El día de las grandes ganancias
La Tienda de las cuatro estaciones, cuyo letrero rojo anunciaba increíbles baraturas en una musgosa pared de la calle Corrientes, me parecía aquella noche más triste que de costumbre. Su interior me producía una impresión desagradable. Era un local extenso y huraño. Iluminábalo un mechero de gas, cuya luz imprecisa hacía apenas visibles los montículos de mercancía popular que llenaban los mostradores y se aglomeraban en la falda de los viejos estantes. Aquel depósito sórdido de percales desteñidos, trajes de brín, blusas y chaquetas adquiridos en las subastas públicas, influía en mi espíritu como un cementerio. Y más aún me entristecía su dueño. Lombardo de fuertes piernas, espaldas enormes y cara redonda como un plato, en la que brillaban dos ojos grises, rientes y móviles, hallábase siempre instalado en el fondo del negocio, colgando de los labios la curva pipa de barro. Hombre de cuarenta años, obeso y jovial como un párroco de aldea, no concebía entre las paredes de la tienda el malhumor que amargaba mis planes. Reía continuamente. Conocedor minucioso del barrio, Pablo Rondelli—don Pablo—estaba al tanto de la vida y milagros de cada vecino. Sabía cuando finalizaba la contrata del conventillero de la cuadra y no ignoraba los sucesos mas nímios, comentándolos con las compradoras; subrayaba con señas y gestos las intenciones veladas y los secretos en circulación. Jamás se apuraba. De movimientos pausados, ronca la voz, iba y venía tras los mostradores atestados, dirigiendo preguntas y riendo.
—Con que siete metros de muselina. ¿No es así, doña Dolores? Siete metros... ¿Eh? Está bien, señora Luisa: ya le llegará el turno. ¡Bah! hay tiempo para todo... Pues sí. Don Juan entraba en la casa—venía del almacén—cuando oyó en el cuarto de esa mujer hablar al peluquero...
Así, mientras medía el democrático género, contaba a las parroquianas los incidentes del día. Ilustraba con chistes equívocos los episodios nocturnos atribuídos a la muchacha del sastre contiguo, a la recién casada, cuyo armario con espejo y cuyo lavatorio con mármol rosado suscitaran lógicamente la envidia. De su boca salían carcajadas y frases que recordaban la alegría insolente y sana de los cuentistas de Italia de los siglos transcurridos ya; esos cuentistas que descorrían en su imaginación avivada por los buenos vinos, las mantas de los lechos y exhibían la comedia de los idilios culpables, poniendo sobre las heroínas galantes, a manera de besos, risas sonoras y largas...
—Estás triste, muchacho—exclamaba con frecuencia. ¿Vendiste poco?
—Por cuatro pesos.
—Mañana, hijo mío, es primero de mes; si vas a Barracas al Sur puedes ganar más que en toda la semana.
Entregué a don Pablo el valor de lo vendido y me puse a coleccionar los artículos para la gran venta del día siguiente.
La cantidad sin precisar, augurada por la palabra del tendero, me entreabría una esperanza. Necesitaba poco para abandonar el comercio a que me dedicaba. Era yo entonces alumno del colegio nacional. Había dado examen de primer año, encontrándome imposibilitado para continuar los cursos. Me faltaba el dinero para la matrícula, carecía de libros, del traje de cierta apariencia, a fin de que los camaradas de aula no se burlasen demasiado de mi aspecto gringo. Fueron estas las circunstancias que me relacionaron con el jocundo Rondelli y nuestro convenio comercial quedó establecido sin intervenir leyes ni escribanos. Jovialmente me llamaba su socio, pero la sociedad con el ruidoso y lento lombardo me afligía. Me recordaba con exceso mi situación económica, poco alegre siempre y especialmente en aquella época en que yo, a los catorce años, tentaba un nuevo oficio aprovechando las vacaciones. La tarea en sí no me amedrentaba. Acostumbrado a la pesadumbre del trabajo desde hacía cerca de tres años, la venta callejera, el bulto considerable de mercancías diversas, no agregaba aflicciones nuevas a las sufridas durante largo tiempo en talleres y fábricas. ¿Podía acaso compararse el sol de Buenos Aires con los rayos del sol que incendiaba el campo cuando yo alcanzaba desde el suelo gavillas de trigo al cargador, encaramado en el carro que parecía una parva? Lo que me tenía triste a los ojos de Rondelli era la persistencia de la pobreza, la imposibilidad de salir una vez por todas del cuarto numerado del conventillo, entre cuyas paredes adquirí el afán de estudiar y poseer, como el abogado vecino, una casa linda y fresca, una vida cómoda...
