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El diario de Satanás/I

De Wikisource, la biblioteca libre.
El diario de Satanás: Obra póstuma (1924)
de Leonid Andréyev
traducción de Eduardo Ugarte Blasco
EL DIARIO DE SATANAS

I

18 de enero de 1914.

A bordo del Atlante.

Hace exactamente diez días que me he humanizado y que vivo una vida terrestre.

Mi soledad es muy grande. Amigos no los necesito, pero sí hablar de mí mismo, y no tengo con quién. Los pensamientos solos no bastan, y éstos tampoco aparecen completamente claros, precisos, límpidos hasta que se los expresa con la palabra. Hay que alinearlos como soldados y palos del telégrafo, preparar una vía, echar los puentes y viaductos, construir las pendientes y las curvas, establecer paradas en determinados puntos, y sólo entonces se aclara todo.

Parece que a este trabajo de galeotos lo llamáis vosotros lógica o concatenación de las ideas y es obligatorio para los que pretenden ser inteligentes. Para todos los demás no, y los pensamientos andan errantes al azar.

Este trabajo es lento, difícil, desconcertante para quien está habituado a comprender todo con un... no sé cómo llamarlo...: con un relámpago único y con él mismo expresarlo. No en balde los pensadores son unos infelices que, si resultan honrados y no engañan durante las construcciones, son considerados por vosotros como verdaderos ingenieros y acaban en el manicomio.

Más de una vez sus muros amarillos[1] se han cruzado en Mi camino, y también más de una vez su puerta se Me abrió hospitalariamente, y eso que llevo tan sólo unos cuantos días en la tierra.

Sí. Es extraordinariamente difícil y pone los nervios de punta. Aquí me tenéis, ahora, que para explicar un pensamiento pequeño y común, por la insuficiencia de vuestras palabras y de la lógica, estoy obligado a echar a perder, a estropear hojas y más hojas de este magnífico papel de a bordo...

¿Y cuánto no será necesario para expresar alguna cosa grandiosa o sobrenatural?

He de decirte en seguida, para dejarte, ¡oh mi terrestre lector!, con la boca abierta de par en par, que lo sobrenatural es inexpresable en tu lenguaje de alaridos. Si no Me crees, haz una visita a los huéspedes del manicomio más cercano y escúchalos: todos ellos han aprendido algo, lo han querido expresar..., y oye cómo silban y cómo dan vueltas en el vacío las ruedas de estas locomotoras panza arriba. Observa con cuánta dificultad tratan de disimular en sus semblantes el estupor y la maravilla.

Te veo ya dispuesto a importunarme con preguntas, ahora que sabes que soy Satanás humanizado. ¡Resulta tan interesante! ¿De dónde vengo?

¿Qué régimen existe en el Infierno?

¿Existe la inmortalidad del alma, y cuáles son los precios del carbón fosil en la última cotización de la Bolsa infernal? Desgraciadamente, querido lector, con la mayor buena voluntad, aun en el caso que estuviera de mi parte, Yo no sería capaz de satisfacer tu legítima curiosidad. Podría hilvanar una de esas cómicas historietas de diablos cornudos y velludos que tanto agradan a tu mísera fantasía, pero de esas ya tienes de sobra; además, no quiero mentir tan burda y rutinariamente. Ya te diré mentiras en otra ocasión, cuando menos te lo pienses, y esto será más interesante para los dos.

Pero en realidad, ¿qué puedo referirte, si hasta mi nombre es inexpresable en tu lengua! Tú me has puesto Satanás, y Yo acepto este nombre, como aceptaría cualquier otro, ¡Vaya por Satanás!

Pero mi verdadero nombre suena del todo distinto, completamente distinto. Tiene un sonido deshumano que en manera alguna puedo Yo meterlo en tu angosto oído sin desgarrarte el cerebro. En fin, sea: me llamo Satanás y nada más.

¿Eres tú, mi querido amigo, culpable de esto, que en tu pequeña mente haya tan poca comprensión?Tu mente es como un talego de mendigo donde sólo hay un pedazo de pan seco; mientras que aquí se pide algo más que el pan.

Sólo tienes dos concepciones de la existencia: la Vida y la Muerte—¿cómo sería posible explicarte la tercera, y cómo podría asirla para ti?—. Ahora Yo soy un hombre como tú. En mi cabeza tengo un cerebro humano, mi boca pronuncia neciamente tus palabras, todas rebuscadas, y por lo tanto no puedo contarte cosas sobrenaturales.

Si te dijese que no existen diablos te engañaría; pero si te dijese que los hay te engañaría igual mente... Ves cómo todo esto es difícil? ¡Absurdo, amigo mío! Pero tampoco de mi humanización, en los diez días que hace dió principio mi vida to'rrestre, tengo gran cosa que contarte.

Olvida, ante todo, tus caros diablos peludos, cornudos y alados, que respiran fuego, transforman en oro los cacharros de barro y los viejos en jóvenes seductores; y habiendo hecho esto y habiendo arrojado por la borda muchas necedades en un instante, penetra a través del escenario y observa: cuando nosotros queremos aparecer sobre la tierra tenemos que humanizarros. Por qué es así lo sabrás después de tu muerte, y por ahora sábelo bien: en la actualidad soy un hombre como tú y no se advierte mi olor a cabrón maloliente. Puedes estrecharme tranquilamente la mano sin temor de que te clave las uñas.

Me las corto, como tú.

¡Pero cómo ha sucedido todo esto? Muy sencillamente. Cuando quise verir a la tierra busqué un americano conveniente como presa y envoltura, mister Henry Wunderhood, de treinta y ocho años, millardario; lo maté... Claro que de noche y sin testigos. Pero no puedes delatarme a los tribunales a pesar de mi confesión, puesto que.el americano vive, y ambos, con una reverencia de estimación, te saludan: Yo y Wunderhood. El me ha dejado en arriendo el local vacío, ¿comprendes?, y aun no todo: ¡que el diablo le lleve! Desgraciadamente, no puedo volver. atrás sino por el camino que conduce a tu liberación: a través de la Muerte.

Ya sabes lo esencial. Pues aunque pudieras comprender algo más, el querer hablar de ello con tus palabras es como intentar meter una montaña en el bolsillo del chaleco o secar el Niágara con un dedal. Figúrate, mi querido rey de la naturaleza, que quisieras acercarte a la hormiga y que por un milagro o una brujería te volvieras hormiga; una verdadera, minúscula hormiga que arrastra los granos: sólo entonces podrías medir en algún modo el abismo que separa lo que soy Yo ahora de lo que fuí en el pasado... No, todavía más: era el sonido, y me he vuelto el signo de la nota en el papel... No, todavía más, todavía más...: ningún parangón te dirá este atroz abismo, del cual Yo mismo no alcanzo el fondo. ¿Es que acaso lo tiene? Piensa un poco. ¡Durante dos días, después de nuestra salida de Nueva York, he estado sufriendo el mareo! ¡Te parece a ti esto bufo, tú que estás acostumbrado a revolcarte en tus propias inmundicias! Pues bien: Yo, Yo... también me he sublevado. Pero no lo creía bufo. Tan sólo sonreí una vez cuando pensé que aquél no era Yo, sino Wunderhood, y he dicho: Tambaléate, Wunderhood, tambaléate!» Queda todavía una pregunta a la que esperas una respuesta: por qué haya venido Yo a la tierra, decidiéndome a un cambio tan poco ventajoso: de Satanás omnipotente, inmortal, señor y fuerte», cambiarme en hombre como tú. Estoy cansado de buscar palabras que no existen y te responderé en inglés, en francés, en italiano, en alemán, en una lengua que entendamos los dos bien: comenzaba..a aburrirme en el infierno, y he venido a la tierra para mentir y recitar.

El aburrimiento sabes lo que es, la mentira la conoces de sobra, y de la recitación te pueden dar una idea tus teatros y tus ilustres actores. Quizá tú mismo tengas tu miajita de recitación en el Parlamento, o en casa, o en la iglesia, y podrás comprender algo del goce que se experimenta recitando. Si todavía conservas en la mente la tabla de multiplicar, multiplica este éxtasis, este placer por cualquiera gran cifra, y el resultado será mi goce.

No, todavía más: imagina que es la onda del océano, eso es, esta que diviso a través del cristal, y que quiere levantar a nuestro ATLANTE... Pero no ceso de buscar palabras y comparaciones. Es que tengo, sencillamente, ganas de recitar. En este momento aun soy un artista desconocido, un modesto debutante; pero tengo la esperanza de llegar a ser no menos célebre que tu Harrich o tu Olridge cuan do recite lo que deseo. Soy orgulloso, lleno de amor propio y hasta quizá vanidoso... Tú conoces bien qué sea la vanidad; tú, que deseas hasta las alabanzas y los aplausos de los tontos. Después, pienso temerariamente que soy genial—¡Satanás es conocido por su temeridad!—y, ahí tienes, se me ha hecho insoportable el infierno, donde toda esa canalla peluda y cornuda recita y miente casi tan bien como Yo. Los laureles infernales no me bastan, en los cuales, con perspicacia, descubro bajas Hisonjas y bufonadas poco comunes. Pero de ti he oído decir, mi terrestre amigo, que eres inteligente, bastante honesto, incrédulo en cierto modo, sensible a los problemas del arte eterno, y que recitas y mientes tan mal hasta el punto de ser capaz de apreciar en mucho una recitación de otro: no en balde en tu mundo abundan los grandes.

Y aquí estoy, ¿comprendes? Mi escenario será la tierra, y la decoración más próxima, Roma, adonde Me dirijo, la Ciudad Eterna», como la llamáis vosotros con vuestra profunda comprensión de la eternidad y de las demás cosas sencillas. Aun no tengo formada una compañía—¿quieres acaso tomar parte?—, pero tengo fe en que el Destino o el Acaso, al que de aquí en adelante estoy sujeto, como todos en vuestro mundo terrestre, apreciará mis desinteresadas intenciones y Me enviará al encuentro dignos compañeros... ¡Es tan fecunda en talentos la vieja Europa! Confío también que encontraré en esta Europa espectadores lo suficiente sensibles por quienes valga la pena transformarse la cara y cambiar las mórbidas zapatillas infernales por los pesados coturnos. Para decir verdad, primero pensé ir a Oriente, donde, no sin éxito, tentó ya fortuna alguno de mis... compatriotas; pero Oriente es demasiado confiado y muy dispuesto a la coreografía, como también al veneno; sus dioses son deformes, huelen todavía a bestias atigradas; sus tinieblas y sus fuegos son bárbaramente groseros y demasiado vistosos para que valga la pena que un artista fino, como lo soy Yo, se aventure en un tan hediondo y estrecho teatro de saltimbanquis.

¡Oh amigo mío!, soy de tal modo vanidoso, que este diario comienza no sin una secreta intención de deslumbrarte..., a pesar de mi pobreza como buscador de palabras y metáforas. Espero que no hagas uso de mi franqueza, cesando de creerme.

¿Quedan aún más cosas por decir? De la representación no conozco exactamente el desarrollo.

Lo improvisará el mismo empresario que escogerá los actores—el Destino y Yo tendré una parte modesta, en principio: seré el hombre que ha empezado a amar tanto a los hombres que les quiere dar todo, alma y dinero. Espero que no habrás olvidado que soy millardario. Tengo tres mil millones. Verdad que son suficientes para producir una recitación de efecto?

Ahora, todavía un detalle, para terminar estas páginas: Conmigo viaja y comparte el destino cierto Erwin Toppy, mi secretario; es un personaje muy estimable, con chaquet y chistera, con una nariz péndulo semejante a una pera descomunal y con cara afeitada como un pastor. No Me maravillaría et encontrarle en el bolsillo un breviario. Toppy ha venido a la tierra desde el más allá, es decir, del infierno; como Yo, se ha humanizado, con un éxito discreto. El muy tunante es completamente insensible a los cabeceos del buque. Claro que hasta para el mareo se requiere cierta inteligencia y mi buen Toppy es tonto de remate, hasta para aquí en la tierra. Además es muy tosco. Ya Me voy arrepintiendo de no haber elegido, de nuestra rica reserva, una bestia algo mejor; pero me sedujo su honradez y cierto conocimiento que tiene de la tierra. Era más agradable emprender este paseo con un compañero experto.

Hace ya tiempo tomó forma humana, y fué penetrado hasta tal punto de la idea religiosa que, ¡pásmate!, entró en un convento de frailes franciscanos y allí vivió hasta la vejez; murió bajo el nombre de fray Vicente. Sus restos han sido objeto de adoración por parte de los fieles. ¡No fué mala carrera para un diablo tonto! Ahora está en mi compañía, y cuando siente olor a incienso se le alegra el corazón. Verás cómo le tomas cariño.

Y por ahora basta. Anda, amigo mío. Quiero estar solo. Me irrita tu imagen reflejada sobre esta pared y quiero quedarme solo, o por lo menos con este Wunderhood que Me ha cedido su local estafándome.El mar está tranquilo. Ya no sufro náuseas como en los malditos días pasados; pero hay algo que me da miedo... Sí, tengo miedo. Probablemente me atemorizan estas tinieblas que vosotros llamáis noche y que se ciernen ahora sobre el océano.

Aquí al menos hay la claridad de la lámpara; pero más allá de esta sutil pared reina una obscuridad espantosa, contra la cual mis ojos resultan completamente impotentes. Estos estupidísimos espejos que no hacen mas que brillar, facultad que pierden también en la obscuridad, no valen para nada. Claro que llegaré a acostumbrarme hasta a la obscuridad. Me he habituado ya a muchas cosas; pero ahora me hace daño, me da miedo pensar que con una vuelta a la llave... me envolverían estas ciegas y siempre dispuestas tinieblas.

¿De dónde vienen ellas?

