El general Don Pedro Santana y la anexión de Santo Domingo a España (Versión para imprimir)

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Autor: Manuel de Jesús Galván[editar]



I[editar]

Jamás ha cruzado por nuestra mente la idea de sostener un error ni hemos sacrificado nunca la verdad a las preocupaciones o a la pasión de partido. Hemos comprendido que la primera condición de un escritor, digno de este nombre, debe ser la de formar un criterio acertado antes de dar a luz sus pensamientos. Sus ideas, sus juicios, sus raciocinios deben tener un objeto principal, preferente; la verdad: y esta es siempre tan grave, tan sencilla, tan apreciable, como risible, complicado y repugnante es el error.

¿Qué perjuicio le resulta al que, lejos de dar a la verdad un carácter virulento, la reviste de esas formas de moderación y templanza que la sana razón dicta y el decoro aconseja? Ninguno ciertamente. Aquella es de suyo tan enérgica, tan lógica, tan elocuente que no hay arte ni poder humano capaz de destruirla: la verdad es el mismo Dios. Todo atavío inútil tiende a oscurecerla, toda forma exagerada ó violenta disminuye su brillo separándola de su verdadero punto, de su centro de acción.

Y si esto podemos decir de la verdad, ¿qué no podremos decir del error? Preséntesele bajo el aspecto que se quiera, el arte lo rechaza, la ciencia lo combate, la lógica lo condena, la experiencia en fin y el buen sentido lo relegan al desprecio.

Cuando del error se pasa a la injuria, a la calumnia, a la recriminación premeditada; a ese sistema de difamación cínica que la moral prescribe y contra el cual se revela la conciencia universal, entonces, si es un escritor quien las profiere o propala, se convierte en un ser digno del desprecio público, en un miserable criminal que abusa de su propia razón, de su propia conciencia para exhalar una venganza que castigan todos los pueblos, todos los códigos del mundo.

Y sin embargo, por extraño, por difícil, por mas inconcebible que parezca, no es menos cierto que existen escritores de esa especie! Mas por fortuna encuentran siempre a su frente algún correctivo poderoso, lo cual no deja de ser para ellos un tormento tanto mas insoportable cuanto aquel sea mas rápido y oportuno.

Establecidos tales precedentes, juzgamos llegado ya el momento de concretar la cuestión y determinar las causas que a ello nos han impulsado.






II[editar]

No ha mucho que en la Capital de Santo Domingo se denunció un hecho altamente escandaloso y acerca del cual no es nuestro propósito hacer comentario alguno. Recibióse en la Aduana un bulto dirigido a una persona respetable y cuyo nombre omitimos por consideraciones políticas que no queremos hoy traer aquí.

En resumen, aquel contenía impresos clandestinos y subversivos, obra estéril y tenebrosa de los enemigos de la anexión: entre otros aparecían envueltos varios ejemplares de un folleto de cincuenta y dos páginas, en tamaño regular, que ha sido repartido con profusión en algunas capitales de Europa y que lleva por titulo: La Gran Traición del General Pedro Santana; título que, sin otro comprobante, pone de manifiesto el ridículo apasionamiento, la innoble saña con que ha sido escrito. El autor, que dice ser dominicano, tiene buen cuidado, no solo de ocultar su nombre, si no también en hacer ignorar al lector el punto y la época en que fuera impreso: ¡indigna y doble cobardía que califica ya en la portada al espíritu débil y poco generoso que osara, no obstante, acumular acusaciones que rechazan la experiencia y el simple buen sentido!

Hoy que una necesidad acaso transitoria ha puesto en boga la publicación de millares de folletos, y a cuyo género ha tenido que consagrar un puesto la literatura de las naciones, hoy que las primeras notabilidades del mundo en todas las esferas y especialmente en la esfera política han esgrimido sus plumas en publicaciones de esa especie, en tales circunstancias sentimos tener que declarar que el folleto en cuestión, bajo cualquier aspecto que se considere, ya sea en la esfera del decoro o en la esfera literaria, en la de la historia ó en la filosófica, es el peor de cuantos han aparecido de mucho tiempo a esta parte. Las condiciones en que se ha publicado y por las circunstancias de su aparición no puede dársele calificación mas adecuada que la de libelo sin propiedad ni estilo, plagado de imposturas, vaciedades y contradicciones que debemos desvanecer, celosos como el que mas del indisputable honor y merecidas glorias de la Patria común.

Trasunto fiel de la protesta de Geffrad, [1] el expresado folleto rebosa odio profundo, despecho y sed de venganza por todos sus poros. Salpicada de versos a menudo inoportunos y a veces patibularios, ensayando sin éxito todos los tonos desde el profético hasta el tabernario, el autor pretende, con cierto énfasis que revela una petulancia extremada, ora hacer prevalecer su opinión personal, ora la de ciertos sujetos que, por lo visto, han hecho de él un instrumento por demás dúctil, un comodín capaz de doblegarse a todo género de bajezas.

Confesamos que no tomaríamos la pluma si el autor se atuviese a una discusión política; pero no es así, sino que se permite establecer las comparaciones mas absurdas, ataca inconsideradamente justas y sólidas reputaciones, injuria a la nación española, lanzando contra ella, contra el general Santana y contra los mismos dominicanos, acusaciones de carácter gravísimo y que nuestro patriotismo y amor a la verdad nos obligan á desvanecer, rechazándolas desde luego con franca indignación. Otra circunstancia no menos importante, nos alienta en tan noble empresa: la de conocer claramente la cabeza que ha concebido la agresión y la mano mercenaria que ha disparado el tiro. Sin designarlos con este objeto, a pesar nuestro nos veremos precisados a nombrarlos en el transcurso de la polémica. La opinión pública, en la cual intentaron, en épocas de fatal recuerdo, ingerir la mas completa desmoralización, empezando por organizar su descrédito, los irá señalando a medida que la rotación de los sucesos que tendremos necesidad de citar vengan a esclarecer y poner fuera de duda las cuestiones que nos apresamos a debatir.







III[editar]

Entramos en el examen minucioso del folleto encabezado con las siguientes palabras: "Según lo habíamos presagiado en otras ocasiones, Santana ha vendido la Patria de los Dominicanos y se prepara a adornarse con sus despojos." A este principio hace seguir el autor un obligado de Roma y Nerón y añade: "Al escribir este opúsculo se nos ocurre preguntar, ¿será estéril nuestro trabajo? ¿Habremos hablado tarde? ..... ¡Quién podría respondernos en momentos tan aciagos, a tales cuestiones! solo Dios...."

No, la prensa del mundo habrá revelado ya al autor del opúsculo lo estéril de su desleal y antipatriótica tarea. ¡El general Santana ha vendido la patria! Oh! no se concibe que un dominicano profiera tamaña injuria contra ese hombre ilustre que tanto se ha desvelado por sustraerla a las amenazas y constantes ataques de sus implacables enemigos, por devolverla aquella vitalidad y pujanza, aquel vigor floreciente que no ha recobrado desde que la deslealtad de un hombre ingrato llevara a cabo su separación de la madre Patria. ¡Venta, traición llama el autor al mas generoso impulso del corazón humano, a uno de los acontecimientos mas grandes que nos ofrecerá en lo sucesivo la historia de los pueblos! El autor, pues, es altamente injusto en sus calificaciones, destinadas a producir el peor efecto entre personas de buena fe y de recto criterio. Como dudando, sin embargo, de la certeza de aquellas y a pesar de cierto asombro artístico digno de otro lugar, dice en la página 5ª: "En efecto, ¿qué persona, de cualquiera clase que sea, no vacilará en creer que un hombre sacado de la oscuridad por sus conciudadanos, que ha obtenido, mas bien por los caprichos de la fortuna que por méritos reales, los títulos de Libertador y General en jefe, que ha sido colmado de riquezas, y que entre los grandes honores que se lo han concedido el mayor es de una espada confiada a sus manos para la conservación de la independencia; qué persona, decimos, podrá creer que este personaje, siendo a la vez jefe del Estado, se atreva a vender su patria a una Nación extranjera?"

