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El filibusterismo - Tomo I (1911)/Bajo cubierta

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II

BAJO CUBIERTA

Allá abajo pasaban otras escenas.

Sentados en bancos y en pequeños taburetes de madera, entre maletas, cajones, cestos y tampipis, á dos pasos de la máquina, al calor de las calderas, entre vaho humano y olor pestilente de aceite, se veía la inmensa mayoría de los pasajeros.

Unos contemplan silenciosos los variados paisajes de la orilla, otros juegan á las cartas ó conversan en medio del estruendo de las palas, ruido de la máquina, silbidos de vapor que se escapa, mugidos de agua removida, pitadas de la bocina. En un rincón, hacinados como cadáveres, dormían ó trataban de dormir algunos chinos traficantes, marcados, pálidos, babeando por los entreabiertos labios, y bañados en el espeso sudor que se escapa de todos sus poros. Solamente algunos jóvenes, estudiantes en su mayor parte, fáciles de reconocer por su traje blanquísimo y su porte aliñado, se atrevían á circular de popa á proa, saltando por encima de cestos y cajas, alegres con la perspectiva de las próximas vacaciones. Tan pronto discutían los movimientos de la máquina, tratando de recordar nociones olvidadas de Física, como rondaban alrededor de la joven colegiala, de la buyera de labios rojos y collar de sampagas, susurrándoles al oído palabras que las hacían sonreír ó cubrirse la cara con el pintado abanico.

Dos, sin embargo, en vez de ocuparse en aquellas galanterías pasajeras, discutían en la proa con un señor de edad, pero aun arrogante y bien derecho. Am

bos debían ser muy conocidos y considerados à juzgar por ciertas deferencias que les mostraban los demás. En efecto, el de más edad, el que va vestido todo de negro, era el estudiante de medicina Basilio, conocido por sus buenas curas y maravillosos tratamientos. El otro, más grande y más robusto con ser mucho más joven, era Isagani, uno de los poetas ó cuando menos versistas que salieron aquel año del Ateneo, carácter original, de ordinario poco comunicativo, y bastante taciturno. El señor que hablaba con ellos era el rico capitán Basilio, que venía de hacer compras en Manila.

-Capitán Tiago va muy regular, si señor, decía el estudiante moviendo la cabeza; no se somete á ningún tratamiento... Aconsejado por alguno me envía á San Diego so pretexto de visitar la casa, pero es para que le deje fumar el opio con entera libertad.

El estudiante, cuando decía alguno, daba á entender el P. Irene, gran amigo y gran consejero del capitán Tiago en sus últimos días.

-El opio es una de las plagas de los tiempos modernos, repuso el capitán con un desprecio é indignación de senador romano; los antiguos lo conocieron, mas nunca abusaron de él. Mientras duró la afición á los estudios clásicos (obsérvenlo bien, jóvenes), el opio sólo fué medicina, y sino, díganme quienes lo fuman más. Los chinos, los chinos que no saben una palabra de latín!; Ah! sí el capitán Tiago se hubiese dedicado á Cicerón...

Y el disgusto más clásico se pintó en su cara de epicúreo bien afeitado. Isagani le contemplaba con atención: aquel señor padecía la nostalgia de la antigüedad.

-Pero, volviendo á esa Academia de Castellano, continuó el capitán Basilio, les aseguro á ustedes que no lo han de realizar...

—Sí, señor, de un día á otro esperamos el permiso, contesta Isagani; el P. Irene, que usted habrá visto arriba, y quien regalamos una pareja de castaños, nos lo ha prometido. Va á verse con el general.

-¡No importa! ¡el P. Sibyla se opone!

-¡Que se oponga! Por eso viene para... en Los Baños, ante el general.

Y el estudiante Basilio hacía una mímica con sus dos puños haciéndolos chocar uno contra el otro.

-¡Entendido! observó riendo el capitán Basilio. Pero aunque ustedes consigan el permiso, ¿de dónde sacarán fondos...?

-Los tenemos, señor; cada estudiante contribuye con un real.

-Pero, ¿y los profesores?

-Los tenemos; la mitad filipinos y la mitad peninsulares.

-Y ¿la casa?

-Makaraig, el rico Makaraig, cede una de las suyas...

El capitán Basilio tuvo que darse por vencido: aquellos jóvenes lo tenían todo dispuesto.

-Por lo demás, dijo encogiéndose de hombros, no es mala del todo, no es mala la idea, y ya que no se puede poseer el latín, que al menos se posca el castellano. Alí tiene usted, tocayo, una prueba de cómo vamos para atrás. En nuestro tiempo aprendíamos latín porque nuestros libros estaban en latín; ahora ustedes lo aprenden un poco pero no tienen libros en latín; en cambio sus libros están en castellano y no se enseña este idioma: aetas parentum pejor avis tulit nos nequiores! como decía Horacio.

Y dicho esto se alejó majestuosamente como un emperador romano. Los dos jóvenes se sonrieron.

