El delincuente honrado: Acto I

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Acto I


El teatro representa el estudio del Corregidor, adornado sin ostentación. A un lado se verán dos estantes con algunos librotes viejos, todos en gran folio y encuadernados en pergamino. Al otro habrá un gran bufete, y sobre él varios libros, procesos y papeles. TORCUATO, sentado, acaba de cerrar un pliego, le guarda, y se levanta con semblante inquieto.


Escena I

TORCUATO.- No hay remedio; ya es preciso tomar algún partido. Las diligencias que se practican son muy vivas, y mi delito se va a descubrir. ¡Ay, Laura! ¿Qué dirás cuando sepas que he sido el matador de tu primer esposo? ¿Podrás tú perdonarme...? Pero mi amigo tarda, y yo no puedo sosegar un momento. (Vuelve a sentarse, toma un libro, empieza a leer, y le deja al punto.). Este ministro que ha venido al seguimiento de la causa es tan activo... ¡Ah!, ¿dónde hallaré un asilo contra el rigor de las leyes...? Mi amor y mi delito me seguirán a todas partes... Pero Felipe viene.


Escena II

TORCUATO, FELIPE.

FELIPE.- Señor...

TORCUATO.- Pues ¿y don Anselmo?

FELIPE.- Viene al instante. ¡Oh, qué trabajo me costó despertarle! Cuando entré en su cuarto estaba dormido como un tronco; pero le hablé tan recio, metí tanta bulla y di tales tirones de la ropa de su cama, que hubo de volver de su profundo letargo, y me dijo que venía corriendo. Ya yo me volvía muy satisfecho de su respuesta, cuando veo que, dando una vuelta al otro lado, se echó a roncar como un prior; con que me quité de ruidos, y con grandísimo tiento le fui poco a poco incorporando; le arrimé las calcetas, ayudele a vestirse, y gracias a Dios, le dejo ya con los huesos en punta.

TORCUATO.- Muy bien. ¿Y has sabido si tendremos carruaje?

FELIPE.- ¿Carruaje? Cuantos pidáis. Mientras la corte está en San Ildefonso, no hay cosa más de sobra en Segovia; pero, como yo no sabía dónde era nuestro viaje, no me atreví a ajustar alguno. Si vamos a Madrid, tendremos retornos a docenas. El coche que trajo el alcalde de corte aún no se ha ido y se podrá ajustar barato. ¡Ah, señor! (me acuerdo ahora por el alcalde de corte), ¿no sabéis lo que hay de nuevo...? (TORCUATO nada le responde.) Acaban de traer a la cárcel a Juanillo, el criado del Marqués. (TORCUATO se inmuta.) ¡Pobrete! Ahora tendrá que confesar de plano, si no quiere cantar en el ansia. Dicen que sabe cuanto pasó en el desafío de su amo. Pardiez, él será muy tonto en no desembuchar cuanto ha visto.

TORCUATO.- (Aparte.) Ya el riesgo es más urgente... Felipe.

FELIPE.- Señor...

TORCUATO.- Haz que mis vestidos se pongan en los baúles; a Eugenia que te entregue toda mi ropa blanca; y date prisa, porque nuestro viaje es pronto, y durará algunos días.

FELIPE.- Aquí hay algún misterio. (Anda por el cuarto, poniendo en orden los muebles, y recogiendo alguna ropa de su amo que habrá sobre ellos.)

TORCUATO.- Aún no parece Anselmo... (Sacando el reloj.) Las siete y cuarto. ¡Qué tardo pasa el tiempo sobre la vida de un desdichado!

FELIPE.- (Sin dejar su ocupación.) ¡Tan recién casado hacer un viaje...! ¡Él está tan triste...! ¿Qué diablos tendrá?

TORCUATO.- Acaso juzgará intempestiva mi resolución. ¡Ah!, no sabe toda la aflicción de mi alma.