Pensaba yo en tales cosas, mientras escogía de estante en estante las mercaderías necesarias. En el fondo, don Pablo, hamacándose y haciendo cálculos a media voz, fumaba su pipa. De cuando en cuando me daba un consejo de índole práctica y me aseguraba entre risas estruendosas las ganancias del siguiente día, el primero de mes. No se engañaba nunca. En comercio entendía tanto como sus compatriotas más conocidos. No era amigo de figurar a la manera de ellos, pero ha sabido progresar como pocos.
—Soy un viejo negociante, hijo mío. Hace diez años yo era más pobre que tú y ahora soy el dueño de Las cuatro estaciones. Yo sé lo que te digo: mañana ganarás mucha plata.
—¡Ojalá!
—¡Ah! Cuando concluyas, me escribirás unas cuentas. ¿Está bien?
—Sí, hombre.
Hechas las cuentas, don Pablo me ofrecía pasar juntos un rato en el café de la esquina, donde tenía prestigio de hombre serio y servicial.
Confieso que el gordo italiano era el mejor de mis patrones. Hasta esa época había yo conocido una variedad estimable en ese gremio.
Ninguno, ciertamente, superaba al agrio judío en cuya casa aprendiera yo el oficio florentino de pasamanero. A pesar de los palos, de los estrujones y de las multas que llovían sobre mis quince pesos de sueldo, gustaba de esa profesión complicada y elegante.
El telar me entretenía, y mientras nacían bajo mis manos, sobre la cinta angosta, flores pálidas y suaves dibujos, la lanzadera cantaba su canción y los hilos de seda crujían al compás de un ritmo invariable y solemne. El taller encerraba para mí un vago encanto que traducían los cantares de las muchachas mientras sus manos combinaban los colores de las sedas finas, los flecos y las rosetas que jamás lucirían sus vestidos de obreritas.
El patrón venía a cada rato. Examinaba lo hecho y anotaba los errores con expresivos pellizcos y golpes. A la noche, terminada la faena de las felpas y de las borlas, el judío se transformaba en el hombre más amable. Su cara flaca, su nariz gibosa, se iluminaban. Conversábamos de todo. El frecuentaba la cantina próxima, donde proclamaba en francés, ante los bebedores habituales, la vuelta a Palestina, a raíz del primer Congreso sionista, que debía celebrarse en Basilea.
La idea del improbable retorno a Jerusalén inflamaba su alma y enardecía su imaginación. El tosco fabricante se convertía en anunciador de la vuelta a la tierra de la Biblia y sobre su perfil descarnado se cernía la fiereza trágica de los profetas.
—Hay que conocer a Jerusalén. Yo he viajado por las regiones de Judea y te aseguro, no hay una tierra tan dulce. Se esterilizó en manos del turco, pero nosotros le devolveremos la antigua fertilidad, así como reconstruiremos el templo.
También había visto la pared única de la Sinagoga que sobrevive a las edades, resto fúnebre del reino de Salomón, del reino de Israel.
Es una pared obscura, riscosa, cubierta de musgos y poblada de insectos. Allí, los viernes, a la noche, desciende Jehová y lamenta la destrucción del imperio que confiara, después del éxodo, a su pueblo elegido. Y Jehová, arrepentido de su obra, señala su tristeza divina con una lágrima que riega las piedras cargadas de siglos, y en su lugar surgen verdes herbajes. Este crecimiento sobre la muerte indica a las falanges de Moisés, dispersas por los caminos del mundo, que su esperanza debe renacer y sus corazones angustiados por un largo martirio, deben confiar en el Señor, como confiaron cuando amasaban con los piés desnudos, barro mezclado con vidrio, en los días de Faraón.
