El grillo del hogar: Segundo grito

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I

     Solitos en su rincón, como dicen los libros de cuentos -cuyas benéficas narraciones habréis bendecido cien veces, por lo bien que saben disipar la monotonía de este mundo prosaico-, vivían Caleb Plummer y su hija ciega; solitos en su rincón, esto es, en una casucha de madera llena de hendeduras, en un verdadero cascarón de nuez, que era algo así como una verruga situada en la preeminente nariz, de ladrillo, de Gruff y Tackleton. La propiedad de Gruff y Tackleton se extendía a lo largo de media calle; en cambio, la casita de Caleb Plummer se hubiera derribado fácilmente de un martillazo o dos, y sus escombros habrían cabido fácilmente en una carreta.

     Si algún transeúnte hubiese hecho a la casa de Caleb Plummer el honor de notar su desaparición, una vez realizada la expedición que acabamos de indicar, hubiera sido indudablemente con el único objeto de aprobar sin vacilación el derribo, calificándolo de mejora evidente. Estaba la casucha adherida a la casa de Gruff y Tackleton como un marisco a la quilla de una nave, como un caracol a una puerta o una mata de setas al tronco de un árbol. En cambio, era el germen de que brotara el tronco vigoroso y soberbio de Gruff y Tackleton; y bajo su ruinoso techo el antepenúltimo Gruff había fabricado en pequeña escala juguetes para toda una generación de niños y niñas de su tiempo, que, empezando por jugar con ellos, habían concluido por desmontarlos y romperlos antes de irse a la cama.

     He dicho que Caleb y su hija ciega vivían allí; más exacto sería afirmar que el morador era Caleb, pero que su pobre hija tenía otra residencia, un palacio de hadas adornado y amueblado por Caleb, en cuyo recinto la necesidad y la estrechez eran completamente desconocidas, en cuyo recinto jamás pudieron penetrar las angustias de la vida. No obstante, Caleb no era ningún hechicero; era sencillamente un maestro consumado en la única magia que las edades nos conservaron: la magia del amor abnegado e imperecedero; la naturaleza había dirigido sus estudios y le había comunicado el arte de hacer milagros.

     La cieguecita no supo jamás que los techos amarilleaban, que las paredes estaban manchadas y dejaban al descubierto grandes extensiones de yeso, y que las vigas carcomidas se hundían cada vez más. La cieguecita no supo nunca que el hierro se enmohecía, que la madera iba pudriéndose, que el papel se gastaba y que la misma casa perdía insensiblemente su forma, sus dimensiones y sus proporciones regulares. La cieguecita no llegó a saber que encima del aparador no había más que una miserable vajilla de barro; que el pesar y el desaliento reinaban en la casa y que los escasos cabellos de Caleb se blanqueaban más y más ante los ojos apagados de su adorada compañera. La cieguecita ignoró constantemente que la mísera pareja tenía un amo frío, exigente, insensible; en una palabra, no supo jamás que Tackleton fuese Tackleton. La cieguecita creía, por el contrario, que Tackleton era un hombre original, que gustaba de embromarlos, y que, desempeñando con respecto a ellos el papel de ángel de la guarda, rechazaba toda muestra de reconocimiento que pudiesen ofrecerle.

     Y todo, todo se lo debía la cieguecita a Caleb, todo se lo debía a su excelente padre. Pero Caleb tenía también un grillo en su hogar; y mientras él escuchaba melancólicamente su canto, cuando la niña ciega y privada ya de su madre era muy pequeñita todavía, el buen espíritu del hogar le había inspirado la idea de que el gran infortunio de su hija casi podría ser considerado como una merced del cielo, que permitiría llevar la felicidad a su existencia. Porque es de saber que los grillos forman una tribu de espíritus poderosos, aunque la gente que con ellos se relaciona lo ignore casi siempre; y en el mundo invisible no existen, a buen seguro, voces más dulces y verdaderas, sobre cuyas inflexiones se pueda contar con más fundamento y que nos den con tanta frecuencia consejos suaves y tiernos, que las voces de que se sirven los espíritus del rincón del fuego y del hogar doméstico para comunicarse con el género humano.

     Caleb y su hija trabajaban juntos en su taller habitual, o por mejor decir, pasaban encerrados en él toda la vida. La habitación era ciertamente muy rara. Veíanse en ella casas terminadas y sin terminar para muñecas de todos los rangos: moradas de arrabal para las muñecas de condición modesta; viviendas compuestas de una sola habitación, con su correspondiente cocina, para las muñecas de las ínfimas clases sociales; suntuosos palacios para las muñecas del gran mundo. Algunas casas estaban amuebladas ya, siempre de acuerdo con la condición y fortuna de las muñecas que las habitaban; otras podían quedarlo en un momento de la manera más rica y dispendiosa a mediar un solo aviso; bastaba tomar lo necesario de los estantes cargados de sillas, mesas, sofás, camas y todo lo que constituye un mobiliario completo. Los personajes de la alta nobleza, los hidalgos de provincia y el público en general, a quienes estaban destinadas tales habitaciones, yacían acá y acullá tendidos en los cestos, con los ojos inmóviles dirigidos al techo; pero sus rangos estaban marcados, y cada individuo había sido colocado en el lugar que le correspondía. La experiencia nos demuestra cuán difícil es, por desgracia, la perfecta colocación en la vida real; pero los fabricantes de muñecas fueron siempre mucho más hábiles que la naturaleza, que suele aparecer con frecuencia tan caprichosa e imperfecta. Los fabricantes, en lugar de atenerse a las distinciones arbitrarias de la seda, la indiana o los tejidos, habían añadido señaladas diferencias, según las clases, que no permitían confusión alguna. De modo, que la ilustre muñeca de alto linaje tenía miembros de cera de simétrica perfección; en el segundo grado de la escala social se empleaba el cuero y en el grado inferior los retazos de tela grosera. En cuanto a las gentes vulgares, tenían fósforos en lugar de piernas y brazos. Por consiguiente, cada muñeca se encontraba definitivamente establecida en su esfera y sin posibilidad de salir nunca de ella, gracias a estas disposiciones positivas.

     Además de las muñecas, la habitación de Caleb Plummer contenía gran número de variadas muestras de su industria; tales eran las arcas de Noé, en las cuales cuadrúpedos y volátiles aprovechaban el recinto lo que no es decible; veíaseles unos sobre otros con inaudita confusión, sin perder el más pequeño espacio. Por una licencia poética, pintoresca y valiente, casi todas las arcas de Noé tenían aldabones en la puerta, apéndices poco naturales quizá, en cuanto parecían suponer visitas matinales como la del cartero; pero se habían puesto con el fin de que nada faltase al exterior del edificio. Veíanse también en la habitación de Caleb Plummer docenas de melancólicas y diminutas carretas, cuyas ruedas exhalaban triste música al girar; muchos violines, tambores y otros instrumentos de tortura; grandes masas de cañones, escudos, espadas, lanzas y fusiles; saltimbanquis minúsculos con calzones rojos, que atravesaban incesantemente a cuál mejor altas barreras de cintas rojas y caían, al otro lado, de cabeza; ancianos de aspecto respetable, por no decir venerable, que saltaban constantemente como locos por encima de clavijas horizontales que a este fin habían sido clavadas en sus propias puertas. Veíanse animales de todas suertes; particularmente caballos de todas las razas, desde el cilindro salpicado sostenido por cuatro estacas con una panoja en vez de crin, hasta el caballo saltador pur sang animado de indomable ardor. Hubiera sido difícil enumerar todas las figuras grotescas, siempre prontas a cometer los mayores absurdos mediante una vuelta de manubrio. No hubiera sido fácil citar alguna locura humana, algún vicio o alguna dolencia, cuyo tipo más o menos exacto no se hallase en la habitación de Caleb Plummer. No quiere decir esto que Caleb hubiese recurrido a formas exageradas, porque no se necesitan grandes manubrios para hacernos ejecutar en el mundo a todos, hombres y mujeres, vueltas mucho más raras que las del juguete más extravagante.

     En medio de tan heterogéneos objetos, Caleb y su hija trabajaban sentados; la pobre ciega arreglaba una muñeca y él pintaba y barnizaba la fachada con cuatro ventanas de un hotelito burgués.

     Las zozobras que reflejaba la expresión del rostro de Caleb; su aspecto soñador y distraído, que hubiera sentado perfectamente a la fisonomía de un alquimista o de un adepto de las ciencias ocultas, formaban a primera vista extraño contraste con la trivial naturaleza de sus ocupaciones y de las frivolidades que le rodeaban. Pero por más triviales que sean los objetos, cuando se inventan y ejecutan para ganar el pan de cada día, toman un carácter muy serio y grave; y, además, no podría aseguraros que si Caleb hubiese sido lord chambelán, o miembro del Parlamento, o jurisconsulto, o especulador, hubiese juzgado menos frívolos sus nuevos juguetes, al paso que es indudable que los suyos eran más inofensivos.

