El filibusterismo - Tomo II (1911)/El ponente
XX
EL PONENTE
Cierto era lo que había dicho el P. Irene: la cuestión de la Academia de castellano, tanto tiempo ha presentarla, se encaminaba á una solución. Don Custodio, el activo don Custodio, el más activo de todos los ponentes del mundo según Ben-Zayb, se ocupaba de ella y pasaba los días leyendo el expediente y se dormía sin haber podido decidir nada; se levantaba al siguiente, hacía lo mismo, volvía á dormirse y así sucesivamente. ¡Cuánto trabajaba el pobre señor, el más activo de todos los ponentes del mundo! Quería salir del paso dando gusto á todos, á los frailes, al alto empleado, á la condesa, al P. Irene y á sus principios liberales. Había consultado con el señor Pasta y el señor Pasta le dejó tonto y marcado después de aconsejarle un millón de cosas contradictorias é imposibles; consultó con Pepay la bailarina, y Pepay la bailarina que no sabía de que se trataba, hizo una pirueta, le pidió veinticinco pesos para enterrar á una tía suya que acababa de morir de repente por quinta vez, ó por la quinta tía que se le moría según más latas explicaciones, no sin exigir que hiciese nombrar á un primo suyo que sabia leer, escribir y tocar el violín, auxiliar de Fomento, cosas todas que estaban muy lejos para inspirarle à don Custodio una idea salvadora.
Dos días después de los acontecimientos de la feria de Kiapo, estaba don Custodio trabajando como siempre, estudiando el expediente sin encontrar la dichosa solución. Pero mientras bosteza, tose, fuma y piensa en las piruetas y en las piernas de Pepay,
vamos á decir algo sobre este elevado personaje para que se comprenda la razón por qué el P. Sibyla le propuso para terminar tan espinoso asunto y por qué le aceptaron los del otro partido.
Don Custodio de Salazar y Sánchez de Monterredondo (a) (Buena Tinta), pertenecía á esa clase de la sociedad manilense que no da un paso sin que los periódicos le cuelguen por delante y por detrás mil apelativos llamándole infatigable, distinguido, celoso, activo, profundo, inteligente, conocedor, acaudalado, etc., etc., como si temiesen se confundiese con otro del mismo nombre y apellidos, haragán é ignorante. Por lo demás, mal ninguno resultaba de ello y la previa censura no se inquietaba. El Buena Tinta le venía de sus amistades con Ben-Zayb, cuando éste, en las dos ruidosísimas polémicas que sostuvo durante meses y semanas en las columnas de los periódicos sobre si debía usarse sombrero hongo, de copa ó salakot, y sobre si el plural de carácter debía ser carácteres y no caracteres, para robustecer sus razones siempre se salía con «cónstanos de buena tinta», «lo sabemos de buena tinta», etc., sabiéndose después, porque en Manila se sabe todo, que esta buena tinta no era otro que don Custodio de Salazar y Sánchez de Monterredondo.
Había llegado á Manila muy joven, con un buen empleo que le permitió casarse con una bella mestiza perteneciente à una de las familias más acaudaladas de la ciudad. Como tenía talento natural, atrevimiento y mucho aplomo, supo utilizar bien la sociedad en que se encontraba y con el dinero de su esposa se dedicó á negocios, à contratas con el Gobierno y el Ayuntamiento, por lo que le hicieron concejal, después alcalde, vocal de la Sociedad Económica de Amigos del País, consejero de Administración, presidente de la Junta Administrativa de Obras Pías, vocal de la Junta de la Misericordia, consiliario del Banco Español Filipino, etc., etc. Y no se crea que estos etcéteras se parecen á los que se ponen de ordinario después de una larga enumeración de títulos:
don Custodio, con no haber visto nunca un tratado de Higiene, llegó á ser hasta vicepresidente de la Junta de Sanidad de Manila; verdad es también que de los ocho que la componen sólo uno tenía que ser médico y este uno no podía ser él. Asimismo fué vocal de la Junta Central de vacuna, compuesta de tres médicos y siete profanos, entre éstos el arzobispo y tres provinciales: fué hermano de cofradías y archicofradías y como hemos visto, vocal ponente de la Comisión Superior de Instrucción Primaria que no suele funcionar, razones todas más que suficientes para que los periódicos le rodeen de adjetivos así cuando viaja como cuando estornuda.
