El delincuente honrado: Acto II

De Wikisource, la biblioteca libre.
Saltar a: navegación, buscar

Acto II


El teatro representa una sala decentemente adornada. A un lado estará Laura, haciendo labor; a alguna distancia Torcuato, con aire triste y extremamente inquieto; Eugenia en pie detrás de la silla de su ama, y Simón se pasea por el frente de la escena.

Escena I

SIMÓN, TORCUATO, LAURA, EUGENIA.

SIMÓN.- Y bien, Torcuato, ¿piensas estar en Madrid muchos días?

TORCUATO.- El asunto de que os hablé pudiera despacharse en pocas horas; pero las gentes de comercio son tan prolijas y gastan tantas formalidades...

SIMÓN.- ¡Oh!, eso de soltar dinero a nadie le gusta.

LAURA.- (A EUGENIA.) ¿Están ya compuestos los baúles?

EUGENIA.- Sí, señora; ya están cerrados, y Felipe ha recogido las llaves.

LAURA.- ¿Qué ropa blanca has puesto en ellos?

EUGENIA.- Toda la de mi señor.

LAURA.- (Con alguna admiración.) ¿Toda?

EUGENIA.- Felipe me lo dijo.

TORCUATO.- Sí, yo se lo previne. Aunque deseo que mi vuelta sea breve, ¿qué sabemos lo que podrá suceder?

LAURA.- ¡Yo estoy sin sosiego! Este viaje tan repentino... Su tristeza... Las expresiones que me dijo anoche... ¡Todo me inquieta!

TORCUATO.- (Mirándola.) ¡Qué afligida está Laura! ¡Ah, si supiera la noticia que le preparo!

SIMÓN.- (Siempre paseándose.) Este don Justo toma las cosas con un calor... Desde las siete de la mañana está zampado en la cárcel. Quizá tendrá órdenes tan estrechas... ¡Oh!, la corte quiere que se hagan las cosas a galope tendido. (Mirando a LAURA y TORCUATO.) Pero mis hijos están tristes... ¿Si será por el viaje? ¡Eh!, mimos de recién casados.

TORCUATO.- (Con inquietud.) Si este hombre no se va, yo no podré decírselo.

SIMÓN.- Laura, ¿qué es eso? Tú estás triste. También lo está Torcuato. ¡Qué!, ¿un viajecillo de pocos días puede turbar vuestro buen humor?

TORCUATO.- Para dos corazones que se aman, la menor ausencia, señor, es un mal grave. Como cuentan sus gustos por momentos, cualquiera tiempo, cualquiera distancia que los separe, los aflige.

LAURA.- (Con énfasis.) Añadid al que se queda la incertidumbre, y veréis cuánto es más justo su dolor.

SIMÓN.- ¡Bueno! ¡Lindo! No lo dijeran mejor dos amantes de Calderón. Ea, niña, no te vayas haciendo melindrosa. Que tu marido vaya y venga a sus negocios cuando le acomode, que harto tiempo os queda para vivir juntos.

TORCUATO.- (Aparte.) ¡Pluguiera al cielo!

SIMÓN.- (A LAURA.) Mira si quieres que te traiga algo de Madrid, y díselo.

LAURA.- (Mirando a TORCUATO con ternura.) Sólo quiero que vuelva pronto.

TORCUATO.- ¡Ah, cómo podré dejarla!


Escena II

JUAN, los dichos.

JUAN.- (A SIMÓN.) Señor, el ministro Garroso dice que os quiere hablar; ha hecho no sé qué prisiones...

SIMÓN.- (Siempre paseándose.) Algunos raterillos, ¿eh?

JUAN.- Dice que son gitanos.

SIMÓN.- Eso es peor. Dile que voy allá... Pero mira, que antes avise a mi alcalde mayor, y que luego vuelva. ¡Gitanos...!¡Fuego!

JUAN.- (Se va y vuelve.) ¡Ah, señor...! También ha estado ahí aquel don Vicente...

SIMÓN.- ¡Litigante eterno! ¿Y qué le has dicho?

JUAN.- Que estabais ocupado.