     -¿De modo que estabais fuera, a merced de la lluvia, ayer por la noche, padre mío, con el hermoso traje nuevo? -preguntó la hija de Caleb Plummer.

     -Con mi traje nuevo -respondió éste, dirigiendo una rápida mirada hacia una cuerda, de la cual colgaba la tela de embalaje que describimos antes, puesta cuidadosamente a secar.

     -¡Cuánto me gusta que lo hayáis comprado, padre mío!

     -¡Y a un sastre tan celebrado! Un sastre enteramente a la moda. Es demasiado hermoso para mí.

     La cieguecita interrumpió su trabajo y se echó a reír de todo corazón.

     -¡Demasiado hermoso, padre mío! ¿Acaso puede haber algo demasiado hermoso para vos?

     -No obstante, casi me da vergüenza usarlo -dijo el anciano, espiando el efecto que sus palabras producían en el rostro radiante de su hija-; puedes creerlo. Cuando oigo a grandes y pequeños que dicen detrás de mí: «¡Vaya un encopetado!», no sé qué cara poner. Y ayer por la noche un mendigo no quería soltarme, obstinado en perseguirme mientras yo le aseguraba que era un hombre vulgar: «No, no; vuestro honor no me convencerá de semejante cosa.» Experimenté verdadera confusión y creí en verdad que no tenía ningún derecho al uso de tan hermoso traje.

     ¡Cuán feliz era la cieguecita! ¡Qué alegría, qué triunfo para ella!

     -Os veo, padre mío -dijo cruzando las manos-, tan claramente como si tuviese los ojos, cuya falta no siento nunca mientras permanecéis a mi lado. Un traje azul...

     -Azul claro -dijo Caleb.

     -Sí, sí; azul claro -exclamó la joven levantando su radiante faz-: del color que me acuerdo haber visto en el cielo... Un hermoso traje azul claro...

     -Amplio y cómodo -añadió Caleb.

     -¡Sí, amplio y cómodo! -repitió la cieguecita, riendo a carcajada suelta-. ¡Y llevando este traje, padre mío, me parece veros con vuestra mirada gozosa, vuestra cara sonriente, vuestro paso ligero, vuestros cabellos negros y vuestro aspecto tan joven y tan bello!

     -¡Basta, basta! -dijo Caleb-. Voy a volverme vanidoso.

     -Creo que lo sois ya -exclamó su hija, dirigiéndole, en medio de su regocijo, una señal llena de malicia-. ¡Os conozco, padre mío! ¡Lo he adivinado! ¿Lo veis?

     ¡Pobre Caleb! No tenía gran semejanza con el retrato delineado por su hija mientras permanecía en su mísera silla contemplando a la desdichada.

     Su hija había hablado del paso ligero de Caleb, y en lo que a esta parte concernía tenía razón. Hacía muchos años que Caleb no había atravesado la puerta una sola vez con su paso natural, lento y pesado, sino con un paso ficticio, destinado a engañar el oído de su hija; y ni en las ocasiones en que estuviera más amargado su corazón había olvidado la marcha ligera, calculada para hacer más ligera también la vida de su hija y más fácil su valor. ¡Sólo Dios lo sabe! Pero yo creo, por mi parte, que el vago extravío que reinaba en las maneras de Caleb, era en parte originado por la ficción en que se había voluntariamente colocado, en unión de todos los objetos que le rodeaban; por la ficción de aquella perpetua comedia a que se condenara por amor a su hija. Forzosamente el pobre hombrecito había de conservar su aspecto extraviado, después de tantos esfuerzos hechos durante largos años con el fin de destruir su propia identidad y la de todos los objetos que le interesaban.

     -Está concluida -dijo Caleb, retrocediendo un paso o dos para juzgar mejor el mérito de su obra-, y tan próxima a la realidad como cincuenta céntimos a una pieza de diez sueldos. ¡Lástima que la fachada de la casa se abra de una sola vez! ¡Si pudiésemos poner una escalera y puertas regulares para penetrar en cada habitación!... He aquí los inconvenientes del oficio; paso la existencia entera forjándome ilusiones, engañándome a mí mismo.

     -Habláis en voz muy baja, padre mío. ¿Estáis fatigado?

     -¡Fatigado! -repitió Caleb con vivaz empuje-. ¿Qué podría fatigarme? Nunca me fatigué, Berta. ¿Qué quieres decir con estas palabras?

     Y para dar fuerza incontestable a sus aserciones se interrumpió a sí mismo en el momento en que involuntariamente iba a imitar a dos figurillas bonachonas que levantaban los brazos y bostezaban sobre el tapete de la chimenea, imágenes perfectas del hastío eterno desde la punta de los pies hasta la punta de los cabellos; y luego empezó a tararear el estribillo de una canción. La canción era báquica; una picardía a la mayor honra del vino espumoso, y Caleb la entonó con voz tan sorprendente, con tan notable animación, que el gozoso canto hacía resaltar mil veces más la delgadez y la congoja de su semblante.


II

     -¿Qué es esto? ¿Pues no me ha parecido oíros cantar? -dijo Tackleton asomando la cabeza por la puerta-. ¡Continuad! ¡Continuad! Yo no tengo gana de cantar.

     En verdad, nadie hubiera puesto en duda su aserto. No traía cara de cantar cancioncillas.

     -No sería yo quien se permitiese cantar -dijo Tackleton-. Me encanta que podáis hacerlo vosotros. Espero que la canción no estorbará vuestra tarea, aunque no sobre el tiempo para hacer ambas cosas a la vez.

     -¡Si pudieses verle! -murmuró Caleb al oído de su hija-. ¡Cómo guiña el ojo, Berta! ¡No he visto hombre más gracioso! Si no le conocieras, llegarías a creer que habla en serio, ¿verdad?

     La cieguecita sonrió e inclinó la cabeza afirmativamente.

     -Cuando un pájaro sabe cantar y no quiere, hay que forzarle, según el proverbio -gruñó Tackleton-; pero cuando un murciélago, que no sabe cantar, que no debería cantar, canta a pesar de todo, ¿qué hay que hacerle?

     -¡Qué miradas tan picarescas nos dirige en este instante! -dijo Caleb a su hija-. ¡Cielo santo!

     -¡Siempre alegre, siempre de buen humor cuando viene a vernos! -exclamó Berta, sonriendo.

     -¡Ah! ¿Estáis aquí? -respondió Tackleton-. ¡Pobre idiota!

     La creía realmente idiota; y se fundaba para creerlo, sea por instinto o por reflexión, en el amor que ella le profesaba.

     -Pues bien; puesto que estáis ahí, ¿cómo os encontráis? -preguntó Tackleton con tono malhumorado.

     -¡Bien, muy bien! Tan feliz como podáis desear, tan feliz como querríais hacer a todo el mundo, si dependiese de vos.

     -¡Pobre idiota! -murmuró Tackleton-. ¡Ni un asomo de razón, ni el menor asomo!

     La cieguecita le tomó la mano y la besó; la estrechó un momento entre las suyas, y apoyó en ella su mejilla tiernamente antes de soltarla. Hubo en esta caricia tanto afecto, una expresión tan viva de reconocimiento, que el mismo Tackleton se conmovió hasta el punto de decir con un gruñido menos brutal que de costumbre:

     -¿Qué tenéis?

     -La coloqué al lado de mi almohada hasta que me fui a dormir ayer por la noche y la soñé. Luego, cuando el día ha llegado, al levantarse el Sol en todo su esplendor..., el Sol rojo, ¿verdad, padre?

     -Rojo mañana y tarde, Berta -respondió el pobre Caleb, dirigiendo una mirada llena de profunda tristeza a Tackleton.

     -Al levantarse el Sol y mientras su brillante luz, con la que temo siempre tropezar, ha entrado en la habitación, hacia la luz he colocado el pequeño arbusto, bendiciendo al cielo que ha creado cosas tan lindas, y a vos que me las enviáis para hacerme dichosa.

     «¡Loca desatada! -pensó Tackleton-. Pronto llegaremos a la camisa de fuerza y a las esposas. ¡Progresamos, progresamos!»

     Caleb, con las manos juntas, lanzaba miradas vagarosas, mientras hablaba su hija, como si realmente se preguntase -y creo que así era- si Tackleton había hecho algo para merecer la gratitud de Berta. Si al pobre Caleb, en aquel instante, se le hubiese concedido libertad completa para escoger entre echar de su casa a puntapiés al comerciante de juguetes, o caer a sus plantas reconociendo sus mercedes, creo que se hubiera podido apostar por los dos extremos con las mismas probabilidades de acierto. No obstante, sabía perfectamente que era él mismo quien con sus propias manos había traído a su casa tan cuidadosamente el rosal para su hija, y que eran sus mismos labios los que habían forjado este engaño para borrar en su hija la menor sospecha de las privaciones numerosas, infinitas, que se imponía diariamente para ofrecerle algunos goces más.

     -Berta -dijo Tackleton afectando calculadamente un poquillo de cordialidad-, acercaos.