¡Qué valientes sois vosotros! Con esos pequeños y turbios espejos no veis nada, y decís sencillamente: «¿Está obscuro?, pues hay que encender la luz. Después apagáis vosotros mismos, y os quedáis dormidos. He observado con cierto estupor y frialdad estas valentías y... Me he entusiasmado.

Es posible que para conocer el miedo sea necesaria una inteligencia demasiado vasta, como la mía.

Tú, Wunderhood, no eres tan cobarde; siempre has tenido fama de hombre experto y probado.

Sólo hay un momento de mi humanización que no puedo recordar sin horror: aquel en que sentí latir por primera vez mi corazón. Esta palpitación precisa, sonora, constante, que habla de la vida y de la muerte, Me ha dejado estupefacto, causán dome un miedo y una agitación jamás sentidos.

Vosotros colocáis contadores por todas partes en la electricidad, el agua, los coches de punto—; ¿pero cómo podéis llevar en vuestro pecho uno parecido, que hace desaparecer con la rapidez de un prestidigitador los instantes de la vida? En el primer momento quise gritar y pensé volver, allí ad precipicio, quedándome hasta que estuviese avezado a la nueva vida; pero después eché una mirada a Toppy. Este bobo, apenas acabado de nacer se limpiaba tranquilamente la chistera con la manga de la levita.

Entonces le grité como un energúmeno: —¡Toppy, el cepillo!

Y nos cepillamos los dos, y el contador de mi pecho contaba los segundos que transcurrían en la operación, y parece que contó algunos de más.

Después, escuchando el aburrido tic—tac he comenzado a pensar: ¡No me dará tiempo!» ¿Para qué no me dará tiempo? Yo mismo no lo sabía; pero durante dos días enteros me entregué locamente a beber, a comer y hasta a dormir: ¡no es verdad que duerme el contador mientras estoy echado como una masa inerte y duermo?

Ya no me apresuro más. Sé que tendré tiempo, mis segundos Me parecen inextinguibles; pero mi contador está trastornado por alguna cosa y alborota como un soldado borracho que bata un tambor. ¡Pero cómo!... ¡Los minutos que anota ahóra han de considerarse igualmente grandes? Entondes esto es una estafa. Yo protesto como ciudadano honrado de los Estados Unidos y como comerciante.

No Me encuentro bien. Ahora no rechazaría un amigo: probablemente son una gran cosa los amigos. ¡Ah, en todo el universo Me encuentro solo!

7 de febrero de 1914.

Roma. Hotel Internacional.

Me enfurezco cada vez que Me toca coger el bastón de guardia y poner orden en mi cabeza: ¡los hechos, a la derecha; las ideas, a la izquierda! ¡Paso libre a Su Majestad la Conciencia, que ya apenas cojea con sus dos muletas!

Pero no hay más remedio; si no, tendrían os la revolución, el clamor, la confusión, el caos. Por lo tanto, ¡orden, señores hechos y señoras ideas!

Doy comienzo.

Noche. Obscuridad. El aire es suave y tibio. Huele bien. Toppy olfatea con delectación, diciendo que esto es Italia.

Nuestro tren corre impetuoso y se acerca a Roma; estamos tumbados sobre los blandos cojines, cuando... ¡crac!..., y se va todo al diablo. ¿Es que se ha vuelto loco el tren? No, ha descarrilado. Sin rubor confieso—¡no soy un héroe!—que se apoderó de Mí el terror. La electricidad se apagó, y cuando con gran dificultad salí del ángulo obscuro adonde fuí lanzado no pude recordar por dónde estaba la salida.

' Por todas partes tabiques, ángulos, algo que golpea, se agita contra Mí. ¡Y todo esto en la obscuridad! De improviso me encuentro bajo las piernas un cadáver; le piso en la mismísima cara; después supe que se trataba de mi camarero Jorge, muerto del choque.

Grité, y Me socorrió mi invulnerable Toppy, cogiéndome de una mano y sacándome a través de la ventanilla abierta, pues las puertas estaban todas obstruídas por los escombros.

Salté a tierra, pero Toppy no estaba allí; mis rodillas comenzaron a temblar. Se sentía la respiración de Toppy como un gemido, pero él no aparecía. Me puse a dar grandes gritos. Al poco rato, he aquí que sale de una ventanilla: —¿Por qué grita? Estoy buscando nuestros sombreros y la cartera de usted.

En resumen, no pasó mucho hasta que Me entregó el sombrero, y luego salió él fuera con su chistera y mi cartera. Yo exclamé, sonriendo: n —¡Hombre, te has olvidado del paraguas!

Pero aquel viejo bufón no se dió cuenta de mi chanza y respondió con seriedad: ; —No lo llevábamos. ¿Sabe? Nuestro Jorge ha muerto y el cocinero también.

¡Entonces, aquella carroña que no sentía que pateaban su cara era Jorge! De nuevo se apoderó el miedo de Mí cuando a poco oí levantarse gemidos, lamentos, gritos salvajes, aullidos, todos EL DIARIO DE SATANÁS. los sonidos que salen de la garganta de un valiente cuando se ve perdido. Durante unos instantes permanecí como sordo, sin oír nada. Los vagones prendieron fuego, aparecieron las llamas y el humo, los heridos comenzaron a aullar más fuerte.

Sin esperar a que terminara el asado, la emprendí a correr por los campos, como loco. ¡Vaya carrera!

Afortunadamente, la ligera pendiente de las colinas es muy a propósito para este género de deporte; Yo me revelé como un corredor no de los peores.

Cuando, sin aliento, Me eché sobre una pequeña elevación del terreno, ya no se oía ni veía nada; tan sólo llegaban las lejanas pisadas de Toppy, quedado atrás.

¡Pero qué atroz cosa es ésta, el corazón!

Se me subió a la garganta de tal manera que tenía la sensación de poderlo escupir. Retorciéndome por la falta de respiración, apoyé tiernamente la cara contra la tierra: estaba fresca, sosa y tranquila; Me agradó; casi me devolvió la respiración; el corazón volvió a su sitio; Me sentí mejor. Y allá en lo alto seguían tranquilas las estrellas... ¡Pero qué podrá turbar a las estrellas?

En tan bellísimo festín, la tierra, amamantada de tinieblas, Me pareció una encantadora desconocida bajo un antifaz negro. (Noto que Me he expresado regularmente, y tú, lector, debes estar contento: ¡mi estilo y mis modales se perfeccionan!) Di un beso a Toppy en el sincipucio—Yo beso en el sincipucio a todas las personas que amo—y le dije: —Te has humanizado muy bien, Toppy. Posees mi estimación. ¿Qué hacemos ahora? ¡Es ése el resplandor de Roma? ¡Qué lejos' — Sí, es Roma confirmó Toppy, y alzó una mano. Escuchad, ¡silban!

¡Llegaban de la locomotora silbidos largos y lastimeros, como pidiendo auxilio.

—Silban—he dicho riendo.

—Silban—repitió Toppy sonriendo secamente.

El no sabe reír.

De nuevo Me sentí mal.

La fiebre y una angustia extraña me producían escalofríos y un temblor en la misma raíz de la lengua. Me turbaba el recuerdo de aquella carroña pisoteada y hubiera querido sacudirme como un perro después del baño. Hazte cargo: era la primera vez que Yo veía y sentía tu cadáver, mi querido lector; y dispénsame: la verdad, no me gustó.

¿Por qué no ha protestado, por qué no dijo nada cuando le pisé la cara? Jorge tenía una cara joven, hermosa, que llevaba con dignidad. Piensa que también tu cara será pisoteada por algún pie y no podrás decir ni pío.

Relatemos con orden. No nos dirigimos a Roma, sino que nos pusimos a buscar algún refugio más cercano.

' Anduvimos mucho. Nos cansamos. De buena gana hubiéramos bebido—¡ah con qué ansias deseábamos beber! —. Y ahora permite que haga la presentación de mi amigo el signor Tomás Magnus y de su bellísima, encantadora hija María.

Al principio no era mas que una lucecilla apenas visible, que atraía al caminante fatigado. De cerca era una casita solitaria que descollaba en la espesura de los altos cipreses y otros árboles. Sólo estaba iluminada una ventana; las demás tenían las persianas cerradas. Un recinto de piedra, una cancela de hierro, un portal pesado.

Y el silencio. A primera vista todo esto parecía algo sospechoso. Toppy golpeó la puerta: silencio, Después de largo rato golpeé Yo también: silencio.

Finalmente, una voz áspera preguntó, a través de la puerta de hierro: —¿Quién sois y qué queréis?

Moviendo apenas la árida lengua, mi valeroso Toppy narró la catástrofe y nuestra fuga; habló prolijamente, y al fin se sintió rechinar la cerradura y abrióse la puerta. En pos del austero y silencioso desconocido entramos en la casa, atravesamos una habitación obscura y silenciosa, salimos de allí por una escalera crujiente, y penetramos en un ambiente iluminado; al parecer, el estudio del desco, nocido. Había muchos libros, y uno de éstos yacía sobre la mesa, bajo la lámpara, cubierta de una pantalla verde. Aquélla era la luz que habíamos visto desde el campo.

Me sorprendió el silencio de la casa. A pesar de la hora, ya cerca de la mañana, no se oía un rumor, ni una voz, ni un ruido.

—Sentaos. Nos hemos sentado, y Toppy, enervado, comenzó de nuevo el relato; pero el extraño personaje le interrumpe otra vez, con indiferencia: —Sí, una catástrofe. Esto ocurre con frecuencia en nuestras vías férreas. ¡Muchas víctimas?

Toppy recomenzó desde el principio, y el anfitrión, escuchando distraídamente, sacó del bolsillo un revólver y lo dejó en el cajón de la mesa, explicando con negligencia: —Esta comarca no es del todo tranquila. Pues bien: me harán el honor de quedarse aquí.

Por primera vez alzó sus ojos, grandes y obscuros, apagados, casi sin luz, y los fijó con atención, como en una rareza de museo, en Mí y en Toppy, de los pies a la cabeza. Era una mirada inconveniente, insolente; Yo me levanté: Temo que estemos aquí de más, señor, y...

El me paró con un gesto lento y aire burlón: —Deje. Quédense. En seguida les traeré vino y algo de comer. La criada viene sólo por el día; yo mismo los serviré. Lávense y refresquen mientras voy por el vino; el baño está detrás de esa puerta.

En fin, estén como en su casa.

Mientras que bebíamos y comíamos con avidez, el extraño señor seguía leyendo su libro, con tal expresión en el rostro como si no hubiera nadie en la habitación, como si no estuviera allí Toppy haciendo gran ruido con la boca, sino un perro entretenido en roer un hueso. Yo me puse a observarlo bien. Alto, casi de mi estatura y mi talla, la cara pálida y cansada, con una barba de bandido, no gra como la pez, y una nariz..., ¿cómo diría?

—¡aquí me tenéis otra vez en busca de comparaciones!, una nariz que era la historia de una vida secreta, grande, apasionada, poco vulgar. Bella y como cortada por un buril finísimo, no parecía hecha de carne y cartílagos, sino..., ¿cómo explicarme?, de pensamientos y deseos audaces. A lo que parecía, ¡también era un valiente! Pero sobre todo me chocaron sus manos grandísimas, muy blancas y serenas.

¿Por qué me quedé absorto? No lo sé; pero de pronto pensé: «Está bien que no sean aletas; está bien, y es maravilloso que tengamos justamente diez dedos: justo, diez dedos finos, malos, inteligentes y malignos.

Le dije cortésmente: Muchas gracias, señor...

—Me llamo Magnus. Tomás Magnus. Beban más vino. ¡Americanos?

Esperaba que Toppy Me presentase, según la costumbre inglesa, y miraba a Magnus. Hacía falta ser una bestia analfabeta y no haber leído ni siquiera un periódico inglés, francés o italiano, para no saber quién era Yo.

—Míster Henry Wunderhood, del Illinois, y su secretario Erwin Toppy, vuestro humilde servidor.

Sí, ciudadanos de los Estados Unidos.

El viejo bufón pronunció su parrafada no sin orgullo, y Magnus se inmutó un poco. ¡Los millares de millones, amigo mío, los millares de millones!

Me miró largo rato fijamente. Míster Wunderhood? ¿Henry Wunderhood?

Entonces es usted, señor, ese americano millardario que quiere colmar de beneficios a la humanidad con sus millones?

Afirmé con la cabeza: —Yes, nosotros.

Magnus se inclinó ante los dos y con tono insolente nos dijo: —La humanidad le espera, míster Wunderhood.

A juzgar por los periódicos romanos, está llena de impaciencia. Les ruego que me dispensen la modesta cena: no sabía...

Con franca sinceridad cojo su mano, extrañamente caliente, y la estrecho con fuerza, a la americana: —Déjese, señor Magnus. Antes de ser millardario fuí guardador de puercos; usted es un caballero recto, honrado y noble, del que tengo en gran estima estrechar la mano. El diablo lo sabe: hasta aquí ninguna cara ha despertado en Mí... tanta simpatía como la suya.

Entonces dijo Magnus... ¡Nada! ¡Magnus no dijo nada! No, no puedo decir así: «Yo dije», «él dijo». Esta maldita sucesión mata mi inspiración: me estoy haciendo un novelista mediocre de periódico popular y miento como un hombre nulo.

Poseo cinco sentidos, soy un hombre completo y hablo como si sólo tuviera el oído. ¿Y la vista?

Creedme, no está ociosa. ¿Y este sentido de la tierra, de Italia, de mi existencia, que experimento con una fuerza nueva y dulce?... ¿Crees que no he hecho otra cosa mas que escuchar al inteligente Tomás Magnus? El habla y Yo le miro, comprendo, respondo, y al mismo tiempo pienso: «¡Cómo huele la tierra y la hierba del campo!» Además, he vuelto a tratar de penetrar en toda la casa con el sentimiento (¿se dice así?); en las habitaciones silenciosas y apartadas. Me parecían misteriosas... Y cada vez más Me alegraba de estar vivo, poder hablar, poder recitar cuanto quisiera...

