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El filibusterismo - Tomo I (1911)/Simoun

De Wikisource, la biblioteca libre.
El filibusterismo: (continuación de Noli me tángere) (1911)
de José Rizal
Simoun

VII

SIMOUN

En estas cosas pensaba Basilio al visitar la tumba de su madre. Disponíase á volver al pueblo, cuando creyó ver una claridad proyectada en medio de los árboles y oír una crepitación de ramas, ruido de pisadas, roce de hojas... La luz se extinguió pero el ruido se hizo cada vez más distinto marchando directamente hacia donde él estaba.

Basilio, de por sí, no era supersticioso y menos después de haber descuartizado tantos cadáveres y asistido á tantos moribundos; pero las antiguas leyendas sobre aquel fúnebre paraje, la hora, la obscuridad, el silbido melancólico del viento y ciertos cuentos oídos en su niñez influyeron algo en su ánimo y sintió que su corazón latía con violencia.

La sombra se detuvo al otro lado del halil y el joven la podía ver al través de una hendidura que dejaban entre sí dos raíces que habían adquirido con el tiempo las proporciones de dos troncos. Produjo debajo de su traje una lámpara de poderoso lente refractor, que depositó sobre el suelo, alumbrando unas botas de montar: el resto quedaba oculto en la obscuridad. La sombra pareció registrar sus bolsillos, después se encorvó para adaptar la hoja de azada al extremo de un grueso bastón: Basilio creyó distinguir con gran sorpresa suya algo de los contornos del joyero Simoun. Era el mismo en efecto.

El joyero cavaba la tierra, y de cuando en cuando la lámpara le iluminaba el rostro: no tenía los anteojos

azules que tanto le desfiguraban. Basilio se estremeció. Aquel era el mismo desconocido que trece años antes había cavado aquí la fosa de su madre, sólo que ahora había envejecido, sus cabellos se habían vuelo blancos y usaba bigote y barba, pero la mirada era la misma, la misma expresión amarga, la misma nube en la frente, les mismos brazos musculosos, algo más secos ahora, la misma energía iracunda. Las impresiones pasadas renacieron en él; creyó sentir el calor de la hoguera, el hambre, el desaliento de entonces, el olor de la tierra removida... Su descubrimiento le tenía aterrado. De modo que el joyero Simoun, que pasaba por indio inglés, portugués, americano, mulato, el Cardenal Moreno, la Eminencia Negra, el espíritu malo del capitán general, como le llamaban muchos, no era otro que el misterioso desconocido, cuya aparición y desaparición coincidían con la muerte del heredero de aquellos terrenos. Pero de los dos desconocidos que se le presentaron, del muerto y del vivo ¿quién era el Ibarra?

Esta pregunta, que él se había dirigido varias veces siempre que se hablaba de la muerte de Ibarra, acudía de nuevo à su mente ante aquel hombre enigma que allí veía.

El muerto tenía dos heridas que debieron ser de armas de fuego, según lo que él estudió después, y serian las resultas de la persecución en el lago. El muerto sería entonces el Ibarra que vendría para morir sobre la tumba de su antepasado, y su deseo de ser quemado se explica muy bien por su estancia en Europa donde se estila la cremación. Entonces ¿quién era el otro, el vivo, este joyero Simoun, entonces de apariencia miserable y que ahora volvía cubierto de oro y amigo de las autoridades? Allí había un misterio y el estudiante, con su sangre fría característica, se prometió aclararlo, y aguardó una ocasión.

Simoun cavaba y cavaba en tanto, pero Basilio veía que el antiguo vigor se había menguado: Simoun jadeaba, respiraba con dificultad y tenía que descansar á cada momento.

Basilio, temiendo fuese descubierto, tomó una resolución

súbita, se levantó de su asiento y con la voz más natural:

-¿Le puedo ayudar, señor...? preguntó saliendo de su escondite.

Simoun se enderezó y dió un salto como un tigre atacado infraganti, se llevó la mano al bolsillo de su americana y miró al estudiante pálido y sombrío.

-Hace trece años me ha prestado usted un gran servicio, señor, prosiguió Basilio sin inmutarse, en este mismo sitio, enterrando el cadáver de mi madre y me consideraría feliz si yo le pudiese servir.

