El filibusterismo - Tomo I (1911)/Cabesang Tales
IV
CARESANG TALES
Los que han leído la primera parte de esta historia, se acordarán tal vez de un viejo leñador que vivía allá en el fondo de un bosque.
Tandang Selo vive todavía y aunque sus cabellos se han vuelto todos canos, conserva no obstante su buena salud. Ya no va á cazar ni á cortar árboles; como ha mejorado de fortuna sólo se dedica á hacer escobas.
Su hijo Tales (abreviación de Telesforo), primero había trabajado como aparcero en los terrenos de un capitalista, pero más tarde, dueño ya de dos karabaos y de algunos centenares de pesos, quiso trabajar por su cuenta ayudado de su padre, su mujer y sus tres hijos.
Talaron, pues, y limpiaron unos espesos bosques que se encontraban en los confines del pueblo y que creían no pertenecían á nadie. Durante los trabajos de roturación y sancamiento, toda la familia, uno tras otro, enfermó de calenturas, sucumbiendo de marasmo la madre y la hija mayor, la Lucía, en la flor de la edad. Aquello que era consecuencia natural del suelo removido, fecundo en organismos varios, lo atribuyeron á la venganza del espíritu del bosque, y se resignaron y prosiguieron sus trabajos creyéndole ya aplacado. Cuando iban a recoger los frutos de la primera cosecha, una corporación religiosa que tenía terrenos en el pueblo vecino, reclamó la propiedad de aquellos campos, alegando que se encontraban dentro de sus linderos, y para probarlo trató de plantar en el mis
mo momento sus jalones. El administrador de los religiosos, sin embargo, le dejaba por humanidad el usufructo de los campos siempre que le pagase anualmente una pequeña cantidad, una bicoca, veinte ó treinta pesos.
Tales, pacífico como el que más, enemigo de pleitos como muchos, y sumiso á los frailes como pocos, por no romper un palyok contra un kazali como él decía (para él los frailes cran vasijas de hierro y el de barro), tuvo la debilidad de ceder á semejante pretensión, pensando en que no sabia el castellano y no tenía con qué para pagar abogados, Por lo demás Tandang Selo le decía:
-¡Paciencia! más has de gastar en un año pleiteando que si pagas en diez lo que exigen los Padres blancos. ¡Hmh! Acaso te lo paguen ellos en misas. Haz como si esos treinta pesos los hubieses perdido en el juego, ó se hubiesen caído en el agua tragandolos el caimán.
La cosecha fué buena, se vendió bien, Tales pensó en construirse una casa de tabla en el barrio de Sagpang del pueblo de Tiani, vecino de San Diego.
Paso otro año, vino otra cosecha buena y por éste y aquel motivo, los frailes le subieron el canon á cincucula pesos que Tales pagó para no reñir y porque contaba vender bien su azúcar.
-¡Paciencia! Haz cuenta como si al caimán hubiese crecido, decía consolándole el viejo Selo.
Aquel año pudieron al fin realizar su ensueño: vivir en poblado, en su casa de tabla, en el barrio de Sagpang y el padre y el abuelo pensaron en dar alguna educación á los dos hermanos, sobre todo á la niña, á Juliana ó Juli como la llamaban, que prometía ser agraciada y bonita. Un muchacho, amigo de la casa, Basilio, estudiaba ya entonces en Manila y aquel joven era de tan humilde cuna como ellos.
Pero este sueño parecía destinado no realizarse.
El primer cuidado que tuvo la sociedad al ver á la familia prosperar poco a poco, fué nombrar cabeza de barangay al miembro que en ella más trabajaba; Tano, el hijo mayor, sólo contaba catorce años. Se
llamó pues Cabesang Tales, tuvo que mandarse hacer chaqueta, comprarse un sombrero de fieltro y prepararse hacer gastos. Para no reñir con el cura ni con el gobierno abonaba de su bolsillo las bajas del padrón, pagaba por los idos y los muertos, perdía muchas horas en las cobranzas y en los viajes á la cabecera.
-¡Paciencia! Haz cuenta como si los parientes del caimán hubiesen acudido, decía Tandang Selo sonriendo plácidamente.
-¡El año que viene te vestirás de cola é irás á Manila para estudiar como las señoritas del pueblo! decía Cabesang Tales á su bija siempre que la oía hablar de los progresos de Basilio.