     -¡Oh, me acercaré a vos sin ir a tientas! -respondió Berta-. No tenéis necesidad de guiarme.

     -¿Queréis que os diga un secreto?

     -Lo quiero -respondió con entusiasmo.

     ¡Cuán radiante, cuán espléndida se puso aquella cara hundida en las tinieblas! ¡Qué aureola tan luminosa rodeó a aquella cabeza en postura interrogante!

     -Éste es el día en que la pequeña... ¿Cómo se llama? la niña mimada, la mujer de Peerybingle, os hará la visita habitual para disfrutar su extravagante merienda, ¿verdad? -añadió Tackleton con pronunciada expresión de desdén hacia la agradable expansión tradicional.

     -Sí, es hoy -respondió Berta.

     -Así me lo ha parecido -repuso Tackleton-. Pues bien; quisiera ser de la partida.

     -¿Lo oís, padre mío? -exclamó la cieguecita enajenada y fuera de sí.

     -Sí, sí, lo he oído -murmuró Caleb con mirada fija de sonámbulo-; pero no lo creo. Será una de tantas ilusiones que me complazco en forjar.

     -No; veréis... Es que... deseo aproximar un poco los Peerybingle a May Fielding... Querría que se relacionasen... ¡Voy a casarme con May!

     -¡Casaros! -exclamó la cieguecita alejándose bruscamente de él.

     -¡El diablo confunda a la idiota! ¡Ya preví que no podría hacerle comprender mi idea! Sí, Berta, me caso. La iglesia, el ministro, el sacristán, el pertiguero, la carroza de cristales, las campanas, el desayuno, la torta de la novia, las cintas de seda, los clarinetes, los trombones y todo el alboroto; una boda, ¿entendéis?, una boda. ¿Sabéis bien lo que es una boda?

     -Lo sé -dijo la cieguecita dulcemente-, lo comprendo.

     -¿De veras? -murmuró Tackleton-. ¡Gran fortuna! Pues bien; he aquí por qué deseo ser de la partida y traer conmigo a May y su madre. Os enviaré por la mañana alguna cosilla, una pierna fría de carnero, u otra golosina cualquiera de la misma clase. ¿Me esperaréis?

     -Sí -respondió Berta.

     Había dejado caer la cabeza sobre el pecho y se había vuelto hacia el otro lado; y permanecía en esta postura en pie, con las manos enlazadas, inmóvil y soñadora.

     -No creo que me esperaréis -murmuró Tackleton echándole una mirada-. Parece que lo hayáis olvidado todo. ¡Caleb!

     -Supongo que puedo atreverme a creer que estoy aquí -pensó Caleb-. ¡Señor!

     -Procurad que Berta no olvide lo que le he dicho.

     -¡Oh, no temáis! No olvida nunca. Es la única cosa que no sabe hacer.

     -Cada cual llama cisnes a sus gansos -gruñó el comerciante de juguetes levantando los hombros-. ¡Pobre diablo!

     Después de esta observación maligna, emitida con actitud de soberano desprecio, Gruff y Tackleton se retiraron.

     Berta permaneció en el mismo lugar en que él le había dejado, entregada por completo a sus tristes pensamientos. La alegría había desaparecido de su semblante brumoso, lleno ya de profunda melancolía. Tres o cuatro veces sacudió la cabeza como si llorase el recuerdo de un bien perdido; pero sus dolorosas reflexiones no encontraron palabra alguna con que expansionarse.

     Caleb, por su parte, estaba ocupado desde algún tiempo en fijar a un coche un tiro de caballos por medio de un procedimiento excesivamente sencillo, que consistía en clavar el arnés en la carne viva del animal. Terminaba ya, cuando su hija se aproximó a su escabel de trabajo y se sentó a su lado, diciendo:

     -Padre mío, conozco que he vuelto a caer en la soledad y en las tinieblas. Necesito mis ojos, mis ojos pacientes y prontos a todas horas.

     -Helos aquí -respondió Caleb-, prontos en verdad a todas horas. Son más tuyos que míos, Berta, y puedes disponer de ellos en cualquier instante. ¿De qué modo pueden serte útiles tus ojos?

     -Mirad alrededor del cuarto.

     -Ya estoy listo -dijo Caleb-. Dicho y hecho, Berta.

     -Describídmelo.

     -Está como siempre -notó Caleb-, sencillo, pero muy cómodo. Los vivos colores de las paredes, las flores brillantes de los platos, la madera, que aparece limpia y brillante dondequiera que haya vigas y tableros, y el conjunto de alegría y aseo de la casa le dan un aspecto lindísimo.

     En efecto: la casa estaba aseada y alegre en el espacio a que podía llegar la mano de Berta; pero en ninguna otra parte se notaba alegría, ni aseo posible, en el antiguo soportal agrietado que la imaginación de Caleb transformaba por arte de encantamiento.

     -Lleváis la ropa de trabajo y no estáis vestido tan elegantemente como cuando lleváis el vestido nuevo -dijo Berta, tocando a su padre.

     -No tan elegantemente -respondió Caleb-; pero ya estoy bien así.

     -Padre mío -dijo la cieguecita acercándosele y pasándole el brazo alrededor del cuello-; habladme de May. ¿Es muy hermosa?

     -Sí, ciertamente -dijo Caleb.

     Y era verdad. Pocas veces Caleb tuvo que recurrir menos a su imaginación.

     -Tiene cabellos negros -añadió Berta, pensativa-, más negros que los míos. Su voz es dulce y armoniosa, lo sé; muchas veces me he complacido oyéndola. Su tipo...

     -¡No hay en toda la habitación una muñeca que pueda comparársele! ¡Y sus ojos!...

     Pero se detuvo, porque Berta se había colgado más estrechamente a su cuello, y el brazo que le rodeaba le hizo sentir una presión convulsiva, de la que comprendió con demasiada claridad el significado.

     Tosió un momento, dio algunos martillazos a sus caballitos vivarachos, y volvió a tararear la canción báquica del vino espumoso, que era su infalible recurso en semejantes dificultades.

     -¡Nuestro amigo, nuestro padre, nuestro bienhechor! Nunca me canso de oír hablar de él. ¿Querréis creerlo? ¡Nunca me canso!

     -No; claro está -respondió Caleb-, y con razón.

     -Sí, sí, con razón -exclamó la cieguecita.

     Y pronunció con tanto calor estas palabras, que Caleb, a pesar de la pureza de sus intenciones al engañar la simplicidad de su hija, no osó mirarla a la cara; bajó, por el contrario, los ojos, como si Berta hubiese podido leer en ellos su ficción.

     -Pues habladme de él, querido padre -dijo Berta-, una vez y otra. Su rostro benévolo, bueno, tierno, honrado, lleno de franqueza; estoy segura de ello. El corazón generoso que procura ocultar todas sus bondades bajo la apariencia de la rudeza y del mal humor, debe hacerse traición en cada una de sus miradas.

     -Cosa que le ennoblece -añadió Caleb con tranquila desesperación.

     -Que le ennoblece -repitió la cieguecita-. ¿Tiene más edad que May?

     -Sí -dijo Caleb, como a pesar suyo-. Es algo más viejo que May. Pero no importa.

     -¡Sí, sí, padre mío! Ser su paciente compañera en la dolencia de la vejez, su guardiana atenta en la enfermedad, su amiga fiel en el sufrimiento y en la aflicción, trabajar por él ignorando la fatiga, velar por él, consolarle, sentarse junto a su cama, hablarle cuando esté despierto ¡qué privilegios tan dichosos para su mujer! ¡Qué ocasiones para probarle toda su fidelidad y su rendimiento! ¿La creéis capaz de hacer todo esto, padre mío?

     -Sin duda alguna -respondió Caleb.

     -Si es así, amo a May, padre mío; ¡puedo amarla con toda el alma! -exclamó la cieguecita.

     Y pronunciando estas palabras, apoyó su pobre semblante, privado de luz, en el hombro de Caleb, llorando de tal manera, que éste quedó casi pesaroso de haberla causado una felicidad acompañada de tantas lágrimas.


