El gran pecado: 09

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Cuarta parte[editar]

Capítulo I – En la que el que se ensalzare será humillado[editar]

Es preciso, pues, mientras vives en carne,
gemir muchas veces por el peso de la carne.

KEMPIS.


Ha lanzado el último suspiro afirmó Julito, como podría decir ha salido el 32 en la ruleta.

Para no dejarle mal, suspiró, y luego quedó inmóvil para siempre. Aunque ya tenía los ojos cerrados, la mirada vidriada y las manos cruzadas sobre el pecho, sosteniendo un crucifijo, que Julito Calabrés pretendía milagroso por haber pertenecido a César Borgia, Candelaria se enteraba, de todo.

Así, oyó a Pilar Gante lamentarse:

-¡Qué dolor haber muerto sin confesión!

Pero el Padre Gonzaga, el sutil y mundano jesuita llamado para, asistir en el tránsito a la contumaz, insinuó:

-¡Qué sé yo, qué sé yo!... La misericordia de Dios es infinita, y me parece a mí... no quisiera equivocarme... haber observado en sus últimos momentos un movimiento...

Como el movimiento se demuestra andando, la marquesa viuda de Tardiente corrió en su auxilio, decidida a que no cayese aquella mancha sobre el nombre inmaculado:

-No, si Candelaria tuvo siempre buenos principios...

Julito pensó en las suculentas de sus comidas de los viernes, y dio cabezadas aprobadoras. El jesuita afirmó tranquilizador:

-Creo que pueden ustedes descansar, pues el Señor la habrá acogido en su seno.

-¡Si no fuese por esa embolia que nos la ha llevado!... -suspiró la Gante.

-No ha sido embolia, sino colapso cardíaco -rectificó el doctor, celoso de sus fueros.

Con tan sesudas palabras, salieron todos tranquilos. Candelaria oyó llorar a su doncella, a la portera y a la mujer que fregaba. Luego sintió que la lavaban de un modo asaz violento, le ponían un traje y la metían en una caja, donde estaba bastante incómoda.

Después, molestada por el calor, por un fuerte olor a desinfectante, a cera y a flores marchitas, que lo llenaba todo, se durmió.

Al despertarse encontrose marchando por un camino lleno de niebla. Los pies se le hundían en un terreno guateado, blando, que primero creyó algodón, luego arena, y por fin comprendió que eran nubes. El caso ea que aquel dichoso suelo la cansaba. ¿Dónde iría? Como viese caminar a su lado a una vieja vestida con un hábito que no le era familiar, y a un caballero tan flaco y desmirriado que parecía el mismísimo don Quijote, con traje de calatrava, decidiose a interrogarles:

-¿Adónde vamos por aquí?

Con énfasis, afirmó el caballero:

-A conocer la voluntad de Dios.

Como ni para conocer la voluntad de Dios le gustaba exhibirse con gentes ridículas, trató de rezagarse.

El camino, poco a poco ensanchábase, hacíase más luminoso y despejado. Atravesaba ahora una pradera de azulandros, que desembocaba en un gran prado de miosottis.

Por allí caminaban otras almas, que dirigíanse también al temeroso Tribunal. La mayoría vestían hábitos o sudarios, que adquirían una extraña luminosidad y transparencia, que contrastaban violentamente con los que para aquel viaje usaban aún los mundanos atavíos. Era como si en una vaga y maravillosa tragedia clásica, ennoblecida por peplums y coturnos, saliesen a escena de improviso unas cuantas damas y caballeros ostentando modernos vestidos. De Worth, nada menos, era el que lucía (frase tomada a un cronista de salones) la marquesa de Tardiente, del célebre modisto parisién, y de una maravillosa estofa negra florecida de terciopelo y recargada de azabache, una toilette de Capilla Pública en Palacio. Pero junto a la levedad aérea de los otros parecía vulgar.