Simoun, sin apartar los ojos del joven, sacó de su bolsillo un revólver. Oyóse un chasquido como el de un arma que se amartilla.

-¿Por quién me toma usted? dijo retrocediendo dos pasos.

Por una persona para mi sagrada, contestó Basilio algo emocionado creyendo llegada su última hora: por una persona que todos, menos yo, creen muerta y cuyas desgracias he lamentado siempre,

Imponente silencio siguió á estas palabras, silencio que para el joven le sonaba á eternidad. Simoun, no obstante, después de larga vacilación, su le acercó y poniéndole una mano sobre el hombro le dijo en voz conmovida:

-Basilio, usted posee un secreto que me puede perder y ahora acaba de sorprenderme en otro que me pone enteramente en sus manos y cuya divulgación puede trastornar todos mis planes. Para mi seguridad y en bien del objeto que me propongo, yo debía sellar para siempre sus labios porque ¿qué es la vida de un hombre ante el fin que persigo? La ocasión me es propicia, nadie sabe que he venido, estoy armado, usted indefenso; su muerte se atribuiría á los tulisanes, si no á otra causa más sobrenatural... y sin embargo, yo le dejaré vivir y confío en que no me ha de pesar. Usted ha trabajado, ha luchado con enérgica constancia... y como yo, tiene usted cuentas que arreglar con la sociedad; su hermanito fué asesinado, á su madre la han vuelto loca, y la sociedad no ha perseguido ni al asesino ni al verdugo. Usted y yo

pertenecemos á los sedientos de justicia, y, en vez de destruirnos, debemos ayudarnos.

Simoun se detuvo ahogando un suspiro y después continuó lentamente con la mirada vaga.

—Sí, yo soy aquel que ha venido hace trece años enfermo y miserable para rendir el último tributo á un alma grande, noble, que ha querido morir por mí. Victima de un sistema viciado he vagado por el mundo, trabajando noche y día para amasar una forma y llevar a cabo mi plan. Ahora he vuelto para destruir ese sistema, precipitar su corrupción, empujarle al abismo á que corre insensato, aun cuando tuviese que emplear oleadas de lágrimas y sangre... Se ha condenado, lo está y no quiero morir sin verle antes hecho trizas en el fondo del precipicio.

Y Simoun extendía ambos brazos hacia la tierra como si con aquel movimiento quisiese mantener allí los restos destrozados. Su voz había adquirido un timbre siniestro, lúgubre, que hacia estremecerse al estudiante.

-Llamado por los vicios de los que gobiernan, he vuelto à estas islas y, bajo la capa del comerciante, he recorrido los pueblos. Con mi oro me he abierto camino y donde quiera he visto la codicia bajo las formas más execrables, ya hipócrita, ya impúdica, ya cruel, cebarse en un organismo muerto como un buitre en un cadáver, y me he preguntado ¿por qué no fermentaba en sus entrañas la ponzoña, la ptomaina, el veneno de las tumbas, para matar á la asquerosa ave? El cadáver se dejaba destrozar, el buitre se hartaba de carne, y como no me era posible darle la vida para que se volviese contra su verdugo, y como la corrupción venia lentamente, he atizado la codicia, la he favorecido; las injusticias y los abusos se multiplicaron; he fomentado el crimen, los actos de crueldad, para que el pueblo se acostumbrase á la idea de la muerte; he mantenido la zozobra para que, huyendo de ella, se buscase una solución cualquiera; he puesto trabas al comercio para que, empobrecido el país reducido á la miseria, ya nada pudiese temer; he instigado ambiciones para empobrecer el tesoro, y