Y de un golpe Me gustó ser hombre.

Recuerdo que de pronto di mi tarjeta de visita a Magnus: Henry Wunderhood». El se maravilló y no ha comprendido; pero puso cortésmente la tarjeta encima de la mesa. Me dieron ganas de besarle en el sincipucio por esta cortesía suya: porque es hombre y Yo también, Yo, lo soy. Una vez más Me ha agradado mi pie en el zapato de color, e imperceptiblemente lo he columpiado: tú también, americano, columpia este bellísimo pie humano.

Esa noche he estado muy sensible. Me entraron ganas, hasta cierto punto, de llorar. Mirar fijamente en los ojos de mi interlocutor y exprimir dos pequeñas lágrimas de mis buenos ojos, abiertos, llenos de amor...

Me parece que lo hice, pues sentí en la nariz un picor agradable, como de agua efervescente. Y en Magnus mis dos pequeñas lágrimas, apenas notadas, hicieron una impresión maravillosa.

¡Pero Toppy!... Mientras vivía Yo este estupendo poema de humanización y lloraba, él estaba borracho como un bobo en la misma mesa a que nos habíamos sentado. ¿Quizá estuviera demasiado humanizado? Quise encolerizarme, pero Me contuve.

—Su amigo está sobreexcitado y fatigado, míster Wunderhood.

Además, se había hecho muy tarde.

Habíamos conversado y discutido calurosamente con Magnus durante más de dos horas, cuando hice esto: mandar a Toppy a la cama. Continuamos todavía bastante tiempo bebiendo y fumando.

El vino era Yo quien casi exclusivamente lo bebía, mientras Magnus se mostraba reservado, casi hosco; cada vez me agradaba más su austero semblante.

Con tono maligno y seco Me decía: —Creo en vuestro impulso altruísta, míster Wunderhood. Pero no creo que usted, inteligente, hombre de negocios..., por lo tanto frío, a mi parecer, pueda fundar ninguna esperanza seria en su dinero...

Tres millares de millones son una fuerza inmensa, Magnus.

—Sí, tres millares son una fuerza inmensa, estoy de acuerdo dijo tranquilamente, a regañadientes, Magnus. ¿Pero qué puede usted hacer con ellos?

Me eché a reír.

—Lo que usted quiere decir es qué puede hacer con ellos este ignorante americano, este antiguo guardador de puercos, que conoce mejor los cerdos que a los hombres...

— Un conocimiento ayuda al otro. este insensato filántropo, al que se le ha subido el oro a la cabeza como la leche al ama de cría. Sí, cierto, ¿qué puedo hacer Yo? ¿Otra Universidad en Chicago? ¿Un nuevo hospital en San Francisco? ¿Otra cárcel humanitaria, un correccional en Nueva York?

En verdad que ésta última sería una buena obra para la humanidad. No me mire con ese aire de reproche, míster Wunderhood, no es broma.

En mí no encontraréis ni una brizna de... ese amor infinito por los hombres que tan luminosamente arde en usted.

El, con insolencia, jugaba conmigo. ¡Yo le daba tanta pena! ¡No amar a los hombres! ¡Infeliz Magnus! De buena gana le habría besado en la nuca.

¡No amar a los hombres!...

—Sí, no los amo—confirmó Magnus—. Pero me agrada que no tengáis intención de seguir los vulgares derroteros trazados por todos los filántropos americanos. Sus millares de millones...

—Tres millares, Magnus. Con ese dinero se puede crear un nuevo estado...

—¡Sí?

—O destruir uno viejo. Con este oro se puede desencadenar la guerra, la revolución...

—¡Sí?

Esto al menos consiguió conmoverle; tembló su grande y blanca mano y en sus ojos obscuros leí un cierto respeto: —Pero sabe, Wunderhood, que no es usted tan tonto como he creído al principio? Se levantó, y después de haber recorrido una vez la habitación, se paró delante de mí y me preguntó en tono burlón, bruscamente: —¿Y sabe usted con precisión qué cosa necesita la Humanidad? ¿De la creación de un nuevo estado o de la destrucción del viejo? ¿De la guerra o de la paz? ¡De la revolución o del orden? ¿Quién sois vos, míster Wunderhood, del Illinois, que asumís la solución de dichos problemas? Me equivoqué: construir el hospital y la universidad en Chicago...

Es menos peligroso.

Me agradó la insolencia de ese hombre. Bajó con modestia la cabeza y dije: —Tiene usted razón, señor Magnus. ¿Quién soy Yo, Henry Wunderhood, del Illinois, para resolver tales problemas? Pero Yo no los resuelvo. Sólo me los planteo, y busco la solución; busco la solución y al hombre que Me la dará. Soy un estúpido ignonorante. Fuera del libro Mayor no he leído ningún libro, y veo que existen bastantes. Es usted misántropo, Magnus; como europeo que es, no puede menos de estar desilusionado en todo campo; y nosotros somos la joven América, ¡tenemos fe en los hombres! El hombre hay que hacerlo. Vosotros, en Europa, sois malos artífices; habéis hecho un hombre pésimo; nosotros haremos uno bueno. Perdonad mi rudeza: hasta aquí, Yo, Henry Wunderhoood, he hecho puercos, y mis puercos, lo digo con orgullo, tienen tantas condecoraciones y medallas como pueda tener el mariscal Moltke; pero ahora quiero hacer hombres... Magnus sonrió: — Es usted alquimista, Wunderhood: coge el plomo y quiere transformarlo en oro.

—Sí, quiero hacer el oro y buscar la piedra filosofal. ¿Pero es que acaso no ha sido encontrada ya?

Se encontró, pero vosotros no sabéis utilizarla: y es el amor. ¡Ah Magnus! Yo mismo no sé lo que haré; pero mis designios son vastos y... casi diría majestuosos, si no fuese por esa sonrisa vuestra de misántropo. Empezad creyendo en el hombre y ayudadme. Usted sabe lo que el hombre necesita.

Respondió fríamente: — Necesita la cárcel y el patíbulo.

Yo exclamo indignado (la indignación es lo que mejor me sale de todo): — Cálmese, Magnus. Veo que ha sufrido alguna profunda herida, quizá una traición, y...

— Pare el carro, Wunderhood. Jamás hablo de mí mismo, ni me gusta que hablen los demás. Bástele saber que en cuatro años es usted hoy el primero que turba mi soledad, y eso por casualidad.

No amo a los hombres.

—¡Oh, perdone, pero no creo...!

Magnus se acercó a la estantería de libros y, con una expresión de desprecio y cierta repugnancia, cogió con su mano blanca un volumen cualquiera.

—Usted, que no ha leído libros, ¡sabe de qué tratan éstos? Sólo de las maldades, de los errores delos hombres. Son lágrimas y sangre, Wunderhood.

Mire, sólo en este sutil librito que tengo entre los dedos está contenido todo un océano de sangre humana; y si los examináis todos... ¿Quién ha derramado esta sangre? ¿El diablo?

Me sentí lisonjeado y de buena gana me hubiera inclinado; pero él tiró indignado el libro y gritó: —No, señor: el hombre. La ha derramado el hombre. Sí, leo estos libros, pero sólo con el objeto de aprender a odiar y a despreciar al hombre. Usted ha transformado sus puercos en oro y ya estoy viendo cómo este oro se transformará de nuevo en puercos: le destrozarán, Wunderhood. Pero yo no quiero ni devorar ni mentir: arroje al mar su dinero; o bien... construya cárceles y patíbulos.

Es usted ambicioso, como todos los filántropos.

Pues bien: construya patíbulos. Los hombres serios le estimarán y la grey le llamará grande. ¿O quizá usted, americano del Illinois, no quiere tener un puesto en el Panteón?

Pero Magnus...

—La sangre, ¡es que no ve la sangre por todas partes? Mire, ahí la tiene ya en sus zapatos.

Confieso que a estas palabras del loco—tal Me pareció en aquel momento Magnus—retiré mi pie, sobre el que advertí una mancha rojo obscura...

¡Qué espanto!

Magnus sonrió y, recobrado el dominio sobre sí mismo, continuó, frío y casi indiferente: —Le he horrorizado involuntariamente, míster Wunderhood. ¡Bobadas! ¡Probablemente habréis pisado algo... con el pie! Esto son tonterías. Me enardeció demasiado ese tema, que no he tocado desde hace años, y... ¡Buenas noches, míster Wunderhood! Mañana tendré el honor de presentarle a mi hija. Y ahora, permítame...

Y así sucesivamente. En una palabra, que este señor, de la manera más cortés me llevó a mi cuarto y casi me zambulló en la cama. Pero no protesté; ¿para qué? Tengo que decir que en aquel momento no me agradaba él gran cosa. Hasta me alegré que se marchara, cuando de repente, precisamente al lado de la puerta, se para y, dando un paso atrás, Me extiende bruscamente sus manos, grandes y blancas, murmurando: —¿Ve usted estas manos? ¡Están empapadas de sangre! Sangre de un infame verdugo, de un tirano, pero por eso no menos roja sangre humana. Adiós...

Me echó a perder toda la noche. Juro por la salvación eterna que me sentí satisfecho de ser hombre: Me encontraba bien instalado, como en mi casa, en la estrecha piel. Me aprieta un poco debajo de las axilas; la compré en un bazar de ropa hecha y parece cortada por el mejor sastre. Me mostré sentimental; estaba muy gentil y bueno; quería recitar mucho; pero, a decir verdad, no estaba dispuesto a la tragedia, a una tragedia tan intensa.

¡La sangre! Pero no se debe poner en las narices de un caballero apenas conocido las manos blancas...

Todos los verdugos y tiranos tienen las manos blancas.

No creáis que bromeo. Me he sentido muy mal.

Sí, ahora, de día, logro vencer a Wunderhood, pero por las noches él es quien gana la partida. Puebla las tinieblas de mis ojos con sus estupidísimos sueños y agita el polvo de su archivo... Y qué inicuamente idiotas y absurdos son sus sueños. Toda la noche Me trata en amo, como un señor que vuelto a casa mira todo con repugnancia, busca algo, se lamenta de los gastos y de las cosas perdidas, gime como un avaro y se revuelve como una ramera que no logra dormir en su viejo catre. Es él quien todas Me sumerge, como en la húmeda arcilla, en la profundidad de esta asquerosa humanización en que me ahogo. Todas las mañanas, apenas despierto, me doy cuenta de que en la humanización la esencia wunderhoodiana ha aumentado en un diez por ciento... Reflexiona: un paso más, y me pondrá sencillamente en la cochina calle; ¡él, mísero propietario de una cueva vacía a la que Yo he traído la respiración y el alma!

Como un ladrón apresurado me he metido en un traje de otro, con los bolsillos llenos de letras...

No, todavía peor. Este no es un traje estrecho, es una baja, obscura y sofocante prisión, en la cual ocupo un puesto más pequeño que el gusano de la solitaria ocupa en el estómago de Wunderhood.

Lector querido, tú estás metido desde tu tierna edad en una prisión semejante y ¡hasta has llegado a tomarle gusto! Pero Yo... ¡Yo vengo del reino de la libertad! No quiero ser el gusano solitario de Wunderhood. Un solo sorbo de este excelente cianuro de potasa, y ¡otra vez libre! ¿Qué dirá entonces ese bribón de Wunderhood? Pero sin Mí pronto te devorarían los gusanos; pronto harías pedazos las costuras..., abominable carroña. ¡No me toquéis!

Y sin embargo estuve toda la noche bajo el poder de Wunderhood. ¿Qué me importa la sangre humana? ¿Qué me importa esta líquida realidad de vuestra vida? Pero las palabras del loco agitaron a Wunderhood. De repente observo—¡fíjate bien! que estoy todo lleno de sangre como una vejiga de buey; y ésta es tan sutil y poco resistente que no se puede pinchar sin que derrame. Pincha aquí: comienza a chorrear sangre; toca allá, y la verás salpicar.

En cierto momento pensé con terror que Me cortarían el cuello en esta casa, degollándome y colgándome por los pies para hacer caer toda la sangre. Yaciendo inmóvil en la obscuridad he escuchado atentamente, como para sentir llegar a Magnus con sus manos blancas. Y cuanto mayor era el silencio en aquella casa maldita, tanto más se apoderaba el miedo de Mí. Me contrariaba bastante que Toppy no roncase, como de costumbre.

Después comencé a sentir dolores por todo el cuerpo. Debían ser las contusiones producidas por el desastre, o quizá el esfuerzo de la carrera. Empecé a rascarme por todo el cuerpo como un perro; me rascaba hasta con los pies. ¡Ya pareció el bufón en la tragedia!

De improviso Me cogió el sueño por los pies, y tiraba tan velozmente que no me dió tiempo, a abrir la boca. He aquí las tonterías que vi—¡tienes tú sueños semejantes?—: Me parecía que era una botella de champaña, con un cuello fino y la ca beza atada; pero no estaba lleno de vino, ¡estaba lleno de sangre! Otros hombres semejantes a botellas embreadas estaban conmigo yaciendo en hileras ordenadas sobre una playa. Y llega allí alguno que nos mete miedo porque quiere hacernos pedazos.

Y he aquí que encuentro Yo todo esto muy estúpido y quiero gritar: «¡No nos haga pedazos; coja un sacacorchos y destápenos!»» Pero Me falta la voz: soy una botella. Después aparece de pronto Jorge, el camarero muerto. Trae un enorme sacacorchos en la mano y, diciéndome algo, Me agarra por el cuello..., ¡oh, por el cuello!...

Me desperté con un fuerte dolor en la nuca: probablemente intentó realmente destaparme. Mi desén fué tan grande que no sonreí; ni siquiera suspiré ni Me moví.

