El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (Tomo I):0A

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El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra
Noticia sobre la vida y los escritos de Cervantes
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NOTICIA

SOBRE

LA VIDA Y ESCRITOS DE CERVANTES.
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OBSÉRVASE que la historia de los ingenios suele ceñirse á sus obras duraderas, pues en ellas se cifran sus hechos, y el hombre se apersona en el autor. No sucede así con Cervantes. Hombre esclarecido antes de ser escritor eminente, sobresalió con sus acciones antes de escribir una obra inmortal. Interesaría su historia, aun cuando careciera del embeleso de su nombradía, pues su vida rebosa, al par de sus escritos, de halago y de moralidad.

Desconocido antes y aun mucho despues de su muerte, no tuvo biógrafos Cervantes en la temporada contemporánea, cuando embargando la atencion un sujeto esclarecido, va recogiendo con ahinco los rasgos de una ecsistencia afamada. Se han requerido después los conatos de una admiracion póstuma y tardía para construir, al arrimo de la tradicion, de documentos auténticos y aun de congeturas no menos que de certidumbre, el edificio incompleto de una vida dilatada y eficacísima. Quedan largos vacíos por llenar y dudas que despejar, mas lo ya comprobado, junto con lo probable, basta en el día para retratar al vivo la suerte de un hombre esclarecido que está condecorando á la humanidad entera.

No se ha logrado aún descubrir el sepulcro de Cervantes, como se ocultó larguísimo tiempo su cuna. Hasta ocho pueblos se disputaron aquel timbre: Madrid, Sevilla, Toledo, Lucena, Esquivias, Alcázar de San Juan, Consuegra y Alcalá de Henares. Nació en esta ciudad, y se bautizó el 9 de Octubre de 1547 en la iglesia parroquial de Santa María la Mayor. Su familia, oriunda de Galicia, y luego avecindada en Castilla, sin ser de la primera nobleza, correspondía á la clase de los hidalgos. Suena honoríficamente en los anales de España el apellido de Cervantes desde el siglo trece, pues asisistieron allá guerreros que lo llevaban en las conquistas grandiosas de San Fernando, en las tomas de Baeza y de Sevilla. Les cupieron repartos de territorio, al repoblar los baldíos que iban dejando los moros, y asoman otros Cervantes por la conquista del Nuevo Mundo, trasladando allí varias ramas del tronco principal. A principios del siglo diez y seis, se hallaba Juan de Cervantes de corregidor en Osuna, y su hijo Rodrigo se desposó, por los años de 1540, con Doña Leonor de Cortinas, señora noble del lugar de Barajas. Nacieron de este enlace, primero dos niñas, Doña Andrea y Doña Luisa, y luego dos hijos, Rodrigo y Miguel, siendo éste el menor de toda aquella familia, tan menesterosa como honrada.

Poco consta de la mocedad de Cervantes. Se deja discurrir que nacido en pueblo de universidad, á donde acudían los jóvenes de Madrid, que solo dista cuatro leguas, cursaria allí sus primeros estudios. Lo que sabemos por su propio testimonio es que, desde su niñez, era aficionadísimo á las letras, cebado en la lectura hasta el estremo de ir recogiendo por las calles las girones de papelillos desperdiciados. Sobresalió su propension á la poesía y al teatro con los tabladillos del famoso Lope de Rueda, comediante de la legua, y fundador del teatro español, á quien, desde antes de la edad de once años, estuvo viendo representar en Segovia y Madrid.

Miguel, ya mozo, pasó á Salamanca, donde estuvo dos años matriculado como estudiante en aquella universidad afamada. Consta que vivió en la calle de los Moros, y allí fué donde se impuso en las costumbres de los estudiantes que retrató tan al vivo en varios pasos de sus obras, y con especialidad en la segunda parte del Quijote y en dos de sus mejores novelas, el Licenciado Vidriera y la Tia Fingida. Aparece luego despues en la escuela de un humanista harto conocido y llamado Juan Lopez de Hoyos. Encargó el ayuntamiento de Madrid á este catedrático, que compusiera las alegorías y rótulos que debian realzar, en la iglesia de las Descalzas Reales, el mausoleo de la reina Isabel de Valois, cuando se le tributaron ecsequias magníficas en el año 1568. Ausiliaron á Hoyos algunos de sus alumnos aventajados, y entre estos aparece el primero Cervantes. En la Relacion publicada por aquel profesor, quien refiere la enfermedad, la muerte y los funerales de la reina, menciona como obra de Cervantes, á quien repetidamente llama su querido y amado discípulo, el primer epitafio en forma de soneto, cuatro redondillas, una copla castellana, y en fin, un elegía en tercetos, compuesta en nombre de toda la escuela, dedicada al cardenal Don Diego de Espinosa, presidente del consejo de Castilla é inquisidor general.

Merecieron aceptacion estos ensayos; y con sus ínfulas escolares, compuso el poema de Filena, varios sonetos, algunos romances, y en fin, rimas ó poesías varias, partos de que hace mencion al fin de su vida, en el viage al Parnaso; pero de los cuales solo queda esta memoria.

Sobrevino por entonces en el palacio de Felipe II aquella tragedia misteriosa, cuyo desenlace doble fué la muerte del príncipe Don Cárlos y de la reina Isabel, que le sobrevivió tan solo dos meses. Envió luego el papa Pio V un nuncio á Madrid, para dar el pésame al rey de España, é instar á vueltas de esta embajada de ceremonia, por ciertos derechos de la iglesia denegados por Felipe en sus dominios de Italia. Era el nuncio un prelado romano llamado Julio Aquaviva, hijo del duque de Atri, quien obtuvo el capelo á su regreso de España. No cabia que su venida fuese del agrado de Felipe, quien tenia mandado terminantemente que nadie, príncipe ó súbdito, le hablase de la muerte de su hijo, y embargado como estaba en sus devociones, nunca cejó sobre punto alguno ante la corte de Roma; y por tanto fué muy breve la mansion del legado en Madrid, dándole á los dos meses, el 2 de Diciembre de 1568, su pasaporte, ceñido á su regreso inmediato é imprescindible por Valencia y Barcelona. El mismo Cervantes afirma que sirvió en Roma al cardenal Aquaviva en clase de camarero, y así es de suponer que el nuncio, á quien pudieron presentar á Cervantes como uno de los poetas del catafalco de la reina, se prendó de sus circunstancias, y condolido de su desamparo, no menos que de su talento, tuvo á bien admitirle en lo que llamaban á la sazon la familia de un grande, por no apellidarle criado. Era por lo demas estilo corriente, pues muchos hidalgos españoles, sin aprension alguna de mengua, se solian avenir al servicio de la púrpura romana, ya para viajar de balde por Italia, ya para lograr algunas ventajas con la privanza de sus amos.

Entonces fué cuando Cervantes atravesó por Valencia y Barcelona, que suele encarecer en sus escritos, como tambien las provincias meridionales de Francia, descritas en su Galatea; pues aquella fué la única temporada en que pudo ver aquel pais.

En medio del ocio y descanso que le proporcionaria la antesala del prelado romano, y la coyuntura todavía mas preciosa para engolfarse en su aficion de poeta, paró poco Cervantes en aquella colocacion, pues se alistó desde el año siguiente, 1569, en las tropas españolas que estaban acuarteladas por Italia. No habia para los hidalgos menesterosos mas carrera que la de la iglesia ó la de las armas: esta fué la que antepuso Cervantes, y sentó plaza de soldado. No tenia esta voz idénticamente el mismo sentido que ahora, pues venia á ser un ínfimo grado militar, del cual se ascendia al de alférez, y tal vez á la clase de capitan; y así no se admitia á todo viniente, y era lo que se entendia entonces por sentar plaza.

El momento era adecuado para los alientos de Cervantes, pues en la contienda que se acababa de entablar iban á estrellarse la cristiandad y el islamismo. Selim II, atropellando tratados, invadió en medio de la paz la isla de Chipre, posesion de los venecianos. Imploraron estos el ausilio del papa Pio V, quien incorporó luego sus galeras y las de España, á las órdenes de Marco Antonio Colona, con las de Venecia. La armada entera dió la vela, á principios del verano de 1570, para los mares de Levante, con el intento de atajar la carrera al enemigo comun; mas se malogró la campaña por desavenencias é irresoluciones de los caudillos confederados. Tomaron los turcos á Nicosia por asalto, fueron estendiendo sus conquistas por toda la isla, y las escuadras cristianas, averiadas con las tormentas, tuvieron que aportar en los parages de donde habian salido. Hallábanse, entre las cuarenta y nueve galeras españolas incorporadas con las del papa al mando superior de Juan Andres Doria, las veinte galeras de Nápoles mandadas por el marques de Santa Cruz. Se habian reforzado sus tripulaciones con cinco mil soldados españoles, entre los cuales se comprendia tambien la compañia del valeroso capitan Diego de Urbina, destacada del tercio de Miguel de Moncada. En ella se habia alistado Cervantes por estreno de su nueva profesion.

Durante el invernadero de Nápoles, se preparaban mas y mas las disposiciones en las tres potencias marítimas del mediodía de Europa, y los diplomáticos de aquel tiempo echaban los cimientos de la alianza que debia hermanarlas pasageramente. Por fin, el 20 de Mayo de 1571, se firmó el famoso tratado de la Liga entre el papa, el rey de España y la república de Venecia. Las tres potencias contractantes nombraron generalísimo de las fuerzas combinadas al hijo natural de Cárlos V, Don Juan de Austria, que acababa de esclarecerse por su estreno en la carrera militar, aniquilando la rebeldía dilatada de los Moriscos granadinos.

Juntó Don Juan ejecutivamente en Barcelona sus veteranos de las Alpujarras, y entre ellos los tercios esclarecidos de Don Miguel de Moncada y de Don Lope de Figueroa, y dando sin demora la vela para la Italia, entró el 26 de Junio, en la bahía de Génova, con cuarenta y siete galeras. Repartidas la tropa y la tripulacion por todos los bageles de la armada, aportó en Mesina de Sicilia á donde iban acudiendo las fuerzas combinadas. En aquella distribucion habian cabido á las galeras de Juan Andres Doria, que estaba en el servicio de España, dos compañías nuevas de veteranos tomadas del tercio de Moncada, las de Urbina y de Rodrigo de Mora; y Cervantes siguió á su capitan en la galera Marquesa , mandada por Francisco Santo Pietro.

La escuadra de los confederados, despues de abastecer á Corfú, persiguiendo á la enemiga, la avistó el 7 de Octubre en la madrugada, á la embocadura del golfo de Lepanto. Se entabló la refriega poco despues del medio dia, por el ala de Barbarigo; se fué estendiendo por toda la línea, y vino aterminarse al anochecer con una de las victorias mas esclarecidas y sangrientas, y de las mas infructuosas que suenan en los anales modernos.

Hallábase á la sazon Cervantes calenturiento, y á los asomos del combate, el capitan y los compañeros le instaron para que se retirase al entrepuentes; mas el gallardo descendiente de los vencedores de Sevilla, aunque debilitado con la enfermedad, lejos de avenirse á consejo tan apocado, rogó que se le destinase al punto mas espuesto, y lo colocaron con doce soldados selectos junto al esquife. Descolló su galera Marquesa en el trance; abordó á la capitana de Alejandria, le mató cerca de quinientos turcos, incluso el comandante, y tomó el estandarte real de Egipto. En el ardor de la refriega sangrienta, Cervantes recibió tres arcabuzazos, dos en el pecho y uno en la mano izquierda, que se la desbarató y le quedó estropeada para siempre. Ufano con razon de haber tenido parte tan gloriosa en aquella ocasion memorable, Cervantes nunca se apesadumbró del malogro de su mano, y anduvo repitiendo que se complacia de haber costeado á tan alto precio el blason de contarse entre los soldados de Lepanto, y en testimonio de su valentía, que estimaba mucho mas que su ingenio, se preciaba de enseñar sus heridas, recibidas, solia decir, en el trance mas esclarecido que vieron los siglos pasados y presentes, y que han de ver los venideros.... y como luceros que deben guiar á los demas al cielo del pundonor.

Ansiaba Don Juan utilizar la victoria allanando los castillos de Lepanto y de San Mauro, y bloquear á los turcos en los Dardanelos; pero la otoñada fiera, la escasez de abastos, el crecido número de heridos y enfermos, en fin, la órden espresa de su hermano Felipe, le precisaron á regresar á Mesina, donde entró el 31 de Octubre. Las tropas se fueron acuartelando de invernada, y cupo al tercio de Moncada el mediodia de Sicilia; mas Cervantes, herido y enfermo, tuvo que permanecer en Mesina y sus hospitales por espacio de seis meses. Don Juan de Austria, finisimo con él ya desde el dia posterior al combate, al ir visitando los diferentes cuerpos de la armada, no lo olvidó tampoco en aquel desamparo. Constan los socorros que le hizo entregar por la pagaduría de la escuadra, con fecha del 15 y 23 de Enero, y 9 y 17 de Marzo de 1572. Restablecido por fin Cervantes, una órden del generalísimo á los oficiales de cuenta y razon señaló una paga alzada de tres escudos mensuales al soldado Cervantes, que pasó a una compañía del tercio de Figueroa.

Desdijo mucho la campaña siguiente de los resultados grandiosos que se estuvieron esperando. Acababa de morir Pio V, el alma de la liga; los venecianos, lastimados en sus intereses del comercio de Levante, se habían entibiado; vino á quedar la España sola en la demanda con los turcos, quienes, sostenidos con la llamada que estaba haciendo la Francia á su favor contra el rey católico, el año mismo de San Bartolomé, amenazando á la Flándes española, se habian preparado en gran manera y amagaban ahora un desembarco por las costas de Sicilia. Sin embargo, el 6 de Junio dió la vela Marco Antonio Colona, para el Archipiélago, con parte de la escuadra confederada, entre otras, las treinta y seis galeras del marques de Santa Cruz, donde se hallaba la compañía del tercio de Figueroa, en la que habia entrado Cervantes. Salió Don Juan de Austria con el resto de la armada el 9 de Agosto; mas ambas escuadras desperdiciaron la estacion en pos una de otra, y reunidas por fin en Septiembre, malograron por la torpeza de los pilotos la coyuntura de embestir aventajadamente á la escuadra turca, dividida ciegamente entre los puertos de Navarino y de Modon. Tras una tentativa infructosa de asalto contra el castillo de Navarino, tuvo Don Juan que reembarcar su tropa, y retirarse á principios de Noviembre al puerto de Mesina. Cervantes refiere por estenso, en la historia del Capitan Cautivo, el pormenor de aquella campaña inservible, de 1572, en que tuvo parte.

No trataba sin embargo Felipe II de abandonar sus intentos, pues era su ánimo agolpar, al principiar la primavera inmediata, hasta trescientas galeras en Corfú, y dar al traves para siempre con la marina otomana; pero los venecianos, que estaban reservadamente negociando con Selim con la mediacion de la Francia, firmaron un tratado de paz en Marzo de 1573. Tan inesperada desercion quebrantó la liga y retrajo de todo intento contra la Turquía. Para emplear aquel aparato de fuerzas agolpadas por la España, se acordó hacer un desembarco en Argel ó en Túnez. A este último intento se atuvieron igualmente Felipe y Don Juan, mas el rey queria únicamente destronar al turco Aluch-Alí, para restablecer al moro Muley Mohamed, y desmantelar unas fortalezas costosísimas de mantener, al paso que el príncipe hermano, á quien negaba el dictado de infante de España, trataba de coronarse en aquel pais, donde los españoles desde Carlos V estaban poseyendo el fuerte de la Goleta.

