez la cría lo atrae al pago, no tarda en amanecer atravesado sobre un camino, con la cabeza separada del cuerpo. Sus deudos irán a plantar una cruz en el sitio en que lo hallaron, pero la primera patrulla que pase la arrancará para hacer fuego.

En Caty, el campamento de João Francisco, se sabe el nombre, la filiación y las costumbres de cada uno de los moradores de la sierra, y bien puede el desdichado que cae en desgracia ir atándose los calzones. Más tarde o más temprano ha de caer. Para él, ni el territorio uruguayo será refugio seguro; al saberse su paradero no tardará en allegársele un emisario de João Francisco para darle la feroz cuchillada.

Y no son los maragatos, los enemigos políticos, los únicos que caen, sino todo aquel que se haya hecho desagradable a la hiena por cualquier circunstancia, por haberle robado un caballo o un amigo, por haber murmurado, por haber tenido una disputa con un soldado, por emborracharse en una pulpería, por no pagar una cuenta, por haber dado refugio a un perseguido, por defender la honra de su china...

Un día, viajando con el propio João Francisco, nos salió al encuentro una vieja moradora de un rancho y conocida de nuestro hombre. Iba a quejarse de que un sujeto le había hecho quién sabe qué tontería, matarle un perro, nos parece.

-Bueno, viejita; vaya tranquila. ¡Lo voy a mandar degollar! -le respondió João Francisco.

¡Y al primer destacamento que encontramos le impartió la orden!... El gobierno central del Brasil está representado por numerosos batallones destacados en Livramento, Cuareim y Uruguayana, las tres villas del feudo medieval de João Francisco.

Es curioso el papel que desempeñan esas fuerzas obligadas a mantenerse neutrales, impasibles, con respecto a la autonomía provincial ante tanto desmán.

Y lo más raro es que, viviendo en perpetuo conflicto con João Francisco, no hayan podido hacer nada para remediar aquella situación. De esos conflictos hemos presenciado uno que no puede quedar en el tintero. Cierta noche tomábamos el fresco sentados a la puerta de un hotel de Santa Ana. De repente vemos grupos de gente que huía en todas direcciones.

-¡La leva!...¡La leva!...

El camarero que nos servía, nos grita al pasar disparando por nuestro lado:

-¡Escóndase, mozo!... ¡La leva!...

Nuestras buenas relaciones con la situación nos ponían a cubierto de todo riesgo. Quisimos indagar, darnos cuenta del espectáculo. Inútil. El pánico era tan intenso y contagioso, que no tardamos en optar por el discreto consejo del garçon.

A la mañana siguiente, el capitán Bernardino, un oficial tan chic y tan tenebroso como su hermano João Francisco, nos explicaba el caso: era la aplicación de una ley de Varela Ortiz, contra el juego. João Francisco hacía de cuando en cuando razzias semejantes, comenzando por los gritos, ¡con lo cual llenaba el doble objeto de remontar su regimiento y combatir el cáncer del juego!...

A invitación del mismo capitán presenciamos poco después la partida para Caty de los reclutados aquella noche: unos ciento cincuenta hombres de toda condición social y pelaje. Se les hizo desfilar para escarnio público por las calles principales, arrebañados, bajo la custodia de unos veinticinco lanceros que iban azuzándolos con el silbido peculiar del arreador de haciendas y a veces hasta picaneaban a los remolones con el canto de la lanza.

-¡Marcha!... ¡Marcha!... ¡Marcha!...

En el camino, de rato en rato, un soldado ensanchaba la ronda metiendo su caballo por la vereda y un desgraciado más, un incauto transeúnte, iba a engrosar la tropa. Recordamos que un pintor rengo, con gorro de papel, el tarro de pintura en una mano y la regla en la otra, cayó entre los últimos. De repente, la extraña comitiva se detiene y se arremolina. Suenan clarines y tambores y vemos tropas haciendo ostentoso despliegue. Poco después, reclutados y guardia, ratones y gatos, desaparecían por el amplio portón del cuartel. ¿Qué había ocurrido?

