El inobediente (Versión para imprimir)

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Elenco
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El inobediente Félix Lope de Vega y Carpio


El inobediente

Félix Lope de Vega y Carpio

Los que hablan en ella son los siguientes:

 



El rey Danfanisbo
Ma[ca]ria, dama
Petronia, infanta
Lisbeo, capitán
Fenicia, dama


Iberio, galán, príncipe
El Demonio
Delio, soldado
Lirno, galán
Mario, galán


Fronibo
Rosanio, galán
Músicos
Sacerdotisas
Tres presos


Dios Padre
Coridón
Brofer
Ilbera
Todos




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Acto I
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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


  


LIRNO, DELIO y MARIO, soldados atados; FENICIA, ILBERA.
LIRNO:

  Perezcan entre estos montes
y vuelva el esquife al mar.

FENICIA:

¡Amigos!

DELIO:

Quédense a dar
leyes a estos horizontes.

ILBERA:

  ¿Es posible que queréis
dejarnos de aquesta suerte
en las manos de la muerte?
Mario, Lirnio!

DELIO:

No os canséis,
  vaya el esquife a la mar,
¡boga, boga!

FENICIA:

¡Ah, gente ingrata!
¿Así vuestro Rey se trata?
Aguardad.

LIRNO:

¿Qué es aguardar?
(Vanse.)


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


IBERIO:

  ¿Cómo es posible, enemigos,
que os mostréis sordos y mudos
a las voces de los tristes?
¿No hay ley, no hay Dios en el mundo?
¿Por qué delitos, qué culpas,
qué sinrazones, qué insultos,
nos dejáis entre estas peñas,
entre animales y brutos?
¡Plega a Dios que el mar se altere,
que en su estómago profundo,
entre montes de agua y viento
os dé el postrero sepulcro!
¡Plega a Dios que este pavón
que abriendo espumosos sulcos
corre, escarbando las aguas,
retoza en los golfos turbio,
corsando entre pardas peñas
pierda el norte, y en un punto,
el que es un leño a sus ojos,
parezca a los ojos muchos!
¡Justicia contra ti, reino perjuro,
pues castigas los buenos y los justos!


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FENICIA:

  ¡Que se va la loca nave!
¡Que nos deja, y que Neptuno,
por sus turquesados campos,
le da pasaje seguro!
¡Tenedle, cielos: mirad
que si prosigue su curso,
llegará a la patria amada,
de donde sacarnos pudo!
¡Oh, quién en los pies tuviera
las alas del dios Mercurio!
¡Y quién los suyos calzara
con el plomo de Saturno!
¡Quién fuera otro Polifemo,
que por la popa y los rumbos,
con fuertes peñas la hiciera
sumergir en los profundos!
Aguarda, fiero inventor
de traiciones y de insultos,
monstruo preñado de agravios,
Argos de honrados descuidos;
justicia contra ti, reino perjuro,
pues castigas los buenos y los justos.

IBERIO:

  Amada esposa, ¿qué haremos?
que ya la nave a los ojos
agua parece, y despojos
ya de su rastro no vemos.
  Este peñasco es terrible,
este monte inhabitable,
este arenal intratable,
y escapar es imposible.
  Subir allá no podremos
si esta peña no nos salva,
y es tan pelada y tan calva,
que en qué estribar no tenemos.
  Humanos pies sus arenas
han pisado, y tan airado
las combate el mar salado,
que de herirlas cesa apenas;
  ¿qué haremos?


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FENICIA:

Amado esposo,
morir, porque aquí me obligo,
mi bien, a morir contigo,
pues el morir es forzoso.
  Venga la muerte en tus brazos;
que como en ellos esté,
la muerte no sentiré
disuadida en los abrazos.

IBERIO:

  ¿Quién creyera esta traición?

FENICIA:

Ya la virtud se castiga.

IBERIO:

No sé, mi bien, cómo diga
lo que siente el corazón.
  Y quiero, con tu licencia,
mirar si este monte puedo
subir; que es vencer el miedo,
necesidad y prudencia.


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FENICIA:

  Yo en este peñasco, en tanto,
esposo, os aguardaré,
y al mar agua le daré
mientras tú a las peñas llanto.
(Vase.)
  Mar desatado y loco,
que estás entre ti mismo
haciéndote pedazos,
y a tu soberbia es poco;
este profundo abismo
en que extiendes tus brazos,
pues has deshecho lazos,
de mil amantes tiernos,
y a mil fuertes caudillos,
que te pusieron grillos,
al parecer eternos,
los quebraste y rompiste,
ampara a aquesta triste,
y a aquesta nave ingrata
dala sepulcro entre coral y plata.
  Mas ¡ay de mí! un esquife
cubierto de damasco
y gallardetes bellos,
aunque la mar se engrife
en forma de peñasco,
le peina los cabellos:
¡cielos, si son aquellos
que tanto mal me hicieron;
si se han arrepentido
y a librarme han venido!
¡Amigos! Ya me vieron,
y con espuelas de haya
se acercan a la playa;
ya en las arenas saltan
y el limpio pie de blanca espuma esmaltan.


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(LISBEO y otros.)
LISBEO:

  Dos queden en la barquilla,
y en esta dorada arena
del mar, veré si es sirena
la que parece en su orilla.
  Mas es tan hermosa y bella,
que en esto agraviada ha sido,
si del cielo se ha caído;
amigos, aquesta estrella.
  Sobre las arenas de oro,
donde con plata el mar topa,
parecéis, señora Europa,
llevada del blanco Toro.
  Y en verla dorada y rubia,
Danae parecéis vos,
y la arena el bello Dios
trocado en dorada lluvia;
  y aun quiere amor que presuma,
y que aquí llamaros pueda
bellísima dama, Leda,
y el blanco cisne esta espuma:
  como le da Danae estrella,
no llegan, señora, a vos,
que sois bella para Dios,
y para mujer muy bella.


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FENICIA:

  Mujer soy en quien se encierra
la desventura y pesar,
y a quien no sufre la mar,
y a quien persigue la tierra.
  Y es tanta mi desventura,
que el mar que miras aquí,
diciendo está mal de mí,
y parece que murmura;
  pero pues Dios, caballero,
y el mar sobre estas arenas
os trae a sentir mis penas,
saber de tus labios quiero
  dónde estoy, qué tierra miro;
que este monte, al cielo atlante,
es a la vista un diamante
si al mar parece un zafiro.

LISBEO:

  Quisiera poder, señora,
lo que me pedís hacer,
mas poderme detener
imposible será ahora.
  Mas en mi esquife sabréis
en la provincia que estáis,
e imaginad que llegáis
donde servida seréis
  en alta mar.

FENICIA:

¿Cómo? Aguarda
que venga mi esposo.

LISBEO:

¿Dónde
le tienes?


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FENICIA:

Señor, se esconde
tras aquella peña parda.

LISBEO:

  ¿Qué fue a buscar?

FENICIA:

Fue a buscar
poblado, senda o camino,
y pues tu clemencia vino
a ampararnos...

LISBEO:

Vaya al mar.

FENICIA:

  ¿Sin mi esposo?

LISBEO:

Sin tu esposo.

FENICIA:

¡Señor!

LISBEO:

Caminad con ella.

FENICIA:

¡Cielos! ¿Qué enemiga estrella,
o qué clima riguroso,
  me persigue desta suerte?

UNO:

¿A dónde iremos?

LISBEO:

Bogad,
amigos, a la ciudad.

FENICIA:

Mejor diréis a mi muerte.
(Vanse.)


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(PETRONIA, infanta, y ROSANIO.)
PETRONIA:

  Mil años ha que deseo
esta dulce soledad
en que contigo me veo.

ROSANIO:

Que gozo de tu beldad,
no es posible, no lo creo;
  dame una mano, señora,
aunque amanezca la aurora
de envidia llorando el día
la suerte y ventura mía.

PETRONIA:

La mano y el alma toma.

ROSANIO:

  ¿Qué, en efecto, ya me das
del alma la posesión?

PETRONIA:

Dueño del alma serás.

ROSANIO:

Macaria y Fronibo son
los que vienen, pues, atrás;
  en parte oculta, escuchemos
lo que dicen.

PETRONIA:

Dices bien.
(MACARIA y FRONIBO.)

FRONIBO:

Pues estas yedras que vemos
se abrazan y quieren bien,
envidia y celos las demos.


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MACARIA:

  Ya sabes, Fronibo mío,
que te adoro, y que el secreto
del alma apenas lo fío;
y pues eres tan discreto,
de tu prudencia confío
  más recato, no por mí,
que estos árboles que al cielo
quieren atreverse así,
son mudos para el recelo
que puedo tener aquí;
  pero por el Rey, que quiere
coronarme en la ciudad,
y desto su bien se infiere.

FRONIBO:

Mal podrá guardar lealtad
quien de envidia y celos muere;
  ¿quién podrá tener paciencia
de la ejecución de amor?
¿Quién podrá tener prudencia
en su rabioso furor?

MACARIA:

Fronibo, dame licencia
  y entre tanto aqueste abrazo
te entretenga.

FRONIBO:

Como dure
un siglo, señora, el lazo.

MACARIA:

Porque tu bien se asegure,
y que el tiempo acorte el plazo,
  procura darle la muerte
a la Infanta, que yo al Rey
se la daré airada y fuerte.
Que amor, como es Dios, sin ley,
todas las leyes pervierte;
  que aunque trescientas mujeres
tiene el Rey, me adora a mí
más que a todas.


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


FRONIBO:

Pues si quieres
que le dé la muerte aquí,
morirá.

MACARIA:

Es razón que esperes
  ocasión.

FRONIBO:

Dices muy bien.

MACARIA:

Pide al tiempo y al amor
ocasión.

FRONIBO:

Ellos la den.
¡Ay mi bien!

MACARIA:

¡Ay mi señor!

FRONIBO:

Vese en tus labios desdén.

MACARIA:

  ¡Jamás!

FRONIBO:

¡Júralo!

MACARIA:

Lo juro
a tus ojos y a tu amor.

FRONIBO:

Darte desdén no procuro.

MACARIA:

Segura me voy, señor.
(Vase.)

FRONIBO:

Y yo así quedo seguro.


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ROSANIO:

  ¿Tal infamia se consiente?
¿A la dama de tu hermano
se atreve?

PETRONIA:

Rosanio, tente,
que a mí me tomas la mano
y esotro lo calla y siente:
  esto a venganza no obliga
como esotro.

ROSANIO:

Es cosa llana.

PETRONIA:

Cada cual su estrella siga:
quiere tú del Rey la hermana,
y él quiera del Rey la amiga.

FRONIBO:

  ¿No es Rosanio el que la mano
ase a Petrolia? ¡Sí, él es!
¿Hay tal maldad? Mas es llano
que le habrán dado los pies,
pues la toma este villano.
  ¡Vive Dios que ha de morir!

ROSANIO:

Al Rey decírselo quiero.

FRONIBO:

Al Rey lo quiero decir.
(Vase FRONIBO.)

PETRONIA:

Porque coronarte espero,
mi Rosanio, has de advertir
  que importa que esta enemiga
muera porque quiere el Rey;
que a esta sinrazón se obliga
que reine contra la ley
de la razón.


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ROSANIO:

¿A su amiga
  quiere coronar por Reina?

PETRONIA:

Sí, amigo, que en la ciudad
solo la injusticia reina.

ROSANIO:

¿Y que sufra esta maldad
el que sus cabellos peina
  en zafiros y en diamantes?
Morirá aquesta mujer,
porque tus grandezas cantes.

PETRONIA:

Y así vendremos a ser
ejemplo de los amantes.
(Vanse.)
(DANFANISBO, rey; músicos, criados, mujeres, y MAESTRESALA.)

DANFANISBO:

  Buena ha estado la comida.

MAESTRESALA:

A lo menos no se ha visto
comida tan bien servida.

DANFANISBO:

No pensar donde yo asisto
que está el descanso en la vida;
  ver desnudas cien mujeres
sirviéndome, ha aumentado
mis gustos y mis placeres;
cantad, si tenéis templado.

MÚSICO:

¿Qué quieres, señor, que cante?

DANFANISBO:

  Un tono alegre, y bailad
vosotras.


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UNO:

Haráse así.

DANFANISBO:

Todo es fiesta mi ciudad;
a entrar Demócrito aquí,
riera: también cantad.
(Cantan.)

[MÚSICOS] :

  Gustos, bienes y alegrías
se acaban con nuestras vidas,
y hasta que venga la muerte,
pasemos la vida alegre.

MARCIO:

  A tus pies, gran señor, vengo
a demandarte justicia
de un agravio a tu corona,
mas que no a las canas mías.
Un mozo inconsiderado
hoy, citando partido el día,
en medio del cielo el sol,
y de oro el cielo matiza,
entró en mi casa, y por fuerza,
la honestidad de mi hija
violó con mano aleve,
sin temer leyes divinas.

REY:

¿Qué hizo?

MARCIO:

Robó su honor.

REY:

¿Pues adónde le tenía?

MARCIO:

Eu el alma que es el templo
en que el honor se eterniza.


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REY:

¿Pues para qué le guardaba,
o para qué le quería,
viendo que todo se acaba?
Oye, aquesta letra, y mira
la verdad; que este es engaño,
y es embeleco y mentira.
(Cantan.)

[MÚSICOS] :

  Gustos, bienes y alegrías
se acaban con nuestras vidas,
y hasta que venga la muerte,
pasemos la vida alegre.

MARCIO:

  Mira que aquel mozo ingrato,
señor, deshonró a mi hija
en presencia de mis canas:
hazme, gran señor, justicia.

REY:

Tu hija, ¿qué dice?

MARCIO:

Llora.

REY:

Vuelve, y dila que se ría,
porque matan a los hombres
llantos y melancolías;
y tú ríete también,
y el mozo premio reciba
a su atrevimiento; canten;
que me agrada la letrilla.

MARCIO:

Esta es la ciudad sin Dios;
pues en ella no hay justicia,
venga de Dios el castigo.
(Vase.)


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(Sale LISBEO.)
LISBEO:

Dame esas manos invictas.

REY:

¿Qué hay, capitán?

LISBEO:

Ya obedecen
tu nombre varias provincias,
y tus estandartes quedan
en tus ciudades y villas.
Degollé infinita gente,
porque entre gustos vivían,
y puse fuertes soldados,
columnas de tu milicia.
Todo de tu nombre augusto
tiembla, y en láminas ricas
de rubios bronces, eternas
serán como tus cenizas.

REY:

¡Hola! ¿Qué hacéis? ¿No cantáis?
Que el tono a cantar obliga;
ea, capitán, que es bueno
el tono de esta letrilla.
(Cantan.)

[MÚSICOS] :

  Gustos, bienes y alegrías
se acaban con nuestras vidas,
y hasta que venga la muerte,
pasemos la vida alegre.

MACARIA:

  Tarde he llegado a las fiestas.