Logróse por el pronto la espedicion. Desembarca Don Juan sus tripulaciones en la Goleta, envia al marques de Santa Cruz con las compañías de preferencia á posesionarse de Túnez, desamparado por la guarnicion turca y por casi todo el vecindario; pero Felipe, no menos receloso de los intentos del príncipe aventurero que airado con su desobediencia, le manda volver inmediatamente á Lombardía; marcha Don Juan, deja escasas guarniciones en la Goleta y en el fuerte, y los turcos asaltan y toman uno y otro en aquel mismo año.

Cervantes, despues de entrar en Túnez con el marques de Santa Cruz en las filas del afamado tercio de Figueroa, que, segun el historiador Vander-Hamen, estremecia la tierra con su mosquetería, volvió á Palermo en la escuadra. Embarcáronle luego á las órdenes del duque de Sesa, que trató en vano de socorrer la Goleta; pasó despues á invernar en Cerdeña; volvió á Italia en las galeras de Marcelo Doria; y entonces logró de Don Juan de Austria, vuelto á Nápoles en Junio de 1575, su licencia para regresar á España, de donde faltaba hacía siete años.

Con motivo de tanta espedicion militar, anduvo Cervantes toda la Italia, pues visitó á Florencia, Venecia, Roma, Nápoles, Palermo y el colegio de Boloña, fundado para los españoles por el cardenal Albornoz; se impuso en la lengua y literatura italiana, en la que se habian ya ido labrando los ingenios de Boscan, Garcilaso, Hurtado de Mendoza, y se estaban en su tiempo ejercitando Mesa, Virués, Mira de Amescua y los hermanos Argensolas. Influyó aquel estudio para sus tareas posteriores y en general para su estilo, en que algunos contemporáneos tacharon, siguiendo á los anti-petrarquistas, hartos italianismos mal encubiertos.

Cervantes, de edad de veinte y ocho años, lisiado, desfallecido con los quebrantos de tres campañas, y siempre soldado raso, trató de restituirse á su patria y familia, y acudir á la corte donde esperanzaba lograr algun galardon competente á sus brillantes servicios. Mereció á su general mucho mas que su mera licencia, pues Don Juan de Austria le favoreció con cartas para el rey su hermano, elogiando al herido de Lepanto, é instándole para que le encargase el mando de una de las compañías que se estaban alistando en España para Italia ó Flandes. El virey de Sicilia, Don Cárlos de Aragon, duque de Sesa, recomendaba igualmente á las finezas del rey y de los ministros, un soldado hasta entonces desatendido, que con su denuedo, despejo y conducta ejemplar, se había grangeado el aprecio de sus gefes y de sus compañeros.

Embarcóse Cervantes, pertrechado con recomendaciones tan rleevantes y lisongeras, desde Nápoles en la galera española el Sol, con su hermano mayor Rodrigo, soldado como él, el general de artillería Pedro Diez Carillo de Quesada, ex-gobernador de la Goleta, y otros varios esclarecidos militares que regresaban igualmente á su patria. Mas otros quebrantos le estaban esperando, y no asomaba para él todavía la temporada del sosiego. Acorraló el 26 de Septiembre de 1575 á la galera del Sol una escuadra argelina, mandada por el Arnaute ó Albanés Mamí, que ostentaba el dictado de Capitan de los mares. Embistieron á la galera española tres bageles turcos, entre ellos un galeon de veinte y dos bancos de remeros, mandado por Dali-Mamí, renegado griego, llamado el Cojo. Tras una pelea tan porfiada como desigual, en que sobresalió Cervantes con su acostumbrada valentía, tuvo la galera que arrear su insignia, y fué conducida triunfalmente triunfalmente al puerto de Argel, donde se hizo el reparto de los cautivos; y Cervantes cupo al mismo Dali-Mamí, apresador de la nave cristiana.

Era este tan avariento como inhumano, y en vista de las cartas de Don Juan de Austria y del duque de Sesa para el rey á favor de Cervantes, le conceptuó desde luego por un hidalgo esclarecido y un personage de gran suposicion en España; y para lograr un rescate cuantioso lo aherrojó inmediatamente en gran manera, le empozó en una mazmorra y lo martirizó con cuantas privaciones y tormentos pudo imaginar. Así lo solian practicar los piratas berberiscos con los cautivos de consideracion que caian en sus manos, pues los atropellaban, á lo menos por el pronto, ya para hacerlos renegar, ya para precisarles á encarecer su rescate y á estrechar á sus parientes y allegados para aprontarlo sin tardanza.

En aquella lid reñida contra sus padecimientos incesantes de día y noche, descolló Cervantes con un heroísmo mas raro y mas esclarecido por cierto que el del mero denuedo, el heroismo del aguante, "segundo valor de los hombres”, como dice Solís, "tan hijo del corazon como el primero." Lejos de postrarse ó doblegarse, ideó Cervantes desde luego el intento, tantas veces aventurado por él, de recobrar su libertad, echando el resto de su arrojo y su travesura. Quiso tambien proporcionarla á todos sus compañeros, de quienes vino á ser luego el alma y el norte, por la sobresalencia de su ingenio y de su teson. Se conservan los nombres de varios, como el capitan Don Francisco de Meneses, los alféreces Rios y Castañeda, el sargento Navarrete, un Don Beltran del Salto y Castilla, y un hidalgo llamado Osorio. Su primer ánimo, segun refiere el P. Haedo en su historia de Argel, fué marchar por tierra, como ya otros lo habian practicado, hasta Oran, que á la sazón era de España. Lograron salir de Argel, por medio de un moro que agenció Cervantes, pero el malvado los desamparó á la segunda jornada, y tuvieron los desventurados que acudir á las casas de sus dueños para recibir castigos horrorosos por el intento de su fuga; y á Cervantes cupo lo sumo del rigor como á caudillo de aquella demasía.

Tal cual compañero, como el alférez Gabriel de Castañeda, logró su rescate á mediados del año de 1576, y se encargó aquel de llevar á los parientes de Cervantes las cartas en que ambos hermanos retrataban al vivo su situacion deplorable. Rodrigo de Cervantes, su padre, vendió desde luego ó empeñó el escaso patrimonio de sus hijos, y aun su propia reserva, tambien de ínfima monta, y hasta los dotes de sus dos hermanas solteras, reduciéndose así la familia entera al desamparo. ¡Conatos, ay Dios, malogrados! A la llegada de aquel importe de ventas y empréstitos, entabló Cervantes un convenio con su dueño Dali-Mamí; pero éste conceptuaba muy alto á su cautivo para desprenderse baratamente de su persona, y fueron de tal ecshorbitancia sus demandas, que Cervantes quedó desahuciado de alcanzar su libertad, y así traspasó su cuota al hermano, quien á precio inferior fué rescatado por el mes de Agosto de 1577. A su propartida se comprometió á habilitar en valencia, ó en las islas Baleares, una fragata armada, que, tocando en el sitio convenido de la costa de Africa, libertase á su hermano y á otros cautivos, quienes le encargaron al intento cartas urgentísimas para los vireyes y otros sugetos de suposicion en las costas marítimas.

Se hermanaba este intento con el plan ya formado muy de antemano por Cervantes. Caía, á una legua á levante de Argel, la quinta donde veraneaba el Kaid Hasan, renegado griego. Uno de sus esclavos, llamado Juan, natural de Navarra, habia ido escavando, en la huerta que cultivaba, un sótano ó subterráneo reservado, en donde, segun la disposicion de Cervantes, se guarecian varios cautivos cristianos que habian logrado retraerse, ascendiendo, al partir Rodrigo para España, hasta catorce ó quince. Cervantes, sin desamparar la casa de su amo, era el caudillo y proveedor de la pequeña república subterránea. Se dudaria de aquel hecho, que comprueba los arbitrios de su inventiva, si no constase por un sinnúmero de testimonios y documentos. Sus principales ausiliares eran ante todo el hortelano Juan, que atalayaba á toda hora para que nadie se acercase, luego otro esclavo llamado el Dorador, renegado de muchacho, y luego arrepentido. Este era el abastecedor de la cueva, de la cual no salian sino de noche. Computando Cervantes ya cercana la fragata encargada á su hermano, huyó del baño de Dali-Mamí, y el 20 de Septiembre, despidiéndose de su amigo el doctor Antonio de Sosa, sobrado achacoso para poderle seguir, acudió á empozarse también allá en el subterráneo.

Acertado era su cómputo. Habian habilitado en Valencia ó en Mallorca una fragata, al mando de un tal Viana, recien rescatado, hombre fogoso, valiente y enterado de las costas de Berbería. Llegó la fragata el 28 del mismo, y despues de mantenerse á un largo todo el día, en anocheciendo, se arrimó al parage consabido, al alcance de la huerta para avisar y recoger en poco rato á los cautivos. Por desgracia unos pescadores, que andaban todavia en el avío de sus barquichuelos, conocieron á oscuras la fragata cristiana. Gritaron á rebato, y se juntó tal gentío, que Viana tuvo que engolfarse de nuevo. Intentó á deshora acercarse otra vez, mas su empeño acarreó resultas desastradas. Estaban los moros alerta, sorprendieron la fragata al desembarcar, apresaron la tripulacion y desbarataron la empresa.

Hasta entonces habian sobrellevado Cervantes y sus compañeros, colgados de la esperanza de su rescate, privaciones, padecimientos y aun achaques contraidos en aquella vivienda húmeda y lóbrega. Mas fracasó su esperanza. Tras el apresamiento de la fragata, el Dorador, aquel renegado reincorporado ya en el gremio de la Iglesia, que merecía toda la confianza de Cervantes, renegó de nuevo y reveló al dey de Argel el escondite de los cautivos que Viana iba á embarcar. Gozoso el dey con esta nueva que, segun estilo del pais, le proporcionaba el apropiarse aquella cuadrilla de esclavos como descarriados, envió al comandante de su guardia con treinta soldados turcos para prender á los cautivos y al hortelano encubridor. Guiados por el delator, entran de improviso los soldados en la cueva, con su cimitarra en la mano. Mientras van maniatando á los cristianos atónitos, alza la voz Cervantes y clama que ninguno de aquellos desventurados compañeros era culpado, que solo él los habia hecho huir para ocultarlos, y que siendo el único autor de la trama, debia sobrellevar la pena. Pasmados de confesion tan caballerosa que descargaba sobre la cerviz de Cervantes todo el enojo del cruel Hasan-Agá, envian los turcos uno de los suyos al gefe para participarle cuanto estaba pasando. Dispone el dey que se traigan todos los cautivos á su baño particular, y el caudillo inmediatamente á su presencia. Conducen á Cervantes aherrojado desde el subterráneo hasta el alcázar de Hasan, en medio de los baldones de la chusma alborotada.

Lo estrechó el dey en su interrogatorio, valiéndose ya de promesas lisongeras, ya de tremendas amenazas, para hacerle manifestar los cómplices. Obstinóse Cervantes en no culpar mas que á sí mismo, desentendiéndose de ofertas y de amagos. Cansado el dey de tan estremado teson y movido quizás de aquel rasgo tan magnánimo, se contentó con hacerlo encadenar en el baño.

El Kaid Hasan, en cuya huerta habia acaecido la novedad, acudió atropelladamente al dey, instándole para que ajusticiase á todos los fugitivos, y empezando por su hortelano Juan, lo ahorcó allá con sus propias manos. La misma suerte cupiera á Cervantes y á sus compañeros, á no enfrenar la codicia en el dey su crueldad genial. Ademas los dueños fueron reclamando respectivamente sus cautivos, y Cervantes tuvo que volver á la potestad de Dali-Mamí; pero ya que le causase zozobra, ó que lo conceptuase sugeto de encarecido rescate, el dey lo compró luego por quinientos escudos.

Este Hasan-Agá, veneciano, y cuyo verdadero apellido era Andreta, fué uno de los piratas mas feroces que hubieran ensangrentado los mares de Berbería. Horroriza y sobrepuja á toda verosimilitud cuanto refiere el Padre Haedo de las atrocidades que estuvo cometiendo en su gobierno; arredrando á sus propios súbditos, al par que á los esclavos, que se acercaban á dos mil. Dice á este propósito Cervantes en la historia del Capitan Cautivo: "Ninguna cosa nos fatigaba tanto como oir y ver á cada paso las jamas vistas ni oidas crueldades que mi amo usaba con los cristianos. Cada dia ahorcaba el suyo, empalaba á éste, desorejaba á aquel, y esto por tan poca ocasion y tan sin ella, que los turcos conocian que lo hacia no mas de por hacerlo y por ser natural condicion suya ser homicida de todo el género humano."

Compró Hasan-Agá á Cervantes á fines de 1577. En medio de su estrecho cautiverio y del peligro inminente que le estaba amenazando á cada intento de fuga, no por eso dejó de emplear cuantos arbitrios le proporcionaban las circunstancias y su maestría. Por todo el año de 1578, halló medio para enviar un moro á Oran con cartas dirigidas al general Don Martin de Córdoba, gobernador de aquella plaza; mas el emisario fué cogido al llegar á su destino y traido con sus pliegos al dey de Argel. Hasan-Agá mandó empalar al desastrado mensagero, y condenó á Cervantes, por la firma de sus cartas, á dos mil azotes. Mediaron amigos, y tambien quedó esta vez indultado por aquel violento Hasan: clemencia tanto mas estraña cuanto aquel irracional por el mismo tiempo estaba haciendo matar á palos y en su presencia á tres cautivos españoles que intentaron huir por el mismo rumbo, y trajeron al baño los naturales del pais.

Ni con tanto malogro y fracaso amainó un punto el teson de Cervantes, que cabilaba mas y mas sobre su rescate y el de sus queridos compañeros. Por el mes de Septiembre de 1579 entabló conocimiento con un renegado español, natural de Granada, donde se llamaba el licenciado Giron, y que habia tomado con el turbante el nombre de Abd-al-Rhamen. Mostrábase arrepentido y con ánimo de volver á su patria y al regazo de la Iglesia; y por tanto Cervantes ideó con él una nueva tentativa de escape. Se avistaron con dos mercaderes valencianos avecindados en Argel, y llamados el uno Onofre Ejarque, y el otro Baltasar de Torres. Terciaron estos en la trama, y el primero aprontó hasta mil y quinientos doblones para la compra de una fragata armada de doce bancos de remos, que compró el renegado Abd-al-Rhamen, socolor de salir á corso. Estaba la tripulacion corriente, y varios cautivos de suposicion, apalabrados por Cervantes, estaban esperando tan solo el aviso de la partida. Un malvado los vendió á todos: el doctor Juan Blanco de Paz, fraile dominico, acudió, cual otro Judas, tras el cebo del galardon, á delatar al dey el intento de sus paisanos.