Pero el año que viene no venia y en su lugar había otro aumento de canon; Cabesang Tales se ponía serio y se rascaba la cabeza. El puchero de barro cedía su arroz al caldero.
Cuando el canon ascendió á doscientos pesos, Cabesang Tales no se contentó con rascarse la cabeza ni suspirar: protestó y murmuró. El fraile administrador díjole entonces que si no los podía pagar, otro se encargaría de beneficiar aquellos terrenos. Muchos que la codiciaba se ofrecían.
Cabesang Tales creyó que el fraile se chanceaba, pero el fraile hablaba en serio y señalaba á uno de sus criados para tomar posesión del terreno. El pobre hombre palideció, sus oídos le zumbaron, una nube roja se interpuso delante de sus ojos y en ella vió a su mujer y á su hija, pálidas, demacradas, agonizando, víctimas de fiebres intermitentes: Y luego. veía el bosque espeso, convertido en campo, veía arroyos de sudor regando los surcos, se veía allí, á si mismo, pobre Tales, arando en medio del sol, destrozándose los pies contra las piedras y raíces, mientras aquel lego se paseaba en su coche, y aquel que lo iba á heredar seguía como un esclavo detrás de su señor. ¡Ah, no! ¡mil veces no! que se hundan antes aquellos campos en las profundidades de la tierra y que se sepulten ellos todos. ¿Quién era aquel extranjero para tener derecho sobre sus tierras? ¿Había
traído al venir de su país un puñado sólo de aquel polvo? ¿Se había doblado uno solo de sus dedos para arrancar una sola de las raíces que los surcaban?
Exasperado ante las amenazas del fraile, que pretendía hacer prevalecer su autoridad á toda costa delante de los otros inquilinos, Cabesang Tales se rebeló, se negó á pagar un solo cuarto y teniendo siempre delante la nube roja, dijo que sólo cedería sus campos al que primero los regase con la sangre de sus venas.
El viejo Selo, al ver el rostro de su hijo, no se atrevió á mencionar su caimán pero intentó calmarle hablándole de vasijas de barro, recordándole que en los pleitos el que gana se queda sin camisa.
-¡En polvo nos hemos de convertir, padre, y sin camisa hemos nacido! contestó.
Y se negó resueltamente á pagar ni á ceder un palmo siquiera de sus tierras, si antes no probaban los frailes la legitimidad de sus pretensiones con la exhibición de un documento cualquiera. Y como los frailes no la tenían, hubo pleito, y Cabesang Tales lo aceptó creyendo que, si no todos, algunos al menos amaban la justicia y respetaban las leyes.
-Sirvo y he estado sirviendo muchos años al rey con mi dinero y mis fatigas, decía á los que le desalentaban; yo le pido ahora que me haga justicia y tiene que hacérmela.
Y arrastrado por una fatalidad, y cual si jugase en el pleito todo su porvenir y el de sus hijos, fué gastando sus economías en pagar abogados, escribanos y procuradores, sin contar con los oficiales y escribientes que explotaban su ignorancia y su situación. Iba y venía á la cabecera, pasaba días sin comer y noches sin dormir, y su conversación era toda escritos, presentaciones, apelaciones, etc. Vióse entonces una lucha como jamás se ha visto bajo el cielo de Filipinas: la de un pobre indio, ignorante y sin amigos, fiado en su derecho y en la bondad de su causa; combatiendo contra una poderosísima corporación ante la cual la justicia doblaba el cuello, los jueces dejaban caer la balanza y rendían la espada. Comba-
tía tenazmente como la hormiga que muerde sabiendo que va á ser aplastada, come la mosca que ve el espacio al través de un cristal. ¡Ah! la vasija de barro desafiando á los calderos y rompiéndose en mil pedazos tenía algo de imponente: tenía lo sublime de la desesperación. Los días que le dejaban libres los viajes, los empleaba en recorrer sus campos armado de una escopeta, diciendo que los tulisanes merodeaban y necesitaba defenderse para no caer en sus manos y perder el pleito. Y como si tratase de afinar su puntería, tiraba sobre las aves y las frutas, tiraba sobre las mariposas con tanto tino que el lego administrador ya no se atrevió á ir á Sagpang sin acompañamiento de guardias civiles, y el paniaguado, que divisó de lejos la imponente estatura de Cabesang Tales recorriendo sus campos como un centinela sobre las murallas, renunció lleno de miedo à arrebatarle su propiedad.