REY:

Hermosa señora mía,
dame esos brazos y ocupa
a mi lado aquesta silla.


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MACARIA:

¿No es Lisbeo, gran señor
este que está de rodillas?

REY:

Viene triunfando, señora,
de naciones enemigas;
es valiente capitán
y venturoso en conquistas
premia, señora, sus hechos.

MACARIA:

Deme memorial, y pida
por tus servicios; que yo
ya dellos tengo noticias;
y ahora canten, señor;
que ver el baile quería.
(Cantan otra vez lo mismo.)

REY:

Baila, capitán. ¿No bailas?

LISBEO:

¡Que esto los cielos permitan!
¡Que esto se haga conmigo!
¿Quién quieres, Rey, que te sirva?
Honra a los que te den honra,
pues tan mal los premios miras.
Cuando traigo en bronce al pecho
hechos y hazañas escritas,
que en si escriben los soldados
a falta de coronista;
¡pides que premie mi espada
una mujer, y tu amiga!
¡Vive Dios!

MACARIA:

Dadle la muerte.


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LISBEO:

Y buscarás quien te sirva.

REY:

De la ciudad desterrado
salga, pena de la vida.

LISBEO:

¡Señor!

REY:

Caminad con él,
y matadle si replica.

LISBEO:

Esta es la ciudad sin Dios,
pues a los buenos castiga.

MACARIA:

Vengo del jardín, señor,
donde he estado entretenida
muy bien un rato, mirando
los alabastros y pilas;
que después que me has mandado
que en tus consejos presida,
ando cansada.

REY:

¿Y qué leyes
se guardan con mi justicia?

MACARIA:

He mandado desterrar
del reino la medicina;
que empeñaban los estados
sus mulas y sus sortijas;
que esos, gran señor, que ves
con barba peinada y limpia,
son hombres que los pagamos
porque nos quiten la vida.


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REY:

¿Y qué otra cosa has mandado?

MACARIA:

Que salgan dentro de un día
del reino todas las viejas
que de sus caras se olvidan.

REY:

Pues ¿por qué?

MACARIA:

Porque encarece
el arrebol a las niñas;
y ahora con tu licencia
voy al Consejo, y quería
dar nuevas leyes al reino,
derogando las antiguas.

REY:

¡Hola! Acompaña a Su Alteza,
publicándole mis dichas.
(Cantan.)

[MÚSICOS] :

  Gustos, bienes y alegrías
se acaban en nuestras vidas,
y hasta que venga la muerte
pasemos vidas alegres.
(Vanse todos y queda el REY.)
(Sale FRONIBO.)

FRONIBO:

  Pues en tan buena ocasión
solo a Vuestra Majestad
hallo, quiero, que es razón
descubrirle una maldad
y decirle una traición.

REY:

  ¿Traición estando yo vivo?
¿Contra quién?


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FRONIBO:

Contra tu honor.

REY:

¿Qué es lo que dices, Fronibo?
¿Contra mi honor?

FRONIBO:

Sí, señor.

REY:

¿De quién afrenta recibo?

FRONIBO:

  De Rosanio.

REY:

¿Pues por qué?
¿Es traidor Rosanio? ¿Quiere
darme muerte?

FRONIBO:

No lo sé.

REY:

¿Pues qué sabes?

FRONIBO:

Que se muere...

REY:

¿Por quién?

FRONIBO:

Yo te lo diré;
  sabrás, señor, que profana
el gran templo de tu honor.

REY:

No te entiendo.

FRONIBO:

Esta mañana
le vi en el jardín, señor,
abrazado con tu hermana.


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REY:

  ¿Con mi hermana?

FRONIBO:

Señor, sí;
mira si es traición.

REY:

Ve luego;
llámale.

FRONIBO:

Él viene aquí;
¡hoy, fiera envidia, sosiego
si deste me vengo así!
(Sale ROSANIO.)

REY:

  Rosanio, ya la verdad
se sabe, y que de mi hermana
eres galán.

ROSANIO:

Tal maldad,
quien la dijo
miente.

REY:

La muerte le dad
  si niega.

ROSANIO:

Ya sé, señor,
quién lo ha dicho; y así, aquí
quiero confesar mi error;
verdad es.

FRONIBO:

Hoy muero aquí,
y así el Rey le hace favor.


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REY:

  Rosanio, yo no sabía
que eras hombre tan honrado;
mas pues veo tu osadía,
tu deseo y tu cuidado,
que aspira a la sangre mía,
  a mi lado darte asiento
quiero, y esto no te asombre;
siéntate, amigo, contento,
que estimo mucho que un hombre
tenga tan buen pensamiento.
  Dice Fronibo que estás
de mi hermana enamorado;
y ahora que sé que das
en intento tan honrado,
te quiero y te estimo más
  que te quise, es cosa llana;
y ahora tu pensamiento
mi premio y mercedes gana,
pues tienes atrevimiento
de querer bien a mi hermana;
  que si yo hombre humilde fuera,
a la reina me inclinara
cuando bien me pareciera;
que esto el ánimo declara
y el buen gusto que tuviera.
  El gusto a mi hermana allana,
pues te da fama y renombre,
y si a tu ruego es tirana,
¡vive Dios! que yo, en tu nombre,
le dé un recado a mi hermana!


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ROSANIO:

  Estos pies me da a besar.

REY:

Ve, y prosigue en tus intentos,
que yo te prometo honrar;
que tan altos pensamientos
son muy dignos de estimar.

FRONIBO:

  ¡Cielos, no sé qué me diga!
Queriendo a su hermana bien,
le honra y no le castiga;
si es así, quiero también
decir que quiero a su amiga.
  ¡Señor!

REY:

¿De qué estás turbado?
¿Es porque he premiado así
a Rosanio, mi cuñado?

FRONIBO:

¿Tu cuñado, señor?

REY:

Sí.

FRONIBO:

¿Pues un humilde soldado
  has de casar con tu hermana,
cometiendo un crimen tal,
que tu palacio profana?

REY:

Calla, que le quieres mal.

FRONIBO:

¿Mal le quiero?

REY:

Es cosa llana;
  que si mal no le quisieras,
el caso no me contaras
y sus faltas encubrieras;
y si tú a mi hermana amaras,
también lo mismo quisieras.


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FRONIBO:

  Pues yo te pido perdón
de otro delito.

REY:

¿Y cuál es?

FRONIBO:

Que sin respeto y razón
quiero...

REY:

¿A quién?

FRONIBO:

¡Señor!

REY:

Di, pues.

FRONIBO:

A Macaria.

REY:

Esta es traición,
  porque no puedo creer
de hombre malicioso tal;
que si supieras querer,
no supieras hablar mal
de la más baja mujer;
  porque es cosa cierta y llana
que si a Macaria quisieras
con ambición loca y vana,
aquí no me descubrieras
los amores de mi hermana.
  Y en esto he echado de ver
tu envidia y firmeza poca,
pues con tu mal proceder,
has echado por tu boca
la muerte que has de beber.
  ¡Hola! ¡A una torre llevad
a este villano!


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FRONIBO:

Si yo...
(Salen ROSANIO y criados.)

ROSANIO:

¿Por qué va preso?

REY:

Acabad,
que va preso porque habló;
y así, vosotros callad.

ROSANIO:

  ¿Por qué va preso, señor,
Fronibo?

REY:

Para que calle,
y ahorcarle fuera mejor.

ROSANIO: ya no sé en qué halle

gusto y contento mejor;
  ya los saraos me han cansado,
y ya me cansan las fiestas
que a mi gusto han consagrado:
las luchas y las apuestas
que en los templos se han ganado:
  ya los banquetes costosos
con que me sirven contino,
donde en vasos olorosos
brinda al apetito el vino
tras los manjares sabrosos;
  y así, que busquéis quiero
otros modos de placeres;
que de tristeza me muero.

ROSANIO:

¿Tristeza habiendo mujeres?

REY:

Bien a las mujeres quiero;
  pero quiero que me des
otros géneros de vicios.


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ROSANIO:

¿Juegos?

REY:

Esos son después
de hacer otros ejercicios.
Ven acá; ¿qué gusto es
  el murmurar?

ROSANIO:

Alabar
le suelen todas las gentes;
es vicio tan singular,
que aun las plantas y las fuentes
se alegran con murmurar.

REY:

  ¿Y el mentir?

ROSANIO:

Este ejercicio
es causa de mil desastres;
todos lo tienen por vicio,
mas solamente los sastres
lo aprenden como su oficio.

REY:

  Y la vida picaresca,
¿es gustosa?

ROSANIO:

Es extremada;
de verano es ancha y fresca,
de invierno, en parte, templada;
sigue la jábega, y pesca.
  El que aquesta vida vive.
Come y duerme donde quiere,
jamás responde ni escribe,
jamás con veneno muere,
ni sobresaltos recibe.
  No le desvela el agravio
ni le ofende la privanza,
no pende de ajeno labio:
conténtale lo que alcanza,
y así vive como sabio;
  no teme, cobra, ni debe.


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


REY:

¡Por Dios que esta vida es bella!

ROSANIO:

Y la que a mí más me mueve.

REY:

No hubiera vida como ella
si estos bebieran con nieve.
  Ven acá; de ser ladrón
tengo deseo; ¿no es gusto?

ROSANIO:

Sí, mas para en procesión.

REY:

Esta noche, aunque es injusto,
pues la obscura confusión
  nos convida, salir quiero
con algunos disfrazado,
a robar, y entrar primero
en mi palacio.

OTRO:

Es sagrado.

REY:

Pues yo profanarle espero,
  que en la república son
necesarios los ladrones,
porque el temer de un ladrón,
da cuidado en ocasiones.
¿Qué rumor y ronco son
  es aquel?

CRIADO:

Lisbeo fiero,
gran señor, acompañado
de grueso ejército entero,
llega a tu palacio, armado
de horror, espanto y acero;
  que porque mal le trataste,
y después de haber vencido,
vencedor le desterraste,
este alboroto ha movido.


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


REY:

Pues su soberbia contaste.
  Rosanio al momento voy:
persíguele hasta matalle;
que mi potestá te doy.

ROSANIO:

Yo voy a desbaratalle
y a que conozca quien soy.

REY:

  ¿Qué hay de mujeres?

DELIO:

Señor,
dos viudas y dos casadas,
de calidad y de honor,
han traído.

REY:

Ya me enfadas:
¿posible es que en el amor
  no hay novedad?

DELIO:

Cosa es llana;
ama a tu madre.

REY:

Es ya vieja.

DELIO:

Ama, señor, a tu hermana.

REY:

Bien tu ingenio me aconseja;
luego su gusto me allana.

DELIO:

  No la quiso perdonar:
yo voy a hablar a su Alteza.

REY:

Ve, que por el variar
es bella naturaleza
y el gusto suele aumentar.


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


DELIO:

  Si es tu hermana, caso es justo
señor, que os améis los dos.
No hay Dios que se llame injusto.

REY:

¿Qué no hay Dios? ¿Qué cosa es Dios?
En Nínive es Dios mi gusto;
(Armas. Criados.)
(Sale IBERIO, de pieles vestido.)

IBERIO:

  Soberbias, altas y encumbradas peñas
que lloráis mis desdichas; claras fuentes,
que, murmurando, bajan vuestras breñas;
cristales que cuajáis vuestras corrientes,
y mi dolor mostráis sentir por señas;
arenas no habitadas por las gentes;
mar de espalda soberbia y espumosa,
¿quién me ha escondido mi querida esposa?
  Así no lleguen naves avarientas
a los senos ocultos de tus conchas
a robarte el tesoro que sustentas
en tu blanco coral sangriento a ronchas;
y así goces tus casas opulentas,
hechas de los cristales que destronchas
de los escollos de tu frente hermosa,
que me des nuevas de mi amada esposa.


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Salgan LISBEO y FENICIA.)
LISBEO:

  Si no puedes caminar,
yo te llevaré en los hombros;
que es el camino terrible
y los peñascos fragosos.
Todos mis amigos quedan
desbaratados y rotos;
que el escuadrón de Rosanio
nos ha contrastado a todos.
¡Ah, ciudad sin Dios aleve!
En lugar de blancos copos,
rayos caigan que te abrasen
los templos y capitolios;
y tú, Rey bárbaro y fiero,
en vida y costumbres monstruo,
plega al cielo que no goces
la púrpura y cetro de oro.

FENICIA:

Ya suenan las voces cerca;
hasta encontrar con mi esposo,
quiero engañar a este ingrato.

LISBEO:

Si me alcanzan, a tus ojos
me han de hacer dos mil pedazos,
y no dejarte es forzoso.

FENICIA:

Señor, aquí está un salvaje
de traje y de aspecto tosco,
cuya espalda y pecho cubre
con antiparras de lobo,
y este nos dará pasaje
por entre enebros y chopos.


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


LISBEO:

Escóndete: no te vea,
que eres mujer y él es monstruo,
hijos de estos montes altos,
y semidiós, en quien pongo
dos vidas que van huyendo
del poder de un campo todo.
Dinos, si acaso lo sabes,
alguna senda al fragoso
corazón de esta montaña,
porque mis contrarios oigo.

IBERIO:

Por el cristal de esta fuente,
grillo de los pies del olmo,
hay una senda que baja
a una playa donde pocos
mortales jamás se han visto;
y es tan áspero y fragoso
el camino, que alcanzaros
ha de ser dificultoso;
si no siguiera mi suerte
yo bajara con vosotros.

LISBEO:

Dame estos brazos, amigo,
a quien ofrezco el retorno
de esta amistad algún día.

IBERIO:

Yo estas palabras te tomo.

LISBEO:

Pues toma aquesta sortija
para que sirva de abono
a mi palabra; que el tiempo,
aunque tiene pies de plomo,
alas tiene en las espaldas,
y camina como él propio.
(Vanse.)


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


IBERIO:

No se pierde el hacer bien,
id con Dios; que yo a mis ojos
voy a humedecer con llanto,
buscando el alma que adoro.
(Vase.)
(ROSANIO y DELIO; REY.)

ROSANIO:

  Desbaraté la gente de Liberio,
y huyendo de mis manos con infamia,
¿qué selva quedará en el hemisferio,
  ni qué caverna que le esconda Idamia,
una mujer que dicen que en la orilla
del mar sola la halló, como a otra Lamia?
  Se escapó por las peñas, que seguilla
apenas él podía, que sospecho
que Atalanta a sus plantas se le humilla.
  Al fin, dejando su escuadrón deshecho,
y él huido y sin gente, no ha querido
seguirle más.

DELIO:

De tan heroico pecho
  no se esperaba menos, y has venido
a famosa ocasión.

ROSANIO:

¿Cómo?

DELIO:

Que quiere
el Rey, que por Macaria está perdido,
  como del caso esta verdad se infiere,
que le adoren por Dios. y en el palacio,
aunque esta ley a la razón altere,
  en un altar, que nunca admite espacio,
está para este efecto levantado,
donde la cornerina y el topacio
  sirven de claros ojos al brocado
que compone el dosel, ha de estar puesta,
en cuyo asiento Júpiter ha estado.