III

     No hubo poco alboroto al día siguiente en casa de John Peerybingle. La señora Peerybingle, naturalmente, no podía dirigirse a lugar alguno sin el chiquitín, y se necesitaba algún tiempo para cargar con él. No quiere decir esto que la señora Peerybingle se hubiese de preocupar mucho de la susodicha mercancía bajo el doble aspecto del peso y del volumen; pero eran indispensables para realizar semejante operación una multitud infinita de cuidados y de precauciones sucesivas. Por ejemplo, cuando se hubo llegado paso a paso a cierto punto de su toilette, en cuyo punto hubierais podido suponer razonablemente que con dos o tres toques más nada le hubiera faltado para considerarse como uno de los muñecos mejor empaquetados del orbe, y a punto de desafiar valientemente al mundo entero, hubo que ponerle de pronto un gorro de franela y conducirle a la cuna, haciéndole desaparecer entre dos sábanas por espacio de una hora. Arrancáronle luego a ese estado de inacción y apareció coloradote y dando gritos atroces. Hiciéronle tomar... ¡vaya!, preferiría, si me lo permitieseis, hablar de un modo general..., un piscolabis; después de lo cual se fue a dormir de nuevo. La señora Peerybingle aprovechó este intervalo para ponerse tan rozagante como la que más; y durante esta breve tregua miss Slowboy vistiose un trajecillo de forma tan sorprendente e ingeniosa, que no parecía haber sido confeccionado para ella ni para mujer alguna; era una cosa estrecha que caía en forma de orejas de perro, sin parecerse a ningún otro traje y sin ninguna relación con cualquiera otra prenda de vestir. Luego, el chiquitín, vuelto de nuevo a la existencia, fue embozado por los esfuerzos reunidos de la señora Peerybingle y miss Slowboy, en un manto de color crema; luego le pusieron una gorrita de indiana en forma de tarta. Terminados estos preparativos, bajaron los tres hasta la puerta. Por cierto que el caballo había ya ganado con creces el importe de su trabajo diario, llenando el suelo de autógrafos impacientes, mientras lejos de él, perdiéndose en la obscuridad, el impetuoso Boxer se volvía hacia su camarada como si le invitase a partir sin aguardar la orden de su amo.

     Poco conoceríais al honrado John si creyeseis que se necesitó una silla u otro objeto semejante para ayudar a la señora Peerybingle a subir al carro. Antes que hubieseis tenido tiempo de verla en sus brazos, estaba ya sentada en su sitio, fresca y colorada, y decía:

     -¿En qué pensáis, John? Acordaos de Tilly.

     Si se me permitiese hablar de las piernas de una joven, notaría, a propósito de las de Tilly Slowboy, que, a causa de una fatalidad singular, estaban expuestas sin tregua a todo género de averías, y que su dueña no efectuaba el menor movimiento de ascenso o descenso sin trazarse en ellas una raya, del mismo modo que Robinsón Crusoe señalaba los días en su calendario de madera. Pero como estas reflexiones podrían parecer inconvenientes, las guardaré para mí.

     -John -prosiguió Dot-, ¿habéis tomado el cesto que contiene el pastel de jamón, algunas otras cosillas y las botellas de cerveza? Si no lo habéis recogido, tenemos que volver en seguida.

     -Me gusta la cachaza que tenéis -dijo el mandadero- de hablarme de desandar el camino, después de haberme hecho retrasar más de un cuarto de hora.

     -Lo siento mucho, John -repuso Dot muy turbada-; pero de ningún modo me atrevería a presentarme en casa de Berta..., de ningún modo, John..., sin el pastel de jamón, las demás cosillas y las botellas de cerveza. ¡Soo!...

     La última palabra se dirigía al caballo, que no hizo el menor caso.

     -¡Deteneos, John, os lo suplico! -exclamó la señora Peerybingle.

     -Podríais pedir que me detuviese -respondió John-, si hubiese olvidado algo. El cesto está en el carruaje, en lugar seguro.

     -¡Qué corazón de monstruo tenéis, John! ¡Y no habérmelo dicho en seguida! Por todo el oro del mundo no hubiera ido a casa de Berta sin el pastel, las demás cosillas y las botellas de cerveza. Invariablemente, cada quince días, desde que nos casamos, celebramos con Caleb y su hija nuestras fiestecillas. Si cualquier incidente turbase su regularidad, me parecería un funesto presagio.

     -Vaya, no tuvisteis mala idea el día en que se os ocurrió iniciar esta costumbre -dijo el mandadero-, y esto os honra, mujercita.

     -Querido John -respondió Dot ruborizándose-, no digáis estas cosas. ¡Cielo santo!

     -A propósito -observó el mandadero-, ese anciano...

     Nueva turbación por parte de Dot, y por cierto muy visible.

     -Es extraño, muy extraño -prosiguió John mirando hacia adelante-. No puedo explicármelo. Sigo suponiendo que nada hemos de temer de su parte.

     -No, no, de ningún modo... Estoy...,estoy enteramente segura de su honradez.

     -¿De veras? -preguntó el mandadero, dirigiéndole su mirada, atraída por la vivacidad de su lenguaje-. Me satisface que estéis tan convencida de ello, porque confirmáis mis ideas. De todos modos, es muy curioso que se le ocurriese pedirnos hospitalidad. ¡Se ven cosas tan raras en el mundo!

     -¡Qué cosas tan raras! -repitió Dot en voz baja, tan baja que apenas se oía.

     -A pesar de todo, es un viejo gentleman -añadió John-, que paga como buen gentleman; de manera, que bien creo que pueda fiarse uno de su palabra como de la palabra de un gentleman. Esta mañana he conversado largamente con él; me entiende mejor, lo cual, según dice, es debido a que se va acostumbrando a mi voz. Me ha hablado mucho de sí mismo. ¡Qué preguntas tan particulares me ha hecho! Le he dicho que yo hacía dos viajes, como sabéis, obligado por mi oficio; un día, a la derecha, salida de casa y vuelta, y al día siguiente a la izquierda, salida de casa y vuelta -porque él es extranjero y desconoce los nombres de los pueblos-; me pareció quedar satisfecho. «De modo que esta noche volveré a casa -me ha dicho- siguiéndoos a vos, siendo así que creía, por el contrario, que hoy tomaríais el camino opuesto. ¡Muy bien! Quizá os moleste todavía rogándoos que me ofrezcáis de nuevo un lugar en vuestro carruaje; pero me comprometo a no caer otra vez en sueño tan profundo como el pasado». Porque, lo que es la otra vez, dormía profun... ¿En qué pensáis, Dot?

     -¿En qué pienso? Os... os... escuchaba.

     -¡Bien, bien! -dijo el mandadero-. Temí, al ver vuestro aspecto distraído, haber hablado con tanto exceso, que os hubiese llevado a pensar en otra cosa. He estado a punto de creerlo.

     Dot no respondió ni una sola palabra, y el carruaje siguió por algún tiempo avanzando en silencio. Pero no era cosa fácil la mudez en el carruaje de John Peerybingle, porque cuantos pasaban por su camino tenían algo que decirle, aunque sólo fuese un «¿Cómo estáis?», y realmente, no solían decirle cosas de mucha más importancia. Y era necesario responder con toda la cordialidad posible, no sólo con una inclinación de cabeza o una sonrisa, sino con un saludable ejercicio de pulmones, ni más ni menos que si se tratase de un discurso de grandes alientos, pronunciado en la Cámara. Algunos caminantes, peatones o jinetes, acercábanse a uno y otro lado del carro, marchando así un rato para charlar, y entonces se hablaba de lo lindo de una y otra parte.

     Luego, Boxer daba lugar a amistosos reconocimientos recíprocos mejor de lo que hubieran sabido hacerlo media docena de cristianos. Todo el mundo conocía al perro, especialmente las gallinas y los cerdos, que al notar que Boxer se aproximaba, mirando de soslayo, con las orejas levantadas para escuchar junto a las puertas y con la extremidad de la cola en forma de trompeta, retirábanse inmediatamente a los lugares más escondidos de la casa, sin aguardar el honor de trabar con él más íntimo conocimiento. Boxer se cuidaba de todo: se perdía en los más insignificantes recodos, miraba el fondo de los pozos, penetraba con gran empuje en el interior de las chozas, saliendo luego con la misma petulancia; hacía irrupción en las casas de los maestros de escuela, aterrorizaba los palomos, hacía encrespar la cola de los gatos y se paseaba por los figones como persona bien enterada de los alrededores del camino.

     Dondequiera que fuese, se oía una voz que decía: «¡Ea, aquí está Boxer!», y el dueño de la voz salía en seguida, acompañado de dos o tres personas por lo menos, para saludar a John Peerybingle y a su linda mujercita.

     Los fardos y los paquetitos colocados encima del carruaje de John eran muy numerosos, por cuyo motivo el mandadero se detenía con frecuencia para entregar o recibir. Y estos momentos no constituían, por cierto, la parte menos agradable del viaje. Algunos esperaban los paquetes con gran impaciencia; otros se maravillaban al recibirlos, y los de más allá no cesaban de recomendar especialmente sus paquetes. El mismo John se tomaba un interés tan real por todos los paquetes, que de él resultaban frecuentes escenas de comedia. Además, John no podía encargarse de algunos artículos sin madura reflexión, sin discusión previa; y tenían lugar entre el mandadero y los expedidores largas conferencias en toda regla, a las que solía asistir Boxer, haciéndose notar en ellas por breves accesos de muy seria atención, y, sobre todo, por largos accesos de locura en que corría como un desesperado alrededor del grave areópago ladrando hasta enronquecerse. Dot, inmóvil en su asiento, dentro del carruaje, se entretenía con todos estos incidentes, y al mirar al exterior formaba un lindísimo cuadro, bajo el marco del toldo. De modo, que puedo aseguraros que los jóvenes, al verla, nunca dejaban de tocarse con el codo, mirarse unos a otros, hablar bajo y envidiar la suerte del feliz John; y el feliz John se arrobaba al notarlo, porque estaba orgulloso de su mujercita y sabía que Dot no hacía caso de los admiradores..., aunque tampoco le disgustase oírles.