Lo único que hice fué, tranquila y sencillamente, vencer otra vez a Wunderhood. Apreté los dientes, dotuve y serené Mi mirada, estiré los miembros en toda su longitud, y serenamente me tranquilicé en la conciencia de Mi gran «Yo». El océano podría haberse lanzado sobre Mí, que no hubiera pestañeado. ¡Basta! ¡Hale, hale, querido amigo!; quiero estar solo...

Y el cuerpo se ha calinado, vuelto el color y ahuecado y lleno de aire de nuevo. Con paso ligero lo he abandonado, y apareció a mi intencionada mirada lo sobrenatural», ¡eso que es inexpresable en tu idioma, mi pobre amigo! Baste a satisfacer tu curiosidad el extraño sueño que tan fielmente te he relatado, y no pidas más. ¿O es que no tienes EL DIARIO DE SATANÁS. bastante con el inmenso «sacacorchos», que no es muy... artístico.

A la mañana siguiente Me sentí sano, fresco, hermoso, y deseaba ardientemente recitar como un actor acabado de caracterizarse. Claro está que no olvidé afeitarme; este canalla de Wunderhood se recubre de cerdas lo mismo que sus puercos producen oro. Me lamenté de esto a Toppy mientras paseábamos por el jardincito esperando a Magnus, que aun no había aparecido. Toppy, después de pensar sobre el asunto, respondió, filosóficamente: —Sí, el hombre duerme y su barba crece, crece..

Es preciso que así sea, para los barberos.

Apareció Magnus. No se mostró más afable que ayer. Tenía en la cara señales evidentes de cansancio; pero estuvo tranquilo y cortés. ¡Qué negra aparecía su barba de día!

Con fría cortesía estrechóme la mano y dijo (estábamos sobre un alto muro de piedra): —Admire la campiña romana, míster Wunderhood. ¡Maravilloso espectáculo! Se dice que la campiña romana es peligrosa por sus fiebres; pero la única fiebre que produce ¡es la del pensamiento!

Evidentemente mi Wunderhood permanecía bastante indiferente ante los espectáculos de la Naturaleza y no le sacaba el gusto a la contemplación del paisaje. El campo desierto se Me presentaba sencillamente como un campo desierto. Paseé, por cortesía, una mirada sobre la tierra inculta y exclamé: —Me interesan más los hombres, señor Magnus. El, fijando atentamente en Mí sus ojos obscuros, en voz baja pronunció secamente, recreándose: —Dos palabras sobre los hombres, míster Wunderhood. Inmediatamente va usted a ver a mi hija María: eso son tres millares de millones. ¡Comprende?

Moví afirmativamente la cabeza.

— Ese oro no lo produce vuestra California ni ningún país de la tierra. Este es oro del cielo. Soy un descreído, y sin embargo, míster Wunderhood, me asalta la duda cuando tropiezo con la mirada de mi María. Ahí tenéis las únicas manos a las que podríais confiar vuestros millones...

Como soy un viejo solterón, llegué hasta tener miedo; pero Magnus continuaba severamente y con solemnidad: —Pero no los tomaría. Sus tiernas manos jamás deben conocer estas doradas inmundicias. Sus purísimos ojos no verán otro espectáculo que este de la campiña sin confines y sin pecados. Este es un convento, míster Wunderhood, y su única salida será para el reino ultraterrenal, si es que existe.

— Dispense, pero no comprendo Yo eso, querido Magnus comencé a decir, protestando jocosamente. La vida y los hombres...

El semblante de Tomás Magnus se tornó maligno, como ayer, y me interrumpió, con tono socarrón: — Pues le ruego que comprenda, querido Wunderhood. La vida y los hombres no son para María...; le basta con lo que yo soy de vida y hombre. Era mi deber prevenirle; y ahora—recobrando de nuevo el tono de fría cortesía—le ruego: la mesa nos espera. ¡A la mesa, míster Toppy!

Comenzábamos ya a comer, charlando de bagatelas, cuando entró María. Entró por una puerta colocada a mi espalda, de forma que tomé sus leves pasos por los de la criada que servía la mesa. Pero me llamó la atención el narigudo Toppy, que estaba sentado frente a Mí, pues se puso de pronto amoratado como si se ahogara, y, a lo largo del cuello, la nuez de Adán iba de aquí allá, hasta que desapareció dentro del estrecho cuello de pastor. Me figuré que se habría atragantado con alguna espina de pescado, y grité: —¿Qué te pasa, Toppy? Bebe agua.

Ya Magnus se había levantado, y pronunció fríamente: —¡Mi hijita María! ¡El señor Henry Wunderhood!

Me incliné con desenvoltura y... ¿cómo expresar lo que es indeciblemente excepcional? Era más que maravillosa: era espantosa en su belleza perfecta.

No quiero buscar comparaciones. Encuéntralas tú mismo. Coge todo lo bello que conozcas en la tierra: el lirio, la estrella, el sol. Júntalo todo: ¡pues aún más! Esto no era lo espantoso, sino otra cosa: un extraño y chocante parecido con alguien... ¡Con quién? ¡Que se lo lleve el diablo!... ¿Quién he visto Yo en la tierra de una belleza tan maravillosa y terrible, terrible e inaccesible para una criatura terrestre?

Conozco ya todo tu archivo, Wunderhood; pero ¡no forma parte de tu mísera galería! ¡Virgen!—murmura tras de Mí, con voz asustada, Toppy.

¡Eso mismo! Sí, Virgen; este bobo tiene razón, y Yo mismo, Satanás, comprendo su espanto. La Virgen que ven los hombres sólo en la iglesia, en los cuadros, en las imágenes de los pintores creyentes. María, cuyo nombre suena tan sólo en las plegarias y en los cantos sagrados; la belleza divina, la misericordia infinita, el infinito amor, ¡la estrella del mar! ¿Te gusta este nombre? ¡Estrella del mar!

¿Te atreverás a decir que no?

Yo estuve diabólicamente ridículo.

Me he inclinado profundamente y faltó poco —obsérvalo bien, ¡poco!—para que dijera: ¡Señora! Le pido perdón por mi presencia; pero, en verdad, no esperaba encontrarla aquí.

Le pido mil perdones; pero no Me hubiera podido imaginar que este original de la barba negra tuviera el honor de llamarle hija. Le vuelvo a pedir perdón...» ¡Basta! Hablé de una manera bien distinta: —Buenos días, señorita. ¡Muy complacido!

Pero ella no pareció reconocerme. Es preciso respetar el incógnito, si se quiere ser un perfecto caballero; sólo un bellaco se permite arrancar la máscara a una dama... Tanto más cuanto el padre, Tomás Magnus, continuaba sirviendo a los convidados con ironía: —¡Pero coma, mister Toppy! No bebe usted nada, mister Wunderhood. El vino es excelente.

En seguida pude notar: Que respira. Que mueve las pestañas. Que come.

Y que es una bella mocita de diez y ocho años, vestida con una bata blanca que deja desnudo su cuellecito.

Todo Me parecía cómico. Deslizaba bravamente frases necias en la negra barba de Magnus y al mismo tiempo pensaba en otra cosa. Observaba la blanca nuca y..., créeme, terrestre amigo: no es que sea un seductor ni un jovenzuelo fácil de inflamarse, como los diablos» que tú prefieres; pero todavía estoy lejos de ser un viejo; soy así, así», tengo una posición independiente en el mundo y ¡no te va esta combinación?: Satanás y María, María ¡y Satanás!

Como prueba de la seriedad de mis intenciones, diré que andaba pensando en nuestra descendencia y en un nombre para nuestro primogénito, en vez de abandonarme a la vulgar frivolidad. Yo no soy un insensato, ni mucho menos.

En poco tiempo Toppy ha paseado aquí y allá su nuez de Adán, y acabó por informarse, con voz ronca: —¿Ha pintado alguien su retrato, señorita?

—María no se deja retratar por los pintores—respondió ásperamente Magnus.

Y Yo hubiera querido reír de la estupidez de Toppy, y ya me disponía a abrir mi boca, dotada de espléndidos dientes americanos, cuando la mirada pura de María penetró en mis ojos, y se lo llevó todo el diablo, como en el momento de la catástrofe ferroviaria. Comprende: me ha vuelto del revés como a un calcetín... o, ¿cómo diría Yo?, mi excelente traje parisino; se metió dentro, y mis todavía más excelentes pensamientos, que ciertamente no hubiera querido comunicar a la dama, de improviso salieron todos fuera. A pesar de todos mis secretos, me he vuelto no menos reservado que un número del New—Herald de quince céntimos.

Pero ella no lo ha tomado a mal, y no dijo nada, y su mirada, semejante a un reflector, se ha marchado a otra parte, en la obscuridad: a iluminar a Toppy.

No; empezarías también aquí a reírte viendo cómo se inflaman y se iluminan las míseras vísceras de este viejo y tonto diablo...: desde el breviario a la espina de pescado que se le atragantó.

Para fortuna nuestra, Magnus se levantó y nos invitó a pasar al jardín: —Pasemos al jardín—dijo—. María les enseñará sus flores.

¡Sí, María! ¡No esperes de Mí himnos sagrados, oh poeta! Me puse tan furioso como un hombre a quien han robado la caja de caudales. Quería admirar a María, y en su lugar estaba forzado a mirar estupidísimas flores, ya que no osaba alzar los ojos. Soy caballero y no puedo comparecer ante una dama... ¡sin corbata! Y cuando encontraba su mirada, entonces mis pobres modestos pensamientos, mis pequeños gentiles pensamientos, ¡oh cómo replegaban la cola, su pequeña colita! Me impreg naba por entero de humildad, y mi ingenioso disfraz se desvanecía irresistiblemente, como el colorete de un artista sudoroso. Amigo, ¿eres humilde?

Yo no.

No sé lo que decía María. Pero juro por la salvación eterna que su mirada y toda su figura, no vulgar, era la encarnación de un sentido de tan absoluta comprensión que cualquier palabra sabia se convertía en una absurdidez. La cordura de las palabras es sólo necesaria a los pobres de espíritu; los ricos, por el contrario, son silenciosos, obsérvalo bien, poetilla, sabio y eterno chismoso de todas las encrucijadas. Debe bastarte que Yo me haya rebajado hasta a las palabras.

¡Ah, pero Me había olvidado de mi humildad!

Ella andaba y Yo y Toppy nos arrastrábamos detrás de ella, y Yo me odiaba a mí mismo, odiaba a Toppy por su ignominiosa nariz pendularia y por sus muelles orejas. Hubiera hecho falta un Apolo, por lo menos, y no un par de americanos y, para más, actores de una pantomima.

¡Qué bien nos produjo el que se marchara ella y nos dejara solos con Magnus! Magnus ¡es tan gentil y sencillo! Toppy paró de esparcir religiosamente incienso como un sacristán cualquiera.

Yo pongo una pierna sobre otra, enciendo un cigarro y lanzo mi mirada de acero afilado justamente en las pupilas de Magnus. ¿Pero qué me encuentro?: el vacío o una coraza parecida a la Mía.

—Debe usted ir a Roma, mister Wunderhood; estarán intranquilos por usted—dijo tranquila mente Magnus con cortesía. Yo puse aún más intensidad en mi mirada.

—Sí, pero puedo enviar a Toppy...

Magnus sonrió con insolencia.

—No le va a servir de nada, míster Wunderhood.

Busco con los ojos la gran mano blanca para estrecharla amigablemente; pero la mano está lejos y no muestra ninguna intención de acercarse. No obstante, me apodero de ella, la estrecho y obligo a Magnus a responderme con un apretón.

—Está bien, señor Magnus, me marcharé en seguida. Ya he mandado a buscar el coche.

—¡Qué hermoso está el campo, ¡no es verdad?, bajo este sol de mediodía!

Miro otra vez la tierra inculta y, con sentimiento, confirmo: —Sí, maravilloso. Erwin amigo, déjanos por un minuto: necesito decir dos palabras al señor Magnus.

Toppy ha salido, y el señor Magnus ha desenvainado los ojos, en verdad nada alegres, probando el acero de su mirada. Yo me he inclinado sobre su cara hosca y pregunté: —No ha notado, querido Magnus, cierta gran semejanza entre su hija, la señorita María, y una..persona muy conocida? ¡No le parece que se asemeja a la Virgen?

—Virgen?...—pronuncia lentamente Magnus, así como para envolverme todo con esta palabra—.

No, querido Wunderhood, no lo he notado. No frecuento las iglesias... Temo que se haga tarde para su marcha. La fiebre romana... Yo agarro nuevamente la gran mano blanca y la estrecho con violencia... Apuntan de nuevo a mis dos buenos ojos aquellas dos lagrimuchas...

— Hablemos francamente, señor Magnus. Soy un hombre leal, y empiezo a amarle. ¿Quiere venir conmigo y ser el administrador de mi fortuna?

Magnus callaba. Su mano permanecía inmóvil en la mía. Sus ojos hoscos se bajaron y sobre su cara cálida pasó algo que ha desaparecido; al fin dijo, severamente y con sencillez: —Le comprendo, míster Wunderhood. Pero tengo que responderle con una negativa. No, no iré con usted. Todavía no le he dicho una cosa; pero su rectitud y confianza me obligan a ser franco.

Yo debo, en cierto modo, esconderme de la policía...

—¿Romana? ¡La compraremos!

— No; más bien... internacional. Claro que no se figure que he cometido algún delito ignominio—so... Sí, está bien. Pero no se trata de la policía; ésta se la puede comprar. Tiene usted razón, mister Wunderhood: todos los hombres se venden.

