El jugador: Capítulo 17

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Hace veinte meses que no había ni siquiera pasado la vista por estas notas hasta ahora que, solamente por hallarme bajo el imperio de la angustia y de la pena, he pensado releerlas para distraerme.

Quedaron interrumpidas desde el día que partí para Homburg.

¡Dios mío! ¡Con qué alegre ánimo escribí yo entonces los últimos renglones! O más bien, con qué confianza en mí mismo, con qué esperanza inquebrantable. No dudaba lo más mínimo de mí. Han pasado dieciocho meses y estoy en peor situación que un mendigo. ¿Pero qué me importa? ¡Me tiene sin cuidado la miseria! ¡He causado mi propia perdición! Además, ninguna comparación es posible y es inútil predicarse a sí mismo la moral. ¡Nada hay tan absurdo como la moral en semejantes momentos!

Las gentes satisfechas de sí mismas, ¡con qué orgullosa satisfacción están dispuestas a censurar la conducta ajena! Si ellos supieran hasta qué punto me doy cuenta de mi ignominiosa situación actual no tendrían seguramente valor para culparme. ¿Pero qué pueden decirme de nuevo que yo no sepa? El hecho es que todo puede cambiar con una sola vuelta de la rueda, y entonces esos mismos moralistas serán los primeros -estoy seguro de ello- en felicitarme con amistosas bromas. Y no me volverán la espalda como ahora. ¡Que se vayan todos al diablo! ¿Qué soy ahora? Un cero. ¿Qué puedo ser mañana? ¡Mañana puedo resucitar de entre los muertos, comenzar una vida nueva! Puedo descubrir al hombre que hay en mí todavía en tanto que no esté hundido del todo.

Partí entonces, en efecto, para Homburg, pero apenas llegado me fui de nuevo a Ruletenburg, a Spa e incluso a Baden, en donde acompañé en calidad de criado al consejero Hinze, un canalla, que es aquí mi amo. ¡Sí, he sido lacayo durante cinco meses! Fue inmediatamente después de mi salida de la cárcel - pues he estado en la cárcel, en Ruletenburg, por deudas. Un desconocido me sacó de allí... ¿Quién fue?¿Mr. Astley? ¿Paulina? Lo ignoro, y la deuda fue pagada, doscientos talers en total, y me pusieron en libertad-. ¿Adónde podía ir? Entré al servicio de Hinze. Es un joven atolondrado, le gusta vagar y yo sé hablar y escribir tres lenguas. Me coloqué primero en su casa como una especie de secretario, por treinta florines al mes, pero acabé siendo un criado suyo. No estaba ya en situación de ser secretario y disminuyó mi sueldo. Yo no tenía dónde ir, así que me quedé con él y de este modo me transformé yo mismo en un lacayo. Pude ahorrar, sin embargo, setenta florines en cinco meses.

Una noche, en Baden, le anuncié que le dejaba. La misma noche fui a la ruleta. ¡Cómo palpitaba mi corazón! ¡No, no era el dinero lo que yo entonces buscaba! Sólo quería que al día siguiente todos aquellos Hinze, aquellos oberkellner, todas aquellas bellas damas de Baden hablaran de mí, se contaran mi historia unos a otros, me alabaran y seinclinaran ante mi suerte. Sueños y preocupaciones pueriles, pero... ¿quién sabe? Quizás encontraría de nuevo a Paulina, le contaría mis aventuras y ella vería que me hallo muy por encima de todos esos golpes absurdos del azar... ¡Oh, no! ¡No es el dinero lo que busco!

Estoy seguro de que lo volvería a derrochar con cualquier Blanche y- llevaría durante tres semanas un tren de dieciséis mil francos. Sé que no soy avaro. Hasta me tengo por pródigo... Sin embargo, con qué emoción oigo la voz del croupier: trente et un, rouge, impair et passe; o: quatre, noir, pair et manque. ¡Qué ávida mirada lanzo sobre el tapete donde están dispersos los luises, los federicos y los talers, sobre los montones de oro cuando se esparcen en cegador brillo bajo la raqueta del croupier, o sobre los cartuchos de monedas dispuestos en torno de la ruleta!

Al acercarme a la sala de juego, cuando oigo sonar las monedas, me siento casi desfallecer.

¡Qué noche inolvidable aquella en que llevé al tapete verde mis setenta florines! Empecé con diez florines y los puse a passe. Tengo cierta preferencia por el passe . Perdí.

Todo mi capital se reducía a sesenta florines. Reflexioné... y jugué al cero. Puse cinco florines a la vez.

A la tercera jugada el cero salió. Creí morir de alegría al cobrar ciento setenta y cinco florines.

