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El ciclo heroico

De Wikisource, la biblioteca libre.
Cuentos de ayer (1919)
de Alberto Gerchunoff
El ciclo heroico

EL CICLO HEROICO


Aquella noche, la logia idealista—así la llamaba Sandoz—discutía problemas de actualidad. Cada uno de los presentes expuso ideas atrevidas y todos llegaron a la conclusión de que el régimen, monarquía o república, excluye lo sublime y aleja a los hombres de la vida alta y noble.

Este pensamiento fué desarrollado por el escultor con toda amplitud. Considerábase por múltiples razones espíritu aristocrático, y por lo tanto, reprobaba lo moderno como un atentado contra su propia persona y contra la naturaleza de sus gustos refinados. Por esto expresó a sus amigos el odio invencible hacia la gente que se ocupa de política y medita en cosas tan superficiales y bajas como el bienestar económico de la humanidad.

—El mundo—dijo—ha descendido en exceso.

Por décima vez repitió el argumento de una obra suya no empezada todavía. Cuando hablaba de ella, elevaba la voz como si perorara en público, y sus sentencias indignadas se unían frecuentemente a gestos más expresivos aun. Enemigo de lo moderno, no había logrado, sin embargo, substraerse al contagio modernista, y como sus colegas, usaba cabellera extensa, dividida en dos alas undosas y recurría a los símbolos.

—Mi obra—prosiguió, sorbiendo a intervalos el café ya enfriado—será un himno a las edades extinguidas; representaré, en un episodio saliente, a los cristianos en el circo imperial, quienes, a mi juicio, afirmaron por última vez el heroísmo sobre la tierra.

Se calló. Los contertulios del Garibaldi conocían tales ideas y no ignoraban que la realización del magno proyecto tardaría mucho tiempo, porque Sandoz, actual sin quererlo, era un carácter perezoso. Además, carecía de la fe necesaria para llevar a cabo un plan cualquiera.

Leonardo Cruz escuchó la disertación sin perder una palabra. Varias veces interrogado sobre el asunto, contestó con encogimientos de hombro. Más huraño que de costumbre, parecía tener la cara alargada bajo la palidez habitual y la barba negra y poco abundante, revuelta por la nerviosidad, le daba un aspecto de ira.

Familiarizados con él, en poco tiempo, desconfiaban, a pesar de todo. Sus juicios, por lo común contrarios a las teorías sostenidas con ahinco tan bravo, turbaban a los miembros de la logia. Pero sabían que Cruz era sincero y su temor consistía únicamente en no poder refutar sus opiniones, que según su propia afirmación, tenían la originalidad de basarse en el buen sentido.

—Un hombre sensato—decía—es tan raro en estos tiempos como un hombre de genio. Por otra parte, no hay persona de mediana capacidad que no se crea destinada a constituir el eje de la historia.

Sandoz mostróse insistente y Pedro Domínguez, jefe del grupo, se asoció al pedido de todos. Obligado a hablar después de largos requerimientos, Leonardo Cruz preguntó al escultor si consideraba a los cristianos los únicos héroes. Como contestara afirmativamente, lo refutó de esta manera:

—La historia minuciosa del cristianismo ha demostrado que es la religión más perdurable por la abundancia de los episodios legendarios en su origen. No es extraño que el fervor de una fe nueva conduzca al circo romano los mártires cuya muerte indescriptible halla en sus rostros apretados por las patas de las fieras un signo de alegría tranquila.

Más asombra la resistencia de los hebreos en Alejandría. Ocupaban dos barrios de los cinco que formaban la ciudad. Los judíos eran ricos. Sus templos se llenaban de creyentes en la mañana de los sábados y los egipcios presenciaban espectáculos de inusitado esplendor. Sus escuelas eran célebres. Alejandría era entonces, como dice Paúl de Saint Víctor, la Jerusalén laica de Israel. Les hablo del tiempo en que el Rabí caminaba por los suburbios de la sagrada capital en compañía de niños pobres haciendo pajaritos de barro, que según cierta tradición, volaban después bajo el cielo. Fué entonces cuando los habitantes de Alejandría organizaron masacres de judíos. Ellos dieron la señal. Convertidos a la Iglesia fundada por los discípulos de Jesús, sufrieron las primeras persecuciones. Más tarde, la obra comenzada en Egipto se completó sabiamente en todos los países del mundo. Pero las masacres aquellas dieron lugar a escenas de belleza memorable. Las bandas precursoras de los antisemitas rodearon cierta vez una sinagoga donde predicaba los sábados el dulce Philón. Junto al santuario—el Uron-Kadesch—una anciana imploraba a Jehová cuando la horda penetró, empuñando hachones encendidos y lanzas sobre cuyas puntas pendían cabezas sangrando.

