El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (Tomo I):11

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra
Capitulo XI.

que vuestra merced quiere darme por ser ministro y adherente de la caballería andante, como lo soy siendo escudero de vuestra merced, conviértalas en otras cosaá que me sean de mas cómodo y provecho: que estos, aunque las doy por bien recibidas, las renuncio para desde aquí al fin del mundo. —Con todo eso te has de sentar, porque á quien se humilla, Dios le ensalza; y asiéndole por el brazo, le forzó á que junto á él se sentase. No entendian los cabreros aquella geringonza de escuderos y de caballeros andantes, y no hacian otra cosa que comer y callar, y mirar á sus huéspedes, que con mucho donaire y gana embaulaban tasajo como el puño. Acabado el servicio de carne, tendieron sobre las zaleas gran cantidad de bellotas avellanadas, y juntamente pusieron un medio queso mas duro que si fuera hecho de argamasa. No estaba en esto ocioso el cuerno, porque andaba á la redonda tan á menudo, ya lleno, ya vacio como arcaduz de noria, que con facilidad vació un zaque de dos que estaban de manifiesto. Despues que Don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano, y mirándolas atentamente, soltó la voz á semejantes razones:

 ¡Dichosa edad, y siglos dichosos aquellos á quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en en ella vivian, ignoraban estas dos palabras de tuyo y mio! Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: á nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo, que alzar la mano y alcanzarle de las robustas! encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes rios en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecian. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo á cualquiera mano sin interes alguno la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedian de sí sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron á cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no mas que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia. Aun no se habia atrevido la pesada reja del corvo arado á abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre: que ella sin ser forzada, ofrecia por todas las partes de su
fértil y espacioso seno lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar á los hijos que entonces la poseian. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero en trenza y en cabello, sin mas vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de los que ahora se usan, á quien la púrpura de Tiro y la por tantos modos martirizada seda encarecen; sino de algunas hojas, de verdes lampazos y yedra entretegidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas, como van ahora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebia, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No habia la fraude, el engaño ni la malicia, mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que le osasen turbar ni ofender los del favor y los del interes, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje[1] aun no se habia sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no habia que juzgar, ni quien fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por donde quiera solas y señeras[2], sin temor que la agena desenvoltura y lascivo intento las menoscabasen, y su perdicion nacia de su gusto y propia voluntad: y ahora en estos nuestros detestables siglos no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta; porque allí por los resquicios ó por el aire con el zelo de la maldita solicitud se les entra la amorosa pestilencia, y les hace dar con todo su recogimiento al traste: para cuya seguridad, andando mas los tiempos, y creciendo mas la malicia, se instituyó la órden de los caballeros andantes para defender las doncellas, amparar las viudas, y socorrer á los huérfanos y á los menesterosos, Desta órden soy yo, hermanos cabreros, á quien agradezco el agasajo y buen acogimiento que haceis á mí y á mi escudero: que aunque por ley natural están todos los que viven obligados á favorecer á los caballeros andantes, todavía por saber que sin saber vosotros esta obligacion me acogisteis y regalastes, es razon que con la voluntad á mí posible os agradezca la vuestra.

 Toda esta larga arenga (que se pudiera muy bien escusar) dijo nuestro caballero, porque las bellotas que le dieron, le trujeron á la memoria la edad dorada, y antojósele hacer aquel inútil razonamiento á los cabreros, que sin respondelle palabra, embobados y suspensos le estuvieron escuchando. Sancho asimesmo callaba, y comia bellotas, y visitaba muy á menudo el segundo zaque, que, porque se enfriase el vino, le tenian colgado de un alcornoque. Mas tardó en hablar Don Quijote que en acabarse la cena. Al fin de la cual uno de los cabreros dijo:—Para que con mas veras pueda vuestra merced decir, señor caballero andante, que le agasajamos con pronta y buena voluntad, queremos darle solaz y contento con hacer que cante un compañero nuestro, que no tardará mucho en estar aquí, el cual es un zagal entendido y muy enamorado, y que sobre todo sabe leer y escrebir, y es músico de un rabel, que no hay mas que desear.=Apenas habia el cabrero acabado de decir esto, cuando llegó á sus oidos el son del rabel, y de allí á poco llegó el que le tañia, que era un mozo de hasta veinte y dos años, de muy buena gracia. Preguntáronle sus compañeros si habia cenado, y respondió que sí. El que habia hecho los ofrecimientos le dijo:—De esa manera, Antonio, bien podrás hacernos placer de cantar un poco, porque vea este señor huésped que tenemos, que tambien por los montes y selvas hay quien sepa de música: hémosle dicho tus buenas habilidades, y deseamos que las muestres, y nos saques verdaderos; y así te ruego por tu vida que te sientes y cantes el romance de tus amores, que te compuso el beneficiado tu tio, que en el pueblo ha parecido muy bien.—Qué me place, respondió el mozo; y sin hacerse mas de rogar, se sentó en el tronco de una desmochada encina, y templando su rabel, de allí á poco con muy buena gracia comenzó á cantar, diciendo de esta manera.