"Estamos seguros, añade, que la duda asaltará al ánimo mas avisado."

Esto mismo creemos nosotros y estamos de acuerdo con el folletista que exclama casi a continuación. "A nadie puede, ocurrírsele que un hombre repleto de oro y dignidades, para saciar su codicia y la de un número muy corto de partidarios, dé la muerte, si cabe esta frase, a la Patria que le sacó de la oscuridad." -Verdad que seria gran locura ni siquiera suponerlo, y esta idea que se vuelve precisamente contra la anterior acusación del folletista, trae con oportunidad a nuestra memoria el siguiente raciocinio empleado por los escolásticos cuando cojen en un renuncio a su adversario; tu dixisti?, ergo ita est: "tu lo has dicho, luego así será."

Por lo que hace a que sus conciudadanos sacaran de la oscuridad al general Santana, esto prueba su verdadero mérito, su mérito real. Lejos de ser un cargo, es mas bien un timbre de gloria digno de un grande hombre. ¿Qué hubieran sido Washington, Cincinati y el mismo Napoleón, sin el aprecio y apoyo de sus conciudadanos? Genios oscuros e ignorados tal vez hasta de sí mismos.

Parecía natural que, una vez expuestas las consideraciones transcritas, el autor se declarase francamente partidario de la verdad, puesto que parece declararse convicto y confeso: pero no, inconsecuente, y rencoroso redobla sus ataques con inusitado encono: vuelve a llamar gran traidor al representante de la unidad dominicana, y se conduele de no encontrar una palabra mas dura con que calificarle, sin comprender quizá que ese sistema de discusión confunde al escritor con el mas miserable criminal.





IV[editar]

En medio de ese laberinto de contradicciones, suelen escapársele al folletista verdades que honran mucho al general Santana. Dice aquel en la página 8ª: "Dubergé no quería mando, lo que deseaba era una oportunidad para vindicar su nombre de la derrota de Azua, [2] que no había acertado a explicarse. Dios se la presentó en la gran batalla del Número, en donde esta vez su heroico valor fué superior á todo esfuerzo humano. —El triunfo en aquel peligro que la Patria corría, fue suyo; pero Santana dio a la acción de las CARRERAS, subsiguiente, todo el brillo que había tenido la del NUMERO y USURPÓ así la gloria de aquella jornada al modesto héroe." Lo cual equivale a decir: el brillo de la batalla de las CARRERAS deslumbró al de la batalla del NUMERO, y la gloria del general Santana eclipsó la de Dubergé. No tiene otra explicación el párrafo copiado. La palabra usurpar es pues a todas luces impropia. ¡Usurpación llama el folletista a la gloria justamente obtenida a fuerza de valor, de arrojo y de heroísmo, usurpación al brillante resultado que el esfuerzo y la grandeza de ánimo dieron al general Santana, y que convirtieron hacia él las miradas y las simpatías del pueblo dominicano! El autor del libelo, obcecado por la pasión de partido, ignora aún aquello mismo que refiere, no sabe lo que dice. Por lo demás, si Dubergé fue mas tarde al cadalso, cúlpese su carácter débil o rebelde que le indujo a la traición, cúlpese a la ley que lo castigó sin que en ello tuviera participación alguna el general Santana. Si cabe alguna responsabilidad en la muerte de Dubergé, ¡ojalá su sangre no caiga sobre la cabeza del autor o del inspirador del folleto, causa de tantas y tan tristes desgracias como han ensangrentado el infortunado suelo dominicano y cómplices ambos en la gran traición del 25 de marzo!

El folletista dice en la página 9ª: "A pretexto de que había salvado al país de la invasión haitiana, Santana se erigió en juez del gobierno constitucional... El ejército se presentó sublevado con su jefe bajo los muros de la Capital que le cerró sus puertas. Pero fue en vano. La administración de Jiménez ESTABA REALMENTE DESCONCEPTUADA en la opinión pública, y un gran número de ciudadanos se acogieron a los consulados extranjeros para no verse obligados a tomar parte contra el ejército, que calificaban de libertador y a favor de un gobierno que se acusaba de haber comprometido demasiado la República.....

Entró Santana por las puertas de la ciudad sitiada, victoreado y aclamado como héroe, por una multitud, puede decirse inocente, que al llamarle libertador, etc."

El autor debe a menudo experimentar en su conciencia la repulsión moral de su argumentación contraproducente: Su efecto es diametralmente opuesto al que se propone.

El ejército se hallaba sublevado, la multitud aclamaba y victoreaba al general Libertador, la administración Jiménez estaba realmente desconceptuada. Ahora bien; el ejército y el pueblo alentaron al general Santana para derrocar dicha administración. ¿Y que quiere decir esto? Que aquel reunía al prestigio suficiente para con el ejército, el mas eficaz apoyo de parte del pueblo, que los votos de uno y otro se hallaban de su parte, lo cual hizo que legítimamente resignaran en él su dirección y gobierno. Las aceptó, cumpliendo con ello un deber sagrado que le imponía el país. ¿Puede haber honra mayor para el nombre del general Santana? ¿Debe vituperársele por esto?

Llegamos al punto mas culminante y trascendental del folleto, punto que interesa mucho al autor tocar cautelosamente y que, sin embargo, como quiera que defiende intereses bastardos, no puede elevar su narración mas allá del nivel de una calumnia. Dice en la página 10:

"La administración del Sr. Baez había sido de felices resultados para el país: Santana comprendía esto perfectamente; pero incapaz de rivalizar con su émulo con hechos administrativos propios, o llevando a efecto los pensamientos que aquel había dejado indicados o con otras medidas que el país empezaba a reclamar y que le hubieran granjeado la estimación de sus conciudadanos; quiso y prefirió mejor, desconceptuar al Sr. Baez ante la opinión pública; creyendo que una vez desacreditado el autor quedarían desacreditados o a lo menos olvidados los hechos."

A este acontecimiento, narrado así a ciencia y presencia del famoso mandatario, llama traición el escritor puesto a su devoción. Muy bien, y nos felicitamos de ello puesto que nos provoca a establecer un paralelo entre el general Santana y el famoso Baez.

¿Cual es el origen, procedencia y conducta de estos dos hombres tan distintos en aspiraciones y tendencias? ¿Qué hay de común entre ellos?

Veámoslo.