La enérgica arenga terminaba habitualmente con las palabras con que, en las noches de Pascuas, el padre explica, inclinado sobre la mesa ritual, el episodio de la Huída: “¡Dios nos libertó con su fuerte brazo!...”
Cuando hablaba así, recordaba yo discursos idénticos oídos a un viejo cigarrero, en cuya casa trabajara, y quien deseaba, por lo menos, morir en Jerusalén, ya que la vida le había alejado de ella. También la había conocido en su juventud, cuando su padre era rabino en el Cairo y vendía tapices...
Me había levantado con un humor menos nebuloso. Obstinábame en la esperanza de ganar bastante ese día en mi peregrinación comercial a Barracas al Sur. Eran las cuatro de la mañana. Aclarábase el cielo en la pureza matinal, barridas las nubes amenazadoras de la víspera, por el viento caluroso de la noche. El bulto era enorme y apenas podían soportarlo mis espaldas. La calle estaba desierta y la ciudad despertaba tiñéndose en la aurora sofocante la parte superior de las casas. Iba por la calle Viamonte, rumbo a los diques, con el propósito de dirigirme a Barracas al Sur, costeando el río, seguro de vender algo, en tanto despierten las dársenas...
Eso sí, el bulto me abrumaba. Describía curvas de beodo bajo su peso anormal, y con voz fuerte proclamaba las excelencias de mi mercancía, cuyo conjunto era un resumen de tienda. Mi voz agujereaba el silencio en que dormían las casas, cantando el nombre de los artículos con tonada larga y gruesa, pronto enronquecida por la sequedad de la garganta en ayunas...
Pesaba el bulto, pero cada vez sentía menos su peso. Recuerdos del pasado, reminiscencias de la bíblica chacra desvanecida, las angustias de las cinco profesiones aprendidas en monótonas jornadas de taller, esperanzas locas de futuro uníanse en mi alma al contagio de la mañana, grávida de ensueño y de rosa. ¿Puede sentirse el peso de algo, a los catorce años, cuando el cielo se tiñe como una fresca mejilla? Así mi corazón se llenaba de heroico regocijo. Adaptaba mi vida a los ejemplos edificantes de Smiles y alababa la persistencia en el esfuerzo, que debía, a lo largo del tiempo, conducirme a la gloria, exhibida ante los transeuntes en las chapas luminosas donde brillaría el blasón doctoral.
Y mientras tocaba con la mano los límites del cielo, ofrecía chaquetas y blusas...
Aumentaba el ruido en las calles. Los carros se estacionaban ante los grandes negocios, las pequeñas tiendas se abrían y los despachos de bebidas donde se detenían los obreros con los sacos pringosos al hombro. Uno me chistó desde un umbral.
—¡Eh, mercachifle!
Era albañil, manchado de cal y de barro el traje cotidiano y los zuecos deshechos ostentaban blancos círculos.
—¿Tienes delantales?
—¿De qué color?
—Azules.
—No tengo...
—Será otra vez, entonces.
Mientras apoyaba el bulto en la pared de la taberna llena de humo, para arreglármelo mejor sobre la espalda, oí comentarios sobre mi comercio. Aseguraba el albañil que la venta callejera de mercadería era un medio de hacerse pronto muy rico.
—No es el andamio—afirmó.—Este muchacho debe ganar dinero. Así se hacen los burgueses.
Sentí un deseo vehemente de desengañarlo y asociarme a su visible antipatía hacia el burgués, ser despreciable, cuya desaparición, junto con el régimen que lo nutre, había profetizado yo en un escrito aparecido en el periódico del colegio y que La Vanguardia rechazara por considerarlo demasiado literario...