Pero los jueces de paz y los de la cabecera no se atrevían á darle la razón, teniendo la cesantía, escarmentados en la cabeza de uno que fué inmediatamente depuesto. Y no eran malos por cierto aquellos jueces, eran hombres concienzudos, morales, buenos ciudadanos, excelentes padres de familia, buenos hijos... y sabían considerar la situación del pobre Tales mejor de lo que el mismo Tales podía. Muchos de ellos conocían los fundamentos científicos é históricos de la propiedad, sabían que los frailes, por sus estatutos, no podían tener propiedades, pero también sabían que venir de muy lejos, atravesar los mares con un destino ganado à duras penas, correr á desempeñarlo con la mejor intención y perderlo porque á un indio se le antoje que la justicia se ha de hacer en la tierra como en el cielo, ¡vamos, que también es ocurrencia! Ellos tenían sus familias y con más necesidades seguramente que la familia de aquel indio: el uno tenia una madre que pensionar y ¿qué cosa hay más sagrada que alimentar á una madre? el otro tenia hermanas todas casaderas, el de más allá numerosos hijos pequeñitos que esperan el pan como pajaritos en el nido y se morirían de seguro el día en que
su destino le faltase; y el que menos, el que menos, tenía allá lejos, muy lejos, una mujer que si no recibe la pensión mensual puede verse en apuros... Y todos aquellos jueces, hombres de conciencia los más y de la más sana moralidad creían hacer todo lo que podían aconsejando la transacción, que Cabesang Tales pagase el canon exigido. Pero Tales, como todas las conciencias sencillas, una vez que veía lo justo, á ello iba derecho. Pedía pruebas, documentos, papeles, títulos, y los frailes no tenían ninguno y sólo se fundaban en las complacencias pasadas.
Pero Cabesang Tales replicaba:
-Si yo todos los días doy limosna á un pobre por evitar que me moleste ¿quién me obligará á mí después que le siga dando si abusa de mi bondad?
Y de allí nadie lo podía sacar y no había amenazas capaces de intimidarle. En vano el gobernador M. hizo un viaje expresamente para hablarle y meterle miedo; él á todo respondía:
-Podéis hacer lo que queráis, señor gobernador, yo soy un ignorante y no tengo fuerzas. Pero he cultivado esos campos, mi mujer y mi hija han muerto ayudándome á limpiarlos y no los he de ceder sino á aquel que pueda hacer por ellos más de lo que he hecho yo. Que los riegue primero con su sangre y que entierre en ellos á su esposa y á su hija.
Resulta de esta terquedad los honrados jueces daban la razón á los frailes y todos se le reían diciendo que con la razón no se ganan los pleitos. Pero apelaba, cargaba su escopeta y recorría pausadamente los linderos. En este intervalo su vida parecía un delirio. Su hijo Tanó, un mozo alto como su padre y bueno como su hermana, cayó quinto; él le dejó partir en vez de comprarle un sustituto.
-Tengo que pagar abogados, decía á su hija que lloraba; si gano el pleito ya sabré hacerle volver y si lo pierdo no tengo necesidad de hijos.
El hijo partió y nada más se supo sino que le raparon el pelo y que dormía debajo de una carreta. Seis meses después se dijo que le habían visto embarcado
para las Carolinas; otros creyeron haberle visto con uniforme de la guardia civil.
- ¡Guardia civil Tano! ¡Susmariosep! exclamaban unos y otros juntando las manos: ¡Tanó tan bueno y tan honrado! ¡Requimiternam!
El abuelo estuvo muchos días sin dirigir la palabra al padre, Juli cayó enferma, pero Cabesang Tales no derramo una sola lágrima; durante dos días no salió de casa como si temiese las miradas de reproche de todo el barrio, temía que le llamasen verdugo de su hijo. Al tercer día, sin embargo, volvió á salir con su escopeta.
Atribuyéronle propósitos asesinos y hubo bien intencionado que susurró haberle oído amenazar con enterrar al lego en los surcos de sus campos; el fraile entonces le cobró verdadero miedo. A consecuencia de esto, bajó un decreto del capitán general prohibiendo á todos el uso de las armas de fuego y mandándolas recoger. Cabesang Tales tuvo que entregar su escopeta, pero armado de un largo bolo prosiguió sus rondas.