Una friolera: mezclado con los prisioneros iba el segundo jefe del regimiento 5° de caballería y al pasar frente a su cuartel se había hecho reconocer por la guardia y ordenado la operación que hemos descrito. El incidente conmovió en extremo a los santanenses, fue como un sometén de la pública novelería. A la noche estaba declarado el estado de guerra entre los representantes del gobierno central del Brasil y João Francisco, y al amanecer del siguiente día los batallones federales habían tendido sus líneas y las avanzadas del regimiento de João Francisco coronaban las alturas dominantes de la ciudad.

Pero, felizmente, sólo el telégrafo hizo el gasto. Supimos más tarde que João Francisco, conociendo las aficiones timberas del jefe aludido, su enemigo, había ordenado la razzia con el especial objeto de darle un mal rato.


Las revoluciones
de Florencio Sánchez



Hemos dicho que la revolución riograndense de 1893 acabó con los escasos progresos de cultura y civilización de aquellas zonas. Creemos no haya en la historia de América precedentes de una guerra civil más implacablemente sanguinaria y bárbara. Han llegado hasta aquí espeluznantes relatos de degüellos, violaciones, incendios, masacres de prisioneros, pero menester es haber atravesado las zonas devastadas de aquella provincia, a raíz de la terminación de la guerra, y oído a los protagonistas de la gran tragedia, emocionados aún, relatar sus escenas, para darse cuenta justa de lo que allí pasó. Quisiéramos trazar como antecedente útil a las constataciones de esa crónica, una síntesis de aquellos salvajismos, pero tememos que no nos basten todas las páginas de esta revista.

Que la supla entonces la imaginación pública exhumando sus recuerdos más lúgubres al respecto, sin excluir el de las depredaciones macedónicas de todo tiempo. El recuerdo del combate de Río Negro, en que trescientos prisioneros fueron encerrados en un corral de piedra de donde los sacaron uno por uno, a lazo, para desjarretarlos y degollarlos como reses, es uno de los episodios de menor cuantía, así como escasa importancia tiene en relación a las demás herejías, el hecho de que a un joven revolucionario le hicieran comer carne asada de su propio padre.

João Francisco, siempre él, fue la figura descollante de la frontera en esa guerra. Al frente de una fuerza poco numerosa, jamás quiso alejarse de las fronteras, campando por sus respetos durante los tres años de la guerra, sobre una zona de más de 600 leguas. Fue hábil y previsora su resolución.

-Los revolucionarios derrotados en el interior tendrán que arrimarse a la frontera oriental para reponerse y allí... ¡yo los barajo en mi lanza! -decía. Y si en algo hubo error fue en lo de la lanza, pues lo que barajó a los insurrectos fueron su faca y la de sus milicos.

Con las alternativas lógicas corrió de victoria en victoria; mejor dicho, de carnicería en carnicería, y al cabo de la revolución pudo mandar al gobernador Castillos, el parte memorable de Varsovia: en la región no quedaba más bicho viviente ni más casa en pie que él con sus contingentes.

Saldanha da Gama con sus trescientos hombres, gente de mar toda, y un brillante estado mayor de oficiales y aspirantes de la escuadra, a pie, sin medio alguno de movilidad, aunque con bastantes armas y municiones, se fortificó sobre una meseta apoyando sus trincheras en la costa misma del río Cuareim, línea divisoria, en previsión del desastre. Proveían de víveres al campamento unos cincuenta gauchos, al mando del comandante Chico Rivero, una brava lanza.

João Francisco acechaba los movimientos de la fuerza invasora y la había dejado obrar temiendo que un ataque antes de tiempo le hiciera perder la presa; cuando supuso a los enemigos en condiciones de hacerse fuertes, se decidió a tirarle el zarpazo. La operación fue de una simplicidad terrible. Ordenó a sus hombres, unos seiscientos, que avanzaran hasta las trincheras, montados al trote y haciendo fuego. Aquello era descabellado. Los marineros de Saldanha diezmaban impunemente a semejantes locos, pero el avance seguía. De repente, los clarines de Saldanha echan diana; el enemigo, que había llegado a unos cincuenta metros de las trincheras, volvía grupas en evidente desmoralización. Chico Rivero se lanza entonces con su caballería a consumar la derrota.

