El grillo del hogar: Primer grito

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I

     Empezó el puchero. No necesito que me contéis lo que la señora Peerybingle dijera; yo me entiendo. Dejad que la señora Peerybingle se pase hasta la consumación de los siglos asegurando la imposibilidad de decidir cuál empezó: yo digo que fue el puchero. Tengo motivos para saberlo. El puchero empezó cinco minutos antes que el grillo, según el relojito holandés de cuadrante barnizado situado en el rincón.

     ¡Como si el reloj no hubiese cesado de tocar! ¡Como si el segadorcido de movimientos convulsivos y bruscos que lo remata, paseando la hoz de derecha a izquierda y luego de izquierda a derecha ante la fachada de su palacio morisco, no hubiese segado medio acre de césped imaginario antes que el grillo hubiese hecho notar su presencia!

     A decir verdad, no fui nunca terco, como todo el mundo sabe. Por nada del mundo opondría mi opinión personal a la opinión de la señora Peerybingle, si no estuviese perfectamente seguro de lo ocurrido. «Nada me induciría a semejante cosa. Pero se trata de una cuestión de hecho, y el hecho es que el puchero empezó por lo menos cinco minutos antes que el grillo hubiese dado señal de vida. Si insistís, apostaré que transcurrieron diez minutos.

     Dejarme contar el caso tal como ocurrió. Es lo que hubiera hecho desde la primera frase a no considerar que si cuento una historia debo empezar por el principio, y ¿cómo queréis que empiece por el principio si no empiezo por la vasija?

     Parecía que la vasija y el grillo luchaban. Una lucha musical, exclusivamente musical. Vais a saber su origen y sus consecuencias.

     La señora Peerybingle había salido al obscurecer de una tarde húmeda y fría, haciendo sonar sus zuecos sobre el empedrado lleno de lodo; por cierto que sus pisadas reproducían groseramente alrededor del patio una porción de figuras circulares de la primera proposición de Euclides. La señora Peerybingle había ido a la fuente a llenar el puchero. De vuelta ya, y quitados los chanclos, que no era poco -por ser los chanclos muy altos y la señora Peerybingle muy pequeña-, puso el puchero al fuego. Entonces perdió su sangre fría, o por lo menos olvidó la paciencia que la caracterizaba; porque estando el agua fría como el hielo y hallándose en forma de granizo líquido y escurridizo que se infiltra hasta lo más interno de toda substancia, incluso los círculos de hierro que sostienen los chanclos, no había respetado los dedos del pie de la señora Peerybingle, llegando a salpicar sus piernas. Y como precisamente, cuando estamos algo orgullosos de nuestras piernas, y con razón, procuramos con empeño usar medias aseadas, claro está que en principio hallaríamos algo durilla semejante prueba.

     Además, el puchero mostraba una obstinación creciente. No quería dejarse acomodar sobre la barra superior de la rejilla; no quería prestarse tranquilamente a las desigualdades del carbón; se inclinaba hacia adelante con modales de borracho, y vertía entretanto el agua sobre el hogar, con insufrible sandez. Hay más: la tapadera, resistiendo a los dedos de la señora Peerybingle, empezó por girar de arriba abajo, y luego con ingeniosa testarudez, digna de mejor causa, se hundió de lado hasta el fondo del puchero. El cascarón del Royal-George no hizo para salir del agua la mitad de la resistencia monstruosa que la tapadera opuso a los esfuerzos de la señora Peerybingle, antes que ésta pudiese sacarla y colocarla de nuevo en su sitio.

     Y aun entonces el desgraciado puchero se mostró huraño y gruñón, poniendo el asa en aire de desafío, y levantando el pico con burlona impertinencia hacia la señora Peerybingle, como si dijese: «No quiero hervir. Nadie me forzará a hervir».

     Pero la señora Peerybingle, cuyo buen humor había vuelto, se frotó las manos regordetas para sacudir el polvo, y se sentó riendo ante el pucherillo. No obstante, la alegre llama se elevaba y caía sucesivamente, derramando espléndida claridad sobre el segadorcito colocado en lo alto del reloj holandés, de modo que parecía que estuviese pegado allí, inmóvil como un tronco ante el palacio morisco, y que sólo la llama estuviese en movimiento.

     Y a pesar de todo, el hombrecito se movía; sufría sus espasmos acostumbrados, por segundo, siempre con la misma regularidad. Pero hay que notar con preferencia que era verdaderamente terrible observar los padecimientos de que era víctima apenas iba a sonar el reloj. Cuando el cuclillo sacaba la cabeza fuera de la abertura del castillo y cantaba su nota seis veces, cada uno de aquellos gritos le trastornaba como si fuese la voz de un fantasma o como si le tirasen de un alambre atado a sus piernas.

     Sólo después de una violenta sacudida y cuando el alboroto de las cuerdas y las pesas colocadas debajo de él habían cesado enteramente, el pobre segador, lleno de espanto, iba calmándose poco a poco. Y no temblaba sin razón, porque los estrepitosos esqueletos de relojes, con sus algazaras inquietantes, llegan a desconcertar a una persona mayor, y me extraña mucho que hayan existido hombres, pero sobre todo holandeses, que se hayan complacido en inventarlos. En efecto; según la creencia popular, a los holandeses les gustan las vastas envolturas y los amplios vestidos para cubrirse de arriba abajo, de modo que hubieran obrado muy bien, por analogía, no dejando sus relojes desnudos y sin protección en las regiones inferiores de su individualidad.

     Ahora bien; en aquel momento, notadlo bien, fue cuando el puchero empezó el concierto de la velada. En aquel momento el puchero, volviéndose tierno y musical, empezó a dejar oír en su garganta murmullos irresistibles y a permitirse breves ronquidos, que detenía en la primera nota, como si no estuviese seguro de que enlazasen bien con los murmullos. En aquel momento, después de haber realizado dos o tres vanas tentativas para ahogar sus sentimientos expansivos, sacudió todo mal humor, toda reserva, y dejó escapar de pronto un torrente de notas tan alegres, tan gozosas, que ni el ruiseñor estúpido tuvo de ellas la menor idea. ¡Y tan sencillas! Habríais podido comprender aquel canto como un libro, mejor quizá que ciertos libros que vosotros y yo podríamos citar. Con su cálido aliento, exhalado en una ligera nube que subía graciosa y coquetona a una altura de algunos pies y luego quedaba suspendida junto al ángulo de la chimenea, como en su cielo familiar, el puchero prosiguió su canción con tanto arranque y energía, que su cuerpo zumbaba y se zarandeaba de placer sobre el fuego, y la misma tapadera, la tapadera poco ha rebelde -tan potente es la influencia del buen ejemplo-, ejecutó una especie de jiga(1) haciendo un ruido semejante al de un címbalo adolescente, sordo y mudo, que nunca conociera el son de su mellizo.

     Indudablemente, el canto del puchero era un canto de invitación y de bienvenida dirigido a alguien de fuera, a alguien que se dirigía en aquel momento hacia el grato rincón doméstico, hacia el fuego que chisporroteaba. La señora Peerybingle lo sabía perfectamente, mientras su imaginación se entregaba a dulces ensueños delante del hogar.

     -La noche es negra -cantaba el puchero-; las hojas muertas cubren el camino; arriba reinan la bruma y las tinieblas; abajo no hay más que miserable lodo; no se halla en la atmósfera, triste y sombría, un solo punto en que pueda descansar la mirada, y apenas se ve un fulgor rojo-obscuro y siniestro en la dirección en que imperan el Sol y el viento. No es más que un fuego rojo que marca las nubes para castigarlas por el mal tiempo que causan. El vasto llano, en toda su extensión, es tan sólo una larga faja negruzca de lúgubre aspecto. El poste indicador está cubierto de escarcha. La lluvia congelada hace resbaladizo el camino; más abajo el agua no se ha convertido del todo en hielo, pero ya no es libre; nada conserva su forma natural; pero ¡él viene, él viene, él viene!