-¿Qué vas hacer con ese Bolo si los tulisanes tienen armas de fuego? le decía el viejo Selo.
-Necesito vigilar mis sembrados, respondía; cada caña de azúcar que allí crece es un hueso de mi esposa.
Le recogieron el bolo por encontrarlo demasiado largo. El entonces cogió la vieja hacha de su padre y con ella al hombro proseguía sus tétricos pascos.
Cada vez que salía de casa, Tandang Selo y Juli temblaban por su vida. Esta se levantaba de su telar, se iba a la ventana, oraba, hacía promesas á los santos, rezaba novenas. El abuelo no sabía a veces como terminar el aro de una escoba y hablaba de volver al bosque. La vida en aquella casa se hacia imposible.
Al fin sucedió lo que temían. Como los terrenos estaban lejos de poblado, Cabesang Tales, á pesar de su hacha, cayó en manos de los tulisanes, que tenían revolvers y fusiles. Los tulisanes le dijeron que, pues que tenía dinero para dar á los jueces y á los abogados, debe tenerlo también para los abandonados y
perseguidos. Por lo cual le exigieron quinientos pesos de rescate por medio de un campesino asegurando que si algo le pasaba al mensajero, el prisionero lo pagaría con su vida. Daban dos días de tregua.
La noticia sumió á la pobre familia en el mayor terror y más aún cuando se supo que la guardia civil iba á salir en persecución de los bandidos. Si llegaba à haber un encuentro, el primer sacrificado seria el prisionero, eso lo sabían todos. El viejo se quedó sin movimiento y la hija, pálida y aterrada, intentó varias veces hablar y no pudo. Pero un pensamiento más terrible, una idea más cruel les sacó de su estupor. El campesino enviado de los tulisanes dijo que probablemente la banda tendría que alejarse, y si tardaban mucho en entregarle el rescate, pasarían los dos días y Cabesang Tales seria degollado.
Esto volvió locos á aquellos dos seres, ambos débiles, ambos impotentes. Tandang Selo se levantaba, se sentaba, bajaba las escaleras, subía, no sabía á dónde acudir. Juli acudía á sus imágenes, contaba y recontaba el dinero, y los doscientos pesos no se aumentaban, no querían multiplicarse; de pronto se vestía, reunía todas sus alhajas, pedía consejos al abuelo, iría á ver al gobernadorcillo, al juez, al escribiente, al teniente de la guardia civil. El viejo á todo decía sí, y cuando ella decía no, no decía también. Al fin vinieron algunas vecinas entre parientes y amigas, unas más pobres que otras, á cual más sencillas y aspaventeras. La más lista de todas era Hermana Balt, una gran panguinguera que había estado en Manila para hacer ejercicios en el beaterio de la Compañía.
Juli venderla todas sus alhajas menos un relicario de brillantes y esmeraldas que le había regalado Basilio. Aquel relicario tenía su historia: lo había dado una monja, la hija de capitán Tiago, á un lazarino; Basilio, habiéndole asistido á éste en su enfermedad, lo recibió como un regalo. Ella no podía venderlo sin avisárselo antes.
Se vendieron corriendo las peinetas, los aretes y el rosario de Juli á la vecina más rica, y se añadieron
cincuenta pesos; faltaban aún doscientos cincuenta. Se empeñaría el relicario, pero Juli sacudió la cabeza, Una vecina propuso vender la casa y Tandang Selo aprobó la idea muy contento con volver al bosque á cortar otra vez leña como en los antiguos tiempos, pero Hma. Bali observó que aquello no podía ser por no estar el dueño presente.
-La mujer del juez me vendió una vez su tapis por un peso, y el marido dijo que aquella venta no servía porque no tenía su consentimiento. ¡Abá! me sacó el tapis y ella no me ha devuelto el peso hasta ahora, pero yo no la pago en el panguingui, cuando gana, ¡aba! Asi le he podido cobrar doce cuartos, y por ella solamente voy a jugar. Yo no puedo sufrir que no me paguen una deuda, ¡aba!
Una vecina iba á preguntarle á Hma. Balf por qué entonces no le pagaba un piquillo, pero la lista panguinguera lo olió, y añadió inmediatamente:
-¿Sabes, Julf, lo que se puede hacer? pedir prestado doscientos cincuenta pesos sobre la casa, pagaderos cuando el pleito se gane.