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


ROSANIO:

  ¡Miren qué Cintia o qué Diana honesta!

DELIO:

Solo es Dios hoy del reino el que el Rey nombra.

ROSANIO:

Ya viene el Rey, sin duda a hacer la fiesta,
  pues la música suena.

DELIO:

Al mundo asombra
tal novedad.

ROSANIO:

Callemos, que el Rey viene.
(Salgan todos con ramos en las manos, el REY y MÚSICOS.)

MÚSICOS:

Tu Real Majestad en esta alfombra
  le hará a la diosa el culto que conviene.

REY:

Todos por tierra a la inmortal plegaria
luego os postrad, y pues el cargo tiene,
  con pompa y ceremonia necesaria,
las señas haga luego el sacerdote.

SACERDOTISA:

Diosa inmortal de Nínive es Macaria.

REY:

  El palacio la música alborote,
y vosotros, con himnos y canciones,
haced que su deidad la gente note.
(Cantan.)

[REY] :

  Sacerdotisas hermosas,
con compás y con concierto
descubrid estas cortinas
con el debido respeto.
Y en tanto que se descubren,
desatad los dulces ecos
con el compás de la mano
a los dulces instrumentos.


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


(Suenan chirimías.)
TODOS:

¡Viva la diosa Macaria!

REY:

Y salgan de todo el reino
los dioses a quien se han dado
los holocaustos e inciensos.

CURIÓN:

Vosotros a la gran diosa
llegad, trepando y corriendo,
y en presencia del altar
luego os postrad por el suelo;
luego con tres reverencias
llegue el mismo Rey, haciendo
reverencia a la gran diosa,
y sígale todo el pueblo.

REY:

¡Vasallos! Aqueste Dios
es el que yo reverencio:
reverenciadle vosotros,
pena de eterno tormento.

TODOS:

¡Viva la diosa Macaria!

MACARIA:

Gran señor, yo os agradezco
el honor que me habéis dado,
y confesarle os prometo.


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


REY:

Sacerdotisas sagradas,
pues veis que yo gusto dello,
entretened a la diosa
con bailes, danzas y versos.
  A la diosa hermosa
tejed una trenza
con vueltas y lazos,
con saltos y vueltas.
Formadla gallarda
con mil continencias
y con cabriolas
que el aire suspendan.
¡Oh! ¡Qué bien parecen
las colores bellas
en plumas mudanzas
que por serlo alegran!
Si está ya acabada,
volved a hacerla,
que es clavel la diosa
y el baile de perlas.
Así es nuestra vida,
que no llega apenas
a verse tejida,
cuando está deshecha.
Con vueltas y salvas
haced reverencias,
y decid al son
de las castañetas:
¡Viva, viva la diosa bella!
¡Viva, viva y viva el Rey,
que si santa es ella,
poderoso es él!


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MACARIA:

  Gran señor, con tu licencia
quiero hacer audiencia ahora.

REY:

Tuyo es mi gusto, señora.

MACARIA:

¡Hola! Haced que entre la audiencia.
  ¿Por qué estás tú?

PRIMERO:

Porque dicen
que hurté un ídolo de plata.

MACARIA:

¿Hurtástele? Verdad trata.

PRIMERO:

Verdad es, que no desdicen
  mis labios lo que es verdad.

MACARIA:

¿Por qué lo robaste?

PRIMERO:

Hallé
sola la estatua, que fue
suplir mi necesidad,
  pues deshaciéndola, di
a mis hijos y mujer
de vestir y de comer.

MACARIA:

¿Luego eres casado?

PRIMERO:

Sí.

MACARIA:

  Vaya libre, que un casado
pobre y con hijos, disculpa
tiene, y antes tiene culpa
el que la estatua ha labrado.
  ¡Bueno es que tenga ocupada
la plata desta manera,
y que estotro de hambre muera!
La estatua fue bien robada.
  ¿Por qué estás tú?


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


SEGUNDO:

Porque debo
y no lo puedo pagar.

MACARIA:

Si no puedes, ve a buscar
cómo pagar, que no es nuevo
  el no tener: yo permito
que salga de la prisión,
porque es mucha sinrazón
que hagan el deber delito.
  ¿Y aqueste?

ROSANIO:

Porque mató
a su mujer.

MACARIA:

¿Has estado
con ella tiempo casado?

TERCERO:

Veinte años. Celos pidió.

MACARIA:

  Ve libre, que así conviene;
que quien pudo esclavo ser
veinte años de una mujer
celosa, disculpa tiene.
  Y éste, ¿por qué está?
(ROSANIO esté presente.)

REY:

Yo fui
quien le ha mandado prender
porque te quiso ofender.

MACARIA:

¡Cómo! ¿Este ofenderme a mí?

REY:

  Dijo, mi bien, que te amaba.


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El inobediente Acto I Félix Lope de Vega y Carpio


 


MACARIA:

¿Amor es delito?

REY:

Sí es.

MACARIA:

Préndete a ti mismo, pues
que me amas.

REY:

¡Sentencia es brava!

MACARIA:

  Todo el pueblo, por mil modos,
confiesa y dice, señor,
que me quiere y tiene amor:
bien puedes prender a todos
  los del pueblo si te infaman;
que como me amas así,
todos, por amarte a ti.
todos a mí, señor, me aman.
  Y pues por ti me ama, es llano
que tú le debes amar,
y yo aquí le quiero amar
dándole, señor, mi mano.

REY:

  Pues merece tu favor,
dásela y él la reciba.

TODOS:

¡La diosa Macaria viva!

MACARIA:

¡Y viva el Rey mi señor!


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Acto II
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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


Voces de mar, y sale JONÁS, profeta, huyendo.
JONÁS:

  ¡Vaya el engañador! ¡Matalde! ¡Muera!
¡Oh, bárbaros sin ley, samaritanos!
¿Quién vuestra voz contra mi vida altera?
¡Para un viejo sin manos tenéis manos!

TODOS:

Si le alcanzáis, matadle.

JONÁS:

¡Quién tuviera
alas en los dos pies, o en estos llanos,
aunque partiera en dos este horizonte!
¡Quién pudiera poner delante un monte!
  ¡Ah, Samaria cruel! ¡Ah, vil Samaria!
Niegue Dios el rocío a tus sembrados
y del cielo la hermosa luminaria
vista jamás de verde a tus collados!
¡El agua de tus fuentes necesaria,
se agote y seque, contra tus pecados
fuego llueven las nubes a la tierra,
y aunque busques la paz, vivas en guerra!
  Nocturnas aves con graznidos roncos
te formen siempre cánticos acerbos;
búhos te espanten con gemidos broncos
perros te aullen y te bramen ciervos;
sílbente las lechuzas, y en los troncos
las grajas enfadosas, y los cuervos,
cuajando el aire, en ofenderte tercos,
noche vuelvan el día en negros cercos.
  Por mandado de Dios fui a predicarte,
y en lugar de imprimirse en ti mi cuento,
has querido, Samaria, amotinarte
y dar tu voz contra mi vida al viento;
en tus vicios, cruel, quiero dejarte,
(Aparece DIOS sobre un arco iris, de medio cuerpo.)
aunque no haga de Dios el mandamiento.
Quédate entre tus sierpes, Vehemut fiera,
que a ti no he de volver.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


VOZ:

Jonás, espera.

JONÁS:

  ¿Quién me llama?

VOZ:

Yo soy que el mundo abarco
con mis dos pies que calzan los coluros.

JONÁS:

¿Dónde estáis que no os veo?

VOZ:

Sobre el arco,
que los ojos del cielo deja oscuros.
Éste mostró mi paz, cuando en el barco
primero entre los vientos mal seguros,
un Patriarca vio tras el diluvio
recamados los montes del sol rubio.
  Aquel creyó, y creyendo, en agua pudo
salvar el mundo; que la fe esto puede,
y a ti dudando te faltó el escudo,
donde no hay golpe que incapaz no quede.

JONÁS:

Señor, yo no he dudado, y si algo dudo,
de aqueste reino mi dudar procede;
que aunque en su oído vuestra voz se forme,
ocupado lo tiene el vicio enorme.
  Prediquéle, Señor, y airado y fiero,
en galardón me quiso dar la muerte,
y tu ley en aquel cobrar no espero;
su alma es con los vicios bronce fuerte:
a veces león fui, y otras cordero;
pero no pude de ninguna suerte
en su pecho imprimir tu ley divina;
que el deleite que es tierra a tierra inclina.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DIOS:

  Pues tus voces, Jonás, no han sido parte
a reducir esta ciudad perdida,
vuelve tu rostro, y desde aquí te parte
a Nínive, que en vicios divertida
está también.

JONÁS:

¡Señor!

DIOS:

No hay excusarte.

JONÁS:

Quitaránme la vida.

DIOS:

De tu vida
tengo cuidado yo, pues de mi mano
pende la vida del menor gusano.
  Diles que dentro de cuarenta días
hagan de sus errores penitencia,
pena de verse entre las manos mías,
en mi juicio, en la postrer sentencia;
haré que caigan de las nubes frías
guerra sobre ellos, sangre y pestilencia,
y si lloran su culpa en los cuarenta,
el premio y el perdón queda a mi cuenta.

JONÁS:

  ¿Qué crédito, Señor, darán a un hombre
desnudo y pobre, como yo, esta gente?
Un ángel enviad con que se asombre,
y no enviéis un hombre que os afrente.
¿Qué calidad, qué fama, qué renombre
tenéis, Jonás, para que un caso intente
tan arduo? ¿Qué he de hacer?


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DIOS:

¿Qué estás dudando?

JONÁS:

Señor, yo tengo de ir.

DIOS:

Haz lo que mando.
(Cúbrese la apariencia: queda JONÁS solo.)

JONÁS:

  Si me escapé en Samaria de la muerte,
a Nínive ¿a qué he de ir sino a otro tanto?
Huir quiero a Sidón, y desta suerte,
Nínive no podrá causarme espanto.
Si es el brazo de Dios eterno y fuerte
cada día le vence nuestro llanto;
huirme quiero a la provincia Tiria,
y envíe Dios sus ángeles a Siria.
  Cuatro caminos veo, ¿qué camino
de los cuatro irá a Nínive? Dudando
estoy; por este a huir me determino,
que de la Siria más se va apartando.
Mas ¿qué letras son estas, Dios divino,
que en el arena están? Haz lo que mando,
dicen las letras que borrar procuro;
mas parece que están en bronce duro.
  No las puedo borrar, ¡válgame el cielo!
Huiré por este, pues por el arena
las mismas letras forma, haciendo el suelo
blanco papel; mas esto Dios lo ordena.
A Nínive quiero ir; pero recelo
que han de matarme en Nínive. ¿Habrá pena
que se iguale a la mía? No me entiendo;
mas ¡ay! que si no voy, a Dios ofendo.
  Pero allí viene un hombre: él podrá darme
lo que mi confusión ciega codicia,
y hacia Tiro o Sidón podrá guiarme,
si tiene de sus términos noticia;
conmigo irá, si quiere acompañarme;
en caballo de miedo o de codicia
viene, sin duda, pues camina tanto.
Dios os guarde.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Un caminante, que es DEMONIO.)
DEMONIO:

Y a vos el cielo santo.

JONÁS:

  ¿Cuál, amigo, es el camino
de Sidón?

DEMONIO:

Este que al mar
está, señor, más vecino,
y yo os podré acompañar,
que a Sidón también camino.

JONÁS:

  ¿De dónde bueno venís?

DEMONIO:

De Nínive llego agora.

JONÁS:

De Nínive, ¿qué decís?
¿Y a qué Dios Nínive adora?

DEMONIO:

¡Ay de mí!

JONÁS:

¿De qué os sentís?

DEMONIO:

  Solo en oíros nombrar
a Nínive, el corazón
quiso del pecho saltar.

JONÁS:

¿Pues qué ha sido la ocasión
de vuestro enojo y pesar?

DEMONIO:

  Nínive, señor, es tierra
tan mala, que la malicia
en sus murallas se encierra:
ni hay Dios, ni hay Rey, ni hay justicia,
ni hay virtud, que la destierra;
  ella es la ciudad sin Dios,
y para buenos no es buena.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JONÁS:

Sin duda sois bueno vos,
pues desterraros ordena.

DEMONIO:

Aquí, para entre los dos,
  ¿sois de Nínive?

JONÁS:

No, amigo;
solo sé que Dios le tiene
prevenido un gran castigo,
y que allá...

DEMONIO:

Si no os conviene,
no vais; porque soy testigo
  de las mayores crueldades
que se han visto entre gentiles;
no hicieron tantas maldades
la ciudad de los pensiles
ni otras bárbaras ciudades:
  y así, señor, si allá vais,
sin duda os darán la muerte
si en ser vicioso no dais;
y pues por ventura y suerte
aquí, Señor, me encontráis,
  id a Tiro y a Sidón
conmigo.

JONÁS:

Digo, que vamos
en buena conversación:
¿qué está escrito en estos ramos?

DEMONIO:

Letras son.

JONÁS:

Hebreas son.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DEMONIO:

  ¿Qué dice?

JONÁS:

Haz lo que mando;
mi muerte en las letras veo.

DEMONIO:

¿Quién es quien te está turbando?

JONÁS:

Es el Dios del pueblo hebreo,
cuya ley voy predicando:
  manda que a Nínive vaya,
y yo, la muerte temiendo,
me escondo.

DEMONIO:

En ella se ensaya
la crueldad; que está corriendo
sangre de justos su playa;
  mas si tienes gusto de ir,
el camino que atrás dejas
va allá.

JONÁS:

No quiero morir;
bien, amigo, me aconsejas,
y yo te quiero seguir.

DEMONIO:

  Si estás de mi parecer,
sígueme.

JONÁS:

Vamos los dos;
que tu Orestes pienso ser;
esta vez perdone Dios,
que a Nínive no he de ver.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(SIQUER y LANFIRO desnudos, uno con un grillo, otro con un pedazo de espada.)
SIQUER:

  Gracias a Dios que nos vemos
libres de tal sujeción.

LANFIRO:

Quédate, infame prisión,
que ya libertad tenemos;
  quédate, jaula de locos,
inocentes pajarillos,
donde solo cantan grillos,
y si cantan, cantan pocos.
  Mar fiero, donde anegadas
mil almas veo en tu espuma,
y a donde un tajo de pluma
corta más que mil espadas.

SIQUER:

  ¿Ahora en darle epítetos
a la cárcel te detienes?
Ven presto, que si no vienes,
quizá en mayores aprietos
  nos veremos otra vez,
porque nos viene siguiendo
todo el mundo, a lo que entiendo;
que dar la muerte a un jüez,
  no es delito que no pide
digna venganza.