FELIPE.- (Mirando a su amo.) ¡Tiene un genio tan reservado...!

TORCUATO.- Ya parece que viene.

FELIPE.- No quiero interrumpirlos.

TORCUATO.- Cuidado con lo que te tengo prevenido. Si alguien me buscare, que no estoy en casa, y si don Simón preguntase por mí, que estoy escribiendo.


Escena III

ANSELMO, TORCUATO.

ANSELMO.- A fe, amigo mío, que me has hecho bien mala obra. ¡Dejar la cama a las siete de la mañana...! Hombre, no lo haría ni por una duquesa; mas tu recado fue tan ejecutivo... (Después de alguna pausa.) Pero, Torcuato, tú estás triste... Tus ojos... Vaya, ¿apostemos a que has llorado?

TORCUATO.- En mi dolor apenas he tenido ese pequeño desahogo.

ANSELMO.- ¿Desahogo? ¿Las lágrimas...? No lo entiendo. Pues qué, ¿un hombre como tú no se correría...?

TORCUATO.- Si las lágrimas son efecto de la sensibilidad del corazón, ¡desdichado de aquel que no es capaz de derramarlas!

ANSELMO.- Como quiera que sea, yo no te comprendo, Torcuato. Tus ojos están hinchados, tu semblante triste, y de algunos días a esta parte noto que has perdido tu natural alegría. ¿Qué es esto? Cuando debieras... Hombre, vamos claros; ¿quieres que te diga lo que he pensado? Tú acabas de casarte con Laura, y por más que la quieras, tener una mujer para toda la vida, sufrir a un suegro viejo e impertinente, empezar a sentir la falta de la dulce libertad y el peso de las obligaciones del matrimonio, son sin duda para un joven graves motivos de tristeza; y ve aquí a lo que atribuyo la tuya. Pero, si esta es la causa, tú no tienes disculpa, amigo mío, porque te la has buscado por tu mano. Por otra parte, Laura es virtuosa, es linda, tiene un genio dócil y amable, te quiere mucho; y tú, que has sido siempre derretido, creo que no le vas en zaga. (Viendo que no le responde.) Sobre todo, Torcuato, tú no debes afligirte por frioleras; goza con sosiego de las dulzuras del matrimonio; que ya llegará el día en que cada cual tome su partido.

TORCUATO.- ¡Ay, Anselmo! Esas dulzuras, que pudieran hacerme tan dichoso, se van a cambiar en pena y desconsuelo; yo las voy a perder para siempre.

ANSELMO.- ¿A perderlas? Pues ¿qué...? ¡Ah! (Dándose una palmada en la frente.) Ahora me acuerdo que tu criado me dijo no sé qué de un viaje... Pero yo estaba tan dormido...

TORCUATO.- Tú eres mi amigo, Anselmo, y voy a darte ahora la última prueba de mi confianza.

ANSELMO.- Pues sea sin preámbulos, porque los aborrezco. ¿Puedo servirte en algo? Mi caudal, mis fuerzas, mi vida, todo es tuyo; di lo que quieres, y si es preciso...

TORCUATO.- Ya sabes que fui autor de la muerte del marqués de Montilla, y que este funesto secreto, que hoy llena mi vida de amargura, se conserva entre los dos.

ANSELMO.- Es verdad; pero en cuanto al secreto no hay que recelar. Tú sabes también cuánto hice con Juanillo, el criado del Marqués, para alejar toda sospecha; pues aunque sólo tenía algunos antecedentes del desafío, yo le gratifiqué, le traspuse a Madrid, donde nadie le conoce, y mi amigo el marqués de la Fuente está encargado de observar sus pasos. No; lejos de pensar en ti ese bribón, tal vez creerá... Pero no hablemos de eso, porque no es posible...

TORCUATO.- ¡Ay, Anselmo, cuánto te engañas! Ese criado está ya en las cárceles de Segovia.

ANSELMO.- ¿Cómo? ¿Juanillo...? Pero ¿el marqués no me avisaría...?