no bastándome esto para despertar un levantamiento popular, he herido al pueblo en su fibra más sensible, he hecho que el buitre mismo insultase al mismo cadáver que le daba la vida y lo corrompiese... Mas, cuando iba á conseguir que de la suprema podrediumbre, de la suprema basura, mezcla de tantos productos asquerosos, fermente el veneno, cuando la codicia exacerbada, en su atontamiento se daba prisa por apoderarse de cuanto le venia á la mano como una vieja sorprendida por el incendio, he aquí que vosotros surgís con gritos de españolismo, con cantos de confianza en el Gobierno, en lo que no ha de venir; he aquí que una carne palpitanie de calor y vida, pura, joven, lozana, vibrante en sangre, en entusiasmo, brota de repente para ofrecerse de nuevo como fresco alimento... ¡Ah, la juventud siempre inexperta y soñadora, siempre corriendo tras las mariposas y las flores! ¡Os ligáis para con vuestros esfuerzos unir vuestra patria à la España con guirnaldas de rosas cuando en realidad forjáis cadenas más duras que el diamante! ¡Pedís igualdad de derechos, españolización de vuestras costumbres y no veis que lo que pedís es la muerte, la destrucción de vuestra nacionalidad, la aniquilación de vuestra patria, la consagración de la tiranía! ¿Qué seréis en lo futuro? ¡Pueblo sin carácter, nación sin libertad; todo en vosotros será prestado, hasta los mismos defectos. Pedís españolización y no palidecéis de vergüenza cuando os la niegan! Y aunque os la concedieran ¿qué queréis? ¿qué vais á ganar? ¡Cuándo más feliz, país de pronunciamientos, país de guerras civiles, república de rapaces y descontentos como algunas repúblicas de la América del Sur! ¿A qué venís ahora con vuestra enseñanza del castellano, pretensión que sería ridícula si no fuese de consecuencias deplorables?; Queréis añadir un idioma más á los cuarenta y tantos que su hablan en las islas para entenderos cada vez menos!...

-Al contrario, repuso Basilio; ; si el conocimiento del castellano nos puede unir al gobierno, en cambio puede unir también á todas las islas entre si!

-¡Error craso! interrumpió Simoun; os dejáis en

gañar por grandes palabras y nunca vaís al fondo de las cosas á examinar los efectos en sus últimas manifestaciones. El español nunca será lenguaje general en el país, el pueblo nunca lo hablará porque para las concepciones de su cerebro y los sentimientos de su corazón no tiene frases ese idioma: cada pueblo tiene su manera de sentir. ¿Qué vais à conseguir con el castellano, los pocos que lo habéis de hablar? Matar vuestra originalidad, subordinar vuestros pensamientos á otros cerebros, y en vez de haceros libres haceros verdaderamente esclavos. Nueve por diez de los que os presumís de ilustrados, sois renegados de vuestra patria. El que de entre vosotros habla ese idioma, descuida de tal manera el suyo que ni lo escribe ni lo entiende y ¡cuántos he visto yo que afectan no saber de ello una sola palabra! Por fortuna tenéis un gobierno imbécil. Mientras la Rusia para esclavizar a la Polonia le impone el ruso, mientras la Alemania prohibe el francés en las provincias conquistadas, vuestro gobierno pugna por conservaros el vuestro y vosotros en cambio, pueblo maravilloso bajo un gobierno increíble, vosotros os esforzáis en despojaros de vuestra nacionalidad. Uno y otro os olvidáis de que mientras un pueblo conserve su idioma, conserva la prenda de su libertad, como el hombre su independencia mientras conserva su manera de pensar. El idioma es el pensamiento de los pueblos. Felizmente vuestra independencia está asegurada: ¡las pasiones humanas velan por ella...!

Simoun se detuvo y se pasó la mano por la frente. La luna se levantaba y enviaba su débil claridad de luna menguante al través de las ramas. Con los cabellos blancos y las facciones duras, iluminadas de abajo arriba por la luz de la lámpara, parecía el joyero el espíritu fatídico del bosque meditando algo siniestro. Basilio, silencioso ante tan duros reproches, escuchaba con la cabeza baja. Simoun continuó:

-Yo he visto iniciarse ese movimiento y he pasado noches enteras de angustia porque comprendía que entre esa juventud había inteligencias y corazones excepcionales sacrificándose por una causa que creían

buena, cuando en realidad trabajaban contra su país... ¡Cuántas veces he querido dirigirme á vosotros, desenmascararme y desengañaros, pero en vista de la fama que disfruto, mis palabras se habrían interpretado mal y acaso habrían tenido efecto contraproducente...! ¡Cuántas veces he querido acercarme à vuestro Makaraig, à vuestro Isagani; á veces pensé en su muerte, quise destruirlos...!