Trató al pronto Hasan-Agá de disimular, con ánimo de coger á los cautivos y apropiárselos como sentenciados á muerte. Sonó sin embargo la delacion, y los mercaderes valencianos averiguaron que el dey estaba enterado de aquella trama en que obraban ellos como cómplices é instrumentos. Azorado Onofre Ejarque con la zozobra por sus haberes y su vida, se retrajo de Cervantes, cuyo testimonio le atemorizaba, en caso de prorrumpir en declaraciones con el tormento; y así se ofreció á rescatarlo á cualquiera precio y embarcarlo inmediatamente para España. Pero Cervantes, ageno de trasponerse peligrando por él sus compañeros, se desentendió de la oferta y serenó al mercader, jurándole que ni tormentos ni muertes le harian delatar á nadie.

Ya luego y á su propartida en la fragata del renegado, habia Cervantes huido del baño, ocultándose en casa de uno de sus antiguos compañeros de armas, el alférez Diego Castellano. Pregonaron luego por las calles un bando del dey en demanda de su esclavo Cervantes y amenazando de muerte al encubridor que lo albergase. Cervantes, siempre generoso, descargó á su amigo de tamaña responsabilidad, pues fué voluntariamente á presentarse al dey bajo el resguardo de un renegado de Murcia, llamado Morato Raez Maltrapillo, que gozaba de gran privanza con Hasan-Agá. Requirió este de Cervantes la manifestacion de todos sus cómplices, y para mas arredrarle lo hizo maniatar por la espalda y enroscarle un dogal al cuello, en ademan de empinarlo á la horca. Conservó su teson Cervantes, acusándose únicamente á sí mismo, y declarando tan solo por cómplices á cuatro hidalgos españoles ya rescatados; y en fin, fueron sus respuestas todas tan gallardas y agudas, que Hasan-Agá se condolió de nuevo. Contentóse con desterrar al licenciado Giron del reino de Fez y enviar á Cervantes á una mazmorra de la cárcel de los moros, donde yació el desventurado cinco meses con grillos y esposas. Este fué el galardon de aquel empeño bizarro, que le mereció, segun la espresion de un testigo ocular, el alférez Luis de Pedroza, nombradía, honor y corona entre los cristianos.

Esta variedad de lances, que, como decia Cervantes de sí mismo, habian de quedar por largos años en la memoria del pais, y de los cuales dice igualmente el P. Haedo, que pudieran formar una historia particular, habian con efecto acarreado tanto concepto á su autor, entre cristianos y moros, que Hasán-Agá entró en zozobra de alguna empresa mas trascendental y comprensiva. Antes ya dos españoles valerosos habian intentado una sublevacion en Argel, y Cervantes, al arrimo de veinte y cinco mil cautivos agolpados en la capital de la regencia, era muy capaz de idear tamaño intento. Uno de sus nuevos historiadores, Fernandez Navarrete, se la atribuye, y afirma que se malogró por la maldad é ingratitud que tantas veces lo vendieron. Como quiera, vivia Hasan-Agá tan aprensivo con su denuedo, su mafia y el predominio que se habia grangeado con sus compañeros de cautividad, que solia decir: "en teniendo yo bien afianzado á mi manco español, conceptúo ya en salvo mi capital, mis esclavos y mis galeras." Y sin embargo, aquel malvado (tanto es el poderío de la verdadera grandeza) se mostraba siempre con Cervantes mirado y comedido. Este mismo lo está revelando al hablar de sí mismo en la relacion del Capitan Cautivo: "Solo libró bien con él un soldado español, llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamas le dió palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra, y por la menor cosa de muchas que hizo, temiamos todos que habia de ser empalado, y así lo temió él mas de una vez...."

Aherrojado Cervantes en la mazmorra, no venia á ser mas digno de lástima que los esclavos llamados libres, cuya desventura se hacia insufrible. Estancando Hasan-Agá granos y abastos, acarreó tal carestía, que las calles de la ciudad estaban cuajadas de cadáveres que guadañaban el hambre y las dolencias. Los cristianos, alimentados mas bien por codicia que por lástima, no recibian de sus amos los turcos mas que lo absolutamente preciso, y los estaban sin embargo acosando á toda hora con las faenas mas angustiosas, pues la espedicion que Felipe II estaba preparando contra Portugal, amagando tambien á Argel, tenia aterrada á la Regencia, y se empleaban dia y noche los cautivos en aumentar las fortificaciones y carenar la escuadra.

Mientras estaba Cervantes echando infructuosamente el resto por conseguir su libertad, su parentela le estaba ajenciando á toda costa su rescate por el rumbo corriente. Apurados ya todos sus recursos en 1577 para aprontar el contingente por el primogénito, sacaron en Madrid una certificacion de los alcaldes de corte, con fecha de 17 de Marzo de 1578, con presencia de varios testigos que acreditaban los servicios eminentes de Cervantes en las campañas de oriente, y el sumo desamparo de la familia para rescatarlo. A este documento, que se comunicó al rey, acompañó el duque de Sesa, ex-virey de Sicilia, una especie de abono en que recomendaba eficazmente su soldado antiguo á la dignacion del monarca.

El fallecimiento del padre de Cervantes atajó estos pasos y angustió á la desconsolada familia con amargos quebrantos. El año siguiente dispuso Felipe II enviar á Argel comisarios redentores. Lo era por la corona de Castilla el P. Fr. Juan Gil, procurador general de la órden de la Trinidad, agregándole otro fraile de la misma órden, llamado Fray Antonio de la Bella. Presentáronse á estos religiosos, el 31 de Julio de 1579, Doña Leonor de Cortinas y su hija Doña Andrea de Cervantes, llevándoles trescientos ducados para ayuda del rescate de Miguel de Cervantes, su hijo y hermano; los doscientos y cincuenta por la desventurada viuda, y cincuenta por la pobre hija.

Pusiéronse en camino los redentores y aportaron en Argel el 29 de Mayo de 1580. Entablaron desde luego sus diligencias; pero se atravesaron tropiezos de mayor cuantía, que fueron dilatando el rescate de Cervantes. Su amo el dey pedia mil escudos á fin de duplicar el desembolso de su costo, amagando con que sí sobre la marcha no se le completaba aquella suma, su esclavo iria á parar á Constantinopla; pues con efecto tenia ya sucesor con firman del Gran Señor, y Hasan-Agá, en vísperas de llevarse todos sus haberes, tenia ya á Cervantes aherrojado en una de sus galeras. Compadecido el P. Juan Gil, y temeroso de que cautivo tan benemérito malograse para siempre la coyuntura de su redencion, echó el resto de sus instancias y plegarias, y logró su rescate por quinientos escudos de España en oro. Para redondear la cantidad hubo que acudir al préstamo de varios mercaderes europeos, y tomar una porcion cuantiosa del caudal de la redencion. En fin, despues de dar todavia nueve doblas á los oficiales de la galera donde habia de remar, quedó Cervantes en tierra el 19 de Septiembre de 1580, en el mismo instante de estar Hasan-Agá dando la vela para Constantinopla. Así se conservó Cervantes para su patria y para el orbe entero.

Utilizó ante todo su libertad para desagraviarse auténtica y esclarecidamente de las calumnias recien fraguadas contra su pundonor. Su delator villano, el fraile Juan Blanco de Paz, que se fingia comisario del santo oficio, al resguardo del encierro estrecho de Cervantes, le achacó el destierro del renegado Giron y el malogro de la última tentativa. Puesto Cervantes en franquía, requirió al P. Juan Gil para que se formalizase una informacion; y con efecto el notario apostólico Pedro de Ribera fué recibiendo las declaraciones de once hidalgos españoles, los mas visibles de todos los cautivos, en contestacion á veinte y cinco preguntas que se les presentaron estendidas. Esta informacion, en que por ápices se va desmenuzando todo el pormenor del cautiverio de Cervantes, retrata muy al vivo su ingenio, su índole, sus costumbres puras, y aquel afan por el alivio de los desventurados que lo bienquistó con la generalidad, y citaremos en particular el testimonio de Don Diego de Benavides. Habiéndose informado, dice, á su llegada á Argel de quiénes eran los principales cautivos cristianos, le encabezaron la reseña con Cervantes por pundonoroso, acaballerado, irreprensible, de escelente índole y apreciado de los demas hidalgos. Apeteció Benavides su intimidad, y se correspondieron entrañablemente, haciéndole veces Cervantes de padre y madre. El carmelita Fray Feliciano Enriquez declara igualmente que reconocida la falsedad de un cargo calunmioso inventado contra Cervantes, se habia amistado con él, al par de los demas cautivos que estaban envidiando su conducta noble, cristiana, honrada y virtuosa; y en fin, el alférez Luis de Pedrosa declara que de todos los hidalgos residentes en Argel, ninguno ha visto mas esmerado en favorecer á los demas cautivos, ni mas pundonoroso que Cervantes; que es agraciado para todo, yéndole pocos á los alcances en ingenio, advertencia y cordura.

¿Será de estrañar, repasando los peregrinos acontecimientos de aquel cautiverio, que Cervantes los tuviera tan clavados en la memoria, tomando sus propias aventuras por tema de sus dramas y novelas, y que en casi todas sus obras haya estado aludiendo á puntos que no se entendian hasta que se ha logrado historiar despejadamente su vida? Tampoco se le trascordó el medio por donde consiguió su rescate, y su agradecimiento le fué apuntando en la novela de la Española Inglesa las alabanzas debidas á los padres de la Redencion. Pertrechado con la informacion actuada, por el notario Pedro de Ribera, y las certificaciones particulares del P. Juan Gil, dió la vela á fines de Octubre de 1580, y vino en fin á disfrutar, según su espresion, uno de los mayores júbilos que cabe lograr en el mundo, que es el de volver, tras dilatada esclavitud, á su patria sano y salvo, por cuanto no hay sobre la tierra dicha comparable con la de recobrar la libertad perdida.

El desamparo lo arrojó luego del regazo de su familia. Hallábase á su regreso Felipe II aun convaleciente en Badajoz, despues del fallecimiento de su segunda muger Ana de Austria; y entró el 5 de Diciembre en Portugal, recién conquistado y pacificado por el duque de Alba. El ejército español estaba todavia ocupando el pais; ya para afianzar su rendimiento, ya para disponer el de las Azores, donde se estaban todavia defendiendo los parciales del prior de Ocrato. Rodrigo de Cervantes se habia de nuevo alistado á su llegada, probablemente en su antiguo cuerpo, el tercio del maestre de campo general Don Lope de Figueroa. Acudió allá su hermano, y aquel individuo, temido por el dey de Argel, aunque aherrojado en su baño, empuñó, en medio de su manquedad, como soldado raso, el mosquete. Embarcóse Cervantes, por el estio de 1581, en la escuadra de Don Pedro Valdes, encargada de someter las Azores, y resguardar el comercio de las Indias. Al año siguiente hizo la campaña á las órdenes del marques de Santa Cruz, y se halló en el combate naval que ganó aquel almirante á la vista de la Tercera contra la escuadra francesa que favorecia la sublevacion de Portugal. El galeon San Mateo, donde iban los veteranos de Figueroa, entre los cuales se hallaría Cervantes, descolló en aquella victoria. En fin, ambos hermanos hicieron tambien la campaña de 1583, y se hallaron en el ataque de la Tercera, tomada por asalto. Sobresalió en aquel trance Rodrigo de Cervantes, arrojándose con los primeros á la playa, y mereció el grado de alférez al regreso de la escuadra.

En medio de aquella situación ínfima, que solo su esclarecido mérito podia realzar, hallándose escaso de haberes, se mostró Cervantes bien hallado en Portugal, donde, durante la invernada, terciaba en las tertulias principales, tuvo entonces en una dama de Lisboa una hija natural, llamada Doña Isabel de Saavedra, que siempre llevó consigo, aun despues de casado, sin que tuviese mas sucesión.

El amor fué el móvil que atrajo á Cervantes al cultivo de las letras. En un intermedio de sus campañas trabó conocimiento con una señorita hidalga del pueblo de Esquivias en Castilla, llamada Doña Catalina de Palacios Salazar y Vozmediano. Se enamoró, y tuvo arbitrio, en medio de la vida atropellada de soldado, para componerle el poema de la Galatea. La apellidó égloga, siendo una novela pastoril por el rumbo de aquel tiempo; y bajo nombres supuestos, fué refiriendo sus propias aventuras y alabando los ingenios contemporáneos, y ante todo agasajando á su dama con aquel garboso galanteo. No cabe duda en que, al remedo de Rodrigo de Cota, autor de la Celestina, y al de Jorge de Montemayor, autor de la Diana, segun testimonio de Lope de Vega, Cervantes, encubierto bajo el nombre de Elicio, zagal de las orillas del Tajo, retrató su amorío con Galatea, zagala riberana tambien del mismo rio. Es igualmente indudable que los demas zagales introducidos en la fábula, Tirsis, Damon, Meliso, Siralvo, Lauso, Larsileo y Artídoro, son Francisco de Figueroa, Pedro Lainez, Don Diego Hurtado de Mendoza, Luis Galvez de Montalvo, Luis Barahona de Soto, Don. Alonso de Ercilla, Andrés, rey de Artieda, amigos todos, y escritores mas ó menos afamados de aquel tiempo. La Galatea, de que no tenemos mas que la primera parte, se hace reparable por su lenguage castizo, sus descripciones placenteras, y el primor de sus rasgos amorosos. Mas los zagales de Cervantes son sobradamente eruditos y filósofos, y la fecundidad de su ingenio va hacinando episodios con desconcierto y desaliño. Reconviénese á sí mismo Cervantes con estos achaques en el prólogo de su pastoral, con ánimo tal vez de evitarlos en la segunda parte, que prometió repetidamente, y nunca llegó á realizar.

La Galatea, dedicada al abad de Santa Sofía, Ascanio Colona, hijo de Marco Antonio Colona su antiguo almirante, salió á luz á fines de 1584; y el 14 de Diciembre del mismo año, Cervantes, de edad á la sazon de treinta y siete años, se desposó con la heroina de su poema. Habia fallecido el padre de Doña Catalina Palacios Salazar, y la viuda ofreció en los desposorios de su hija aprontarle un dote decoroso en bienes muebles y sitios. Cumpliólo así dos años despues, y en la carta dotal, otorgada el 9 de Agosto de 1586, ante el notario Alonso de Aguilera, Cervantes dotó igualmente á su muger en cien ducados, que dice era el décimo de sus haberes.

Después de tanto servicio, á cual mas esclarecido, sale del ejército soldado raso como habia entrado, se avecinda en Esquivias, cuyo tedio desespera á sus ímpetus, y teniendo ademas que aumentar con su trabajo sus escasas rentas, vuelve Cervantes á sus primeras cabilaciones y á las tareas de su mocedad. Como manchego, va y viene á Madrid, y viene casi á residir de asiento en aquella capital. Traba ó renueva amistan con Juan Rufo, Lopez Maldonado, y sobre todo con Vicente Espinel, autor de la novela de Marcos de Obregon, que Le Sage vació en gran parte en su Gil Blas; y aun se hace probable que fué de una especie de academia que acababa de abrir en su casa de Madrid un grande que realzaba así la corte de Felipe II, como lo habia hecho el esclarecido Hernan Cortes con la de Cárlos V; pues Cervantes, hablando de las academias italianas, apellida á ésta academia imitatoria de Madrid.