LANFIRO:

Pasemos
al monte, y en sus extremos,
pues ninguno nos lo impide,
  no faltará alguna cueva,
que nos dé mudo aposento,
y compraremos sustento,
del que seguro le lleva,
  a precio de miedo infame.


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SIQUER:

Y al primero que encontremos,
los vestidos quitaremos,
aunque su sangre derrame.

LANFIRO:

  Pues que supimos romper
la prisión, no habrá imposible
que no rompamos.

SIQUER:

Terrible
rumor suena.

LANFIRO:

Podrá ser
  la justicia.

SIQUER:

Pues huyamos;
aquí escondidos veremos
si es la justicia.

LANFIRO:

Busquemos
lo oculto de aquestos ramos.
(Escóndense, y salen JONÁS y el caminante.)

JONÁS:

  Después de haber caminado
más de cuatro leguas largas,
dices que de aquí al lugar
ocho por andar nos faltan.
Cansado estoy: ya los pies
apenas pueden la carga
sustentar; que es todo tierra,
y así a su centro le baja.

DEMONIO:

A esotra parte del río
está el lugar, que sus aguas
a sus ricos edificios
sirven de muros de plata.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JONÁS:

¿Hay puente para pasalle?

DEMONIO:

No, que se pasa con barca;
aunque es de curso tan pobre,
que por el vado le pasan.
Quiero llegar, y ver quiero
si a esta parte nos aguarda
o en la otra: mas no veo
barca ninguna amarrada.
Sin duda se la ha llevado
el río, que cuando asalta
los límites de su arena,
hasta las piedras arranca.
La noche viene corriendo,
y es forzosa mi jornada,
y detenerme no puedo;
que quiero ganar un alma.

JONÁS:

Alma, ¿cómo?

DEMONIO:

Si pasamos
el río, verás ganalla;
que está en pasar solamente
su ventura o su desgracia.

JONÁS:

Ventura y desgracia, ¿cómo?

DEMONIO:

Llevo, señor, una carta
a gran prisa, y si no llego
antes que amanezca el alba,
ha de perderse.

JONÁS:

¿Por qué?


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DEMONIO:

Quiero decirle la causa:
yo soy criado de un rey,
cuya majestad es tanta,
que las tres partes del mundo
casi en su nombre idolatran.
Fue hermoso como el lucero
que sale en conchas de nácar
vertiendo en los campos risa
cuando el sol su frente saca.
Pero de una enfermedad,
de una caída causada,
perdió la hermosura toda,
y está tan feo que espanta.

JONÁS:

¿De dónde cayó?

DEMONIO:

Cayó
de un monte, saliendo a caza;
que era el caballo soberbio,
y fue del caer la causa.
Quiso sentarse en la cumbre
del monte: el caballo agravia
con los pies en los ijares,
y el caballo se abalanza
con su soberbia a subir,
y las manos y pies alza,
y perdiendo los estribos,
cayó el rey, que dio de espaldas
en lo profundo del valle,
sin hermosura y sin habla.
Diéronle unas calenturas,
que un momento no le faltan,
y desde aquel punto vive
siempre en partes abrigadas.
Este rey al fin pretende
a una hermosísima dama,
la cual, porque está tan feo,
le aborrece y le difama.
Él la ofrece sus trofeos,
sus riquezas y sus galas,
y su reino finalmente,
para poder conquistalla.
Y en esta carta que llevo,
dice que si no lo alcanza,
se ha de matar, aunque pierda
el alma.


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JONÁS:

¡Extraña desgracia!

DEMONIO:

Al fin la carta, señor,
es cierto que ha de ablandarla,
a trueque que no se pierda
el alma.

JONÁS:

¡Mujer ingrata!

DEMONIO:

Pasemos, por vida vuestra,
por el vado, pues las blancas
guijas se ven como dientes
por donde las aguas hablan.

JONÁS:

Yo no me atrevo.

DEMONIO:

Yo iré
delante y a mis espaldas
os pasaré.

JONÁS:

No me atrevo.

DEMONIO:

Pues yo vadearé las aguas
para que paséis sin miedo,
o aguardad: mirad si bastan
estas corrientes a hundir
a un hombre: venid.
(Hace que entra en el río.)


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JONÁS:

Aguarda;
mas unas letras de fuego
veo en las aguas formadas,
y aunque son de fuego todas,
el agua no las apaga.
Haz lo que mando me dicen:
¡vive Dios que he de borrarlas
con esta piedra, enturbiando
las corrientes ondas claras!
Pero parece imposible
borrarlas.

DEMONIO:

Amigo, pasa;
que a la rodilla no llega
el agua corriendo mansa.

JONÁS:

Ya voy.
(Dentro dan voces.)

DEMONIO:

Mas ¡ay! que me ahogo,
no pases.

JONÁS:

¿Quién me lo manda?

DIOS:

Este anegarte quería.

DEMONIO:

Y este por mi mal te guarda.

JONÁS:

Hundióse el hombre, y del cielo
cayó un rayo, cuyas llamas,
las aguas han confundido.
¡Desgracia y desdicha extraña!


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(Húndese el río y lo demás, y salen SICAR y CORFINO.)
SICAR:

Pues estamos satisfechos
que no es justicia, las ramas
dejemos, y estos nos dejen
las espadas y las capas.

CORFINO:

Quedo, que es un hombre solo.

SICAR:

¿Un hombre solo y sin armas?

CORFINO:

¿De qué nación?

JONÁS:

Soy hebreo.

CORFINO:

Bien lo dicen traje y barba.

SICAR:

Ea, desnúdate, viejo.

JONÁS:

¿En qué este viejo os agravia?

SICAR:

Haz lo que mando.

JONÁS:

Señores...

CORFINO:

Haga, pues, lo que le mandan;
quítese el manto.

JONÁS:

En buen hora.

CORFINO:

Y la túnica.

JONÁS:

¿No basta
el manto?


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


CORFINO:

Haz lo que te digo.

SICAR:

Haga aquí lo que le mandan.
¿Tiene dineros?

JONÁS:

No tengo,
sino es en la barba, blanca.

CORFINO:

¿Pues sin dineros caminas?
¡Vive Dios!

SICAR:

Tente; que basta
dejarle solo y desnudo.

CORFINO:

¿Dónde va por las montañas
un viejo y a aquestas horas
sin camino?

SICAR:

Alguna causa
debe de tener el viejo,
pues del camino se aparta.

JONÁS:

¿Luego no voy por camino?

SICAR:

¿No lo veis?

JONÁS:

Yo caminaba
agora por un camino
ancho y de hermosura extraña.

CORFINO:

Una industria se me ofrece,
que nuestras vidas ampara:
pongámosle a este estos grillos,
y si por suerte le alcanza
la justicia, imaginando,
viéndole así, entre estas plantas,
que es alguno de nosotros,
entendiendo que nos hallan,
a Jopé le volverá.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


SICAR:

Dices bien.

JONÁS:

¿Por qué a mis canas
(Pónenle los grillos.)
no respetáis; que a los viejos,
los brutos respeto guardan,
señores?

SICAR:

Haz lo que mando.

JONÁS:

Solo con estas palabras,
cada vez que me las dices,
me atormentas y me matas.

CORFINO:

Ya los grillos puestos tiene.

JONÁS:

La muerte solo me falta.

SICAR:

Entrémonos por el monte
antes que la luna salga.

CORFINO:

El viejo vuelva a Jopé,
y haga allí lo que le mandan.
(Vanse.)

JONÁS:

¡Buenas mis venturas andan!
(Salgan algunos hebreos.)

PRIMERO:

  Rodeando el monte así,
no han de poder escaparse,
y presos han de llevarse
a Jopé.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


JONÁS:

¡Pobre de mí!
  Estos dos vienen buscando
a los que de aquí se han ido.

SEGUNDO:

Por aquí nos ha traído
sin duda Dios blanqueando
  tras de aquel árbol está.

SEGUNDO:

¡Mátale! ¡Mátale! ¡Muera!

PRIMERO:

¡Ah traidor!

JONÁS:

¡Detente! ¡Espera!

SEGUNDO:

Para llevarte será
  a Jopé, donde te den
mísera muerte y castigo.

PRIMERO:

¿Dónde está el otro su amigo,
que está culpado también?
  Que dos mil monedas de oro
gana el que preso os lleve.

SEGUNDO:

¿Cómo a mover no se atreve?

JONÁS:

¡Guardad a viejo el decoro!

PRIMERO:

  ¡Oh, ladrón viejo! ¿Y rompías
la prisión?

SEGUNDO:

¿Y en la vejez
le dabas muerte a un juez?
Dos mil muertes merecías.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


PRIMERO:

  Aún puestos los grillos tiene.

JONÁS:

No soy yo a quien vais buscando.

SEGUNDO:

Camina, y haz lo que mando.

JONÁS:

Esta voz misterio tiene.
  Señor, ¿en qué os he ofendido
que tanto me perseguís?

PRIMERO:

¿Ahora favor pedís,
viejo infame y mal nacido?

JONÁS:

  ¡Dadme la muerte los dos!

SEGUNDO:

En Jopé te harán morir.

JONÁS:

¿Pues a Nínive no he de ir
aunque me lo mande Dios?
(Llévanle.)


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


(LISBEO y ABISÉN, rey, salen.)
LISBEO:

  Con tus palabras a vengar me incitas
deste bárbaro pueblo y Rey tirano.
Ya te digo que están los ninivitas
sepultados en gusto y ocio vano;
y como me consientas y permitas
que enarbole, señor, en esta mano
el águila imperial de tu estandarte,
Cupido y Venus temblarán de Marte.
  Después de haber vencido y conquistado
una provincia rebelada y fiera,
y haber sobre sus muros levantado
sus armas y mi nombre en su bandera,
me mandó que saliese desterrado,
sin premio, sin honor, de esta manera;
alborotóse el pueblo en mi defensa,
mas pudo más su multitud inmensa.
  Que como el vicio reina, y es el vicio
el padre universal de todo el mundo,
y a quien queman los hombres sacrificio,
siguieron muchos su furor profundo;
y como la privanza es artificio,
y yo en servir y no en privar me fundo,
me he escapado, señor, de aquesta suerte,
y fue ventura no encontrar la muerte.

ABISÉN:

  Lisbeo, estos altivos galeones,
fabricados en brea y blanca espuma,
que parecen soberbios torreones,
de mi venganza escribirán la suma.
Esta dirán corriendo a los tritones,
y sin pluma a los pájaros con pluma;
y yo en ellos, armado de mi agravio,
veré a su honor el turquesado labio.
  Vengaréme del Rey, cuya malicia
ha sido tal, que mi deshonra topa,
pues sin ser toro, me robó a Fenicia,
imitando la fábula de Europa.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LISBEO:

¡Válgame Dios!

ABISÉN:

Pondrále mi justicia
temor y espanto, y clavaré en mi popa
por farol su cabeza, y por sus ojos
saldrá la luz, de mi furor despojos.

LISBEO:

  Que te robó a tu hermana es caso cierto.

ABISÉN:

Por orden suya entraron cinco naves
como pavones, ocupando el puerto,
dando envidia sus velas a las aves;
y él, me dicen, Lisbeo, que encubierto
con obras locas y palabras graves,
mi hermana me robó, que a ver la pesca
salió una tarde a la ribera fresca.
  Iban con ella cuatro damas solas,
y dos viejos ancianos escuderos
en un esquife, que en rizadas olas
se recreaba con los pies ligeros,
tendiendo luego sus hinchadas colas;
aquellos monstruos y gigantes fieros
de espuma y viento, vieron sus arenas,
a pesar de tritones y sirenas.
  Y pues me dices que en el ocio infame
vive el Rey y su gente, al viento demos
mi gruesa armada, aunque oprimida brame,
y en sus playas espanto sembraremos;
a embarcar el metal incite y llame,
y munición y gente convoquemos,
y a ti te hago mi lugarteniente,
para que mandes mi soberbia gente.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LISBEO:

  Beso tus pies por la merced suprema
a que me has levantado, y te prometo
de hacer, señor, que tu estandarte tema,
poniendo sus murallas en aprieto.

ABISÉN:

Pues el agravio no consiente flema,
ordena la jornada, y en efeto
pongamos mi venganza; zarpen luego,
y cuaje el mar de tu venganza el fuego.

FENICIA:

  Atenta escuchando he estado
tu plática, y te confieso
que si no he perdido el seso,
la vergüenza lo ha causado.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


LISBEO:

  Dame tus manos, señora,
que en tu casto proceder,
muy bien has dado a entender
lo que he colegido ahora.
  Ya me acuerdo que aquel día
que en la ribera te hallé
del mar; tu valor y fe
venció mi descortesía;
  y me acuerdo que dijiste
que eras esposa de un hombre
de reputación y nombre,
y pienso que no mentiste.
  Y me acuerdo que queriendo
ser tirano y descortés,
entre unas peñas después,
tus bellos ojos, vertiendo
  perlas y aljófares bellos,
por guardar tu honestidad
en aquella soledad,
esparciendo tus cabellos,
  me pediste y suplicaste
que enfrenase mi apetito,
y al pecho el fuego infinito,
con tus lágrimas templaste,
  conociendo ser mujer
ilustre y noble en efeto;
y así te guardé el respeto
que otros pudieran perder.
  Y pues fui tan atrevido,
que a tu esposo y tu señor
te quité, viva tu honor;
que en mí tendrá tu marido
  un escudo, que la vida
perderé por tu defensa;
y esto que es muy cierto piensa.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FENICIA:

Pues la ocasión me convida,
  quiero que sepas, Lisbeo,
mi feliz y triste suerte,
y en mis desdichas advierte
el gran poder de un deseo.
  Hermana soy de Abisén,
Rey desta provincia bella,
que la dividen de Arabia
estas montañas soberbias.
Pidióme para su esposa
Ardinabel, Rey de Persia,
afable y manso en las paces
y prodigioso en las guerras.
Pero temiendo mi hermano
su valor y fortaleza,
y que eran parte sus partes
para usurparle sus tierras,
no quiso, y él, ofendido
de su bárbara respuesta,
cubrió la tierra de espanto
y los aires de banderas.
Y tras de una clara noche,
el alba, llorando perlas,
amaneció, dando aviso
del daño que verse espera.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FENICIA:

Al fin, al subir del sol,
vimos los prados y vegas
matizados de colores,
bordando una primavera;
y en medio de las escuadras,
en una persiana yegua,
monte de nieve de lejos
y blanco cisne de cerca,
con un bozal de oro fino,
lleno de borlas de seda,
cuya color hurtó al cielo
para dar celosas muestras;
con un bastón en la mano
y una marlota de seda
turquí, llena de alcachofas
de plata cendrada y tersa,
al son de las dulces trompas
venía gallardo, y ella
parecía que danzaba
con saltos y con corvetas.
Tocó la ciudad al arma,
acudió el miedo a las puertas,
a las murallas los hombres,
las voces a las estrellas.
Cercados nos tuvo un año,
con tanta infamia y bajeza,
que se atrevió el hambre a entrar
al plato de nuestras mesas.
Pero los vecinos, tristes,
viendo que el daño se acerca,
despechados, salen juntos
una noche oscura y negra.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FENICIA:

