El comendador
EL COMENDADOR
PRIMERA PARTE
Seis de enero de 1832. Mañana lluviosa y glacial. El viento silbaba en las ventanas de la iglesia de Santa María. Crujían los robles, azotados por el viento norte. Al rayar el día, la devota de los tres Reyes Magos, la tía Bernabé, tejedoraviuda del operario Bernabé, que le había dejado el nombre y una humilde casita con su huerta—, se levantó, fué a casa del párroco a pedir la llave de la iglesia y, llevando bajo el brazo la escoba de retama, para barrer el suelo, y la aceitera, para llenar las lámparas, entró en el atrio. Al pasar frente a la puerta principal se arrodilló, persig— nóse y rezó. En aquel momento oyó el vagido convulsivo y áspero de un niño. Volvió el rostro hacia el lado de donde le parecía que había salido aquel llanto. No vió a nadie. Se asustó.
—Jesús! ¡Santo nombre de Jesús! ¡Esto dehe ser cosa mala!—exclamó, dejando en el escalón de la puerta la alcuza y la escoba.
Y el llanto del niño cesó.
La tía Bernabé inclinóse sobre la pared baja que cerraba el atrio y vió entre las gruesas raíces de un olivo secular un envoltorio de bayeta azul, del cual salió un vagido. Saltó la pared, agachóse hasta la raíz del árbol y cogió al niño, abrigándole con el calor del pecho y echándole el aliento en el rostro, amoratado por el frío. La bayeta estaba hecha una sopa, por la lluvia que escurría de las ramas del olivo. Quitósela apresuradamente, envolvió al niño en su delantal y le abrigó entre el seno y la amplia chaqueta de lana. Después retrocedió hacia la casa del cura y mandó decir al párroco que había encontrado en el atrio un niño que parecía estar en las últimas.
—¿Y qué quiere ahora con eso?—preguntó el párroco, exponiendo una parte de la nariz y mita.i del ojo izquierdo a la frialdad del aire. ¿Qué tengo yo que ver en eso? Que se lo lleve a Barcellos. Aquí no hay torno de expósitos.
La criada del párroco dió el recado.
—Vuelva allá, señora Juana—replicó la tía Ber— nabé, frotando los pies helados del recién nacido con la guarnición de su saya de lana, y diga al señor cura que, si este niño se muere sin estar bautizado, es un angelito del cielo que se pierde.
El señor párroco debe saber esto mejor que yo...
La criada repitió la respuesta, y agregó: —La tía Bernabé dice bien... ¡Salte ya de ahí para fuera, so haragán!—y le dió una sonora palmada en la nalga izquierda. ¡Un muchacho de veintisiete años, acostado ahí como un viejo!
¡Arriba!
—Estate quieta, Juana; mira que me haces viento!
Ella le tiró del pie derecho, que pasaba del volumen de tres pies, y él, con el otro, despedido al acaso, le sacó del bajo vientre un ruido timpánico de odre lleno.
Maldita sea!—gritó ella, retrocediendo con las manos puestas en la parte dolorida. ¡Qué manera de pegar! ¡Vaya unas mañas que tiene!
—¿Te he dado bien, eh?—respondió él risueño, arrebujándose en la felpuda colcha y recostándose en la almohada de algodón, que ocupaba toda la cabecera de la cama.
—Vaya una broma!—dijo fastidiada, en son de queja, la muchacha— ¡Podía usted haberme matado con la coz, si llega a darme aquí, en el corazón!...
Y se ponía la mano en el estómago.
—Eso no es nada, muchacha!... ¡A ver si vas a enfadarte!
No es nada, no!... Como si la tripa no fuese mía...
—Pues con este frío de mil demonios vienes a andarme en la ropa, y me tiras además del pic del juanete que tiene el sabañón abierto...
—Lo hubiese usted dicho...—contestó ella con el semblante dispuesto a la reconciliación. ¡Salte de ahí!... Vaya a bautizar al expósito, que si se muere sin bautismo, verá qué jaleo se arma en la aldea. Y ya basta con lo que dicen...
—Ponme las medias de lana; pero ten cuidado que no se despegue el emplasto del sabañón.
Y mientras la moza, con diestra afabilidad, le ponía en las piernas velludas las gruesas medias, estirándoselas a lo largo de la tibia, él refunfuñaba: —¿Quién sería la gran sinvergüenza que abandonó al crío?
—Habrá sido alguna forastera...
—Eso me parece también a mí... Aunque no me consta... ¡Y me lo viene a poner en el atrio!...
¡Lástima de estaca!
—Váyase una cosa por otra. Las de aquí también se los llevan a otros pueblos, si a mano vie— ne—dijo Juana.
Y nombró varias ovejas fecundas y asquerosas mientras el pastor se lavaba la cara en el lebrillo de barro que la muchacha le había acercado, con la toalla al hombro.
Al coger la toalla, sacudiendo la cabeza y soplando ruidosamente por la sensación de frío, el cura apretó las carnes del hombro a la moza con ternura felina. Esta caricia confirmó las paces.
Juana abrió hasta las orejas los labios, llenos de risa, y mostróle en los dientes, de brillante esmalte, que su amor infinito había resistido a la prueba de la coz.
La tía Bernabé, afligida porque el niño, de tanto llorar, se ponía verde, llamó otra vez a Juana con insistentes ruegos.
Ya está vestido el señor cura—dijo la moza saliendo a la ventana—. Pásese usted por casa del tío Isidro da Fonte y digale que vaya a la iglesia y eche agua en la pila.
El cura salió de casa malhumorado y bostezando. Cada vez que abría las mandíbulas trazaba en la entrada de la boca tres cruces con el dedo pulgar.
La tejedora, que le esperaba en el atrio, se acercó a él, mostrándole la cara amoratada del niño. El cura le miró de reojo y preguntó: —¿Es macho o hembra?
—Es un niño—respondió la viuda.
—Encienda uno de aquellos cabos—dijo el párroco a Isidro, señalando los miserables candeleros de plomo de un altar. ¿Tiene agua la pila?
—Ahí viene mi chico con el cántaro.
—¿Son ustedes los padrinos? ¿Ponemos Isidro al niño o le ponemos el nombre del santo de hoy?
—dijo, bostezando y persignándose en la boca, el párroco, que estaba en el umbral de una de las puertas, aonde, según el ritual, esperaba la mujer.
—Hoy es el día de los Reyes Magos—dijo ella.
—Es verdad—afirmó también el cura—y dudó si "Reyes" sería nombre o apellido. No se acordaba de haber estudiado este asunto.
—Los Santos Reyes Magos eran tres—prosiguió la tía Bernabé.
—Ya lo sé—replicó el cura.
Uno se llamaba San Melchor; otro, San Gaspar; otro, San Baltasar—expuso la devota de los magos orientales. Podría ponérsele Melchor al niño, si quiere el señor cura.
—Yo quiero todo lo que ustedes quieran. Y vamos a ello, que hace mucho frío.
Y, metiéndose en la sacristía, se frotaba las manos, echando los gases del estómago, perfumados todavía con el vino de la cena.
—Angelito mío! ¡Irás a morirte con el agua fría?—decía aquella buena criatura, calentándole con su aliento los dos carrillos.
El párroco se puso la sobrepelliz, revistió la estola, mandó que llevasen al expósito al baptisterio, hizo un resumen del latín ceremonial, y dijo: —Ahora pueden continuar su vida.