-Esos hombres del pasado, observó Isagani, para todo encuentran dificultades; se les propone una cosa y en vez de ver las ventajas sólo se fijan en los inconvenientes. Quieren que todo venga liso y redondo como una bola de billar.

-Con tu tío está á su gusto, observó Basilio; hablan de sus antiguos tiempos... Oye, à propósito ¿qué dice tu tío de Paulita?

Isagani se ruborizó.

-Me echó un sermón sobre la elección de esposa... Le contesté que en Manila no había otra como ella, hermosa, bien educada, huérfana...

-Riquísima, elegante, graciosa, sin más defectos que una tía ridícula, añadió Basilio riendo.

Isagani se rió a su vez.

-A propósito de la tía, ¿sabes que me ha encargado busque á su marido?

-¿Doña Victorina? ¿Y tú se lo habrás prometido para que te conserve la novia?

-¡Naturalmente! pero es el caso que el marido se esconde precisamente... ¡en casa de mi tío!

Ambos se echaron á reir.

-Y he aquí, continuó Isagani, el por qué mi tío, que es un hombre muy concienzudo, no ha querido entrar en la cámara, temeroso de que doña Victorina le pregunto por don Tiburcio. ¡Figúrate! Doña Victorina, cuando supo que yo era pasajero de proa, me miró con cierto desprecio...

En aquel instante bajaba Simoun y al ver á los dos jóvenes:

-¡Adiós! don Basilio, dijo saludando en tono protector, ¿se va de vacaciones? ¿El señor es paisano de usted?

Basilio presentó á Isagani y dijo que no eran compoblanos, pero que sus pueblos no distaban mucho. Isagani vivía á orillas del mar en la contracosta.

Simoun examinaba á Isagani con tanta atención, que molestado éste se volvió y le miró cara á cara con un cierto aire provocador.

-Y ¿qué tal es la provincia? preguntó Simoun volviéndose á Basilio.

-¿Cómo, no la conoce usted?

-¿Cómo diablos la he de conocer si no he puesto jamás los pies en ella? Me han dicho que es muy pobre y no compra alhajas.

- No compramos alhajas porque no las necesitamos, contestó secamente Isagani, picado en su orgullo de provinciano.

Una sonrisa se dibujó en los pálidos labios de Simoun.

-No se ofenda usted, joven, repuso, yo no tenía ninguna mala intención; pero como me habían asegurado que casi todos los cuartos estaban en manos

de clérigos indios, yo me dije: los frailes se mueren por un curato y los franciscanos se contentan con los más pobres, que cuando unos y otros los ceden á los clérigos, es que allí no se conocerá jamás el perfil del rey. ¡Vaya, señores, vénganse ustedes á tomar conmigo cerveza y brindaremos por la prosperidad de su provincia!

Los jóvenes dieron las gracias y se excusaron diciendo que no tomaban cerveza.

-Hacen ustedes mal, repuso Simoun visiblemente contrariado; la cerveza es una cosa buena, y he oído decir esta mañana al P. Camorra que la falta de energía que se nota en este país se debe á la mucha agua que beben sus habitantes.

Isagani, que casi era tan alto como el joyero, se irguió.

-Pues dígale usted al P. Camorra, se apresuró á decir Basilio tocando con el codo disimuladamente à Isagani, dígale usted que si él bebiese agua en vez de vino ó de cerveza, acaso ganásemos todos y no diese mucho que hablar...

-Y dígale, añadió Isagani, sin hacer caso de los codazos de su amigo, que el agua es muy dulce y se deja beber, pero ahoga al vino y á la cerveza y mata al fuego; ¡que calentada es vapor, que irritada es océano y que una vez destruyó á la humanidad é hizo temblar al mundo en sus cimientos!

Simoun levantó la cabeza, y aunque su mirada no se podía leer oculta por sus gafas azules, en el resto de su semblante se podía ver que estaba sorprendido.

- ¡Bonita réplica! dijo; pero témome que se guasce y me pregunte cuándo se convertirá el agua en vapor y cuándo en océano. ¡El P. Camorra es algo incrédulo y muy zumbón!

-Cuando el fuego lo caliente, cuando los pequeños ríos que ahora se encuentran diseminados en sus abruptas cuencas, empujados por la fatalidad, se reúnan en el abismo que los hombres van cavando, contestó Isagani.

- No, señor Simoun, añadió Basilio tomando un

tono de broma. Repítale usted más bien estos versos del mismo amigo Isagani:

Agua somos, decís, vosotros fuego:
Como lo queríais ¡sea!
¡Vivamos en sosiego
Y el incendio jamás luchar nos vea.
Sino que unidos por la ciencia sabia
De las calderas en el seno ardiente,
Sin cóleras, sin rabia,
Formemos el vapor, quinto elemento,
Progreso, vida, luz y movimiento!

- Utopia, utopia! contestó secamente Simoun; la máquina está por encontrarse... en el entretanto tomo mi cerveza.

Y sin despedirse dejó á los dos amigos.