En los cuatro años consecutivos despues de su casamiento, esto es, de 1584 á 1588, Cervantes, vuelto á literato y al mismo tiempo vecino de Esquivias, orilló la poesía pastoril, que nada rentaba, para vincularse en el teatro, carrera única de provecho que ofrecian á la sazon las humanidades. En su niñez, el teatro español, fugitivo de la iglesia y como secularizado, habia empezado á campear por las plazas públicas, en los tablados de Lope de Rueda, aquel Esquilo andariego, ingenio y comediante, humilde fundador positivamente de los coliseos en que luego se habían de esclarecer Lope de Vega, Calderon, Moreto, Tirso de Molina, Solis, y donde tenían que venír á inspirarse Corneille y Moliere, La corte de España, que solia peregrinar de una en otra capital de provincia, se avecindó por fin en Madrid en 1561, donde se edificaron, por los años de 1580, los dos teatros permanentes todavía de la Cruz y del Príncipe, entonces algunos de los ingenios se allanaron á trabajar para la representacion, que hasta la sazon habia corrido á cargo de los autores que componian por sí mismos las farsas de su caudal. Uno de los primeros entrantes en esta nueva carrera fué Cervantes, y su principio fué una comedia en seis actos, arreglada á sus mismas aventuras, titulada Los Tratos de Argel. Siguieron á esta composicion mas de otras veinte, entre las cuales se engrie citando y elogiando él mismo la Numancia, la Batalla Naval, la Gran Turquesca, la Entretenida, la Casa de los zelos, la Jerusalen, la Amaranta ó la del Mayo, el Bosque amoroso, la Unica y bizarra Arsinda, y ante todo, la Confusa, que pareció, segun cuenta, asombrosa en los teatros.

Tan solo el nombre quedaba de estos dramas y de algunas otras obras, y se condolian los curiosos de esta pérdida. Se conceptuaba que con aquella fantasía tan grandiosa, un temple tan placentero, un despejo tan sumo y un gusto tan cabal, que tan enterado de las reglas teatrales, que suele desentrañar tan atinadamente en el Quijote, que con tantas alabanzas como tan candorosamente se apropia como autor cómico y el númen que realmente demuestra en sus entremeses, se conceptuaba, repito, que esas obras habian de ser perfectas. Por desgracia de su nombradía dramática, se hallaron hasta tres ó cuatro, entre ellas, la Numancia, la Entretenida y los Tratos de Argel, que, lejos de corresponder á los pésames que habian ocasionado, aventajaria por cierto en estremo el concepto del autor, si no se las conociese mas que por la reseña muy paternal con que las menciona. Ejemplo trascendental, y no será el único que ha de darnos, de la imposibilidad patente, aun poseyendo un númen sobresaliente, de juzgarse atenidamente á sí mismo.

De todos estos hallazgos, el mas aventurado es sin disputa el de su tragedia de Numancia; pues, aunque agena de la perfeccion, deja muy en zaga á las tragedias de Lupercío de Argensola, á las cuales anda Cervantes tributando elogios muy estraños en pluma tan poco aduladora, (Don Quijote, parte I, cap. 48). En los impulsos heroicos de un pueblo que se abalanza á la muerte por conservar su libertad, en los tiernos episodios que provocan, en medio de aquella catástrofe inmensa, el entusiasmo de la amistad, del amor y del cariño maternal, se va desentrañando toda la inventíva de aquella alma tan grandiosa y tan sensible. Pero el conjunto de la obra es desacertado, el plan inconecso y vagaroso, y los pormenores mal enlazados; pues el interes tan repartido se postra y se anonada. Los entremeses son en su total las mejores obras teatrales de Cervantes, con la particularidad de que estos llamados sainetes se representaban, no despues de la composicion principal, sino en los intermedios de las tres jornadas. Han parecido hasta nueve entremeses de Cervantes: el Juez de los divorcios, el Rufian viudo, la Eleccion de los Alcaldes, etc., que por lo mas son un dechado de raudal picaresco.

El menesteroso Cervantes careció luego de la honra y el provecho que se prometia con sus logros teatrales. Agotóse el manantial. Las comedias, como dice él mismo en su prólogo, tienen su tiempo y sazon. Vino entonces á reinar en el teatro aquel monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, que se apoderó de la monarquía cómica, avasalló á los comediantes, y llenó el orbe de sus comedias. Apeado del teatro con otros muchos por la fecundidad fabulosa de Lope de Vega, tuvo Cervantes que acudir á otro oficio, menos genial por cierto y menos esplendoroso, pero que pudiese proporcionarle sustento. Pasando ya de cuarenta años, sin patrimonio, sin galardon por los veinte años de servicios y desdichas, tenia que sobrellevar el peso de una familia, recargada con sus dos hermanas y su hija natural. Un consejero de hacienda, Antonio de Guevara, fué nombrado, al principio de 1588, provedor de las escuadras y flotas para las Indias en Sevilla, con facultades de agregarse cuatro comisarios para ausiliarle en el desempeño de sus funciones, pues se trataba de completar la habilitacion de la armada Invencible, destrozada luego por los ingleses y las tormentas. Ofreció Guevara uno de aquellos destinos á Cervantes, quien marchó para Sevilla con toda su familia, excepto Rodrigo su hermano, que seguía sirviendo en los ejércitos de Flándes.

El paradero pues del autor de la Galatea, de un poeta dramático veinte veces vitoreado, es el de un dependiente de provisiones. Hay mas; pidió al rey, con un memorial del mes de Mayo de 1590, un empleo de pagador ú oficial real en la Nueva Granada, ó de corregidor de algun pueblo de Guatemala, con ánimo de pasar á América. Por dicha quedó su instancia encarpetada en el Consejo de Indias.

Permaneció Cervantes en Sevilla por algun tiempo, pues fuera de tal cual correría por las Andalucías y un viage á Madrid, vivió allí hasta diez años consecutivos. Después de ser dependiente del provedor Guevara, lo fué todavía dos años de su sucesor Pedro de Isunza, y luego, al quedar sin destino por la supresión del principal, paró en agente de negocios, y vivió muchos años de las comisiones que le encargaban los ayuntamientos y otros cuerpos, y aun particulares acaudalados, entre ellos Don Hernando de Toledo, señor de Cigales, cuyas fincas administró y fué amigo suyo.

En medio de afanes tan impropios para su ingenio, no se había despedido Cervantes de las musas; pues les tenia consagrado reservadamente su culto, y seguía dando pábulo al fuego innato de su númen. La casa del célebre pintor Francisco Pacheco, maestro y suegro del gran Velazquez, estaba entonces patente á toda clase de ingenios; el taller de aquel artífice, que gustaba también de poesía, era, segun Rodrigo Caro, la academia general de toda la gente culta de Sevilla; y siendo Cervantes uno de los concurrentes mas continuos, figuraba su retrato en aquella galería peregrina de mas de cien personages descollantes, que el pincel del maestro había ido juntando y retratando al vivo. Entabló allá su amistad con el esclarecido poeta lírico Femando de Herrera, cuya memoria ha venido casi á fenecer en España, pues no consta la fecha ni de su nacimiento ni de su muerte, ni tampoco queda particularidad alguna de su vida; y sus obras, ó mas bien las subsistentes, se hallaron á trozos en manos de sus amigos. Cervantes, que compuso un soneto a la muerte de Herrera, tenia también amistad con otro poeta, Juan de Jáuregui, traductor elegante de la Aminta del Taso, cuyo traslado, corriendo parejas con el original, merece la estraña preeminencia de conceptuarse también obra clásica. Cultivaba el pintor Pacheco la poesía, y dedicándose igualmente el poeta Jáuregui á la pintura, retrató ademas á su amigo Cervantes.

En aquella mansión de Sevilla fué donde escribió Cervantes las mas de sus novelas, cuya colección, ya abultada, no salió á luz hasta mucho después, entre las dos partes del Quijote; y así las travesuras de dos rateros famosos, presos en Sevilla el año 1569, y cuya historia era muy popular, le suministraron el asunto de Rinconete y Cortadillo. El saqueo de Cádiz, donde vino á desembarcar el 1.o de Julio de 1596 la escuadra inglesa mandada por el almirante Howard y el conde de Esex, le dio márgen para idear la Española Inglesa. Escribió igualmente en Sevilla el Curioso Impertinente que embebió en la primera parte del Quijote, el Zeloso Estremeño y la Tia Fingida, con recuerdos de Salamanca, y cuyo título se sabia únicamente, hasta que por fin se descubrió su manuscrito.

Hasta Cervantes, y desde las guerras de Carlos V, que les franquearon la literatura italiana, los españoles se habían ceñido á traducir los cuentos deshonestísimos del Decamerón y de los imitadores del Bocacio: por tanto dijo en su Prólogo: " . . . . Yo soy el primero que he novelado en lengua castellana; que las muchas novelas que en día andan impresas, todas son traducidas de lenguas estrangeras; y estas son mias propias; no imitadas, ni hurtadas: mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma.” LLamólas ejemplares, para diferenciarlas de los cuentos italianos, y porque no hay una, como lo espresa él mismo, de que no se pueda sacar un ejemplo mas ó menos provechoso. Divídense ademas en serias y jocosas, habiendo siete de las primeras y ocho de las segundas.

Mr. de Florián, que tiene á bien calificar las Novelas de Cervantes de agradables, le tributó el obsequio de arreglar dos en frances, la que titula Leocadia (la Fuerza de la Sangre), y el Diálogo de los perros. Las manejó cabalmente como á la Galatea y el Quijote, y es por cierto gran lástima el ver las obras de tan esclarecido númen osadamente amasadas, cercenadas y lisiadas por tan escaso ingenio. ¿Quién hallará en las diez páginas engreídas y macilentas de Leocadia la relación briosa y patética de la Fuerza de la Sangre? ¿Quién recordará en el coloquio desgarbado de Escipion y Berganza verdaderos falderillos de retrete, aquel escarnio travieso de los errores humanos, y aquellos rasgos de moralidad trascendental, con que se escopetean los dos guardas del hospital de la Resurreccion? Las Novelas son, tras el Quijote, la patente mas linda de Cervantes para su inmortalidad. Allí se desenvuelve bajo mil trazas diversas, aquel ímpetu de fantasía mas y mas inecshausta, aquella blandura de su pecho afectuoso, aquel raudal de su agudeza burlona y nunca avinagrada, aquel caudal de lenguage que se va amoldando á todos los asuntos, y én fin, el sinnúmero de prendas que descuellan á porfía en la historia de la cariñosa Cornelia, y en aquel cuadro asombroso de costumbres estragadas, llamado Rinconete y Cortadillo, cuyo único lunar es acaso el de no poderse trasladar á ningún otro idioma.

Al fallecimiento de Felipe 11, acaecido el 13 de Septiembre de 1598, se encumbró en la catedral de Sevilla un catafalco suntuosísimo, el monumento mortuorio mas portentoso dice un cronista de la funcion, que humanos ojos hubiesen tenida la dicha de Ver. Con este motivo compuso Cervantes aquel célebre soneto burlesco, donde con tanto gracejo se mofa de la valentonería andaluza.[1] La fecha del soneto es del caso para deslindar el término de su mansión en Sevilla, de donde partió para siempre por la causa siguiente.

Cervantes, que bajo tantas luces se parece á Camoens, padeció el mas cruel quebranto que lastimó el pecho de aquel poeta esclarecido, cuando acusado de malversador en su cargo de abastecedor en Macao, fué encarcelado y procesa- do ante el tribunal de cuenta y razón; Cervantes, al par del cantor de las Lusiadas hallándose pobrísimo, se sinceró obviamente de aquella acusación. A fines de 1594, al liquidar las cuentas de su encargo, y forcejeando para redondear algún atraso, fué remitiendo caudales á la Contaduría Mayor en letras giradas desde Sevilla. Una de aquellas cantidades, procedentes de las recaudaciones del término de Vélez-Málaga, que ascendia á 7.400 reales, quedó remitida por él en especie á aun traficante de Sevilla, llamado Simón Freiré de Lima, quien se encargó de entregarla en la tesorería de Madrid. Pasó allá Cervantes á la sazon, y echando menos al depositario, le reclamó el caudal sobredicho; pero Freire en el intermedio habia quebrado y huido de España. Acudió Cervantes á Sevilla y se encontró con todos los haberes de su deudor embargados por los acreedores. Presentó al rey un memorial, y por decreto de 7 de Agosto de 1595, se mandó al doctor Bernardo de Olmedilla, juez de los grados en Sevilla, alzar sobre los haberes de Freiré la suma remitida por Cervantes. Ejecutólo así el juez y libró el dinero al tesorero general Don Pedro Mesía de Tobar, por letra de cambio girada el 22 de Noviembre de 1596.

Mostrábase á la sazón severísimo el tribunal de Contaduría por la liquidación de cuentas con todos los dependientes del erario, que se hallaba de todo punto ecshausto con la conquista de Portugal y Tercera, las campañas de Flándes, el esterminio de la armada Invencible y los ensayos arruinadores que se habian franqueado á varios charlatanes hacendistas, llamados entonces arbitristas. El recaudador principal, cuyo agente habia sido Cervantes, fué residenciado en Madrid, y manifestó que sus documentos fehacientes paraban en Sevilla y en manos de Cervantes. Una cédula real de 6 de Septiembre de 1597 mandó, sin mas averiguaciones, al juez Gaspar Vallejo que se le arrestase y trajese escoltado á la capital, á disposición del tribunal de cuenta y razón. Prendieron con efecto inmediatamente á Cervantes, pero afianzando el pago de 2.641 reales á que se reducia todo su descubierto, se le libertó en virtud de segunda cédula fechada en 1° de Diciembre del mismo año, bajo la condición de presentarse á la Contaduría en el plazo de treinta días á saldar sus cuentas.

No consta el paradero de aquel primer procedimiento contra Cervantes; pero algunos años después, volvieron á acosarle con la misma cantidad de los 2.641 reales. El recaudador de Baza, Gaspar Osorio de Tejada, presentó con sus cuentas, á fines de 1603, un recibo de Cervantes, evidenciando que se le habia librado aquel dinero cuando estuvo comisionado, en 1594, para la recaudación de atrasos en aquel pueblo y su distrito. Los individuos de la Contaduría Mayor á la consulta sobre el particular contestaron, con fecha de Valladolid, 24 de Enero de 1603, refiriéndose á la prisión de Cervantes en 1597 por la idéntica demanda, y á su libertad concedida bajo fianza, añadiendo que no habia parecido por el tribunal desde aquella fecha. Con este motivo se trasladó Cervantes con toda su familia á Valladolid, á donde hacia dos años que Felipe III había llevado la corte. Se comprobó con efecto que, el 8 de Febrero de 1603, su hermana Doña Andrea se estaba dedicando á habilitar el equipage y prendas de un tal Don Pedro de Toledo Osorio, marques de Villafranca, recien vuelto de la espedicion de Argel; y se hallan, en aquellas cuentas caseras, que están demostrando los apuros de la familia, apuntes y notas de mano del mismo Cervantes. Quedó corriente con el tribunal de cuentas, ya satisfaciendo, ya acreditando su pago anterior, pues cesaron los apremios y le dejaron ya toda la vida en paz por aquella parte. Requería el concepto de Cervantes tan menudos pormenores, y si ademas hubiera que demostrar cuan intacto quedó su pundonor, bastaría la jovialidad con que él mismo anda mencionando tan repetidos encarcelamientos. Fuera en efecto desvergüenza, habiéndolos ocasionado alguna bastardía, y sus émulos, sus contrarios y zaheridores de toda calaña, que hasta le motejaron su manquedad, no se hubieran descuidado en tildarle por otro rumbo mucho mas amargo que el del amor propio de escritor.