Pero lo principal consiste en esto: en que no puedo serle útil. ¿De qué puedo servirle? Usted ama a la humanidad, yo la odio; en el mejor caso, me es indiferente. ¡Que viva y que me deje vivir! Déjeme mi María, déjeme el derecho y la fuerza de odiar a los hombres leyendo la historia de sus vidas, déjeme esta campiña, y esto es todo lo que quiero... ¡y de lo que soy capaz! Todo mi aceite se ha quemado ya, Wunderhood: ante usted está una lámpara apagada, un muro desnudo sobre el cual una vez... ¡Adiós! No, sea franco, Magnus...

—Dispense, pero jamás lo podrá conseguir. Mi nombre es imaginario..., es el único que puedo proponer a mis amigos.

Diré la verdad: en aquel momento «Tomás Magnus» me ha agradado. Hablaba con audacia y sencillez; en su severo semblante se leían la firmeza y la voluntad. Este hombre conocía el valor de la vida humana y tenía el aspecto de un condenado a muerte, de un condenado orgulloso que no se reconcilia, que rechaza el último auxilio del cura.

Hasta cruzó por mi mente una hipótesis: el Padre mío tiene muchos hijos naturales desheredados que vagan ociosamente por el mundo: ¡no sería Tomás Magnus uno de estos vagabundos? ¿Será posible que encuentre Yo en la tierra un hermano? ¡Sería muy interesante! Pero aun desde el punto de vista humano del asunto no puede menos de estimarse a un hombre cuyas manos están ensangrentadas.

Saludo inclinándome, cambio de postura y, con el tono más modesto, pido permiso a Magnus para volver de cuando en cuando por consejos. Duda ól un poco; pero después Me mira a los ojos y expresa su consentimiento: —Está bien, míster Wunderhood, venga. Espero oír de usted cosas muy interesantes, que substituirán en parte a mis libros. El señor Toppy ha agradado mucho a mi María...

Toppy?

—Sí; le encuentra ella cierta semejanza a un santo; María va con frecuencia a la iglesia, míster Wunderhood.

—Toppy un santo?

Magnus Me mira casi tiernamente; sólo su nariz fina se estreinece ligeramente, como por una risa contenida... Da gusto que tras esta severidad exterior se esconda tanta alegría tranquila.

Ya empezaba a anochecer cuando partimos. Sólo nos acompañaba Magnus. María no había salido.

La blanca casa, tras de los cipreses, estaba, como la noche anterior, tranquila y silenciosa; pero Yo veía esta quietud diversamente: ésta era el alma de María.

Diré, en verdad, que Me entristeció marchar; pero pronto me cogieron y distrajeron otras impresiones: empezábamos a entrar en Roma.

A través de una brecha practicada en un gran muro abocamos a una calle poblada e iluminada; a través del mismo muro penetraban los coches del tranvía, estridentes y gimiendo.

Toppy, que conocía Roma, husmeaba encantado hacia toda masa obscura de iglesia, y con sus largos dedos Me indicaba las ruinas de la vieja Roma incrustadas en las paredes inmensas y lisas de las casas nuevas, como si el presente hubiese bombardeado la ciudad con los proyectiles del pasado, clavándolos en los ladrillos.

Aquí y allá negreaban montones de estas antigüedades. Desde un bajo parapeto de piedra entrevimos una fosa obscura y no muy profunda, y un gran arco triunfal ahondado en tierra. «¡Forum!», pronuncia solemnemente Toppy; y el cochero, en el pescante, agita afirmativamente la cabeza, cubierta con un sombrero arrugado.

A cada nuevo montón de ladrillos viejos y restos mi originalísimo Toppy se inflaba de importancia, y Yo echaba de menos mi alta Nueva York y hacía la cuenta de los carros de inmundicia que harían falta para sacar en una sola mañana toda la vieja Roma. Cuando comuniqué esto a Toppy éste se mostró muy ofendido y respondió secamente: No entiende usted de esto ni palabra. Mejor es que cierre los ojos y piense solamente que está en Roma.

Así lo hice, y Me persuadí una vez más de que la vista es un gran obstáculo para la inteligencia, como también el oído: no en balde los sabios son casi todos ciegos y el mejor músico del mundo era sordo.

Apenas comencé a olfatear el aire a la manera de Toppy, penetró Roma mucho mejor a través de mi nariz, con su historia tremendamente larga y extraordinariamente curiosa: una vieja hoja marchita huele con más fuerza e intensidad que una joven y verde. ¡Me querrás creer? Al pasar por cierto sitio sentí distinto el olor a Nerón y a sangre.

Y cuando, extasiado, abrí los ojos percibí ¡un vulgar puesto de periódicos y un quiosco de refrescos y limonadas!

—Y bien, ¿cómo le va?—mugió Toppy, siempre descontento. ¡Huele!

—Y se comprende que huela. Cada día olerá más; es un fuerte perfume viejo, míster Wunderhood.

Y en verdad que olía cada vez más fuerte, y no sé encontrar símiles; todas las moléculas de mi cerebro empezaron a agitarse y a zumbar como avispas empujadas por el humo.

Es extraño; pero en el archivo de este absurdo Wunderhood parece también se halla Roma; quizá hasta provenga él de estos lugares. Al menos, en una plaza bulliciosa percibí distintamente el olor de alguno de mis parientes, y pronto Me persuadí perfectamente de que Yo había caminado por estas mismas vías otra vez. ¡Pero será posible que me haya dado la idea de humanizarme en otro tiempo, como le ha sucedido a Toppy? Las avispas zumbaban cada vez más, toda mi colmena se revolvía, y de un golpe mil rostros, morenos y blancos, bellos y espantosos, comenzaron a arremolinarse a mi alrededor, y me ensordecieron miles de voces, rumores, gritos y risas. No, ya no era una colmena: era una inmensa fragua en la que golpeaban el hierro pesadísimos martillos, que hacían saltar chispas rojas. ¡El hierro! Cierto, he vivido ya otra vez en Roma, fuí emperador: recuerdo la expresión de mi faz, el movimiento de mi cuello desnudo al volver la cabeza para mirar; recuerdo el contacto de la corona de oro sobre mi peludo sincipucio... ¡El hierro! Son los pasos de los legionarios romanos cubiertos de hierro, es la voz de hierro de ellos: —Vivat Csar! Cada vez tengo más calor, ardo. Quizá no haya sido emperador, sino una de las víctimas del incendio que abrasó a Roma, según el maravilloso designio de Nerón. No, no es un incendio, es una hoguera donde me encuentro. Oigo cómo silban, serpentean alrededor de mis piernas las lenguas de fuego. Recuerdo el penoso echarse adelante de mi garganta turgente, de venas hinchadas, y el salir creciente de mi laringe, el último grito de maldición... ¿o de bendición? Imaginate esto sólo: Que recuerdo hasta aquel hocico romano, en primera línea entre los espectadores, que no Me daba paz con su expresión idiota y con su mirada extraviada: oye: Me queman ¡y los espectadores duermen!

—Hotel Internacional—anuncia Toppy, y Yo abro los ojos.

Ibamos por una calle tranquila en cuyo fondo resplandecían las luces de una inmensa casa, digna casi de Nueva York: era el hotel en el que tenía Yo con mucha anticipación reservada una habitación para Mí.

Probablemente en el hotel nos creerán perecidos en la catástrofe ferroviaria.

Mi hoguera se ha extinguido, y me he puesto tan alegre como un negrito que ha abandonado el trabajo, y murmuré a Toppy al oído: —¿Qué tal, Toppy? ¿Cómo va... la Virgen?

—Sí, sí, interesante. Llegué a asustarme y a ahogarme...

—¿Con una espina de pescado? Eres un tonto, Toppy: ella es muy gentil, no te ha reconocido; te ha tomado sencillamente por uno de sus santos.

¡Pero qué lástima, bandido, que hayamos escogido como propias unas caras americanas tan insignificantes! ¡Si hubiéramos buscado mejor podríamos habernos humanizado en tipos más bellos!

— Estoy contento de lo que he hecho—contesta sordamente Toppy volviéndose hacia Mí.

Sobre su triste nariz lustrosa brilla el reflejo de una escondida presunción... ¡Ah Toppy! ¡Ah el santo!

Pero éramos ya recibidos con entusiasmo

14 de febrero de 1914.

Roma. Hotel Internacional.

No quiero visitar a Magnus; pienso excesivamente en él y en su Virgen de carne y hueso. He venido aquí para recitar y mentir alegremente, y de veras que no me place hacer el papel de actor inepto que llora amargamente tras el telón y aparece en escena con los ojos secos. No tengo tiempo de corretear por el campo inculto y cazar mariposas con red, como un chico.

Toda Roma se ocupa de Mí. Yo soy el hombre sobrenatural que ama a los hombres, y soy famoso; vienen a adorarme multitudes no menos numerosas que las que van al Vicario de Cristo. Dos Papas en el mismo tiempo...; sí, la Roma feliz no puede llamarse huérfana. Por ahora vivo en un hotel donde gimen todos, extáticos, cuando dejo las botas por la noche a la puerta de mi cuarto; mientras tanto, toda una muchedumbre de pintores, escultores y poetas restaura y pone en orden un palacio para Mí: la histórica villa de los Orsini. Un pintorzuelo me está haciendo un retrato, afirmando que Yo recuerdo a uno de los Médicis; otros malos pintores preparan sus pinceles para aburrirme hasta la muerte.

Les he preguntado: «Decidme, ¿podríais pintar una Virgen?» Claro que pueden. Uno, «si el señor se recuerdas, ha pintado aquel famoso turco de las cajas de puros, conocido hasta en América. «Si el señor quiere...» En la actualidad hay tres pintores que pintan para Mí una Virgen. Otros recorren Roma en busca de originales, modelos», como ellos dicen.

Con la ignorancia más bárbara y grosera (del todo americana) de los problemas de arte, he rogado a uno de estos pintores: —Pero cuando haya usted encontrado una «modelo, así, tráigamela aquí, sin más, señor pintor.

¿Para qué estropear tela y colores?

A lo que él se contrajo como si sufriera un dolor insoportable, y apenas si murmuró: —¡Ah señor! ¡La modelo!... Veo que me ha tomado usted por un traficante de mercancía blanca.

—Pero sonrio ¿qué necesidad tengo de tu mediación, por la que tendría que pagarte una domiEL DIARIO DE SATANAS. sión, cuando en mis antecámaras hay todo ur muestrario de bellezas romanas? ¡Todas ellas Me adoran!

Yo les recuerdo a Savonarola. Sentadas en mórbidos divanes, intentan ellas transformar todo rincón obscuro del salón en... un confesonario.

Me complace que estas ilustres damas, igual que los pintores, conozcan tan bien la historia patria y sepan en seguida quién soy Yo.

La alegría de los periódicos romanos cuando se han enterado de que no he sido víctima de la catástrofe y no les he remitido ni una pierna ni los millones ha sido igual a la de los periódicos de Judea el día de la inesperada resurrección de Cristo...; y eso que estos últimos tenían menos de qué alegrarse, según se desprende de la historia.

Temía recordar a Julio César a los periodistas; pero, afortunadamente, piensan poco en el pasado, y todo quedó reducido a una semejanza con el presidente Wilson... ¡Pillos, queréis atraparme por Mi patriotismo americano! Además, también recuerdo al Profeta; pero, modestamente, no dicen a cuál.

En todo caso, ciertamente que no será a Mahoma.

Mi repugnancia por el matrimonio es conocida en todas las agencias telegráficas.

Es difícil saber de qué porquerías nutro Yo a mis hambrientos reporteros. Como experto criador de cerdos, miro con espanto toda esta inmundicia envenenada; pero ellos se la comen y viven..., aunque verdad es que algunos no se puede decir que engorden.

Ayer, en una mañana espléndida, he volado so bre Roma y sobre la campiña romana. Qué, ¡me vas a preguntar si he visto la casa de María? No, no la he visto: ¿cómo se puede encontrar un grano de arena entre otros granos? Además, no la busqué; tenía miedo de la altura.

Pero mis excelentes reporteros, que esperaban abajo con impaciencia, se quedaron asombrados de mi valor y mi sangre fría. Un hombrón robusto, enojado y barbudo, que me recordaba a Aníbal, fué quien primero se apoderó de mí, preguntándome: —¿No es verdad, míster Wunderhood, que apenas en el aire y dueño de este indomable elemento os habéis sentido lleno de orgullo por el hombre, que lo ha conquistado?...: Me repitió su frase desde el principio para hacérmela recordar mejor: parece que todos estos periodistas no confían mucho en mi inteligencia y me sugieren las respuestas oportunas. Pero Yo alargo las brazos y respondo amargamente: —Nada de eso, señor. Sólo una vez he sentido orgullo por la obra del hombre, y fué... en el retrete del vapor Atlante.

—¡Oh! ¡En el retrete? ¿Pero qué sucedió? ¿Quizá... en la tempestad?, y os ha impresionado el genio del hombre, que la ha domado.

—No ocurrió nada extraordinario. Me conmovió el genio del hombre, que de una necesidad tan sucia como el retrete haya sabido hacer un verdadero palacio...

—¡Oh! ¡Qué digo, un verdadero templo, del que os sentís el arcipreste!

—¿Me permite que tome nota? Es éste un modo tan.... tan original de enfocar la cuestión...

Y hoy la Ciudad Eterna ha estado digiriendo todo esto. Y no sólo no me han expulsado de la ciudad, sino que hasta he recibido visitas oficiales: algo así como un ministro o un embajador, o alto cocinero de corte, que me ha empolvado largo rato de azúcar y caramelos, como si fuera Yo un pudding. Hoy mismo devuelvo estas visitas; no es agradable conservar estas cosas para uno.