—Me voy a las Lagoas a ver si la Teresa do Eido me da el pecho a este angelito, hasta ver si arreglo que algún labrador me haga la caridad de un poco de leche de cabra—dijo la tía Bernabé.
—¿Entonces no le lleva usted a la Inclusa?— preguntó el párroco, mostrando el asombro en los ojos.
—¡Cualquier día llevo yo a la Inclusa a un pobre expósito! Ya que Dios no me dió hijos...
—¿Y tiene usted mucho que darle?
—Mientras pueda hilar una madeja y tejer una tela, le daré mi caldo y mi pan; después, cuando yo no pueda, me lo dará él a mí. Casa y dos palmos de huerta, gracias a Dios, tengo, y no se lo debo a nadie... Lo peor es que este niño, como no le acuda en seguida, se muere de hambre... ¡Ay, Dios mío! Hay perras más amorosas que algunas madres...
—Bueno, bueno... métase usted en cuidados...
—contestó el párroco, marchándose con la esclavina del capote arrebujada en la cabeza.
El niño se desarrolló, espigó y salió robusto y menos mal parecido. Entre los siete y los once años aprendió a leer, y en las horas perdidas lle— naba las canillas de tejer y devanaba madejas.
Si a Melchor Bernabé (como él firmaba, con satisfacción de su madre adoptiva) llega a deseubrirle algún novelista lleno de imaginación, habría da lo motivo, por lo que hace a su origen, al vuelo alto de la fantasía. La madre podría haber sido una mujer noble de Famalico o de San Tirso. En cuanto al padre, podría fantasearse, con toda verosimilitud, si habría sido alguno de los ge— nerales del ejército realista o liberal de los que, por aquel tiempo, maniobraron en esos parajes.
Con estos dos elementos, la aristócrata y el general, cualquier mediano talento, aprovechando lo accesorio de las batallas, podría haber compuesto una novela de malas costumbres, en lo que toca al niño abandonado, y un libro histórico, por lo que se refiere a la historia de la restauración de la Carta Constitucional (1) y del sistema repre(1) Nombre que se da a la Constitución portuguesa de 1826.
DOS NOVELAS sentativo. Hecho esto, el niño ganaba mucho, sabiendo nosotros que su madre era una libertina recatada que, en noche desapacible de enero, le mandó poner entre las raíces de un árbol donde los cerdos hozaban en las madrigueras, y que no lo devoraron aquella madrugada porque se hallaban encerrados en sus pocilgas. Aunque esta madre desnaturalizada hubiese abandonado a su hijo por respeto al blasón y al buen nombre, la criatura nos sería muy simpática, sus líneas de fina estirpe la separarían de las caras vulgares de la plebe, la aureola del nacimiento misterioso le bañaría con la luz de una melancólica novela. Así sería; pero yo no sé quiénes hayan sido los patires de Melchor Bernabé. El muchacho, según oí decir a los que le vieron de niño y de adulto, era feo, ancho de cara, mal formado de piernas. Nadie podía adivinar ni el padre ni la madre por la semejanza del rostro: se parecía a todas las mujeres y a todos los hombres de aquellas aldeas, donde las caras son aplastadas, sin que resalte ninguna protuberancia, o angulosas, como ciertas peras.
¡Es maravilloso este capricho fisiológico! La tierra de Maya es un bancal de muchachas bonitas, con los senos altos y blancos como palomas en el nido; las caderas, elásticas y voleadas, tienen salientes que os llevan cautivo, y os tornarían loco si les vieseis las "lisas columnas" en que la "hiedra" del verso de Camoens recuerda los...
Deseos que como hiedra se carollaban.
Y viene siempre a la memoria este verso y los siguientes (1), por ser "Los Luisadas" un poema que se lee en las escuelas y se encuentra en el cesto de costura de las educandas, que lograron sustraerse a la morigeración pestilencial de los lazaristas.
Traspuestos los límites de la Maya, la primera mujer que se os depara en la primera aldea del Concejo de Famalico es fea y sucia hasta lo repulsivo, muy delgada, escurrida de pecho, y se viste en relación con la desgracia de su mala figura.
Y desde allí hasta Braga, podréis, si os place, aspirar en todo su perfume la pura flor de la castidad. Si hay tierra donde puedan vivir en la so ledad y asquearse del sensualismo santos tentadizos, es allí. Cada mujer es una higa bendita de que huyen los tres enemigos del alma, principalmente el último.
Melchor, allá por mayo, mes de las flores, de las erupciones y de otras fatalidades específicas, comenzó a amar. Tenía diecinueve años, tez roja, hombros anchos, silbaba como un mirlo, tocaba la bandurria y amaba a María Ruiva, hija de Silvestre Ruivo, el mayor labrador del pueblo. Este amor era ocultado como un delito, y por eso mismo se caldeaba y refinaba hasta la quinta esencia de la pasión, que está pared por medio del desastre. Si el expósito se hubiese atrevido a alar(1) Canto II, estr. XXXVI.
dear de preferencias en las atenciones de María Ruiva, le habrían deslomado los rivales o alguno de los tres sacerdotes, tíos de la muchacha. Eran tres clérigos, famosos por las hazañas de su época de esta liantes en Braga. Habían militado en las guerrillas de la usurpación (1); terciaron de nuevo las armas en 1846, en la matanza de Braga; se recogieron a casa después de la muerte de Mac—Donald, y decían misas a ocho perras para no divorciarse del oficio.
Una noche, cuando uno de los sacerdotes entraba en casa, divisó un bulto oculto en lo oscuro de las murtas que formaban el vallado del huerto y columbró entre el seto el blanquear de una saya que clareaba. Encaminóse hacia el bulto con el palo preparado para el estacazo y oyó el ruido del gatillo de una pistola. Suspendió el golpe, y preguntó: —¿Quién está ahí?
—Soy Melchor Bernabé.
—¿Qué haces ahí?
—Nada, señor cura.
—¿Por qué te escondiste?
—No hago mal a nadie, señor cura.
—¡Pero montaste un arma de fuego!—Y se acercó a él, furioso. ¿Qué buscas en esta casa, expósito? ¿Te gustan mis sobrinas?
Y le disparó un epíteto que definía la naturaleza de la madre incógnita.
(1) Alude a la guerra civil, que llenó los primeros años del reinado de Doña Marfa II.
Señor cura, mire usted que si me pega, aunque me duela mucho, disparo. Siga su camino, y deje estar a quien está tranquilo y sosegado.
El padre Juan Ruivo se puso bajo el brazo su pesado bastón, y murmuró: —Quedas de mi cuenta, granuja!
Y siguió adelante.
Al salir el sol, espoleó a la yegua camino de Famalico; habló con la autoridad administrativa, con los miembros de la Comisión provincial, con el regidor, y salió contento. Al otro día leíase en la puerta de la iglesia de Santa María de Abbade el nombre de Melchor Bernabé, expósito, entre los mozos escogidos para el reclutamiento.
Mientras tanto Silvestre, el padre de María, llamó al lagar a las tres hijas que tenía, dijo: —¿Cuál de vosotras fué la que estuvo anoche hablando en el huerto con el expósito de la tía Bernabé?
Dos respondieron en seguida al mismo tiempo: —Yo, no!
Y agregaron: = Ciegue yo de los dos ojos!
—¡Que se me quiebren las piernas!
—Malos rayos me partan!
La tercera, María, bajó la cabeza, llevó el delantal de hilo a los ojos y se echó a llorar.