SIMÓN.- Lindamente. Él sólo viene a quitarme el tiempo, como si yo no tuviese que hacer más que atender a su pleito. (JUAN se va.)

TORCUATO.- (Aparte.) ¡Infeliz! Acaso penderá de ese pleito la subsistencia de su familia.


Escena III

FELIPE, los dichos.

FELIPE.- (A TORCUATO.) Ya está ahí el carruaje, señor.

LAURA.- ¡Tan temprano! Aún no hemos comido.

SIMÓN.- Tanto peor para ellos. Que se aguarden.

TORCUATO.- (A FELIPE.) Haz que entretanto se vayan poniendo los cofres en la zaga. (Se va FELIPE.)


Escena IV

JUAN, los dichos.

JUAN.- El señor don Justo envía a decir que, si acaso no está aquí al mediodía, no se le aguarde a comer.

SIMÓN.- Pardiez, que lo ha tomado bien de asiento. Voyme a trabajar a mi despacho; si acaso viniere, que me avisen, y si tardare demasiado, que nos den de comer.

LAURA.- (A EUGENIA.) Ve, tú, Eugenia, a disponer lo que te tengo prevenido, y haz que den de comer a Felipe, para que no haga falta a su amo.


Escena V

TORCUATO, LAURA.

LAURA.- (Mirando a TORCUATO.) Al fin nos han dejado solos; veamos lo que dice. (TORCUATO la mira, levanta los ojos al cielo y suspira.) ¡Qué afligido está! No me atrevo a preguntarle... Pero es preciso salir de tantas dudas. (Con serenidad.) Torcuato, este viaje que vas a hacer te tiene muy inquieto: yo lo conozco en tu semblante, y no sé cómo una ausencia de tan pocos días, y que, por otra parte, es voluntaria, te pueda costar tanto desasosiego.

TORCUATO.- (Se levanta, mirando a todas partes.) ¡Ah! ¿cómo se lo diré?

LAURA.- (Asustada.) Pero, ¿qué es esto, Torcuato? ¿Tú suspiras? ¿Nada me respondes? (Levantándose.) Querido esposo...

TORCUATO.- (Con pasión.) ¡Ay, Laura!

LAURA.- (Con blandura.) Querido amigo, ¿qué es esto? ¿Tú desconfías de tu esposa? ¿Puede haber en tu pecho alguna pena de que Laura no participe? ¡Ah!, yo he perdido tu confianza... Sí, tú me aborreces.

TORCUATO.- ¿Yo aborrecerte? ¡Oh, Dios! No, tierna esposa, no; jamás mi corazón te ha querido con más ardor ni con mayor ternura.

LAURA.- (Con inquietud.) Pues bien, ¿qué es lo que te aflige?

TORCUATO.- (Con extremo dolor.) El temor de perderte.

LAURA.- (Con sobresalto.) ¿De perderme?

TORCUATO.- (Como arriba.) Sí, Laura mía, y de perderte para siempre.

LAURA.- (Asustada.) ¡Oh, Dios! ¿Qué oigo?

TORCUATO.- Mi corazón, querida esposa, no siente sus tormentos. Es muy digno de los que sufre y de los que le aguardan. Pero la aflicción que te preparo... ¡Ah esto, esto es lo que me tiene sin sentido!

LAURA.- (Con resolución.) Ahora bien, Torcuato; el cielo por rumbos muy extraños me ha conducido hasta tu lecho. Mil veces me has oído que vivo contenta en este destino, y que en él he encontrado mi felicidad. Desde que un santo ñudo unió nuestros corazones, nuestros gustos y nuestras penas deben ser comunes, y si yo fuese capaz de ocultarte alguno de mis cuidados, creería faltar a la fidelidad que te debo. Háblame claro, descúbreme tu alma, y líbrame de las angustias en que me tiene tu silencio.

TORCUATO.- Sí, Laura mía; voy a satisfacer ese justo deseo. Tu virtud y tu candor lo merecen, y ¡ojalá mi corazón les hubiese hecho en otro tiempo tanta justicia como ahora! Pero ya no hay remedio... Prevén el tuyo para el terrible golpe que va a descargar en él este bárbaro esposo... ¡Ah, cuánto dolor me cuesta el afligirte!