Desbarataron sus campos,
y él, con infamia y afrenta,
con cien hombres salió huyendo,
dejando sola su tienda.
Salió mi hermano al alcance,
y en más de veintiséis leguas
la sangre de los persianos
fue un mar a las gentes nuestras.
Quedó libre la ciudad,
y los que en muros y rejas
se escondieron, ya en el campo,
viéndose libres, se alejan.
A esta sazón, por el puerto
cinco naves extranjeras
entraron, haciendo salva,
de mil flámulas cubiertas.
Piensa el pueblo que otra vez
vuelve el contrario, y se apresta;
mas ellos, desde las gavias,
paz demandaron por señas.
Dijeron que eran amigos;
que el furor de una tormenta
les arribó a aquellos puertos,
faltos de sustento y fuerzas.
Preguntaron qué nación,
y nos respondieron que eran
ninivitas, que pedían
por hospedaje clemencia.
Diles licencia que entraran:
nunca licencia los diera,
que desta licencia, amor
se entró al alma sin licencia.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FENICIA:

Luego, de la capitana
echan el esquife a tierra,
donde el Príncipe venía
cercado de su nobleza.
Vile entrar desde unos vidrios
de mi balcón, y fue fuerza
beber en ellos mi amor,
que se subió a la cabeza.
Viendo al Príncipe salir
de la mar por la ribera,
me pareció ver al sol
tras las confusas tinieblas.
Entró a palacio a besarme
las manos, y dile en ellas,
Lisbeo, mi libertad,
y en los ojos mil ternezas.
Confrontáronse las almas
y entendiéronse las lenguas,
que hablan mucho siendo mudas
cuando quieren y desean.
Declaróme su pasión,
y yo la mía en respuesta,
y luego el respeto quiso
atreverse a mi grandeza.
Concertamos que una tarde
saliese yo a ver la pesca
con dos escuderos solos
y solas cuatro doncellas,
y que tendrían sus naves,
puestas a punta las velas,
porque hiriendo en popa el viento,
se escapasen con la presa.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FENICIA:

Hícelo así, y él, a vista
de la ciudad, que me espera
por el muelle, y la marina
con regocijos y fiestas,
me roba y pone en su nave,
que pareció, en ligereza,
al águila del dios Jove,
que a Ganimedes se lleva.
Dio voces mi pueblo junto;
pero el mar, alzando fieras
de plata y de espuma cana,
en agua las voces mezcla.
Navegamos doce días
por zafiros y turquesas,
y al cabo dellos tocamos
de Nínive las arenas.
Y Danfanisbo, traidor,
que en ella entre vicios reina,
nos mandó sacar al punto
de aquella playa desierta,
porque le corrió fortuna,
con virtud y sin prudencia;
conmigo vivía, y él
así las virtudes premia.
Déjame el Príncipe sola
por buscar camino o senda;
tú en esta ocasión llegaste
y me llevaste por fuerza.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FENICIA:

En Nínive me tuviste
cuatro días encubierta,
y contra tu voluntad
mi honestidad se conserva.
Y pues hasta aquí, Lisbeo,
no has manchado mi limpieza,
quiero que tus mismas manos
su escudo y mi amparo sean.
Y fío decirle a mi hermano:
con esta armada me lleva,
pues voy en aqueste traje
tan segura y encubierta,
que si a Nínive llegamos,
podrá ser que el cielo quiera
que con mi esposo encontremos,
y fin mis desdichas tengan.

LISBEO:

  En mí, señora, tendréis
una defensa y escudo,
y en mis labios hallaréis
los de un Jenofonte mudo,
y un Pitágoras veréis.
  Con el debido respeto,
con esta armada, en efeto,
señora, te llevaré,
y el respeto igualaré
de mis labios al secreto.
  Y porque segura vayas,
no en la nave de tu hermano
verás las remotas playas
sulcando por el mar cano,
las puntas, líneas y rayas,
  sino en otra nave, adonde
puedas ir más escondida,
aunque nada el tiempo esconde.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


FENICIA:

Puesta en tus manos mi vida
a quien eres corresponde.

LISBEO:

  Ya las trampas en el muelle.
quieren que los hipogrifos
blanca espuma los estrelle,
y sus encrespados rizos
quieren que la armada huelle.

FENICIA:

  Pues que tocan a embarcar,
vamos.
(Vase.)

LISBEO:

Saliendo del mar,
después que sé que es hermana
de Abisén esta tirana,
la he de matar o forzar;
  con este hecho concluyo
con mi suerte y mi malicia,
y al Rey su honor restituyo
casándome con Fenicia
y siendo cuñado suyo.
(ROSANIO y PETRONIA, dama.)

PETRONIA:

  ¿Al fin dice que me adora
y me pretende?

ROSANIO:

Tu hermano.

PETRONIA:

¿Mi hermano?


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ROSANIO:

¡Calla, señora;
que tu muerte y fin es llano
con lo que dices ahora!
  Si mi dolor te provoca.
ten la voz, la boca no abras,
que al alma penetra y toca,
y dan muerte tus palabras
aunque salen por tu boca.

PETRONIA:

  ¿Siénteslo mucho?

ROSANIO:

El pesar
es tan grande y tan cruel,
que llegándole a explicar,
la mínima parte dél
pudiera el mundo abrasar.
  Y si su rigor te enseño
con ejemplos tan profundos,
mira si el pesar es dueño,
señora, de tantos mundos,
¿qué harán a un mundo pequeño?

PETRONIA:

  Pues cuando mi hermano fuera
de todo el mundo señor,
por tu amor le aborreciera,
que como es gusto el amor,
la calidad no pondera;
  y así pienso que será
vuestro amor más infinito,
si él gloria infinita da,
y el yerro de su apetito
el tiempo lo acabará.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ROSANIO:

  ¿Cómo?

PETRONIA:

Quiérome fingir
su enamorada, y al tiempo
que él pretenda conseguir
su deleite y pasatiempo,
le privaré del vivir;
  pues con cuchillo o veneno,
estando a solas los dos,
desde ahora le condeno.

ROSANIO:

Buen engaño.

PETRONIA:

Amor, que es Dios,
lo traza.

ROSANIO:

En extremo es bueno,
  y para que el Rey esté
engañado y satisfecho,
finge luego.

PETRONIA:

Yo lo haré;
que soy mujer, y del pecho
mujeril el fingir fue.
  El sol tiene movimientos,
la luna tiene mudanzas,
rabia el mar, furia los vientos,
el hombre tiene venganzas
y la mujer fingimientos;
  dijo a Sócrates un día
un hombre, en cuyo poder
el engaño hallar podría;
y él respondió: En la mujer
de quien el hombre se fía.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ROSANIO:

  Por eso dese tirano
monstruo jamás se fió,
Dionisio siracusano,
y a sus mujeres mostró
temor bárbaro y villano.
  Pues jamás durmió con ellas
que no mirase primero
los rincones, por temellas,
y en parte andaba grosero;
que eran por extremo bellas.
  La mujer es un tesoro,
de quien los hombres son Midas;
es un fingido decoro,
y en nuestras humanas vidas,
es veneno en vaso de oro;
  es una furia infernal,
aunque tiene de ángel nombre;
es un ingrato animal,
que cuando no puede al hombre,
a sí misma se hace mal;
  es un tirano poder
que nuestras vidas condena,
y al fin su imperfecto ser
no tuviera cosa buena,
si tú no fueras mujer.

PETRONIA:

  Bravamente mal la quieres.

ROSANIO:

No tiene cosa mejor
el mundo, que las mujeres,
y tiene tanto valor,
solo porque tú lo eres.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


PETRONIA:

  No dirá aquesto mi hermano
si penetra mi traición.

ROSANIO:

¿Finges al fin?

PETRONIA:

Es muy llano,
que el engaño y la traición
puso el tiempo en nuestra mano.

ROSANIO:

  ¿Cómo figuras?

PETRONIA:

Así.
Ufana de mi grandeza
estoy desde que te vi,
esclava soy de tu alteza:
si tanto bien merecí.
  ¡Ay, mi bien! ¡ay, mi señor!
¿Posible es que he merecido
tantas grandezas de amor?
Dame una mano, que pido
por merced y por favor.
  ¡Ay Dios, qué dulces despojos!
Pondréla, aunque tú no quieras,
en la niñas de tus ojos.

ROSANIO:

Yo pienso que hablas de veras;
que es la mujer toda antojos.

PETRONIA:

  Daréle de cuando en cuando,
estando a solas los dos,
un abrazo suspirando.

ROSANIO:

Basta, señora, por Dios,
que me das celos burlando.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


PETRONIA:

  Estos son celos injustos.

ROSANIO:

Antes los puedo llamar,
con justicia, celos justos;
que a solas el abrazar,
es la puerta de otros gustos,
  y más viendo que aunque estás
conmigo, nunca un abrazo
ni una ternura me das.

PETRONIA:

Toma, si con este lazo,
bien mío, contento estás.
(Abrázale. DANFANISBO entre, y DELIO.)

DANFANISBO:

  No llego a buena ocasión:
que está mi hermana ocupada.

DELIO:

Tomando está posesión
de la merced alcanzada,
Rosanio.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ROSANIO:

Estos brazos son,
  luna hermosa, en quien se encierra
tu sol, que en rayos benignos
quiere ennoblecer mi tierra,
y en ella los doce signos
meten paz y me hacen guerra.
  Aries muestra la piedad
destos dos labios que adoro;
Tauro, firmeza y lealtad;
Géminis, en niños de oro,
amor y eterna amistad;
  Cáncer, el fuego en que veo
que se arde mi corazón;
y de mi dichoso empleo,
la fortaleza el León;
Virgo, tu casto deseo;
  Libra, la mucha igualdad
de nuestro amor voluntario;
Escorpión, la crueldad
de mis celos; Sagitario,
las flechas de tu beldad;
  Capricornio, los antojos
del retrógrado en tu eterno
amor por causarme enojos;
Acuario, el confuso y tierno
de la lluvia de tus ojos;
  Piscis muestra y representa
un mar de gusto y pesar,
en que el alma se sustenta;
que en la inconstancia del mar
hay bonanza y hay tormenta.
  Estos doce signos bellos,
en la zona de tus brazos,
están siendo tú el sol dellos:
deja que viva en tus lazos
aunque me abrase con ellos.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DANFANISBO:

  Ya no los puedo escuchar:
aplacar quiero esta guerra.

DELIO:

Llégalos, señor, a hablar.

DANFANISBO:

Estando el sol en la tierra;
¿quién se deja de abrasar?
  Si a Rosanio has abrasado,
que es tierra que amar deseas,
también tus rayos me han dado.

ROSANIO:

¡Ay sombra, maldita seas,
que mi nombre has eclipsado!

DANFANISBO:

  Rosanio ponte a esta puerta
mientras Petronia, mi hermana,
mi amor y gustos concierta.

ROSANIO:

¡Cielos, si ha de ser liviana
mi mujer, mi muerte es cierta!
(Vase.)

DANFANISBO:

  Las novedades de amor,
hermana, placen al gusto,
que es para el alma mejor,
y pues es caso tan justo,
que me hagas algún favor,
  en esta ocasión te pido,
que si otro te ha de gozar,
yo, que tu hermano he nacido,
merezca el primer lugar,
pues en nacer le he tenido;
  que, ¿quién mejor que tu hermano?
te puede a ti merecer?
Dame una mano.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ROSANIO:

A tirano.
Enmedio me he de poner
porque no le dé la mano.
  ¡Señor!
(Pónese en medio de los dos.)

DANFANISBO:

¿Qué quieres?

ROSANIO:

Que está
Macaria a la puerta y quiere
entrar.

DANFANISBO:

Entre, dejalá.

ROSANIO:

Haré que a la puerta espere.

DANFANISBO:

Ven, verás cómo me da
  mi hermana la mano.

PETRONIA:

Tuya
ha de ser.

DANFANISBO:

¡Dichosa suerte!

ROSANIO:

Macaria viene.

DANFANISBO:

Concluya
hoy su vida con su muerte,
Rosanio, sin que se arguya
  de mí que quiero ni adoro
desde hoy a mujer humana,
sino a mi hermana: el decoro
de Dios la den a mi hermana,
y en altar estatuas de oro.
  Dame un abrazo.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


PETRONIA:

Señor,
el alma tu gusto aprueba.

DANFANISBO:

¡Oh, soberano señor!
Rosanio esta noche lleva
a mi hermana, sin rumor,
  a mi aposento.

ROSANIO:

Primero
has de dar muerte a Macaria.

DANFANISBO:

¡Muera luego!

ROSANIO:

¡Ah, suerte varia!
¡Ah, celos! ¡Tormento fiero!
  Para que Macaria muera,
sálgase de aquí Su Alteza.

PETRONIA:

Yo quiero salirme afuera.
¿Finjo bien?

ROSANIO:

Mucha terneza
muestra. ¡Morir no quisiera!
(Vase PETRONIA.)

DANFANISBO:

  Ven acá. ¿Con qué invención
podremos darla la muerte
a Macaria sin traición?

ROSANIO:

Con una extremada; advierte
y aprobarás mi intención:
  Desvelándome anoche, imaginando
nuevos modos, señor, de darte gusto,
vino a mi entendimiento un modo extraño
de gusto y novedad que tú codicias.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


DANFANISBO:

¿De qué suerte?

ROSANIO:

Señor, dar de repente
la muerte a un hombre; es cosa de gran gusto,
porque muere diciendo mil blasfemias
y haciendo mil visajes y posturas,
que provocan a risa y son de gusto.

DANFANISBO:

Extraña novedad, y me ha agradado
por lo que es novedad. Si entra Macaria,
dala luego, Rosanio; que ver quiero
su muerte con donaire, que le tiene
en todo cuanto intenta.

ROSANIO:

Delio viene.

DANFANISBO:

  En él empieza.
(Dale ROSANIO con la daga, y sale DELIO.)

DELIO:

¡Gran señor! ¡Ah, fiero!
¡Oh, Rey, tirano! ¡Ay, Dios!

DANFANISBO:

¡Por Dios que es gusto!

ROSANIO:

¿No viste los visajes que va haciendo?

DANFANISBO:

Gusto me ha dado a fe.

ROSANIO:

Macaria sale.

DANFANISBO:

Primero que ella salga, he de ver cómo
mueres tú.


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El inobediente Acto II Félix Lope de Vega y Carpio


ROSANIO:

¿Yo, señor?
(Dale el REY de puñaladas.)

ROSANIO:

¡Rabiando muero!

DANFANISBO:

Pide a mi hermana que te dé la vida.
pues ella te adoraba y la adorabas.