Detúvose Simoun.

-He aquí la razón por qué le dejo á usted vivir, Basilio, y me expongo à que por una imprudencia cualquiera me delate un día... Usted sabe quien soy, sabe lo mucho que he debido sufrir, cree en mi; usted no es el vulgo que ve en el joyero Simoun al traficante que impulsa á las autoridades á que cometan abusos para que los agraviados le compren alhajas... Yo soy el juez que quiere castigar à un sistema valiéndome de sus propios crimenes, hacerle la guerra halagándole... Necesita que usted me ayude, que use de su influencia en la juventud para combatir esos insensatos deseos de españolismo, de asimilación, de igualdad de derechos... Por ese camino se llega á lo más á ser mala copia, y el pueblo debe mirar más alto. Locura es tratar de influir en la manera de pensar de los gobernantes; tienen su plan trazado, tienen la venda puesta, y, sobre perder el tiempo inútilmente, engañáis al pueblo con vanas esperanzas y contribuís á doblar su cuello ante el tirano. Lo que debéis hacer es aprovecharos de sus preocupaciones para aplicarlas á vuestra utilidad. No quieren asimilaros al pueblo español? Pues, ; enhorabuena! distinguíos entonces delineando vuestro propio carácter, tratar de fundar los cimientos de la patria filipina... ¿No quieren daros esperanzas? ¡Enhorabuena! no esperéis en él, esperad en vosotros y trabajad. ¿Os niegan la representación en sus Cortes? ¡Tanto mejor! Aun cuando consigais enviar diputados elegidos á vuestro gusto, ¿qué vais á hacer en ellas sino ahogaros entre tantas voces y sancionar con vuestra presencia los abusos y faltas que después se cometan? Mientras menos derechos reconozcan en vosotros,

más tendréis después para sacudir el yugo y devolverlos mal por mal. Si no quieren enseñaros su idioma, cultivad el vuestro, extendedlo, conservad al pueblo su propio pensamiento, y en vez de tener aspiraciones de provincia, tenedlas de nación, en vez de pensamientos subordinados, pensamientos independientes, á fin de que ni por los derechos, ni por las costumbres, ni por el lenguaje, el español se considere aquí como en su casa, ni sea considerado por el pueblo como nacional, sino siempre como invasor, como extranjero, y tarde ó temprano tendréis vuestra libertad. ¡He aquí por qué quiero que usted viva!

Basilio respiró como si un gran peso se le hubiese quitado de encima y respondió después de una breve pausa:

-Señor, el honor que usted me hace confiándome sus planes es demasiado grande para que yo no le sea franco y le diga que lo que me exige está por encima de mis fuerzas. Yo no hago política, y si he firmado la petición para la enseñanza del castellano ha sido porque en ello veía un bien para los estudios y nada más. Mi destino es otro, mi aspiración se reduce á aliviar las dolencias físicas de mis conciudadanos.

El joyero se sonrió.

-¿Qué son las dolencias físicas comparadas con las dolencias morales? preguntó: ¿qué es la muerte de un hombre ante la muerte de una sociedad? Un día usted será tal vez un gran médico si le dejan curar en paz; pero más grande será todavía aquel que infunda nueva vida en este pueblo anémico. Usted ¿qué hace por el país que le dió el ser, que le da la vida y le procura los conocimientos? ¿No sabe usted que es inútil la vida que no se consagra à una idea grande? Es un pedruzco perdido en el campo sin formar parte de ningún edificio.

-No, no señor, contestó Basilio modestamente; yo no me cruzo de brazos, yo trabajo como todos trabajan para levantar de las ruinas del pasado un pueblo cuyos individuos sean solidarios y cada uno de los cuales sienta en sí mismo la conciencia y la

vida de la totalidad. Pero, por entusiasta que nuestra generación sea, comprendemos que en la gran fábrica social debe existir la subdivisión del trabajo; he escogido mi tarea y me dedico á la ciencia.

-La ciencia no es el fin del hombre, observó Simoun.