Muchas eran las almas que se encaminaban al juicio interino; pero aun así, y aunque Candelaria conocía a todo el mundo, la verdad es que no veía caras que le fuesen familiares. Pareciole, sí, distinguir a lo lejos al conde de Tordillos, arrastrando su largo manto de Caballero de Alcántara; pero por más que ella hízole infinitas señales, o su miopía se había acentuado o no quiso verla. «¡Qué ingrata es la gente! -pensó la marquesa, y añadió con una idea un tanto barroca de las funciones digestivas del buen señor- ¡Y pensar que aún no ha hecho la digestión de mis banquetes!».

También pareciole divisar a María Calzada, muy sencilla en su traje blanco, pobre y liso, pero llena de orgullo, la Tardiente procuró no tropezársela. Aquella era una declasée,... ¡ni en el cielo!

Miosottis y rosas de té tejían un maravilloso jardín, ahora, en que, en una atmósfera trasparente de una azulada palidez nimbada de dorada luz, esponjábanse las flores de traslucido esmalte, mientras cantaban los balbules y los pavos reales abrían sus maravillosas orfebrerías. Unas arcadas de mármol, con áureas fontanas y estatuas de sorprendente belleza, abríanse sobre un jardín todo de tulipanes de oro, de los que se destacaban árboles de esmeraldas cargados de frutas de topacios y rubíes. Aves del paraíso de roja pechuga y amarilla cola mecíanse en las ramas, mientras tigres, panteras y leones saltaban por él como alegres cervatillos.

Una dama inglesa, que se había distraído tomando unas fotos, orientole.

Faltaba poco ya, aquellos eran los jardines solares, camino más confortable y cálido que solían tomar las almas, pues los parques lunares, aunque muy bellos con sus cipreses y azucenas, sus rosas blancas, su atmósfera azul y sus lagos de plata llenos de adelfas, eran fríos y húmedos, propicios a coger un reúma.

No le había engañado. Apenas franqueada una puerta de cobre con incrustaciones de granates, que cerraba por aquel lado el jardín, hallose ante un mar de peridotas en cuyo centro se alzaban las murallas de azulados diamantes de la Ciudad de Dios. El firmamento era un zafiro pálido y reverberante en que lucían astros de carbunclos; bajeles de marfil y oro, con velas de lino, llevaban las almas hasta las puertas de la urbe prodigiosa.

Según aproximábase, pudo verla mejor. Las murallas eran altísimas, hechas por enormes bloques de brillantes; las puertas de platino con grandes clavos de ópalos sujetas por pesadas cadenas de perlas. En la entrada misma, en una garita de diamantinas estalactitas que sería muy bella sino recordase las garitas del coptoir del «Bon Marche», estaba San Pedro acompañado de un Santo anónimo y un ángel soñoliento y aburrido que parecía dormitar, más algunos espíritus puros que servían de grooms o botones. Otro ángel, indiscreto, entreabría de vez en cuando las puertas para curiosear, y entonces oíase el griterío y algazara de los angelitos que jugaban al toro con el de San Marcos.

Todo andaba bastante retrasado aquella mañana; la cola de almas llegaba hasta el mar, y San Pedro parecía nervioso y hasta impaciente quejándose con amargura. En primer lugar no le habían dejado pegar los ojos; desde muy temprano, Santa Cecilia púsose a ensayar un solo de arpa; luego el perro de San Roque ladró toda la santa mañana. Para colmo uno de los espíritus puros había perdido, jugando, los lentes del Santo.

-¡Parece mentira! -clamaba éste. ¡Perder la cabeza un espíritu puro que no tiene cuerpo!

Era el Santo de aspecto venerable, con albas guedejas y argentadas barbas que caían ondulantes sobre las sencillas vestiduras cobalto. Tenía los ojos dulces, azules y transparentes, llenos de bondad, y el gesto era benigno, acogedor, paternal. Guardaba junto a él la emblemática llave de oro y hojeaba un gran registro -libro donde figuraban los pecados de los hombres- encuadernados en pergamino, ilustradas las tapas por dos admirables pinturas de Fray Angélico y de Boticelli. Por fin, las gafas parecieron y comenzó el juicio.