     Aquí, precisamente en este punto, fue cuando el grillo entró en escena con un crrri, crrri, crrri, de magnífica potencia a coro con el puchero; pero con una voz tan asombradamente desproporcionada a su estatura -¡su estatura!, era casi invisible-, sobre todo comparándole con el puchero, que si por desgracia hubiese reventado como un cañón excesivamente cargado, cayendo, víctima de su celo, su cuerpecito roto en mil fragmentos, no hubiera parecido sino la consecuencia natural y perseguida con su trabajo afanoso.

     El puchero había terminado el solo. Perseveró con ardor constante; pero el grillo se erigió en concertino y se mantuvo en su supremacía. ¡Dios mío, qué modo de gritar! Su voz trémula, aguda y penetrante a la vez, resonaba en la casa y parecía fulgurar como una estrella en medio de la obscuridad que reinaba en el exterior. Notábase en sus notas más elevadas un indescriptible temblorcillo que permitía creer que, arrebatado por la intensidad de su entusiasmo, no permanecía en equilibrio sobre sus piernas y se veía obligado a saltar y brincar. No obstante, marchaban muy bien unidos el grillo y el puchero. El estribillo de la canción era siempre el mismo, y, gracias a su mutua emulación, lo repetían con voz cada vez más fuerte.

     La linda oyente -hay que saber que la señora Peerybingle era joven y bonita, aunque tenía una figura de las que suelen llamarse regordetillas, lo que no es tacha apreciable, según mi gusto particular-; la linda oyente, pues, encendió una bujía, dirigió una mirada al segador que remataba el reloj y que estaba haciendo una cosecha más que mediana de minutos, y miró por la ventana; pero la obscuridad no le permitió ver más que su cara reflejada en el vidrio. Verdad es -según mi opinión, y según la vuestra también, lo juraría- que en vano habría buscado la señora Peerybingle por algunas leguas a la redonda algo tan agradable como lo que entonces pudo contemplar. Cuando volvió a sentarse en su sitio, el grillo y el puchero se esmeraban todavía en el canto con cierta rivalidad furiosa, siendo indudablemente el lado flaco del puchero la presunción de vencer constantemente.

     Notábase entre los dos toda la animación de una carrera. ¡Crrri, crrri, crrri!... El grillo logra una milla de delantera. ¡Hum, hum, hum-m-m!..., el puchero zumba tras él como una gruesa peonza. ¡Crrri, crrri, crrri!..., el grillo dobla la esquina. ¡Hum, hum, hum-mm!..., el puchero se le acerca cada vez más, va sobre sus talones; no hay que temer que suelte su presa. ¡Crrri, crrri, crrri!... El grillo está más floreciente que nunca. ¡Hum, hum, hum-m-m!..., el puchero va poco a poco, pero avanza sobre terreno firme. ¡Crrri, crrri, crrri!... El grillo va a triunfar. ¡Hum, hum, hum-m-m!..., el puchero no le dejará vencer. Hasta que puchero y grillo se mezclaron y se confundieron de tal modo en el desorden y la precipitación de la carrera, que para decidir con algún acierto si el puchero gritaba o el grillo zumbaba, o si, por el contrario, el grillo gritaba y el puchero zumbaba, o si ambos gritaban y zumbaban a la vez, se necesitaba mejor cabeza que la mía y quizá que la vuestra. Pero lo indudable es que el puchero y el grillo, en un solo y único momento y por medio del poder de una combinación que únicamente ellos conocen, enviaron sus consoladoras canciones desde las cercanías del fuego a un rayo de luz que, brillando a través de la ventana, iba a hundirse en el fondo del tenebroso camino, y aquella luz, dando de lleno sobre cierta persona que en el mismo instante avanzaba por aquel lado entre la obscuridad, le explicó toda la cuestión en un abrir y cerrar de ojos -al pie de la letra- y le gritó:

     -¡Bien venido seas a tu casa, antiguo compañero! ¡Bien venido seas, muchacho!

     Logrado este fin, el puchero, vencido en toda la línea, derramó furioso su contenido hirviente, y fue apartado del fuego.


II

     La señora Peerybingle corrió inmediatamente a la puerta. El ruido de las ruedas de una carreta, el paso de un caballo, la voz de un hombre, las idas y venidas de un perro transportado de gozo, y la aparición, tan sorprendente como misteriosa, de un niño de mantillas, causaban una confusión en medio de la cual era difícil entenderse.

     De dónde venía el niño y cómo la señora Peerybingle le tomó en brazos en menos de un segundo, lo ignoro por completo; pero lo cierto es que se veía un niño sano y robusto en los brazos de la señora Peerybingle, que parecía estar no poco orgullosa de él, cuando fue suavemente conducida hacia el fuego por un hombre de robusta musculatura, de mucha mayor edad y estatura que ella, y obligado a encorvarse enteramente para besarla. Pero merecía la pena. Ya se podía descender seis pies, y aun padeciendo de lumbago.

     -¡Cielo santo, John! -dijo la señora Peerybingle-. ¡En qué estado habéis llegado por causa del tiempo!

     Era innegable, en efecto, que el recién llegado había sufrido su acción. La bruma espesa colgaba de sus cejas en forma de gotas congeladas, semejando estalactitas, y la acción simultánea del fuego y de la humedad hacía aparecer verdaderos arcos iris hasta en las puntas de su bigote.

     -Claro está -respondió John lentamente, desenvolviendo una manta que le rodeaba el cuello y calentándose las manos-; claro está, Dot(2). Como que no estamos precisamente en verano, nada tiene de extraño, Dot.

     -Deseo, John, que os acostumbréis a no llamarme Dot; no me gusta semejante calificativo -dijo mistress Peerybingle, haciendo una linda mueca que demostraba claramente todo lo contrario.

     -¿Cómo queréis, pues, que os llame? -prosiguió John, dejando caer sobre ella una mirada acompañada de una sonrisa y rodeando su talle con un abrazo tan suave como podía serlo un abrazo de su enorme mano y su brazo de Hércules-. Mi guapa moza con su... No; no quiero decir su guapo mozo, por temor de echar a perder lo que tenía meditado; pero poco me ha faltado para hacer un chiste; no creo que nunca se me haya acercado tanto a los labios.

     Según sus afirmaciones, estaba frecuentemente próximo a decir algo muy ingenioso el alto, lento, macizo y honrado John; pero si tenía el cuerpo pesado, no dejaba de conservar un humor juguetón y ligero; si su superficie era ruda, no era menos suave en el fondo; si estaba embotado exteriormente, no cabe duda que su interior era vivo y ágil; en conjunto era algo torpe, ¡pero tan buen muchacho! ¡Madre naturaleza! Concede a tus hijos la verdadera poesía del corazón que se ocultaba en el pecho del pobre mandadero -porque, dicho sea de paso, no era más que un mandadero-, y no los seguiremos sin placer en sus conversaciones en vil prosa, lo mismo que en los episodios de su existencia también prosaica. ¡Aun tendremos que darte las gracias por el solaz que experimentaremos en su compañía!

     Daba gusto ver a Dot tan pequeñita y con el niño en brazos, un muñeco, mirando el fuego con aspecto de coquetería soñadora, e inclinando a un lado su delicada cabecita para hacerla descansar de un modo especial, en parte natural y en parte estudiado, en la curtida caraza del mandadero. Daba gusto verle a él con tierna torpeza, mientras se esforzaba en adaptar su grosero apoyo a las necesidades de la ligera mujercita, convirtiendo su virilidad ya madura en un bastón de juventud para la edad delicada de su gentil compañera. Daba gusto ver a Tilly Slowboy, la niñera bajita que en el fondo de la habitación esperaba que le entregasen el niño y contemplaba aquel grupo con pura mirada de catorce años, cómo permanecía allí con la boca y los ojazos abiertos, y la cabeza inclinada hacia adelante aspirando con avidez el aire sano de la vida de familia.