Antonio.
YO sé, Olalla, que me adoras,

Puesto que no me lo has dicho
Ni aun con los ojos siquiera,
Mudas lenguas de amoríos.
 Porque sé que eres sabida,
En que me quieres me afirmo:
Que nunca fué desdichado

Amor que fué conocido.
 Bien es verdad que tal vez,

Olalla, me has dado indicio
Que tienes de bronce el alma,
Y el blanco pecho de rísco.
 Mas allá entre tus reproches
Y honestísimos desvíos,
Tal vez la esperanza muestra
La orilla de su vestido.
 Abalánzase al señuelo
Mi fe, que nunca ha podido
Ni menguar, por no llamado.
Ni crecer, por escogido.
 Si el amor es cortesía,
De la que tienes colijo.
Que el fin de mis esperanzas
Ha de ser cual imagino.
 Y si son servicios parte
De hacer un pecho benigno.
Algunos de los que he hecho
Fortalecen mi partido.
 Porque, si has mirado en ello.
Mas de una vez habrás visto
Que me he vestido en los lúnes
Lo que me honraba el domingo.
 Como el amor y la gala
Andan un mesmo camino,
En todo tiempo á tus ojos
Quise mostrarme polido.
 Dejo el bailar por tu causa.
Ni las músicas te pinto
Que has escuchado á deshoras
Y al canto del gallo primo[3].
 No cuento las alabanzas
Que de tu belleza he dicho,
Que aunque verdaderas, hacen
Ser yo de algunas malquisto.
 Teresa del Berrocal,
Yo alabándote me dijo:
Tal piensa que adora un ángel,

Y viene á adorar á un ximio:
 Merced á los muchos diges,

Y á los cabellos postizos,
Y á hipócritas hermosuras
Que engañan al amor mismo.
 Desmentíla, y enojóse:
Volvió por ella su primo:
Desafióme, y ya sabes
Lo que yo hice y él hizo.
 No te quiero yo á monton,
Ni te pretendo y te sirvo
Por lo de barraganía.
Que mas bueno es mi designio.
 Coyundas tiene la iglesia
Que son lazadas de sirgo[4]:
Pon tu cuello en la gamella.
Verás como pongo el mio.
 Donde no, desde aquí juro
Por el santo mas bendito,
De no salir destas sierras

Sino para capuchino.
 Con esto dió el cabrero fin á su canto, y aunque Don Quijote le rogó que algo mas cantase, no lo consintió Sancho Panza, porque estaba mas para dormir que para oir canciones; y así dijo á su amo:—Bien puede vuestra merced acomodarse desde luego adonde ha de pasar esta noche que el trabajo que estos buenos hombres tienen todo el dia, no permite que pasen las noches cantando.—Ya te entiendo, Sancho, le respondió Don Quijote: que bien se me trasluce que las visitas del zaque piden mas recompensa de sueño que de música.—A todos nos sabe bien, bendito sea Dios, respondió Sancho.—No lo niego, replicó Don Quijote; pero acomódate tú donde quisieres, que los de mi profesion mejor parecen velando que durmiendo. Pero con todo esto seria bien, Sancho, que me vuelvas á curar esta oreja, que me va doliendo mas de lo que es menester.=Hizo Sancho lo que se le mandaba: y viendo uno de los cabreros la herida, le dijo que no tuviese pena, que él pondria remedio con que fácilmente se sanase: y tomando algunas hojas de romero de mucho que por allí habia, las mascó y las mezcló con un poco de sal, y aplicándoselas á la oreja, se la vendó muy bien, asegurándole que no habia menester otra medicina, y así fué la verdad.
El ingenioso hidalgo Don Quijote del Mancha pg 65.jpg


CAPÍTULO XII.
De lo que contó un cabrero á los que estaban con Don Quijote.