-A ella tienden las naciones más cultas.

- Si, pero como un medio para buscar su felicidad,

-¡La ciencia es más eterna, es más humana, más universal! replicó el joven en un transporte de entusiasmo. Dentro de algunos siglos, cuando la humanidad esté ilustrada y redimida, cuando ya no haya razas, cuando todos los pueblos sean libres, cuando no haya tiranos ni esclavos, colonias ni metrópolis, cuando rija una justicia y el hombre sea ciudadano del mundo, sólo quedará el culto de la ciencia, la palabra patriotismo sonará á fanatismo, y al que alardee entonces de virtudes patrióticas le encerrarán sin duda como á un enfermo peligroso, á un perturbador de la armonía social.

Simoun se sonrió tristemente.

-Sí, sí, dijo sacudiendo la cabeza, mas, para que llegue ese estado es menester que no haya pueblos tiranos ni pueblos esclavos, es menester que el hombre sea adonde vaya libre, sepa respetar en el derecho de cualquiera el de su propia individualidad, y para esto hay que verter primero mucha sangre, se impone la lucha como necesaria... Para vencer al antiguo fanatismo que oprimía las conciencias fué menester que muchos pereciesen en las hogueras para que, horrorizada la conciencia social, declarase libre à la conciencia individual. Es menester también que todos respondan á la pregunta que cada día les dirige la patria cuando les tiende las manos encadenadas. El patriotismo sólo puede ser crimen en los pueblos opresores porque entonces será la rapiña bautizada con un hermoso nombre, pero por perfecta que pueda ser la humanidad el patriotismo será siempre virtud en los pueblos oprimidos porque significará en todo tiempo amor á la justicia, á la libertad, á la dignidad misma. ¡Nada, pues, de sueños quiméricos, nada de

idilios mujeriles! La grandeza del hombre no está en anticiparse á su siglo, cosa imposible por demás, sino en adivinar sus deseos, responder á sus necesidades y guiarle á marchar adelante. Los genios que el vulgo cree se han adelantado al suyo, sólo aparecen así porque el que los juzga los ve desde muy lejos, ó toma por siglo la cola en que marchan los rezagados.

Simoun se calló. Viendo que no conseguía despertar el entusiasmo en aquella alma fría, acudió à otro argumento, y preguntó cambiando de tono:

-Y por la memoria de su madre y de su hermano, ¿qué hace usted? Basta venir aquí cada año y llorar como una mujer sobre una tumba?

Y se rió burlonamente.

El tiro dió en el blanco; Basilio se inmutó y avanzó un paso.

-¿Qué quiere usted que haga? preguntó con ira. Sin medios, sin posición social ¿he de obtener justicia contra sus verdugos? Sería otra víctima y me estrellaría como un pedazo de vidrio lanzado contra una roca. ¡Ah, hace usted mal en recordármelo porque es tocar inútilmente una llaga!

-¿Y si yo le ofrezco á usted mi apoyo?

Basilio sacudió la cabeza y se quedó pensativo.

-¡Todas las reivindicaciones de la justicia, todas las venganzas de la tierra no harán revivir un solo cabello de mi madre, refrescar una sonrisa en los labios de mi hermano! Que duerman en paz... ¿Qué he de sacar aún cuando me vengue?

-Evitar que otros sufran lo que usted ha sufrido, que en lo futuro haya hijos asesinados y madres forzadas á la locura. La resignación no siempre es virtud, es crimen cuando alienta tiranías: no hay déspotas donde no hay esclavos. ¡Ay! el hombre es de suyo tan malo que siempre abusa cuando encuentra complacientes. Como usted pensaba yo también y sabe cuál fué mi suerte. Los que han causado su desgracia le vigilan día y noche; sospechan que usted acecha un momento oportuno; interpretan su afán de saber, su amor al estudio, su tranquilidad misma

por ardientes deseos de venganza... El día en que puedan deshacerse de usted lo harán como lo hicieron conmigo y no le dejarán crecer porque le temen y le odian.

-¿Odiarme à mi? ¿odiarme todavía después del mal que me han hecho? preguntó el joven sorprendido.