Santana, hijo de una apreciable y honrada familia de Hincha, de grande inclinación hacia la Metrópoli, [3] ha sabido elevarse, sin otros medios que su propio mérito, su abnegación y honradez, a la categoría de jefe supremo de una Nación; sus tendencias han sido siempre el bienestar y la prosperidad del suelo dominicano, trabajado de consuno por la ambición de enemigos interiores y las acometidas haitianas: Baez, dotado de un carácter turbulento, perturbador de oficio y corruptor de la sociedad como su difunto padre, dispuesto siempre, con miras que quisiéramos ignorar, a enajenar el territorio dominicano a la Francia, (no obstante el sin número de circunstancias que a ello se oponen), o a entregarlo a Haití, Baez, decimos, si alguna vez ha logrado asaltar el poder ha sido siempre, o abusando de los mas nobles sentimientos, o valiéndose del soborno y de intrigas de baja ley.

Dispénsenos el lector si, en vista del afán que ha manifestado el folletista por averiguar el origen de Santana, se ha picado nuestra curiosidad hasta el punto de indagar también el de Baez.

Hecha esta ligerísima digresión, cumple a nuestra imparcialidad declarar que, al paso que Santana ha sido censurado por su extremada franqueza y publicidad en todos sus actos, desde el momento de su elevación, Baez lo ha sido siempre y desde un principio por abrazar la intriga y la desmoralización como pedestal único de su fatal encumbramiento.

¡Dice el folletista que "la administración del Sr. Baez había sido de felices resultados para el país!" Para el país! no; lo fué para la fortuna de aquel mandatario que lo saqueó, abusando indignamente de su índole pacífica!....

Hemos procurado indagar las causas de la caída de Baez, acudiendo para ello a fuentes auténticas, a testimonios irrecusables, a los mismos enemigos del general Santana. Ellos son los que nos han dicho: -"Declaramos con pesar que su inmoralidad política y administrativa han perdido a Baez. Sus manejos han sido públicos: ¿a qué ocultarlos? Seria inútil y ridículo."— Esta confesión de parte es una relevación de prueba. ¿Se comprende, pues, que el general Santana tuviese necesidad de acudir al descrédito para que Baez fuese derrocado? Solo al folletista puede ocurrírsele aseveración semejante. El Sr. D. Félix Maria Delmonte, autor de varios decretos en tiempo de aquella administración, mil veces peor que la de Jiménez, y autor a la vez, sino mienten nuestros informes, de las últimas proclamas de Sánchez y Cabral, podría informar mejor que nadie acerca de la verdad política y administrativa en la citada época.

Pero tenemos, sin recurrir directamente al citado testimonio, otros no menos importantes y que produciremos a continuación: Véanse las siguientes líneas que extractamos de la Memoria que, acerca de las circunstancias y principales causas que provocaron los sucesos políticos ocurridos en la República desde el año 1856 hasta el alzamiento Nacional de 1857, dirigió al general Santana en 1859 el Secretario de las Relaciones Exteriores:

"Un hombre funesto, -dice la citada Memoria,- que el cielo en sus inescrutables designios arrojó sobre nuestro suelo como una calamidad, como una prueba terrible, desbarató aquellos designios del patriotismo, los cálculos de la prudencia, las justas previsiones de la razón; y con una perversidad que, por lo audaz e implacable, no merece otro nombre que el de diabólica, convirtió el bien en mal. Del Tratado Dominico-Hispano [con tanto júbilo acogido por nosotros, con tantos extremos de satisfacción celebrado por V, E., que le juzgaba con sobrada razón grande y fausto acontecimiento] de aquel tratado de paz hizo un instrumento de discordia; preparó el advenimiento del tirano; (Baez) y por fin encendió por sí mismo, a sabiendas, con protervas miras, la hoguera apenas extinguida de nuestras discordias intestinas.

"Los Dominicanos y V. E., conocen a D. Antonio Maria Segovia, y al leer las anteriores líneas le han nombrado etc."

En la página 8ª del mismo documento oficial se registran también los siguientes párrafos que retratan las causas que influyeron en la extraña subida de Baez al poder.

"Gracias, -dice,- a los manejos del Sr. Segovia y del partido político que había creado a favor de Buenaventura, Baez, compuesto en su mayor parte de pseudos-Españoles, el Gobierno se desprestigiaba de día en día, y de tal suerte que ni la fama de honradez y probidad de los hombres que le componían, ni el claro nombre de V. E., (apartado hacia meses de los negocios, pero que procuraba asistirlo con sus sanos consejos) alcanzaban ya a prestarle aquella fuerza moral, el mejor y mas firme apoyo de los Gobiernos."

"Descontento general, guerra civil, cierta, rumores de invasión haitiana, Gobierno desautorizado: tal era la situación de la República, situación por todo extremo grave y peligrosa."

El Cónsul Español, Don Antonio Maria Segovia, que veía las cosas llegadas ya al punto que había deseado, indicó a Buenaventura Baez, como el único hombre capaz de restablecer la tranquilidad y gobernar la República en paz y bienandanza. Cundió esta idea, y con tan buena fortuna para sus propaladores, que el Senado y el Gobierno mismo la acogieron, deseosos todos de conjurar los peligros que corría la Patria. ¡Error funesto que a poco comenzamos todos a deplorar, pero que honra a los que le cometieron, por cuanto puso de manifiesto su patriotismo y lealtad! Y V. E. mismo a quien se dio conocimiento del suceso, y a quien el Gobierno y el Senado pidieron, invocando la Unión y el Bien Público, que se reconciliase con Buenaventura Baez, contestó que si la Patria necesitaba esa reconciliación para su felicidad, V. E. la aceptaba!

"Fueron pues abiertas para Buenaventura Baez y demás expulsos las puertas de la Patria: el Ejecutivo dimitió y Baez fue elevado a la Primera Magistratura del Estado."

"Bajo tales auspicios y con tan extrañas condiciones entró Buenaventura Baez a gobernar."

"Cómo lo hizo en la política general del país, en su régimen administrativo y en la Hacienda, de allí a poco se vio; pero semejantes pormenores no entran en el cuadro de esta sucinta Memoria."

No se necesita mas para conocer al célebre Manumiso, [4] al hábil revolucionario a quien en mal hora quedaron, bien que por poco tiempo, encomendados los destinos de la primada de las Antillas! El autor del libelo apela a la conciencia del país para juzgar al general Santana y al agitador Buenaventura Baez! Sea en buen hora; a él apelamos también nosotros.

Hemos consultado y estudiado á fondo la opinión general, hemos seguido y observado todas las diversas manifestaciones de la conciencia pública desde antes de la anexión hasta el presente y nuestras imparciales investigaciones han dado por resultado el criterio histórico que vamos á consignar y que echa por tierra las absurdas apreciaciones del folleto clandestino.







V[editar]

Baez, como él mismo ha probado recientemente, ha sido francés por cálculo ya que por principios no podía serlo: Santana, afecto siempre a la nacionalidad española, ha demostrado la franqueza y sinceridad de sus sentimientos, poniendo a la vez de manifiesto los nobles deseos del pueblo Dominicano.

Baez ha llegado al poder, no por las simpatías del pueblo a quien tiranizaba y dilapidaba, sino por medio de la intriga y la alevosía; Santana ha ocupado siempre la Presidencia previo el asentimiento de los dominicanos y merced a la legítima influencia que sobre ellos ha sabido ejercer y ejerce todavía, sin que nadie hasta el presente haya podido amenguarla.

Baez, desprestigiado antes de subir al poder, ha hecho sentir de un modo escandaloso los efectos de su administración corruptora apenas ha podido hacer uso de la fuerza; desde el primero al último dominicano le acusan de inmoral, cínico y dilapidador; Santana es universalmente aplaudido y realzado por haber impreso a su administración el sello de la mas estricta moralidad, castigando severamente los manejos que tendieran a menoscabar la justa reputación de su rígida conducta administrativa.