No tardé en llegar al dique. Vendedores ambulaban con sus almacenes rodantes voceando perezosamente comestibles. Sentía sed. No llevaba un centavo conmigo, claro está, puesto que iba a enriquecerme. Mi esperanza, no confirmada por indicio alguno, se agrandaba. Ya era día pleno. El sol, muy alto, cubría la superficie lejana del río y vertía oro líquido sobre el bosque de mástiles, en cuyas puntas de flecha ondeaban en la pureza de la mañana, los colores vivos de los gallardetes. Iban y venían vapores revolviendo el agua obscura de los diques, entre la grita de los marinos y el ruido ensordecedor de las máquinas cargadoras que hacían rechinar las anillas de sus monstruosas cadenas El vértigo poseía las dársenas estallando en la acústica del espacio la sinfonía colosal, el ritmo de pujante y bárbaro, acordado por el paso de la estiba, que se extendía a lo largo de la ribera, negra de navíos y de gente.
Un ciego, acompañado de un enclenque lazarillo, añadió al vasto disturbio la melodía en pauta de roncas quejumbres, que sollozaba el acordeón en un pasaje de ópera tierna...
Aún no había vendido por valor de diez centavos siquiera. Pensé con terror: ¿Si las ganancias se redujeran a nada? Temblé y sentí en al garganta la aspereza de cuarenta cuadras de gritos inútiles. Sentí hambre y sed, y me irrité contra el absurdo optimismo que me indujo a salir sin dinero.
Aceleré la marcha un poco amargado, bajo el peso del bulto, vírgen todavía...
De pronto, me llamó alguien. Estaba cerca de una casilla. Era un hombre viejo ya. Con voz afónica preguntó:
—¿Qué vendes?
Después de saludarle con familiaridad democrática, aprendida en las asambleas socialistas donde yo regeneraba al mundo, informé a mi cliente que vendía artículos de mercería y de tienda a precios realmente increíbles, y me quejé del calor.
—Necesito unos pantalones gruesos.
Me explicó que partía esa tarde en el Cuzco a lugares donde domina una temperatura polar. El marinero se inclinó sobre mi fardo abierto con rapidez. El probable comprador representaba unos sesenta años. Su cara seca y obscura, como modelada en barro, evocaba las láminas en que aparecen marineros en momentos extremos. Me acordé de una, intercalada en un libro de Verne, cuya leyenda decía: “Entonces el lobo de mar abrió la ventanilla del buque”. Su rostro abrillantaba el sudor llenando las hondas arrugas, azotadas por los vientos lejanos del Sur y quemadas por el sol que ardía en el muelle de la metrópoli.
—¿En cuánto vendes ese par?
—Es lana pura.
—Pero ¿cuánto?
Pensé en la necesidad de inaugurar la venta y formulé un precio bajo:
—Cuatro pesos. No es mucho.
—Demasiado. Además, no son de lana, como dices. ¿Quieres tres pesos? De todos modos, difícilmente venderás ahora pantalones tan gruesos.
No quiso entrar en razones. Argumentó contra los mercaderes ambulantes y encontró indispensable exterminarlos. Uno de éstos le había vendido el mes pasado una blusa que no servía.
Até el bulto y me senté en una viga, a la sombra de un galpón. Decididamente, no empezaba bien el día de las grandes ganancias...
Por el extremo opuesto del dique entraba un transatlántico, precedido por dos vaporcitos. Las letras doradas del nombre refulgían en el costado de proa, orladas de chispas a la luz del sol. El Oxford, comidas las pinturas de las bordas por el agua del mar, se aproximaba con lentitul solemne de héroe. Viraba de babor a estribor, como describiendo pausadas salutaciones. En los cordajes aparecieron banderas sucesivas, al compás de silbatos que llenaron la dársena toda con su estridencia. En la cubierta aglomerábanse los pasajeros, en grupos compactos, mezclados ante el panorama jubiloso de la ciudad, distraídos turistas, y emigrantes lamentables: gringos venidos de comarcas estrechas con un programa de conquista en la cabeza y los ojos entristecidos por el hambre, llenos de leyenda sobre la América vírgen, la armoniosa leyenda del oro accesible, esparcida en el mundo desde Marco Polo hasta los que se enriquecieron en los oficios comunes, en los días corrientes de la República.