     El viajecito no se hacía con tiempo despejado, porque corría a la sazón el mes de enero y el tiempo era frío y rudo. Pero, ¿quién se inquietaba por tan poco? No sería Dot, seguramente; ni Tilly Slowboy, porque para ella, ir en coche, de cualquier modo que fuese, era el supremo grado de las dichas humanas, el colmo de las esperanzas del miserable mundo; ni el niño, me atrevería a jurarlo, porque jamás niño alguno, cualquiera que fuese su capacidad bajo este doble aspecto, estuvo más caliente ni más profundamente dormido que el bienaventurado Peerybingle menor, durante toda la ruta.

     No se podía divisar grandes distancias a consecuencia de la bruma, pero ésta no era impenetrable ni mucho menos. Admira ciertamente el gran número de cosas que pueden verse entre una bruma más espesa todavía que aquélla por poco que quiera tomarse el trabajo de mirar. En fin: sólo el contemplar desde el asiento las rondas de hadas(5) y los montones de escarcha, que permanecían aún a la sombra de los vallados y los árboles, constituía una agradable ocupación; esto sin contar con las formas impensadas que presentaban los árboles de pronto, desprendiéndose de la bruma para hundirse en ella de nuevo. Los setos, enmarañados, despojados de sus hojas, abandonaban al viento gran número de guirnaldas marchitas; pero este espectáculo no era entristecedor. Resultaba, al contrario, agradable, porque hacía resaltar mucho más el atractivo de un rincón del hogar que poseyerais durante el invierno, y os hacía más hermosa la esperanza de la próxima primavera. El río parecía aterido, pero seguía corriendo y aun corría dulcemente; sólo que el curso era algo lento y torpe, pero no importaba; no por eso se helaría con menos dilación cuando el frío se hiciese sentir con todo su rigor, y entonces todo el mundo iría allí a patinar, a resbalar, y las viejas barcazas, aprisionadas por el hielo junto al muelle, echarían humo por las chimeneas enmohecidas, disfrutando un poco de agradable ocio.

     Más lejos, en el campo, ardía un montón de yerbajos y rastrojos. Los viajeros contemplaron el fuego de pálido aspecto que dejaba ver a la luz del día, a través de la bruma, y aquí y allá, la claridad de una llama rojiza, hasta que Miss Slowboy, a consecuencia de la observación que hizo de que «el humo le subía a la nariz» -era su costumbre cuando algo le molestaba-, se sofocó y despertó al niño, que ya no quiso volver a dormirse.


IV

     Boxer, que se había adelantado cosa de un cuarto de milla, había ya pasado los arrabales del pueblo, llegando al rincón de la calle en que vivían Caleb y su hija. De modo que mucho tiempo antes que los Peerybingle hubiesen llegado a la puerta de la casa, Caleb y la cieguecita estaban en la acera dispuestos a recibirlos.

     Boxer, dicho sea de paso, en sus relaciones con Berta hacía ciertas distinciones sutiles que nos permiten creer, sin duda alguna, que conocía su ceguera. No procuraba nunca llamar su atención mirándola, como solía hacerlo con los demás; siempre se acercaba a ella para darse a conocer por medio del tacto. Ignoro la experiencia que pudiese haber adquirido acerca de la ceguera de los hombres o de los perros; no había vivido nunca con ningún ciego, ni el señor Boxer padre, ni la señora Boxer, ni ningún otro miembro de su respetable familia, tanto de la rama paterna como de la materna, sufrió semejante dolencia, que yo sepa. Quizá había llegado a sus conclusiones sorprendentes por medio de un proceso individual; pero lo indudable es que sabía comunicarse perfectamente con los ciegos. Sujetó, pues, a Berta por los bajos de su vestido sin soltar la presa hasta que la señora Peerybingle, el niño, miss Slowboy y el cesto hubieron entrado en la casa unos tras otros.

     May Fielding había llegado ya con su madre, una mujercita vieja, gruñona, de faz malhumorada, que gracias a haber conservado una cintura flexible como un junco, tenía fama de haber lucido durante su juventud uno de los talles más distinguidos de su época. Sea porque en otro tiempo se hubiese visto en mejor situación económica, sea por conservar la idea de que hubiera podido alcanzarla si hubiese llegado algo que no llegó nunca y que no parecía tener la menor probabilidad de llegar, afectaba los modales de las personas elegantes y adoptaba aires de protección. Gruff y Tackleton estaba también allí, haciéndose el agradable con el aspecto de un hombre que se encuentra tan a su gusto y tan incontestablemente en su elemento propio como un salmón recién nacido en la cima de la gran pirámide.

     -¡May, amiga del alma! -exclamó Dot, corriendo a su encuentro-. ¡Qué felicidad!

     Su amiga del alma estaba tan gozosa como la misma Dot; era un espectáculo delicioso el que May y Dot dieron al abrazarse. Hay que confesar que Tackleton era hombre de buen gusto: May era encantadora.

     A veces, cuando estamos acostumbrados a admirar una cara bonita, y un día la vemos por casualidad junto a otra cara bonita, la comparación nos inclina a encontrar la primera vulgar y sosa. Pues bien; entonces ocurrió todo lo contrario, tanto por parte de Dot como por la de May, tanto por parte de May como por la de Dot; porque la cara de Dot hacía sobresalir la de May, y la cara de May la de Dot, de un modo tan natural y tan agradable que, como estaba pronto a decir John Peerybingle al entrar en la habitación, hubieran debido ser hermanas, aserción que, a decir verdad, parecía muy acertada.

     Tackleton había llevado la pierna de carnero y, ¡caso prodigioso!, una torta a modo de extraordinario -bien podemos permitirnos un poquillo de prodigalidad cuando se trata de nuestras novias; no nos casamos todos los días-. Uniéronse a estas golosinas el pastel de jamón y las «demás cosillas», como decía la señora Peerybingle, esto es: nueces, naranjas, pastelillos y otras menudencias. Cuando se sirvió la comida, a la que se había añadido el escote de Caleb, que consistía en una enorme cazuela llena de patatas humeantes -una convención solemne le prohibía aportar otros comestibles-, Tackleton condujo a su futura suegra al lugar preferente. Para mostrarse más digna de él en semejante solemnidad, la majestuosa anciana se había adornado con un gorro calculado para inspirar sentimientos de respetuoso temor a los más indiferentes. Calzaba guantes. ¡Antes morir que renunciar al bien parecer!

     Caleb se sentó cerca de su hija; Dot al lado de su amiga de la infancia; el mandadero se sentó al extremo de la mesa. Miss Slowboy quedó momentáneamente aislada de todo mueble que no fuese la silla en que se sentaba, a fin de que no tuviese a su alcance obstáculo alguno en que pudiese tropezar la cabeza del niño.

     Como Tilly contemplase a su alrededor con aspecto asombrado las muñecas y los juguetes, éstos a su vez la miraron también abriendo los ojos desmesuradamente. Los ancianos de aspecto venerable -todos en pleno ejercicio de cabriolas contra la puerta de sus casas- demostraban sentir particular interés por la fiesta; parábanse a veces antes de saltar, como si escuchasen la conversación; luego empezaban de nuevo con energía hercúlea su extravagante salto un sinnúmero de veces, como si sus perpetuos tumbos les causasen frenético alborozo. Lo que es muy seguro es que, por poco dispuestos que estuviesen dichos ancianos a experimentar un maligno placer ante la cómica situación de Tackleton, podían hacerlo a su sabor con sobrado motivo. Tackleton estaba lejos de su esfera; cuanto más alegre se sentía su futura en compañía de Dot, menos le gustaba el cariz de la reunión, aunque él la hubiese provocado. Porque hay que notar que Tackleton era un verdadero haz de espinas; cuando todos reían, sin que él comprendiese la causa, sospechaba inmediatamente que se reían de él.

     -¡May de mi alma! -exclamó Dot-. ¡Cómo hemos cambiado! ¡Cuánto rejuvenece hablar de los felices tiempos de la escuela!

     -Me parece que no sois muy vieja todavía -interrumpió Gruff y Tackleton.

     -¡Mirad qué marido tengo tan serio, tan grave! Añade, por lo menos, veinte años a los míos, ¿no es verdad, John?

     -Cuarenta -respondió éste.

     -Y vos -continuó Dot riendo-, ¿cuántos años añadiréis a los de May? No puedo decirlo exactamente; pero a su próximo cumpleaños no tendrá menos de un siglo.

     -¡Ja, ja! -exclamó Tackleton, pero con una risa hueca como un tambor, acompañándola de cierta mirada dirigida a Dot que parecía revelar la siniestra idea de retorcerle el cuello.