Baez, arrojado del poder, a trueque de dar rienda suelta a sus sentimientos mezquinos, ha tendido a disolver las fuerzas del país, de mancomún con sus eternos enemigos los haitianos; Santana ha unido esas fuerzas, dándolas cohesión y vigor, consiguiendo resistir a Baez y a Haití.

Baez, así que vio que el iris de paz empezaba a brillar en el horizonte del país, arrojó en él la tea de la discordia; Santana ha tenido que acudir a apagarla destruyendo sus perniciosos efectos.

Finalmente, tenemos un hecho general que ofrecer a la consideración del lector y que por su naturaleza da a conocer el carácter respectivo de cada uno de los hombres que comparamos.

Santana, vencedor, colmado de honores y riquezas, ocupando el poder, según declara el folletista, por espacio de mucho tiempo y habiendo llegado a él dueño de una fortuna, respetable, vive hoy en la pobreza; en tanto que Baez, vencido, derrocado, habiendo obtenido el poder en medio de la miseria y no obstante de haber pasado por él como una exhalación, subvenciona periódicos para combatir la grande obra de la anexión, hace gala de haber adquirido una fortuna en el gobierno y vive en la opulencia.

El secreto de la fortuna de Baez descansa en la inmoralidad de su administración; la humilde condición del general Santana consiste únicamente en su honradez y probidad mientras ha sido gobierno, en su comportamiento generoso cuando ha permanecido alejado de él.

Tal es el paralelo que cabe entre esos dos hombres tan distintos entre sí, y nosotros al consignar los datos precedentes, no hacemos mas que escribir el fallo que sobre ellos ha pronunciado el gran tribunal de la opinión.






VI[editar]

Dice el folletista en la página 10 que "el general Santana acusó ante el Congreso al Sr. Baez de traidor a la Patria etc." Es inexacto: el Congreso mismo, con sobrada razón, fue el acusador de Baez y a la generosidad del general Santana debió aquel tal vez que la acusación no se llevara a término.

Siguiendo el autor del folleto por ese mismo camino, se permite acriminar al ilustre general a costa tan solo de la inventiva y enumerando un extenso tejido de hechos calumniosos, tejido cuya grosera urdimbre conocemos y que no puede inspirarnos sino desprecio.

En la página 19 exclama: "Hay en nuestra historia un acontecimiento glorioso para unos, triste para otros y que no tememos de calificar como la primera ingratitud de los dominicanos, y como el primer error político, causa de todos nuestros males durante el último medio siglo."

"Este acontecimiento es el levantamiento de nuestro país contra los franceses y a favor de España, capitaneado por D. Juan Sánchez Ramírez.....

"¿No valía mas, -añade,- habernos quedado unidos a la madre adoptiva, que haber vuelto a los de la madre legítima pero desnaturalizada?.....

"No obstante, D. Juan Sánchez rechazó a los franceses y llamó a los españoles; lo cual, bien que fue el origen de nuestros males le valió el título de Brigadier y la confianza de la Capitanía General de la parte española etc."

"Este nombramiento, -dice el folletista,- ha sido la cansa que ha tenido siempre en expectativa a Santana hacia España, La Capitanía general por toda la vida, la perpetuidad en el mando, he ahí su dorado sueño."

¡Dominicano se titula quien esto escribe! Por honra propia, por honra de este suelo clásico de generosidad debió haber arrojado la pluma antes que deslizarla sobre el papel en que tales insultos estampara. Afortunadamente la Nación española tiene su decoro a la altura de su invicto pabellón y a tal altura no alcanzan los tiros de un español degenerado oculto bajo el sucio velo de un difamador anónimo.

Comprendemos, si, que una provincia o una colonia, separadas de su Metrópoli, tiendan, en circunstancias dadas, a la emancipación; pero que se pida su asimilación ó su incorporación a una potencia cuyos usos, costumbres, idioma, historia y tradiciones sean completamente distintos y hasta antitéticos es lo que nuestra escasa inteligencia no acierta a explicarse. Comprendemos que Haití, por ejemplo, se anexione a la Francia, pero de ningún modo la parte española de la antigua Isabela. Esta, en tanto subsista con las condiciones antes enumeradas, ha de ser por precisión o independiente o ha de formar parte de la Nación que le diera nombre y origen.

He aquí porqué calificamos de alevosas las miras interesadas y bastardas del innoble Baez, acusado de traidor por el Congreso Dominicano cuando quiso poner el país a disposición de la Francia y la que tal vez por uno de esos sentimientos de grandeza y generosidad muy comunes a esa Nación, sentimientos que nosotros los primeros reconocemos, no quiso aceptar la oferta: He aquí porqué los dominicanos, por un movimiento libre, espontáneo, se apresuraron a rechazar indignados la traición que aquel le preparaba y de la que jamás se hubiera hecho cómplice la Nación francesa; he aquí finalmente porqué calificamos con este nombre el proyecto de Baez y llamamos, por el contrario, acto grandioso de abnegación y lealtad la reversión de Santo Domingo a la madre Patria con tan buen éxito iniciada por el ilustre general Santana.

¡Desnaturalizada llama el folletista anónimo a la madre legitima! No se comprende tanta obcecación! A costa de qué sacrificios, de qué violencias, de cuánta sangre se independizó de ella Santo Domingo? ¿Qué luchas tuvo que sostener esta provincia para emanciparse de la Metrópoli? ....

Le bastó para ello la deslealtad de un número cortísimo de individuos a quienes ha juzgado ya la historia. Esto es todo: ¿puede, darse, pues, mayor prueba de desinterés que el de una madre que deja a su hijo la mas amplia libertad de decidir acerca de sus destinos?

Por lo demás, el folletista habrá reconocido ya a estas horas lo equivocado de sus repetidas aseveraciones por lo que respecta al Excmo. Sr. D. Pedro Santana, actual Capitán General de la nueva Provincia española, quien, lejos de reservarse presentar como condición de la anexión la perpetuidad en el mando, no ha tenido ahora ni antes la menor exigencia ni remotamente siquiera, en este sentido, sabiendo solo que el gobierno de S. M. puede a cualquiera hora relevarle del mando, pues sabia ya de antemano que en España no existen Capitanías generales a perpetuidad. [5] Creemos, por lo tanto excusado seguir al autor del folleto en sus ditirambos y elucubraciones, contentándonos con apuntar los siguientes juicios que, a vuelta de una palabrería fatigosa, se han escapado a su imaginación calenturienta.

"Tampoco, -dice,- Santana ha desperdiciado NUNCA la ocasión favorable para encomiar la bondad del gobierno español.... y cuando ha querido persuadir a algunos a abrazar el pensamiento que le DOMINA, ha llegado hasta el extremo de decir que sus servicios no valían gran cosa y que los daría por inútiles con tal de que la España volviese a gobernar en Santo Domingo."

Y casi a continuación añade:

"Mas, cuando se trata, de España, su tono cambia y llega hasta el extremo de conformarse a ser bajo este gobierno, alcalde pedáneo." ¿Se quieren otras pruebas de abnegación, desinterés y franqueza que las mismas que produce el desordenado folletista? ¡Y pretende con ellas dirigir y acumular cargos contra el general Santana! Con algunos argumentos mas del mismo tenor, no habrá quien no exclame: "El general Santana es un español lleno de entusiasmo y ardimiento, el folletista es un insensato sin talento ni argumentos para hacerle oposición."