Candelaria Tardiente, ocupando ahora un lugar cualquiera, estaba en realidad indignada. ¡Ella entre a turbamulta! Recordó la noche de la Embajada rusa cuando, como le señalasen en la mesa un sitio que no era el que creía correspondiera a su categoría, se despidió del Embajador con una reverencia de corte y dejó al pobre señor boquiabierto y patidifuso. Reconoció a mucha gente. Allí estaba Tordillos y la marquesa del Solar de las Victorias, y Polin Campos; y Luz Bardella y... lo que es más extraordinario... ¡María Calzada!

La cosa iba deprisa; el Santo, bondadoso siempre, hacía la vista gorda para los pecadillos, olvidábase de apuntar, escribía con letra ininteligible y ponía de su parte todo lo posible para salvarles. Así Candelaria vio con asombro cómo Lili Parau, pese a sus flirts, colábase en el Paraíso, y tras ella Lulú Almendrada, Finita Boscán, la Rosalva, la Cantuera... Llegó, por fin, el turno a María. ¡Ahora sabría aquella bribona lo que era infierno! Pero el buen Santo hojeaba, hojeaba... ¡Ahora! Había fruncido el ceño y leía... Mas fuese voluntario o involuntario, el caso es que se distrajo, perdió el registro; unos angelitos, jugando, empujaron la mesa y San Pedro hizo un gesto ambiguo que aprovechó el alma para filtrarse en la mansión celestial.

Furiosa la marquesa de Tardiente, gritó:

-No, ésa no: ¡si es una perdida! Las señoras no podemos codearnos con ella...

El santo juez no le oía. Habíanse puesto a ensayar un coro las once mil vírgenes; algunas de aquellas damas desafinaban que era un gusto, se hacía tarde, y la implacable sólo consiguió que un angelillo desvergonzado la llamase chismosa, envidiosa, metesillas y sacamuertos.

Al fin llegole el turno. Avanzó orgullosa y altiva. ¡Ella sí que iba a ocupar un trono por derecho propio! Ni devaneos, ni flirts, ni debilidades; sólo su pecado, su gran pecado, que le sería perdonado, puesto que había antecedentes. Allí estaban las Reinas, las Santas, las Heroínas...

Al verla San Pedro hojeó el libro y su rostro hizose torvo, encapotado de nubes. Todos los pequeños pecados de las otras se le habían olvidado. ¡Eran tantas para apuntadas! ¡Habían ido acompañados de tanto sufrimiento, y se habían arrepentido tantas veces! Fueran necesarios todos los volúmenes de la biblioteca de Alejandría para apuntar unas cosas y otras, clasificarlas, equipararlas... Pero, en cambio, en la Página blanca, negro, enorme, aparecía implacable su pecado, su gran pecado, aquel delito que escandalizó al mundo, echó un baldón sobre un gran nombre, deshonró a un hombre honrado, destruyó un hogar, dejó huérfanos a unos niños e hizo correr la sangre.

Y severo el Santo le señaló el camino del infierno, puesto que todos los otros habían pecado por humana debilidad y sólo pecó ella por orgullo.

Y la marquesa de Tardiente comenzó el descenso.

Humillada, vencida, rabiosa, desandaba el camino.

Tropezábase con otras almas que cuchicheaban y se reían mirándola. La toilette de Worth, junto a la sencilla luminosidad los sudarios, era démodée y, además, por la intensidad de la luz habíase puesto de un lamentable color ala de mosca. Sintiose ridícula y despreciada. Pasó un grupo en que iban Pancha Flores y dos o tres de sus amigas que seguros de su futura residencia en el infierno reían procaces y le dijeron al pasar algunas desvergüenzas. En los jardines lunares sintió frío y, mientras se subía la écharpe pensó: -He cogido un catarro.

Al fin viose en un jardín triste, yermo y desolado bajo la luz crepuscular y miró a lo lejos la puerta con el lema fatal:

«Deja humano aquí toda esperanza!» .

Había llegado.


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El gran pecado: la marquesa de Tardiente de Antonio de Hoyos y Vinent

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