TORCUATO.- Tal vez no lo sabe, porque todo se ha hecho con el mayor secreto. Desde que de orden del Rey vino a continuar la causa el alcalde don Justo de Lara, es infinito lo que se ha adelantado. Aún no ha seis días que está en Segovia, y quizá sabe ya todos los lances que precedieron al desafío. Él tomó por sí mismo informes y noticias, examinó testigos, practicó diligencias, y procediendo siempre con actividad y sin estrépito, logró descubrir el paradero de Juanillo, despachó posta a Madrid, y le hizo conducir arrestado. Antes de su arribo vivíamos sin susto. El Alcalde mayor, que previno esta causa, se afanó mucho al principio por descubrir el agresor; pero sólo pudo tomar algunas señas por aquellos soldados que nos vieron reñir; y contentándose con despachar las requisitorias de estilo, cesó en la continuación del sumario y le dejó dormir. Pero la corte, que cuando el desafío estaba, como ahora, en San Ildefonso, esperaba con ansia las resultas de este negocio. Las recientes pragmáticas de duelos, las instancias de los parientes del muerto, y la cercanía de esta ciudad al Sitio, interesaron al Gobierno en él, y de aquí resultó la comisión de este ministro, cuya actividad... ¿Quién sabe si a la hora de ésta mi nombre...? Ya ves, Anselmo, que en tal conflicto no me queda otro recurso que la fuga. Estoy determinado a emprenderla; pero no he querido hacerlo sin avisarte.

ANSELMO.- Cuanto me dices me deja sorprendido. Estaba yo tan descuidado en este punto... Pero Juanillo ignora absolutamente que tú fueses el matador de su amo... ¿Y quién sabe si esta ausencia precipitada hará sospechar...? Por otra parte, la fuga es un recurso tan arriesgado..., tan poco honroso...

TORCUATO.- ¿Y piensas tú que cuando recurro a ella lo hago por evitar el castigo? ¡Ah!, en el conflicto en que me hallo, la muerte fuera dulce a mis ojos. Pero si se descubre mi delito, ¿cómo sufriré la presencia de don Simón, mi bienhechor, a quien ofendí tanto; la de Laura, a quien hice verter tan tiernas lágrimas sobre el sepulcro de su esposo, y a quien después hice el atroz agravio de ocultarle mi delito? ¡Ah!, yo llené sus corazones de luto y desconsuelo, yo desterré de esta casa el gusto y la alegría, y yo, en fin, turbé la paz de una familia virtuosa, que sin mi delito, gozaría aún del sosiego más puro. Este remordimiento llenará mi alma de eterna amargura. Sí, amigo mío, lejos de Laura y de su padre, buscaré en mi destierro el castigo de que soy digno, y al fin me hallará la muerte donde nadie sea testigo de mi perfidia y mis engaños.

ANSELMO.- ¡Ay, Torcuato!, el dolor te enajena y te hace delirar. ¿Qué quiere decir «mi delito, mi perfidia, mis engaños»? ¿Acaso lo que has hecho merece esos nombres? Es verdad que has muerto al marqués de Montilla; pero lo hiciste insultado, provocado y precisado a defender tu honor. Él era un temerario, un hombre sin seso. Entregado a todos los vicios, y siempre enredado con tahúres y mujercillas, después de haber disipado el caudal de su esposa, pretendió asaltar el de su suegro y hacerte cómplice en este delito. Tú resististe sus propuestas, procuraste apartarle de tan viles intentos, y no pudiendo conseguirlo, avisaste a su suegro para que viviese con precaución; pero sin descubrirle a él. Esta fue la única causa de su enojo. No contento con haberte insultado y ultrajado atrozmente, te desafió varias veces. En vano quisiste satisfacerle y templarle; su temeraria importunidad te obligó a contestar. No, Torcuato, tú no eres reo de su muerte; su genio violento le condujo a ella. Yo mismo vi que mientras el marqués, como un león furioso, buscaba tu corazón con la punta de su espada, tú, reportado y sereno, pensabas sólo en defenderte; y sin duda no hubiera perecido, si su ciego furor no le hubiese precipitado sobre la tuya. En cuanto a tu silencio, ¿no me has dicho que don Simón, prendado de tu juiciosa conducta, movido de su antigua amistad con tu tía, doña Flora Ramírez, y cierto de tu inclinación a Laura, te la ofreció en matrimonio? ¿Hiciste otra cosa que aceptar esta oferta? Y qué, después de lo que debes a esta familia, ¿pudieras despreciarla sin agraviar al amor, al reconocimiento y a la hospitalidad? No, amigo mío, no; tú tomarás el partido que te acomode, pero tu interior debe estar tranquilo.