Esta fué la mejor opinión y decidieron ponerla en práctica aquel mismo día. Hma Balt se prestó á acompañarla y ambas recorrieron las casas de los ricos de Tiani pero nadie aceptaba la condición; el pleito, decían, estaba perdido y favorecer à un enemigo de frailes era exponerse á sus venganzas. Al fin una vieja devota se compadeció de su suerte; prestó la cantidad á condición de que Juli se quedase con ella á servir hasta tanto que no se pagase la deuda. Por lo demás Juli no tenía mucho que hacer; coser, rezar, acompañarla á misa, y ayunar de cuando en cuando por ella. La joven aceptó con lágrimas en los ojos, recibió el dinero prometiendo entrar al día siguiente, día de la Pascua, á su servicio.
Cuando el abuelo supo aquella especie de venta púsose á llorar como un chiquillo. ¿Cómo? aquella nieta suya que él no dejaba ir al sol para que su cutis no se quemase, Juli la de los dedos finos y talones de color de rosa, ¿cómo? aquella joven, la más hermosa del barrio y quizás del pueblo, delante de cuyas
ventanas muchos vanamente han pasado la noche tocando y cantando, ¿cómo? su única nieta, su única hija, la única alegría de sus cansados ojos, aquella que él soñaba vestida de cola, hablando el español y dándose aire con un abanico pintado como las hijas de los ricos, aquélla entrar á servir de criada para que la riñan y la reprendan, para echar á perder sus dedos, para que duerma en cualquiera parte y se levante de cualquiera manera?
Y el abuelo lloraba, hablaba de ahorcarse y dejarse morir de hambre.
-Si tú te vas, decía, vuelvo al bosque y no pongo Jos pies en el pueblo.
Julí le calmaba diciendo que era menester que su padre volviese, que ganarían el pleito y pronto la podrían rescatar de la servidumbre.
La noche fué triste: ninguno de los dos pudo probar un bocado y el viejo se obstinó en no acostarse pasando toda la noche sentado en un rincón, silencioso, sin decir una palabra, sin moverse siquiera. Juli por su parte quiso dormir, pero por mucho tiempo no pudo pegar los ojos. Algo más tranquila ya sobre la suerte de su padre, ella pensaba en sí misma y lloraba y lloraba ahogando sus sollozos para que el viejo no los oyese. Al día siguiente sería una criada, y era precisamente cuando Basilio solía llegar de Manila á traer regalitos... En adelante tenía que renunciar á aquel amor; Basilio, que pronto será médico, no debe casarse con una pobre... Y ella le veía en su imaginación dirigirse a la iglesia en compañía de la más hermosa y rica muchacha del pueblo, bien vestidos, felices y sonriendo ambos, y mientras que ella, Juli, seguía detrás de su ama, llevando novenas, buyos y la escupidora. Y aquí la joven sentía un inmenso nudo en la garganta, una presión en el corazón y pedía á la Virgen la dejase antes morir.
-Pero, al menos, decía su conciencia, él sabrá que he preferido empeñarme á empeñar el relicario que él me ha regalado.
Este pensamiento la consolaba en algo y se hacía vanas ilusiones. ¿Quién sabe? puede suceder un mi
lagro: encontrarse ella doscientos cincuenta pesos debajo de la imagen de la Virgen; había leído tantos milagros parecidos. El sol podía no salir y no venir el mañana y ganarse entretanto el pleito. Podía volver su padre, Basilio presentarse; ella encontraría un talego de oro en la huerta, los tulisanes le enviarían el talego, el cura, el P. Camorra, que siempre la embromaba, podía venir con los tulisanes... sus ideas fueron cada vez más confusas y más desordenadas hasta que por fin, rendida por la fatiga y el dolor, se durmió soñando en su infancia en el fondo del bosque; ella se bañaba en el torrente en compañía de sus dos hermanos, había pececillos de todos colores que se dejaban coger como bobos y ella se impacientaba porque no encontraba gusto en coger unos pececillos tan tontos. Basilio estaba dentro del agua, pero Basilio, sin sabor ella el por qué, tenía la cara de su hermano Tanó. Su nueva ama les observaba desde la orilla,