Un transeunte me preguntó, tocándome con un leve bastón de junco, si tenía pañuelos de seda. No tenía.
Creí reconocer en esa persona vestida de blanco, a un profesor del colegio. Alto, buen mozo, elegante en su traje de brin, erguíase ante mí con una sonrisa en los labios.
—¿Qué me miras tanto?
—Hombre, me parecía...
—¿Qué gringuito?
—¿No es usted profesor del colegio nacional?
No era. Me informó ser inspector de la aduana; había salido de casa olvidándose el pañuelo y deseaba comprar uno, pero de seda.
Interesado por el género de la pregunta, tuve que explicarle la casualidad de mi profesión. Halagóme con elogios amables. Ya no me tuteaba.
—¿Y cómo puede cargar semejante bulto?
Manifestéle que no era tan pesado, siendo posible descansar a cada rato. En todo caso, hallaba preferible esa venta callejera a la rueda de hacer cordones, en la pasamanería del judío profético, o la potasa hirviente en que lavaba las molduras de bronce, en un taller de niquelado de la calle Paraná.
—Hoy es primero; hoy habrá ganado bastante.
—No mucho.
Me ofreció un cigarrillo y se fué.
Nada conseguí vender a lo largo de la inmensa ribera. Nadie necesitaba nada y comprendí la urgencia de no perder tiempo en el trayecto a Barracas.
Allí llegué como a las once, hora del almuerzo, estéril para mi comercio. Descansé en un fresco zaguán, cuya puerta generosa me asiló hasta la una, llena la cabeza de proyectos y el estómago vacío. Resolví dormir, recostado sobre mi sintética tienda, y despues me lancé por las calles desconocidas, voceando con vigor nuevo los artículos que me exasperaban la espalda.
Pero nadie se interesaba por las puntillas de hilo, cuya calidad garantizaba de una manera estridente, ni por las blusas y cachemiros. Iba de casa en casa, de conventillo en conventillo. Algunos averiguaron precios y me recomendaron venir después del primero, cuando hubieran cobrado la quincena...
Evidentemente, el dueño de Las cuatro estaciones se había equivocado en sus cálculos. Sin embargo, no desfallecí y continué la peregrinación por los caserones obreros. En todas partes el mismo espectáculo de la miseria, monótona en su lobreguez arrabaleña, llena de ruidos y de gritos.
En uno de esos conventillos me senté a descansar. Desenvolví el bulto por si llamara la atención algún objeto. Una vecina aseguró que me compraría muchas cosas si viniera el lunes próximo.
—Mi marido—dijo—cobra recién el sábado.
Con tal motivo, entablé una conversación con mi interlocutora. El tema, viejo y próvido, daba margen a agrias consideraciones. Hablábamos de la vida pobre. Le expuse, con grandes ademanes, parte del programa mínimo del socialismo. Ella refería angustias comunes. La mujer, joven aún, con un niño en brazos y otros de diversa edad en torno, se quejaba. Un cabello desteñido sombreaba su cara flaca, cavada por los obscuros dolores del suburbio, y avivada por dos llamitas azules que temblaban en el fondo de sus pupilas estriadas de líneas sanguinolentas.
En el patio, los chicos de la numerosa vecindad bullían revolviéndose en el escándalo sofocante del pobrerío. Un rumor continuo llenaba la cueva enorme. Martilleaban hileras de zapateros la dura suela y las máquinas de coser ensodecían la atmósfera, deprimida por tendales de ropa húmeda. Sobre mi espíritu caía la tristeza de la historia que salía de aquella boca de mujer como un hilo de agua turbia. Era italiana. Vino a América siendo muy chica: se casó con un maquinista a los diez y ocho años, un buen hombre, aunque solía beber de vez en cuando.
—También el pobre—añadió—sufre bastante. El año pasado, después de la gran huelga, casi se mata, en un accidente de la vía férrea. Pero es muy bueno y quiere mucho a los niños...