—Vieja—exclamó uno de éstos—dinos que aborreces a tu Dios y te perdonaremos la vida.

La anciana no interrumpió la plegaria.

Un hachón le fué arrimado a la cara poblada de arrugas. Imperturbable como una piedra, continuó murmurando palabras en gloria del Altísimo. Dijéronle que su marido, sus hijos y sus hermanos perecieron. Nada. Cortáronle los brazos. Minutos después, la mujer dijo a los egipcios:

—Os doy gracias por haberme dejado terminar la oración. Sabréis que es gran pecado interrumpirla: el Muy Fuerte os lo tendrá en cuenta. Y murió.

—En efecto—comentó uno de la rueda—el episodio es interesante, pero no refuta las creencias de Sandoz.

—Así lo pienso—añadió éste.—Lo narrado por el amigo Cruz refuerza mi argumento. Demuestra que el heroísmo ha florecido en la antigüedad, mientras ahora los días transcurren entre áridas reyertas comerciales.

—Creer que hoy no existe el heroísmo es como afirmar que en los siglos anteriores no existía el comercio—repuso Leonardo Cruz.

—¿Podría citar un ejemplo?—interrogaron.

—Hay muchos. Basta leer los telegramas de los diarios. No me refiero ni a la ocupación militar de Marruecos ni a los sucesos del Benadir. Lean ustedes las noticias de Rusia. En esa tierra cubierta de barbarie descubriréis actos hermosos. Lean las noticias de Turquía y de Persia.

Pedro Domínguez presentó una serie de censuras contra Tolstoi. A su juicio era un místico que deseaba un género de vida imposible.

—Atribuye a los hombres—sintetizó—tendencias evangélicas opuestas a su carácter.

—En primer lugar, no discutimos a Tolstoi—replicó Cruz.—En segundo lugar, los defectos que señala usted, amigo Domínguez, en el viejo profeta de Yasnaia Poliana son comunes a todos los espíritus ocupados en la mejora del mundo. Estoy por decir que son defectos comunes a todos los grandes espíritus. Es decir, no son defectos. Tolstoi, fatigado ante el espectáculo del odio sin lógica, quiere suprimirlo reduciendo las necesidades, fuente del mal según su filosofía, por lo menos tan digna de respeto como la doctrina optimista de Mr. Lubock, fundada en las locomotoras de Stevenson y en las instalaciones eléctricas. Un místico fué Campanella. Creó la Ciudad del Sol. Pobló sus llanuras luminosas con palacios aéreos y concedió a los hombres y las aves almas igualmente diáfanas, inundadas de regocijo, bajo un cielo de primavera perpetua. Místicos fueron todos los grandes hermanos de Don Quijote, todos los que se esforzaron en levantar el corazón de la especie a medio metro del suelo.

Leonardo Cruz guardó silencio después de este breve discurso.

No ignoraba sus cualidades de orador y esto lo humillaba. Su desprecio por la oratoria llegaba a extremos excesivos y a menudo mostrábase elocuente en sus arengas del Garibaldi, para probar la inferioridad de esto arte. La circunstancia determinó a un contertulio a contestarle con una gentileza elegante:

—Usted desea desprestigiar la oratoria y para hacerlo se vale con maestría de todos sus recursos, consiguiendo arraigar en nosotros, gracias a este método, ideas opuestas a las que sostiene.

—Su defensa de Tolstoi—aseguró Sandoz—nos ha gustado. Pero, usted habló de los telegramas de Rusia. Yo no veo allí algo que pueda autorizar una comparación entre la vida actual, llena de trusts y de compañías anónimas, con los ciclos heroicos. Usted quedó en darnos un ejemplo.

Cruz se disponía a hacerlo, mas era un poco tarde. En el café quedaban escasas personas. Los mozos, reunidos junto al mostrador, esperaban que la asamblea se disolviera. Así lo comprendieron los miembros de la logia y aplazaron la disensión hasta el día siguiente.

—Será algo definitivo—dijo uno—¿No es cierto?

Y Leonardo Cruz, respondió:

—Es un episodio sencillo y terrible. Me lo refirió un compañero del pope Gapón, que había estado en Siberia, de donde se fugó. Ahora trabaja de jornalero en la provincia de Santa Fe. Es un abogado de Moscú.