     Y aun faltaba ver a John el mandadero, que, a consecuencia de una señal que Dot le hizo a propósito del niño, retuvo su mano en el momento de tocarle, como si hubiese temido destrozarle entre sus dedos, y con el cuerpo inclinado se contentó con examinarle atentamente a respetuosa distancia, con mezcla de orgullo y cortedad.

     -¿Verdad que es hermoso, John? ¿Verdad que es encantador cuando está dormido?

     -Encantador, ya lo creo -dijo John-, y no hace más que dormir, ¿no es así?

     -¡No, por Dios, John!

     -¡Bah! -murmuró John con aire pensativo-, me había parecido que tenía casi siempre los ojos cerrados. ¡Eh, eh!

     -¡Dios mío, John! ¡Qué modo de sacudir al pequeñuelo!

     -¡No debe de hacerle bien volver los ojos así! -dijo el mandadero asombrado-. ¡Mirad cómo guiña ambos ojos a la vez! Mirad su boca; la abre y cierra como un pez.

     -No merecéis ser padre, no lo merecéis -dijo Dot, con toda la dignidad de una matrona llena de experiencia-. Pero ¿cómo podríais conocer los males que afligen a los niños, John? ¡Ni sus nombres sabéis, tontísimo!

     Y después de poner otra vez al niño sobre su brazo izquierdo y de darle una ligera palmada en la espalda, para colocarle mejor, pellizcó, riendo, la oreja de su marido.

     -No -respondió John quitándose el ropón-, ciertamente, Dot, no tengo grandes conocimientos en asuntos semejantes. Lo que puedo asegurar es que esta tarde he sostenido con el viento una lucha bastante ruda. Soplaba el noroeste, y ha penetrado en mi carreta durante todo el camino, a mi regreso.

     -¡Dios mío! ¡Pobre John! -gritó mistress Peerybingle, que desplegó instantáneamente una actividad prodigiosa-. ¡Aquí, Tilly! Tomad mi preciosísimo tesoro, mientras voy a hacer algo útil. ¡Cielo santo! ¡Creo que le ahogaría a fuerza de besarle! ¿Quieres irte, perrazo mío? ¿Quieres irte, Boxer? Dejad que empiece por haceros el té, John; en seguida os ayudaré a arreglar los paquetes.

                Como la abeja diligente,
como la abeja pequeñita...
y lo que sigue, como sabéis, John. ¿Aprendisteis en la escuela la canción: Como la abeja diligente?

     -No lo suficiente para dominarla por completo -respondió John-. Estuve una vez próximo a aprenderla toda, pero creo que no hubiera hecho más que estropearla.

     -¡Ja, ja, ja! -exclamó Dot, riendo a carcajada suelta, y su risa era la más graciosa y alegre que pueda imaginarse-. ¡Sois el más adorable badulaque del mundo!

     Sin discutir en manera alguna semejante aseveración, salió John de la estancia para ver si el mozo, que llevaba una linterna, que desde largo rato danzaba ante la puerta y la ventana como un fuego fatuo, había limpiado bien el caballo, mucho más gordo de lo que podríais creer, y tan viejo, que la época de su nacimiento se perdía en la obscura noche de los tiempos. Boxer, comprendiendo que la familia entera tenía derecho a sus atenciones, que debían ser repartidas imparcialmente entre cada uno de sus miembros, entraba y salía con desordenada agitación, ora describiendo un círculo de bruscos ladridos alrededor del caballo, mientras le estregaban a la puerta del establo; ora haciendo como que se lanzaba ferozmente contra su señora, parándose por su propio impulso delante de ella con aire ceremonioso; ora arrancando un grito de espanto a Tilly Slowboy, sentada junto al fuego en su sillita de niñera, aplicándole, cuando menos podía esperarlo, el hocico húmedo a la mejilla; ora demostrando indiscreto interés por el niño; ora volteando sobre sí mismo infinidad de veces delante del hogar antes de tenderse, como si quisiera permanecer allí toda la noche, y volviendo luego a levantarse y yéndose fuera a agitar la punta del rabo al aire libre, como si se acordase de una cita y se alejase a toda prisa para no faltar a la palabra comprometida.

     -¡Ea, ya está la tetera lista y al fuego! -exclamó Dot, tan seriamente ocupada como una niña jugando a señora de su casa-. Aquí está el jamoncillo frío. Aquí la manteca; allí el panecillo y todo lo demás. Aquí está la cesta para los paquetes pequeñitos, por si habéis traído algunos. ¿Pero dónde estáis, John? Por Dios, no dejéis caer el chiquitín en el fuego, Tilly.

     Bueno es que se sepa que miss Slowboy, a pesar de la vivacidad con que rechazó esta observación, demostraba un talento raro y asombroso en lo que concernía a colocar al chiquitín en posiciones dificilísimas; muchas veces había expuesto su débil existencia con una sangre fría propia y peculiar suya. La muchacha era alta y flaca, de modo que su traje parecía estar en perpetuo peligro de deslizarse por su espalda, semejante a una percha, de la que pendía negligentemente. Su atavío era notable por las desigualdades que generalmente mostraban sus trajes de franela de hechura singular, así como por enseñar por la espalda, a falta de corsé, dos trozos de corpiño color verde obscuro. Y como Tilly se hallaba en un estado perpetuo de admiración ante todas las cosas, y completamente absorta gracias a la contemplación incesante de las perfecciones de la señora y del niño, puede decirse que los descuidillos de miss Slowboy hacían honor igualmente a su corazón y a su cabeza, aunque no hiciesen tanto honor a la frente del chiquitín, puesta con demasiada frecuencia en tales circunstancias en contacto con las puertas, los aparadores, los escalones, los hierros de la cama y otras cosas heterogéneas. Pero, después de todo, veíase en dichos acontecimientos el halagüeño resultado del asombro que experimentaba sin tregua Tilly Slowboy al verse tan bien tratada e instalada en casa tan cómoda. Porque los Slowboy, de ambas ramas, paterna y materna, eran mitos desconocidos en el decurso de la historia. Tilly había sido educada por la caridad pública; era expósita, y como los expósitos no suelen crecer entre mimos y ternezas, su situación, aunque modesta, le parecía muy dichosa.

     Os hubiera gustado casi tanto como al mismo John ver a la señora Peerybingle volviendo con su marido, arrastrando el célebre cesto y haciendo los más enérgicos esfuerzos sin resultado alguno, porque al fin y al cabo era John el que lo arrastraba. No es del todo imposible que semejante escena hubiese divertido al grillo; tengo tentaciones de creerlo. Lo que es probado es que se puso a cantar con nuevo ardor.

     -¡Vaya, vaya! -dijo John lentamente según su costumbre-; ¡hoy está más alegre que nunca!

     -A buen seguro nos predice alguna ventura, John. Siempre nos ha traído felicidad. No hay nada tan alegre como la presencia de un grillo en el hogar.

     John la miró como si estuviese próximo a creer que en este caso ella sería el grillo en jefe, con lo cual participaría por completo de su opinión. Pero probablemente ésta fue una de las ocasiones en que poco hubiera faltado para que hiciese un chiste, porque no despegó los labios.

     -La primera vez que escuché su alegre cancioncilla fue la noche en que me condujisteis a esta casa, mi nueva morada, para hacerme señora de ella. Pronto hará un año. ¿Os acordáis, John?

     ¡Sí, sí! John se acuerda, y no haya miedo que lo olvide.

     -Su gorjeo me daba la bienvenida del modo más expresivo que pueda imaginarse. Me pareció henchido de promesas y de consuelos; creí que me aseguraba vuestra amabilidad y vuestra bondad, y que no tardaríais -yo entonces lo dudaba, John- en hallar una vieja cabeza sobre los hombros de la loquilla que era ya vuestra mujer.

     John, con aire pensativo, golpeó cariñosamente uno de los hombros y después la cabeza de Dot, como si quisiera decir: «No, no; no lo había pensado, y estoy contento de lo que hallé». Y tenía mucha razón; lo que había encontrado no era tan malo.