ROSANIO:

¡Sus celos me dan muerte!

DANFANISBO:

¡Oh qué bien mueres!
Ninguno con tan buenos ademanes
ha muerto; como tú culpa tuviste,
mueres en la invención que me trajiste.


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Acto III
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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


Ruido de mar, como se anega un bajel. Voces de dentro. Marineros y CAPITÁN.
MARINERO 1.º:

  ¡Cielos, que nos perdemos!
Los vientos gimen y los mares braman,
y desde sus extremos
las aguas por el mundo se derraman!
que en diluvio segundo
pienso que quiere el cielo hundir el mundo.

CAPITÁN:

  ¡Maina aquesa escota,
que el timón se ha rompido!

TODOS:

¡Maina, maina!

CAPITÁN:

Mas el mar se alborota,
y Orión el estoque desenvaina,
y este monstruo marino,
como ha perdido el norte, pierde el tino.

MARINERO 2.º:

  Esta tormenta fiera
no es natural, que tiene algún misterio.

CAPITÁN:

Según el mar se altera,
bañar quiere de espuma el hemisferio,
que excediendo su playa,
ya las cabezas de los montes raya.
  ¡Alija todo el cargo!
¡No se reserven cofres ni baúles!
Que este piélago amargo
se levanta en sus límites azules,
y el agua sin sosiego
mata en la cuarta esfera todo el fuego.


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MARINERO 3.º:

  Todo en el mar se ha echado,
desde el bizcocho a la avarienta pipa;
y el vino, alborotado,
por negras bocas en las sirtes hipa;
y los peces se quejan,
que en tal estrago sus costumbres dejan.

CAPITÁN:

  Arrojad hasta el centro
cuanto en la nave está; nada se quede;
que este fiero elemento
tragarnos con su furia a todos puede.

MARINERO 2.º:

¡Sal fuera! Este dormía,
que de cuna la nave le servía.
(Saque a JONÁS.)

CAPITÁN:

  ¿Es posible que ahora
esté durmiendo? ¿Estaba descuidado
cuando la gente llora
y el viento de su cárcel desatado,
con la nave en la espuma
escribe nuestro mal como con pluma?
  Hombre, ¿por qué no pides
a tu Dios, o a tus dioses si los tienes,
clemencia?

MARINERO 1.º:

No me olvides,
Júpiter santo.

MARINERO 2.º:

Porque al mar enfrenes,
para honrar tu decoro,
juro ofrecerte una sirena de oro.

CAPITÁN:

  ¡Pide a tu Dios clemencia,
hombre inconsiderado!

JONÁS:

No le tengo.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MARINERO 2.º:

Sin duda esta es sentencia
por algunos delitos; yo prevengo
el medio que conviene,
que la necesidad siempre los tiene.
  Echemos suertes todos;
y al que caiga la suerte, al mar echemos,
templando destos modos
los vientos que en el mar riñendo vemos;
que las aguas, bramando,
de alguno están justicia demandando.

CAPITÁN:

  Muy bien me ha parecido.
¡Cómo ha de ser!

MARINERO 2.º:

Así el temor no advierte:
dadme un palo, y partido,
al que tome el mayor caiga la suerte,
y aquese al mar se arroje.

MARINERO 2.º:

La nave se ha rompido y agua coge.

MARINERO 3.º:

  Yo los palillos traigo.
Ser quiero yo el primero, Dios me guía:
sin duda en el mar caigo;
mas no saqué el mayor.

MARINERO 2.º:

Fortuna mía...
(Saca.)
Mas también es pequeño.

CAPITÁN:

¡Dios, si este palo salvará este leño!

MARINERO 3.º:

  Los dos solos quedamos;
sacad, amigo.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


JONÁS:

¿Yo?

MARINERO 3.º:

Sacad de presto,
porque nos anegamos.

JONÁS:

Yo el más largo saqué, ya es manifiesto,
señores, mi pecado,
que el viento y mar por mí se han desatado.

CAPITÁN:

  ¿Pues quién eres?

JONÁS:

Un hombre
a su Dios y a su ley inobediente;
y porque no os asombre
el mar que al cielo toca con su frente,
poned al llanto pausa,
y desta tempestad sabed la causa.
  Jonás es mi propio nombre,
y soy de nación hebreo,
y fue Omelias mi padre,
un varón justo y honesto.
No adoro en Olimpo a Jove,
ni a Apolo en Persia y en Delfos,
sino al que le dio a Moisén
en Sinaí, ley y preceptos.
Al fin yo adoro en el Dios
a quien los cuatro elementos,
en la cárcel de sus rayas
tiene temor y respeto.
Con dos sílabas compuso
la hermosura de los cielos,
haciendo una hermosa octava
de la luna al firmamento.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


JONÁS:

Sobre este cuajó las aguas,
y sobre las aguas luego
las inteligencias puso
que las mueven a concierto.
Sobre el móvil de topacios
que más imitan al fuego,
labró su inmóvil alcázar,
contra los tiempos eternos.
En el estudio divino
deste Dios que estoy diciendo,
que Jehová los nuestros llaman,
nombre inefable e inmenso,
desde mis primeros años
me crié, siendo en su pueblo
apóstol, por varias partes,
de sus altos Sacramentos.
Prediqué su luz divina,
profeticé sus misterios,
hice en su nombre milagros
confirmación de sus hechos.
Mas como la inobediencia
es culpa con que nacemos,
Y está abrazada a la carne,
y nosotros somos cuerpo,
pudo hacer que el Dios que digo,
en cuyo altar está ardiendo
la gran lámpara del sol
que en su azul capilla vemos,
perdiese el respeto y diese
de un extremo en otro extremo,
que la virtud, si va al vicio,
del alma se arroja presto.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


JONÁS:

Al fin, mandóme que fuese
a Nínive, y yo, temiendo
la muerte, desconfié;
que el pecador siempre es necio.
Y este fue enorme pecado
contra su poder, sabiendo
que al órgano de las vidas
solo le tocan sus dedos.
Y después de haber querido
buscar los remotos reinos,
me embarqué en aquesta nave,
por apartarme más lejos.
Pero Dios mandó romper
los candados de los vientos,
y desasirse las aguas
de la cárcel de sus senos;
cubriendo el cielo de nubes,
entre bombardas de truenos,
y ha querido castigar
así mi poco respeto.
Y si quieres que la nave
toque de Tarsis el puerto,
o estos desatados montes
se recojan a su centro,
arrojadme al mar, señores,
que con los brazos abiertos
me aguarda para esconderme
en su vientre verdinegro.
Y si al mar no me arrojáis,
este templado instrumento
dará sin trastes al traste
en un peñasco soberbio.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CAPITÁN:

Si es verdad lo que me dices,
al mar luego te arrojemos;
que en esto a tu Dios honramos,
y servimos a los nuestros.
Perdona nuestra invención,
santo Dios de los hebreos;
que es bien que así se castigue
tu ofensa y tu menosprecio.
Y si alguno de vosotros
le ha ofendido, caiga luego
un rayo sobre él, que abrase
sus malditos pensamientos.
Vaya, que nos anegamos;
arrojadle.
(Arrójanle al mar; salga la boca de la ballena, que le recibe.)

MARINERO 2.º:

Ya está hecho.

JONÁS:

En vuestras manos, Señor,
el espíritu encomiendo.

CAPITÁN:

¡Válgame Dios! Un pescado.
entre sus labios sangrientos
le recogió; que aun las aguas
no quisieron recogerlo.

MARINERO 1.º:

El viento invisiblemente
se ha sosegado, y el cielo
sus ricos celajes de oro
y de azul ha descubierto.

MARINERO 2.º:

Parece que se han quejado
las aguas.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CAPITÁN:

Y en sus espejos
ya nos miramos los rostros,
y casi su arena vemos.
¡Raro milagro! ¡Oh gran Dios
de los hebreos! Supremo
es vuestro poder.

MARINERO 2.º:

De Tarsis
ya descubrimos el puerto.

CAPITÁN:

Haced salva y alegrías,
y los grumetes subiendo
a las gavias, las coronen
de mil gallardetes bellos.
(Vuélvese la nave con mucha alegría y calma de mar. PETRONIA y MACARIA, damas.)

PETRONIA:

  Mucho ha que deseaba
verme, Macaria, contigo.

MACARIA:

Yo en este cuidado estaba;
y pues aquí estás conmigo,
dime lo que quieres.

PETRONIA:

Brava
  vienes.

MACARIA:

Quiéranlo los cielos.

PETRONIA:

¿Qué traes?

MACARIA:

Ponzoña, muerte,
desconfianzas, desvelos,
y en venir de aquesta suerte,
podrás ver que tengo celos.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


PETRONIA:

  ¿Celos de quién?

MACARIA:

¿No lo sabes,
siendo dellos la ocasión
y el efecto?

PETRONIA:

Ten, no acabes;
que esas palabras no son
para personas tan graves
  como yo.

MACARIA:

¿Pues tú quién eres?

PETRONIA:

¿Loca, quién tengo de ser?

MACARIA:

Una mujer, que hombres quieres.

PETRONIA:

Mujer soy, mas soy mujer
que enfreno locas mujeres.

MACARIA:

  A mí no me enfrenarás.

PETRONIA:

Necia, ¿no eres mi vasalla?

MACARIA:

Tu reina decir podrás.

PETRONIA:

¿Mi reina?

MACARIA:

Tu reina.

PETRONIA:

¡Calla,
bárbara, que en ti no estás!
  En ti la opinión se infama
del Rey, pues siendo del Rey,
eres de Danfisbo dama;
y a los dos, sin Dios ni ley,
les das mesa y les das cama.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MACARIA:

  Y tú ¿no has hecho matar,
como otra Erífile fiera,
a Rosanio, por gozar
a tu hermano?

PETRONIA:

Si quisiera,
loca, yo a mi hermano amar,
  ¿era menester dar muerte
a Rosanio? ¿Fui con él
atrevida yo por suerte?

MACARIA:

¿Al fin que lloras por él?

PETRONIA:

Soy mujer de bronce fuerte.

MACARIA:

  Contiendas dejando aparte,
¿qué me quieres?

PETRONIA:

Quiero aquí...

MACARIA:

¿Suplicarme?

PETRONIA:

¿Suplicarte?

MACARIA:

Yo vengo a mandarte a ti.

PETRONIA:

Yo soy la que he de mandarte;
  y así te mando que dejes
luego el amor de mi hermano.

MACARIA:

Yo a ti que no me aconsejes.

PETRONIA:

Pues si es contigo tirano,
mira que dél no te quejes.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MACARIA:

  Pues si es tirano contigo,
no te quejes tú tampoco.

PETRONIA:

El Rey loco está conmigo.

MACARIA:

Conmigo el Rey está loco.

PETRONIA:

Yo le obligo.

MACARIA:

Y yo le obligo.

PETRONIA:

  ¿No ves que hay gran diferencia
en las dos?

MACARIA:

Amor, que es ciego,
a lo amado da excelencia.

PETRONIA:

Ya la llama de este fuego
asiste en nuestra presencia.

MACARIA:

  Pues mira para que veas
cómo ansí amor corresponde;
y el engaño en que le empleas,
en este canal le esconde.

PETRONIA:

Sí haré para que lo creas,
  y luego te esconderás
tú también, y lo que digo
si es verdad conocerás.

MACARIA:

De tu mal serás testigo.

PETRONIA:

Tú de mi bien lo serás.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Escóndese PETRONIA y sale DANFANISBO.)
DANFANISBO:

  El rato que estoy sin ti,
bella Macaria, mi bien,
loco estoy, estoy sin mí.

MACARIA:

¡Ah, ingrato!

DANFANISBO:

¿Tú con desdén
conmigo, Macaria, así?
  ¿Qué te puede a ti enojar?
Pídeme cuanto se encierra
en las entrañas del mar,
y el tesoro que la tierra
sabe avarienta guardar;
  que yo lo pondré a tus pies,
a trueque que estés contenta.

MACARIA:

Sí haré, como aquí me des
un imposible.

DANFANISBO:

Pues cuenta,
como tú contenta estés,
  ¿el imposible en amor
mayor, más fácil y llano,
es darte el mundo?

MACARIA:

Mayor.

DANFANISBO:

¿Poner el viento en tu mano?

MACARIA:

Mayor.

DANFANISBO:

¿Es poner temor
  a una mujer, si está
resuelta, determinada?


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MACARIA:

Mayor.

DANFANISBO:

¿Mayor?¿Qué será?

MACARIA:

Dar muerte a tu hermana amada.

DANFANISBO:

¡Eso es imposible!

MACARIA:

¡Ya!
  Es el mayor imposible
que se le pudo pedir.

DANFANISBO:

Ya, Macaria, estás terrible;
luego al punto ha de morir;
que a mi amor todo es posible.

MACARIA:

  ¿Pues adorándote así
la quieres matar?

DANFANISBO:

No hay cosa
más odiosa para mí;
¡muera!

MACARIA:

Mira que es hermosa.
¿Oyes lo que dice?

PETRONIA:

(Donde está escondida.)
¡Sí!

MACARIA:

  ¿Pues hanme dicho que quieres
hacerla contigo reina?

DANFANISBO:

Sobre todas las mujeres,
Macaria en mí vive y reina.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MACARIA:

¿Oyeslo?

PETRONIA:

¡Sí!

MACARIA:

¿Qué más quieres?
  Yo me voy.

DANFANISBO:

¿Dónde te vas?

MACARIA:

A llorar hasta que muera
tu hermana.

DANFANISBO:

Pesada estás,
mi vida; un momento espera,
y aquí muerta la verás.

MACARIA:

  No haré.

DANFANISBO:

Tu cólera es mucha.

MACARIA:

¿Veslo?

PETRONIA:

No creyera tal;
¡en mi muerte y vida lucha!

MACARIA:

De ordinario oye su mal
el celoso y el que escucha.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DANFANISBO:

  Sobre sus celos ha huido;
que es huir sobre un caballo
desbocado y atrevido,
que jamás puede enfrenallo
el más prudente sentido;
  que el entendimiento ofende,
noche en los días de amor,
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
y son los celos un duende,
que no se ve y da temor.
  Son mortal desasosiego,
que ponen la vida en calma,
humo de encubierto fuego;
y al fin son pulgas del alma,
que pican y saltan luego.
  Pero mi hermana es aquella
(Salga PETRONIA.)
hermana, señora mía,
lumbre más hermosa y bella
que la que hermosa el día
y da luz a tanta estrella.
  ¿Vos triste, vos afligida?
Es para afligirme a mí,
si está en la vuestra mi vida.

PETRONIA:

Si me quisieras a mí
con fe cierta, y no fingida,
  ya hubieras hecho, señor,
lo que pido.

DANFANISBO:

¿Qué imposible
por ti no acaba mi amor?
Que como es incomprensible,
es imposible mayor:
  pide.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


PETRONIA:

Que muerte le des
a Macaria.