No me alegré tanto el día en que gané cien mil.

Inmediatamente coloqué cien florines a rouge y volví a ganar.

Cuatrocientos a noir y seguí ganando. Ochocientos a manque, y ganaba, ganaba siempre.

¡Mil setecientos florines en menos de cinco minutos! ¡Ciertamente, en semejantes momentos se olvidan todos los fracasos anteriores! Había obtenido este resultado arriesgándolo todo. Era capaz de arriesgarme.

¡Volví a ser un hombre! Alquilé una habitación, me encerré en ella y permanecí hasta las tres de la madrugada contando el dinero.

Al levantarme a la mañana siguiente ya no era un lacayo. Decidí ir aquel mismo día a Homburg, donde no había sido criado de nadie ni había estado en la cárcel. Media hora antes de subir al vagón, me dirigí a hacer dos posturas, no más, y perdí quinientos florines. A pesar de esto marché a Homburg, donde estoy desde hace un mes...

Vivo, naturalmente, en perpetua inquietud, juego pequeñas sumas y aguardo algo que no sabría explicar.

Paso días enteros junto al tapete verde observando el juego, sueño con él, me siento embrutecido y me veo cubierto de lodo, como si hubiera caído en una charca.

A este extremo he llegado después de mi reciente entrevista con Mr. Astley.

Hacía tiempo que nos veíamos y nos encontramos por casualidad, en las circunstancias siguientes: Paseaba por el jardín, reflexionando que casi estaba sin dinero, pues sólo poseía cincuenta florines, porque la víspera había pagado la cuenta del hotel en el que ocupo un cuartucho indecente. Me quedaba el recurso de acudir a la ruleta y jugar una sola vez... Si la suerte me favorecía por poco que ganase, podría continuar jugando sí perdía, me vería precisado a volver a mi condición de criado, si no encontraba algún compatriota que necesitase un preceptor. Abismado en estas reflexiones estuve paseando cuatro horas. Cuando, hambriento y malhumorado, me disponía a abandonar el jardín, vi a Mr. Astley sentado en un banco. Me senté a su lado. Al notar su aire grave, moderé inmediatamente mi alegría, que había sido muy viva al verle.

- ¡Vamos, usted aquí! Ya suponía que le encontraría -me dijo-. Es inútil que se moleste en contarme... lo sé todo. Su vida, durante estos veinte meses, me es conocida.

- ¡Bah! ¡De modo que espía usted a sus antiguos amigos!-repliqué-. Esto no le hace honor..., pero espere, que me da usted una idea. ¿No es usted quien me hizo salir de la cárcel de Ruletenburg, donde me hallaba encerrado a causa de una deuda de doscientos florines? Pagó por mí alguien que ocultó su nombre.

- ¡No, oh, no! ¡No soy yo quien le sacó de allí! Pero sí sabía que estaba usted preso por deudas.

-Entonces, ¿sabe usted quién fue la persona que pagó por mí?

-No, no puedo decir que lo sepa.

-Es raro. No me conoce aquí ningún ruso. Además, los rusos de aquí no rescatan a ninguno de los suyos. En Rusia, los ortodoxos rescatan a sus correligionarios. Yo creí que habría sido un inglés original, un excéntrico.

Mr. Astley me escuchaba con cierta sorpresa. Esperaba seguramente encontrarme hosco y abatido.

-Sea lo que sea, estoy muy satisfecho de ver que usted ha conservado toda su independencia de espíritu e incluso su alegría -dijo en tono bastante desagradable.

-Es decir, que a usted le duele no verme ni abatido ni humillado-repliqué, riendo. No comprendía inmediatamente. Luego se rió también.

-No me disgustan sus observaciones. Reconozco en sus palabras al cínico, entusiasta e inteligente amigo de antaño. Únicamente los rusos pueden ofrecer tantos contrastes. En efecto, al hombre le gusta ver a su mejor amigo humillado ante él. Es más, la amistad se basa frecuentemente en la humillación.

Es una verdad de todos los tiempos, conocida por todas las gentes cultas. Pero, en este caso particular, estoy sinceramente satisfecho de no verle abatido. Dígame, ¿no tiene usted intención de renunciar al juego?

- ¡Que el diablo cargue con él! Renunciaría inmediatamente, a condición...

- ¿A condición de rescatar lo perdido...? Es lo que pensaba yo. Lo ha dicho usted sin darse cuenta, luego ha dicho la verdad. Dígame ¿aparte del juego no hace usted nada aquí? Me sometió a una especie de interrogatorio. Yo no sabía nada.

Durante todo aquel tiempo no había leído los periódicos ni siquiera abierto un libro.