***


A la noche siguiente los amigos del Garibaldi se congregaron a hora temprana. Llovía. La sala estaba llena de gente y de humo. En los espejos, empañados por la humedad, reproducíanse las siluetas como en un caleidoscopio fantástico. Por los senderos que separan las mesas, el dueño de la casa paseaba su cara abultada y su vientre enorme, repartiendo saludos y atenciones. Cerca de las nueve llegó Leonardo Cruz. El encuentro con un amigo fué la causa del retardo. Pidió una taza de te y la acompañó con una copita de rum.

Pedro Domínguez inició el debate renovando las censuras contra Tolstoi.

—Es un viejo ridículo, afirmó.

—Es un viejo sublime—respondió Cruz.—¿Qué escritor francés, inglés o italiano puede salir con la svita del mujick, un cayado y una alforja en la espalda a pedir limosna para los pobres sin provocar la risa? Sólo un hombre como Tolstoi puede hacerlo, por ser un gran señor convertido a la humanidad por la gracia divina. Y este abuelo de ochenta años vive vida rústica, en un lugar de Tula, escribe libros como Resurrección y compone, cantando entre dientes un cántico de la comarca, los zapatos de los campesinos. Allí ha ido el profesor Lombroso a tomarle la medida del cráneo y un periodista de Le Temps lo vió montar un caballo que había peleado contra los japoneses con más gloria que Kaulbars, gobernador y empresario de matanzas en Odessa, y el general Alexieff, el autor de la guerra.

—Señor Cruz—intervino Sandoz—su admiración por Tolstoi, que yo comparto con idéntico entusiasmo, nos privará del relato enunciado ayer. Por él exclusivamente me ve usted aquí. Dejé en casa unas visitas disculpándome en cualquier forma.

Solicitado por la reunión, comenzó Leonardo Cruz el episodio.

—Se trata—dijo—de un hecho ocurrido hace poco. Después de la sublevación de Moscú, el tribunal de Petrogrado inició el proceso contra un grupo de revolucionarios arrestados en distintos sitios. Comparecieron acusados por haber cometido el mismo delito y el fiscal pidió la pena de muerte. Los acusados permanecieron silenciosos en el largo banquillo. Era un grupo conmovedor. Formábanlo un anciano de ancha barba y extensos cabellos de plata, una mujer en cinta, alta, bella y fuerte; una muchacha pálida, iluminada por dos ojos negros y graves; una condesa de alcurnia solemne, seducida por la palabra patriarcal del anciano y las hazañas de un alumno de la escuela politécnica. Junto con ellos figuraban quince estudiantes. Fueron condenados a Siberia por tiempo indeterminado.

—¿Declara usted ser anarquista?—preguntó el presidente del tribunal al viejo.

—No, señor—respondió.—Soy socialista.

—¿Es cierto que usted desea dar muerte al emperador?

—No, señor; al imperio.

El fiscal interrogó:

—Y usted, condesa, ¿por qué se junta con esas personas?

La condesa levantó sus ojos magníficos, sonrió como en las noches de gala en el palacio del zar, diciendo con voz lenta y dulce:

—Es para no juntarme con el ministro Durnovo y evitar que el conde Pobiedonostzeff, presidente del Santo Sínodo, elogie mi escote.

Una tarde fueron sacados de la prisión de Pedro y Pablo y conducidos a Siberia. El tren arrancó ante una vasta muchedumbre, compungida y clamorosa. Nevaba, y como en los libros de Dostoiewsky, el dolor de la partida de los presidarios flotaba en la atmósfera fría, solemnizado por los gemidos del viento.

Durante noches y días interminables, la trágica hilera de vagones rodó a través de la estepa. Junto al furgón de la máquina, los cosacos cantaban cantos escandalosos. De cuando en cuando aparecía el inspector militar en el coche de los prisioneros. Examinaba a cada uno, sin dejar la nagaika con su fusta de plomo, y a cada uno dirigía la palabra.

—¿Se fatiga mucho, señora condesa? ¿Acaso le molestan los grillos?

Y miraba las manos finas y blancas de aquella mujer de la alta nobleza, hecha anarquista por piedad hacia los que sufren y ofrecen al mundo con su pertinacia heroica un ejemplo de altiva grandeza. Sangraban bajo el hierro aquellas manos habituadas a las joyas y a las sedas, mientras sus ojos sonreían a todos, al anciano meditabundo, a la niña envuelta en la tristeza de sus pupilas como en un manto negro, a los estudiantes, a la guardia cosaca, a la nieve extendida a ambos lados de la vía, en llanura infinita y desoladora.