Pero hay mas todavía: después de la serie de ataques prodigados, truena de nuevo contra la noble nación que tantas glorias atesora y dice textualmente:

"Mas si España, equivocada en sus creencias....ha proyectado por un acto de magnanimidad, la misión de llevar a nuestro suelo, juzgándonos en un estado completo de barbarie, todos los elementos de su civilización, a trueque de dominarnos, los dominicanos pueden decirla: No, no queremos vuestras luces, (porqué?) porqué preferimos vivir en el ultimo grado de atrazo, (sic) a caer por un poco de brillo, en la mas degradante servidumbre. [6]

Alejaos! no vengáis a traer sobre esta nueva raza que ha sabido aun con su ignorancia, hacerse amiga de naciones mas civilizadas que vos los desastres y las calamidades, que en otros tiempos vuestros antecesores trajeron a los antiguos pobladores de esta isla."

Y luego, haciendo lujo el autor del folleto del más lastimoso estado de ignorancia y ensañamiento añade:

"En España hay distinción de clases y de gremios, es decir, está consagrada la desigualdad." [7]

En las páginas 44 y 45, lleno de despecho y de indignidad, como si jamás la vergüenza hubiese asomado en el rostro ni la verdad en los labios del escritor anónimo, apostrofa a los españoles en los siguientes términos:

"Nuestras artes llegarán a su perfección cuando el país lo exija."

"Nuestra agricultura no está arruinada. Es verdad que es mezquina; pero está en relación con el número de habitantes que pueden entregarse a ella. Queremos que sea mejor así y que ese producto mezquino se reparta entre nuestros agricultores y no que vengan dos o tres de los vuestros a monopolizar el trabajo de todos."

"Venís a despojarnos de propiedades adquiridas por derecho perfecto."

Miserable! Solo bajo el tupido velo del anónimo se escriben tamañas infamias. No queremos rebatir calumnias contra las cuales es dable tan solo protestar en nombre del decoro, del proverbial respeto de los españoles a la propiedad y de ese sentimiento levantado y generoso que siempre los animará y ha inmortalizado su nombre en la historia del mundo.

"Queréis explotar, -dice en la página 45,- nuestros bosques vírgenes y sin rival, para proveer vuestros arsenales marítimos de la Carraca, Ferrol y Cartagena."

"Queréis extraer de las entrañas de nuestra tierra el oro y la plata de que es fama [8] abundan."

"Queréis explotar esas moles gigantescas de carbón de piedra que coronan a Samaná y van a perderse en el corazón del Cibao, y nuestras inagotables minas de hierro, no tocadas aun por la mano del hombre; ¡el hierro y el carbón de piedra! los dos elementos de la civilización material moderna, mas importantes aun que el oro y la plata."

Ahora bien: ¿que desea el autor? que el carbón de piedra y el hierro permanezcan eternamente en sus filones y criaderos, es decir, ocultos y negados a la civilización? Es cuanto puede deducirse de su hueca palabrería. ¿O quiere que Santo Domingo se perpetúe así, con su agricultura mezquina, con sus bosques vírgenes, con sus moles de carbón de piedra etc., sin que la civilización utilice jamás esos grandes elementos de bienestar y progreso?

Es decir, ¡quiere que el pueblo dominicano se perpetúe inmóvil en su desgracia, quede eternamente envuelto en el pesar, limitado a permanecer estático, pasivo, en el centro mismo de la riqueza y a la vista de la marcha progresiva de la civilización!







VII[editar]

El folletista obedece, no ya a la pasión de partido sino a un sentimiento ciego de venganza. ¿Qué porvenir le estaba reservado a Santo Domingo siguiendo sus consejos?

Veámoslo: ¿Cuáles eran los elementos de vida material del pueblo dominicano? El folletista lo ha dicho: una agricultura calificada por él de insignificante y mezquina. La industria y el comercio suponen capitales cuantiosos, capitales que, puestos en circulación entre un pueblo eminentemente agrícola como puede serlo el dominicano, debían también suponer un progreso importante en la agricultura, madre primogénita del comercio y de la industria. Tenemos pues, que le faltaban los elementos principales de su vida material y esa falta que necesariamente había de ir en aumento, debido a la situación política del país, hubiera concluido por sumirlo en una perpetua calamidad.

Inglaterra, la primera nación comercial é industrial del mundo, se dedica con mas afán que otra alguna al progreso de la agricultura a pesar de la aridez natural de su suelo.

¿Cuáles eran los elementos de vida moral y política de Santo Domingo antes de la anexión? Solo la influencia del general Santana era suficiente a contener al pueblo dentro de los límites que hasta entonces reconociera y aceptara; y esto era efecto de las luchas civiles que ensangrentaban el país y de las constantes amenazas de Haití. Además, administraciones como las de Jiménez y Baez dejaron al país exhausto de recursos después de haber hecho pública irrisión de las leyes y burlándose de la moral pública. Oh, si, a los dominicanos les tenia mas ventaja disolverse a continuar sosteniéndose en pie de guerra, cerradas todas las fuentes de una prosperidad racional y a la vista de calamidades que después de hacerles arrostrar todas las inquietudes, todos los disgustos y sinsabores de una vida agitada, en medio de su genio vivo y de su carácter independiente, noble y altivo, hubiera concluido por hacerles morir de inanición. ¿Y cree esto justo, humanitario, patriótico el autor del libelo? La anexión debía de conjurar esa serie de peligros, poniendo a salvo la antigua nacionalidad de la primada de las Antillas. ¿Ha llenado su objeto, si o no? Los hechos, mejor que nosotros, contestan afirmativamente y del modo mas satisfactorio a esta pregunta. La mas completa calma, la mayor tranquilidad ha reemplazado a la inquietud, al malestar que hace poco se sentía de un extremo a otro del territorio dominicano: la afluencia de capitales revela claramente la consolidación de una paz duradera, el entusiasta desarme de las fuerzas del país es un indicio seguro de trabajo y prosperidad, y la presencia de un brazo fuerte, de un gobierno estable y prudente una señal inequívoca de que los partidos rivales cesarán de hostilizarse en adelante. En el interés de los mismos partidos está el no turbar el orden, cediendo a un sentimiento de ambición o de venganza.

De lo expuesto deducimos algunas consecuencias generales: 1ª El cambio operado el 13 de Marzo por la ex-República Dominicana, pone a salvo sus intereses materiales y morales; 2ª Como medida política, la anexión es un gran acontecimiento, que no vacilamos en afirmar ha librado a los dominicanos de un gran naufragio; 3ª Ha recobrado su primitiva nacionalidad, tornando de nuevo a participar de las glorias de su antigua patria.

Si el gran suceso que ha dado tales resultados, consumado por el pueblo dominicano, merece el nombre de error; si a Santana, como iniciador del pensamiento se le da la calificación de reo de lesa— Patria, confesamos francamente que no sabemos para que actos reserva el Diccionario universal las palabras lealtad, fidelidad y abnegación. "Las naciones, -ha dicho Chateaubriand,— no se despojan de sus tradicionales costumbres como de un antiguo velo." Y así es la verdad. Al llamar, pues, el folletista a sus conciudadanos en nombre de un patriotismo que tal vez nunca ha sentido, no ha hecho sino proclamar la ruina meditada y alevosa de su infortunado país. Sus palabras, como era de esperar, no han surtido efecto alguno.