A pesar de tantos cargos, don Custodio no era de los que se dormían en las sesiones contentándose, como los diputados tímidos y perezosos, con volar con la mayoría. Al revés de muchos reyes de Europa que llevan el título de rey de Jerusalén, don Custodio hacia valer su dignidad y sacaba de ella todo el jugo que podía, fruncía mucho las cejas, ahuecaba la voz, tosía las palabras y muchas veces hacía el gasto de toda la sesión contando un cuento, presentando un proyecto ó combatiendo á un colega que se le había puesto entre ceja y ceja. A pesar de no pasar de los cuarenta, hablaba entonces de obrar con tiento, de dejar que se maduren las brevas, y añadía por lo bajo, ¡melones!-de pensar mucho y andar con pies de plomo, de la necesidad de conocer el país, porque las condiciones del indio, porque el prestigio del nombre español, porque primero eran españoles, porque la religión, etc., etc. Todavía se acuerdan en Manila de un discurso suyo cuando por primera vez se propuso el alumbrado del petróleo para sustituir el antiguo de aceite de coco: en aquella innovación, lejos de ve la muerte de la industria del aceite, sólo columbró los intereses de cierto concejal-porque don Custodio ve largo-y opúsose con todos los ecos de su cavidad bucal, encontrando el proyecto demasiado prematuro y vaticinando grandes cataclismos sociales. No menos célebre fué su opinión á una serenata sentimental que algunos querían dar á cierto gobernador en la víspera de su marcha: don Custodio que estaba algo resentido por no recordamos qué desaires, supo insinuar la especie de si el astro veniente era enemigo mortal del saliente, con lo que atemorizados los de la serenata, desistieron.
Un día, aconsejáronle volver á España para curarse de una enfermedad del hígado, y los periódicos hablaron de él como de un Anteo que necesitaba poner el pie en la madre patria para recobrar nuevas fuerzas; más el Anteo manileño se encontró en medio de la Corte, tamañito é insignificante. Allí él no era nadie y echaba de menos sus queridos adjetivos. No alternaba con las primeras fortunas, su carencia de instrucción no le daba mucha importancia en los centros científicos y academias, y por su atraso y su política de convento, salía alelado de los círculos, disgustado, contrariado, no sacando nada en claro sino que allí se pegan sablazos y se juega fuerte. Echaba de menos los sumisos criados de Manila que le sufrían todas las impertinencias, y entonces le parecían preferibles; como el invierno le pusiese entre un brasero y una pulmonía, suspiraba por el invierno de Manila en el que le bastaba una sencilla bufanda, en el verano le faltaba la silla perezosa y el butà para abanicarle, en suma, en Madrid era él uno de tantos y, á pesar de sus brillantes, le tomaron una vez por un paleto que no sabe andar, y otra por un indiano, se burlaron de sus aprensiones y le tomaron el pelo descaradamente unos sablistas por él desairados. Disgustado de los conservadores que no hacían gran caso de sus consejos, como de los gorristas que le chupaban los bolsillos, declaróse del partido liberal volviéndose antes del año á Filipinas, si no curado del hígado, trastornado por completo en sus ideas.
Los once meses de vida de Corte, pasados entre políticos de café, cesantes casi todos; los varios discursos pescados aquí y allí, tal ó cual artículo de oposición y toda aquella vida política que se absorbe en la atmósfera, desde la peluquería entre tijeretazo
y tijeretazo del Fígaro que expone su programa hasta los banquetes donde se diluyen en períodos armoniosos y frases de efecto los distintos matices de credos políticos, las divergencias, disidencias, descontentos, etc., todo aquello, à medida que se alejaba de Europa renacía con potente savia dentro de sí como semilla sembrada, impedida de crecer por espeso follaje, y de tal manera que, cuando fondeó en Manila, se creyó que la iba à regenerar y en efecto tenia los más santos propósitos y los más puros ideales.
A los primeros meses de su llegada, todo era hablar de la Corte, de sus buenos amigos, del ministro Tal, ex ministro Cual, diputado C, escritor B; no había suceso político, escándalo cortesano del que no estuviese enterado en sus mínimos detalles, ni hombre público de cuya vida privada no conociese los secretos, ni podía suceder nada que no hubiese previsto, ni dictarse una reforma sobre la que no le hubiesen pedido anticipadamente su parecer y todo esto sazonado de ataques á los conservadores, con verdadera indignación, de apologías del partido liberal, de un cuentecillo aquí, una frase allá de un grande hombre, intercalando, como quien no quiere, ofrecimientos y empleos que rehusó por no deber nada á los conservadores. Tal era su ardor en aquellos primeros días que varios de los contertulios en el almacén de comestibles que visitaba de vez en cuando, se afiliaron al partido liberal y liberales se llamaron don Eugenio Badana, sargento retirado de carabineros, el honrado Armendia, piloto y furibundo carlista, don Eusebio Picote, vista de aduanas y don Bonifacio Tacón, zapatero y talabartero.