A veces los deportados miraban por las ventanillas del tren cómo el sol bañaba la estepa toda blanca. Los rayos se desmenuzaban sobre la nieve, en fulgores pálidos y el aire se hacía luminoso. Entonces, el anciano se animaba. Venerado como un patriarca, escuchábasele sin contestar. Así exteriorizaba sus impresiones en prolongados monólogos y con frecuencia repetía estas palabras:

—Más penosas eran antes las deportaciones. Ibamos a pie. Recuerdo que cierta vez, uno de los cosacos preguntó a mi compañero Vladimer Korolenko si le gustaba el sol de Siberia. Vladimer contestó: “Si hermano; es el único sol que por ahora hay en Rusia...”

En esta forma, el viejo revolucionario refería a sus discípulos como un santo de leyenda, historias de sufrimiento y de fe, vividos por él en años de apostólica lucha.

Una mañana el tren se detuvo. Barreras de nieve impedían el avance de la máquina y los rieles desaparecían en profundidades irremovibles. Después de infructuosas maniobras, se ordenó a los condenados seguir a pie hasta la estación próxima. Esta quedaba a setenta verstas de allí.

La columna de presidiarios se organizó. A la cabeza iban el anciano y la condesa, las demás mujeres en el medio y los estudiantes cerraban la marcha. Rodeábalos un grueso cordón de cosacos armados, desnudos los sables y sueltas las terribles nagaikas. Un joven contestó a la insolencia de un soldado. Este le sacudió con el látigo moscovita. A raíz del incidente se produjo el fenómeno más monstruoso de contagio. Todos los cosacos que constituían la ronda comenzaron a latiguear a los prisioneros. Las fustas de plomo caían con golpeteo de martillo sobre las caras de las víctimas. Una vez el látigo se enredó en la cabellera de la condesa, que lo destrenzó de las crenchas sedosas con lentitud, devolviéndolo con sarcástica cortesía. Y en tanto el azote feroz se prolongaba sobre el camino de Siberia, los condenados rompieron a cantar. El estribillo clásico, La encina irá sola, salía de aquellas bocas amargas. Con un cántico triunfal respondían a la lluvia de latigazos. En medio de todas las voces, la voz del anciano vibraba con sones de órgano, midiendo su acento dulce y nítido, el ritmo de la canción simbólica. Por la llanura sin límites el canto se expandía, grave e imponente bajo los silbidos de la nagaika. De pronto, alguien miró a la mujer en cinta. Estaba demacrada y jadeaba, flojos los brazos, agobiados por los grillos. Instantáneamente todos se dieron cuenta y los estudiantes, sin sentir el tormento del látigo, formaron una camilla con sus manos, sobre las cuales la mujer fué recostada. Pocos gritos profirió la mujer. Allí, ante la perspectiva sin fin de nieve, nació un varón y su nacimiento fué señalado sobre el camino todo blanco por un sendero de sangre. La caravana épica se detuvo; practicaron las curas necesarias y el viejo afirmó:

—Así nació un hijo de Lavroff.

De sus ojos profundos cayeron dos lágrimas y continuaron la marcha reanudando la canción, rumbo a la cárcel lejana, nebulosa y patibularia, imagen de Rusia—la casa de los muertos...


***


La asamblea del Garibaldi no comentó el relato. Leonardo Cruz encendió un cigarrillo y pidió nuevamente café.

Este episodio—continuó—me lo ha referido, como les dije, un amigo mío, que trabaja ahora de jornalero en unas chacras de Villa Casilda, en la provincia de Santa Fe. Me lo contó con más detalles. Entonces conocía mal el idioma. Confieso que me conmovió más que Dostoiewsky, con sus gestos desmesurados, sus gritos, sus saltos. Empleaba frases cómicas para pintar escenas monstruosas y lloraba al hablar de la condesa, a quien trató en Siberia. Narraba con la sobriedad de un testigo. Huyó de Siberia disfrazado de oficial de cosacos y se hizo amigo del pope Gapón en Ginebra, como lo prueban las cartas de Rabinovich, el jefe de los socialistas rusos residentes en París. Mi amigo es también periodista, pero prefiere vivir de las faenas agrícolas.