-Usted se ha embrutecido -observó-. No sólo ha renunciado usted a la vida, a los intereses personales y sociales, a los deberes de hombre y de ciudadano, a sus amigos... -pues usted tenía amigos-; ha renunciado también a sus recuerdos, todo a causa del juego. Conocí a usted en un momento apasionado y decisivo en su existencia, y estoy seguro de que ha olvidado sus mejores impresiones de aquel tiempo.

Sus sueños, los deseos que le obsesionan actualmente no van más allá del pairet impair, rouge, noir, la columna del centro, etc. ¡No me cabe duda!

-Basta, Mr. Astley, por favor, no evoque el pasado - exclamé, casi con cólera-. Sepa que no he olvidado nada, pero que temporalmente lo he desterrado todo de mi cabeza, incluso los recuerdos, hasta que rehaga mi situación... Entonces... entonces usted verá, volveré a la vida.

-Usted estará aquí todavía dentro de diez años -dijo-. Apostemos a que le recordaré esto, si para entonces vivo, aquí mismo, en este mismo banco...

- ¡Basta! -interrumpí con impaciencia-. A fin de demostrarle que no soy tan olvidadizo del pasado, permítame preguntarle dónde se encuentra ahora la señorita Paulina. Si no fue usted quien me sacó de la cárcel, fue ella seguramente. Desde entonces no tengo noticias suyas.

- ¡No, oh, no! No creo que haya sido ella. Ahora está en Suiza, y me complacería mucho que cesara usted de preguntarme acerca de esto -dijo con tono enérgico e irritado.

- ¡Eso quiere decir que también ha sufrido usted a causa de ella! Dije esas palabras casi inadvertidamente.

-Miss Paulina es la mejor de las criaturas, la más digna de respeto. Se lo repito, me satisfará mucho que no me pregunte nada acerca de ella. Usted nunca llegó a conocerla bien y considero su nombre, en boca de usted, como una ofensa a mi sentido moral.

- ¡De veras! Creo que se equivoca. ¿De qué puedo hablar sino de eso? Todos mis recuerdos se reducen a ella. No se preocupe, sin embargo; no tengo necesidad de conocer sus asuntos íntimos... Me intereso solamente, por decirlo así, por la situación mundana de miss Paulina, por lo que la rodea actualmente. Todo eso me lo puede decir en dos palabras.

-Sea, pues, en dos palabras, a condición de no volver más sobre ello. Miss Paulina estuvo largo tiempo enferma, y lo está todavía. Ha vivido algún tiempo con mi madre y mi hermana en el norte de Inglaterra. Hace seis meses, su abuela, usted recordará a aquella vieja loca, murió, dejándole siete mil libras esterlinas. Actualmente, miss Paulina viaja con la familia de mi hermana, que está casada. Sus hermanitos fueron igualmente dotados en el testamento de su abuela y se hallan estudiando en Londres. El general murió el mes pasado en París, de un ataque de apoplejía. La señorita Blanche le cuidó bien hasta el fin, pero ha sabido hacerle poner a su nombre todo lo que había heredado de su tía... Eso es todo, según creo...

- ¿Y Des Grieux? ¿No estará también viajando por Suiza?

-No. Des Grieux no viaja e ignoro dónde se halla. Además, una vez por todas, le ruego que evite tales alusiones; si no, tendrá que entendérselas conmigo.

- ¡Cómo! ¿A pesar de nuestras antiguas relaciones amistosas? -Sí, a pesar de nuestras antiguas relaciones.

-Mil perdones, Mr. Astley. No está en mi ánimo molestar a nadie. No acuso a miss Paulina. Para nosotros dos, las relaciones de un francés con una muchacha rusa son difíciles de explicar y de comprender.

-Si asocia usted el nombre de Des Grieux a otro nombre que no sea el de Paulina le exigiré me explique qué quiere decir con la expresión "un francés y una muchacha rusa" y qué entiende por relaciones. ¿Por qué, precisamente, un francés y una joven rusa?

- ¡Ah, ah, es eso lo que le interesa! Es una historia larga de contar, Mr. Astley. Sería preciso conocer bien, previamente, muchas cosas. Por otra parte, se trata de una cuestión muy seria... por cómica que parezca a primera vista. Un francés, Mr. Astley, es una "forma" terminada, elegante. Usted, como inglés, puede no convenir en ello; yo, como ruso, tampoco estoy conforme, aunque no sea más que por envidia, quizá. Pero nuestras muchachitas parecen ser de otra opinión.