TORCUATO.- (Con viveza.) ¿Tranquilo después de haber engañado a Laura? ¡Ah!, su corazón no merecía tal perfidia. Yo le entregué una mano manchada en la sangre de su primer esposo, le ofrecí una alma sellada con el sello de la iniquidad y le consagré una vida envilecida con el reato de este crimen, que me hace deudor de un escarmiento a la sociedad y siervo de la ley. ¡Qué de agravios contra el amor y la virtud de una desdichada! No, Anselmo, yo no podré sufrir su vista; no hay remedio, voy a ausentarme de ella para siempre.

ANSELMO.- Amigo mío, yo no puedo aprobar un partido tan peligroso; pero si tú estás resuelto a marchar, yo debo estarlo a servirte. ¿Quieres que te siga? ¿Que vayamos juntos hasta los desiertos de Siberia? ¿Quieres...?

TORCUATO.- No, Anselmo; conviene que te quedes. Yo necesito aquí de un fiel amigo, que me envíe noticias de mi esposa, y se las dé de mi destino. No porque piense en ocultar a Laura mi resolución, no; este nuevo engaño me haría indigno de su memoria y de la luz del día. Aunque haya de serle amarga la noticia de mi separación, quiero que la deba a mi franqueza y fidelidad, y remediar de algún modo mis antiguas reservas.

ANSELMO.- Pues bien, ¿y cuándo piensas...?

TORCUATO.- Después de comer. He pretextado un viaje de pocos días a Madrid para deslumbrar a mi suegro, y aún no le dije cosa alguna. En cuanto a mis intereses y negocios, este pliego te dirá lo que debes hacer. Contiene una instrucción puntual conforme a mis intenciones, y un poder general de que podrás valerte cuando llegare el caso. Sobre todo, querido amigo, te recomiendo a Laura. En ella te dejo mi corazón; procura consolarla... ¡Ah! ¿cómo podrá consolarse su alma desdichada?

ANSELMO.- (Enternecido.) Mi buen amigo, lejos de ti, también yo habré menester de consuelo, y no le hallaré en parte alguna. ¡Cuánto me duele tu amarga situación! ¡Qué amigo, qué consolador, qué compañero voy a perder con tu ausencia! Pero te has empeñado en afligirnos... En fin, cuenta con mi amistad y con el puntual desempeño de tus encargos. ¡Ah, si fuese capaz de mejorar tu suerte!

TORCUATO.- (Abatido.) El cielo me ha condenado a vivir en la adversidad. ¡Qué desdichado nací! Incierto de los autores de mi vida, he andado siempre sin patria ni hogar propio, y cuando acababa de labrarme una fortuna, que me hacía cumplidamente dichoso, quiere mi mala estrella... Pero, Anselmo, no demos ocasión en la familia... Felipe vuelve... Aún nos veremos antes de mi partida.

ANSELMO.- Sí, tengo que volver a cumplimentar a ese ministro; entonces hablaremos. Adiós.


Escena IV

TORCUATO, FELIPE.

TORCUATO.- (Con serenidad.) ¿Han preguntado por mí?