—Fuiste tú?—exclamó el padre; y cogiendo un rastrillo, iba a clavarle los dientes en la cabeza, cuando las dos hijas le cogieron de las muñecas.
El padre, hombre forzudo, de cuarenta años, se libertó con dificultad de las dos valientes muchachas entregándoles el rastrillo y golpeó a la otra con un ímpetu tan grande de rabia que María cayó atontada.
En seguida se volvió a las dos hijas, y dijo: —Esta mujer se queda aquí encerrada, ¿habéis entendido? Si queréis, le traéis el caldo; si no, que se muera ahí; que se la lleven los diablos.
Y al salir dió vuelta a la llave y se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
Cuando Melchor, anegado en lágrimas, dijo a la tejedora que se iba a ser soldado, ella apoyó la barbilla en las manos, puestas en actitud suplicante, volvió los ojos a una imagen del Buen Jesús del Monte, de Braga, se detuvo unos instantes y dijo serenamente: —No irás a ser soldado, hijo mío. El tío Silvestre Ruivo me ofreció hace tiempo cuatro mil reales por esta casa, con la condición de que había de dejarme morir en ella. Se vende la casa, te quedas sin ella, pero en cualquier parte se vive. No irás a ser soldado, Melchor. Das el dinero al Gobierno, como hacen los hijos de los labradores ricos, y estás libre.
Melchor no cesaba de llorar, y de vez en cuando entre los sollozos articulaba palabras que la tejedora, un tanto sorda y del todo ajena a los amores del muchacho, no comprendía.
—¡No llores, muchacho!—insistía la vieja, repitiendo el expediente de vender la casa; y Melchor, obligado a explicarse, disparó esta exclamación: — María Ruiva está perdida y desgraciada!
—Jesús!... ¿Qué dices, Melchor?
El muchacho se tiraba de los pelos; se cogía con las manos la nuca y golpeaba un codo contra el otro. Se tiraba de golpe contra una gran caja de castaño, y golpeaba la cabeza contra las rodillas con la pasmosa elasticidad de su aflicción. Hacía esto porque no sabía las frases que nosotros, los malos novelistas, acostumbramos a prestar a esta clase de sujetos.
La tía Bernabé, ora le cogía por la cabeza, ora por los brazos, diciéndole los más cariñosos consuelos. Por fin, el expósito, levantándose de un salto y mirando alrededor tan siniestramente como cabe en una acotación de drama y en la pupila aleonada del señor Isidoro Sabino Ferreira en la tragedia, dijo con la sofocación de las angustias vertiginosas: ¡Así como así... me mato!
Aquí sí que hubo un fuerte sollozar de la tejedora, un desentonado llanto que alborotó a la vecindad.
Cuando Melchor vió que la casa se llenaba de gente, huyó por la puerta de la cocina, saltó vallados, se escondió en un campo de centeno, y allí, echado en tierra sobre las rubias gavillas, lloró copiosamente.
La tía Bernabé pedía mientras tanto a los vecinos que fuesen tras él, había dicho que se matabaporque su Melchor El expósito se dejó traer, como un borracho, en brazos de los vecinos; y, al llegar a casa, pidió que le dejasen acostarse. Después, cobrando ánimos lo que, agotadas las lágrimas, es siempre seguro, contó a la tía Bernabé su corta historia con María Ruiva, terminándola con una revelación que erizó los cabellos de la vieja.
A esa misma hora, la tejedora salió tambaleándose y apoyándose en las paredes, en busca del párroco.
Era aún el mismo que había bautizado a Melchor. Había envejecido y engordado. Después de comer, meditaba acerca del destino de su alma; ahora que el destino del cuerpo le parecía consumado. Juana, la de los zapatazos en aquella anca de Hércules Farnesio, hacía mucho que había cauterizado la conciencia llagada, cortáncose el pelo y ciñendo los riñones pecadores con la cuerda nudosa de los cilicios. El párroco había sufrido también una sacudida dura de contrición, hasta el punto de no sustituir a Juana y ponerse las medias directa y personalmente. En esta especie de amputación espontánea, y no pudiendo crear sistemas de filosofía nueva, como Pedro Abelardo, comía a sus horas y profanaba con mala pronunciación el latín del misal. Prometía acabar bien.
La tía Bernabé le refirió lo que Melchor le había confesado acerca de María Ruiva.
—Bien le dije yo a usted, mujer, que se metía en trabajos, se acuerda?—recordó el párroco.
—Sí, señor, que me acuerdo... pero ¿qué quiere usted? Todavía no me he arrepentido. Si me hiciese usted la caridad, señor cura, de hablar a Silvestre, y decirle que ahora lo mejor sería que dejase casar a la muchacha.
—¡Pero usted—atajó el cura, usted, Bernabé, ha perdido la cabeza! ¡Dar Silvestre su hija al cxpósito!... Vaya, mujer, pida a Dios juicio, y diga a ese tunante que cuanto antes siente plaza, antes de que den cabo de su piel. ¡Con que!...
¿Ese alma del diablo no pudo hacer cosa peor, ch?...
La tejedora le oyó con el rostro bañado en lágrimas; y él, solfeando las palabras iracundas al compás del redoble que hacía con la caja de plata sobre el brazo de la silla, prosiguió: —¡Valiente granuja! Atreverse a hablar con clla, ya era mucho; pero eso que usted me dice, mujer, sólo en la horca. Y luego... una muchacha sin nota, que ya ha sido pedida por Franciseo das Lamelas, que coge ochenta carros y veinte pipas, y además el aceite... Y que era la mejor de las hermanas, ¡una mocetona!... ¿Con que ese tunante le ha dicho a usted que ella... de aquí a poco... no podrá ya ocultar el fruto de su crimen?
—Sí, señor—balbuceó la tía Bernabé.
—¡Sólo en el infierno!—respondió el párroco, levantando la punta de la nariz a fin de dilatar la circunferencia de las ventanas para el polvo de rapé ¡Sólo en el infierno!...
— Válgame Dios, señor cura!—replicó tímidamente la tejedora. De modo que la religión de Nuestro Señor Jesucristo no tiene remedio para estas desgracias, que han sucedido tantas veces? En el mejor paño cae una mancha. En cuanto ellos se casen, ya está todo remediado, no es así?...
—¿Está el qué?... ¿De modo que una muchacha, que tiene tres tíos sacerdotes, y que es hija de un capitán de milicianos, ha de casarse sin más ni más con un expósito que usted encontró cerca de la iglesia, en un matorral?...
—Es verdad; pero todos somos hijos de Dios —continuó la tía Bernabé, y aun habría ido más lejos en su prelección de caridad al pastor si una vecina no la llamase a la puerta de la casa parroquial para decirle que Melchor iba preso entre seis de la policía, que se lo llevaban a ser soldado, y que él la mandaba llamar para despedirse de ella.
Aun pudo bajar precipitadamente las escaleras la trémula viejecita; pero a los pocos pasos cayó de rodillas, apoyóse en el balaustre y se desmay.
Mientras tanto, el regidor ordenaba a los policías que se llevasen al preso, ya que a la tía Bernabé la habían entrado sin sentido en la casa del señor cura. Melchor pidió que le dejasen ir allí a despedirse de su madre. El regidor le volvió las espaldas e hizo señas a los policías de que se fuesen.
En Famalico le dieron un pasaporte y le enviaron entre seis soldados a Braga. Al día siguiente era soldado.