Queda aquí un gran claro por historiar en la vida de Cervantes. Nada consta, desde 1598, cuando escribió en Sevilla el soneto sobre el túmulo de Felipe II, hasta 1603, que se incorporó con la corte en Valladolid, y en aquel intermedio de cinco años fué sin embargo cuando ideó, empezó y concluyó casi la primera parte del Quijote. Concuerdan varias probabilidades para suponer que dejó á Sevilla por 1599, y que se avecindó en algún pueblo de la Mancha, donde estaba emparentado, y fué desempeñando algunas comisiones. La prontitud con que acudió al tribunal de cuentas, no deja duda en que se hallaba habitando algún país menos lejano que la Andalucía de Valladolid en 1603, y lo sumamente enterado que se muestra en su novela de los parages y costumbres manchegas, comprueba también que la habitó de asiento. Se deja discurrir que se habia avecindado en Argamasilla de Alba, y que al prohijarle su desvariado hijohidalgo, tuvo la ocurrencia de escarnecer la botaratería aldeana, que cabalmente por entonces anduvo pleiteando por sus regalías con tal empeño y terquedad, que redundó, según cronistas contemporáneos, en mengua notable de la población.

Al participar Cervantes muy de intento en su prólogo del Quijote, que la obra de su estéril y mal cultivado ingenio es la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios… se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento, y donde todo triste ruido hace su habitación, se pregunta uno generalmente con afán: ¿Con qué motivo, en qué tiempo, en qué pais se le dió aquel desconsolado ocio de ánimo y de cuerpo de donde vino á salir uno de los engendros mas esclarecidos del entendimiento humano? La opinión mas general fuera de España, fué de que ideó y empezó su obra en las mazmorras de la Inquisición. Harta torpeza es por cierto, según el dicho de Voltaire, la de meterse á calumniar la Inqusicion. En el turbion de tanta desventura, logró á lo menos Cervantes la dicha de no estrellarse jamas con ella. Se han ido cavilando en la Mancha mil congeturas, todas antojadizas. Opinan algunos que el desman le sobrevino en el lugar del Toboso, por una pulla que quiso echar á una aldeana, cuyos padres en desagravio lo encarcelaron, pero el sentir de los mas es que los encarceladores fueron los vecinos del pueblo de Argamasilla de Alba, alborotados por sus apremios sobre atrasos de diezmos al gran priorato de San Juan, ó ya porque los defraudaba del riego llevándose las aguas del Guadiana para la fábrica del salitre. Lo cierto es que aun en el día está mostrando el vecindario la llamada casa de Medrano que la tradición remota del país cuenta por la cárcel de Cervantes. Consta igualmente que el desventurado comisionista de diezmos ó de pólvoras estuvo allí penando en tan sumo desamparo, que no pudo menos de acudir á su tío Don Juan Bernabé de Saavedra, vecino de Alcázar de San Juan, en demanda de resguardo y de socorro. Hay memoria de una carta de Cervantes al tio, que empezaba así:

Largos dias y trasnochadas me acosan en esta cárcel, ó mas bien cueva....;" y en recuerdo de aquella tropelía, empieza su Quijote con estas palabras de harto comedido desagravio: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme. "

Vuelto, tras unos trece años de ausencia, á la que se llamaba corte, esto es, á la residencia del monarca, vino Cervantes á ser un forastero. Otro príncipe y otros validos estaban gobernando el estado, y sus amigos antiguos ó habían fallecido ó andaban dispersos. Si el soldado de Lepanto, si el autor de la Galatea y la Numancia quedó orillado cuando estaban aun vivos sus merecimientos, ¿estaría menos abandonado por el sucesor de Felipe II, tras quince años de arrinconado desamparo? Sin embargo, Cervantes, acosado por los apuros de su familia, esforzó de nuevo el partido. Presentóse á la audiencia del duque de Lerma, Atlante del peso de aquella monarquía, según tiene á bien apellidarle, esto es, el agraciador todo poderoso. El engreído privado lo recibió con esquivez, y Cervantes, lastimado hasta lo íntimo de su pecho pundonoroso y sentido, orilló para siempre el papel de pretendiente. Desde entonces, alternando entre tal cual agencia de negocios y las tareas de su pluma, siguió viviendo resignadamente arrinconado y escaso con el producto de sus afanes y los socorros de sus dos amparadores el conde de Lémos y el arzobispo de Toledo.

La situación penosa de Cervantes, siempre menesteroso y desatendido, le hizo atropellar la publicación del Quijote, ó á lo menos de su primera parte que tenia ya muy adelantada. Se le concedió privilegio real, con fecha de 26 de Septiembre de 1604, para la impresión de su libro. Mas carecía de Mecenas que aceptase la dedicatoria y lo abrigase á su sombra; pues el seguir la corriente era una urgencia para Cervantes necesitado y desvalido, y mas para una obra de aquel jaez. Si el libro, cuyo título podía equivocarse, venia á parecer una mera novela de las tantísimas de caballería, paraba en manos chasqueadas sin hacer alto en la sátira finísima de su estragado gusto, y al contrario, si se enteraban de su contenido, era un hervidero de alusiones traviesas cifradas en la critica principal, y le hacia muy al caso un resguardo poderoso con el cual podia correr á su salvo. Acudió Cervantes á Don Alonso López de Zúñiga y Sotomayor, séptimo duque de Béjar, y uno de los paseantes de alcurnia esclarecida que se avenían á apadrinar risueñamente las letras y las artes por via de relumbro á los dictados de su escelsa ignorancia. Cuentan que el du- que, sabedor de que el objeto del Quijote era un escarnio, conceptuó comprometidas sus ínfulas y se desentendió de la dedicatoria; pero Cervantes, aparentando avenirse á su despego, pidió únicamente la fineza de oírle leer algún capitulo, y fué tan suma la estrañeza y complacencia de todos los concurrentes, que de un capítulo en otro se fué llegando hasta el fin de la obra; con lo cual, elogiando sin término al autor, el duque, á instancias de todos, tuvo á bien dejarse inmortalizar. Se refiere igualmente que un fraile, confesor del duque y que estaba al par gobernando su casa y su conciencia, malhallado con aquella aceptación, prorrumpió contra el libro y el autor, y reconvino al señor por la acogida que uno y otro le habian merecido. Aquel ceñudo reverendo teniendo sin duda avasallado a su penitente, quedó olvidado Cervantes, quien ya nada le dedicó en lo sucesivo; pero se desagravió á su modo retratando al vivo el lance y los individuos en la segunda parte del Quijote.

Salió á luz la primera parte á principios de 1605, pero antes de pasar adelante con esta narración, hay que cortar su hilo para esplicar algún tanto, respecto al intento fundamental del libro, el temple general de los ánimos al tiempo de su publicación.

La temporada en que descolló la caballería andante y sonaron la aventuras de los paladines, índividuos de aquel soñado instituto, cae en el intermedio de la civilización antigua y moderna, plazo de barbarie y de lobreguez en que el poder constituía el derecho, y la justicia se deslindaba con retos; en que la anarquía feudal estaba asolando la tierra, y en que la potestad religiosa, acudiendo al arrimo de la autoridad civil, no hallaba mas que la tregua de Dios para franquear á las naciones tal cual día de sosiego. Heroicidad era con efecto el desvivirse en tal desconcierto por el amparo de los atropellados; y todo guerrero de pro, que enristrando la lanza y encasquetando el morrión, anduviera por el mundo en busca de trances para ejercitar empeño tan esclarecido, echando el resto de su generosidad y su pujanza, fuera un ente benéfico y endiosado con el asombro y el agradecimiento general. En despejando las carreteras de salteadores desalmados y en arrojando de sus guaridas á aquellos otros foragidos con broquel, que, encumbrados en sus castillos por los riscos, se abalanzaban, como aves de rapiña desde sus breñas, á la presa que les proporcionaban los viandantes desarmados; en habiendo desaherrojado cautivos, afianzado la inocencia, castigado al matador, destronado á los usurpadores; en renovando por aquellos asomos de la sociedad moderna, los trabajos de Hércules, de Teseo y demás semidioses de un mundo anterior y también aun en su niñez: entonces su nombre, pregonado de boca en boca, se conservara en la memoria de los hombres con todos los realces de la historia y de la tradición. Las mugeres por otra parte, careciendo todavía de resguardo para su flaqueza en las costumbres públicas, fueran el objeto principal del padrinazgo garboso del caballero andante; el galanteo, nuevo género de amor desconocido en la antigüedad, hijo del cristianismo, escudando la sensualidad con respetos y una especie de culto religioso, hermanara sus entretenimientos con las aventuras sangrientas del justiciero encajonado en acero, cuya vida estuviera así alternando con la guerra y el amor.

Campo habria aquí para un libro y aun para una literatura dilatada. Era muy fácil enlazar la historia de los caballeros andantes con la de las costumbres contemporáneas, la descripción de torneos y funciones, la justicia galanteadora de los juzgados de amor, la canturía de los trobadores y las danzas de los juglares, las peregrinaciones religiosas ó guerreras á la Tierra Santa; y entonces se patentizara el Oriente con todos sus primores á la fantansía del novelador. No era este el blanco ni el asunto de los libros caballerescos. Sin miramiento con la verdad, ni aun con la verosimilitud, iban hacinando torpes desatinos en historia, en geografía, en física, y aun despropósitos muy aciagos en moralidad; nada les ocurria mas que lanzasos y cuchilladas, batallas incesantes, proezas increíbles, aventuras ensartadas a lo que saliere, sin plan, sin tino y sin enlace; revolvían cariños y desafueros, vicios y supersticion; llamaron también á terciar gigantes, monstruos, encantadores, y no trataron por último, mas que de irse sobrepujando y abultando lo imposible y lo portentoso.

Sin embargo, halagaban por sus mismos desaciertos los tales libros, pues á la sazon hubo eruditos que fueron desenterrando los escombros antiguos; mas careciendo la muchedumbre de pábulo, como idiota y aragana, allá, se arrojó tras este cebo para sus ratos ociosos. Por otra parte, desde las Cruzadas, un afán general por espediciones arriesgadas había ido abriendo y allanando el camino para las novelas caballerescas, y si en España lograron aceptación mas duradera que en todas las demás partes, fué por haberse allí arraigado también mas que en otros países la afición á la vida caballeresca. Tras los ocho siglos de guerra incesante con los árabes y moros, habian sobrevenido el descubrimiento y las conquistas del Nuevo Mundo; después las guerras de Italia, Flándes y Africa. ¿Cómo cabe estrañar el afan por los libros de caballería en un país donde se habían estado practicando sus mismos lances? No fué Don Quijote el primer demente de su calaña, pues el héroe soñado de la Mancha había tenido ya antecesores vivos, sus dechados de carne y hueso. Abramos los Varones Ilustres de Castilla por Hernando del Pulgar, y hallaremos decantado el célebre devaneo de Don Suero de Quiñones, hijo del gran bailío de Asturias, quien, después de prometer hacer astillas trescientas lanzas para rescatarse de los lazos de su dama, defendió por treinta días el paso honroso de Orbigo, como Rodomonte el puente de Mompeller. El mismo cronista, y en el propio reinado de Juan II (de 1407 á 1454), va citando un sinnúmero de guerreros á quienes conocía personalmente, como Gonzalo de Guzman, Juan de Merlo, Gutierre Quesada, Juan de Polanco, Pedro Vázquez de Sayavedra y Diego Varela, que se fueron en busca, no solo de sus vecinos los moros de Granada, sino también, á fuer de verdaderos andantes, peregrinando por Francia, Italia y Alemania, y brindando á todo valiente á quebrar una lanza en obsequio de las damas.

La afición descompasada á las novelas fué luego brotando con sus correspondientes frutos. Los jóvenes, malhallados con la historia que no daba suficiente cebo á sus ímpetus, se desalaban, como dechados de nabla y de acciones, tras los libros que mas les congeniaban. Rendimiento a los antojos mugeriles, amoríos adúlteros, honor estragado, venganzas sangrientas por levísimos desaires, lujo disparatado y menosprecio de todo sistema social: este cúmulo de monstruosidades se estaba practicando, y así fueron los libros de caballerías tan aciagos para las costumbres como para el buen gusto.

Clamaron los moralistas contra tamaño desenfreno. Luis Vives, Alejo Venegas, Diego Gracian, Melchor Cano, Fray Luis de Granada, Malón de Chaide, Arias Montano y otros escritores alzaron á porfía su airada voz contra el estrago que estaban acarreando aquellos libros. Acudieron también las leyes en su ausílio. Un decreto de Cárlos V, espedido en 1543, mandó á los vireyes y audiencias del Nuevo Mundo que no permitiesen imprimir, vender ni leer novela alguna caballeresca á indios ni españoles. En 1555, las cortes de Valladolid instaron, en petición eficaz, por igual prohibición para la península, solicitando ademas que se recogiesen y quemasen cuantas había. Ofreció la reina Juana una ley que no vino á promulgarse.

Mas ni clamoreos de retóricos y moralistas, ni anatemas de legisladores alcanzaron á atajar el achaque. Estrelláronse todas las providencias contra la afición á lo portentoso, contra esa afición que ni el discurso, ni el desengaño, ni la sabiduría aciertan á contrastar. Seguían saliendo y gustando las novelas caballerescas; y príncipes, grandes y prelados aceptaban sus dedicatorias. Santa Teresa, muy apasionada en su mocedad á aquellas leyendas, estuvo componiendo también su novela caballeresca, hasta que se engolfó en su Castillo interior y demás obras místicas. Cárlos V se recreaba á hurtadillas con Don Belianis de Grecia uno de los abortos mas desatinados de aquella literatura delirante, mientras lo estaba vedando rigurosamente; y cuando su hermana, la reina de Hungría, trató de solemnizar su regreso á Flándes, no le ocurrió mejor ofrenda en las funciones decantadas de Bins (1549) que la viva representación de un libro de caballería en que fueron desempeñando sus respectivos papeles todos los señores de la corte, y entre ellos el adusto Felipe II. Se había internado aquella afición hasta por los claustros, donde se leían y componían novelas. Un franciscano, llamado Fray Gabriel de Mata, imprimió, no ya en el siglo decimotercio, sino en 1589, un poema caballeresco, cuyo héroe era San Francisco, patriarca de su órden, y que se intitulaba El caballero Asisio, Veíase en la portada estampado el retrato del santo, á caballo y armado de pies á cabeza, al modo de los Grabados que estaban realzando á los Amadises y los Esplandianes. Iba el caballo todo enjaezado y empenachado lujosamente, y llevaba por airones en el morrión una cruz con los clavos y la corona de espinas; en el escudo la imagen de las cinco llagas, y en la banderola de la lanza otra imagen de la Fe y el cáliz, con la siguiente leyenda: En esta no faltaré; y aquel peregrino libro estaba dedicado al condestable de Castilla.