Terminó con un suspiro el episodio de sus amarguras. Una joven se acercó, de una esbeltez elástica y acariciadora. Su cabellera castaña, densa en el tumulto de crenchas, ensombrecía su rostro pensativo. Se interesó por un espejito cuyo precio me pidiera, y en seguida, encarándose con la vecina, le recomendó:
—Ya sabe, doña María: no olvidarse...
Y se fué a la puerta de calle con un pedazo de canción en los labios...
Cuando salí de ese conventillo eran las cuatro de la tarde. Me encaminé al barrio Piñeiro. El hambre me apremiaba seriamente y el despecho me torturaba aún más que el hambre. Descendía el sol. A lo lejos, el río se enrojecía bajo un cielo deslumbrante y magnífico, y serenos como navíos sobre aguas tranquilas, elevábanse las cometas en el crepúsculo diáfano. La tarde se anegaba en dulzuras profundas. Tal cual vaca pacía en los huecos cercanos y tal cual enteco rocín aumentaba la suave tristeza del paisaje con su silueta nostálgica. Aquí y allá, una cara de mujer, un niño con los libros bajo el brazo agravaban la melancolía del diseño. En las chacras frecuentes, las ranas ensayaban la serenata de tonada crepuscular substituyendo violines y flautas con un largo sonar de crótalos. Palidecía el horizonte tras la selva de mástiles y los buques se abrumaban en sueños de lejanías; yo pensaba en el día de infructuosas fatigas. Sentíame derrengado y triste; pensé en la distancia que me separaba de mi casa, en la calle Corrientes, frente a Las cuatro estaciones, y de las horas que andaría aún por aquellos lugares, que iban envolviendo lentamente las sombras. Recorrí todavía muchos sitios de los barrios ralos que circundaban entonces a Barracas al Sur y emprendí la marcha de regreso.
Ya no había sol. Crucé algunos potreros y pequeños eriales, rumbo al centro de la ciudad, presa de vagos miedos, sin conocer los parajes donde no habría sido improbable un asalto.
Caminaba amodorrado el espíritu y deshecho de cansancio. Poco a poco cerraba la noche. Las fuerzas se me iban lentamente agotando. Me sofocaba el calor. La extenuación deprimía mi voluntad, tan gallarda durante toda la mañana, capaz entonces de transponer océanos. Caminaba sin poder mantenerme en línea recta. La giba de géneros envueltos en la amplia lona, me recordaba la ignominia de la derrota y mis espaldas inundadas de quemante sudor se derretían bajo su poso. Flácidos los músculos, indóciles los pies, vacilaba como un ébrio y la cabeza ya no anidaba los sueños que en la madrugada de ese día se extendieran bajo el cielo matinal. Veía tan sólo la obscuridad que me rodeaba. De trecho en trecho un farol iluminaba trozos de ruinosa pared. Oíanse cánticos y ladridos en la quietud confusa, aumentada por el río atestado y la ciudad próxima. En el umbral de una casa semiderruída, sobre cuyo tejado lamentábase un gato con maullidos espantables que parecían quejas de mujer, un vagabundo mojaba pedazos de pan en un tarrito de líquido. El personaje me dió miedo y aceleré la marcha. Pronto me hallé en la calle Belgrano y poco después atravesaba el Puente Alsina. Todavía me separaban kilómetros de mi casa.
Varias horas más tarde divisé la Avenida de Mayo. Temía que los vigilantes me interceptaran, arrestándome por llevar bultos de noche. La posibilidad de ese trance me llenaba de angustia, pues no tenía patente. Pero la desgracia sobrevino en otra forma. Al aproximarme a la calle Cerrito, tuve la mala suerte de rozar con mi tienda intacta a una dama, a quien acompañaba un caballero que hablaba en voz alta. Este se dió vuelta y me empujó tan réciamente, que caí, golpeando con el bulto al agente de policía. Era frente al teatro de Mayo, justamente en la esquina. El gentío del vestíbulo me rodeó presenciando entre comentarios oportunos cómo fuí conducido a la comisaría, y sólo a la una de la mañana pude encontrarme en casa, donde la inquietud causada por tan rara tardanza impidió averiguar el resultado del día de las grandes ganancias.