     -El grillo decía la verdad, John, cuando me hizo la promesa de que os hablo; porque siempre fuisteis para mí el más atento y el más afectuoso de todos los maridos del mundo. Me habéis hecho tan feliz en esta casa, John, que por ello amo al grillo con toda el alma.

     -Entonces, también yo le amo, Dot -dijo el mandadero-; también yo le amo.

     -Le amo por los buenos pensamientos que su música hizo nacer en mí cada vez que le escuché. Algunas veces, por la tarde, al obscurecer, cuando me sentía algo sola, algo triste, John, antes que el niño hubiera venido al mundo para hacerme compañía y alegrar la casa; cuando pensaba en el desconsuelo que tendríais si yo muriese y en el que yo tendría si pudiese saber que me habíais perdido, su crrri, crrri, crrri, llegado del hogar, me hablaba con una vocecita tan dulce, tan simpática para mi corazón, que a su primer sonido se desvanecía mi pesar como un sueño, y cuando temía -lo temí alguna vez, ¡era yo tan joven!- que nuestro matrimonio fuese una unión desigual, por ser yo una niña y parecer vos más bien mi tutor que mi marido; cuando temía que no pudieseis llegar, a pesar de vuestros esfuerzos, a amarme tanto como deseabais, su crrri, crrri, crrri me devolvía el valor y me llenaba de nueva confianza. He aquí por qué amo tanto al grillo.

     -Y yo también -repitió John-. Pero, Dot, ¿afirmáis que deseo y espero poder llegar a amaros? ¿Qué queréis decir? ¿Cómo podéis hablar así? Lo había logrado mucho tiempo antes de conduciros aquí para que fueseis dueña y señora del grillo, Dot.

     Dot apoyó un momento la mano en el brazo de John y le contempló con aire conmovido como si hubiese querido decirle algo. Un momento después se arrodillaba ante el cesto, charlando con animación, ocupadísima con los paquetes.

     -No hay muchos paquetes esta noche, John; pero he visto algunos fardos detrás del carruaje, y aunque embaracen más, rinden mayor provecho, de modo que no podemos quejarnos, ¿verdad? ¿Sin duda habréis distribuido bastantes a lo largo del camino?

     -Ya lo creo -respondió John-, muchos, muchos.

     -Pero ¿qué es esta caja redonda? ¡Cielo santo! John, es una torta de boda.

     -Sólo las mujeres pueden adivinar estas cosas -dijo John lleno de admiración-; un hombre no lo hubiera acertado nunca. En cambio, apuesto cualquier cosa a que si ponéis una torta de boda en una caja de té, en un catre de tijera, en una banasta de salmón o en cualquier otro continente inverosímil, una mujer sabrá adivinar lo que hay dentro sin la menor vacilación. Sí; es una torta de boda que he tomado en casa del pastelero.

     -¡Y pesa horriblemente, algo así como... cien-libras! -exclamó Dot haciendo grandes esfuerzos para levantarla-. ¿A quién está destinada, John? ¿Dónde irá a parar?

     -Leed la dirección en el lado opuesto.

     -¡John! ¡Dios mío, John!

     -¿Verdad que parece imposible? -preguntó éste.

     -No puede ser -prosiguió Dot, sentándose en el suelo y sacudiendo la cabeza- que vaya destinada a Gruff y Tackleton, el comerciante de juguetes.

     John hizo una señal afirmativa.

     Mistress Peerybingle lo repitió unas cincuenta veces, pero no era en ella señal de afirmación, sino de sorpresa muda y llena de compasión. Durante aquel rato apretaba los labios imprimiéndoles una diminuta mueca, para la cual no estaban hechos a buen seguro, y continuó dirigiendo al mandadero una mirada distraída pero penetrante, mientras por su parte miss Slowboy, que tenía aptitud para reproducir fragmentos de conversación corriente para distraer al niño, pero despojándolos de todo sentido y poniendo los sustantivos en plural sin excepción alguna, preguntaba en alta voz al chiquitín si eran en verdad los Gruffs y Tackletons, comerciantes de juguetes; si se iría a las tiendas de los pasteleros para tomar las tortas de las bodas; y si las madres sabían reconocerlas en las cajas cuando los padres las llevaban a las casas.

     -¿Y creéis que ese matrimonio se efectuará? -preguntó Dot-. ¡Dios mío! ¡Si May y yo íbamos a la misma escuela cuando éramos pequeñitas! -John iba a pensar en Dot, y a representársela tal cual debió ser cuando pequeñita, cuando iba a la escuela; no faltó mucho para que lo hiciera. La contemplaba ya con aire de satisfacción soñadora; pero se limitó a la contemplación y no dijo ni una palabra.

     -¡Y él tan viejo, tan distinto de ella! Decid, John, ¿cuántos años más que vos tiene Gruff y Tackleton?

     -¿Cuántas más tazas de té beberé esta noche de una sola vez de las que Gruff y Tackleton haya bebido jamás en cuatro? Ésta es mi pregunta -respondió en tono juguetón el mandadero mientras aproximaba su silla a la mesa y principiaba el asalto al jamón-. En lo que toca a comer, como poco, pero mi poco lo como a gusto.

     Era una frase ritual de John, que solía repetir cada vez que comía; una de sus ilusiones inocentes, porque su insaciable apetito no dejaba de desmentirle ni una sola vez. En aquella ocasión la fórmula consabida no hizo brotar la menor sonrisa de los labios de su mujer, que, permaneciendo en pie entre los paquetes, rechazó lentamente la caja de la torta con su piececito, sin mirar ni un instante, aunque bajase los ojos, al lindo zapatito que tanto solía interesarla. Absorta en sus ensueños, se quedó allí sin acordarse del té ni de John, aunque éste la llamase y golpease la mesa con el cuchillo para despertar su atención, hasta que, al fin, se levantó y le tocó el brazo; Dot le contempló entonces un instante, y corrió en seguida a colocarse en su sitio a la mesa, cerca de la tetera, riéndose de su negligencia. Pero no fue aquélla la misma risa de antes; y del tono depende la música, según es bien sabido.

     El grillo había callado también. No podría explicaros por qué aquel cuartito no tenía el mismo aspecto gozoso de antes.


III

     -¿No hay más paquetes, John? -dijo Dot rompiendo una larga pausa, que el honrado mensajero había consagrado a la demostración práctica de una parte de su frase favorita, probando al menos que comía con placer lo que comía, aunque fuese imposible admitirle que comía poco-. ¿No hay más paquetes?

     -No -dijo John-. Pero... no... me... -añadió abandonando el tenedor y el cuchillo y respirando a sus anchas-. Confieso que... ¡me había olvidado por completo del anciano!

     -¿Del anciano?

     -Está en el coche -añadió John-. Se había dormido sobre la paja la última vez que le vi. Dos veces estuve dispuesto a llamarle desde que he llegado, pero lo olvidé las dos veces... ¡Arriba! ¡Eh! ¡Eh! ¡Levantaos! ¡Ya hemos llegado!

     John pronunció estas palabras fuera de la puerta, hacia la cual se había precipitado con la bujía en la mano.

     Miss Slowboy, convencida de que el nombre de anciano(3) ocultaba algún misterio, y asociando a esta expresión en su imaginación, sacudida por creencias supersticiosas, ciertas ideas de naturaleza poco tranquilizadora, llegó a tal grado de turbación que se levantó a toda prisa de la silla baja del rincón del hogar para ir a buscar protección tras las faldas de su señora. En el momento preciso en que pasaba delante de la puerta entrevió a un viejo desconocido y le cayó encima instintivamente, golpeándole con la única arma ofensiva que llevaba en la mano. Como este instrumento resultó ser el chiquitín, se produjo una gran agitación, una vivísima alarma, que la sagacidad de Boxer no hizo más que aumentar, porque el valiente perro, que tenía más memoria que su dueño, había indudablemente vigilado al anciano durante su sueño, temiendo que se fugase con algunos plantones de chopo que venían atados a la parte posterior del carruaje, y le apretaba todavía muy de cerca, mordisqueando valientemente sus piernas, y batallando con los botones de sus polainas.