DANFANISBO:

Luego al punto
lo haré, porque alegre estés;
y el bello cuerpo difunto
será alfombra de tus pies;
  que no hay cosa para mí
más cansada y enfadosa.

PETRONIA:

¿Oyes lo que dice?
(MACARIA escondida.)

MACARIA:

¡Sí!

PETRONIA:

¿Cómo a mujer tan hermosa
quieres dar muerte?

DANFANISBO:

Por ti,
  no solo muerte daré
a Macaria, que es mujer
loca, inconstante y sin fe,
sino a cuantas de su ser
la tierra en sus brazos ve.

PETRONIA:

  Pues hanme dicho que quieres
hacella contigo reina.

DANFANISBO:

Sobre las demás mujeres,
mi hermana en Nínive reina.

PETRONIA:

¿Oyeslo?


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MACARIA:

¡Sí!

PETRONIA:

¿Qué más quieres?

MACARIA:

  ¿Y cuando vendré a alcanzar
de mi pretensión el fin?

PETRONIA:

Mañana.

DANFANISBO:

Nombra el lugar.

PETRONIA:

En el jardín; que el jardín
con la yedra enseña a amar.

DANFANISBO:

  ¿Pues tiene firmeza?

PETRONIA:

Y mucha,
mas no es a la mía igual.

MACARIA:

Mi vida y mi muerte lucha.

PETRONIA:

De ordinario oye su mal
el celoso y el que escucha;
  voy al jardín a buscar
lugar que nos vea y calle;
a Rosanio he de vengar.

MACARIA:

Mañana pienso matalle.

PETRONIA:

Mañana le he de matar.
(Vanse las dos.)


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Salen FRONIBO y otros, trayendo a IBERIO asido y vestido de pieles.)
FRONIBO:

  Salí contra el tropel de los Villanos
con mil hombres no más, y huyeron todos
dejando al capitán desamparado;
seguimos al alcance de su huida,
y degollaron infinitos dellos
los nuestros; y prendiendo desta suerte
al capitán, que entre estas pieles pardas
encubría quién era, y conocimos
que era, señor, el Príncipe tu hermano,
y que por su ocasión aquellos rústicos
se habían conjurado, y no he querido
matarle hasta traerle a tu presencia;
de tus labios escuche la sentencia.

DANFANISBO:

  ¿Es posible que aún vives?

IBERIO:

Rey tirano,
fratricida, cruel, más que no el yerno
de Pandión, ¿qué insultos, qué delitos,
te movieron a hacer maldad tan grande?
¿Cómo hiciste conmigo y con Fenicia,
hermana de Abisela y mujer mía?
Si tú tuviste, infame, atrevimiento
para engañarnos y para meternos
en una nave, solo con intento
de quitarnos la vida en unas sirtes;
y si fuiste cruel que en otra playa,
habitada de monstruos y de fieras,
y de gentes humanas no habitada,
nos dejasen sujetos a la muerte,
donde mi esposa de animales fieros
sustento ha sido a sus sangrientas bocas,
cuya sangre coral volvió las rocas,
  ¿no quieres que los cielos me den vida
y sustento los árboles silvestres,
agua las peñas a mi llanto amargo,
y su favor los hombres? Al fin vivo
estoy; por más tormentos intentabas
con aquellos pastores darme muerte;
mas no quieren los dioses; que recelo
que para un grande bien me guarda el cielo.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DANFANISBO:

  Ponedle en una torre donde muera,
y no le den comida ni sustento;
quiero ver los días que entretiene
la vida sin comer un hombre.
(Sale un capitán.)

CAPITÁN:

Apresta
tu ejército, señor; suenen las trompas,
suene el rumor de guerra y cruja el parche,
a cuyos ecos tu estandarte marche.

DANFANISBO:

  ¿Qué dices?

CAPITÁN:

Que en tus riberas,
sobre los corrientes vidrios,
a la gran ciudad Viser
ha puesto cien edificios.
Ciudad hermosa parece
la que forman los navíos
que entre las aguas, danzando,
parecen monstruos marinos.
Con el Rey viene Lisbeo,
por tu teniente, y le he visto
saltar, a un esquife
del vientre de un hipogrifo;
el cual, de grandes cercado
y de soldados servido,
con una embajada viene
a verse, señor, contigo;
y sin duda que ha llegado,
porque lo dice el ruido
que en tu antecámara suena.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DANFANISBO:

Dime, ¿es este que entra?

CAPITÁN:

El mismo.
(LISBEO, muy galán, acompañado.)

LISBEO:

Dame esas manos y dame
un asiento.

DANFANISBO:

Es el camino
corto, y no vendrás cansado;
habla en pie, que en pie te admiro.

LISBEO:

El alto rey Abisén
te pide, rey Danfanisbo,
a su hermana, y tu ciudad,
de hermoso y de grande sitio,
porque supuesto que sea
tan grande como le han dicho,
que de una punta a otra punta
hay tres días de camino,
él tiene tantos soldados
y tan grandes artificios
de combatir y vencer,
que es forzoso el ser vencidos;
y podría ser que paguéis
de una vez tantos delitos
contra Dios y contra el cielo,
que os dé el cielo este castigo.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DANFANISBO:

No hables más; vuelve a tu Rey
y dile que no me admiro
de ver que, como otro Xerxes,
ponga a los tritones grillos;
y que a todo su poder,
yo solo, si yo le embisto,
le haré que la espalda vuelva
de mis manos ofendido;
pero que si por su hermana
viene enojado conmigo,
quien la robó fue mi hermano;
y así al robador le envío,
que le pida cuenta della;
que yo a su hermana no he visto.

LISBEO:

¿Quién es su hermano?

IBERIO:

Yo soy.

LISBEO:

No es de príncipe el vestido.

IBERIO:

He sido rey de animales,
y de sus brocados ricos
este vestido corté,
que Adán se vistió del mismo.
Yo robé a Fenicia, yo,
más astuto que Abisino,
fui recibido en sus playas
con pompas y regocijos.
Vamos, que quiero que el Rey
me dé un bárbaro castigo,
pues conmigo este tirano
es un tirano Dionisio.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LISBEO:

¿Y Fenicia, dónde está?

IBERIO:

Robármela el cielo quiso
por transformarla en estrella
como a Urania y a Calixto.

LISBEO:

Vamos, porque el Rey comience
en ti, aunque tan grande ha sido
la culpa, que es en un mar
meter un pequeño río;
y tú apercíbete, Rey.

DANFANISBO:

Dile que no me apercibo
yo para cosas tan pocas.

LISBEO:

¿Eso dices?

DANFANISBO:

Esto digo;
a ti la ciudad te encargo.
Vela, defiende, Fronibo;
que yo no quiero en sus cuellos
manchar mis aceros limpios.
Toma diez firmas en blanco,
y con hombres infinitos
guarda la ciudad, y queden
solo mujeres conmigo.
(Vanse LISBEO y el PRÍNCIPE.)

FRONIBO:

Desta vez quedo señor
de Nínive, y doy castigo
a este tirano inventor
de maldades y de vicios.
(Vase.)


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(CORIDÓN y GASENO, villanos.)
GASENO:

  Huye, amigo Coridón;
que se acerca el animal
a la orilla.

CORIDÓN:

¿Hay bestia igual?

GASENO:

¿Si es este camaleón?

CORIDÓN:

  No, que el camaleón es
comparado a los señores,
que se viste de colores
de la cabeza a los pies.

GASENO:

  Así tanto parecer
tiene el hombre cada día.

CORIDÓN:

Y quien en hombre confía,
camaleón ha de ser.

GASENO:

  Mas sin cama, león dirás,
pues apenas cama tiene
quien los cree.

CORIDÓN:

El monstruo viene.

GASENO:

Coridón, no espero más.

CORIDÓN:

  Sobre este peñasco ponte;
un monte tus pasos fragua.

GASENO:

Pues di, necio, ¿sobre el agua
había de andar un monte?
  Ya a la ribera ha llegado.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CORIDÓN:

¡Hola! Ni chista ni paula.

GASENO:

Esta es la carantamaula,
que dijeron que es pescado,
  y se me encajó en la cholla.

CORIDÓN:

¡Calla, necio! ¿Hay cosa igual?

GASENO:

Si no es aqueste animal,
será la paparrasolla,
  con que acallan los muchachos.

CORIDÓN:

En la arena se entretiene.

GASENO:

Macho es. ¡Qué barbas tiene!
¡Y peinados los mostachos!
  ¡Oh, qué boca!

CORIDÓN:

No te asombres.
De babas y ovas vestido,
un hombre della ha escupido.

GASENO:

¿Animal que escupe hombres
  es este? No espero más;
si hombres por la boca da,
dime, Coridón, ¿qué hará
si estornuda por detrás?

CORIDÓN:

  Oye, que se vuelve al mar.
Debajo del mar profundo
dicen que está el otro mundo;
y de allá debe sacar
  a nuestro mundo esta gente.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Salga la boca de la ballena, y arroje a JONÁS lleno de algas y ovas, y vuélvase a esconder.)
GASENO:

Muerto está el hombre; miremos:
y si es pescado, lleguemos.
Vivo está, que está caliente.
(Llegan a JONÁS a tentarle.)
  Ah, ¡Buen hombre!

JONÁS:

¿Dónde estoy?

CORIDÓN:

En Nínive, padre, estáis.
¿Qué tenéis, que os admiráis?

JONÁS:

Mil gracias, señor, os doy.

CORIDÓN:

  Decid; ¿qué animal, señor,
es el que os echó en la arena?

JONÁS:

Aquel, amigo: ballena.

GASENO:

Balleno, diréis mejor.

JONÁS:

  ¿Qué día es hoy?

CORIDÓN:

Un día después
del sábado.

JONÁS:

Si esto es cierto,
tres días he estado muerto;
que del viernes a hoy son tres.
  En fin, ¿en Nínive estoy?

GASENO:

Sí, amigo.

JONÁS:

¿Es grande?


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


GASENO:

Es tan grande,
que en tres días no hay quien la ande.

JONÁS:

Mil gracias, señor, os doy.
  ¿Cuánto está de aquí?

CORIDÓN:

Estará
media legua.

JONÁS:

De esta suerte,
voy a ponerme a la muerte,
que por Dios vida será.

CORIDÓN:

  ¿Sois deste mundo?

JONÁS:

Sí soy.

CORIDÓN:

¿Pues cómo aquí os ha escupido
un pescado?

JONÁS:

Hoy he nacido;
mil gracias, señor, os doy.
  alabando vuestro nombre.

CORIDÓN:

Venid, veréis la ciudad.

JONÁS:

Contra vuestra voluntad,
gran señor, no es nada el hombre.
(Vanse.)


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(DANFANISBO y los MÚSICOS cantan.)
MÚSICOS:

  ¡Ay, larga esperanza vana!
¡Cuántos días ha que voy
engañando el día de hoy
y esperando el de mañana!

DANFANISBO:

  Callad, que ya esta mañana
llegó ya con mi esperanza;
dejadme.

MÚSICOS:

De buena gana.
(Vanse los MÚSICOS.)

DANFANISBO:

Y cantadle al que no alcanza:
¡ay, larga esperanza vana!
  Ya a la mañana llegué
que amor me está prometiendo,
que siempre esperanza fue,
y en ella alcanzar pretendo
el galardón de mi fe.
  Y aun pienso que de mi hermana,
en este largo mañana
no he de conseguir su amor;
que en parte donde hay honor,
hay larga esperanza vana.
(Sale PETRONIA.)

PETRONIA:

  ¡Ya, día grave y pesado,
para mi dichosa suerte
a mis manos has llegado,
a donde con otra muerte
será Rosanio vengado.
  Ya con el cuchillo estoy,
mi Rosanio, el día de hoy
procurando tu venganza;
podrá decir mi esperanza:
¡cuántos días ha que voy!


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Sale FRONIBO.)
FRONIBO:

  Las firmas han sido abono
de mi traición; hoy sin ley
en Nínive me corono,
y hoy con mi industria soy Rey,
bajando al Rey de su trono.
  General de reino soy;
si muerte a la Infanta doy
y engaño me da poder,
diré que rey vengo a ser,
engañando el día de hoy.
(Sale MACARIA.)

MACARIA:

  No quiero más esperar;
¡el Rey muera! ¡Ah, cielos, cielos!
Pues me da el tiempo lugar;
que son cometa los celos
y muerte han de señalar.
  ¡Muera el Rey, y esta tirana,
pues a Fronibo se allana;
que ya me canso y ofendo
de ir el día de hoy muriendo
y esperando el de mañana!

DANFANISBO:

  ¿Petronia está en mi presencia?

PETRONIA:

¿Aquí está este ingrato?

FRONIBO:

¿Aquí
la Infanta está?

MACARIA:

Amor, paciencia;
este es el Rey, muera así.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(JONÁS dentro.)
[JONÁS]:

¡Penitencia, penitencia!

DANFANISBO:

  ¿Qué aguardo? A mi hermana voy.

PETRONIA:

¡Ea, muera Danfanisbo!

FRONIBO:

¡Muera, Petronia, que estoy
dudando conmigo mismo!

MACARIA:

¡Muera el Rey si noble soy!

DANFANISBO:

  ¡Oh, hermana! Dame licencia
que le abrace.

PETRONIA:

¡Muera el fiero!

FRONIBO:

¡Muera esta vil sin prudencia!
¡Muera este ingrato! ¿que espero?
(Sale JONÁS como salió de la ballena.)

JONÁS:

¡Hombres, haced penitencia!
  Nínive, si más porfías
en tus vicios y no das
crédito a las voces mías,
castigo eterno tendrás
dentro de cuarenta días.
  Limpia en ellos tu conciencia,
que a Dios tienes ofendido,
y así yo, con su licencia
a prevenirte he venido
y a pronunciar la sentencia.
(Pasa por delante de ellos.)


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DANFANISBO:

  ¿Quién eres, monstruo espantoso,
que atrevido y riguroso
nuestra destrucción adviertes?

JONÁS:

Quién predice vuestra muerte,
voz del Todopoderoso:
  cuarenta días tenéis,
ninivitas, si queréis
del torpe vicio apartaros;
trompa soy para avisaros
que a Dios, airado tenéis.
(Vase.)

DANFANISBO:

  ¡Ángel, voz divina, espera,
que hay Dios que premia y castiga!
¡Deleites del mundo, afuera;
que me inspira Dios que siga
la vida más verdadera!
(Vase.)

PETRONIA:

  ¡Qué temor!

FRONIBO:

¡Qué confusión!

MACARIA:

Muerto llevo el corazón.

PETRONIA:

A llorar voy mi pecado.
(Vase.)

FRONIBO:

¿Dios airado?
(Vase.)


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


MACARIA:

¿Dios airado?
Cierta es nuestra perdición;
  ¡Dios, entre arpías me veis,
pues con las lágrimas mías
conocer no me podréis
dentro de cuarenta días!
(Vase.)
(ABISÉN y CAPITÁN salen.)