     -Amiga May -añadió Dot-: ¿os acordáis de qué modo charlábamos en la escuela sobre los maridos que llegaríamos a tener un día? ¡Cuán hermoso, joven, alegre y amable quería yo al mío! ¡Y el vuestro, May! Querida mía, no sé si reír o llorar, al acordarme de las locuras de nuestra juventud.

     May pareció estar resuelta sobre el partido que debía tomar; sus mejillas coloreáronse vivamente, y las lágrimas acudieron a sus ojos.

     -¿Y aquellos jóvenes de carne y hueso en que habíamos pensado algunas veces pasándoles revista? -continuó Dot-. ¡Cómo podíamos figurarnos el camino que tomarían las cosas! No había yo pensado nunca en John, a buen seguro. Y si os hubiese dicho que os casaríais con el señor Tackleton, me hubierais administrado un lindo soplamoco. ¿No es verdad, May?

     Aunque May no lo afirmara, no lo negó; no pensó ni por un instante en tomar tal resolución.

     Tackleton reía, reía destempladamente, o, mejor aun, gritaba en vez de reír. John Peerybingle reía también, pero con su risa habitual franca y bonachona, de modo que su risa era un murmullo al lado de la risa de Tackleton.

     -Y, a pesar de todo -dijo éste-, no habéis podido escapar, no habéis podido resistir. Nosotros quedamos en pie; ¿dónde están vuestros jóvenes y alegres prometidos?

     -Unos han muerto -respondió Dot-, otros fueron olvidados. Si algunos de éstos pudiesen comparecer ante nosotras, no querrían creer que fuésemos las mismas mujeres; no darían crédito a sus ojos ni a sus oídos, y no querrían persuadirse de que les hayamos olvidado. ¡No, no lo querrían creer!

     -¡Dot, Dot, mujercita! -exclamó el mandadero.

     Dot había hablado con tanta vivacidad y con tanto fuego, que sin duda John obró acertadamente al llamarla al orden. La advertencia de su marido era muy dulce, y su intervención motivada por el único fin de proteger a Tackleton; pero produjo el efecto deseado, porque Dot calló sin añadir una palabra más. Pero advertíase una agitación, aun en su silencio, que el astuto Tackleton observó sagazmente y conservó en su memoria para la ocasión propicia.

     May callaba también, y permanecía inmóvil, dirigiendo los ojos al suelo con aspecto de indiferencia. Pero su distinguida señora madre intervino a su vez, observando que las muchachas eran muchachas, que lo pasado era pasado y que, «mientras la juventud sea loca y aturdida, obrará con locura y aturdimiento». Después de haber pronunciado dos o tres proposiciones más de sentido no menos sólido y carácter no menos incontestable, declaró, inspirada por un sentimiento de piedad reconocida, que daba gracias al cielo por haber hallado siempre en May una hija respetuosa y obediente, de lo cual no se atribuía en modo alguno el mérito, aunque tuviese sólidas razones para creer que tales resultados eran debidos a su perspicacia. En cuanto al señor Tackleton, dijo que, «desde el punto de vista moral, era un individuo presentable, y que, desde ciertos puntos de vista, podía darse por satisfecha de tenerle por yerno; sería necesario haber perdido la cabeza para afirmar lo contrario» -y dijo la última frase con tono altamente enfático-. En cuanto a la familia en que iba a ser admitido, después de haber solicitado este honor, juzgaba que el señor Tackleton no ignoraba que si su bolsa era algo reducida, no por esto tenía menos justas pretensiones de nobleza, y que si ciertas circunstancias, referentes al comercio del índigo -accedió a decir, aunque sin entrar en más pormenores-, se hubiesen presentado de distinto modo, hubiera podido hallarse al frente de una gran fortuna. Hizo luego hincapié en su firme voluntad de no querer aludir de nuevo al pasado, ni recordar que su hija, durante algún tiempo, había rechazado las peticiones del señor Tackleton, y dijo que no quería hablar de otros muchos asuntos, sobre los cuales disertó, no obstante, largo y tendido. Por fin, resumió sus aserciones, afirmando que el resultado general de su observación y de su experiencia le hacía creer que los matrimonios en que menos entrase lo que se llama amor, en el necio lenguaje de las novelas, serían los más felices, y que, por lo tanto, profetizaba al matrimonio, cuya celebración se acercaba, la mayor suma posible de felicidad; no una de esas felicidades que brillan y desaparecen como fuego de sarmientos, sino una felicidad bien establecida y sólidamente apoyada. Y terminó advirtiendo a los presentes que el día siguiente, o sea el de la boda, era el que más había ambicionado siempre, y que una vez transcurrido este día, no desearía más que ser embalada y expedida para cualquier benévolo y hospitalario cementerio.

     Como no había absolutamente nada que objetar a estas afirmaciones, feliz ventaja de todas las afirmaciones caracterizadas por desenvolverse en el campo de las generalidades, variose el curso de la conversación, y derivó la atención de los concurrentes al pastel, a la pierna de carnero, a las patatas y a la torta. Con el fin de que no se cometiese el yerro de dejar pasar inadvertidas las botellas de cerveza, John Peerybingle propuso un brindis en honor del día siguiente, o sea el de la boda, y pidió que se realizase antes de proseguir su viaje.

     Porque bueno es que sepáis que John no hacía más que descansar un instante en casa de Caleb y ofrecer un celemín de avena a su caballo. Tenía que hacer todavía cuatro o cinco millas de camino, y por la noche, a su vuelta, al pasar por la casa de Caleb, entraría a buscar a su mujer, según el programa de la fiesta, fielmente observado desde el día de su institución.

     Además de Tackleton y su novia, hubo dos personas más que hicieron poco honor al brindis. Fue una de ellas Dot, demasiado inquieta y turbada para tomar parte en todos los incidentes de la fiesta; la otra fue Berta, que se levantó precipitadamente antes que los demás y abandonó la mesa.

     -¡Adiós! -exclamó el robusto John Peerybingle, cubriéndose la espalda con su abrigo impermeable-. Estaré de vuelta a la hora de costumbre.

     -¡Adiós, John! -respondió Caleb.

     Caleb pronunció maquinalmente esta despedida y le saludó con la mano por rutina; en aquel mismo instante observaba a su hija con una mirada inquieta que nunca alteraba la expresión de su fisonomía.

     -¡Adiós, granuja! -prosiguió el mandadero, inclinándose para besar al chiquitín que Tilly Slowboy, absorbida entonces por el uso de su tenedor y su cuchillo, había colocado, dormido aún -caso raro, sin accidente alguno-, en una casita amueblada por la mismísima Berta . Adiós. ¿Cuándo irás a desafiar el frío en mi lugar, amiguito, dejando a tu padre el cuidado de la pipa y los reumatismos en el rincón del hogar? Vaya, ¿dónde está Dot?

     -¡Aquí estoy, John! -exclamó como si despertara súbitamente.

     -¡Vamos, vamos! -continuó el mandadero dando palmadas-, ¿dónde está la pipa?

     -¡Me había olvidado por completo de la pipa, John!

     -¡Olvidarse de la pipa! ¡Viose nunca caso semejante! ¡Dot, Dot, la misma Dot olvidarse de la pipa!

     -¡La arreglaré en seguida!... Pronto estará lista.

     No obstante, no estuvo lista muy pronto. La pipa estaba en su lugar ordinario, en el bolsillo del impermeable, con el lindo bolso de tabaco, obra de Dot; pero la mano de Dot temblaba de tal manera, que la mujercita llegó a un estado de completa turbación, aunque, a pesar de todo, tenía la mano lo suficientemente pequeña para que pudiese salir de allí. Hay que reconocer que su torpeza fue inaudita. Yo, que os había elogiado su habilidad para llenar la pipa y encenderla, he de confesar que realizó pésimamente semejantes operaciones. Durante aquellos azarosos instantes permaneció Tackleton contemplándola maliciosamente con su ojo entornado, y siempre que éste encontraba a los de la muchacha, -o los cazaba, mejor dicho, porque no era posible que ningunos otros osaran afrontarle, pues era una verdadera trampa- aumentaba hasta el extremo la confusión de Dot.

     -¡Dios mío! Dot, ¡qué desafortunada estás hoy! -advirtió John-. Creo que la hubiera llenado mejor yo mismo.

     Después de estas palabras pronunciadas sin malicia ninguna, marchó acompañado de Boxer, del caballo y del coche, que empezaron concertadamente una alegre música a lo largo del camino.


V

     Caleb, pensativo aún, contemplaba a Berta con la misma expresión de estupor retratada en su cara.

     -Berta -dijo por fin dulcemente-: ¿qué ha ocurrido? ¡Cuánto has variado desde esta mañana! ¡Has estado triste y silenciosa todo el día! ¿Qué tienes? Dímelo.

     -¡Padre, padre! -exclamó la cieguecita hecha un mar de llanto-. ¡Qué suerte tan cruel la mía!