     -¡Pardiez! -exclamó John, cuando se hubo restablecido la paz-. Sois un dormilón terrible -mientras tanto el anciano permanecía de pie en medio de la habitación, inmóvil y con la cabeza descubierta-. ¡Un dormilón terrible!

     El extranjero, hombre de larga cabellera blanca, bellas facciones, singularmente altaneras y expresivas, a pesar de pertenecer a un viejo, y ojos negros, brillantes y perspicaces, miró a su alrededor sonriendo, y saludó a la mujer del mandadero con una grave inclinación de cabeza.

     Su traje, de color moreno, ofrecía rara singularidad por su moda y corte antiguos. Llevaba un sólido bastón de viaje, también moreno; cuando hubo golpeado el suelo con el bastón, éste se abrió, convirtiéndose en una silla, en la que se sentó con gran tranquilidad el desconocido.

     -Mira -dijo el mandadero, dirigiéndose a su mujer-. En esta misma postura le he encontrado, sentado al borde del camino, inmóvil como un guardacantón, y casi tan sordo como él.

     -¿Sentado al raso, John?

     -Al raso -respondió el mandadero-; precisamente al caer la noche. «Asiento pagado», me ha dicho, dándome dieciocho peniques; ¡ha subido en seguida, y hele aquí!

     -Me parece que va a marcharse, John.

     Nada de esto. Quería solamente hablar.

     -Dispensadme -dijo el extranjero con dulzura-. A causa de mi dolencia no puedo ir solo. Esperaré que vengan a buscarme. No hagáis caso de mí.

     Sacó luego de uno de sus vastos bolsillos sus anteojos, y de otro bolsillo un libro, y se puso en seguida a leer tranquilamente, sin preocuparse de Boxer, como si el terrible guardián fuese un cordero familiar.

     El mandadero y su mujer cambiaron una mirada de duda. El extranjero levantó la cabeza, y pasando de la mujer al marido, preguntó a este último:

     -¿Es vuestra hija, amigo mío?

     -Mi mujer -respondió John.

     -¿Vuestra sobrina?

     -¡Mi mujer! -gritó John con todos sus pulmones.

     -¿Es cierto? -prosiguió su interlocutor-. ¡Cierto! Es muy joven.

     Dicho esto volvió a hojear el libro y continuó la lectura. Pero antes de haber podido leer dos líneas, se interrumpió de nuevo para decir:

     -¿Y el niño, es vuestro?

     John le hizo con la cabeza una señal gigantesca, tan afirmativa como si hubiese trompeteado su respuesta con el auxilio de una bocina.

     -¿Una hija?

     -¡Un mucha-a-a-acho! -gritó John.

     -Muy joven también, ¿no es verdad?

     La señora Peerybingle se resolvió en seguida a tomar parte en la conversación.

     -¡Dos meses y tres día-as! ¡Vacunado hace seis sema-a-nas! ¡La vacuna ha ido perfectame-e-nte! ¡Considerado por el doctor como un niño admirablemente hermo-o-so! ¡De una inteligencia verdaderamente maravillo-o-sa! ¡Quién creería que se mantiene ya en pie-e-e!

     -Y al llegar a esta exclamación final la diminuta madre, perdiendo el aliento por haber gritado estas cortas frases al oído del anciano, hasta tal punto que su lindo rostro tomaba tintas moradas, levantó al niño ante el viajero, poniéndose en pie como prueba irrefutable y triunfante que apoyaba sus aserciones, mientras que Tilly Slowboy, con el grito armonioso de ¡Ketcher! ¡Ketcher!, palabras misteriosas que resonaban en su oído como un estornudo popular, se puso a dar cabriolas como un becerro alrededor de la inocente criaturilla.

     -¡Oíd! Vienen a buscarle, lo juraría -dijo John-. Alguien llama a la puerta. Abrid, Tilly.


IV

     Pero antes que la muchacha hubiese podido obedecer, la puerta fue abierta desde el exterior, pues era una puerta primitiva, de picaporte, que todo el mundo podía abrir a su antojo, y por cierto que no poca gente se daba semejante gusto; a todos los vecinos les agradaba charlar un poquito con el mandadero, aunque John no pecase ciertamente de hablador. La puerta abierta dejó el paso libre a un hombrecito delgado, con muestras de evidente preocupación, de rostro moreno y que, por las señas, se había confeccionado el sobretodo con una tela de saco que debió envolver alguna caja en tiempo lejano; porque al volverse el hombrecito para cerrar de nuevo la puerta, pudieron leerse claramente las iniciales G. y T. en su espalda, y la palabra cristal con letras grandes.

     -Buenas noches, John -dijo el hombrecito-. ¡Buenas noches, señora! ¡Buenas noches, Tilly! ¡Buenas noches, desconocido! ¿Cómo sigue el niño, señora? ¿Boxer sigue bueno, verdad?

     -Todo sigue a las mil maravillas, Caleb -respondió Dot-. Para convenceros de mis palabras, no tenéis más que empezar por fijaros en el nene que Dios me ha dado por hijo.

     -O fijarme en vos misma -añadió Caleb.

     No obstante, no se fijó en su interlocutora; su ojo errante y preocupado parecía siempre estar muy lejos, y era indudable que su alma estaba también ausente.

     -O en John -siguió Caleb-, o en Tilly, o en el mismo Boxer.

     -¿Estáis atareado, Caleb? -preguntó el mandadero.

     -Sí, John, bastante -respondió Caleb, con el aire distraído de un sabio que buscase por lo menos la piedra filosofal-. Las cosas no van tan mal como se cree. La gente corre ansiosa tras las arcas de Noé. Yo hubiera deseado mejorar un poco la especie; pero a ese precio no puede hacerse más. Mucho me agradaría haber logrado que se conociera quiénes eran Shem y Hams y las esposas. Las moscas no pueden hacerse a esa escala como los elefantes. Y a propósito, John, ¿tenéis algún paquete para mí?

     El mandadero hundió la mano en uno de los bolsillos del ropón que se había quitado, y sacó de él un tiestecito de flores, cuidadosamente rodeado de papel de musgo.

     -¡Tomad! -dijo, arreglando las hojas con gran cuidado-. ¡Ni una hoja estropeada! ¡Cuánto capullo!

     El ojo sombrío de Caleb se iluminó ante la planta. El hombrecito dio las gracias a su amigo.

     -Es raro, Caleb -dijo el último-. Resulta muy raro en esta época.

     -No importa. Cualquiera que sea el precio, siempre me parecerá módico. ¿Hay algo más, John?

     -Una cajita -dijo el mandadero-. Hela aquí.

     -Para Caleb Plummer -deletreó el hombrecito-. Con dinero(4), John. No creo que me lo manden a mí.

     -Con cuidado -rectificó el mandadero mirando por encima del hombro de Caleb-. ¿Cómo habéis podido leer con dinero?

     -¡Oh, tenéis razón! -dijo Caleb-. Esto es, con cuidado. Sí, sí; más arriba trae mi dirección. No quiere decir esto que no hubiese podido recibir cien francos, John, si mi pobre muchacho, que marchó a California, viviese aún. Le amabais como a un hijo, ¿verdad? No hay que asegurármelo; me consta. «A Caleb Plummer. Con cuidado.» Sí, sí, esto es; una caja de ojos de muñecas para las tareas de mi hija. ¡Ojalá sus ojos pudieran encontrarse también en el fondo de esta cajita!

     -Lo desearía con todo mi corazón.

     -Gracias -repuso el hombrecillo-. Vuestro lenguaje sale verdaderamente del corazón. ¡Cuando pienso que no podrá ver nunca las muñecas que están allí, fijando todo el día los ojos en ellas! ¿No es esto muy cruel? ¿Qué os debo por vuestro trabajo, John?