Me parece superfluo decir que ya tengo un sobrino. Todo americano tiene un sobrino en Europa, y el mío no es peor que los demás. Se llama él también Wunderhood; está de agregado en alguna Em bajada, es muy exquisito y lleva la cabeza tan embadurnada que Mi beso se habría convertido en comida, de agradarme los perfumes. Pero hay que sacrificarle algo, sobre todo el olfato. Mi beso no Me ha costado un céntimo y al joven le ha abierto un largo crédito para nuevos perfumes y jabones.

¡Pero basta! Cuando miro estos gentlemen y estas ladies y pienso que son parecidos a los de la corte de Assurbanipal y que durante dos mil años las monedas de plata de Judas han continuado dando frutos, como su beso, me fastidia tomar parte en esta vieja y vulgar representación.

¡Ah! Yo ansío una gran representación que tenga por palco proscenio al sol; busco frescura y talento; necesito una línea bella y audaces recodos..., y con esta compañía me estoy convirtiendo tan sólo en una vieja máscara. O quizá no soy sino un comparsa.

Pero de cuando en cuando Me paro a pensar que, decididamente, no valía la pena de emprender un viaje tan largo y cambiar... el viejo, suntuoso, pintoresco infierno por esta indecente imitación suya.

¡Qué lástima que Magnus y su Virgen no quieran recitar un poco conmigo... Habíamos recitado un poco... ¡pero sólo un poco!

Sólo he logrado pasar una mañana con interés y hasta con cierta agitación. Un grupo de señoras y señores muy serios, deseosos de creer a su manera, Me han invitado a leer una oración dominical en una pequeña iglesia libre. Me puse el frac, con el que me parezco a Toppy, y ejecuté ante el espejo algún gesto particularmente expresivo; y después, en automóvil, como un profeta moderno, caí en la reunión. Mi tema o «texto» era la alocución de Jesús al joven rico, con el consejo de distribuir los bienes a los pobres; en media hora demostré como dos y dos son cuatro que el amor por el prójimo es la mejor colocación del capital. Como buen americano práctico y cauto, he demostrado que no hay necesidad de tratar de apoderarse de todo el reino de los cielos de una vez y desembolsar de golpe todo el capital: se puede, con pequeños desembolsos graduales, asegurarse algún pequeño trozo seco, situado sobre una alta montaña, con espléndidas vistas de alrededores.

Los rostros de los feligreses tomaron una expresión meditabunda: parecían calcular, y después se despejaron de un golpe: el reino de Dios en estas condiciones resulta conveniente para todos.

Desgraciadamente, asistía a la reunión un compatriota mío, hombre de comprensión demasiado rápida, el cual inmediatamente se levantó para proponer una sociedad anónima... Con toda una cascada de sentimentalismo pude calmar, no sin gran dificultad, su ardor religioso...

¿Qué cosa habrá de la que no haya hablado?

Hablé, gimiendo, de mi triste juventud, pasada entre el trabajo y las privaciones; vertí lágrimas sobre la memoria de mi pobre padre, muerto en una fábrica de cerillas; sollocé, apretando los dientes, sobre mis hermanos y mis hermanas en Cristolos cuales daban tales lamentos que los periodistas pudieron hacer acopio de canards para seis meses, ¡Cómo hemos llorado!

Me atravesó el escalofrío de la humanidad, y, con un gesto decidido, agarré el tambor de mis millones y, ¡dun, dun!: todo para los hombres, ¡ni siquiera un céntimo para Mí: ¡dun, dun!

Con una insolencia merecedora de que me apalearan, terminé con las palabras del inolvidable Maestro: «Venid a Mí vosotros los afligidos y oprimidos: Yo os consolaré.» ¡Ah qué lástima que no tenga facultad para hacer milagros! En aquel momento cualquier milagro pequeño, práctico, como la transformación del agua de la jarra en un Chianti ácido o uno de los oyentes en un cesto de lechugas no habría sido su perfluo. ¿Te sonríes con desdén, lector terrestre?

No lo hagas. Recuerda que lo sobrehumano es inexpresable en tu lengua ventrílocua, y mis palabras no son otra cosa sino una desdichada máscara de mis pensamientos.

¡María!

Podrás leer mi éxito en los periódicos. Pero un bufón me ha echado a perder el humor: un miembro del Ejército de Salvación me ha propueto agarrar inmediatamente las trompetas y llevar el ejército a la batalla... Eran posturas demasiado baratas, y mandé a paseo a él y a su ejército.

¡Pero Toppy!... Mientras íbamos camino de casa callaba solemnemente; al final Me dijo, seco y respetuoso: —Hoy ha estado usted muy en vena, míster Wunderhood. ¡Casi me ha hecho usted llorar! ¡Qué lástima que no le hayan oído Magnus y su hija!...

¿Aquélla, se acuerda? Ella hubiera variado su opinión sobre nosotros.

' Comprenderás que me dieron ganas de arrojar por la ventanilla del auto a este adulador poco feliz. Sentía nuevamente dentro de mis pupilas la mirada penetrante de sus ojos; y no con tanta desenvoltura abre el mozo del bar la lata de conservas como estuve Yo de nuevo abierto y distribuído sobre los platos y ofrecido a la atención del público que abarrotaba la calle. Me calé bien la chistera, me alcé el sobrecuello, y, semejante a un actor trágico que haya hecho fiasco, silenciosamente, sin responder a los saludos, Me retiré a mis habitacio nes. ¿Cómo podía responder a los saludos no llevando conmigo un bastón?

He rechazado todas las invitaciones para hoy y paso la velada en casa. «Estoy sumergido en meditaciones religiosas.» El hallazgo es de Toppy, que parece que ha vuelto a respetarme.

Delante de Mí tengo whisky y champaña. Lentamente y con disgusto beborroteo el líquido y escucho la música lejana que viene del comedor. Debeestarse celebrando allí algún concierto famoso.

Al parecer, mi Wunderhood era un discreto borracho, y Me mete todas las noches en libaciones, con mi consentimiento. Afortunadamente, su borrachera es alegre, no turbulenta, y pasamos discretamente las horas. Primero observamos el ambiente, con los ojos cerrados, y, sin querer, calculamos cuánto pueda costar todo: bronces, tapices, los espejos venecianos y lo demás—¡tonterías!—; juzgamos y, presuntuosamente, profundizamos en la consideración de nuestros millones, en nuestro poder, nuestro carácter e ingenio considerable. A cada vaso nuestra delicia es más grande y enervante. Con gozo nos sumergimos en el lujo barato del hotel, y ¡figúrate! Yo empiezo de veras a tomarle gusto y a amar los bronces, tapices, el vidrio y las piedras.

El puritano Toppy condena el lujo, que le recuerda Sodoma y Gomorra; pero le va a ser difícil alejarme de estos pequeños placeres sensuales...

¡Habrá tontería!' Después escuchamos de mala gana y con pre!

sunción la música, y, tras de ella, tarareamos fuera de tono motivos que no conocemos; hacemos placenteras y edificantes consideraciones sobre los escotes de las señoras, si es que las hay, y con paso demasiado pesado nos dirigimos hacia el lecho. ¿Pero qué Me sucedió una vez?

He aquí: entonces... nos preparábamos ya a irnos a dormir, cuando un incauto sonido de violín... y al instante Me invade un torbellino de tempestuosas lágrimas, de amor y de angustia. Lo sobrenatural se hace inexpresable: soy extenso como el espacio, profundo como la eternidad, y en cada aliento mío Yo contengo todo. ¡Qué angustia! ¡Qué amor! ¡María! ¡Pero Yo no soy sino un lago sepultado en el estómago de Wunderhood, y las tempestades que Me agitan no turban siquiera su pesado paso! ¡No soy en su estómago sino un gusano solitario, contra el cual busca él en vano un remedio! Llamamos al camarero: ¡Soda!» Estoy sencillamente borracho. ¡Hasta la vista, señores; buenas noches!»

18 de febrero de 1914.

Roma. Hotel Internacional.

Ayer estuve en casa de Magnus. En verdad que me ha hecho esperar gran rato en el jardín, y apareció con tal aire de fría indiferencia que me entra ron ganas en seguida de volverme. He notado en su barba negra algún hilo blanco que antes no había visto... ¿Quizá María no se encuentra bien?

Me he preocupado. Aquí en la tierra es todo tan frágil que a un hombre del que nos hayamos separado hace una hora se le puede en seguida buscar en vano hasta la eternidad.

—María está bien, muchas gracias—ha respondido fríamente Magnus; y por sus ojos cruzó el asombro, como si mi pregunta le hubiera parecido inconveniente e insolente. ¿Y cómo van sus asuntos, míster Wunderhood? Los periódicos romanos están llenos de noticias sobre usted. Tenéis un gran éxito.

Con amargura, hecha aún más aguda por la ausencia de María, hice partícipe a Magnus de mi desilusión y aburrimiento. Hablaba discretamente, no sin sarcasmo e ironía; cada vez más Me irritaba la desatención y el aburrimiento estampado con todas sus letras en la cara pálida de Magnus. El no ha sonreído ni siquiera una vez, ni Me ha vuelto a preguntar. Y cuando relaté lo del sobrino de Wunderhood, arrugó la frente con desprecio y me dijo de mala gana: —Huf! Esto no es mas que una farsa de variétés. ¿Cómo puede usted ocuparse en semejantes pequeñeces, míster Wunderlood?

Respondí con vehemencia: —No soy Yo quien Me ocupo, señor Magnus.

—¿Y las interviús? ¿Es eso lo que quiere? Debió usted echarlos, míster Wunderhood; esto humilla...| sus tres millares de millones. ¿Es cierto que ha leído usted un sermón?

El entusiasmo de la recitación se había evadido, y de mala gana, como también de mala gana escuchaba Magnus, le hablé de la plática y de aquellos serios creyentes que se habían tragado el sacrilegio como si fuera mermelada.

—¿Pero es que esperaba usted otra cosa, míster Wunderhood?

—Esperaba que Me apalearían por esta insolencia. Cuando parodié sacrílegamente las hermosas palabras del Evangelio...

—Sí, son palabras hermosas confirmaba Magnus. ¿Pero no sabe usted todavía que todo culto y toda fe es un sacrilegio? Si una simple hostia es considerada por ellos como el cuerpo de Cristo, si a un Sixto o a un Pío cualquiera se le llama, tranquilamente, con el consentimiento de todos los católicos, Vicario de Cristo, ¿por qué entonces a nosotros o a un americano del Illinois no le ha de estar permitido al menos ser... el Gobernador civil de Cristo? Esto no es un sacrilegio, míster Wunderhood; es sencillamente una alegoría necesaria para las cabezas rudimentarias, y usted se altera en balde. ¿Pero cuándo emprende usted el asunto?

Con una tristeza admirablemente simulada alargo los brazos: — Quiero hacer, mas no sé qué hacer. Probablemente no me decidiré a nada hasta que usted, Magnus, esté dispuesto a prestarme su ayuda. El detiene bruscamente sus dos grandes manos blancas y dice después: —Míster Wunderhood, es usted demasiado confiado; es un gran defecto... cuando se poseen tres mil millones. No puedo serle útil; nuestros caminos son distintos.

—Pero, querido Magnus...

Me pareció que de buena gana me habría pegado por este ternísimo querido que Yo tarareé en el mejor falsete. Pero si la cosa lleva camino de boxeo, ¿por qué no hablar más extensamente? Con toda la dulzura que se ha acumulado en Mí desde que estoy en Roma miré a la cara huraña de mi amigo y canté en un falsete aún mas tierno: —¿Y de qué nacionalidad es usted, querido..señor Magnus? No sé por qué me parece que no es usted italiano.

Respondió con indiferencia: —No, no soy italiano.

—Entonces su patria...

—¡Mi patria!... Omne solum liberum libero patria. Probablemente usted no conoce el latín. La frase, míster Wunderhood, quiere decir: toda tierra libre es la patria del hombre libre. ¿Pero no quiere usted quedarse a comer conmigo?

La invitación fué hecha en un tono tan glacial y tan bien subrayado el anuncio de que no estaría María, que me vi obligado a rechazar cortésmente. ¡El diablo se lleve a este hombre! En realidad Yo no estaba contento. Hubiera querido derramar en su chaleco unas pocas lágrimas since ras, pero él enarenaba las raíces de todo impulso mío noble.

Tras de un suspiro, y poniendo una cara significativa, paso a otra parte de mi recitación, ya preparada para ser dicha exactamente a María; bajando la voz: —Quiero ser franco con usted, señor Magnus.

En mi pasado... existen páginas obscuras que quiero expiar... Yo...

El Me interrumpe con presteza: — En todo pasado hay páginas obscuras, míster Wunderhood, y yo mismo no soy tan irreprochable que pueda aceptar la confesión de un caballero tan digno. Soy un mal confesor—añadió con la más antipática sonrisa—; yo no perdono a quien se arrepiente y así se pierde la dulzura de la confesión. Mejor será que me cuente algo del... sobrino de usted. ¿Es joven?

Hablamos del sobrino. Magnus sonreía complacido.

Después guardamos un poco de silencio. Luego Me preguntó Magnus si había visitado los museos del Vaticano, y me despedí rogándole que transmitiera mi saludo a la señorita María. Tenía, lo confieso, un aspecto bastante envilecido, y experimenté un sentimiento de viva gratitud para Magnus cuando, como saludo, pronunció estas palabras: — No me guarde rencor, mister Wunderhood.

Me encuentro un poco mal y... estoy algo preocu pado por mis asuntos: un acceso de misantropía sencillamente. Espero que otra vez seré un interlocutor más agradable; por esta mañana, perdóneme.

Transmitiré su saludo a María.

Si este bravo barbudo negro recitaba, hay que convenir en que he encontrado un digno adversario. Una docena de negritos no bastarían para lamerme toda la miel que inundó mi cara a la sola promesa avara de Magnus: transmitir mi saludo a María. Hasta que llegamos al hotel fuí sonriendo a las espaldas revestidas de cuero del chófer e hice feliz a Toppy con un beso en el sincipucio—¡la canalla huele siempre como un diablillo!