LAURA.- (Sobresaltada.) Mi alma se estremece al escucharte.

TORCUATO.- Ya ves con cuánto ardor se busca al matador de tu primer marido, y cuántas y cuán vivas diligencias se practican por descubrirle. El brazo de la justicia está levantado contra su vida miserable. El Soberano ha empeñado su augusto nombre en esta pesquisa, tu padre y los parientes del muerto están sedientos de su sangre, y tal vez tú misma ofreces el deseo de su muerte a la tierna memoria de tu primer amor. Pues este delincuente, este hombre proscrito, desdichado, aborrecido de todos y perseguido en todas partes... soy yo mismo.

LAURA.- (Cae sobre su silla.) ¡Oh, cielo!

TORCUATO.- Sí, adorada Laura; yo soy ese objeto miserable de la ira del cielo y de los hombres; y sin embargo, viviría tranquilo si no mereciese serlo también de la tuya... Pero yo te he ofendido, y lo conozco. Ocultándote mi situación, hice a tu alma inocente el más atroz agravio, y esto solo me hace digno de los mayores suplicios. No; la muerte de tu esposo fue de mi parte un delito involuntario. El cielo es testigo de cuanto hice por evitarla. Pero mi silencio... mi perfidia... haberte engañado... ¡Ah! En vano querrá perdonarme tu alma virtuosa; yo no puedo perdonarme a mí mismo.

LAURA.- (Con sumo abatimiento.) Mujer desventurada, ¡qué es lo que acabas de saber!

TORCUATO.- (Con despecho.) Pero, Laura, consuélate; yo voy a vengarte. No; mi perfidia atroz no quedará sin castigo. Voy a huir de ti para siempre, y a esconder mi vida detestable en los horribles climas donde no llega la luz del sol, y donde reinan siempre el horror y la oscuridad. Y no creas que voy huyendo de la muerte. ¿Qué hay en ella de horrible para los desdichados? ¡Ah!, lejos de tu vista, el dolor de haberte ofendido será para mi alma un suplicio más duro y más terrible que la muerte misma.

LAURA.- (Como arriba.) Buen Dios, ¿por qué delito castigas a esta desdichada?

TORCUATO.- ¡Triste esposa! Yo soy el único autor de tus desdichas... Soy un monstruo, que está envenenando tu corazón y llenándole de amargura. ¡Ah! ¡mi silencio...! A lo menos, si después de perderla conservase su estimación...


Escena VI

FELIPE, los dichos.

FELIPE,- (Asustado.) Señor, señor...

TORCUATO.- ¿Qué? ¿Qué quieres?

FELIPE.- Acaban de traer preso al señor don Anselmo a una de las torres de este alcázar. Yo estaba sobre el foso disponiendo las zagas, y le vi entrar. También me vio su merced, y me dijo al paso: «Corre, Felipe; corre, dile a tu amo lo que pasa; que vaya sin cuidado; que no se detenga, y que me escriba desde Madrid.»

TORCUATO.- (Con notable admiración y susto.) ¡Oh, Dios, qué golpe tan terrible!

FELIPE.- Dicen los que le trajeron que es quien mató al señor marqués, y que Juanillo lo ha declarado.

TORCUATO.- Bien está; vete. (Se va FELIPE.)


Escena VII

TORCUATO, LAURA.

TORCUATO.- (Resolviéndose, después de una gran pausa.) No, yo no sufriré que padezca un momento por mi causa. Él está inocente, y voy a socorrerle.

LAURA.- (Deteniéndole.) ¡A socorrerle! ¿Y podrás hacerlo sin exponer tu vida?

TORCUATO.- Pero, Laura, ¿cómo he de sufrir que padezca mi amigo por mi culpa? ¿Le veré arrestado, deshonrado y tenido por delincuente, sin correr a ayudarle, siendo el único autor de su calamidad? No, no; voy a delatarme, a librar su preciosa vida y a morir, pues solo soy digno de este infortunio.