En medio de tal desvarío, preso Cervantes en una aldea de la Mancha, se pone á idear el esterminio de la literatura caballeresca. Está presenciando su aceptación, su triunfo y sus ínfulas; intenta, pobre, arrinconado, desvalido y sin nombradía, sin mas recurso que el de su agudeza y su pluma, abalanzarse á aquella hidra retadora de las leyes y la racionalidad. Mas se valió de arma mucho mas cortante para entronizar la sensatez, que argumentos, sermones y providencias legislativas; á saber, el escarnio. Cabal fué su triunfo. Cuantos moralistas y legisladores habian antes clamado contra los libros de caballería, pudieron decir de Cervantes, como Buffon de Juan Jacobo Rousseau, acerca de las madres criadoras de sus hijos. “Todos habiamos estado aconsejando lo mismo; pero solo él lo ha dispuesto y se ha hecho obedecer." Un gentil hombre de la corte de Felipe III, Don Juan de Silva y Toledo, señor de Cañada Hermosa, habia dado á luz, en 1603, la Crónica del príncipe Don Policisne de Boecia; libro tan descabellado, que dejaba en zaga á sus compañeros, fué la última novela caballeresca que nació en España. Impreso el Quijote, no tan solo dejó de publicarse otra alguna, sino también de reimprimirse las antiguas, que vinieron á escasear en términos de haber parado en curiosidades bibliográficas. De muchas solo queda allá una memoria, y de otras no queda ni aun rastro de sus títulos. Fué en suma la aceptación del Quijote tan esclarecida bajo este concepto, que críticos avinagrados han venido á tacharle el estremo opuesto, afirmando que la hiel satírica, trasponiendo su hito, habia malherido y aventado los impulsos del pundonor castellano. Explicado ya el intento fundamental Del Quijote, es hora de acudir á la historia del libro y de su autor. Según tradición general, que tiene visos de verosímil, se recibió con suma tibieza la primera parte. Leyéronla gentes, como se lo debió maliciar desde luego Cervantes, que ó no la penetraron ó la desatendieron. Ideó entonces echar al público un folleto intitulado Buscapié, ó borrachuelo; en el cual, aparentando motejar el libro, esponia su contenido, dando á entender que por mas soñados que fuesen personages y acciones, cabía que tuviesen relación con los hombres y negocios de aquel tiempo. Surtió cabal efecto la travesura. Con los apuntes conceptuosos del Buscapié, leyeron los discretos el libro, y se trocó la indiferencia en curiosidad. Reimprimióse la primera parte del Quijote en España aun en el mismo año de 1605, y voló por fuera inmediatamente con las ediciones hechas en Francia, Italia, Portugal y Flándes.

Aquella aceptación esplendorosa no podía menos de acarrear á Cervantes un resultado mas positivo que el de afamarlo y socorrerlo; suscitóle una caterva de émulos y enemigos. No hablo tan solo de los vanidosos ruines á quienes todo mérito lastima y toda nombradía destempla. Harto rebosaba el Quijote de saetazos literarios disparados contra los ingenios ó los celebradores de libros y comedias contemporáneas para no alborotar la chusma literaria. Los mas encumbrados se avinieron placenteramente á los saetazos que les cupieron; y Lope de Vega, quizás el mas malparado de todos, no se mostró agraviado contra el escritor recien aparecido, que se atrevió á salpicar de asomos de hiel el néctar de alabanzas con que á diestro y siniestro lo estaban embriagando. Su nombradía y sus caudales debían mostrarlo garboso; y aun se allanó al agasajo de manifestar que Cervantes no carecía de estilo y de gracejo. Mas no sucedió otro tanto con los subalternos, que no podían menos de acudir al resguardo de su escaso concepto. Allá se descerrajó un fuego graneado contra el pobre Cervantes, en público y en particular. El uno, encaramado en los desvanes de su erudición pedantesca, lo trataba de ingenio lego, futo de cultura y de saber, quien creía agraviarle apellidándolo Quijotista, quien lo tiznaba en folletillos, que eran los periódicos de aquel tiempo; quien, bajo su sobre, le enviaba un soneto malvado, y Cervantes para desagraviarse lo daba á luz inmediatamente. Entre la gente de alguna cuantía que le trabó guerra, citaremos á Don Luis de Góngora, fundador de la secta de los cultos, envidioso y criticón de suyo; el doctor Cristóbal Suarez de Figueroa, otro escritor celoso y burlon, y hasta el atolondrado Estevan Villegas, que titulaba Delicias sus poesías de principiante, y se hacía representar muy recatadamente en la portada como un sol saliente que empañaba el brillo á las estrellas, añadiendo á este emblema, muy enmarañado por lo visto, una divisa que despejase todas las dudas: siout sol matutinous me surgente, quid ista? Cervantes, que ni era avinagrado ni vanaglorioso, se reiría á carcajada de aquel turbión de amor propio disparado contra su nombradía; mas lo que no pudo menos de lastimar su pecho afectuoso fué el desvió de algunos amigos, de aquellos á lo menos que lo son tan solo con el bien entendido de que no se ha de pujar á su nivel, pues el descollar sobre ellos es un delito irremisible. Me pesa el tener que citar á Vicente Espinel, novelista, poeta y músico, que compuso el Marcos de Obregon, que inventó la estancia nombrada espinela antes de llamarse décima, y que puso la quinta á la vihuela. Por lo demás, fuera preeminencia sin par la de Cervantes, si no hubiese esperimentado esos pócimas que acibaran los mas esclarecidos triunfos. Me bastará haberlos apuntado, pues bajo el supuesto de ser inevitables, puedo ya desentenderme de mencionarlos en lo sucesivo.

Coincidió la publicación del Quijote con el nacimiento de Felipe IV en Valladolid el 8 de Abril de 1605. Había ido el año anterior á Inglaterra el condestable de Castilla, Don Juan Fernandez de Velasco, á negociar la paz. Jacobo I, en pago de aquel obsequio, envió al almirante Carlos Howard, para presentar el tratado de paz á la ratificación del rey de España y cumplimentarle por el nacimiento de su hijo. Desembarcó Howard en la Coruña con seiscientos ingleses, y entró el 26 de Mayo de 1605 en Valladolid, donde se le agasajó con todo el boato ostentoso de la corte de España. Entre las solemnidades religiosas, las corridas de toros, los saraos de máscara, las evoluciones militares, las justas en que el mismo rey corrió la sortija, y todas las funciones que se tributaron al almirante, se cita un banquete en que se sirvieron hasta mil y doscientos platos de carne y pescado, fuera del ramillete y los manjares que no tuvieron cabida. Mandó escribir el duque de Lerma una Relación de las funciones, y se imprimió en Valladolid aquel mismo año. Se cree que su autor fué Cervantes, ó á lo menos parece que lo comprueba un soneto de Góngora, testigo presencial [2].

Después de aquellos regocijos sobrevino un acontecimiento aciago que trastornó en gran manera k la familia de Cervantes: encarceláronle por tercera vez. Un caballero de Santiago, llamado Don Gaspar de Ezpeleta, quiso atravesar de noche, el 27 de Junio de 1605, un puente de madera sobre el rio Esgueva, y lo atajó un desconocido. Se trabó pendencia, y empuñando entrambos campeones la espada, quedó traspasado Don Gaspar con varias heridas; pidió socorro y se refugió todo ensangrentado en una casa inmediata. Habitaba en una de las dos viviendas del primer piso de la casa Doña Luisa de Montoya, viuda del cronista Estévan de Garibay, con sus dos hijos, y en la otra Cervantes con su familia. A los alaridos del paciente, acudió Cervantes con uno de los hijos de la vecina, y hallaron á Don Gaspar tendido en el soportal, con la espada en una mano y la rodela en la otra, y lo trasladaron á casa de la viuda de Garibay, donde espiró á los dos dias. Entabló luego sus pesquisas el alcalde de casa y corte Don Cristóbal de Villaroel, y recibió las declaraciones de Cervantes, de su muger Doña Catalina de Palacios Salazar, de su hija natural Doña Isabel de Saavedra, de edad de veinte años, de su hermana Doña Andrea de Cervantes, viuda, con una hija de veinte y ocho años, llamada Doña Constanza de Ovando; de una monja, que se dice igualmente hermana de Cervantes; de la criada María de Ceballos, y en fin, de dos amigos que se hallaban en la casa, el señor de Cigales, y un portugués llamado Simon Mendez. Suponiendo á tuertas ó á derechas que Don Gaspar de Ezpeleta habia fenecido por galanteos con la hija ó la sobrina de Cervantes, prendió el juez á todas estas con Cervantes mismo; y tras interrogatorios, audiencias de testigos y afianzamientos, los puso en libertad á los diez dias. Por las deposiciones que mediaron en aquel aciago lance, se comprueba que á la sazón, y para sostener el peso de cinco mugeres que tenia á su cargo, se dedicaba todavía Cervantes á ciertas agencias, y alternaba su ejercicio de literatura con el afan mentecato, pero mas productivo, de los negocios.

Se deja discurrir que Cervantes seguiria la corte, en 1606, y se avecindaría en Madrid, donde estaba mas cerca de sus parientes de Alcalá, y de los de su muger en Esquivias, y en mejor proporción para sus tareas literarias v sus agencias forenses. Consta innegablemente que en Junio de 1609, vivía en la calle de la Magdalena; poco después á espaldas del colegio de Nuestra señora de Loreto; en Junio de 1610, en la calle del Leon núm. 9; en 1614, en la de las Huertas, después en la del Duque de Alba, esquina de la de San Isidro, de donde lo despidieron, y en fin, en 1616, en la calle de Leon núm. 20, esquina á la de Francos donde falleció.

Vuelto á Madrid Cervantes, asomado á la vejez, sin haberes, y cargado de una familia crecida, tropezando con la misma ingratitud para su íngenio que para sus servicios, en tiempo que si las dedicatorias acarreaban tal cual pensión, nada producían los libros, desatendido por sus amigos, atropellado por sus émulos, y con su práctica de mundo, apeado de todo embeleso y reducido á lo que en castellano se llama desengaño, vivió ya siempre retirado y sombriamente; afilosofado, sin lamento, sin murmullo, sin la dorada medianía que apetece Horacio para los alumnos de las Musas, antes bien angustiado y menesteroso. Halló sin embargo dos padrinos, Don Bernardo de Sandoval y Rojas, arzobispo de Toledo, y un señor instruido, Don Pedro Fernandez de Castro, conde de Lémos, autor de la comedia intitulada la Casa confusa, el cual se llevó en 1610 una cortecilla literaria á su vireinato de Nápoles, y no olvidó desde su lejana cumbre al soldado antiguo y lisiado que no habia podido seguirle.

No cabe esplicacion para una estrañeza, que por otra parte realza el pundonor de Cervantes, cuanto tizna á los repartidores de los agasajos reales; habló del desamparo en que estuvo varón tan esclarecido, al paso que autorcillos despreciables andaban disfrutando las pensiones que en prosa y verso habían pordioseado. Se cuenta que un dia Felipe III, asomado á la parte del palacio que caía al Manzanares, vio un estudiante que se paseaba con un libro en la mano por la orilla de aquel rio. El manteista se paraba, manoteaba, se palmoteaba la frente y prorrumpia en carcajadas. Reparando Felipe aquella comedia, esclamó: “Aquel estudiante ó es loco ó está leyendo el Quijote”. Acudieron palaciegos diligentes á comprobar la agudeza del monarca, y volvieron á participar al rey que con efecto el enagenado estudiante estaba leyendo el Quijote; mas á ninguno de ellos ocurrió el recordar al príncipe el sumo desamparo que estaba persiguiendo al autor de libro tan popularmente celebrado.

La primera edición del Quijote, la de 1605, se hizo en ausencia del autor, y por un manuscrito de propio puño, esto es, de trabajosísima inteligencia; y así estaba plagada de erratas; pero Cervantes, recién avecindado en Madrid, se esmero en dar á luz otra edición de su obra, repasándola con ahínco; y esta segunda, muy preferible á la primera, ha servido de norma á las siguientes.

Dos años después sacó Cervantes á luz las doce Novelas, que, con las dos embebidas en el Quijote y la recién hallada, componen la colección de las quince Novelas que habia ido componiendo, desde su mansion en Sevilla, como queda dicho refiriéndonos á aquella temporada. Aquel libro, que iba calificado en el privilegio de pasatiempo muy honesto, donde campea el señorío y el caudal de Ia lengua castellana, mereció dentro y fuera de España el mismo agasajo que el Quijiote. Lo remedó por dos rumbos Lope de Vega, componiendo luego sus novelas, muy inferiores á las de Cervantes, y sacando á plaza asuntos ya tratados por él. Otros dramáticos sobresalientes acudieron al mismo manantial, entre otros Fray Gabriel Tellez, conocido bajo el nombre de Tirso de Molina, que llamaba á Cervantes el Bocacio español; luego Don Agustín Moreto, Don Diego de Figueroa y Don Antonio Solis.

Publicó Cervantes, después de las Novelas, en 1614, su poema intitulado Viaje al Parnaso y el dialoguillo en prosa con que lo acompañó bajo el nombre de Adjunta al Parnaso. En el poema, remedo del de Césare Caporali, de Perusa, elogiaba á los ingenios contemporáneos, sajando despiadadamente los intrusos de la escuela nueva, cuyas alteraciones torpes y desatinadas plagaban la hermosa lengua del siglo de oro. Quejábase en el diálogo de los comediantes que no querían representar ni sus dramas ya antiguos, ni los que acababa de componer. Para sacar algún partido de sus tareas dramáticas, trató Cervantes de imprimir su teatro, y acudió al librero Villaroel, uno de los mas conceptuados en Madrid, quien le contestó sin rodeos: "Un escritor de nombradía me ha enterado que se podía esperar mucho de vuestra prosa, pero que de los versos absolutamente nada." Atinado era el fallo, aunque algo adusto, y debió hacérsele amarguísimo á Cervantes, que estuvo poetizando á despecho de Minerva, y se desvivia aniñadamente tras el concepto de poeta. Imprimió sin embargo Villaroel, en Septiembre de 1615, ocho comedias y otros tantos entremeses, con una dedicatoria al conde de Lémos y un prólogo, no tan solo muy agudo, sino interesantísimo para la historia del teatro español. Imperaba allí Lope de Vega, y asomaba el competidor que iba á desbancarlo. Recibió el público desabridamente los dramas selectos de Cervantes, y no tuvieron á bien los comediantes representar ni uno solo; ingratos fueron tal vez ellos y el público, mas no injustos.

Salió á luz aquel mismo año de 1615 otra obra de Cervantes que se hermana con cierta particularidad muy reparable. Conservaba todavía España la práctica de las justas poéticas tan de moda en el reinado de Juan II como las guerreras, y que han ido conservando por el mediodía de la Francia, con el nombre de Juegos florales. Habiendo canonizado Paulo V en 1614, la ínclita Santa Teresa de Jesus, se propuso para asunto del certamen el triunfo de aquella heroína claustral; y Lope de Vega era uno de los jueces. Había que cantar los écstasis de la Santa, al remedo de la oda llamada cancion castellana y con el metro de la primera égloga de Garcilaso de la Vega:

El dulce lamentar de dos pastores. Acudieron todos los escritores de nombradía, y Cervantes, constituido poeta lirico á los setenta y siete años, envió también su oda, que sin ganar el premio, se imprimió entre las mas aventajadas en la Relacion de las funciones que tributó la España toda en obsequio de su esclarecida hija.