Sin embargo, los entusiasmos, faltos de aliciente y de lucha, fueron apagándose poco a poco. El no leía los periódicos que le llegaban de España, porque venían por paquetes y su vista le hacia bostezar; las ideas que había pescado, usadas todas, necesitaban refuerzo y no estaban allí sus oradores: y aunque en los casinos de Manila se juega bastante y se dan bastantes sablazos como en los círculos de la Corte, no
se permite en aquellos, sin embargo, ningún discurso para alimentar los ideales políticos. Pero don Custodio no era perezoso, hacia algo más que querer, obraba, y previendo que iba á dejar sus huesos en Filipinas y juzgando que aquel país era su propia esfera, dedicóle sus cuidados y creyóle liberalizarlo imaginando una serie de reformas y proyectos á cual más peregrinos. El fué quien habiendo oído en Madrid hablar del pavimento de madera de las calles de París, entonces no adoptado todavía en España, propuso su aplicación en Manila, extendiendo por las calles tablas, clavadas al modo como se ven en las casas; él fué quien lamentando los accidentes de los vehículos de dos ruedas, para prevenirlos discurrió que les pusieran lo menos tres; él fué también quien, mientras actuaba de Vicepresidente de la Junta de Sanidad, le dió por fumigarlo todo, hasta los telegramas que venían de los puntos infestados; él fué también quien, compadeciendo por una parte á los presidiarios que trabajaban en medio del sol y queriendo por otra ahorrar al gobierno de gastar en el equipo de los mismos, propuso vestirlas con un simple taparrabo y hacerlos trabajar, en vez de día, de noche. Se extrañaba, se ponía furioso de que sus proyectos encontrasen impugnadores, pero se consolaba con pensar que el hombre que vale enemigos tiene, y se vengaba atacando y desechando cuantos proyectos buenos ó malos presentaban los demás.
Como se picaba de liberal, al preguntarle qué pensaba de los indios solía responder, como quien hace un gran favor, que eran aptos para trabajos mecánicos y artes imitativas (él quería decir música, pintura y escultura), y añadía su vieja coletilla de que para conocerlos hay que contar muchos, muchos años de país. Sin embargo, si oía que alguno sobresalía en algo que no sea trabajo mecánico ó arte imitativa, en química, medicina ó filosofía por ejemplo, decía: i Psh! promeeete... ¡no es tonto! y estaba él seguro de que mucho de sangre española debía correr por las venas de tal indio, y si no lo podía encontrar á
pesar de toda su buena voluntad, buscaba entonces un origen japonés: empezaba á la sazón la moda de atribuir á japoneses y á árabes cuanto de bueno los filipinos podían tener. Para don Custodio el kudiman, el balitaw, el kzumingtang eran músicas árabes como el alfabeto de los antiguos filipinos y de ello estaba seguro aunque no conocía ni el árabe ni había visto aquel alfabeto.
-¡Árabe y del más puro árabe! decía á Ben-Zayb en tono que no admitía réplica: cuando más, chino.
Y añadía con un signo significativo:
-Nada puede ser, nada debe ser original de los indios, ¿entiende usted? Yo les quiero mucho, pero nada se les debe alabar pues cobran ánimos y se hacen unos desgraciados.
Otras veces decía:
-Yo amo con delirio á los indios, me he constituído en su padre y defensor, pero es menester que cada cosa esté en su lugar. Unos han nacido para mandar y otros para servir; claro está que esta verdad no se puede decir en voz alta, pero se la practica sin muchas palabras. Y mire usted, el juego consiste en pequeñeces. Cuando usted quiera sujetar al pueblo, convénzale de que está sujeto; el primer día se va á reír, el segundo va á protestar, el tercero dudará y el cuarto estará convencido. Para tener al filipino dócil, hay que repetirle día por día que lo es y convencerle de que es incapaz. ¿De qué le serviría por lo demás creer en otra cosa si se hace desgraciado? Créame usted, es un acto de caridad mantener cada ser en la posición en que está; allí está el orden, la armonía. En eso consiste la ciencia de gobernar.
Don Custodio refiriéndose à su política ya no se contentaba con la palabra arte. Y al decir gobernar extendía la mano bajándola á la altura de un hombre de rodillas, encorvado.
En cuanto á ideas religiosas preciábase de ser católico, muy católico, ¡ah! la católica España, la tierra de María Santísima... un liberal puede y debe ser católico donde los retrógrados se las echan de
dioses santos cuando menos, así como un mulato pasa por blanco en la cafrería. Con todo, comía carne durante la Cuaresma menos el Viernes santo, no se confesaba jamás, no creía en milagros ni en la infalibilidad del Papa y cuando oía misa, se iba á la de diez ó á la más corta, la misa de tropa. Aunque en Madrid había hablado mal de las órdenes religiosas para no desentonar del medio en que vivía, considerándolas como anacronismos, echando pestes contra la Inquisición y contando tal ó cual cuento verde ó chusco donde bailaban los hábitos ó, mejor, frailes sin hábitos, sin embargo, al hablar de Filipinas que deben regirse por leyes especiales, tosía, lanzaba una mirada de inteligencia, volvía á extender la mano á la altura misteriosa.
