El invierno

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La ilustración española y americana (1870)
El invierno

Nota: Se ha conservado la ortografía original.

EL INVIERNO.
Alegoria del invierno
ALEGORIA DEL INVIERNO.

Cuando andaba por el mundo el famoso Diablo Cojuelo, era muy fácil con su ayuda ponerse en las nubes y verá un tiempo infinitas escenas domésticas. El diablillo levantaba los tejados como quien destapa una caja, y sus protegidos contemplaban á un tiempo diversos cuadros.

Los artistas han heredado de aquel personaje, que ha huido de las luces del siglo XIX, el privilegio de ofrecernos el mismo espectáculo, sin esponernos á caidas y sin deteriorar los edificios públicos.

Ahí tienen ustedes el Invierno; ahí está ese dibujo que da frio, ese cuadro, en el que una sola mirada basta para abarcar una época del año en todas sus manifestaciones.

¡Cómo se engolfa la imaginacion contemplando las distintas escenas que constituyen los rasgos característicos del Invierno!

La nieve, el huracan: hé aquí los principales protagonistas del poema.

El Otoño ha dejado á los árboles sin hojas, los infinitos matices del verde de los campos desaparecen bajo la blanca capa de la nieve.

En los mares del Norte, junto al Polo, quedan las naves aprisionadas por el hielo, y allí, rodeados los marineros de montañas de nieve, alejados del mundo, aguardan la Primera sonrisa de la primavera para romper los grillos que los encadenan.

En los bosques aparecen las fieras hambrientas, y los lobos, abandonando sus madrigueras, se acercan a los Pueblos, bajan á los valles, y en sus tétricos aullidos revelan la desesperacion de su voraz estómago.

Ved los caminos, los puertos cómo están. La nieve ha borrado las veredas, las diligencias se atascan en aquella Profunda alfombra de nieve, los caballos resbalan, los viajeros se encomiendan á Dios. ¡Quién sabe si dormirán en breve en el fondo del precipicio! ¡Quién sabe si una avalancha, desprendiéndose de la montaña próxima, servirá de fúnebre losa á los que arrostran los peligros por verá un padre enfermo, por regresar al seno de una familia amada!

Mientras esto sucede en los caminos, en los Alpes, en los Pirineos, en todas las montañas, hay poblaciones enteras cubiertas de nieve.

Los moradores se comunican por verdaderos túneles, y muchos de ellos, aislados en las cabañas, viven cuatro, cinco y seis meses en un sepulcro, sin ver la luz del dia, sin conversar con sus amigos, completamente desterrados del mundo.

Pero tranquilizaos: tienen en abundancia troncos de encina, y los tizones no faltan nunca en las grandes cocinas. Allí se reune la familia; allí, en las largas horas del invierno, refiere el abuelo las tradiciones; cuenta el hijo que ha viajado todas sus impresiones de viaje, enseña la madre á rezar á sus pequeñuelos, y todos trabajan fabricando esos juguetes que son la delicia de los niños, de las grandes ciudades, labrando almadreñas ó zuecos.

¡Ah! Si viérais su alegría cuando la nieve se deshace, cuando penetran en las chozas los rayos del sol, cuando pueden salir de sus moradas y ver el valle bordado por cristalinos arroyos, cubriéndose de verdura. nada, nada hay comparable á su felicidad, á su ventura. ¡Con qué efusion dan gracias al Altísimo! Son y tienen que ser por fuerza religiosos, porque contemplan más de cerca á Dios que nosotros los que habitamos las ciudades, los que tenemos para pasar las noches frias teatros que recreen nuestra imaginacion, suntuosos bailes que halaguen nuestra fantasía y esciten nuestras pasiones, magníficas chimeneas en nuestros gabinetes, carruajes que nos conduzcan á nuestras abrigadas habitaciones, pieles que nos resguarden de la intemperie.

Pero ¡cuántas veces mientras nosotros gozamos en los saraos y en los espectáculos, se hielan en las calles los Pobres que tienden una mano al transeunte; cuántas en miseras bohardillas, en desvencijadas chozas, procura el amor paternal quitar con su aliento el frio mortal que amenaza con la muerte á la hija enferma, al niño débil; cuántas el centinela que cumple con su deber amanece helado!

Todas estas escenas tan varias, tan interesantes, aparecen en el grabado que reproducimos; en él ha buscado el dibujante el eterno contraste de la vida; la alegría y el dolor, la suntuosidad y la miseria, las bellezas y los horrores del invierno. Solo su vista hiela la sangre en las venas.

Hasta en esos patines que son el símbolo de una diversion, que recuerdan al hombre jugando con el peligro, buscando calor en el frío, halla el observador motivos para meditar, y no poco, en los misterios de la vida.

Profundizando mucho es como se encuentra la clave en la justicia que preside á todo en la obra de Dios.

El pobre tiene la caridad: el rico tiene un placer más grande, el de ejercerla.