También salió á luz en el mismo año la segunda parte del Quijote.

Se hallaba ésta muy adelantada; y Cervantes, Que la tenia anunciada en el prólogo de sus Novelas, la trabajaba con ahinco, cuando á mediados del año de 1614 apareció en Tarragona una continuación de la primera parte, como parto del licenciado Alonso Fernandez de Avellaneda, natural de Tordesillas.

Este era un nombre postizo, bajo el cual se encubría aquel plagiario descocado, que, en vida del autor primitivo, le defraudaba del titulo y del asunto de su libro. No ha sido dable desenmarañar su verdadero nombre, pero se conceptúa positivo, por las pesquisas de Mayans, del P. Murillo y de Pellicer, que era un aragonés, dominico del convento de predicadores de Zaragoza y uno de los autores de comedias á quienes tan chistosamente habia motejado Cervantes en la primera parte del Quijote. A fuer de salteador que moteja á sus despojados, el supuesto Avellaneda encabezaba su libro vaciando la hiel de un pecho todo carcomido de zelos rencorosos, y descargando sobre Cervantes soeces desvergüenzas. Tratábale de manco, viejo, adusto, envidioso y calumniador; le tildaba sus desventuras, su encarcelamiento y su desamparo; le tachaba en fin, de carecer de ingenio y de agudeza, y se jactaba de privarle del despacho de su segunda parte. Cuando el libro llegó á manos de Cervantes, cuando vio tanto baldon encabezando un aborto insulso, pedantesco y torpe, amostazado con aquel descoco, trató de prorrumpir en un desagravio competente, y se atropelló para acabar su libro en términos que los últimos capítulos adolecen de azoramiento. Mas quiso que fuese cabal el parangón entre ambas obras. Al dedicar sus comedias al conde de Lémos, á principios de 1615, le decia: "Queda Don Quijote con las espuelas calzadas para ir á besar los pies á Vuestra Escelencia. Llegará algo mal trecho, por haberle descaminado y ofendido en Tarragona; sin embargo, ha sacado certificacion formal para que conste que el contenido en esta historia no es él, sino un intruso que quiso ser él y no lo pudo conseguir." Hizo mas Cervantes, pues en el mismo testo del Quijote (prólogo y cap. 59) contestó á los torpes denuestos de su plagiario, sin dignarse no obstante pronunciar su verdadero nombre, con escarnios primorosos y satirillas áticas, sobreponiéndosele igualmente con el garboso señorío de su conducta y lo perfecto de su composición. Mas para apear á los Avellanedas venideros de todo intento de nuevas profanaciones, acompañó por esta vez su héroe hasta la huesa; le recibió el testamento, la confesión y el postrer aliento, lo enterró, lo rotuló con su epitafio, y pudo esclamar con fundado y sublime engreimiento: Aquí Cide Hamete dijo á su pluma: "Aquí quedarás colgada desta espetera….peñola mia, á donde vivirás largos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte."

Hay que hacer aquí alto para ecsaminar el Quijote, no en sus antecedentes y en su origen, sino en si mismo, para conceptuar al fin bajo su principal realce este libro inmortal, la obra mas grandiosa de su autor y de su patria.

Montesquieu hace que Rica diga (Cartas Persianas, núm. 78): "Los españoles tan solo tienen un libro de provecho, y es el que ridiculiza á todos los demás." Esta es una de las chanzonetas donosas y ecsageradas que halagan con su demasía, y que no deben tomarse con formalidad, ¿Quién se ha amostazado en Francia por lo que dice Rica al fin de la misma carta: "Por lo visto, los franceses, mal opinados para sus vecinos, emparedan algunos locos para dar á entender que no lo son los que están fuera?" Ambas chanzonetas, en mi concepto, corren parejas. No obstante la definición que apunta Montesquieu el Quijote no es esacta. Si no tuviese mas realce que el de ir zumbando las novelas caballerescas, poco les sobreviviera, pues despachada su faena, quedara tan enterrado el vencedor como los vencidos, ¿Vamos ahora por ventura tras la befa de Amadíses, Esplandianes, Platires y Don Kirieleisones? Por supuesto que Cervantes conceptuaba por uno de sus méritos el de aventar aquella disparatada y aciaga literatura, y bajo este respecto su obra es un rasgo de moralidad que está hermanando las dos prendas preeminentes de la verdadera comedia, esto es, enmendar embelesando; mas el Quijote tiene otro primor que el de satirizar novelas añejas, y por lo mismo trato de apuntar las varias trasformaciones que cupieron al asunto en la fantasía del autor.

Me hago cargo de que Cervantes al principio se ciño á mofar y soterrar la literatura caballeresca, pues así lo afirma terminantemente en su prólogo, cuanto mas que harto abultan las inadvertencias estrañas y las contradicciones en la primera parte del Quijote, para conceptuar por estos mismos lunares (ya que lo sean) la prueba patente de que lo entabló por enfado, por un destemple y sin premeditado intento, soltando la rienda a su fantasía y á su pluma, encontrándose con ser novelista como La Fontaine era fabulero sin suponer tanta entidad á su obra, que la abarcarse de estremo á estremo y muy de antemano, Don Quijote por el pronto no es mas que un demente, un loco rematado y de apaleo, pues el desastrado hidalgo lleva mas palizas y coces que pudieran sobrellevar los lomos del mismo Rocinante. Tampoco es Sancho Panza mas que un labriego zompo y badulaque, yéndose por interés ó por sandez y á ciegas tras los desatinos de su amo. Mas esto va que vuela, pues no le cabía á Cervantes á atascarse entre la locura y la irracionalidad. Se encariña ademas con sus héroes, hijos como los llama, de su entendimiento; y luego les traspasa su tino, su agudeza, repartiéndoles uno y otro con peso y medida. Infunde al amo el despejo encumbrado y abarcador que pueden acarrear á unos alcances atinados el estudio y el raciocinio; y al criado el instinto escaso, pero muy certero, la sensatez innata, y la rectitud cuando no la tuerce el interés, que cabe á, todo hombre al nacer. El destemple de Don Quijote se encajona en una sola casilla de su celebro, y su manía es el disparo de un varon honrado á quien la sinrazón lastima y la virtud arrebata. Cabila mas y mas sobre constituirse consuelo de afligidos, campeon de todo desamparo y el coco del soberbio y del inicuo. Sobre todo lo demas discurre primorosamente, perora con elocuencia, es mas propio como le dice Sancho, para predicador que para caballero andante. Por su parte Sancho, aunque tosco y natural, es travieso y malicioso; y así como Don Quijote solo tiene un ramo de loco, él adolece de crédulo, y lo descamina mas su amo con el despejo de su entendimiento y el cariño que le tiene cobrado.

Se entabla con esto un espectáculo asombroso; pues se están viendo aquellos individuos, tan inseparables como el alma y el cuerpo, como se acabalan mutuamente; hermanados con un intento pundonoroso al mismo tiempo y disparatado, obrando á lo insensato y hablando á lo cuerdo, espuestos al escarnio y tal vez á la irracionalidad de las gentes, y sacando á luz los achaques y desatinos de sus atropelladores; moviendo al lector á risa, á compasion, y luego á cariño entrañable; acertando á enternecerlo al mismo paso que á divertirlo y aleccionarlo; y labrando por fin con aquella contraposición incesante de entrambos entre si y con todos los demás el campo inalterable de una comedia inmensa y siempre nueva.

En la segunda parte del Quijote es donde está descollando el nuevo concepto del autor, sazonado mas y mas con la edad y el trato de las gentes. Suena la caballería andante lo preciso para continuar cabalmente la parte primera, y abarcarlas y hermanarlas en el plan general. Mas ya no se ciñe á la glosa de novelas caballerescas: es un libro de filosofía práctica, un tesoro de mácsimas, ó mas bien de parábolas, una critica atinada y suave de la humanidad entera. Aquel nuevo personage embebido en la familiaridad del héroe de la Mancha, el bachiller Sansón Carrasco, ¿no es la incredulidad dudadora que se mofa de todo, sin recato y sin miramiento? Y citando otro ejemplo, ¿quién al leer, por la vez primera aquella segunda parte, no conceptúa que Sancho, revestido del gobierno de la ínsula Barataria, iba á nacerle reír á carcajadas? ¿Quién no se figuró que el gobernador repentino cometería mas desatinos que Don Quijote en su penitencia de Sierra Morena? Equivócanse de medio á medio, y el númen de Cervantes allá volaba lejisimos desentendimiento del lector, sin echarlo no obstante en olvido. Su intento era demostrar que la ciencia tan decantada del gobierno de los hombres, no es arcano vinculado en una alcurnia ó gerarquía, sino que es obvia para todos, y que para su acertado desempeño se necesitan otros requisitos mas preciosos que la noticia de leyes y el estudio de la política, á saber, la sensatez y la sana intención. Sin desafinar en sus alcances, y sin traspasar la esfera de su entendimiento, sentencia y atina Sancho como el mismo Salomón.

Salió á luz la segunda parte del Quijote diez años después de la primera, sin que Cervantes, al publicar ésta, hubiese tratado de continuarla, pues reinaba á la sazón la moda de ir dejando colgadas las obras de imaginación, dándolas por concluidas en lo mas revuelto de los lances y en lo mas interesante de la fábula, como lo hacia el Ariosto con los cantos de su poema. Ni el Lazarillo de Tormes, ni el Diablo Cojuelo tienen desenlace, como tampoco la Galatea. No fué tampoco la continuacion de Avellaneda la que movió á Cervantes para componer la suya, pues la tenia ya casi concluida cuando asomó la otra. Si el Quijote fuese sátira meramente literaria, debia quedar descabalado, y Cervantes lo siguió con el ánimo que yo innegablemente le atribuyo. Así que las dos mitades de la obra están ofreciendo un fenómeno sin par en literatura, y es una segunda parte, ideada á solas, que no solo se empareja, sino que sobrepuja á la primera, pues su intento fundamental es mas grandioso y fecundo; y luego la obra trasciende á todos los tiempos y países, habla á la humanidad en su idioma universal, y por fin este es el libro que mas encumbra aquella prenda tan ascendrada y sin par de la especie humana, el tino tan escaso, la sensatez tan preciosa, que se aventaja á todo.

Ha sido mi ánimo tan solo ir esplicando históricamente el libro de Cervantes, pues ¿á qué conduce elogiarlo, ¿quién no lo ha leído? ¿quién no lo sabe de memoria? ¿quién no ha dicho con Walter-Scott, sumo celebrador de Cervantes, como su mas digno competidor, que es una de las obras mas esclarecidas del ingenio humano? ¿Hay cuento mas popular, historia mas certera para agradar á todas las edades, á todos los gustos, temples y estados? ¿No se está viendo á toda hora á Don Quijote estirado, cenceño y circunspecto, á Sancho rechoncho, cuadradillo y chancero, y á su muger y al ama, al cura, barbero al maese Nicolás, á la moza Maritórnes, al bachiller Carrasco y á tantísimos mas? ¿y á todos los personages de la historia, comprendiendo á Rocinante y el rucio, otra pareja de amigos inseparables? ¿cabe olvidar cómo se ha ideado y desempeñado este libro? ¿cabe no estar palpando con asombro la unidad perfectísima del plan y la variedad portentosa de sus pormenores?—¿Aquella fantasía tan rebosante y tan prodiga que esta saciando mas y mas el afán de todo leyente?— ¿Aquella maestría sobrehumana con que se van siguiendo y enlazando los episodios, enardecidos con un interes siempre variado y siempre pujante, y de que se prescinde sin embargo para apersonarse mas regaladamente y a solas con los dos héroes? — ¿Su consonancia y su contraposición al mismo tiempo, las sentencias del amo, los chistes del escudero, un señorío nunca empalagoso, una jovialidad nunca chocarrera, una hermandad naturalísima entre la chanzoneta y la sublimidad, la carcajada y el embeleso, entre el pasatiempo y la moralidad? ¿Cabe por fin el no estar percibiendo el hechizo de aquel precioso lenguage, tan fluido y armonioso, señoreándolo todo con sus entonaciones y matices; de aquel estilo donde se cifran todos desde el cómico mas llano hasta la elocuencia mas grandiosa, y que ha hecho decir que el libro "está divinamente escrito en una lengua divina?"

Pero ¡ay! que este último regalo está vinculado en los que logran la dicha de leerlo en su original. Voló aquel tiempo en que se hablaba el castellano en Paris, en Bruselas, Munich, Viena, Milán y Nápoles, cuando era el idioma de las cortes, de la política y de los estrados; lo ha desbancado el francés. Se hace obvio, en desquite, á cada cual el figurarse que está leyendo el Quijote lográndolo trasladado á su propia lengua, puesto que si es el libro mas leído, es también el mas traducido de cuantos se conocen. Lo está en holandés, en sueco, en dinamarqués y en ruso. Sumos escritores, como Tieck y Soltau, se han dedicado á prohijar en Alemania el parto de Cervantes. Se le cuentan diez traductores en Inglaterra; Shelton, Gayton, Ward, Jarvis, Smollett, Ozell, Motteux, Wilmont, Durfey, J. Philips, ademas de un comentador inteligente, como el doctor Juan Bowle; y quizás otros tantos en Italia desde Franciosini hasta el anónimo de 1815, para el cual dibujó Novelli sus grabados. Mayor es todavía el número en Francia, si se juntan todas las versiones que han salido desde los primeros bosquejos de César Oudin y de Rosset, contemporáneos de la obra, hasta las tres traducciones publicadas en el siglo presente. El número de ediciones, de la sola traducción de Filleau de San Martin, publicadas en Francia, ascendía ya ¿se podrá creer? á cincuenta y una, y luego ha salido la cincuenta y dos. Esta aceptación sin igual está esclarecidamente demostrando los sumos quilates de mérito de la obra original y la curiosidad mas y mas ahincada que sigue escitando de generación en generación. Se requiere con efecto que atesore el Quijote un empuje vivífico ó mas bien que lleve consigo el sello de la inmortalidad, para retoñar así tan gloriosamente sobre los cercenes violentos de sus traductores. No cabía que alcanzasen todos la maestría y trascendencia de un libro que hasta logró burlar á los buscones del santo oficio. De allí proceden aquellas hablas preñadas, aquellas alusiones agudísimas, aquellas ironías primorosas, velos discretos que iba tendiendo Cervantes para encubrir á la vista de la Inquisición pensamientos harto arrojados y recónditos para presentarlos sin rebozo. Había, hace ya doscientos años, que leer el Quijote como el epitafio del licenciado Pedro García, y hacer como el estudiante del prólogo del Gil Blas, volcar la losa para saber cuál era el alma enterrada. Particularmente ahora que ya se nos trasponen las alusiones contemporáneas, queda el sentido mas recóndito. Se muestran las palabras; pero los conceptos se encubren. Se requiere una clave, y esta no se logra sino en los comentarios de Bowle, de Pellicer, de la Academia española, de Fernandez Navarrete, de los Ríos, de Arriata y de Clemencin.