—Veo que no ha hecho usted el viaje en balde —dice con intención Toppy—. ¿Cómo va esa...

¿comprende?... la hija de Magnus.

—A las mil maravillas, Toppy. Dice que Yo le recuerdo, por belleza y sabiduría, a Salomón.

Toppy sonríe benévolamente, y la miel y el azúcar desaparecen de mi rostro y le substituyen el vinagre y la bilis.

Me encerré largo tiempo en la habitación, pensando en Satanás que se enamora de una mujer.

Cuando tú te enamoras de una mujer, ¡oh mi terrestre camarada!, y empiezas a temblar de amor cual si tuvieras fiebre, ¡crees tú ser original? Yo no. Yo veo todas las copias—de Adán a Eva—, veo sus besos y sus caricias, oigo sus palabras, condenadas a ser siempre iguales, y mi boca se me hace odiosa porque se atreve a repetir palabras de otro; y se Me hacen odiosos mis ojos, que repiten miradas de otro, y mi corazón, que se presta fácilmente a dejarse dar cuerda como un reloj. Veo los coitos de todas las bestias, siento sus mugidos de ternura condenados a ser siempre iguales; y Me repugna este acto de sumisión de mis huesos, de mi carne y de mis nervios, argamasa maldita por todos. ¡Estáte alerta, ¡oh espíritu encarnado!: sobre ti se cierne el huracán!

¿No quieres llevarte a María, ¡oh compañero terrestre! Tuya es y no mía. ¡Ah!, si María fuese mi esclava... Yo le ataría una cuerda al cuello y la llevaría desnuda al mercado: ¿Quién la quiere comprar? ¿Quién me da más por la belleza terrestre?

¡Oh, no os aprovechéis del pobre mercader ciego: abrid más las bolsas, haced que resuene más el oro, generosos señores!» «¡Pero ella no quiere moverse!» ¡No tema, señor; te seguirá y te amará...; no es sino su pudor de virgen! Mire, le pegaré con el extremo de la cuerda, ¿quieres? La llevaré hasta tu alcoba, hasta tu misma cama, buen seño! ¡Tómala con toda la cuerda, la cuerda te la doy gratis! ¡Líbrame de la belleza celeste! Tiene la cara de la Virgen y es la hija del estimadísimo Tomás Magnus; padre e hija han robado: él, el nombre y las manos blancas; ella, el rostro purísimo. ¡Ah!...» Pero me parece haber comenzado a recitar contigo, mi terrestre lector. Es un error, me equivoqué al coger la copia. No, no es una equivocación, es peor. Yo recito porque mi soledad es inmensa y muy profunda—¡temo que no tenga fondo!—. Me pongo en el borde del abismo y dejo caer las palabras allá, un gran número de palabras pesadas, y caen sin ruido. Arrojo allí risas, amenazas, sollozos, esputos; hago precipitar montones de piedra, bloques de roca, vuelco montañas, ¡y el abismo sigue siempre hueco y sordo! No; en verdad que este abismo no tiene fondo, compañero; no nos car semos y sudemos en vano.Pero descubro tu sonrisa y tus astutos guiños; tú has comprendido por qué he comenzado a hablar de la soledad, lloriqueando... ¡Ah, es el amor!

¿Y quieres preguntarme si tengo amantes? Tengo dos. Una condesa rusa y otra condesa italiana. Se diferencian en el perfume; pero ésta es una diferencia tan poco substancial, que amo igualmente a las dos.

¿Me preguntas además si volveré a casa de Tomás Magnus?

Sí, volveré a su casa. Le quiero mucho. No importa que su nombre sea un nombre ficticio y que su hija tenga la insolencia de parecerse a la Virgen.

Yo mismo no soy del todo el Wunderhood de quien llevo el nombre para sofistiquear sobre nombres, y Yo mismo me he humanizado demasiado para no perdonar a los demás un intento de divinización.

Juro por la salvación eterna que uno vale por lo otro.

,

21 de febrero de 1914.

Roma. Villa Orsini.

Me ha visitado el cardenal X, el amigo más íntimo y predilecto del Papa y, según dicen—es la frase consagrada—, su más probable sucesor. Le acompañaban dos abates. En resumen: es un personaje de muy grande importancia y su visita Me hace un no pequeño honor. Me dirigí a encontrar a Su Eminencia a la sala de recepción de mi nuevo palacio, y pude observar cómo sabe Toppy zamparse bajo las manos de los curas y cardenales, atrapando bendiciones con más solicitud que un Don Juan los besos de una dama. Seis piadosas manos apenas si daban abasto para satisfacer a un diablo poseído de devoción; y ya bajo el trono de mi estudio había logrado colocaise debajo del estómago del cardenal. ¡El éxtasis!

El cardenal X habla todas las lenguas europeas; pero, en homenaje a la bandera estrellada y a mis miles de millones, habló en inglés.

La conversación se inició con las felicitaciones que Me hizo el cardenal por la adquisición de la Villa Orsini; Me hizo doscientos años de historia detallada de mi morada. Esta inesperada historia, muy larga, en algunos pasajes no del todo comprensible, Me ha obligado a tener atentas, con envilecimiento, las orejas como un verdadero asno americano... En cambio, pude observar bien a mi respetable y demasiado docto huésped.

EL DIARIO DE SATANÁS.99 No se puede todavía decir que es viejo; es ancho de espaldas, robusto; ciertamente la estructura de su cuerpo es muy fuerte y sana. Su cara es de rasgos enérgicos, casi cuadrada, de color ligeramente aceitunado, con manchas azuladas en los sitios afeitados; las manos, igualmente obscuras, pero muy finas y bellas, atestiguan su sangre española—antes de consagrarse a Dios el cardenal era duque y grande de España.

Pero sus ojos negros son demasiado pequeños y están demasiado hundidos bajo las fuertes sobrecejas, y la distancia entre la breve nariz y los labios finos es demasiado grande...; todo esto Me recuerda a alguien. ¿Pero a quién? ¡Y de qué modo extraño Me recuerda a alguno!... Cierto, a un santo cualquiera...

En cierto momento el cardenal se queda pensativo, y de repente descubro a quien me recuerda: ¡se trata simplemente de una vieja mona afeitada! ¡De ahí su aire pensativo, solemne y triste, el pequeño fuego maligno en sus estrechas pupilas!

Pero hacía ya un instante que reía el cardenal, y recitaba con expresiones en el rostro y gestos.de lazzarone napolitano; no narraba la historia de Mi palacio, no; ¡la recitaba como un monólogo dramático!

Tiene cortos los brazos, no de mono, y cuando los agita parece más bien un pingüino, mientras que su voz recuerda al papagayo parlante... ¿Pero quién eres, entonces? ¡No, una mona no! De nuevo ha comenzado a reír, y Yo recuerdo que no sabe reír. Habiendo aprendido desde ayer tan sólo este arte humano, le agrada mucho reír; pero cada vez encuentra con dificultad la risa en su laringe, y los sonidos le destrozan, y grazna, gime casi.

No es posible hacer eco a esta risa extraña: es contagiosa, pero inmediatamente se quiebra entre las mandíbulas, y los dientes y los músculos se hacen como de madera. Todo esto es extraordinario.

Estaba francamente enfrascado en estas observaciones, cuando el cardenal X interrumpió de pronto sus lecciones sobre Villa Orsini con un acceso de risas—relinchos; después se calmó y calló.

Con sus finos dedos pasaba en silencio las cuentas de un rosario, Me miraba con una expresión de profundísima devoción y ternísimo amor: algo así como una lágrima brillaba en sus ojos negros: ¡le agradaba tanto, Me amaba tanto!

Distraído por aquella pausa improvisada, el tren de mis pensamientos se lanzaba ya por el declive; callaba Yo también y—¿qué hacer?—miraba con igual ternura su rostro cuadrado de mona. La ternura se transformaba en amor, el amor se convertía en pasión, y seguíamos callados... ¡Si continuamos un instante más nos ahogamos en recíprocos abrazos!

—Ya está usted en Roma, mister Wunderhood — dice canturreando la vieja mona, sin cambiar su mirada amorosa. Ya estoy en Roma—confirmo Yo, sumiso, siguiendo mirándole con la misma pasión pecaminosa.

—¿Sabe, mister Wunderhood, por qué he venido a verle..., aparte, claro está, del placer de conocerle... y demás?

Pensé un poco, y con la misma mirada ardiente repuse: —¿Por dinero, Eminencia?

El cardenal hizo chocar secamente los dedos, rióse, Me dió un golpecito en las rodillas, y de nuevo se quedó parado en la contemplación de mi nariz.

Esta muda adoración, a la que Yo respondía con un fuego redoblado, comenzaba a ponerme en un estado extraño.

Relato esto tan al detalle para que comprendas, lector, cuál fué mi deseo en aquel momento: echarme a rodar como una bola, cantar como un gallo, contar la anécdota más picante de Arkansas, o proponer sencillamente a Su Eminencia que se remangara la sotana y se pusiera a jugar conmigo al paso y la uva.

—Su Eminencia...

—Yo amo mucho a los americanos, míster Wunderhood.

—Cuéntase, Eminencia, que en Arkansas...

—¿Quiere que lleguemos presto al asunto? Comprendo su impaciencia: los asuntos financieros requieren rapidez, ¡no es así?

—Depende de la silla que usted ocupa, Eminencia. La cara del cardenal se volvió seria y pasó por sus ojos una sombra de amoroso reproche: —No me eche en cara mi fogosidad, míster Wunderhood. Amo tanto la historia de nuestra ciudad, que no he resistido a la tentación... Pero ¿es que acaso esto que ve usted ahora es Roma? Míster Wunderhood, Roma ya no existe. En un tiempo ésta era la Ciudad Eterna, y ahora no más que una gran ciudad que cuanto más grande se hace tanto más se aleja de la eternidad. ¿Dónde está el gran espíritu que la protegía?

No tengo la intención de referirte toda la monserga del purpúreo papagayo, ni hablarte de sus tiernas, miradas de caníbal, sus muecas y sus risas. Esto Me dijo la vieja mona, ya a punto de calmarse: — Su desgracia consiste en esto, míster Wunderhood: que usted ama demasiado a los hombres...

— Ama a tu prójimo...

—Eso, que se amen los unos a los otros, enseñarlo a los hombres, sugerirlo, ordenárselo; ¡pero para usted de qué puede servirle esto? Cuando se ama demasiado no se distinguen los defectos del ser amado y, lo que es aún peor, se aumentan las virtudes. ¿Cómo queréis corregir a los hombres y hacerlos felices no conociendo sus defectos y tomando los vicios por virtudes? Cuando se ama se disculpa, y la disculpa mata la fuerza. Mire, míster Wunderhood, quiero ser completamente franco con usted, y he de decirle: el amor es debilidad. El amor os limpiará el bolsillo de dinero y se lo gastará en... colorete. Dejad el amor para los que están abajo, exigidlo de ellos... ¡Pero usted, con esa posición tan elevada, con la fuerza que le da el...!

—Pero ¿qué debo hacer, Eminencia? Estoy desorientado. Cuando niño, y precisamente en la iglesia, Me enseñaron que el amor es necesario; lo creí, y ahora...

El cardenal se quedó pensativo. A la risa sucedió la turbación, que de improviso dió a su cara cuadrada un aire triste, abatido y un poco bufamente solemne. Con los sutiles labios apretados hacia fuera, las sienes apoyadas en la palma de la mano, estaba inmóvil, fijos y llenos de tristeza los ojos agudos y hundidos. Parecía esperar el final de mi frase; peró como éste no llegaba, suspiró y comenzó a mover ls pestañas.

—La infancia, sí...—murmuraba, sin dejar de mover las pestañas con igual tristeza—. Los niños, sí; pero ahora ya no es usted un niño. Olvide todo eso. El olvido es un don maravilloso, ¡sabe?

Hizo rechinar ligeramente sus dientes blancos y se rascó significativamente la nariz con sus finos dedos. Después continuó: —Pero da igual, míster Wunderhood. Solo nada puede usted hacer... ¡Sí, sí! Para hacer felices a los hombres es preciso conocerlos, y los hombres sólo la Iglesia los conoce. Ella ha sido la madre y educadora de innumerables generaciones; su experiencia es única y, puedo decirlo, infalible. Por lo que conozco de vuestra vida, es usted un experimentado criador de animales, míster Wunderhood. Cierta mente sabe lo que vale la experiencia, aun tratándose de seres tan poco complicados como...

Como los puercos.

El, asustado, mira en dirección Mía moviendo las pestañas, y comienza a gañir, a crujir, a mugir: de esa manera ríe él.

—¡Puercos? Está muy bien, es maravilloso, míster Wunderhood; pero no olvidéis que en ellos a veces penetra el demonio.

Habiendo terminado de reír, prosigue: —Enseñando aprendemos. No diré que todos los métodos de educación y corrección adoptados por la Iglesia hayan sido igualmente felices. No, hemos cometido también errores; pero cada error nos traía una revisión de nuestros métodos...; de paso nos perfeccionamos, míster Wunderhood, ¡nos perfeccionamos!

Aludí al rápido progreso del racionalismo, que en un futuro no muy lejano amenaza de ruina a la Iglesia perfeccionada»; pero el carderal comenzó de nuevo a agitar las cortas alas, alborotando con grandes risas: —¡Racionalismo! Pero veo que tiene usted un talento indiscutible de humorista, míster Wunderhood. Dígame, el fam oso Mark Twain ¡no es compatriota suyo? ¡Sí, sí, el racionalismo! ¿Recuerda usted de qué palabra se deriva, qué cosa significa ratio? An nescis, fili mihi, quanta sapientia regitur orbis? ¡Ah querido Wunderhood, hablar de ratio an esta tierra es aún más inoportuno que mentar la cuerda en casa del ahorcado! Observaba cómo se divertía la vieja mona, y Yo mismo me ponía de buen humor. Miraba dentro de este conjunto de macaco, papagayo, pingüino, zorro, lobo—¡y qué más todavía?—, y la alegría se apoderaba también de Mí: Yo amo los suicidios alegres.