Ese mismo día la tía Bernabé le buscó en el cuartel del "Populo". Cuando le vió con la cabeza rapada como un perro asqueroso y con el cuello de cuero negro, se le fué la cabeza y estuvo a pique de caer. El recluta, llorando con ella en los brazos, enterneció al jefe de guardia, el cual los mandó entrar en el dormitorio. Dos horas después tocó la corneta para la instrucción. Melchor ya no tenía nombre. Era el 29.
—Fuera de ahí, 29!—le gritó un cabo.
—¿Qué es?—preguntó la tejedora.
—Que me voy a hacer el ejercicio, madre.
Ella le vió marchar con otros; y luego, a mitad de camino, un furriel barbudo y armado de una vara, le asestó en la parte que hay encima de las piernas un puntapié instructivo. Dígase la verdad: era el primero.
Cuando vió esto la tejedora, se salió del campo ahogada por los sollozos, entró en la catedral y oró largo tempo con el rostro apoyado en el pavimento. Después se levantó reanimada y se fué a su aldea a ejecutar lo que había convenido con Melchor: vender la casa y ponerle un sustituto.
Colocó anuncios en la puerta de la iglesia y en los árboles que estaban junto a las carreteras.
El padre de María Ruiva tenía muchos deseos de comprársela para redondear con la huerta un campo y hacer en el piso bajo un establo para los bueyes de venta; recelando, no obstante, que su dinero sirviese para rescatar al soldado, consultó con los hermanos clérigos.
El padre Juan se fué a Braga a "dar los pasos", decía, y al volver dijo a su hermano, para sosegarle: —Compra la casa, que el expósito no se quitará de los lomos el correaje.
El labrador había ofrecido a la tejedora cuatro mil reales cuando ella no pensaba en vender la casa en que había nacido; pero ahora, por tercera persona, mandó que le ofreciesen tres mil escasos.
La desventurada mujer iba a ceder, pensando en que veinte monedas de oro bastarían para rescatar al hijo; en este apuro, una beata de una aldea próxima, que se confesaba con el cura del pueblo, le propuso comprársela a fin de pasar la época de las penitencias junto a su director espiritual. Esta mujer, que era virtuosa, fué en seguida difamada por los Ruivos sacerdotes a cuenta del confesor que la dirigía; y el labrador, por su parte, se puso furioso al saber que la Bernabé había vendido la casa en cuatro mil reales. El padre Juan, hablando de este asunto con el párroco, le descerrajó esta ironía entre dos polvos de rapé: —Cuando se está tan grueso, señor cura, hay que "traerlas" cerca...
Y el pastor, ultrajado en su candor, tuvo unos fuertes ataques de tos y escupió: —Trayendo yo a esta parroquia ovejas de fuera, quizás me deje usted en paz las de mi rebaño...
Se comprendían.
La tía Bernabé marchó a Braga con el dineroy con un cuñado suyo que había sido navegante y era a la sazón calafate en Villa do Conde. Por fortuna, vino al pueblo para ver a los parientes y, doliéndose de la tristeza de su cuñada, se había ofrecido para los pasos necesarios en Braga, a fin de conseguir la baja de Melchor en el ejército.
La petición no fué concedida. El calafate anduvo entre abogados que le escribían instancias inútiles. Comprendió, por fin, que el muchacho había de sufrir bajo el peso de la venganza del labrador. Y como él había pasado cuarenta años en el mar y en él había cobrado odio a las miserias de tierra, cuando supo que el rencor era de curas, y el crimen del muchacho era de amores, volvióse hacia la cuñada y le dijo: —El muchacho saldrá de hoy en quince días para el Brasil. Tú le pagas el pasaje, y el resto corre de mi cuenta. De aquí a Villa do Conde es desertor; así que pase la barra, es libre... Mira: ¡ves aquella golondrina?... ¡Libre como ella!
— no volveré a verle?—replicó ella, llorando.
—Si no vuelves a verle, tanto monta. ¿Tienes que cerrar los ojos para siempre o no? ¿Qué quieres:
verle aquí soldado o saber que está en el Brasil siguiendo su vida? Déjale que se vaya. Cuando llegue a Pernambuco ya no se acuerda de la muchacha; y si se marea, es como si echasé el corazón por el gaznate afuera. Tú te vienes a Villa do Conde conmigo. Tendrás que comer y un jergón para dormir.
En marzo de 1852 se hizo a la vela en Villa do Conde la barca "Concepción". Entre los pasajeros iba el desertor. Llamábase allí Manuel José da Silva Guimares, y nunca volvió a proferir su nombre.
Cuando la policía hacía investigaciones en el Concejo de Famalico buscando el paradero de la tía Bernabé, entregaba ella en Villa do Conde el alma a su Creador. Había visto desaparecer las velas de la barca "Concepción", arrodillada en el terrazo del castillo. Después quedóse de bruces llorando. La llevaron en brazos a casa del cuñado. Secáronse las lágrimas. Vino la fiebre y el delirio. Llamó, llamó a su hijo, hasta que Dios la llamó a ella. No la confesaron ni le dieron el Viático; pero murió santa porque había vivido santamente.
Había encontrado a aquel pobre expósito, le había criado, le había amado; había vendido una cadena para vestirle decentemente, a fin de mandarle a la escuela; había vendido las arracadas para comprarle un traje nuevo cuando él hizo su primera comunión; había vendido la casa y el telar y el lecho en que murió su madre, para redimirle de soldado. Padeció grandes angustias cuando supo que al hijo de su corazón se le acusaba de la desgracia de una muchacha honrada. Creyó que el señor cura, el predicador de la caridad y de la igualdad de los siervos de Jesucristo, iría a amo— nestar al labrador acomodado para que diese su hija por esposa al pobre. Es de creer que Dios perdonase esta santa ceguera de la cristiana. Por fin, de virtud en virtud y de dolor en dolor, tan pronto como, a los setenta años de edad, vió desaparecer para siempre a su querido expósito, rogó ? Dios por él y por sí misma, y... murió.
SEGUNDA PARTE
Veinte años pasan tan de prisa, que yo, en este salto que el lector va a dar, no me cansaré en llenarle de frases el pasadizo. Lo mejor es cerrar los ojos y saltar.
¡Veinte años! ¿Qué son veinte años?
¡Nosotros, éramos todavía muchachos, oh, viejos!
Este "ayer gastó veinte años en resbalar hasta "hoy". ¿Qué ha pasado en este lapso fugitivo de nuestra vida entre la juventud y la vejez? Nada. Tenemos a nuestro lado hijos que son hombres, y nietos que mañana serán hombres; además, parece que, aun ayer, componíamos con un rayo de sol y con el perfume de una rosa la sonrisa de la rubia madre de estos hombres, que hoy está vieja. Aun ayer éramos poetas por el amor, audaces por las aspiraciones, valientes por la mocedad. ¡Qué grandes cosas deben haber pasado en ese instante de veinte años, mientras esperábamos otras que nunca vinieron. Meditando siempre sobre el porvenir, no lo veíamos pasar. Por fin, pasó; y se dejó conocer porque se marchaba pesado, tardío y triste: era la vejez. Llegó de repente: oscureciósenos todo, como si las alegrías resplandeciesen desde el seno de un relámpago. Esta tiniebla fué instantánea, y gastó veinte años en condensarse. ¿Qué son veinte años?
En 1872, hospedóse en el hotel de Famalico un brasileño, a quien sus criados negros y blancos llamaban solamente "el señor comendador" (1).