Simoun soltó una carcajada.

-Es natural en el hombre odiar á aqucllos á quienes ha agraviado, decía Tácito, confirmando el quos læserunt et oderun de Séneca. Cuando usted quiera medir los agravios ó los bienes que un pueblo hace á otro, no tiene más que ver si le odia ó le ama. Y así se explica el por qué algunos que aquí se han enriquecido desde los altos puestos que desempeñaron, vueltos à la Península se deshacen en injurias y en insultos contra los que fueron sus victimas. Proprium humani ingenii est odisse quem læseris.

-Pero si el mundo es grande, si uno les deja gozar tranquilamente del poder... si no pido más que trabajar, que me dejen vivir...

-¡Y criar hijos pacíficos para irlos después á someter al yugo! continuó Simoun remedando cruelmente la voz de Basilio. ¡Valiente porvenir les prepara usted, y le han de agradecer una vida de humillaciones y sufrimientos! ¡Enhorabuena, joven! Cuando un cuerpo está inerte, inútil es galvanizarlo. Veinte años de esclavitud continua, de humillación sistemática, de postración constante, llegan á crear en el alma una joroba que no la ha de enderezar el trabajo de un día. Los sentimientos, buenos ó malos, se heredan y se transmiten de padres á hijos. Vivan, pues, sus ideas idílicas, vivan los sueños del esclavo que sólo pide un poco de estopa con que envolver la cadena para que suene menos y no le ulcere la piel. Usted aspira á un pequeño hogar con alguna comodidad; una mujer y un puñado de arroz: ¡he ahí el hombre ideal en Filipinas! Bien: si se lo dan, considérese afortunado.

Basilio, acostumbrado á obedecer y á sufrir los caprichos y el mal humor de capitán Tiago, y subyugado por Simoun, que se le aparecía terrible y sinies

tro destacándose de un fondo teñido en lágrimas y sangre, trataba de explicarse diciendo que no se consideraba con aptitudes para mezclarse en la política, que no tenía opinión alguna porque no había estudiado la cuestión pero que siempre estaba dispuesto á prestar sus servicios el día en que se los exigiesen, que por el momento sólo veía una necesidad, la ilustración del pueblo, etc., etc. Simoun le cortó la palabra con un gesto y como pronto iba á amanecer, dijo:

-Joven, no le recomiendo á usted que guarde mi secreto porque sé que la discreción es una de sus buenas cualidades, y aunque usted me quisiere vender, el joyero Simoun, el amigo de las autoridades y de las corporaciones religiosas, merecerá siempre más crédito que el estudiante Basilio, sospechoso ya de filibusterismo por lo mismo que siendo indígena se señala y se distingue, y porque en la carrera que sigue se encontrará con poderosos rivales. Con todo, aunque usted no ha respondido á mis esperanzas, el día en que cambie de opinión, búsqueme en mi casa de la Escolta y le serviré de buena voluntad.

Basilio dió brevemente las gracias y se alejó.

-¿Me habré equivocado de clave? murmuró Simoun al encontrarse solo; ¿es que duda de mí ó medita tan en secreto el plan de su venganza que teme confiarlo à la misma soledad de la noche? ¿O será que los años de servidumbre han apagado en su corazón todo sentimiento humano y sólo quedan las tendencias animales de vivir y reproducirse? En este caso el molde estaría deforme y hay que volverlo á fundir... La hecatombe se impone pues; ¡perezcan los ineptos y sobrevivan los más fuertes!

Y añadió lúgubremente como si se dirigiese á alguien:

¡Tened paciencia, vosotros que me habéis legado un nombre y un hogar, tened paciencia!; Uno y otro los he perdido, patria, porvenir, bienestar, vuestras mismas tumbas... pero tened paciencia! Y tú, espíritu noble, alma grandiosa, corazón magnánimo, que has vivido para un solo pensamiento y has sacrificado tu vida sin contar con la gratitud ni la admiración de nadie, ten paciencia, ten paciencia! Los medios de que me valgo no serán tal vez los tuyos, pero son los más breves... El día se acerca y cuando brille iré yo mismo á anunciároslo á vosotros. ¡Tened paciencia!