VIII[editar]

Evidenciada a grandes rasgos la situación de Santo Domingo antes y después de la anexión y demostradas evidentemente las inmensas ventajas que le ha reportado ya y debe reportarle este suceso memorable, examinemos cuáles han podido ser los móviles que indujeron a la España a aceptarla.

Podemos afirmar de la manera mas terminante qué ninguna mira interesada, como se ha querido suponer, movió al gobierno español a aceptar la anexión. El movimiento del 18 de marzo sorprendió a España mas aun si cabe que a las demás naciones: El gabinete de Madrid, a pesar de las reiteradas instancias de los dominicanos, dudando tal vez del éxito que pudiese tener una tentativa de reincorporación, rogó al gobierno de la ex-República que la aplazara indefinidamente. Entretanto, queriendo adquirir la certeza práctica de los sentimientos que abrigaran los dominicanos respecto a la antigua Metrópoli, creyó prudente mandar una comisión militar que se enterase del estado del país y de las simpatías que este abrigase por la España. No había aquella terminado su misión, cuando el pueblo dominicano arrostrando por todo, sin pararse ante consideraciones diplomáticas, sin consultar mas que a su propio entusiasmo aclamó e hizo ondear de un extremo a otro de la ex-República el invicto pabellón de Castilla, gloriosa enseña que no hacia aún medio siglo lo había conducido a la victoria.

Esto aconteció el 18 de marzo. Para fijar bien la naturaleza de este movimiento, permítanos el lector una ligera digresión. Por si pudiera darse un carácter sospechoso a nuestras palabras, apelaremos al testimonio de personas cuya imparcialidad no admite duda alguna.

Un joven escritor que acababa de llegar a Santo Domingo, testigo presencial de lo ocurrido aquel día y que hasta entonces, según él mismo declara, no había conocido al general Santana ni le ligaba otro interés para con el pueblo dominicano que el de una curiosidad simpática y el deseo de referir la verdad de cuanto a su vista se ofreciera, describe en los siguientes términos el movimiento de la capital:

"Durante la lectura del documento transcrito [9] notábanse frecuentes alternativas de conmoción y entusiasmo en la muchedumbre; especie de doble asentimiento a menudo sellado por un silencio profundo. El espectáculo era grandioso, y yo, admirador de mi patria, no pude permanecer indiferente. Al oír prorrumpir al pueblo dominicano en estruendosos vivas a España! mi corazón se dilataba y repetía aquellos vivas que llenaban el aire como el incienso que exhala el fuego sagrado de nuestros templos. Murillo, pintor del sentimiento, el mismo Teniers, pintor de la vida, hubieran arrojado sus paletas y sus pinceles juzgando temerario empeño el querer trasladar al lienzo aquel cuadro doblemente animado por la vida y el sentimiento. En la galería del palacio senatorial y bajo venerandas bóvedas, veíase aquel cortejo de patricios ilustres evocando la fraternidad, gran principio social consignado en el Evangelio y realizado por la civilización cristiana: En la Plaza el pueblo, descubierto, aclamando la nacionalidad española, agitaba sus sombreros en señal de regocijo y a retaguardia, inermes, las tropas de la guarnición, seguían con verdadero transporte aquel movimiento hacia su antigua Metrópoli."

"Jamás olvidaré la impresión que en mi ánimo causó la presencia de aquellos soldados cuyo valor y ardimiento apenas es creíble: tostados sus rostros por un sol intertropical, levantaban con orgullo sus frentes ennegrecidas por el humo de la pólvora quemada en cien combates. Ah! ese orgullo que se reflejaba en sus semblantes era la llama del amor patrio que se mantiene viva todavía en el fondo de su corazón.... En una palabra, el gobierno, el pueblo y el ejército, en armónico cuadro, abdicaban su propia autonomía con voluntad y conciencia, sin coacción de ninguna especie, y era un espectáculo sublime contemplar aquellos corazones dilacerados, aquellas almas solitarias tornando a moverse alegres en su propia órbita."

La precedente descripción creemos bastará, después de lo anteriormente indicado, para conocer la natural espontaneidad del movimiento. Los españoles no tomaron parte en él, ni tenían porqué tomarla; fue, pues, obra exclusiva del pueblo dominicano a cuya cabeza se hallaba el general Santana. En la misma isla de Cuba, no menos que en la Península, se recibió la noticia con sorpresa, y una prueba de ello es, 1º que solo un buque español, que en nada pudo haber favorecido el movimiento, se hallaba en la bahía de las Calderas [10]; 2º Que las tropas españolas, procedentes de Cuba, tardaron algunas semanas en desembarcar en el territorio anexado; 3º Que en el gabinete de Madrid se debatió largamente acerca de la aceptación y conveniencia de la reincorporación, por cuyo motivo se retardó el Real decreto en que aquella quedaba sancionada.

El gobierno español, y esto nos consta de una manera indudable, no tuvo en ello mira alguna interesada; solo consultó el deber que su proverbial generosidad le imponía para con el hijo que, reconociendo muy a tiempo el extravío que en él causara un consejo inoportuno de un amigo desleal, trata de buena fe e impulsado por un sentimiento de nobleza, de reconciliarse con el padre.

El Gobierno de Madrid por otra parte, no quiso, no pudo hacerse sordo a las aclamaciones de un pueblo que, sin otra excitación que su propio instinto, y en alas de su patriotismo y abnegación, llamaba a sus puertas con la voz del entusiasmo.

He aquí, pues, explicado en breves frases todo el misterio, el secreto todo de haberse verificado y aceptado la anexión. A quien otra cosa crea, ya sea de parte de la España, ya de parte de los dominicanos, no se le puede dar otro calificado qué el de visionario.







IX[editar]

Volvamos al folleto:

En las páginas 46, 47 y 48 registramos las siguientes líneas:

"El patriota general Francisco Sánchez .... acaba de protestar, al mismo gobierno de Santo Domingo, contra el tráfico de su patria, y se lanza a la revolución con una de esas resoluciones que preludian un gran triunfo. Se fue a Haití etc. ....."

"También el valiente, general José Maria Cabral ha ofrecido su espada a la revolución; y la capital ha llamado a las armas a la República...."

"No dudarnos que nuestros hermanos del Cibao, serán los primeros en abrazar la causa de la regeneración, y que impetuosos como el Yaque se precipitarán a dar su contingente para la grande obra que ha de encaminar al país hacia sus verdaderos destinos." [11]

A los precedentes datos podemos añadir uno muy importante y es, que el autor del folleto fue uno de los principales instigadores y autor de las proclamas de Sánchez y Cabral. —Estos desgraciados generales, vendidos a Haití y sobornados posteriormente por Baez y Geffrad quisieron arrojar de nuevo la discordia en el pueblo dominicano. Nadie ignora el desenlace de la tentativa: toda la parte española y especialmente el Cibao, centro de operaciones de la revolución, se levantó como un solo hombre a rechazarla y combatirla. Una intentona que se ve tan espontánea y unánimemente contrariada, ¿puede creerse que sea la expresión fiel de las aspiraciones de un país? El autor de las proclamas de Sánchez y Cabral, el inspirado por Geffrad y Baez, ¿puede hablar en nombre del patriotismo, calumniar al general Santana, rebajar el buen nombre de la Nación española y erigirse en intérprete de la opinión del pueblo dominicano? Abandonamos la contestación al criterio del menos circunspecto y experimentado.