No había venido recomendado a ninguno de los barones del país. Había enviado por delante la recomendación del tronco de caballos, del coche, de los lacayos. Representaba unos cuarenta años l'enos de salud. Gran bigote, patillas a la inglesa, espesa cabellera en crespos rizos que le circundaban la frente, hombros amplios, a proporción de las piernas, que se movían fuertes y sostenidas en pies firmes, como los cimientos de las pirámides de los Faraones. Vestía primorosamente de negro, con aire de persona que se pasea a la tarde por la carretera de Braga, con intención de ir por la noche al "Covent Garden" o a la "Royal" Italian Opera". Fumaba siempre unos cigarros que despedían los aromas de las cámaras de las sultanas. En la mesa era de una elegancia frugal, que desmentía la procedencia. Miraba el biftec con un hastío tal y con tamaña tristeza, que hacía recordar a Tertuliano, cuando, meditando en la metempsicosis, miraba al buey cocido, y decía: "Estaré comiéndome a mi abuelo?" Aunque ni él ni los criados declarasen sus nom(1) Nombre muy usado en Portugal para las personas que poseen este grado en alguna de las Ordenes civiles o militares.
Dos NOVELAS 3 bre y apellidos, los periódicos de Oporto habían anunciado la llegada del mayor capitalista de Pellotas, D. Manuel José da Silva Guimares.
Nada de hipocresías con el lector: es Melchor Bernabé, el expósito.
Al tercer día de hospedarse en Famalico, es comendador mortó a caballo, acompañado del lacayo, y marchó en dirección de Santiago de Antas.
Va a ver la iglesia que hicieron los moros...
—pensó otro comendador de la tierra, y así se lo comunicó a otros dos comendadores, atribuyendo a los moros la iglesia de los caballeros de Rodas.
—Eso será afirmó el más correcto. Este hombre es mágico. Guimares, el del hotel, ya le ha preguntado si había nacido en el Miño, y él respondió...
—Que no tenía la seguridad—concluyó el otro.
¡Está chiflado!
—Ayer, en la feria, estaba viendo vender dos yuntas de bueyes para exportar. El que las vendía era Silvestre Ruivo.
—Ya sé, el hermano de aquel Padre Juan, que murió hace tres años de apoplejía.
—Justo. Pues ese chiflado, que no habla con nadie, estuvo de palique con Silvestre acerca de los bueyes; después se lo llevó a la hospedería y le invitó a comer. Silvestre estuvo después conmigo, y venía asustado de haber visto a dos criados de frac, botas de charol, corbata blanca y guantes, para servir a la mesa. —¿Y de qué hablaron ustedes?—le pregunté. Me dijo que el comendador le había preguntado muchas cosas, y tal y qué se yo qué, acerca de la provincia, y que había quedado en ir a su casa para ver el estaElo de los bueyes. Mágico o no? ¡Fíjense ustedes! ¡Irá a ver los bueyes!
—Si fuese hace diez años—dijo el comendador Núñez, valía la pena de ir a ver las becerras...
Habrá usted conocido a las Ruivas, Antonia y Paca, señor Leite.
—Vaya si las conocí! Vaya unas mozas!
—Pues qué dirían ustedes continuó el señor Núñez si hubiesen conocido a María, como yo me acuerdo de haberla visto antes de marcharme a Río (1)... ¡Qué muchacha tan guapetona!
La pescó un expósito...
Ya he oído hablar de eso.
—Usted no sabe nada, perdone. El expósito empezaba a ir a la escuela del José Patata cuando yo salía de ella. Después tuve noticias, allá en Río, de que la muchacha no había acabado bien. A él le prendieron para que fuera a ser soldado, y desertó; y a ella nadie volvió a echarle la vista encima. Unos dicen que está en un convento de arrepentidas, otros dicen que está encerrada, desde que sucedió aquello... hará, Juan Núñez, hará sus buenos veinte años...
(I) Rio de Janeiro.
¡Eso es un padre con fibra!... ¡Hizo muy bien! dijo en tono de aprobación el más perdido.
En aquellos momentos, llegaba el comendador Guimares a la puerta del ex capitán de milicia— nos Silvestre López, apodado "el Ruivo". Se le esperaba.
En el descansillo de la escalera que conducia a la vasta habitación llamada "la sala de los curas" estaba el labrador, entre tres clérigos venerables por su edad: cualquiera de ellos debía contar bastantes años sobre los setenta.
El comendador entregó las riendas de su alazán y subió alegremente, apretando la mano a Silvestre, y saludando a los sacerdotes.
—Qué, ¿no se ha perdido usted por los atajos? preguntó el labrador.
Quien tiene boca, a Roma va—respondió el comendador, y refiriéndose a los curas: —¿Son sus hermanos, señor López?
—Dos lo son; el otro es el señor párroco.
El huésped le miró muy fijamente, y pregunté: —¿Es usted párroco de este pueblo hace muchos años?
—Vine aquí de párroco en 1828, a los veinticinco años; tengo setenta y seis: eche usted la cuenta.
—Hace cuarenta y cuatro años largos que está aquí agregó el padre Benito López.
—Justamente—confirmó el clérigo, que había bautizado a Melchor, el expósito abandonado en la mañana del ó de enero de 1833.
Hablaron de la guerra del Paraguay, de la emigración de los aldeanos del Miño, del estado floreciente de la industria y de la agricultura portuguesas. El labrador, confirmando lo diche por el comendador, enaltecía nuestra prosperidad con ese conciso, pesado y hasta cierto punto bicorne argumento: —¡Vean qué dineral dan los bueyes!
La mesa estaba puesta en el piso inmediato, y a la cabecera de ella la silla destinada al huésped.
—Usted, aquí dijo el labrador indicándosela con cortés homenaje. Nadie se ha sentado en esa s: lla desde que murió nuestro hermano mayor, el padre Juan. Hace ahora tres años que murió de parálisis.
—De apoplejía enmendó el padre Hipólito.
—Tanto da—replicó Silvestre. Estaba diciendo misa, y cayó redondo en el altar.
—Es de creer que su alma estaría preparada para ese trance—observó el comendador en tono compungido.
—Era buen sacerdote—dijo el párroco, cortando con cuchillo los canutos flexuosos de la sopa de macarrones—; vaya si lo era. ¡Pobrecillo!
¡Dios le tenga en su presencia!...
—¿Está aquí toda su familia, señor Silvestre?— preguntó el huésped. Si no recuerdo mal, me dijo en la feria de Villa Nova que tenía hijos...
—Hijos, no, señor. Tengo dos hijas.
Tres... dijo, rectificando, el párroco.
—¡Dos!—replicó desabridamente el labrador, chispeándole los ojos irritados.
—Ah! Sí... dos...; estaba distraído...—contestó el indiscreto.
Y el comendador no perdía el menor gesto de aquellas cuatro fisonomías.
—Tengo dos hijas—repitió el padre de María. Una está casada fuera con un propietario, y ya tiene un hijo en Braga, estudiando para cura, y otro que está para doctorarse en Coimbra.
La otra está en casa. No quiso casarse, y camina ya para los treinta y siete. Es la que gobierna la casa.
Pasó el incidente. El comendador mostrábase profundamente abstraído. Comió muy poco, y no dijo casi nada. Y apenas hubo terminado el suplicio de la exposición del pavo, del lomo de cerdo adobado, de la pierna de ternera y del lechón, pidió permiso para retirarse, pretextando que te— nía que estar temprano en Villa Nova.