-¡Vuelta cara y sable en mano! -bramaron los oficiales de João Francisco. Y a los pocos segundos se produjo el infernal entrevero sobre el campamento mismo de Saldanha. João Francisco había previsto, con la intuición del avezado a la guerra gaucha, la salida del impetuoso jefe de lanceros. Su táctica era provocarlo y batirlo después, aprovechando los momentos en que el enemigo no podía hacer fuego, para caer como tromba sobre el campo fortificado.

-¡No quedó ni uno! -nos decía el mayor Tambeiro, nuestro cicerone en una excursión reciente al sitio del suceso. El mayor Tambeiro fue el matador glorioso de Saldaña (1).

Sentados sobre una de las trincheras, todavía en pie, de los desdichados vencidos, nos narró el episodio con la más estudiada modestia. Durante el entrevero se echó a perseguir a un hombre muy maturrango que galopaba en caballo de raza hacia el Estado Oriental.

-¡Respéteme! ¡Soy el almirante Saldanha! -gritó el prófugo al sentirlo cerca.

-¡Esos son los que me gustan!, le dije, y lo levanté en peso con mi lanza.

En realidad, no creyó que fuera Saldanha. A saberlo lo agarra vivo, porque estaba desarmado y llevaba un brazo en cabestrillo, y seguro que habría sacado mayor provecho.

Sobre el campo quedaron insepultos todos los cadáveres. Hoy todavía se ven blanquear centenares de osamentas.

-¿Pero, nadie se rindió?

-No hubo tiempo. Cuando nos dimos cuenta no quedaba ninguno vivo. La muchachada estaba caliente con los marineros... ¡Vea qué linda rebanada!... -Se interrumpió alzando del suelo un cráneo que tenía la parte posterior tronchada, indudablemente ¡de un solo golpe de sable!...

Nos contó después este episodio:

"La tropa se entregó al carcheo, y como todos los cadáveres quedaron desnudos nos fue imposible reconocer al almirante. Por suerte, el comandante João Francisco tenía dos prisioneros, dos aspirantes ¡pobrecitos! muy jóvenes, que lloraban como chicos. A ellos se les pidió que nos lo señalaran, pero las horas pasaban y el almirante no era hallado. Les amenazaron con degollarlos si no despachaban pronto, comprendiendo que no querían entregar el cuerpo de su jefe; entonces uno de ellos señaló un muerto.

"-Este es -dijo.

"Algunas señas coincidían pero nos dimos cuenta, por las manos gruesas, la deformidad de los pies y el desaseo del cuerpo, que nos mentía.

"João Francisco lo hizo degollar en presencia del compañero por haberlo engañado.

"El otro muchacho, intimidado, nos indicó el cadáver, ¡pero João Francisco le hizo cortar la cabeza en el acto, por cobarde!

"El cuerpo de Saldanha, horriblemente mutilado, fue envuelto en un cuero fresco y mantenido largo tiempo como trofeo por el vencedor, hasta que sus amigos pudieron darle sepultura piadosa en el cementerio de Rivera, población oriental".

Y entre el cúmulo de episodios tan horrendos que conocemos, oídos a los mismos actores de la tragedia, elegiremos el siguiente, que cierra siniestramente la digresión.

João Francisco tuvo la tétrica voluptuosidad de mantener su gente acampada sobre el mismo campamento de Saldanha todo el tiempo que los miasmas lo permitieron. Lo hacía con el fin de familiarizar la tropa con el espectáculo de la muerte, y de tal manera logró su objeto que en esos días la milicada se entretuvo en desollar los cadáveres para trenzar con piel humana maneas y presillas del apero, ¡prendas muy estimables en aquellas regiones, que se exhiben como testimonios de valor y que algunos superticiosos conservan como amuletos contra las balas!

¡Y jamás olvidaremos la impresión que nos produjo oír a los oficiales de João Francisco relatar entre grandes carcajadas, cómo se divertían los milicos haciendo probar a sus compañeros más zonzos carne asada de los dijuntos, o describir una macabra disparada de caballos del campamento arrastrando los cadáveres que habían servido de estacas a la soldadesca para mantener la soga!