FELIPE.- El señor don Simón, y con algún cuidado. Dijo que iba a misa, y que volvía al instante. También preguntó mi ama; díjela que estabais con vuestro amigo.

TORCUATO.- (Inquieto.) ¿Cómo? Pues ¿no te previne...?

FELIPE.- Vos no me prevenisteis que callase.

TORCUATO.- (Con serenidad.) Anda a ver si hay algún retorno de Madrid, y ajústale para después de mediodía. ¿Entiendes?

FELIPE.- Muy bien, señor. ¡Qué mal humor tiene!


Escena V

SIMÓN, TORCUATO.

SIMÓN.- ¿Qué es eso de retorno? ¿Qué viaje es ése, Torcuato? Tú traes a Felipe alborotado con tu viaje, y no me has dicho cosa alguna. Tampoco Laura...

TORCUATO.- Perdonad si no he solicitado antes vuestro permiso. ¡Andáis tan ocupado con el huésped! Cuando me vestí aún dormía Laura, y por no incomodarla... Ya sabéis que por muerte de mi tía quedaron en Madrid aquellos veinte mil pesos... Yo quisiera pasar a recogerlos.

SIMÓN.- Me parece muy bien. ¡Pero me haces tanta falta para acompañar a este ministro...! Él gusta tanto de tu conversación...

TORCUATO.- En todo caso estoy pronto a complaceros; si os parece...

SIMÓN.- No, hijo mío; haz tu viaje y procura volver cuanto antes. Laura sin ti no vivirá contenta, ni yo puedo pasar sin tu ayuda, porque las ocupaciones son muchas, y el trabajo excesivo me aflige demasiado. ¡Ah!, en otro tiempo... Pero ya soy muy viejo... A propósito, ¿qué te parece de este don Justo?

TORCUATO.- Jamás traté ministro alguno que reúna en sí las cualidades de buen juez en tan alto grado. ¡Qué rectitud! ¡Qué talento! ¡Qué humanidad!

SIMÓN.- Pero, hombre, es tan blando, tan filósofo... Yo quisiera a los ministros más duros, más enteros. Me acuerdo que le conocí en Salamanca de colegial, y a fe que entonces era bien enamorado. Pero, hijo mío, ¡si tú hubieras alcanzado a los ministros de mi tiempo...! ¡Oh, aquéllos sí que eran hombres en forma! ¡Qué teoricones! Cada uno era un Digesto vivo. ¿Y su entereza? Vaya, no se puede ponderar. Entonces se ahorcaban hombres a docenas.

TORCUATO.- Habría más delitos.

SIMÓN.- ¿Más delitos que ahora? Pues, ¿no ves que estamos rodeados de ladrones y asesinos?

TORCUATO.- Según eso, habría menos conocimiento de las leyes.

SIMÓN.- ¿De las leyes? ¡Bueno! Ahí están los comentarios que escribieron sobre ellas; míralos, y verás si las conocieron. Hombre hubo que sobre una ley de dos renglones escribió un tomo en folio. Pero hoy se piensa de otro modo. Todo se reduce a libritos en octavo, y no contentos con hacernos comer y vestir como la gente de extranjía, quieren también que estudiemos y sepamos a la francesa. ¿No ves que sólo se trata de planes, métodos, ideas nuevas...? ¡Así anda ello! ¿Querrás creerme que hablando la otra noche don Justo de la muerte de mi yerno, se dejó decir que nuestra legislación sobre los duelos necesitaba de reforma, y que era una cosa muy cruel castigar con la misma pena al que admite un desafío que al que le provoca? ¡Mira tú que disparate tan garrafal! ¡Como si no fuese igual la culpa de ambos! Que lea, que lea los autores, y verá si encuentra en alguno tal opinión.

TORCUATO.- No por eso dejará de ser acertada. Los más de nuestros autores se han copiado unos a otros, y apenas hay dos que hayan trabajado seriamente en descubrir el espíritu de nuestras leyes. ¡Oh!, en esa parte lo mismo pienso yo que el señor don Justo.