El párroco le acompañó, porque el brasileño mostró deseo de ver unas sepulturas notables, de que daba noticia cierta novela (1), que están en el atrio de la iglesia de Santa María.
Los otros clérigos quisieron ir también; pero e comendador les dispensó de ello, con delicada violencia, prometiendo que volvería a verlos más despacio.
(1) El autor hace alusión a su novela corta, intitulada El Señor del Pazo de Nindes.
El párroco, una vez mostradas las dos sepulturas vacías, convidó al ricacho a subir a su pobre morada.
—Con mucho gusto, señor cura; simpatizo con usted; quiero, además, que seamos amigos.
—¡Oh, señor mío! ¡Qué valgo yo, pobre viejo y pobre rárroco de la más pobre de las parroquias!... Aquí gasté la vida, y ahora ya quiero que esta tierra, donde duermen tantos a quienes yo bauticé, tantos a quienes casé, se coma también mis huesos.
El clérigo estaba lúgubremente locuaz. Había allí una flor de poesía elegíaca entreabriéndose, un tanto rociada de mal vino de Oporto. Sentíase expansivo.
El brasileño buscaba motivo para hablar del incidente ocurrido en la comida, sobre si eran dos o tres las hijas de Silvestre.
No fueron necesarios rodeos. El sacerdote se dirigió en seguida al asunto en estos términos: —Silvestre es buen sujeto, buen feligrés, amigo de sus intereses, eso sí; pero de este pecado, si lo es, está lleno el infierno. Sin embargo, este hombre tiene un modo de pensar acerca de la honra que no está conforme con la religión de la caridad y del perdón. Notaría usted la ira con que dijo que sus hijas eran dos, cuando yo, distraídamente, dije que eran tres. Conocí en seguida que había andado mal, y me corregí en contra de mi conciencia; pero, en fin, yo estaba comiendo en casa de ese hombre, había allí un caballero respetable, la urbanidad me mandó callar...
—Sí... Yo noté que usted, cuando cedió al número dos, lo hacía a la fuerza.
—Pues por lo mismo que percibí que usted lo notó es por lo que debo a mi posición de sacerdote esclarecer la verdad ante usted, señor comendador. ¿Quiere oír la historia?... Pero usted me dijo que tenía prisa...
—No, señor. Hable usted. Tengo aún mucho tiempo.
El párroco salió a la ventana y dijo al criado que se llevase la yegua por la sombra al monte.
Después, echando el cerrojillo de la puerta del gabinete, continuó, haciendo antes sentar al huésped en una cómoda butaca, y ocupando él otra de grandes clavos y respaldo de cuero: —Silvestre no tiene dos hijas, sino tres. La mayor, a la cual yo bauticé hace treinta y nueve años, se llama María. Esta muchacha tuvo amores, hace veinte años, con un expósito que se crió aquí en casa de una santa criatura, que lo encontró en el huerto de la iglesia, por el lado de fuera de las sepulturas que ha visto usted hace poco.
El diablo del muchacho la desvió del buen caminc y la puso en la más mísera situación que es posible en tales casos. La muchacha sentíase ya madre cuando uno de los clérigos, que ahora está en la presencia de Dios, los encontró de palique una noche. Pocos días después, Melchor (así se llamaba el expósito) fué llevado preso de aquí a Braga, y le pusieron la mochila a la espalda. Pasado poco tiempo, el soldado desertó y se marchó donde pudiese estar más seguro.—Hablemos ahora de la moza: el padre le propinó una buena paliza, la encerró en el lagar y le daba cada día dos tazas de caldo, dos pedazos de pan y un jarro de agua. Dos o tres meses después se me presentó un calafate le Villa do Conde, que era cuñado de la tal Bernabé que había criado a Melchor, y me dijo que su cuñada había muerto de "saudades" del desertor, el cual ya no podía volver a la patria, y que, antes de expirar, le había pedido que vi— niese a verme y me rogase, por el divino amor de Dios, que hiciese yo todas las diligencias para hacerme cargo del hijo de su Melchor, que él, el calafate, se encargaría de llevárselo a Villa do Conde. A decir verdad, para mí era muy difícil meterme en este delicado negocio con Silvestre; pero pedí fuerzas a Dios y fuí a visitarle. Le conté el estado de su hija, y me ofrecí a dar al niño, cuando naciese, el único destino posible en armonía con los intereses de la tierra y los de la divina religión de caridad de Jesús, que mandaba que se acercasen a Él los parvulitos. El hombre oyó, blasfemó, gritó que iba a matar a su hija; y yo, entonces, resuelto a todo, le dije que si él la mataba, yo iría a acusarle de matador de dos vidas. El hombre tuvo miedo, y me dijo para terminar que me entregaría la criatura; pero que la muchacha no volvería a ver nunca el sol ni la luna... Estoy fastidiando a usted, señor comendador...
¡Por el amor de Dios! Estoy interesadísimo en esta triste historia...
Tristísima! Sí, señor. He aquí que nace un riño, y la que asistió al nacimiento y me lo trajo fué una viuda, sierva de Dios, de quien yo era confesor, y que vivía en la casa que había comprado a la tal Bernabé. Fuí yo quien le pedí que mereciese la divina gracia por esta obra de misericordia. Ya estaba aquí entonces en casa de unos parientes el calafate en espera del hijo de Melchor. Se lo entregué, y allá fué el niño para Villa do Conde, después de haberle bautizado con el nombre de su padre.
—Y ese niño...—interrumpió el comendador, arrancando su pregunta de congojas que la débil vista del párroco no divisaba.
—Verá usted, señor. Dos años después murió el calafate, y su criada me lo mandó para aquí, diciendo que su amo así lo había ordenado, a fin de que yo se lo entregase a unas hermanas y sobrinas suyas, que viven en una aldea próxima. Llamé a las tales mujeres, les mostré la criaturita, les di el recado del fallecido calafate, y ellas respondieron que no querían saber de esa historia; que se ocupasen del niño su abuelo y su madre, que eran bien ricos. La sierva de Dios, que vivía, como ya he dicho a usted, en la casa que fué de la tía Bernabé, se hizo cargo del pobre niño abandonado. ¡Había en esto misterio profundo! El padre se había criado en la misma casa en que después se criaba también el hijo, jambos sin padre ni madre! Desgraciadamente, cuando el niño iba camino de los seis años, se murió de repente la bienhechora. Los parientes echaron de allí al niño, y Silvestre compró la casa, la derribó e hizo un establo para los bueyes. Desde allí, de aquella ventana puede usted ver el establo, en el sitio en que estuvo la casa de las dos santas mujeres. Es aquella que blanquea entre aquellos dos robles.
El comendador se asomó a la ventana, recoroció los alrededores de la derribada casa de su infancia, enjugó las lágrimas, volviendo la espalda al párroco, y se sentó de nuevo frente al anciano.
—¿Qué había yo de hacer?—prosiguió el páMe traje al niño y le mandé a la escuela.
—¡Muy bien! ¡Muy bien!—exclamó entusiasrado el brasileño ¡Muy bien, hombre honrado!. Y le apretó las manos, llevándoselas a los labios.
El párroco, retirando la mano, humedecida por las lágrimas, dijo conmovido: —Cumpli con mi deber, señor! 1Ojalá que esta buena acción me sirva de descuento por las muchas malas que tengo en mi vida!
—Y más tarde, el niño...—interrumpió apresuradamente el huésped.