(1) El mayor Tambeiro se llama Salvador Lena, y es nacido en Tacuarembó, Uruguay.


El caudillo
de Florencio Sánchez



Lo habréis imaginado, sin duda, un indio alto, empacado, cerdudo, con la cara llena de tajos, viruelas y costurones, y si no bizco, tuerto. Sus mentas, su trágica reputación tantas veces encarecida, parece no admitir otra fisonomía ni otra encarnadura que la consagrada en las mentes por las vulgarizaciones del lombrosianismo, y tal es nuestra certidumbre de que se ha acendrado este juicio en el público, que tememos, al concluir el retrato del gran vándalo riograndense, se nos grite: ¡Mentira! ¡Falsedad!

Se dirá: ¡No puede ser joven, ni buen mozo, ni fino, ni elegante, ni culto, ni amable, ni espiritual, semejante bellaco! Empero, no tenemos más remedio que resignarnos a conceder a João Francisco Pereyra de Souza, la atenuante de ciertos adornos físicos y morales. ¿Cómo es, en resumen?

Imaginaos al coronel Ricchieri, o a cualquier otro militar nuestro tan arrogante pero más esbelto, que use como él barba y perilla renegridas, aunque más discretamente proporcionadas; que vista uniformes modernos con mundano desempacho; ni muy alto ni muy bajo: de gesto apacible; graduado por la expresión sonriente, un tanto aduladora, de los labios; nariz perfectamente perfilada; ojos muy negros, curioseando a través de unas pestañas que se dirían "crayonadas" por un Moussion cualquiera; afeminadlo un poco más, suponiéndole manos pequeñas, suaves, devotamente cuidadas, y, en la tez, pigmentaciones de mujeril sonrojo y, toque más o menos, tendréis al caudillo en pinta.

Complementan estas exterioridades, la más correcta desenvoltura de modales, la fuerza y pulcritud de la dicción, amoldada la voz a las blanduras del idioma portugués, tan melodioso.

No es verboso, pero no hace que le arranquen las palabras con sacacorchos. Se expresa como persona de buen tono, sencilla, agradable, fluidamente, aunque a veces incursione por su conversación el orador un poco ampuloso que todos los brasileños llevan dentro, y hasta el erudito, traducido en citas no siempre vulgares.

Para consuelo del lector, que ya nos supondrá intenciones de abusar de su credulidad con este panegírico de las prendas personales del sujeto, anotaremos una falla que no le hemos señalado aún, porque tampoco se la pescamos a primera vista: la mirada del hombre, la mirada, síntesis de pasiones y sentimientos.

La leyenda atribuye a todas las grandes personas que ha tenido la humanidad en forma de conquistadores, aventureros, políticos, genios de la guerra, tiranos de pueblos o asesinos sueltos, la característica de la mirada: aguda, acerada, punzante, fría, sórdida, escrutadora, de águila, en fin. Las pobres águilas pueden estar tranquilas esta vez. João Francisco no tiene mirada de águila. Sólo debe tener mirada de João Francisco o de alguna fabulosa ave de garra; y decimos debe, porque, en realidad, no la pudimos ver bien: cada vez que nos ha mirado desde adentro de sus ojos, hemos bajado los nuestros, sintiendo la piel erizada y no pocas tentaciones de llevar la mano al cuello. Se diría que mira con el filo de un facón.

No tiene biografía, precisamente. Ninguna escuela, ninguna academia, ningún Saint-Cyr ha botado a las fronteras brasileñas este extraño militar. Un gauchito ladino, merodeador, oficial de preboste, justicia de partido, tropero de votos electorales, contrabandista, jefe de gavilla en sus mocedades; no se le conoce ni aun nacionalidad exacta, pues hay quien asegura que es uruguayo y da visos de certidumbre a esta afirmación el hecho de que sus padres han estado y están radicados en tierra oriental. Por lo demás, es común que los hijos de brasileños nacidos en el Uruguay, cerca de las fronteras, se consideren brasileños, si ya sus genitores no los han nacionalizado, cristianándolos en el Brasil.