SIMÓN.- Pero, hombre...

TORCUATO.- En los desafíos, señor, el que provoca es, por lo común, el más temerario y el que tiene menos disculpa. Si está injuriado, ¿por qué no se queja a la justicia? Los tribunales le oirán, y satisfarán su agravio, según las leyes. Si no lo está, su provocación es un insulto insufrible; pero el desafiado...

SIMÓN.- Que se queje también a la justicia.

TORCUATO.- ¿Y quedará su honor bien puesto? El honor, señor, es un bien que todos debemos conservar; pero es un bien que no está en nuestra mano, sino en la estimación de los demás. La opinión pública le da y le quita. ¿Sabéis que quien no admite un desafío es al instante tenido por cobarde? Si es un hombre ilustre, un caballero, un militar, ¿de qué le servirá acudir a la justicia? La nota que le impuso la opinión pública, ¿podrá borrarla una sentencia? Yo bien sé que el honor es una quimera, pero sé también que sin él no puede subsistir una monarquía; que es alma de la sociedad; que distingue las condiciones y las clases; que es principio de mil virtudes políticas, y, en fin, que la legislación, lejos de combatirle, debe fomentarle y protegerle.

SIMÓN.- ¡Bueno, muy bueno! Discursos a la moda y opinioncitas de ayer acá; déjalos correr, y que se maten los hombres como pulgas.

TORCUATO.- La buena legislación debe atender a todo, sin perder de vista el bien universal. Si la idea que se tiene del honor no parece justa, al legislador toca rectificarla. Después de conseguido se podrá castigar al temerario que confunda el honor con la bravura. Pero mientras duren las falsas ideas, es cosa muy terrible castigar con la muerte una acción que se tiene por honrada.

SIMÓN.- Según eso, al reptado que mata a su enemigo se le darán las gracias, ¿no es verdad?

TORCUATO.- Si fue injustamente provocado; si procuró evitar el desafío por medios honrados y prudentes; si sólo cedió a los ímpetus de un agresor temerario y a la necesidad de conservar su reputación, que se le absuelva. Con eso, nadie buscará la satisfacción de sus injurias en el campo, sino en los tribunales; habrá menos desafíos o ninguno; y cuando los haya, no reñirán entre sí la razón y la ley, ni vacilará el ánimo del juez sobre la suerte de un desdichado... Pero, señor, Laura estará impaciente... Si os pareces...

SIMÓN.- Sí, sí, vamos allá. (Se va y vuelve.) ¡Ah!, ¿sabes que han preso a Juanillo? No, ¡don Justo adelanta terriblemente en la causa! Tanto como eso, es menester confesarlo: él es activo como un diablo. (Yéndose.) Sí, como un diablo... ¡Fuego!


Escena VI

TORCUATO.- (Paseándose.) En fin, voy a alejarme para siempre de esta mansión, que ha sido en algún tiempo teatro de mis dichas y fiel testigo de mis tiernos amores. ¡Con cuánto dolor me separo de los objetos que la habitan! Errante y fugitivo, tus lágrimas, ¡oh, Laura!, estarán siempre presentes a mis ojos, y tus justas querellas resonarán en mis oídos. ¡Alma inocente y celestial! ¡Cuánta amargura te va a costar la noticia de mi ausencia! Tú has perdido un esposo, que ni te amaba ni te merecía, y ahora vas a perder otro, que te idolatra, pero que te merece menos, pues te ha conseguido por medio de un engaño. (Después de alguna pausa.) ¿Y adónde iré a esconder mi vida desdichada...? Sin patria, sin familia, prófugo y desconocido sobre la tierra, ¿dónde hallaré refugio contra la adversidad? ¡Ah!, la imagen de mi esposa ofendida y los remordimientos de mi conciencia me afligirán en todas partes.



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