LAURA.- ¿Y las lágrimas de tu esposa, hombre cruel, no podrán reprimir tus ímpetus violentos? ¿Quieres exponer mi triste vida a nuevos desconsuelos? Sosiégate, desdichado, y ten compasión de esta infeliz. Don Anselmo está inocente; el cielo velará sobre su vida, y nos dará medios de conservársela. Salva ahora la tuya, pues nos importa tanto. Huye, huye al instante de este funesto clima, donde te persigue el infortunio, y deja a nuestro cuidado la libertad de tu amigo.

TORCUATO.- No, querida Laura; no puedo obedecerte. Las cosas han tomado otro semblante, y ya no puedo separarme de aquí sin hacer traición al más honrado y digno amigo. Anselmo está preso por mi causa. Conozco su corazón; es incapaz de descubrirme, y antes correrá mil veces a la muerte, que contribuya a la desgracia de un amigo. Yo no expondré temerariamente mi vida, no, Laura mía; tú me la haces amable; pero tampoco puedo abandonarle. Voy a enterarme de todo, a poner en salvo su vida y su reputación, y en fin, si no pudiere conseguirlo, a tomar el partido que me dicten el honor y la amistad.


Escena VIII

LAURA.- (Sentada y muy afligida.) Yo no sé dónde estoy... El cielo sin duda se complace en llenar mi corazón de susto y desconsuelo... ¡Desventurada! Aún no ha dos horas que gozaba de la dicha más pura, y ahora, rodeada de aflicciones, me veo expuesta a perder lo que idolatro. ¡Cruel esposo! Tu silencio... ¿Era indigno mi corazón de tu confianza? ¡Ah, si conocieras la ternura con que te ama...! Pero yo soy injusta; tú me amabas también; temías perderme y un exceso de amor te hizo conmigo delincuente... ¿Y sufriré que tu vida en tan urgente riesgo...? (Levantándose.) No; corro a defenderte... (Deteniéndose.) ¿Y a quién acudiré con mis lágrimas...? Mi padre... ¡Ah!, ¿podrá sufrir mi padre que interceda por el matador de mi esposo? (Con resolución.) Pero este mismo, ¿no es mi esposo también? Sí; ya reconozco mi primera obligación. (Viendo a su padre.) Padre...


Escena IX

SIMÓN, LAURA.

SIMÓN.- (Desde la puerta.) ¡Vaya, vaya, que la hemos hecho buena! Laura, ¿no sabes lo que pasa? ¡Jesús! ¡Jesús! Estoy aturdido. El amigote de tu marido está en la torre, y dicen es quien mató al marqués. ¿Quién lo creyera? ¡Sobre que no se puede fiar de los hombres! Pero a fe que no le arriendo la ganancia. Ya, ya el amigo don Justo le dirá cuántas son cinco. Que vaya, que vaya ahora a defenderle tu marido con sus filosofías. Qué, ¿no hay más que andarse matando los hombres por frioleras, y luego disculparlos con opiniones galanas? Todos estos modernos gritan: la razón, la humanidad, la naturaleza. Bueno andará el mundo cuando se haga caso de esas cosas. Pero don Justo...


Escena X

JUSTO, el ESCRIBANO, los dichos.

JUSTO.- (Al ESCRIBANO, en el fondo.) Don Claudio, váyase a descansar un rato, y vuelva después de las dos.

ESCRIBANO.- Señor, las doce han dado ya.

JUSTO.- Y bien, ¿no le bastan dos horas para comer y reposar? Ponga esos papeles sobre mi bufete, y vuelva a la hora que le digo. (El ESCRIBANO pasa con los papeles a un cuarto interior, y vuelve a salir por la misma pieza.)

SIMÓN.- (Viéndole pasar.) ¡Eh! Yo apuesto a que no va contento. Este bribón querrá trabajar poco, y que la comisión dure mucho... Sí, a mí con esas.


Escena XI

JUSTO, SIMÓN, LAURA.

JUSTO.- (Acercándose.) ¡Quién podrá reposar tranquilo mientras los infelices maldicen su descanso!

SIMÓN.- Vaya, señor don Justo, que esta mañana se ha trabajado mucho.

JUSTO.- Sí, amigo; pero se ha adelantado poco.