     -Buen trabajo os haré pasar si repetís semejante pregunta. ¡Dot! Estuve a punto de...

     -Os reconozco, John -dijo el hombrecillo-. Tal es vuestra bondad acostumbrada. ¡Vaya!, creo que estamos listos.

     -No lo creo yo así -añadió el mensajero-. Haced memoria.

     -¿Hay algo para el amo? -preguntó Caleb después de haber reflexionado un instante-. Tenéis razón: por orden suya vine, pero mi cabeza está tan fatigada con las arcas de Noé... y además, ¿no ha venido él en persona?

     -¡Él! -respondió el mandadero-, no lo creáis; está demasiado atareado con su cortejo.

     -No obstante, vendrá -dijo Caleb-, porque me recomendó que saliese por el camino acostumbrado, añadiendo que a buen seguro le encontraría. Y a propósito; bueno será que me vaya. Pero antes, señora, ¿tendríais la bondad de dejarme pellizcar la cola de Boxer por un segundo? ¿Me lo permitís?

     -¡Qué pregunta tan ingrata, Caleb!

     -Dispensadme y no hagáis caso de lo que ocurra, porque quizá no sea muy de su gusto. Acabo de recibir un pedido regular de perros rabiosos y desearía acercarme, en cuanto fuese posible, a la realidad, aunque la ganancia no exceda de doce sueldos.

     Felizmente, Boxer, sin que fuese necesario aplicarle el estimulante propuesto, se puso a ladrar con excepcional ardor. Pero como tales ladridos anunciaban la llegada de una nueva visita, Caleb, aplazando para un momento más favorable su estudio del natural, colocose la cajita redonda sobre el hombro y se despidió a toda prisa. Y seguramente hubiera podido ahorrarse toda su agitación, porque encontró al recién llegado antes de trasponer la puerta.

     -¿Estáis aquí todavía? Pues bien; esperad un poco. Os acompañaré hasta vuestra casa. John Peerybingle, estoy a vuestra disposición, y sobre todo a la disposición de vuestra mujer. ¡Cada día más bonita y más buena! ¡Y más joven también! ¡Parece cosa del diablo!

     -Me extrañaría de vuestros cumplidos, señor Tackleton -dijo Dot algo fríamente-, si vuestra nueva situación no me los explicase.

     -¿Lo sabéis todo?

     -He procurado creer lo que me han dicho.

     -¿Lo creísteis con dificultad?

     -Acertáis.


V

     Tackleton, el comerciante de juguetes, casi generalmente conocido bajo el nombre de Gruff y Tackleton -era la razón social, aunque Gruff hubiese muerto hacía mucho tiempo, legando el nombre al asociado y, según el decir de la gente, el mal humor que el diccionario inglés atribuye a su nombre malsonante-; Tackleton, el comerciante de juguetes, había sentido una sincera vocación desconocida de sus padres y su tutor. Si hubiesen hecho de él un usurero, un procurador codicioso o un policía, Tackleton, desahogando sus malas inclinaciones durante la juventud, después de agotar toda la malignidad de su ser en los deberes naturales de su estado, hubiera llegado a ser amable aunque sólo fuese por el atractivo de la novedad. Pero, obligado a almacenar la bilis, encadenado a sus apacibles ocupaciones de comerciante de juguetes, había llegado a ser un verdadero ogro doméstico, que, viviendo a expensas del bolsillo de los niños, no cesaba un solo instante de ser su enemigo mortal. Despreciaba los juguetes, y no hubiera comprado uno solo por todo el oro del mundo; hallaba, gracias a su mal carácter, singular placer en arreglar caras henchidas de expresión feroz a los labradores de cartón que conducían sus puercos al mercado, a los pregoneros que anunciaban una digna recompensa al que encontrase la conciencia perdida de un abogado, a las viejas mecánicas que zurcían medias o modelaban pasteles, y a cuantos personajes ponía a la venta. Se sentía verdaderamente feliz al imaginar máscaras terribles, diablillos que aparecían por sorpresa, feos, crespos, de ojos colorados; cometas-vampiros, barqueros demoníacos que no podían colocarse patas arriba levantándose constantemente para correr hacia los niños muertos de miedo. Éste era su único consuelo, y por decirlo así, la válvula de seguridad por cuyo medio se escapaba su mal carácter. Tenía verdadero genio para semejantes invenciones; y la idea de alguna nueva pesadilla le causaba un placer inenarrable. Llegó a perder dinero -éste era el único juguete que le gustaba -para procurarse asuntos infernales de linterna mágica en que los poderes de las tinieblas estuviesen representados bajo la forma de crustáceos sobrenaturales de rostro humano; y había comprometido un capitalito para exagerar la estatura terrorífica de sus gigantes, y aun sin ser pintor, indicaba a los artistas que empleaba, con ayuda de un yeso pizarra, ciertas miradas furtivas destinadas a modificar de un modo extraño la fisonomía de los monstruos, que a su vista se llenaban de espanto las almas de los jóvenes gentlemen de seis a once años durante las vacaciones enteras de Navidad o de verano.

     Lo que era Tackleton con respecto a los juguetes, lo era con respecto a todo el mundo. Por lo tanto, podéis suponer que su traje verde, abrochado hasta la barba, que descendía hasta las pantorrillas, envolvía al individuo más antipático del orbe; figuraos el personaje más distinguido, más agradable que se hubiese puesto un par de enormes botas de becerro color caoba.

     ¡Y no obstante, Tackleton, el comerciante de juguetes, iba a casarse! Sí, a pesar de todo, iba a casarse, y con una joven, y aun con una hermosa joven.

     No parecía ciertamente un novio cuando apareció en la cocina del mandadero, con su cara seca y ceñuda como una cuerda de pozo; su extravagante figura, el sombrero echado hacia adelante sobre la punta de la nariz, las manos hundidas hasta el fondo de los bolsillos y con toda su mala naturaleza henchida de sarcasmo, saliendo a la luz por un rinconcito de su ojillo, como la esencia concentrada de una bandada de cuervos. No obstante, era él, indudablemente, el novio.

     -Faltan tres días -dijo-. El jueves próximo, último día de enero, nos casaremos.

     ¿He anotado que tenía siempre un ojo grande y abierto, y el otro casi cerrado, y este último era siempre el ojo expresivo? No creo haberlo dicho.

     -Sí, nos casaremos -repitió Tackleton, haciendo resonar su dinero en el bolsillo.

     -¡Pardiez! El mismo día del aniversario de nuestro matrimonio -exclamó el mandadero.

     -¡Ja, ja, ja! -añadió Tackleton riendo-. ¡Vaya una casualidad! Precisamente formáis una pareja muy semejante a la nuestra.

     La indignación de Dot, al escuchar una aserción tan presuntuosa, no puede describirse. No hubiera faltado más sino que Tackleton acogiese la posibilidad de un niño semejante también a su chiquillo. Tackleton estaba loco; era indudable.

     -¡Esperad, esperad! He de deciros dos palabras -murmuró Tackleton, empujando de nuevo a John con el codo-. ¿Vendréis a la boda? Estamos la misma barca.

     -¿Cómo en la misma barca? -preguntó el carrero.

     -Muy poca diferencia -dijo Tackleton, haciendo un nuevo guiño-. ¿Antes de ese día, iréis a pasar un rato con nosotros?

     -¿Por qué? -preguntó John, extrañado de la diligente hospitalidad de su interlocutor.

     -¿Por qué? -respondió éste-. ¡Buen modo de recibir una invitación! ¿Por qué? Por el gusto de veros, por lo agradable que me fue siempre vuestra compañía, y por muchas otras razones que paso en silencio.

     -¡Nunca os había visto tan sociable! -dijo John con su simplicidad y su franqueza habituales.