ESTANDO en esto, llegó otro mozo de los que les traian del aldea el bastimento, y dijo:—¿Sabeis lo que pasa en el lugar, compañeros?—Cómo lo podemos saber, respondió uno de ellos.—Pues sabed, prosiguió el mozo, que murió esta mañana aquel famoso pastor estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de amores de aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico, aquella que se anda en hábito de pastora por esos andurriales.—Por Marcela dirás, dijo uno.—Por esa digo, respondió el cabrero: y es lo bueno, que mandó en su testamento que le enterrasen en el campo como si fuera moro, y que sea al pié de la peñadon de está la fuente del alcornoque, porque segun es fama (y él dicen que lo dijo), aquel lugar es adonde él la vió la vez primera; y tambien mandó otras cosas tales, que los abades del pueblo dicen que no se han de cumplir, ni es bien que se cumplan, porque parecen de gentiles: á todo lo cual responde aquel gran su amigo Ambrosio el estudiante, que tambien se vistió de pastor con él, que se ha de cumplir todo sin faltar nada, como lo dejó mandado Grisóstomo, y sobre esto anda el pueblo alborotado: mas á lo que se dice, en fin se hará lo que Ambrosio y todos los pastores sus amigos quieren, y mañana le vienen á enterrar con gran pompa á donde tengo dicho: y tengo para mí que ha de ser cosa muy de ver, á lo menos yo no dejaré de ir á verla, si supiese no volver mañana al lugar.—Todos haremos lo mesmo, respondieron los cabreros, y echaremos suertes á quien ha de quedar á guardar las cabras de todos.—Bien dices, Pedro, dijo uno de ellos, aunque no será menester usar de esa diligencia, que yo me quedaré por todos; y no lo atribuyas á virtud y á poca curiosidad mia, sino á que no me deja andar el garrancho que el otro dia me pasó este pié.—Con todo eso te lo agradecemos, respondió Pedro.—Y Don Quijote rogó á Pedro le dijese qué muerto era aquel, y qué pastora aquella.—A lo cual Pedro respondió, que lo que sabia era, que el muerto era un hijodalgo rico, vecino de un lugar que estaba en aquellas sierras, el cual habia sido estudiante muchos años en Salamanca, al cabo de los cuales habia vuelto á su lugar con opinion de muy sabio y muy leido: principalmente decian que sabia la ciencia de las estrellas, y de lo que pasan allá en el cielo el sol y la luna, porque puntualmente nos decia el cris del sol y de la luna.—Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse esos dos luminares mayores, dijo Don Quijote.=Mas Pedro, no reparando en niñerías, prosiguió su cuento, diciendo: Asimesmo adevinaba cuando habia de ser el año abundante ó estil. —Estéril quereis decir, amigo, dijo Don Quijote.—Estéril ó estil, respondió Pedro, todo se sale allá: y digo que con esto que decia, se hicieron su padre y sus amigos que le daban crédito, muy ricos, porque hacian lo que él les aconsejaba, diciéndoles: Sembrad este año cebada, no trigo: en este podeis sembrar garbanzos, y no cebada: el que viene será de guilla[5] de aceite: los tres siguientes no se cogerá gota.—Esa ciencia se llama Astrología, Dijo Don Quijote.—No sé yo como se llama, replicó Pedro; mas sé que todo esto sabia, y aun mas. Finalmente, no pasaron muchos meses despues que vino de Salamanca, cuando un dia remaneció vestido de pastor con su ganado[6] y pellico, habiéndose quitado los hábitos largos que como escolar traia, y juntamente se vistió con el de pastor otro su grande amigo llamado Ambrosio, que habia sido su compañero en los estudios. Olvidábaseme de decir como Grisóstomo el difunto fué grande hombre de componer coplas, tanto que él hacia los villancicos para la noche del Nacimiento del Señor, y los autos para el dia de Dios, que los representaban los mozos de nuestro pueblo, y todos decian que eran por el cabo. Cuando los del lugar vieron tan de improviso vestidos de pastores á los dos escolares, quedaron admirados; y no podian adivinar la causa que les habia movido á hacer aquella tan estraña mudanza. Ya en este tiempo era muerto el padre de Grisóstomo, y él quedó heredado en mucha cantidad de hacienda, ansi en muebles como en raices, y en no pequeña cantidad de ganado mayor y menor, y en gran cantidad de dineros: de todo lo cual quedó el mozo señor desoluto;

  1. La sentencia del juez voluntaria y caprichosa desentendiéndose de las leyes.
  2. En las primeras ediciones y en las demas se decia señoras en lugar de señeras: errata de imprenta conocida. Señero ó señera quiere decir, solo ó sola: son voces anticuadas, que vienen del adjetivo latino singuli: y de aquí sendos, senos, sennos, señeros y señeras. Solo señero se decia por lo comun antiguamente.
  3. A media noche: primo, contraccion de primero.
  4. Seda: de sericum.
  5. Voz árabe, que significa propiamente abundancia de frutos y verduras.
  6. La edicion de Londres corrigió cayado por ser este pieza del trage de pastor mas propia que el ganado.