ABISÉN:

  ¿Posible es que la ciudad
no se defiende?

CAPITÁN:

Las puertas
tiene abiertas.

ABISÉN:

Pues entrad
triunfando si están abiertas.

CAPITÁN:

Lisbeo viene.

ABISÉN:

Esperad.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(LISBEO trae al lado a IBERIO.)
LISBEO:

  A tu presencia, señor,
traigo el homicida fiero
de tu vida y de tu honor,
porque afilando tu acero
en él cortará mejor.
  Este es Iberio, el hermano
de Danfanisbo, que es tal,
que es de su sangre tirano;
la culpa le hizo animal
y no parece hombre humano.
  Este, señor, es aquel
autor del infame robo,
que para que sepan que él
en la condición es lobo,
quiso vestirse de piel.
  Su hermano así le destierra,
que de su muerte se agrada,
que el infierno en él se encierra,
y responde a tu embajada
con decir que quiere guerra.

ABISÉN:

  Di, ¿fuiste tú quien robó
a mi hermana?

IBERIO:

¡Señor, sí!
Pero no sé della.

ABISÉN:

¿No?


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


IBERIO:

En un monte la perdí,
donde mi hermano me echó;
  fui a buscar senda o camino,
y entretanto, alguna fiera
o fiero monstruo marino,
en la espumosa ribera
eclipsó mi sol divino.
  Por toda la soledad
muchos días la busqué,
moviendo el monte a piedad
y con un lobo troqué
mi pompa y mi majestad.
  Y pues yo de aquesta suerte
te robé a tu hermana bella,
dame con tu brazo fuerte
la muerte, porque sin ella,
señor, ya mi vida es muerte.

ABISÉN:

  Movido me ha el corazón
mi hermana, y vengar deseo
en Nínive esta traición;
déle la muerte Lisbeo,
y acérquese mi escuadrón.
(Vase el REY y quedan LISBEO e IBERIO.)

LISBEO:

  Manda el Rey que te dé muerte.

IBERIO:

Venga; que no me acobarda.

LISBEO:

Matadle, pues.

IBERIO:

¡Trance fuerte!
¡Ya voy, dulce esposa!


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LISBEO:

Aguarda,
porque quiero conocerte;
  ¿eres tú un hombre que un día
a un hombre vida le diste,
que a una mujer defendía?

IBERIO:

Yo sospecho que tú fuiste
el que de Rosanio huía.

LISBEO:

  El mismo que dices fui.

IBERIO:

Y yo, señor, fui también
el que el camino te di.

LISBEO:

No se pierde el hacer bien;
un anillo que te di,
  ¿dónde está?

IBERIO:

Desde aquel día
me ha acompañado en el dedo
¿no es este?

LISBEO:

La deuda es mía,
y siendo así, ahora puedo
pagarte la cortesía.
  Dame, señor, esa mano,
que amparo y muro ha de serte;
que no quiero ser villano;
y aunque Abisén me dé muerte,
te he de vengar de tu hermano.
  Perdone el rey Abisén
si en darte vida me fundo,
y Danfanisbo también;
porque veas que en el mundo
nunca dañó el hacer bien.
  Rey serás, y no te asombre,
y en Nínive vencedor
de tu hermano: ¡Hola! A este hombre
dadle un vestido, el mejor
de los míos.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


IBERIO:

Fama y nombre
  cobras con hazaña igual.

LISBEO:

Ve y múdate este vestido;
que importa.

IBERIO:

¡Oh, amigo leal!
siempre hacer bien bueno ha sido,
como es malo el hacer mal.
(Llévenlo los soldados, y salga FENICIA.)

FENICIA:

  Hanme dicho que envió
a mi esposo Danfanisbo
el Rey.

LISBEO:

Sí, y muerte le dio.

FENICIA:

¿Y quién se la dio?

LISBEO:

Yo mismo.

FENICIA:

Para que no viva yo:
  ¡oh, mano fiera! Homicida
del alma, que me mataste:
mi muerte el cielo te pida,
pues que de un golpe quitaste
dos vidas en una vida;
  Mas ¿cómo, teniendo espada,
¡cielos! a mi bien no sigo?
Aguárdame, alma adorada;
que presto estaré contigo;
si es tan breve la jornada.
(Quiere echarse sobre su espada desnuda.)


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LISBEO:

  ¡Tente!

FENICIA:

Déjame acabar
de una vez, y que a Liberio
el alma vaya a buscar.

LISBEO:

No es sin falta de misterio
no darte a morir lugar;
  antes, pues conmigo estás
a solas, pienso gozarte:
esto ha de ser.

FENICIA:

¿Dónde vas?

LISBEO:

¡Vive Dios, que he de matarte
si este gusto no me das!
  Apercíbete a morir
o a darme gusto.

FENICIA:

¿A Fenicia
liviandad se ha de pedir?
¿Tal te atreviste a pedir?
No hay Dios, no hay ley, no hay justicia;
morir quiero y no vivir;
  que vida muriendo gano:
por mi honor: mátame injusto.

LISBEO:

Pues a matarte me allano;
que si eres bronce a mi gusto,
acero ha de ser mi mano.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Sale el REY ABISÉN con gente, y la espada desnuda todos, y el CAPITÁN.)
ABISÉN:

  ¡Espantosa novedad!
No veo en Nínive gente.

CAPITÁN:

No hay gente en esta ciudad.

ABISÉN:

Mas ¿no es hombre aquel? Detente.

CAPITÁN:

¡Extraña temeridad!

ABISÉN:

  Ya llega a nuestra presencia.

CAPITÁN:

¡Hombre!

ABISÉN:

Gran temor me ha puesto
con su espantosa apariencia.

CAPITÁN:

Hombre, responde, ¿qué es esto?

JONÁS:

¡De las culpas penitencia!
  ¡Oh, nombre de penitencia!
(Vanse.)

CAPITÁN:

  ¿Fuese?

ABISÉN:

¡Qué extraños portentos!
Atadas las bocas tienen
los bueyes y los jumentos.
¿Qué es esto?

CAPITÁN:

Otros muchos vienen
muy flacos y macilentos.

ABISÉN:

  ¿Qué es esto? ¿Quién ha trocado
a esta ciudad?


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


CAPITÁN:

Otros dos
en el palacio han entrado.

ABISÉN:

Si está esa ciudad sin Dios,
¿quién puede haberla endiosado?

CAPITÁN:

 No defienden las haciendas
que tus soldados saquean;
abiertas están las tiendas.

ABISÉN:

Solo salvarse desean.

CAPITÁN:

Mata a aqueste.

ABISÉN:

No le ofendas:
  ¿es este el palacio?

CAPITÁN:

Sí.

ABISÉN:

Todo es penitencia en él;
¡loco estoy, no estoy en mí!
Posible es; ¿qué hombre es aquel?

CAPITÁN:

Hombre es.

ABISÉN:

¿Cómo viene así?

CAPITÁN:

  Los caballos enfrenados,
cortadas las cerdas locas
y los copetes cortados;
en los pesebres las bocas,
de ceniza están sembrados.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ABISÉN:

  Este es el solio real,
sin duda, en que el Rey asiste;
¡descubrid! ¿portento igual?
¿De tosco sayal se viste
un Rey? No creyera tal.
(Descúbrese una cortina y está el REY, de jerga, en un trono de luto, con soga al cuello y ceniza. La corona y cetro a los pies.)

CAPITÁN:

  Solo el mirar su presencia
da temor.

ABISÉN:

Así resisto
de mi gente la inclemencia:
¿qué es esto que habemos visto?

DANFANISBO:

Un Rey que hace penitencia.
(Salgan LISBEO e IBERIO, galanes.)

ABISÉN:

  Sin pelear me ha vencido
el Rey y su gente.

IBERIO:

¿Quién
causa deste bien ha sido?

CAPITÁN:

Perros y gatos también
de penitencia han vestido.

DANFANISBO:

  Si de mirarme te agradas,
ensangrienta en estas venas
las puntas de tus espadas;
..........................................
..........................................
  que bien sé que Dios te envía,
Rey, a castigarme a mí,
que sin Dios ni ley vivía:
del mundo idólatra fui
y es loco el que en él confía.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


LISBEO:

  Ya en la ciudad están puestas
tus águilas vencedoras.

IBERIO:

Grandes victorias son estas.

LISBEO:

¿Pues cómo venciendo lloras,
en vez, señor, de hacer fiestas?

ABISÉN:

  Aunque vencer he podido
a este pueblo descuidado;
su Rey, que el caso ha sabido,
de penitencia se ha armado
y con ella me ha vencido.
  Quísele hacer resistencia,
mas es su poder eterno
y espántame su presencia;
y no es mucho, si al infierno
espanta la penitencia.
  La mayor fuerza del cielo
es imitallo los dos;
pues pudo su sabio celo,
la que fue ciudad sin Dios,
hacerla ciudad del cielo.
  Solo me pesa, Lisbeo,
de la muerte de Iberio.

LISBEO:

Como servirte deseo,
vivo está.

IBERIO:

No sin misterio
a tus pies libre me veo.

LISBEO:

  Señor, la vida le di,
porque la vida le debo.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


ABISÉN:

También te perdono a ti.

DANFANISBO:

Hermano, yo no me atrevo
a hablarte ni verte aquí:
  mis sinrazones perdona
y con Petronia, mi hermana,
en el reino te corona.

IBERIO:

Mi amor en servirte gana.

DANFANISBO:

Y el mío, hermano, te abona.

ABISÉN:

  Yo de Petronia he de ser,
si es su gusto, su marido.

DANFANISBO:

Será tu esclava y mujer.

IBERIO:

A haber mi bien parecido,
fuera cumplido el placer.

LISBEO:

  Pues para que todo esté
cumplido, yo, mi señor,
viva a Fenicia daré,
que haciendo prueba en su amor,
ejemplo de virtud fue.

IBERIO:

  Los pies le quiero besar.

DANFANISBO:

Y Macaria con Fronibo
al punto se ha de casar.

ABISÉN:

  Pues tanta gloria recibo,
vuelva mi ejército al mar.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DANFANISBO:

  Pues cesen las alegrías.
Señor, con vuestra licencia;
que en estos cuarenta días
todo ha de ser penitencia,
llorando las culpas mías.
(Vanse todos.)
(Sale JONÁS.)

JONÁS:

  Ya en Nínive, Señor, he predicado,
y no se si a mi voz se han convertido,
aunque un pueblo tan loco y obstinado,
darle clemencia, cosa vuestra ha sido.
Grande ha de ser el llanto si el pecado
grande, Señor, y penicioso ha sido;
mas vos os contentáis ¡oh entrañas pías!
Con penitencia de cuarenta días.
  No quise en la ciudad quedar; que quise
ser como Lot, cuando dejó a Sodoma,
y a vuestro mandamiento satisfice
haciendo que la gente duerma y coma;
su risa es llanto que la inmortalice.
Yo no sé, gran Señor, cómo la toma,
que es bien que el vicio a enfermedad se iguale,
que entra de presto, pero tarde sale.
  Confiado estoy al pie de aquesta yedra,
pared a el sol, y el sueño vencer quiero,
que si a la sombra deste tronco medra,
aquí, a su sombra, yo medrar espero.
La cabeza pondré sobre esta piedra
hasta que el sol se esconda yel lucero
abra los ojos a mirar la tierra:
que el sueño y el cansancio me hacen guerra.


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


DIOS:

  Pues tus esperanzas pones,
Jonás, en la yedra loca,
quiero, en tanto que tú duermes,
secarte sus verdes hojas.
Todo lo rige mi mano;
que mi mano es poderosa
solamente, y son caducas
del mundo todas las cosas.
No ha de quedar hoja en ella,
y mientras se caen todas
te quiero enseñar el sol,
de quien tú has sido la sombra.
Tú eres el Jonás primero;
mas quiero enseñarte ahora
el segundo, que ha de darte
eterna fama y memoria.
Que si tú, en el mar soberbio,
arrojado entre las olas
estuviste en un pescado
de negras y fuertes conchas,
tres días muerto, y al fin
saliste con la victoria
de la muerte y de los vicios
en que Nínive reposa;
este segundo que digo,
desde la mar procelosa
de su pasión, esta piedra
que ves por sepulcro toma,
que es la ballena segunda,
más verdadera y más propia,
echándola de la nave
de la cruz, borrasca y ondas,
donde al cabo de tres días,
glorioso, de aquesta forma
resucitará, triunfando
de la Nínive espantosa,
del infierno, cuya cárcel
quedará deshecha y rota
por este Jonás que has visto.
Tú, Jonás, eras la sombra:
¡recuerda, Jonás, recuerda!


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El inobediente Acto III Félix Lope de Vega y Carpio


(Rómpese un sepulcro, y salga un niño de resurrección, y súbase al cielo.)
JONÁS:

¡Jonás divino, perdona
si este primero Jonás
con su vida te deshonra!
Por fe te adoro y confieso,
que eres segunda persona
del Padre, y Dios como el Padre
en la esencia y no en la forma.
Y aunque entre sueños te he visto,
tiempo vendrá que conozca
que es verdad, cuando el infierno
para rescatarnos rompas.
Quiero volverme a la yedra;
que el calor del sol me enoja.
Pues la yedra se ha secado.
Señor, ¿por qué desta forma
aquí, porque me amparaba,
me habéis quitado la sombra?
¿Posible es que cobijéis
con la vuestra esta alevosa
ciudad, que por ser tan mala,
la ciudad sin Dios se nombra,
y a mí, que os estoy sirviendo,
me neguéis sus verdes hojas?


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DIOS:

Si tú desta suerte sientes
que yo una yedra te esconda
por la sombra solamente,
siendo una cosa tan poca,
¿por qué quieres que le niegue
a esa ciudad, que ya llora
sus culpas de aquesta suerte,
Jonás, mis misericordias?
Si pérdida tan pequeña
tanto sientes, deja ahora
que cobije la ciudad
yedra de misericordia.
Y porque veas que está
trocada su suerte toda,
vuelve los ojos y mira
su penitencia espantosa.
Mira en este hermoso lienzo
las figuras prodigiosas
que la penitencia pinta,
que es soberana pintora.
Que para vencerme a mí
no hay cosa tan poderosa
como aquesta hermosa dama,
que por fea al mundo asombra.
Vuelve a la ciudad, Jonás,
porque celebres las bodas
de los Reyes, y conoce
que es mi mano poderosa.
(Todo se desaparece y cubre.)
(Descúbrense en el tablado alto y bajo algunas cuevas: en ellas, puestos de penitencias diferentes, los más que puedan.)

JONÁS:

¿Quién, gran Señor, no engrandece
vuestras obras milagrosas?
¡Oh, ciudad sin Dios un tiempo,
deja aqueste timbre, y torna
la ciudad de Dios, y acabe
tu penitencia y la historia!

Fin01.jpg


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