-Pero ¿qué tienes tú hoy que estás batallador? preguntó Basilio.

-Nada, no lo sé, pero ese hombre me da horror, miedo casi.

-Te estaba tocando con el codo; no sabes que ese le llaman el cardenal Moreno?

-Cardenal Moreno?

-O Eminencia Negra, como quieras.

-¡No te entiendo!

-Richelieu tenía un consultor capuchino a quien llamaban Eminencia Gris; pues éste lo es del general...

-¿De veras?

-Como que lo he oído de alguno... que siempre habla de él mal detrás, y le adula cuando le tiene delante.

-¿Visita también á capitán Tiago?

-Desde el primer día de su llegada, y por cierto que un cierto le considera como rival... en la herencia... Y creo que va à verse con el general para la cuestión de la enseñanza del castellano.

En aquel momento un criado vino para decir á Isagani que su tío le llamaba.

En uno de los bancos de popa y confundido con

los demás pasajeros se sentaba un clérigo contemplando el paisaje que se desplegaba sucesivamente á su vista. Sus vecinos le hacían sitio, los hombres, cuando pasaban cerca, se descubrían y los jugadores no osaban poner su mesa cerca de donde él estaba.

Aquel sacerdote hablaba poco, no fumaba ni adoptaba maneras arrogantes, no desdeñaba mezclarse con los demás hombres y devolvía el saludo con finura y gracia como si se sintiese muy honrado y muy reconocido. Era ya de bastante edad, los cabellos casi todos canos, pero su salud parecía aún robusta y, aunque sentado, tenia el tronco erguido y la cabeza recta, pero sin orgullo ni arrogancia. Diferenciábase del vulgo de clérigos indios, pocos por demás, que por aquella época servían como coadjutores ó administraban algunos curatos provisionalmente, en cierto aplomo y gravedad como quien tiene conciencia de la dignidad de su persona y de lo sagrado de su cargo. Un ligero examen de su exterior, si no ya sus cabellos blancos, manifestaba al instante que pertenecía á otra época, á otra generación, cuando los mejores jóvenes no temían exponer su dignidad haciéndose sacerdotes, cuando los clérigos miraban de igual a igual á los frailes cualesquiera, y cuando la clase, aun no denigrada y envilecida, pedía hombres libres y no esclavos, inteligencias superiores y no voluntades sometidas. En su rostro triste y serio se leía la tranquilidad del alma fortalecida por el estilo y la meditación y acaso puesta á prueba por íntimos sufrimientos morales. Aquel clérigo era el P. Florentino, el tío de Isagani, y su historia se reduce à muy poco.

Hijo de una riquísima y bien relacionada familia de Manila, de gallardo continente y felices disposiciones para brillar en el mundo, jamás había sentido vocación sacerdotal; pero su madre, por ciertas promesas ó votos, le obligó á entrar en el seminario después de no pocas luchas y violentas discusiones. Ella tenía grandes amistades con el arzobispo, era de una voluntad de hierro, é inexorable como toda mujer devota que cree interpretar la voluntad de Dios. En

vano se opuso el joven Florentino, en vano suplicó, en vano se excusó con sus amores y provocó escándalos, sacerdote tenía que será los veinticinco años, sacerdote fué: el arzobispo le confirió las órdenes, la primera misa se celebró con mucha pompa, hubo tres días de festín y la madre murió contenta y satisfecha dejándole toda su fortuna.

Pero en aquella lucha recibió Florentino una herida de la que jamás se curó: semanas antes de su primera misa, la mujer que más había amado se casó con un cualquiera, de desesperación; aquel golpe fué el más rudo que sintiera jamás; perdió su energía moral, la vida le fue pesada é insoportable. Si no la virtud y el respeto á su estado, aquel amor desgraciado le salvó de los abismos en que caen los curas regulares y seglares en Filipinas. Dedicóse á sus feligreses por deber, y por afición á las ciencias naturales.

Cuando acontecicron los sucesos del setenta y dos, temió el P. Florentino que su curato, por los grandes beneficios que rendía, llamase la atención sobre él, y pacífico antes que todo solicitó su retiro, viviendo desde entonces como particular en los terrenos de su familia, situados á orillas del Pacifico. Allí adoptó á un sobrino, à 1sagani, según los maliciosos hijo suyo con su antigua novia cuando enviudó, hijo natural de una prima suya en Manila según los más serios y enterados.

El capitán del vapor había visto al clérigo é instádole á que entrara en la cámara y subiese sobre cubierta. Para decidirle había añadido:

- Si usted no va los frailes creerán que no quiere reunirse con ellos.

El P. Florentino no tuvo más remedio que aceptar y mandó llamar á su sobrino para enterarle de lo que sucedía y recomendarle no se acercase á la cámara mientras estuviese allí.

-Si te ve el capitán, te va á invitar y abusaríamos de su bondad.

-¡Cosas de mi tio! pensaba Isagani; todo es para que no tenga motivos de hablar con doña Victorina.