     -¡Bah, bah, bah! Comprendo que no hay que veniros con requilorios -dijo Tackleton-. Más vale ir sin rodeos hasta el fin. Pues bien, la verdad es que ofrecéis..., y vuestra mujer también, cuando estáis juntos, lo que la gente suele llamar aspecto delicioso. Bien sabemos lo que ocurre en el fondo, nosotros los que...

     -¡Cómo! ¿Lo que ocurre en el fondo? -interrumpió John-. ¿Qué queréis decir?

     -Bien, bien. No lo sabemos, si os gusta así. No discutiremos por una brizna de paja. Decía, pues, que, contando con cierta apariencia satisfecha que os nota todo el mundo, creo que vuestra compañía producirá un efecto altamente favorable en la futura mistress Tackleton. Y aunque yo no juzgue a esta buena señora -y el orador se dirigió a Dot-, muy bien dispuesta en favor mío en este asunto, no dudo que aceptará mi ofrecimiento, porque sabe esparcir a su alrededor una atmósfera de satisfacción y de tranquilidad que siempre produce buen efecto, sea cual fuere el fondo de las cosas. ¿Vendréis, verdad?

     -Habíamos dispuesto solemnizar el aniversario de nuestro casamiento con la mayor pompa posible en nuestra casita -respondió John-. Nos lo hemos prometido hace seis meses. Creemos que en nuestra casita...

     -¡Bah! ¿Y qué es al fin y al cabo vuestra casita? -exclamó Tackleton-. Cuatro paredes y un techo. Y a propósito: ¿por qué no matáis ese maldito grillo? Tiempo ha lo hubiera hecho, a estar en vuestro lugar. No dejo un solo grillo con cabeza; ¡me carga su ruido impertinente! También en mi casa hay cuatro paredes y un techo. ¿Vendréis a verme?

     -¿Matáis los grillos? -preguntó John.

     -Los piso -contestó Tackleton dejando caer pesadamente al suelo el tacón de su bota-. Vamos, prometedme que vendréis; a los dos nos interesa; ya sabéis que nuestras mujeres se persuaden una a otra de su felicidad y de que no existe en el mundo entero mayor suma de ventura. Conozco a las mujeres. Lo que la primera diga, está resuelto a defenderlo la segunda. Hay entre ellas un espíritu tal de emulación, que si vuestra mujer dice a la mía: «Soy la mujer más venturosa del mundo, y mi marido es el mejor de los maridos; le adoro con toda el alma», mi mujer dirá lo mismo a la vuestra, o quizá vaya más lejos, y llegará a creerlo.

     -¿Creéis, pues -preguntó el mandadero-, que vuestra mujer no os...?

     -¡Que mi mujer no me...! -exclamó Tackleton con risa breve y aguda-. ¡Que mi mujer no me...! ¿qué más?

     John estuvo tentado de añadir: «os... adorará?» Pero habiendo encontrado el ojo semicerrado de Tackleton en el momento preciso en que éste se fijaba en el mandadero guiñándole por encima del cuello levantado del capote, y viendo la punta del ojo que parecía pronta a destruirle, comprendió que en todo el ser de aquel hombre singular había tan poquita cosa que mereciese adoración, que substituyó la primera frase con otra nueva, y continuó así: «No creo que os adore en modo alguno».

     -¡Ah, buen pájaro! ¿Bromeáis? -dijo Tackleton.

     Pero John, aunque lento para comprender todo el alcance de lo que Tackleton había tenido la intención de decir, le miró con tan serio gesto, que Tackleton viose forzado a explicarse más categóricamente.

     -Tengo el capricho -dijo levantando su mano izquierda y golpeándose ligeramente el índice, como si dijera: «Aquí estoy yo, Tackleton»-, tengo el capricho de casarme con una mujer joven y bonita -y golpeó el meñique, que simbolizaba a su futura; así, pues, no lo golpeó con suavidad, sino reivindicando sus prerrogativas de amo y señor-. Puedo satisfacer este capricho, y lo haré así. Ahora, mirad un momento.

     Y le señaló con el dedo a Dot, que se sentaba pensativa y soñadora delante del fuego, apoyando en la mano su linda barbilla adornada de un gracioso hoyuelo; a Dot, que a la sazón contemplaba la brillante llamarada. El mandadero la contempló, la contempló de nuevo y volvió a contemplarla, y cesó en sus observaciones, sin comprender absolutamente nada.

     -Os honra y os obedece, sin duda -continuó Tackleton-, y yo no soy hombre de sensiblerías; no pido más que eso.

     El pobre John se turbó, experimentando, a pesar suyo, una rara mezcla de malestar e incertidumbre. No pudo impedir que su morena faz lo revelase a su modo.

     -Buenas noches, amigo mío -dijo Tackleton con aire compasivo-. Me voy. En realidad, somos, según veo, exactamente iguales. ¿No queréis visitarme mañana por la noche? No importa; vendré al día siguiente de la boda a veros, en compañía de mi futura. Esto le hará buen efecto. Sois un hombre excelente.

     -Pero, ¿qué es esto?

     La mujer del mandadero había dado un fuerte grito, un grito agudo y pronto que hizo resonar la habitación como si fuera un vaso de vidrio. Se había levantado de la silla y permanecía en pie como petrificada por el terror y la sorpresa. El extranjero se había acercado al fuego para calentarse y estaba a dos pasos de la silla, pero siempre tranquilo y silencioso.

     -¡Dot! -exclamó el mandadero-. ¡María! ¡Tesoro mío! ¿Qué ocurre? ¿Qué hay?


VI

     En un instante se agruparon todos a su alrededor. Caleb, que empezaba a dormirse sobre la caja de la torta de boda, súbitamente despertado, en el primer momento de turbación, había agarrado a miss Slowboy por los cabellos, pero apenas hubo recobrado el sentido, le pidió mil perdones.

     -¡Dot! -exclamó John con su mujer entre los brazos-. ¿Estáis enferma? ¿Qué ocurre? ¡Hablad, querida mía!

     Pero Dot, por toda respuesta, dio una palmada, y se puso a reír desaforadamente; luego, dejándose caer de los brazos de John al suelo, se cubrió el rostro con el delantal y se echó a llorar. Luego volvió a reír; lloró de nuevo; sintió frío, y se dejó conducir junto al fuego por su marido, sentándose en el mismo lugar de antes. El extranjero permanecía en pie, tranquilo y silencioso.

     -Estoy mejor, John -dijo Dot-. Estoy completamente bien.

     Pero mientras hablaba con John, miraba al lado opuesto.

     ¿Por qué se volvía hacia el extranjero como si hubiera de dirigirse a él? ¿Perdía Dot la cabeza?

     -Me alegro mucho de que el lance haya concluido bien -murmuró Tackleton paseando la mirada por toda la habitación-. Eh, Caleb, un momento. ¿Quién es este hombre de cabellos grises?

     -No lo sé, señor -respondió Caleb en voz baja-. No lo he visto nunca. Una bonita figura de cascanueces; un modelo enteramente nuevo. Atornillándole una quijada que bajase hasta caer encima del chaleco, sería delicioso.

     -No está mal -dijo Tackleton.

     -O bien para unos avíos de encender, ¡qué modelo! -observó Caleb sumido en profunda contemplación-. Se le vacía la cabeza para colocar los fósforos; se le alzan al aire los talones para la bujía; mirad, mirad: en esta actitud. ¡Qué admirable avío para colocar encima de la chimenea de un prócer!

     -Puede decirse que no está mal -afirmó Tackleton-. Pero en fin, el plan es irrealizable. Vámonos. Cargad con la caja... Supongo que ya ha terminado por completo el percance.

     -¡Por completo! ¡Por completo! -dijo la mujercita apresurándose a despedirle con una señal expresiva-. Buenas noches, muy buenas noches.

     -Buenas noches, señora -añadió Tackleton-; buenas noches, John Peerybingle. Cuidado con la caja, Caleb. ¡Si el paquete cae, os rompo la cabeza! La noche está negra como boca de lobo; el tiempo está peor que nunca. ¡Diablo! Buenas noches.