La celebridad de João Francisco data de su primer crimen de resonancia. El año 95, si mal no recordamos, era capitanejo de partida; invadiendo el territorio uruguayo hizo degollar a dos guardas aduaneros de esta nacionalidad, uno de ellos el teniente Cardozo. El atentado tuvo estrepitosas repercusiones: Montevideo se indignó: su juventud, en algarada patriótica, se lanzó a las calles y hubo de asaltar la legación brasileña; funcionaron activamente las cancillerías y ocurrió lo de siempre. A pesar de todas las promesas diplomáticas, João Francisco continuó en su puesto, haciendo méritos para consolidar su fama que la justa indignación de los uruguayos había hecho llegar a los límites de lo siniestro y repugnante. Aquel jacobino de Julio de Castilhos sentía peligrar su estadía al frente del gobierno de Río Grande y necesitaba mantener sobre las armas a ese hombre de acción que tan buenas pruebas comenzaba a dar de su audacia y de sus agallas. Si la acertó lo prueba su actuación en los sucesos revolucionarios, en la forma tan descollante que hemos relatado ya.

¿Dónde, y cuándo adquirió su cultura militar? Misterio. El hecho es que si el más adelantado de nuestros militares revista hoy el regimiento de João Francisco, nada tendrá que reprochar en punto a organización, disciplina y aprovechamiento científico.

El efectivo ordinario de su tropa es de ochocientos hombres, y hay que notar la particularidad de que si bien el arma es la caballería, esos ochocientos hombres formarían sin dificultad como infantes, evolucionando correctamente, y serían capaces de sustituir al más experimentado regimiento de zapadores. Ha logrado João Francisco la más alta expresión del automatismo en sus soldados.


El campamento de Caty
de Florencio Sánchez



Todo el sur de Río Grande es en extremo accidentado. Entre abruptas serranías, próximas al Cuareim divisorio, en una profunda y amplia hondonada está situado el cuartel y campo de maniobras de João Francisco, el Caty famoso.

De lejos es un pueblo, o mejor una toldería, pues rodean las reparticiones del cuartel, todas de paja y adobe, construidas por la misma tropa, centenares de ranchitos que sirven de vivienda a las familias de los soldados. La vida militar es la de todos los cuarteles, con la única diferencia de que el soldado franco no lo abandona nunca. Bajo el punto de vista pintoresco, mucho y muy lindo se podría contar, pero no es del caso.

Hablemos del milico. Invariablemente joven, fornido; bruto para otra cosa que no sea el servicio y la comprensión de la disciplina, desde que para estar donde está menester le ha sido renunciar para siempre a su individualidad y sabe que la menor falta le cuesta la vida; inconsciente desde luego, y de sentimientos ¡imaginaos qué negrura! Ha ido al cuartel, gurí todavía, llevado por la leva; o si no voluntariamente, después de haber degollado, por lo menos, una familia, con chicos y todo, lo que le da el título más que eficaz de enrolamiento.

Estos son los únicos voluntarios del regimiento. Frugal y sobrio, solo bebe caña cuando está muy lejos de la vista de sus superiores, seguro entonces de que no lo han de descoyuntar de una estaqueadura; su espíritu de compañerismo es acendrado; no pelea a sus congéneres, ni les hurta nada, pues lo único que la disciplina permite robar impunemente es la china. Cualquiera de los ochocientos soldados entra en estos lineamientos: todos son iguales.

Como la vida en Caty se nos ocurriera monótona, un oficial nos sacó de dudas diciéndonos que cuando la faena militar no los ocupaba mucho tiempo, se entretenían en aplicar todos los castigos en cartera; entre estaquear a uno y apalear a otro transcurría más agradablemente el tiempo.

-Mire, tenemos un negro estaqueado porque le robó una guitarra a un compañero. ¿Quiere verlo?

Allí estaba, como un sapo panza arriba, suspendido entre las cuatro estacas por las guascas ceñidas a sus miembros. Nos miró sonriendo:

-¡Pida por mí, seu tenente! -suplicó.