-Los frailes son necesarios, son un mal necesario, decía.
Y se enfurecía cuando algún indio se atrevía á dudar de los milagros ó no creía en el Papa. Todos los tormentos de la Inquisición eran pocos para castigar semejante osadía.
Si le objetaban que dominar ó vivir á costa de la ignorancia tiene otro nombre algo malsonante y lo castigan las leyes cuando el culpable es uno solo, él se salía citando otras colonias.
-Nosotros, decía con su voz de ceremonia, podemos hablar muy alto. No somos como los ingleses y holandeses que para mantener en la sumisión á los pueblos se sirven del látigo... disponemos de otros medios más suaves, más seguros; el saludable influjo de los frailes es superior al látigo inglés...
Esta frase suya hizo fortuna y por mucho tiempo Ben-Zayb la estuvo parafraseando y con él toda Manila, la Manila pensadora la celebraba ; la frase llegó hasta la Corte, se citó en el Parlamento como de un liberal de larga residencia, etc., etc., etc., y los frailes, honrados con la comparación y viendo afianzado su prestigio, le enviaron arrobas de chocolate, regalo que devolvió el incorruptible don Custodio, cuya virtud inmediatamente Ben-Zayb comparó con
la de Epaminondas. ¡Y sin embargo, el Epaminondas moderno se servía del bejuco en sus momentos de cólera, y lo aconsejaba!
Por aquellos días, los conventos, temerosos de que diese un dictamen favorable á la petición de los estudiantes, repetían sus regalos y la tarde en que le vemos, estaba más apurado que nunca, pues su fama de activo se comprometía. Hacía más de quince días que tenía en su poder el expediente y aquella mañana el alto empleado, después de alabar su celo, le había preguntado por su dictamen. Don Custodio respondió con misteriosa gravedad dando á entender que ya lo tenía terminado: el alto empleado se sonrió, y aquella sonrisa ahora le molestaba y perseguía.
Como decíamos, bostezaba y bostezaba. En uno de esos movimientos, en el momento en que abría los ojos y cerraba la boca, se fijó en la larga fila de cartapacios rojos, colocados ordenadamente en el magnífico estante de kamagón: al dorso de cada uno se leía en grandes letras: PROYECTOS.
Olvidóse por un momento de sus apuros y de las piruetas de Pepay, para considerar que todo lo que se contenía en aquellas gradas había salido de su fecunda cabeza en momentos de inspiración. ¡Cuántas ideas originales, cuántos pensamientos sublimes, cuántos medios salvadores de la miseria filipina! ¡La inmortalidad y la gratitud del país las tenía él seguras!
Como un viejo pisaverde que descubre mohoso paquete de epístolas amatorias, levantóse don Custodio, y se acercó al estante. El primer cartapacio, grueso, hinchado, pletórico, llevaba por título «PROYECTOS en proyecto».
-¡No! murmuró; hay cosas excelentes, pero se necesitaría un año para releerlos.
El segundo, bastante voluminoso también, se titulaba «PROYECTOS en estudio». No, tampoco!
Luego venían los «PROYECTOS en maduración...» «PROYECTOS presentados...» «PROYECTOS rechazados...» «PROYECTOS aprobados...»
«PROYECTOS suspendidos...» Estos últimos cartapacios contenían poca cosa, pero el último menos todavía, el de los «PROYECTOS en ejecución.»
Don Custodio arrugó la nariz, ¿qué tendrá? Ya se había olvidado de lo que podía haber dentro. Una hoja de papel amarillento asomaba por entre las dos cubiertas, como si el cartapacio le sacase la lengua.
Sacole del armario y lo abrió: era el famoso proyecto de la Escuela de Artes y Oficios.
-¡Qué diantre! exclamó; pero si se han encargado.de ella los Padres Agustinos...
De repente se dió una palmada en la frente, arqueó las cejas, una expresión de triunfo se pintó en su semblante.
-¡Si tengo la solución, c—! exclamó lanzando una palabrota que no era el eureka pero que principia por donde éste termina; mi dictamen está hecho.
Y repitiendo cinco ó seis veces su peculiar eureka que azotaba el aire como alegres latigazos, radiante de júbilo se dirigió á su mesa y empezó á emborronar cuartillas.