Nos hemos divertido todavía un buen rato con la mísera ratio hasta que Su Eminencia se calmó y pasó a un tono de preceptor: — Como el antisemitismo es el socialismo de los idiotas...

—¡Conoce usted también...?

—¡Nos perfeccionamos!... Así, pues, el racionalismo es el intelecto de los tontos. Unicamente un tonto rematado se para en la ratio; el inteligente va más allá. Pero hasta para el tonto de remate su ratio no es mas que un traje de fiesta, el chaquet que se pone para los demás, mientras él vive, duerme, trabaja, ama y muere aullando de espanto, sin ninguna ratio. ¿Tiene usted miedo a la muerte, mister Wunderhood?

No quise responder y me callé.

—No tenga reparo, míster Wunderhood. Es preciso temerla. Y mientras exista la muerte...

La mona afeitada puso de improviso una cara de espanto, y el horror y la maldad se reflejaron en sus ojos como si alguien le hubiese cogido por el cuello y de golpe la hubiese arrojado allí en el vacío, en las tinieblas y en el horror de las selvas primitivas. El cardenal temía la muerte, y su horror era tenebroso, perverso e infinito. No me hacían falta palabras ni pruebas. Me bastaba sólo con mirar la cara alterada, lúgubre y extraviada del hombre para inclinarme humilde y sumiso al Gran Inquisidor (1).

Aquí precisamente reside toda la fuerza de ellos; hasta mi Wunderhood palidece y se altera... ¡Ah pícaro! ¡Ahora viene a pedirme protección y ayuda!

—No quiere vino, Eminencia?

Pero la Eminencia ya se ha repuesto. Pliega los labios con una sonrisa y mueve negativamente la cabeza, que le debe pesar bastante, a lo que parece.

Y mientras exista la muerte la Iglesia será indestructible. Sacudidla todos, minadla, tratad de hacerla estallar y saltar por el aire: no lo conseguiréis. Y aunque lo consiguieseis, vosotros mismos seríais los primeros en perecer bajo sus ruinas.

¿Quién os protegerá entonces de la muerte? ¿Quién os dará entonces la dulce fe en la inmortalidad, en la vida eterna, en la beatitud?... Créame, míster Wunderhood, el mundo, en realidad, no pide vuestra ratio; es una equivocación..

—¿Pero entonces qué quiere, Eminencia?

—¿Qué quiere? Mundus vult decipi... ¿Conoce usted nuestro latín?: el mundo quiere ser engañado.

Y la vieja mona se alegra otra vez, y comienza a menear los párpados, a hacer muecas, golpearse en las rodillas, ahogando una risa lamentable. Tam(1) El autor alude al pasaje de Los hermanos Karamasof, de Dostojewski, en que el Gran Inquisidor expone a Cristo su programa para hacer a los hombres felices y devotos por medio del engaño; Cristo, con su silencio, le prueba que él mismo es el primer enga ñado. N. del T. bién Yo me echo a reír: ¡es tan bufo este viejo truhán que juega con las cartas marcadas!

—¿Y precisamente sois vos quien queréis engañarlo?

El cardenal X se puso de nuevo serio y dijo con tristeza: —La Santa Sede necesita dinero, míster Wunderhood. Aunque el mundo no se ha hecho racionalista, por lo menos la fe se ha entibiado, y resulta, en verdad, difícil saber cómo hay que regularse con él.

Suspiró profundamente y continuó: —¿No es usted socialista, míster Wunderhood?...

Ah, ne vous gnez pas! Todos somos hoy socialistas, todos estamos al lado de los hambrientos. Que se coma mejor; cuanto más saciados estén, más la muerte..., ¡me comprende?

Alargó todo cuanto pudo los brazos para significar el anzuelo donde pica el pez, y en tono zum, bón dijo: —¡Somos pescadores, míster Wunderhood, modestos pescadores! Pero, dígame, ¡la aspiración a la libertad la considera usted como un vicio o como una virtud?

—Todo el mundo civilizado considera una virtud la aspiración a la libertad—respondí indignado.

—No esperaba otra respuesta de un ciudadano de los Estados Unidos. ¿Y usted personalmente no cree que quien da al hombre una ilimitada libertad le da también la muerte? ¿No es la muerte la única que libra de todas las ataduras terrestres? ¡Y no le parecen estas dos palabras, «libertad y muerte», dos simples sinónimos?

Esta vez la vieja mona consiguió, en verdad, pincharme en la séptima costilla: Me acordé de mi Wunderhood, dominé el contador y respondí evasivamente: —Hablo de la libertad política.

—¡Ah, de la política! ¡Oh, de ésa toda la que queráis! Claro está, si ellos la desean. ¿Estáis seguro que la reclamarán? ¡Oh!, entonces, le ruego, toda cuanta quiera... Es absurdo y calumnioso decir que la Santa Sede está siempre a favor de la reacción, y cosas parecidas... Yo he tenido el honor de ver desde un balcón del Vaticano a Su Santidad bendecir el primer aeroplano francés aparecido en el cielo de Roma; y el Papa que ha de venir—estoy persuadido no tendrá inconveniente en bendecir las barricadas. Los tiempos de Galileo ya pasaron, mister Wunderhood, y todos estamos ya hartos de saber que la Tierra gira.

Movió los dedos para indicar cómo gira la Tierra, y guiñó amigablemente los ojos, prometiéndome también a Mí una parte en su función de estafador.

Yo dije con dignidad: —Permítame, Eminencia, que medite sobre su proposición.

El cardenal X saltó de la poltrona y me golpeó ligeramente las espaldas con dos aristocráticos dedos: —¡Oh!, no le apremio, excelente mister Wunderhood. Estoy casi seguro que al principio os negaréis; pero una breve experiencia os persuadirá de lo que es necesario para la felicidad de los hombres...

También yo los amo, míster Wunderhood; en realidad, no muy apasionadamente, y...

Con las muecas de ritual se alejó, arrastrando la sotana y distribuyendo bendiciones. Le vi todavía, desde mi ventana, firme ante la escalinata, esperando el coche, que se retrasaba. Ligeramente vuelto decía algo a uno de los abates, respetuosamente inclinado; su cara ya no se parecía a la de una vieja mona; era más bien el rostro pelado, fatigado, de un león que tiene hambre. ¡Aquel hombre de talento no tenía necesidad de disfrazarse!

Detrás de él había un lacayo todo vestido de negro, parecido a un joven baronet inglés; cada vez que la mirada de Su Eminencia topaba con su cara o su persona él alzaba ligeramente su metálica chistera negra.

Una vez que Su Eminencia partió, fuí circundado por la multitud de amigos míos que hice poblaran las habitaciones posteriores de mi palacio para evitar la soledad y el aburrimiento.

Toppy estaba orgulloso y era feliz: había ingerido tantas bendiciones que hasta parecía más gordo. Pintores, decoradores, restauradores—¡y qué más?— se mostraron halagados con la visita del cardenal, y con sentimiento hablaban de la extraordinaria expresión de su rostro, de la majestuosidad de sus maneras: O, é un gran signore! (1). El mismo Papa...

(1) En italiano en el texto ruso.—N. del T Pero cuando Yo, con el candor de un piel roja, comuniqué que Me recordaba a una vieja mona afeitada, esta astuta canalla prorrumpió en risotadas y alguno, en un abrir y cerrar de ojos, dibujó un boceto de retrato del cardenal... ¡en una jaula!

Yo no soy moralista, para juzgar a los hombres por sus pequeños pecados—¡ya vendrá el día del Juicio final!, y admiré francamente el talento de estos burlones. Parece que ninguno de ellos cree mucho en mi excesivo amor por los hombres, y si se escarba un poco en sus mesas de trabajo, sin duda se podrá encontrar un discreto diseño presentando a Wunderhood bajo forma de asno. Esto me agrada. Con estos pequeños y agradables pecadores Me indemnizo del grande y desagradable hombre piadoso... de las manos ensangrentadas.

Después Toppy Me preguntó: —¿Y cuánto pide?

—Todo.

Toppy afirmó con decisión: —No le dé todo. Me ha prometido hacerme sacristán; pero, eso no obstante, no le dé mucho. ¡No hay que derrochar el dinero!

Diariamente Me suceden con Toppy historias desagradables: todos los días le meten moneda falsa. Cuando sucedió esto por primera vez se mostró muy confuso y aguantó tranquilamente mi reprimenda: —Positivamente te estás volviendo cada vez más estúpido, Toppy—le dije severamente. Es inconveniente que un diablo tan viejo se deje pasar papeles falsos. ¡Dejarse estafar! ¡Avergüénzate, Toppy! ¡Temo que me dejes en la calle!

Ahora Toppy, no distinguiendo entre el dinero bueno y el falso, trata de ahorrar uno y otro; es muy meticuloso en los asuntos financieros, y en vano el cardenal ha tentado corromperlo. ¡Pero Toppy es un sacristán!

La mona afeitada quiere los tres mil millones; ¡se ve bien que el estómago de la Santa Sede está en un lamentable estado! Observo con atención la caricatura del cardenal, y cada vez me gusta menos; no, no es eso. La comicidad de la figura está bien interpretada, pero falta aquella pequeña llama de maldad que se agita interrogativamente en las pupilas, bajo la tupida reja del espanto. Está bien interpretado el lado bestial y el humano, pero entrambos no se han fusionado en una máscara sobrenatural, la cual, ahora que no tengo ante mis ojos al cardenal en persona y no siento su extraña risa desacompasada, comienza a agitarme bastante desagradablemente. ¿Será también inexpresable lo sobrenatural con el lápiz?

En resumen, él no es sino un bergante de poca monta, no muy superior a un vulgar carterista, y no Me ha dicho nada nuevo; pero, sin embargo, es el facsín.ile del hombre, y hasta de la mente humana. Por eso se ríe tan furiosamente y con tanto desprecio de la ratio. El se ha descubierto así mismo, y... no to ofendas, lector, por mi cortesía toda americana—a través de sus espaldas, encorvadas por el miedo, se Me apareció tu querida imagen. Algo así como una visión, ¿comprendes?; y como si alguno te estrangulase, tú dabas alaridos hacia lo alto, con voz desencajada: «¡Guardias, auxilio!» ¡Ah, tú no posees la tercera concepción de la existencia, aquella que no es ni vida ni muerte, y Yo sé quién te estrangulará con sus huesudos dedos.

Y Yo lo sé.

¡Oh!, ríe del bufón, compañero; parece que te ha llegado el turno de divertirte.

Y Yo lo sé.

Alegre y sereno, Yo he venido a ti de las inmensas profundidades, consciente de mi inmortalidad..., y he aquí que empiezo a titubear, a temblar delante de este rostro afeitado de mona que se atreve a expresar con tanta majestuosa insolencia su miedo. ¡Ah!, Yo no he vendido mi inmortalidad: simplemente la he adormecido para siempre, como una incauta madre a su pequeño bebé; ella se ha descolorido bajo tu sol y la lluvia y se ha convertido en una tela transparente, sin dibujo, incapaz de cubrir la desnudez de un correcto gentleman. El agua putrefacta del estanque wunderhoodiano, en el que estoy sumergido hasta los ojos, se me pega en torno como un fango; sus vapores envenenados nublan mi conciencia y el hedor insoportable de la descomposición la ahoga. ¿Cuándo comienzas tú a descomponerte?, ¡oh compañero! ¡Al segundo, al tercer día, o según el clima? Yo me descompongo ya y Me estomaga el olor de mis vísceras. ¿Quizá tú estás habituado a este olor y confundas el tra bajo de los gusanos con el trabajo ascensional de los pensamientos y de la inspiración?

¡Dios mío, pero Me olvido que puedo caer también en manos de bellísimas lectoras! Le pido apresuradamente perdón, estimable lady, por esta inoportuna digresión sobre los olores. Yo soy un interlocutor poco agradable, milady, y un pésimo perfumista...; no, todavía peor: soy el resultado del repugnante acoplamiento entre Satanás y un oso americano, y, en verdad, no sé apreciar su benevolencia...

¡No! ¡Todavía soy Satanás! Aun no he olvidado que soy inmortal, y cuando lo ordene Mi voluntad Yo mismo llevaré Mis huesudos dedos a mi garganta.

¿Y si me olvido?... Entonces distribuiré mis bienes entre los pobres y Me arrastraré contigo, compañero, ante la vieja mona afeitada, y Me arrodillaré y pegaré mi rostro americano a sus pantuflas, de las que se esparce la bendición. Lloraré, aullaré de horror: ¡Sálvame de la Muerte!» Y la vieja mona se afeitará diligentemente todos los pelos, revestirá los hábitos sacerdotales esplendentes, y, temblando ella misma de horror, engañará apresuradamente al mundo, que brama de ansia de ser engañado.

Pero esto son bobadas. Quiero ser serio. El cardenal X me agrada, y le permitiré que se acerque un poco a mis miles de millones. Estoy cansado.

Hay que dormir. Mi lecho y Wunderhood Me esperan ya. Extinguiré la luz y en la obscuridad esou charé todavía un poco cómo trepida cansado Mi contador; después llegará el pianista genial, pero borracho, y comenzará a golpear sobre el teclado negro de mi cerebro. Se acuerda de todo y lo ha olvidado todo este genial borracho, y alterna los trozos inspirados con los sollozos.

Su nombre es el sueño.

EL DIARIO DE SATANAS.

  1. En Rusia los manicomios tienen pintadas las paredes exteriores de amarillo.— N. del T.