SIMÓN.- ¡Poco! Pues ¿no habéis atrapado dos reos, que se escaparon a la penetración de mi alcalde mayor?

JUSTO.- Cierto es; pero, si no me engaño, aún estamos muy lejos de la verdad. (A LAURA.) Señora, ¿por qué estáis tan triste? ¿Qué...?

SIMÓN.- No hagáis caso de niñerías. Su marido se va a Madrid por una o dos semanas, y ved ahí lo que la tiene sin consuelo.


Escena XII

TORCUATO, FELIPE, los dichos.

FELIPE.- (A su amo, en el fondo.) Conque, ¿les digo que se vayan?

TORCUATO.- Sí; págales el día, pues ya no los necesito.

FELIPE.- Jamás le vi tan impertinente. (Se va FELIPE.)

SIMÓN.- Pues qué, Torcuato, ¿ya no te vas?

TORCUATO.- No, señor; no puedo desamparar a mi amigo.

JUSTO.- Si yo fuese delicado, señor don Torcuato, atribuiría esta ausencia a la incomodidad de mi hospedaje; pero tengo de vos mejor opinión.

TORCUATO.- Señor, las personas de vuestro mérito, lejos de incomodar, hacen dichoso a cualquiera que las obsequia. Un negocio doméstico me obligaba a pasar a Madrid; pero vos me habéis detenido, arrestando a un amigo, a quien no puedo desamparar.

JUSTO.- Siempre me es apreciable vuestra compañía; pero no quisiera lograrla a tanta costa. La suerte de don Anselmo me compadece mucho, y la amistad con que le honráis no es lo que menos me interesa en su favor.

TORCUATO.- Nunca tendréis que arrepentiros de haberle honrado con vuestra compasión, pues además de sus buenas cualidades, tiene, para merecerla, la de ser inocente. (Al oír esto se inmuta LAURA.)

JUSTO.- Así lo espero. Su semblante, su compostura y la serenidad que manifiesta, no son compatibles con una conciencia delincuente. Pero él se ha obstinado en callar cuanto sabe sobre el desafío y muerte del marqués, y esto no se lo perdonarán las leyes.

SIMÓN.- ¡Oh! Cuando lo sabe y no lo dice, algo será ello. Señor don Justo, no hay que juzgar a los hombres por sus semblantes; reos he visto yo que parecían unos santos, y eran peores que Barrabás.

TORCUATO.- No es Anselmo de ese número, ni es tan fácil a los perversos ocultar la iniquidad de su corazón. En fin, soy su amigo, y debo hacer por él cuanto me permitan el honor y la justicia.

JUSTO.- (Aparte.) ¡Qué juicio, qué compostura! No he visto mozo más cabal.


Escena XIII

JUAN, los dichos.

JUAN.- (En el fondo.) Señores, la sopa está en la mesa.

SIMÓN.- ¡Santa palabra! Vamos, vamos a comerla antes que se enfríe, que lo demás lo descubrirá el tiempo.


Escena XIV

TORCUATO.- (Muy pensativo y paseando.) En fin, ya no hay recurso... Ya no puedo salvar a mi amigo sin exponer mi propia vida. ¡Anselmo tiene contra sí tantas sospechas...! Si se obstina en callar, sufrirá todo el rigor de la ley... Y tal vez la tortura... (Horrorizado.) ¡La tortura...! ¡Oh nombre odioso! ¡Nombre funesto...! ¿Es posible que en un siglo en que se respeta la humanidad y en que la filosofía derrama su luz por todas partes, se escuchen aun entre nosotros los gritos de la inocencia oprimida...? Pero ¿sufriré yo que por mi causa...? No; el honor me sujeta a la dureza de las leyes, y yo sería digno de ella si le expusiese por evitarla. Perdona, triste Laura, tú, cuyas virtudes eran dignas de suerte más dichosa; perdona a este infeliz el sacrificio que va a hacer de una vida que es tuya, en las aras del honor y de la amistad.



◄   Acto I
Acto II

Acto III

  ►


PD-icon.svg Esta obra se encuentra en dominio público. Esto es aplicable en todo el mundo debido a que su autor falleció hace más de 100 años. La traducción de la obra puede no estar en dominio público.