—El niño, diré a usted... Ahora volvamos a hablar de la madre... Tres años y medio estuvo encerrada en la tal cárcel. Apenas si veía a la hermana que le llevaba el alimento. Después, estuvo en peligro de muerte, y pidió un confesor.
Me llamaron a mí a falta de otro. En el acto de la confesión le dije que su hijo estaba en mi casa y que pasaba por pariente mío. Otros, señor comendador, decían que era hijo mío y de la mujer que le había protegido. Perdoné a los calum— niadores, para que Dios me perdone los escándalos que he dado: era justo que me difamasen, porque he dado motivo a ello con los desatinos de mi juventud. Cuando María supo que su hijo estaba vivo, cobró fuerzas, quiso vivir, y venció la enfermedad. Ella me decía: "Si vivo, algo me corresponderá de esta casa, y lo que yo tenga, será para mi hijo; y, si me muero, será un pobre de los que piden limosna." De los que pidenno—dije yo, porque voy a mandar que le enseñen un oficio, apenas llegue a la edad de poder trabajar. Me preguntó entonces si yo sabía algo de Melchor. Fuera de la confesión le respondí que el calafate me había dicho, muy en secreto, que se había marchado al Brasil. El primer año, el calafate recibía muchas cartas de Melchor, que éste escribía a su madre adoptiva, pensando que ella vivía aun. El calafate escribía para allí que la Bernabé había muerto, y el muchacho escribía siempre a la Bernabé. La opisión del calafate era que Melchor andaba por desiertos, adonde nunca llegaban las cartas que iban de Portugal. Después, murió el calafate. No sé lo que ha pasado de ahí en adelante. Esto fué lo que yo conté a María. Por fin, se divulgó por ahí que Melchor había muerto, y yo aproveché la noticia, fuese o no fuese verdad, a fin de ver si el padre de la pobre muchacha le daba alguna libertad. Hablé de esto a Silvestre, y, en nombre de Dios, le hice responsable de la privación en que la tenía de misa y de sacramentos. Tanto golpeé a la puerta de su conciencia dura, que conseguí que la dejara confesarse y oir misa una vez, al menos, cada tres meses.
Poco a poco, obtuve que viniese a la iglesia cada cuatro semanas, y en esas ocasiones ya sabía ella que su hijo era el niño que me ayudaba a misa.
Una vez en que no había nadie en la iglesia, entró en la sacristía, se abrazó al hijo y se deshizo en lágrimas. La dejé, pobrecilla!; pero después le pedí que no volviera a cometer semejante imprudencia, porque si alguien la viese no velvería a salir de su cárcel. Cuando cumplió el muchacho catorce años, leía y escribía correctamente. Hice que le enseñaran el oficio que él escogió: quiso ser carpintero, para lo cual tenía mucha habilidad. Esa silla en que está usted sentado la ha hecho él. ¡Vea qué bonita pieza! ¡Pues aun no hacía un año que seguía el cficio cuando hizo esa obra que parece fabricada en Oporto!
—¿Y esta aquí Melchor, en esta aldea?preguntó el brasileño.
—No señor; está trabajando en Braga; pero viene aquí todos los meses, para ver a su madre el día en que ela se confiesa.
G —Todos los meses?
—Sí, señor; el primer lunes de cada mes. De hoy en ocho días, si vivo, confesaré a la madre, y daré de comer a Melchor.
—¿De hoy en ocho días? ¡Qué alegría me daría usted, mi honrado y querido amigo, si me permitiera que yo contemplase en la iglesia a esa mártir mirándose en su pobre hijo! ¿Sería posible?
—¿Por qué no? Venga usted el lunes, hacia las seis de la mañana, que es cuando yo la confieso y le doy comunión. La verá, y verá también al muchacho, que es quien sigue ayudándome a misa y ofreciendo el jarro de agua a la madre después de comulgar.
Erizáronsele los cabellos al comendador por una especie de eterización, mezcla de entusiasmo, de éxtasis y de tristeza. Apretó contra su pecho las canas del anciano y besóle en la frente. El sacerdote le miraba con asombro, y él murmuró: —¡Su historia me ha entusiasmado!... ¡Soy un hombre que tengo la locura de la admiración por las grandes acciones! Si no hubiese creído hasta hoy en Dios, caería ahora de rodillas a sus pies, reconociéndolo!
—¿Y quién no cree en Dios, amigo mío?—preguntó el viejo, enjugando las lágrimas.
El lunes convenido amaneció con todas las pompas y músicas y perfumes de una aurora de julio.
El comendador Guimares había llegado de Braga hacia media noche y había ordenado a su criado que le llamase a las cuatro de la mañana. Superflua recomendación. No durmió. Antes de alborear el día llamó él a los criados y mandó ensillar los caballos.
A las cinco y media de la mañana ya estaba recostado en uno de los sepulcros del atrio de Santa María de Abbade. A corta distancia escarbaban los caballos impacientes en la tierra barrosa de un pelado altozano. El sol brillaba en una de las ventanas de la iglesia. Los pardales piaban en el olivo, en aquel mismo olivo que, treinta y nueve años antes, había ofrecido, en sus raíces encorvadas a flor de tierra, una cuna empapada en la lluvia a aquel hombre que ahora se sentía allí feliz hasta ese extremo en que las palpitaciones de júbilo hieren el corazón como los dardos de la agonía. Las golondrinas cantaban alrededor de la cor— nisa de la iglesia y, revoloteando en amplios círculos, cortaban con notas arrulladoras por entre las ondas ae luz el grande himno que en la tierra se completa con las lágrimas de aquellos que pueden llorarlas de gratitud a la Divina Providencia...
El, Melchor Bernabé, lloraba esas lágrimas benditas contemplando la tierra donde la tejedora pobre se había arrodillado para levantarle helado hasta su pecho y resucitarle con un milagro de caridad.
A las cinco y tres cuartos oyó pasos que sonaban en la reja de hierro que forma la entrada del atrio.
Corrió presuroso al ángulo de la iglesia y vió a una mujer envuelta en una capa que le tapaba la cara, dirigiéndose hacia la puerta lateral. Simultáneamente llegó, trasponiendo de un salto la pared, un muchacho de buena presencia, vestido de azul, con su sombrero de fieltro en la mano. El comendador se detuvo, apoyado en el ángulo. La madre y el hijo estaban abrazados, cuando se dieron cuenta de aquel hombre extraño.
¿Quién es?—preguntó María.
¡Es un personaje!—dijo él. He visto a ese hombre en Braga con el señor deán, y entraron en el palacio del señor arzobispo. Allí abajo, en el monte, están dos caballos y un criado de librea.
Deben ser suyos...
—Debe de ser un comendador que estuvo en casa de tu abuelo hace hoy ocho días. Tu tía le vió y me dijo que era así: con bigote y patillas.
—¿Qué hará aquí?
— Mira hacia nosotros?—preguntó la madre, mirándole de reojo por una rendija de la capa con que se cubría la cabeza.
—No nos quita ojo... Y parece que está así como quien va a perder el sentido.
—Estará enfermo!... Menos mal que ya llega el señor cura...
—Y se va a hablar con él, madre...
—Entonces es el mismo que yo te decía.
Melchor!—dijo el clérigo—. Toma la llave, y entren, que allá voy yo.
El muchacho fué a buscar la llave, besó la mano al sacerdote y saludó con una inclinación de cabeza al señor desconocido.