     Tackleton se dirigió a la puerta pronunciando estas palabras, no sin haber paseado por la habitación una segunda mirada escrutadora, y seguido de Caleb, que llevaba la torta de boda sobre la cabeza.

     El mandadero había quedado tan ensimismado a causa del accidente que su mujercita había sufrido, tan ocupado en calmarla y cuidarla, que había olvidado casi enteramente la presencia del extranjero, hasta que le divisó, en pie todavía. Era el único extraño que permanecía aún en su casa.

     -Se ha quedado -dijo John-. Es preciso que le dé a entender que ya es hora de marcharse.

     -Os pido perdón, amigo mío -dijo el anciano, acercándose al mandadero-; con tanto más motivo cuanto temo que vuestra mujer se haya sentido indispuesta; pero la persona que mi dolencia me hace indispensable -y al mismo tiempo condujo la mano al oído y sacudió la cabeza- no ha llegado aún, y temo que haya sufrido algún error. El mal tiempo que esta noche me hizo encontrar tan agradable el abrigo de vuestro carruaje -¡ojalá no lo tenga nunca peor!-, es más crudo que antes. ¿Querríais tener la extremada bondad de cederme una cama por esta noche? Os satisfaré puntualmente su importe.

     -¡Sí, sí! -respondió Dot-. Sí; es cosa resuelta.

     -Bien, bien -dijo el mandadero sorprendido de aquiescencia tan pronta-. No hubiera sido yo quien... No estoy completamente seguro de que...

     -¡Chist, John! -interrumpió Dot.

     -¡Bah! Es sordo como una tapia.

     -Lo sé, pero... Sí, señor, decididamente. Decididamente. Voy a arreglarle la cama en seguida, John.

     Y al salir a toda prisa para preparar cuanto era necesario, la turbación que la invadía era tan extraña, que el mandadero, que la seguía con la mirada, quedó confuso.

     -Y sus madrecitas arreglan las camas -gritó miss Slowboy al niño-, y sus cabellos estaban negros y rizados cuando se han quitado los gorros, y ¿qué es lo que ha dado miedo a los chiquitines sentados junto al fuego?

     Por efecto de la inexplicable atracción que las más insignificantes bagatelas ejercen frecuentemente en un espíritu devorado por vagarosas dudas, el mandadero, paseándose de arriba abajo de la habitación, sorprendiose repitiendo mentalmente varias veces las absurdas palabras de Tilly. Las repitió con tanta frecuencia que llegó a aprenderlas de memoria y las recitaba como si fuesen una verdadera lección, cuando miss Slowboy, después de haber friccionado con la palma de la mano -según la añeja práctica de las niñeras- la cabecita calva del niño durante todo el tiempo que juzgó conveniente para su salud, le puso de nuevo el gorro y le anudó la cinta debajo de la barbilla.

     -¿Qué es lo que ha dado miedo a los chiquitines sentados junto al fuego? ¿Qué es lo que ha dado tanto miedo a Dot? Me gustaría saberlo -murmuraba el mandadero, reanudando sus idas y venidas.

     Arrancaba de su corazón las pérfidas insinuaciones del comerciante de juguetes, y, no obstante, se sentía lleno de un sentimiento de malestar vago e indefinido; porque Tackleton era listo y vivo, mientras que él estaba tan persuadido de su inferioridad, que cualquiera alusión directa o reticencia le alarmaban súbitamente. No tenía intención alguna de relacionar lo que le había dicho Tackleton con la conducta extraña de su mujer; pero ambos motivos de reflexión se presentaban simultáneamente a su espíritu, sin que John pudiese lograr su separación.

     La cama estuvo hecha muy pronto; el extranjero, sin aceptar más refrigerio que una taza de té, se retiró. Entonces Dot, completamente tranquila, según decía, arregló el sillonazo poniéndolo en el rincón de la chimenea para que se sentase su marido: llenó la pipa de John, se la dio y colocó su acostumbrado taburetillo al lado de él junto al fuego.

     Nunca había dejado de sentarse en aquel taburetillo; indudablemente que creía con firmeza que aquel taburetillo era delicioso, y muy apropiado para hacer resaltar ante su marido sus seductores hechizos.

     Dot era, además, la mujer más hábil que se hubiera podido hallar en todo el orbe -hay que reconocerlo- para llenar una pipa. Nada más delicioso que el espectáculo que ofrecía al introducir en el vientre de la pipa su dedito regordete, luego al soplar en su interior para limpiar el tubo, y después de tan delicadas operaciones, al afectar la creencia de que realmente había quedado algo en el tubo, por cuyo motivo soplaba una docena de veces y la acercaba al ojo a modo de telescopio, mirando hasta el fondo con gestillo de su carita incomparable, era un precioso espectáculo. En cuanto a la colocación del tabaco, nadie hubiera podido enseñarle un grado nuevo de perfeccionamiento. Cuando tomaba un trozo de papel encendido para pegar fuego a la pipa sin chamuscar nunca la nariz del mandadero, en cuya boca permanecía aquélla, traspasaba el acierto e invadía ya el campo del arte, o mejor aún, del genio.

     El grillo y el puchero, reanudando su cantata, así lo reconocían. El fuego, reanimando sus llamaradas, así lo reconocía. El segadorcillo del reloj, persistiendo en su labor maquinal, así lo reconocía. Y el carrero, con su tersa frente y complacida fisonomía, era el primero en reconocerlo.

     Mientras fumaba su vieja pipa con aire grave y pensativo, mientras el reloj holandés hacía oír sin interrupción su monótono tic tac, el fuego brillaba alegremente, y el grillo cantaba a grito pelado; este benigno genio familiar de la casa -porque tal era el grillo- evocó en el espíritu del venturoso John, bajo formas fantásticas, una multitud de imágenes de su felicidad doméstica. Veía Dots de todas las edades y estaturas posibles que llenaban la habitación; Dots, niñas gozosas que corrían delante de él y que cogían las flores del campo; Dots, modestas, tan pronto rechazándole a medias como cediendo a medias, a las súplicas llenas de ternura que él les dirigía en medio de su rudeza; Dots recién casadas, atravesando el umbral de la casa y tomando posesión, como buenas guardadoras del hogar, de las llaves y de los armarios. Dots, madres, servidas por Slowboys ficticias, llevando niños a la ceremonia del bautismo; Dots, más maduras, aunque jóvenes y frescas todavía, vigilando como matronas venerables a otras Dots, hijas suyas, que se entregaban a danzas campestres; Dots, regordetas y redonditas, acosadas, sitiadas como venerandas abuelas por ejércitos de niños sonrosados; Dots, arrugadas, que se apoyaban en sus bastones y andaban lenta e inseguramente. Vio también desfilar ante sus ojos ancianos mandaderos con Boxers viejos y ciegos, tendidos a sus pies; nuevos carruajes conducidos por nuevos cocheros -«Peerybingle hermanos» se leía en el toldo-, mandaderos ancianos y enfermos, cuidados por las manos más dulces del mundo, y tumbas de mandaderos muertos, muertos tiempo ha, cubiertas de verde musgo en el fondo de los cementerios. Y mientras el grillo le hacía ver todas estas cosas -porque lo cierto es que las veía distintamente aunque sus ojos permaneciesen fijos en las llamas del hogar-, el mandadero se sentía feliz y satisfecho y daba gracias con toda el alma a sus dioses domésticos, sin acordarse más de Gruff y Tackleton.

     ¿Pero a qué viene esa imagen de joven que el mismo grillo-hada coloca tan cerca del taburete de Dot, y que permanece solo y en pie? ¿Por qué se quedaba junto a ella, con el brazo apoyado en la campana de la chimenea y repitiendo constantemente: «¡Casada y no conmigo!»?

     ¡Dot, Dot! ¡Sospechar de Dot! No; semejante idea no puede ocupar un lugar entre las visiones de vuestro marido. Pero, en tal caso, ¿por qué la sombra desconocida ha pasado por su hogar?

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