-¡Te viá dar, negro del diablo, robar guitarras!... -Y habiendo tanteado la tensión de las amarras, llamó al cabo ejecutor. ¡Estire más esta prima, que está baja... ¡Y ahora esta bordona!... ¡Ajajá!... -Los huesos del negro crujieron. El oficial, después de haber amenazado al cabo por haber templado tan mal aquella guitarra, volvió hacia nosotros satisfecho y como invitándonos a celebrar su delicada espiritualidad.

João Francisco no reside en el cuartel sino en su estancia, en las inmediaciones, donde tiene su familia. Ha montado la máquina de exterminio, la ha probado bien y emplazado mejor; mientras no llegue el momento de hacerla funcionar -por más que siempre tenga en acción alguna de sus reparticiones accesorias- nada le queda que hacer con ella. La visita y la examina de cuando en cuando, con ternuras de autor satisfecho. En la estancia vive apaciblemente, sin mayores preocupaciones, morrongeando entre las tibiezas afectivas del hogar. Sus ocios los mata con la lectura.

Se ha provisto de una buena biblioteca y lee, lee con avidez, asimilándolo todo con la estupenda facilidad que delata su cultura tan rápidamente elaborada.

Una noche ha leído el relato de una brillante operación militar y a la mañana siguiente la hace reproducir con sus tropas en el paraje más oportuno, cueste lo que cueste, que bien puede ocurrírsele representarse la hondonada de Waterloo sin que tenga reparo en hacer descrismar trescientos soldados en la barranca más próxima.

Vuelto a su casa, se tenderá en un diván, encenderá un charuto y se pondrá a dilucidar si las caballerías francesas han podido hacer esto o lo otro.

La política provincial o nacional brasileña lo inquietan poco: la sigue, analiza los sucesos sin mayor apasionamiento y siempre a la expectativa, confiando en que su gran amigo, el doctor Julio de Castilhos, gobernador de hecho de Río Grande, proveerá por él y le dirá lo que haya que hacer. De su parte, a menudo envía a Castilhos la invariable información, indudablemente recogida en los cementerios: "Los enemigos siguen tranquilos, no se han movido". Tampoco le preocupan sus negocios personales: son eternamente prósperos; ni las repercusiones de sus sonadas barbaridades, que lo hacen sonreír desdeñosamente; ni los eternos conflictos de sus tropas con las fuerzas federales destacadas en la región. Podría sacarlo de quicio una opinión como ésta sobre su personalidad, pero solo para lamentarse de que la distancia le impida mandarnos degollar por el negro Conceição, su sargento de órdenes y ejecutor de excepcionales comisiones, algo así como el facón de gala de su nutrida armería.

¡Ni la satisfacción de denunciar en ese hombre noches atormentadas por el insomnio o por la pesadilla terrorífica, podemos tener en revancha de sus siniestras actividades! ¡Sus centenares de víctimas no acuden a su mente en macabras rondas borbotando venganza por los sangrientos tajos de los cuellos!... No sueña con puñales ni con bombas, ni tósigos. Duerme como un bendito y hasta ronca. Tampoco teme que lo maten como su rival el "gran enfermo de Oriente". Hemos solido encontrarlo sin escolta, viajando entre escabrosas serranías, tan confiado...

João Francisco es devoto. Y, ¿sabéis cuál es su religión? Cierto día le preguntamos:

-¿Mis creencias? Soy positivista; ¡pertenezco a la religión de la humanidad!


En resumen
de Florencio Sánchez



¿Qué aspira? ¿Cuáles son sus proyecciones? ¿Es un voluptuoso, un refinado cultor de la muerte, simplemente?

Estamos sin información a este respecto. Nada hemos podido adivinarle. Quizá... lo último, quizá un caso de misticismo político, quizá -todo cabe en el terreno de las conjeturas- se trate de un megalómano acariciando en sus ensueños la idea de un futuro imperio sobre los hombres y las cosas de su tierra, cuya realización espera como un predestinado, quizá, y ganas nos dan de optar por esto: no sea nada más que un vándalo con aspiraciones reducidas a una simple preponderancia de pago.

Lo que es innegable, como la afrenta que para la cultura americana representa su actuación en Río Grande, es que mientras le dejan alas subsistirá con él un peligro para la civilización.