X[editar]

Pasemos a otra cuestión, aunque nos veamos precisados a ordenar hechos y juicios que el autor presenta en la mayor confusión.

"No ha mucho, -dice en la pág. 36,- la Inglaterra y Francia, mas consecuentes que las demas naciones con su siglo, agregaron al derecho de gentes, este principio que desde la emancipacion de los Estados Unidos y la revolucion francesa venia buscando un lugar donde colocarse. Los pueblos pueden darse el gobierno que les convenga y quieran." [12]

"Esta es la proclamación del sufragio y de la soberanía popular. —Es al pueblo a quien toca ejercer este acto y no a otro.... "

"Que la España no olvide, -añade,- que tiene combustibles inflamables muy cerca del fuego..... etc."

Perfectamente ¿Qué es la aclamación popular? ¿No es la expresión de un pueblo y una expresión de tal naturaleza en que la inmensa mayoría que no es nunca, que no puede ser formularia, llena de entusiasmo del cual participan hasta la mujer y el niño, acoge y proclama un sentimiento, una idea mas o menos grande, mas o menos digna, mas o menos generosa?

"Es cierto, -podemos decir con un escritor que se ha ocupado de esta cuestión,— que aquí no ha habido urnas dónde depositar los sufragios ni otros instrumentos que se consideran esenciales, indispensables para declarar y fijar la opinión de un país. Pero en cambio todos han presenciado esa explosión del sentimiento público en favor de España, ese movimiento irresistible llamado aclamación y que en nuestro concepto es el sufragio universal en una forma mucho mas lata."

Santo Domingo se ha anexado, pues, pacífica y espontáneamente sobrepujando aun los deseos del folletista; por lo tanto España no teme, no puede temer que ráfagas desencadenadas de Oriente o de Occidente, del Norte o del Mediodía, vengan a inflamar esos combustibles que arden solo y calientan la imaginación del autor.

Finalmente, a la pregunta que este se dirige en la página 48 diciendo: "¿La Francia y la Inglaterra habrán prestado su consentimiento o a lo menos serán indiferentes a la venta de la República Dominicana a España?" debemos contestar con los siguientes argumentos: El Emperador Napoleón ha felicitado a S. M. la Reina de España por la anexión de los dominicanos a la Metrópoli: Inglaterra la ha visto sin manifestar inquietud ni desagrado, dando a comprender primero y declarando después explícitamente "que se lisonjea de este nuevo triunfo obtenido, no por la fuerza de las armas, sino por el prestigio y los atractivos de la civilización." [13]







XI[editar]

Antes de llegar el autor de La gran traición al final de su ímproba tarea, quiere darnos una nueva muestra de ridículo, y sin encomendarse a la lógica ni siquiera al sentido común, exclama:

"¡Alerta, pueblos de Colombia! El León de Castilla quiere teneros a la vista."

Tranquilícese el folletista y de paso los pueblos de Colombia. El león de Castilla sabe a que atenerse respecto a este particular: a la nación española le conviene, antes que en América, aunque sin desatender ni olvidar a los hijos de este suelo privilegiado, adquirir preponderancia en Europa; dar vida al corazón antes que perderla al comunicarla toda a las extremidades. En Europa, sí; allí es donde hoy reside la cabeza y el centro del mundo; de allí parte la acción universal que imprime al mundo moral y al mundo social su movimiento; de allí, como en otro tiempo partió del Asia, parten hoy la civilización y el poder fuerte y unido.

El gobierno español, cualquiera que sea el partido que predomine hoy o mañana en la Península, tenemos en ello confianza, será bastante previsor e ilustrado para no diseminar desproporcionalmente su acción, sus fuerzas entre los pueblos de Colombia, olvidando robustecer la base principal de su poder, que, como hemos dicho arriba, consiste en adquirir preponderancia en Europa, sin dejar de tener presente los vínculos de sangre que la unen con una gran parte de la raza hermana que puebla la América. En una palabra, la España fuerte en Europa, será también, a no dudarlo, fuerte en América: influyente en el antiguo continente, será bastante poderosa para influir en los destinos del Nuevo Mundo y tender en cualquiera ocasión una mano generosa y salvadora a sus legítimos hijos.

En las presentes circunstancias, en ese estado de convulsión latente que tan hondamente agita a la vieja Europa, ¿puede juzgarse prudente que solo España aleje de aquel teatro una gran parte de su escuadra, de su ejército y de su tesoro? No; España debe concentrar allí actualmente una gran parte de sus fuerzas si quiere que su influencia pese y haga inclinar la balanza de la política europea, centro de la política universal.

Por consiguiente, la voz de alarma dada por el folletista en la falsa política que supone quiere emprender el Gobierno español, es un despropósito que cubre su obra nuevamente de ridículo.






XII[editar]

Vamos a terminar nuestra tarea y lo haremos ora resumiendo, ora ampliando los puntos que hemos tocado en este opúsculo, al cual no atribuiremos otro mérito que el de la verdad. Siguiendo los impulsos de nuestra conciencia, celosos de la honra patria y amigos de dar a los hombres y a las cosas el lugar que les corresponde, sin dejarnos por otra parte arrastrar por el vértigo de las pasiones que introduce siempre la perturbación en las ideas, hemos creído colocar los sucesos en su verdadero punto de vista.

Hemos calificado la obra que combatimos, y rebatido, discutiendo, los errores que en él aparecen consignados, defendiendo al general Santana de las imputaciones calumniosas que Baez y el autor han inventado sin duda en sus momentos de despecho y de ocio. Hemos evitado, en fin, acumular citas importunas como hace el autor del libelo, convencidos de que donde pueden hablar la lógica, la sana razón y la verdad está demás la autoridad de nadie.

Dos citas, sin embargo, nos permitiremos hacer antes de concluir.

En ambas se halla la defensa de los dos objetos contra los cuales ha concentrado y acumulado sus ataques el autor del folleto; España y el general Santana.

He aquí el juicio que el mismo folletista emite respecto a la Nación española en las páginas 24, 25 y 27:

"No pueden negarse, -dice,- las simpatías que existen de parte de los dominicanos hacia la nación española: simpatías que provienen del origen, de la sangre, de las creencias, de las tradiciones. —De dónde salieron la mayor parte de nuestros progenitores? ¿de quien heredamos nuestras costumbres, y mas que todo la religión, esa religión cristiana, germen fecundo de la civilización? ¿Qué causas de odio, capaces de borrar aquellas simpatías, ha habido entre ambos pueblos? —NINGUNA; antes al contario, existen causas para que el amor y el respeto, que no se había alejado del suelo dominicano, fuese la vía eléctrica que le pusiera en relación con la península. Si, ese amor y ese respeto que existía en el corazón de cada hijo de la Española, fue mayor cuando vieron reconocer sus derechos, su soberanía e independencia por doña Isabel Segunda.


* * * * *

"Ningún hecho, ninguno que pudiera agriar el ánimo de los dominicanos contra los españoles ha pasado. En nuestro suelo no se vieron las legiones de Murillo ni de Bores y ni una sola gota de sangre se derramó al separarnos de la Metrópoli."