El comendador, con los ojos clavados en él, se movía con una respiración angustiosa; era el esfuerzo que hacía para resistir a los impulsos que le arrastraban hacia su hijo. El carpintero abrió la puerta y entró con su madre en la iglesia, diciéndole: —Aquel sujeto me miraba de un modo que parecía querer hablarme...
El brasileño, después que respondió al saludo del párroco, le preguntó: —¿Tendría usted duda en confesarme?...
—Con mucho gusto, señor comendador. Cuando usted quiera.
—Ahora mismo. Deseo recibir la comunión juntamente con esa señora.
—Pues ahora mismo.
Y el padre decía entre sí: "Este hombre ha sido iluminado por la gracia divina, y Dios Nuestro Señor escogió al más pecador de sus siervos para instrumento de su misericordia con otro pecador." Entraban en aquel momento por el arco de la iglesia, de paso para la sacristía. El párroco se inclinó al oído de María, que rezaba en el altar del Santísimo, y le dijo: —Espérate un poquito, que voy a confesar a una persona. Y llamando a Melchor: —Ve a casa, Dos NOVELAS abre el segundo cajón de la cómoda, y trae el paño grande con encajes, que está planchado, para dar la comunión a aquel señor, a quien voy a confesar.
El comendador salió de la sacristía media hora después, y fué a arrodillarse en el primer escalón del altar mayor. Cuando María vió que c' párroco salía y que la llamaba al confesionario, pasó cerca del desconocido, con los ojos bajos y tapándose las mejillas con el cuello del capote.
Melchor había llegado ya con el paño de volantes almidonados, y lo desdoblaba y arreglaba para el sagrado ministerio. Después entró en la sacristía con las vinajeras, puso agua y vino, dobló y dispuso el paño de modo que la porción aun no manchada sirviese para el lavatorio. De vez en cuando salía a la puerta de la sacristía y se quedaba mirando al comendador, que estaba de rodillas, con la cabeza baja, sosteniendo la frente en sus manos levantadas.
El párroco salió del confesonario andando torpemente, apoyándose en la verja de un altar. El hijo de María Ruiva fué a darle el brazo, y el anciano se quejaba de dolores de reúma en las rodillas y en los riñones. La penitente subió a la capilla mayor, y se arrodilló detrás del brasileño, leyendo actos de contrición y la letanía.
El párroco comenzaba a revestirse para ir a celebrar, cuando el comendador se levantó, y, al pasar para la sacristía, poniendo los ojos en Maria, pudo verle el rostro iluminado por un rayo de sol que se reflejaba palpitante, a través de una ventana, en la superficie metálica de unos candelabros dorados. No la habría conocido, si la hubiese encontrado. Aquel rostro había sido purpurino, aterciopelado, como los pétalos de las rosas humedecidos por el rocío en las hermosas madrugadas. Había tenido las curvas redondeadas y suaves de la salud, de la fuerza, de la acción del aire fuerte y del sol, que enrojece la epidermis y colorea la sangre.
Estaba delgada, angulosa y lívida, como las santas esculpidas por inspiración del martirio: pero esta maceración era la hermosura divina del alma; era, a los ojos de aquel hombre, la santificación de la mujer.
Entró en la sacristía, y con trémula voz dijo al sacerdote: —Señor cura, le suplico que antes de subir al altar, llame aquí a su penitente.
—¿ Aquí?—preguntó el párroco con espanto—.
Es muy tímida...
Creía que el comendador deseaba solamente ver de cerca a la mujer cuya desgraciada historia le había conmovido.
—No importa—contestó el brasileño—; es urgente que venga ella aquí antes de que usted nos dé la comunión.
—¿Si?—replicó el padre. Está bien...
Y saliendo a la puerta de la sacristía, llamó a la hija de Silvestre.
Ella entró con timidez y asombro. El hijo, que sostenía aún en las manos los dobleces del alba que el sacerdote estaba poniéndose, soltólas, dejó caer los brazos y se quedó con la expresión inmóvil de la curiosidad.
En aquel momento, el comendador presentó al párroco media hoja de papel sellado, y le rogó que la leyese. El cura pidió a Melchor que le diese los anteojos, se los puso temblorosamente, acercóse a una ventana y, leyendo primero la firma, dijo: —Es la firma de su eminencia el señor arzobispo de Braga... La conozco...
Levantó la vista a lo alto de la hoja, y leyó: "Concedemos al párroco de Santa María de "esta nuestra diócesis, en el concejo de Villa "Nova de Famalico, que pueda, sin previa lec"tura de las amonestaciones, celebrar el sacra"mento del matrimonio entre los contrayentes de "niayor edad..." Aquí el párroco se detuvo, abrió desmesuradamente los ojos, ajustó bien los anteojos en la nariz. oprimió los párpados con el dedo pulgar, volvió a arreglar los anteojos, y dijo al hijo de María: —Muchacho, ¿qué nombres son éstos que están en el papel?
El carpintero leyó: "Entre los contrayentes de mayor edad Mel"chor Bernabé, hijo de padres desconocidos, y Ma"ría López, hija legítima de Silvestre López y..." ¿Qué es esto?—exclamó el párroco. ¡Santo Dios! ¿Qué es esto?
Melchor Bernabé—dijo el muchacho con el más cándido asombro—soy yo!....
—Melchor Bernabé es tu padre, hijo mío!exclamó el comendador, abrazándole; y arqueando, al mismo tiempo, el brazo por el cuello de María, la atrajo hacia su pecho, besóla con los labios ardientes como las lágrimas que le corrían por la cara, y murmuró sollozando: ¡Aquí me tienes, desgraciada María mía!
¡Aquí está el pobre expósito!...
Ella exhaló un grito agudo como la alegría de los encarcelados, de los condenados a la eterna deshonra que vieran de improviso caerles a chorro en las tinieblas la luz del cielo y la rehabilitación de la honra. Quería reconocerle palpándole las mejillas; pero le faltó la claridad de los ojos y la lucidez de la razón. Ella pedía luz, pedía a Dios que no la dejase morir, y desfallecía colgada del cuello de Melchor.
La felicidad de María era santa: habíale costado veinte años de ultrajes sufridos con paciencia, sin rebeldía contra la implacable crueldad del padre, ni contra la inmovilidad de las fuerzas divi— nas. Había esperado en Dios, había esperado siempre. Decía ella que había soñado aquello mismo: la venida de Melchor y la restauración de su honra.
Contábaselo al párroco, y al esposo, y al hijo, a la puerta del templo; y él, el anciano, con las arrugas de la cara relucientes de lágrimas, decía: —Yo fuí quien os bautizó y quien os casó, hijos míos. Ahora, enterradme vosotros, porque yo no tengo a nadie.
Melchor Bernabé exigió como dote de su mujer el establo de los bueyes edificado sobre los cimientos le la casa en que había sido recogido y confortado en el seno de la tejedora. Allí, donde estuvo la cabaña de candor y de oración, existe hoy un palacete con las mismas cosas divinas, aumentadas con la felicidad del amor. Se ve desde lejos el palacio del comendador Melchor Bernabé; y al pie, en el interior del palacio, las riquezas de la arquitectura y de las decoraciones desaparecen deslumbradas por lo que hay de inmortal en las obras humanas: la virtud. Allí está, impedido, el que fué párroco de Santa María, a quien llevan todas las mañanas desde la cama a la silla que le hizo Melchor, el joven, aquel muchacho que no resiste a su vocación de carpintear y que anda fabricando ahora para su viejecito una nueva silla con ruedas y muelles.