     Caleb, antes de responderle, se pasó la mano por los ojos.

     -Acuérdate, Berta, de lo alegre y feliz que has vivido, siempre buena y amada de todo el mundo.

     -Esto es lo que me hiere el corazón, padre mío. ¡Veros siempre tan solícito, tan bueno para conmigo!

     Caleb no acertaba a comprenderla.

     -Ser..., ser ciega, Berta, querida hija mía -balbuceó-, es un gran pesar, pero...

     -No lo he sentido jamás -exclamó la joven-, no lo he sentido jamás, al menos en su plenitud. ¡Nunca! Sólo algunas veces he deseado veros y verle a él, aunque no fuese más que un instante, un instante rapidísimo, para poder conocer, por medio de mis ojos, las imágenes que conservo aquí -y puso la mano sobre el corazón- como un tesoro precioso, para tener la seguridad de que no me había engañado. Y algunas veces -pero entonces era una niña- he llorado durante mis oraciones de la noche, pensando que vuestras queridas imágenes, que subían de mi corazón al cielo, podían no ser muy semejantes a vosotros. Pero no he experimentado por largo tiempo tales sentimientos: se disiparon ya, dejándome tranquila y satisfecha.

     -Y volverá a suceder lo mismo ahora -dijo Caleb.

     -¡Pero, padre mío queridísimo, tiernísimo padre, sed indulgente conmigo! ¡Soy tan culpable! -continuó la ciega-. No es éste el pesar que me aflige hoy.

     Caleb no pudo contener las lágrimas que inundaban sus ojos, ¡tan conmovida estaba la voz de Berta y tan patético era su acento! No obstante, no la comprendía aún.

     -Decidle que venga -prosiguió Berta-; no puedo guardar por más tiempo este secreto en el interior de mi pecho. ¡Decidle que venga, padre mío!

     Y notando que su padre vacilaba, añadió:

     -Llamad a May.

     May oyó pronunciar su nombre, y, acercándose a Berta, le tocó el brazo. La cieguecita se volvió en seguida y le cogió ambas manos.

     -Mirad mi rostro, amiga mía -dijo-. Leed en él con vuestros hermosos ojos y decidme si la verdad se refleja en él.

     -Sí, Berta mía...

     La cieguecita, levantando su rostro sin mirada, a lo largo del cual corrían abundantes lágrimas, le hablé así:

     -¡No han pasado por mi alma ni un deseo ni un pensamiento que no os deseen la felicidad, May! No conservo en mi alma un recuerdo de gratitud mayor que el recuerdo profundamente grabado en mí de las numerosas muestras de atención que disteis vos, que podríais enorgulleceros de vuestros ojos y de vuestra belleza, a la pobre ciega Berta, hasta cuando éramos niñas, si es que los ciegos tienen niñez. ¡Que todas las bendiciones del cielo caigan sobre vuestra cabeza! ¡Que todos sus esplendores brillen en vuestro feliz camino!

     Y en este momento se acercó más a su amiga, cuyas manos estrechó, redoblando su cariño.

     -¡Me alegro, os lo aseguro, aunque la noticia de que vayáis a ser su mujer haya torturado mi corazón hasta destrozarlo! ¡Padre mío, May, May, perdonadme este sentimiento tan natural! ¡Acordaos de todo lo que he hecho para aligerar las penas de mi triste existencia sumergida en las tinieblas! Pues bien; a pesar de todo, podéis creerlo, tomo al cielo por testigo de que no podía desearle una esposa más digna de su bondad.

     Mientras pronunciaba estas palabras había soltado las manos de May Fielding para cogerle el vestido, al cual permanecía agarrada en una actitud mezcla de súplica y ternura; hasta que, tomando un aspecto cada vez más humilde a medida que avanzaba en su extraña confesión, se dejó caer a los pies de su amiga y ocultó su rostro ciego en los pliegues del vestido de May.

     -¡Dios mío! -exclamó Caleb, sintiendo súbitamente que la luz de la verdad resplandecía ante sus ojos-. ¡La he engañado desde la cuna para llegar a destrozarle el corazón!

     Afortunadamente para todos, Dot, la radiante, oportuna, activa y diminuta Dot -porque hay que reconocer que reunía todas estas cualidades, a pesar de todos sus defectos, y aunque más adelante hayáis de odiarla -estaba allí, y sin su presencia no puede preverse cómo hubiera terminado el lance. Dot, recobrando su ánimo, intervino antes que May pudiese replicar o Caleb decir una palabra más.

     -¡Venid, venid, querida Berta! Venid conmigo. Dadle el brazo, May. Muy bien. ¿Veis? Ya está más tranquila y pronta a escucharnos -dijo la alegre mujercita besándola en la frente-. Venid, venid, querida Berta. Y he aquí que su padre vendrá con ella. ¿Verdad, Caleb?

     -¡Bien, bien, bravo!

     Dot se conducía en estas ocasiones con tanta nobleza, que se hubiera necesitado un corazón muy duro para resistir a su influjo. Cuando hubo hecho acercarse al pobre Caleb al lado de su hija Berta, a fin de que pudiesen consolarse y comunicarse valor uno a otro -bien sabía que sólo ellos podían consolarse mutuamente-, volvió en un abrir y cerrar de ojos, fresca como una rosa, según suele decirse -y aun más fresca que una rosa, según mi parecer-, a montar la guardia alrededor de la almidonadita señora Fielding, la del cuello alto, la de cabeza cubierta con el gorro majestuoso y las manos enguantadas, temiendo que la pobre vieja llegase a descubrir algún detalle enojoso.

     -Traedme el muñequillo, Tilly -dijo acercando una silla al fuego-. Mientras esté sobre mis rodillas, Tilly, la señora Fielding me dirá cómo deben cuidarse los niños, y me enseñará una porción de cosas que ignoro enteramente. ¿Viene usted, señora Fielding?

     Ninguna rata ha caído jamás en la ratonera con la facilidad con que la anciana cayó en el lazo que le tendía Dot. La marcha de Tackleton, que había salido para dar una vuelta, y sobre todo los murmullos de dos o tres personas hablando juntas y sin contar con ella durante dos o tres minutos, abandonándola a sus propios recursos, hubieran bastado para renovar su aire doctoral y hacerle empezar de nuevo la expresión de sus pesares -que hubiera durado veinticuatro horas-, debidos a la misteriosa y fatal revolución acontecida en el comercio de índigo. Pero una deferencia tan señalada para con su experiencia como la recibida de la joven madre, fue tan irresistible, que después de algunos alardes de modestia empezó a iluminar la cabecita de Dot con la mejor galantería del mundo. Sentada, erguida, y junto a la maliciosa señora Peerybingle, fue dándole durante media hora tantas recetas infalibles y preceptos domésticos, que hubieran bastado -si se la hubiese creído- para arruinar completamente la salud del pequeño Peerybingle, aunque hubiese tenido la fortaleza de Sansón desde la cuna.

     Para cambiar de tema, Dot se puso a coser; no he podido comprender cómo se las componía; pero lo cierto es que siempre llevaba en el bolsillo el contenido de un enorme saco de labor; luego meció un poco al niño; volvió a la labor por breves instantes y trabó conversación en voz baja con May, mientras su madre echaba una siestecita; de modo que, dividiendo el tiempo así, terminó la tarde.

     Por la noche, según ordenaba una de las solemnes convenciones de la institución de la fiesta, Dot debía encargarse de los quehaceres del hogar de Berta; de modo que se encargó del fuego, preparó la mesita de té, arregló las cortinillas y encendió una vela. Después de todo lo dicho, tocó una o dos canciones en una especie de arpa groseramente fabricada por Caleb y su hija; por cierto que tocó muy bien, porque la Naturaleza le había dado una linda orejita, tan a propósito para la música, como lo hubiera sido para los pendientes, si Dot hubiese querido llevarlos. Al dar la hora del té, Tackleton compareció para tomar una taza y pasar la noche con ellos. Caleb y Berta habían entrado de nuevo hacía algún tiempo. El buen hombre reanudó su trabajo interrumpido; pero apenas sabía lo que se hacía, tan inquieto estaba y tales remordimientos sentía por la suerte de su hija. Ofrecía un espectáculo enternecedor con los brazos cruzados, abandonando su trabajo sobre el escabel y repitiendo incesantemente: «¡La he engañado desde la cuna para despedazarle el corazón!»

     Cuando la obscuridad fue completa y todos hubieron tomado el té; cuando Dot hubo lavado tazas y platos, y cuando cada rumor lejano de la calle parecía anunciarle, al acercarse, la vuelta del mandadero, Dot cambió de aspecto, y se coloreaba y palidecía sucesivamente sin poder estar quieta un solo instante. Mas no era su azoramiento comparable al que experimentan las esposas buenas cuando creen oír llegar a sus maridos. No, no, no. Su inquietud era muy otra.

     Se oye el ruido de las ruedas, el paso de un caballo, los ladridos de un perro. Y los heterogéneos sonidos se acercan poco a poco.