"¿Podrán borrarse los afectos no existiendo ningún agrario, y teniendo a la vista todos los días, a cada hora, a cada minuto los monumentos portentosos, obra de nuestros padres, señales de una civilización vigorosa? ¿Podrían olvidarse esos recuerdos de una edad de oro, narrados perpetuamente en las veladas del hogar doméstico?...." ¿No parece imposible que en una misma obra de cortas páginas se contradiga y ataque el autor a si mismo tan despiadadamente como acabamos de ver? Las aseveraciones del folletista creemos bastarán para la completa justificación de España en sus relaciones con los dominicanos.

Por lo que respecta al general Santana, he aquí el juicio emitido por D. José Ferrer de Couto en el final de su obra titulada, Reincorporación de Santo Domingo a España, breves consideraciones sobre este acontecimiento. [14]

"Con cuatro líneas mas, -dice el Sr. Couto,- voy a cerrar este opúsculo: frases del corazón que brotan por los ojos mas bien que por la pluma; emanaciones entusiastas de purísima gratitud que envían al mas grande de los heroísmos la mas cumplida enhorabuena."

"Salud ilustre anciano, generoso patricio, invicto general, libertador dos veces. Sereno en el peligro, fuerte en la lucha, generoso en el triunfo y grande en el desprendimiento. Aquí se conocen también una a una todas las paginas de vuestra brillante historia, y por ella os contemplamos subiendo hasta la cumbre de la soberanía, en esa tierra que os vio nacer y que os adora porque la librasteis de un ominoso yugo, y os vemos después bajar hasta la humilde condición de súbdito, por vuestra propia voluntad, en el último tercio de la vida, para que la patria se regenere. ¡Oh! tanta generosidad cuando el egoísmo tiene mas fuerza, mayor iniciativa en el corazón humano, es digna solamente de un HOMBRE GRANDE, y vos lo sois sin duda, y así se os llamará por las generaciones venideras."

Estas palabras, emanadas de un escritor que acaso no conoce al general Santana mas que por sus hechos, por su reputación inmensa y justa, llevan el sello de la mas estricta imparcialidad.

Puesta en su lugar la honra de España y la del General Santana, réstanos decir dos palabras sobre el gran acontecimiento objeto preferente de nuestra contestación. ¿Qué significa la anexión? Políticamente considerada, la anexión es un medio eficaz y poderoso de escudar la debilidad de la Española contra las luchas intestinas y los ataques de Haití. Bajo el punto de vista social, económico e histórico, su importancia es tal que no necesita encarecerse. En general, la anexión, —como ha dicho un periódico,— es la consumación de la paz en el territorio dominicano, la base única, la mas sólida garantía de su prosperidad y bienestar.

No, la anexión no es, como parece deja traslucir el folletista, el movimiento impreso a una masa inerte; es la conciencia popular que por fin ha fijado sus destinos abrazando con vivo entusiasmo el monumento de su propia regeneración. ¿Y hubiera sido patriótico detener al pueblo dominicano empeñado en tan noble empresa? hubiera sido posible? ¡Empeño temerario! ¿Podéis parar acaso los latidos del corazón humano sin ocasionar la muerte al individuo? preguntaremos a los inspiradores del folleto.... ¡Y queréis sin embargo, detener el impulso, el movimiento de un gran pueblo! ¿Olvidáis acaso que la vida de los pueblos se halla sujeta a leyes fijas e invariables, leyes que en vano se esfuerza el hombre en contrariar y contra las cuales se estrella aún la misma fuerza del genio?







XIII[editar]

Cuatro palabras y concluyamos: es un tributo de admiración que nos obliga a rendir nuestra gratitud como hijo que nos consideramos de la noble nación en cuyas páginas de gloria nos hemos inspirado; como a jóvenes que tenemos identificados nuestros destinos con los de la hermosa Española y por cuya prosperidad y bienestar no cesamos de hacer constantes votos.

—Si la fortuna, la casualidad o los negocios os llevaran un día a Santo Domingo y vieseis en una habitación modesta pero de severo y grave aspecto a un hombre de elevada estatura y formas atléticas, de mirada sutil, viva y penetrante cuyo brillo revela la chispa del genio; a un hombre que reúne a una sencillez extremada cierta penetración y vivacidad extraordinarias, que os examina con natural avidez de pies a cabeza como deseando penetrar en vuestro interior y sorprender vuestro pensamiento; si os paráis a examinar un instante su frente surcada por ligeras arrugas, coronada de precoces y espesas canas y que, ora la levanta erguida con ademán altivo, ora la mueve en torno suyo a derecha e izquierda como procurando indagar y analizar cuanto le rodea; si viereis, por último, una figura llena de animación y de valor, de sencillez y de franqueza, verdadero tipo de grandeza y caballerosidad españolas, no preguntéis quien es: es el modesto héroe de las Carreras, el vencedor de Haití, el gran iniciador de la anexión de Santo Domingo a su antigua Metrópoli, el poderoso y noble instrumento de que se ha valido la Providencia para realizar uno de sus mas altos designios; es el ardiente español, esa ilustre celebridad que hoy llena el mundo bajo el nombre del general Santana y que añadirá una página de gloria a las muchas que ya atesora la historia de la gran nación Española.


  1. Publicada en Julio de 1861
  2. La derrota de Azua fue una composición indigna y aleve hecha con Soulouque, emperador de Haití, para perder el país.
  3. El padre del actual Capitán General de Santo Domingo, se distinguió señaladamente cuando el país se levantó a sacudir la ocupación francesa a principios del siglo. A su decisión, valor y patriotismo se debió que el pueblo dominicano rechazara cuando la célebre conquista a las huestes francesas, alejándolas del territorio dominicano.
  4. Así llaman a Baez aún muchos de sus amigos políticos
  5. A la hora en que escribimos estas líneas, se sabe de una manera positiva, resuelta, que el Excmo. Sr. Don Pedro Santana ha presentado con el mayor desinterés, con la abnegación mas justificada, su dimisión de la Capitanía General de Santo Domingo. ¿Qué contestará el folletista ante un argumento tan incontrastable? El Gobierno de Madrid que no quería aceptar la renuncia en cuestión, ha tributado un alto testimonio de su merecido aprecio hacia el General Santana, y la opinión del Gobierno de Madrid pesa infinitamente mas que la del folletista en la balanza del buen sentido.
  6. No comprendemos semejante sistema de argumentación.
  7. El folletista desconoce completamente la legislación española y los derechos basados en la Constitución de la Monarquía.
  8. ¿Es posible que el autor no comprenda que los españoles hace tiempo prescinden de esas vulgaridades de la fama?
  9. Alude al manifiesto del general Santana.
  10. El Vapor «Don Juan de Austria.»
  11. Se ha olvidado sin duda el folletista de hacer mención del general Valentín Baez, que enviado por su hermano Buenaventura desde París y habiendo llegado a San Thomas, reclutó a cuantos descontentos le fue posible sorprender, con el ánimo de iniciar la revolución. Pero todo inútil: ni los dominicanos, aun los mismos descontentos, ni el Gobierno podrán olvidar jamás las infamias y despilfarro de Baez.
  12. Es así que el pueblo dominicano, dueño de sus destinos, -según la teoría del autor,- ha solicitado y aclamado la anexión a la España, habiéndolo a la vez conseguido, luego aquel ha puesto en práctica los principios invocados por la Francia y la Inglaterra.
  13. Nota diplomática dirigida por Lord John Russell al Gobierno español en 1861, poco después de la anexión.
  14. Impresa en Madrid, bajo el citado título, en 1861.


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