Cervantes, ya sesenton, seguia trabajando con todo el ahinco v el raudal de la mocedad, adelantando de pareja varias obras de mayor monta. En aquella dedicatoria tan gallarda y aseñorada que encaminaba por Octubre de 1615, con la segunda parte del Quijote, á su protector el conde de Lémos, le participaba el envio cercano de otra novela, su Pérsiles y Sigismunda. Había igualmente ofrecido en otras ocasiones la segunda parte de la Galatea, y otras dos obras nuevas cuyo género se ignora, el Bernardo y las Semanas del Jardín. De las tres últimas no queda el menor rastro, y en cuanto al Pérsiles, lo dio á luz su viuda, en 1617. ¡Estrañeza singular! En la hora y punto que Cervantes acababa de rematar a saetazos chanceros y matadores las novelas caballerescas, con la misma pluma esterminadora estaba borroneando otra novela casi tan desatinada como las trastornadoras del magin de su hidalgo. Rasgueaba al mismo tiempo censura y apología, remedando á los mismos que vituperaba, y pecando por los propios deslices. ¡Mayor estrañeza todavía! Para este aborto estaba reservando sus raptos cariñosos; al modo de los padres cuya ceguedad enamorada antepone un fruto enfermizo de la ancianidad a sus primogénitos forzudos, pues hablando comedida y casi cortadamente del Quijote, allá estaba anunciando engreídamente al orbe el portento del Pérsiles La novela de Pérsiles, que ni admite parangón, ni cabe en clase alguna, es una sarta de episodios zurcidos, de aventuras descabelladas, de encuentros inauditos, de monstruosidades inverosímiles, de índoles inapeables y de afectos acicalados. Cervantes, retratista puntual y atinado de la naturaleza física y moral, acertó en arrinconar el suceso allá por las regiones hiperbóreas, puesto que viene á ser aquel un mundo soñado, ageno del que estaba presenciando. Por lo demas, al tropezar con aquel desenfreno de un talento sumo, cuyo ámbito abarca dramas á docenas y cuentos á centenares, asombra mas y mas una fantasía, casi septuagenaria, tan rebosante y fecunda todavía como la del Ariosto; pasma y embarga aquella pluma, siempre airosa, elegante y arrojada, engalanando las monstruosidades del contenido con los arreos vistosos del lenguage. Hay mas esmero y aliño en el Pérsiles que en el Quijote; pues á trechos asoma como dechado cabal de estilo, y es quizás el libro mas clásico de España, viene á ser un alcázar de mármol y de cedro, sin arreglo, sin proporciones y sin configuración, y reduciéndose á un cúmulo de preciosidades revueltas, en vez de ofrecer un cuerpo de arquitectura. Al presenciar el asunto del libro, el nombre del autor, la preferencia que le daba á todas sus obras, y las prendas esclarecidas que tan desatinadamente ha desperdiciado en él, hay fundamento para afirmar que el Pérsiles es uno de los yerros mas reparables del entendimiento humano.

No cupo á Cervantes disfrutar de la aceptacion que se estaba ya prometiendo de este postrer parto de su pluma, de aquel Benjamín de los hijos de su ingenio. Siempre desdichado, tampoco le cupo el columbrar la inmensa nombradía que le estaba reservando la posteridad. Al dar á luz, á fines de 1615, la segunda parte del Quijote, se hallaba ya adoleciendo de la enfermedad que lo acabó luego. Con la esperanza de lograr al entrar la primavera, algún alivio con el ambiente del campo, salió el 2 de Abril inmediato para el pueblo de Esquivias, donde vivía la parentela de su muger; mas empeorándose á los pocos dias, tuvo que volverse á Madrid en compañía y al cuidado de dos amigos. AI regreso de Esquivias le sucedió una aventura, de que hizo caudal para llenar su prologuillo del Pérsiles, y por la cual nos consta la única relación tal cual circunstanciada que tenemos de su dolencia.

"Sucedió pues, lector amantísimo, que viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquivias, por mil causas famoso, una por sus ilustres linages, y otra por sus ilustrísimos vinos, sentí que á mis espaldas venia picando con gran priesa uno que al parecer traía deseo de alcanzarnos, y aun lo mostró dándonos voces que no picásemos tanto. Esperámosle, y llegó sobre una borrica un estudiante pardal, porque todo venia vestido de pardo, antiparras, zapato redondo y espada con contera, valona bruñida y con trenzas iguales: verdad es no traía mas de dos, porque se le venia á un lado la valona por momentos, y él traía sumo trabajo y cuenta de enderezarla. Llegando á nosotros dijo: —Vuestras mercedes van á alcanzar algún oficio ó prebenda á la corte, pues allá está su ilustrísima de Toledo y su magestad, ni mas ni menos, según la priesa con que caminan, que en verdad que á mi burra se le ha cantado el Víctor de caminante mas de una vez? A lo que respondió uno de mis compañeros:—El rocin del señor Miguel de Cervantes tiene la culpa de esto, porque es algo que pasilargo. Apenas bubo oído el estudiante el nombre de Cervantes, cuando apeándose de su cabalgadura, cayéndosele aquí el cogin y allí el portamanteo, que con toda esta autoridad caminaba, arremetió á mi y acudiendo á asirme de la mano izquierda, dijo:—Sí, sí, este es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, finalmente, el regocijo de las musas. Yo, que en tan poco espacio vi el grande encomio de mis alabanzas, parecióme ser descortesía no corresponder á ellas, y así abrazándole por el cuello, donde le eché á perder de todo punto la valona, le dije:—Ese es un error donde han caído muchos aficionados ignorantes: yo señor, soy Cervantes, pero no el regocijo de las musas, ni ninguna de las demás baratijas que ha dicho vuesa merced: vuelva á cobrar su burra y suba, y caminemos en buena conversación lo poco que nos falta del camino. Hizolo así el comedido estudiante, tuvimos algún tanto mas las riendas, y con paso asentado seguimos nuestro camino, en el cual se trató de mi enfermedad, y el buen estudiante me desahució al momento diciendo:—Esta enfermedad es de hidropesía, que no la sanará toda el agua del mar Océano, que dulcemente se bebiese; vuesa merced, señor Cervantes, ponga tasa al beber, no olvidándose de comer, que con esto sanará sin otra medicina alguna.—Eso me han dicho muchos, respondí yo; pero así puedo dejar de beber á todo mí beneplácito, como si para solo eso hubiera nacido: mi vida se va acabando, y al paso de las efemérides de mis pulsos, que a mas tardar acabarán su carrera este domingo, acabaré yo la de mi vida. En fuerte punto ha llegado vuesa merced á conocerme; pues no me queda espacio para mostrarme agradecido á la voluntad que vuesa merced me ha mostrado. En esto llegamos á la puerta de Toledo, y yo entré por ella, y él se aparto á entrar por la de Segovia. Lo que se dirá de mi suceso, tendrá la fama cuidado, mis amigos gana de decillo, y yo mayor gana de escuchallo. Tórnele á abrazar, volvióseme á ofrecer, picó á su burra, y dejóme tan mal dispuesto como él iba caballero en su burra, quien había dado gran ocasión á mi pluma para escribir donaires; pero no son todos los tiempos unos: tiempo vendrá quizá donde anudando este roto hilo, diga lo que aquí me falta, y lo que sé convenia. Adios, gracias, adios, donaires; adiós, regocijados amigos, que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida."

Este prólogo inconecso y desencajado, donde está sin embargo mostrando Cervantes la jovialidad de su ánimo en el retrato chistoso del estudiante, antes de despedirse de sus regocijados amigos, fué su plumada postrera y violenta. Agravóse horrorosamente su achaque, se encamó y recibió la unción el 18 de Abril. Sonaba á la sazón el regreso inmediato del conde de Lémos, que pasaba del vireinato de Nápoles á la presidencia del consejo. El último pensamiento de Cervantes fué un impulso de gratitud, un recuerdo afectuoso de su amparador, pues al espirar dictó la carta siguiente:

Aquellas coplas antiguas que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: Puesto ya el pié en el estribo, quisiera yo no vinieran tan á pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras la puedo comenzar diciendo:}}

Puesto ya el pié en el estribo,

Con las ansias de la muerte,

Gran Señor, esta te escribo.

"Ayer me dieron la Estrema-uncion, y hoy escribo esta: el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y con todo esto llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies de V. E., que podría ser fuese tanto el contento de ver a V. E. bueno en España, que me volviese á dar la vida; pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los cielos, y por lo menos sepa V. E. este mi deseo, y sepa que tuvo en mí un tan aficionado criado de servirle, que quiso pasar aun mas allá de la muerte mostrando su intención. Con todo esto, como en profecía, me alegro de la llegada de V. E., regocijóme de verle señalar con el dedo, y realégrome de que salieron verdaderas mis esperanzas dilatadas en la fama de las bondades de V. E. etc."

Esta carta, que, segun Ríos, debieran tener siempre a la vista los grandes y los escritores, para enseñar á los unos la generosidad y á los otros el agradecimiento, está á lo menos comprobando la serenidad cabal que conservó Cervantes hasta el trance postrero. Desmayóse luego por largo rato, y espiró el sábado 23 de Abril de 1616.

Advirtió el doctor Juan Bowle agudamente que los dos ingenios mas sobresalientes de aquella temporada grandiosa, desconocidos entrambos por sus contemporáneos, y al par desagraviados por la posteridad, Miguel de Cervantes y Guillermo Shakspeare, habían fallecido cabalmente en el mismo día, y con efecto los biógrafos de éste lo cuentan difunto el 23 de Abril de 1616. Mas hay que hacerse cargo de que no regia á la sazón el calendario gregoriano en Inglaterra, donde solo se adoptó en 1754, rezagándose á los españoles en fechas, como lo están haciendo hoy los rusos con la Europa entera; y así sobrevivió Shakspeare á Cervantes doce dias.

Dispuso Cervantes en su testamento, nombrando por albaceas á su muger Doña Catalina de Palacios Salazar, y á su vecino el licenciado Francisco Nuñez, que le enterrasen en un convento de trinitarias, fundado hacia cuatro años en la calle del Humilladero, donde su hija Doña Isabel Saavedra, arrojada tal vez por el desamparo de la casa paterna, acababa de profesar. Es de suponer que se cumplieron los últimos deseos de Cervantes; pero en 1633, las monjas del Humilladero pasaron á otro convento nuevo de la calle de Cantaranas, y así se ignora el paradero de las cenizas de Cervantes, cuyo sitio no ha podido descubrirse por sepulcro, losa ó rótulo alguno.

Igual trascuerdo descaminó los dos retratos de Jáuregui y de Pacheco, y tan solo se ha conservado una copia hasta nuestros dias. Es del reinado de Felipe IV, la temporada esclarecida de la pintura española atribuyéndola unos á Alonso del Arco, otros á la escuela de Vicente Carducho, ó de Eugenio Cajes; pero sea de quien fuere, cuadra cabalmente con el retrato idéntico que rasgueó Cervantes de si mismo en el prólogo de sus Novelas. Supone que uno de sus amigos debía encabezar el libro con su retrato grabado, poniéndole al pié este rótulo: "Este que veis aquí de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada, las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes no crecidos, porque no tiene sino seis y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros, el cuerpo entre dos estremos, ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena, algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; este digo que es el rostro del autor de la Galatea y Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viage del Paraiso… y otras obras que andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño: llámase comunmente Miguel de Cervantes Saavedra:i" habla luego de su mano izquierda lisiada en Lepanto, y redondea así su retrato: “En fin, pues ya esta ocasion se pasó, y yo he quedado en blanco y sin figura, será forzoso valerme por mi pico, que aunque tartamudo, no lo será para decir verdades, que dichas por señas, suelen ser entendidas."

A esto se reduce cuanto se ha logrado recoger acerca de la historia de aquel varon esclarecido, uno de aquellos que compraron con las desventuras de toda la vida los obsequios tardíos de una nombradía póstuma. Nacido de familia honrada, pero menesterosa; educado al pronto decorosamente; atenido luego á la servidumbre por su desamparo; page, ayuda de cámara, después soldado; manco por la batalla de Lepanto; descollando en la toma de Túnez; cogido por un corsario berberisco; cautivo por cinco años en los baños de Argel; rescatado por la caridad pública, tras mil conatos infructuosos de ingenio y arrojo; soldado también en Portugal y en las Azores; prendado de una muger hidalga y menesterosa como él; reengolfado en las letras por afición y por amores, y retraído luego por escaseces; galardonado por su númen y sus servicios con una gran plaza de dependiente de provisiones; tildado de retenedor de caudales públicos; encarcelado por curiales, y descargado por su inocencia; encarcelado de nuevo por campesinos desmandados; metido á poeta y a agente de negocios, afanado tras negocios ágenos y comedias para ganarse la vida; sobresaliendo á los cincuenta y mas años con su verdadero destino; sin saber á qué Mecenas acudir para dedicarle sus obras; tropezando con la tibieza de un público que se digna reír, mas no justipreciarlo ni entenderlo; con émulos que le escarnecen y lo afrentan, y con amigos zelosos que lo traicionan; acosado por la necesidad hasta su vejez; olvidado de los mas, desconocido de todos, y falleciendo por fin solo y desamparado: tal fué la vida de Miguel de Cervantes Saavedra. A los dos siglos se cae en la cuenta de ir en pos de su cuna y de su huesa, de engalanar la última casa que habitó, con un medallón de mármol, de levantarle una estatua y de borrar el nombre de otro mas oscuro y afortunado, para estampar á la esquina de una calleja de Madrid el esclarecido nombre que está llenando el universo.


El ingenioso hidalgo Don Quijote del Mancha pg 52.jpg


  1. Este soneto es de la especie que llaman estrembote, por tener un terceto mas que los otros, componiendo diez y siete versos en vez de catorce; dice así: Voto á Dios que me espanta esta grandeza,
    Y que diera un doblón por descríbilla:
    Porque ¿á quién no suspende y maravilla
    Esta máquina insigne, esta braveza?
    Por Jesucristo vivo, cada pieza
    Vale mas que un millón, y que es mancilla
    Que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!
    Roma triunfante en ánimo y riqueza.
    Apostaré que el ánima del muerto.
    Por gozar este sitio, hoy ha dejado
    El cielo de que gosa eternamente.
    Esto oyó un valentón, y dijo: "Es cierto
    “Lo que dice voacé, ceor soldado,
    "Y quien dijere lo contrario, miente."
    Y luego incontinente,
    Caló el chapeo, requirió la espada,
    Miró al soslayo, fuese y no hubo nada.
  2. Este es el soneto de Góngora: "Parió la Reina: el luterano vino
    Con seiscientos hereges y heregías:
    Gastamos un millón en quince dias
    En darles joyas, hospedage y vino.
    Hicimos un alarde ó desatino.
    Y unas fiestas que fueron tropelías,
    AI ánglico legado y sus espías
    Del que juró la paz sobre Calvino.
    Bautizamos al niño Dominico
    Que nació para serlo en las Españas:
    Hicimos un sarao de encantamiento:
    Quedamos pobres, fué Lutero rico;
    Mandáronse escribir estas hazañas
    A Don Quijote, á Sancho y su jumento."