VI

     Boxer golpeó la puerta.

     -¿De quién es ese paso? -preguntó Berta.

     -¿Qué paso? -respondió el mandadero bajo el dintel adelantando el rostro bronceado, enrojecido como la flor de la granada por el aire vivo de la noche-. ¡Pardiez!, es el mío.

     -Hablo del otro -respondió Berta-, del hombre que anda detrás de vos.

     -No hay medio de engañarla -dijo John riendo-. Entrad, caballero, seréis bien recibido, no temáis.

     Pronunció las últimas palabras con voz ensordecedora, y, entretanto, el caballero anciano penetró en la habitación.

     -El caballero no os es completamente desconocido, Caleb; le habéis visto una vez en mi casa. Supongo que le ofreceréis hospitalidad hasta que partamos.

     -Ya lo creo, John; me honraré teniéndole a mi lado.

     -Por cierto, que es el compañero más cómodo que pueda hallarse en el mundo entero, cuando hay que decir algún secreto. Tengo los pulmones bastante robustos; pero me los pone a prueba, os lo aseguro. Sentaos, caballero. Es gente amiga, y que se complace en teneros a su lado.

     Después de haber dado esta seguridad al extranjero, con una voz que confirmaba ampliamente lo que acababa de decir de sus pulmones, añadió con tono natural.

     -Con una silla junto a la chimenea, y con que se le deje en paz para poder mirar con toda tranquilidad a su alrededor, tiene lo que necesita. No es muy difícil contentarle.

     Berta había escuchado al mandadero con profunda atención. Llamó a Caleb, y cuando éste hubo acercado al fuego una silla para el extranjero, le rogó que le describiera el semblante de éste. Cuando Caleb lo hubo hecho -esta vez sin mentir y con escrupulosa fidelidad-, hizo un ligero movimiento, el primero que se le pudo notar desde que entrara el desconocido, y pareció no cuidarse más del anciano.

     El mandadero estaba de muy buen humor y más enamorado que nunca de su mujercita.

     -¡Qué torpe has estado esta tarde! -le dijo pasando alrededor de su cintura su brazo rudo, mientras ella permanecía en pie, alejada de todo el mundo-. Pero, ¡no importa!, te quiero del mismo modo. Mirad hacia allí, Dot.

     Y señalaba al anciano con el dedo.

     Dot bajó los ojos. Creo poder asegurar que tembló.

     -Es un buen muchacho. Me ha hablado muy bien de vos. Es un buen hombre. Me es simpático.

     -¡Preferiría que hubiese escogido otro tema mejor! -respondió Dot, mirando inquieta a su derredor, especialmente a Tackleton.

     -¡Un tema mejor! -exclamó John regocijado-. Se encontrarían muy pocos. Vamos, fuera el abrigo, abajo el pañuelo, abajo la pesada manta de viaje y pasemos agradablemente media hora junto al fuego. A vuestros pies, señora Fielding. ¿Queréis que hagamos una partida de cientos? Estoy a vuestra disposición. ¡Dot, las cartas y la mesa, y también un vaso de cerveza, si no os la bebisteis toda, mujercita!

     Su proposición se dirigía a la anciana, que la acogió con graciosa prontitud, de modo que inmediatamente empezó la partida. Al principio, el mandadero miraba a intervalos a su alrededor, sonriéndose, o llamaba a Dot de vez en cuando para que le examinase sus cartas por encima del hombro y le aconsejase sobre algún problema difícil. Pero como su adversaria era una jugadora rígida, una verdadera puritana en este punto, y estaba, además, sujeta a la flaqueza de ponerse más puntos de los que había ganado, forzó a John a ejercer una vigilancia tan constante, que no le bastaban sus cinco sentidos para atender a sus intereses. Las cartas absorbieron de tal modo su atención que no pensaba en otra cosa cuando una mano apoyada en su espalda le hizo recordar que en el mundo existía un tal Tackleton.

     -Siento mucho tener que distraeros; pero escuchad dos palabras.

     -Yo doy las cartas -respondió el mandadero-. Éste es el momento crítico.

     -Tenéis razón; el momento crítico -respondió Tackleton-. Venid.

     Se reflejaba en su rostro pálido tal expresión, que hizo levantarse al otro inmediatamente, preguntándole con ansiedad de qué se trataba.

     -¿Qué es ello? -preguntó el carrero con aire de asombro.

     -¡Chist!, John Peerybingle -dijo Tackleton-. Yo lo siento mucho, créame. Me ha sobrecogido, pero lo sospeché desde el primer momento.

     -¿Pero qué pasa? -volvió a preguntar John.

     -¡Chist! Os lo enseñaré si venís conmigo.

     John le siguió sin decir una palabra más. Atravesaron un patio a la luz de las estrellas y por una puertecita posterior entraron en el despacho mismo de Tackleton, a través de cuyos cristales se divisaba el almacén, cerrado ya. No había luz alguna en el despacho; pero algunas lámparas a lo largo del estrecho almacén iluminaban la ventana.

     -¡Un momento! -dijo Tackleton-. ¿Tendría usted valor para mirar por esta ventana?

     -¿Por qué no? -respondió el mandadero.

     -¡Sólo un momento! -insistió Tackleton-. Nada de violencias, que de nada servirían. Además sería peligroso. Sois un hombre muy fuerte y podríais cometer un asesinato sin daros cuenta de ello.

     Miróle el mandadero, y retrocedió un paso, cual si hubiese recibido un golpe. De un salto se plantó en la ventana, y vio...

     ¡Qué sombra sobre su hogar! ¡Adiós, grillo fiel! ¡Esposa pérfida! Sí que vio al anciano...

     Vio al anciano, ¡pero qué digo!, no era el anciano; se había convertido en un hermoso joven, tieso como una I, y llevaba en la mano los falsos cabellos blancos que le habían dado entrada en el hogar de John.

     Vio cómo le escuchaba Dot, al tiempo que él se inclinaba para murmurar en su oído. Y cómo se dejaba ceñir el talle por el brazo del galán, mientras caminaban dulcemente hacia la entrada de la galería. Los vio detenerse y volver ella la cabeza, mostrándole aquel rostro que tanto amaba. Y vio cómo ella clavaba en su frente la vileza con sus propias manos, y riendo su candidez.

     De pronto cerró su mano con rabia, cual si hubiera abatido a un león. Mas la abrió a poco, y la tendió ante los ojos de Tackleton -pues aún la adoraba-; y no bien se internaron en el despacho, se desplomó sobre el pupitre, débil ya como un niño.

____

     Estaba ya embozado John hasta la nariz y atareado con el caballo y los paquetes, cuando Dot entró de nuevo en la habitación para partir.

     -Vamos, John. Buenas noches, May. Adiós, Berta.

     ¿Cómo pudo besarlas, cómo pudo mostrarse feliz y contenta al partir? ¿Cómo pudo exhibir su rostro sin rubor alguno? Pues todo esto lo llevó a cabo con serenidad perfecta. Sí. Tackleton la observó atentamente.

     Tilly hacía dormir al niño, y pasó cien veces delante de Tackleton repitiendo con su arrastrada voz:

     -Y saber que las demás serían sus mujeres les despedazaba los corazones, y los padres las engañaban desde las cunas para destrozar sus corazones.

     -Tilly, dadme el niño. Buenas noches, señor Tackleton. ¿Dónde está John?

     -Quiere ir a pie, delante del caballo -dijo Tackleton-, ayudándola a subir al carruaje.

     -¡John! ¡A pie y de noche!

     La sombra embozada hizo una señal afirmativa; el pérfido extranjero y la niñera estaban sentados en el carruaje, y éste se puso en movimiento. Boxer, que ignoraba completamente todo lo ocurrido, corrió delante del carruaje a galope; luego, deshaciendo lo andado, volvió atrás; después corrió a derecha y a izquierda trazando un círculo alrededor del carruaje, y ladrando más gozoso y triunfante que nunca.

     Cuando Tackleton hubo salido para acompañar a la señora Fielding y a su hija hasta su casa, el pobre Caleb se sentó junto al fuego, al lado de su hija, con el corazón destrozado por la inquietud y los remordimientos, y murmurando constantemente:

     -¡La he engañado desde la cuna para destrozar su corazón!

     Los juguetes puestos en movimiento para entretener al niño se habían parado hacía tiempo. En medio del silencio, a la luz incierta de la habitación, las muñecas, con su calma imperturbable, los caballitos, tan agitados poco antes, con los ojos fijos y las ventanas de la nariz abiertas; los ancianos, ante la puerta de sus casas, medio replegados sobre sí mismos, inclinados profundamente sobre sus rodillas desfallecidas; los cascanueces de mueca estrambótica y hasta los animales que se dirigían al arca de pareja en pareja, como los alumnos de un pensionado que van de paseo, tenían todos el aspecto de mágica inmovilidad al ver un doble milagro: John cabizbajo y Tackleton amado.

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