Racine puede parecer a usted preciosista, amanerado y perfumado, y le costará trabajo leerle. A mí también me parece preciosista, amanerado, perfumado, incluso ridículo, desde cierto punto de vista; pero es encantador, Mr. Astley, y, además, tanto si lo queremos como si no, un gran poeta. El francés tipo, es decir, el parisién, se ha formado en el molde de la elegancia, mientras que nosotros éramos todavía una especie de osos desgarbados. La revolución heredó a la nobleza.

Ahora el francés más obtuso puede tener modales, procedimientos, expresiones, y hasta ideas de una forma sorprendentemente elegante, sin que para ello intervenga su voluntad, su alma o su corazón. Todo eso le ha sido transmitido por herencia. Pero pueden ser frívolos e incluso viles hasta el último extremo.

Sepa usted que no existe criatura más confiada y más franca que una joven rusa, buena, inteligente y sencilla. Un Des Grieux, en cualquier forma que se presente, puede ganar su corazón fácilmente. Tiene elegancia, Mr. Astley, y la joven toma aquella elegancia por su propia alma, por la forma natural de su alma y de su corazón, y no como vestimenta heredada.

-Aunque no le agrade oírlo, Mr. Astley, debo confesarle que encuentro a la mayoría de los ingleses orgullosos e inelegantes. Los rusos tienen un sentido bastante delicado de la belleza. Mas, para discernir la belleza del alma y la originalidad, es preciso una independencia y una libertad superiores a la que poseen nuestras mujeres, y, en todo caso, más experiencia. Una miss Paulina -perdóneme, se me ha escapado este nombre- necesita mucho tiempo para resolverse a darnos la preferencia sobre un pícaro como Des Grieux. Le apreciará, le abrirá su corazón, pero ese corazón palpitará por el pícaro, el vil y mezquino usurero Des Grieux.

Lo hará por tozudez, por amor propio, porque Des Grieux se presentó ante ella con la aureola de marqués elegante, de hombre generoso, que se había arruinado para ayudar a su familia y a ese pobre diablo del general. Todas estas maniobras han sido descubiertas. Pero poco importa. Déle el Des Grieux de otro tiempo -he aquí lo que necesita-. Y cuanto más odia al Des Grieux de ahora, más piensa en el antiguo, aunque este último no haya existido más que en su imaginación. ¿No tiene usted intereses en un negocio de azúcar, Mr. Astley?

-Sí, soy uno de los comanditarios de la gran refinería Lowell &Co.

-Bien, Mr. Astley. Ser un Apolo de Belvedere y comanditar una refinería no son cosas compatibles, como verá. Por lo que a mí respecta, no soy más que un miserable jugadorzuelo, que no tiene negocios, que ha dejado de hacer de criado, y eso miss Paulina, que tan bien montado tiene su servicio de espionaje, no lo ignora.

-Está usted amargado, y por eso se le ocurren tantos disparates-dijo, flemáticamente, Mr. Astley-. Sus palabras carecen del sello de la originalidad.

- ¡De acuerdo! Pero lo triste, amigo mío, es que habla en mí la voz de la verdad. Ni usted ni yo hemos podido conseguir su amor.

-Eso es un disparate, eso es absurdo... es... Sepa -exclamó Mr. Astley, con voz temblorosa y los ojos centelleantes-, sepa usted, hombre ingrato e indigno, desgraciado y mezquino, que he venido a Homburg a petición expresa de ella, a fin de verle, hablarle seriamente, y llevarle luego, a mi vuelta, todas las ideas, las palabras, los recuerdos de usted.

- ¿De verdad? ¿Es posible? -exclamé, vertiendo un torrente de lágrimas. Era la primera vez que lloraba en mi vida.

-Sí, desdichado; ahora que es usted un hombre perdido se lo puedo decir. Aún más, puedo asegurarle que le ama todavía, a pesar de que está usted aquí. ¡Está usted perdido! Antes no era malo, poseía aptitudes, hubiera podido ser útil a su patria, que tan necesitada está de hombres inteligentes. Pero usted no se moverá de aquí y arruina su vida. No le censuro. En mi opinión, todos los rusos están cortados por su mismo patrón. Cuando no es la ruleta, es otra cosa por el estilo. Las experiencias son muy raras. Usted no es el primero en desconocer la nobleza del trabajo -no hablo de vuestro pueblo-. La ruleta... es un juego esencialmente ruso. Hasta ahora ha sido usted honrado y ha preferido más ser criado que ladrón... Pero tiemblo al pensar lo que puede ocurrir el día de mañana. ¡Basta, adiós! ¿Necesita dinero? Tome diez luises. No le doy más, pues de todos modos los perderá. ¡Tómelos y digámonos adiós!

-No, Mr. Astley; después de todo lo que acabamos de hablar...

- ¡Tómelos! -gritó-. Todavía creo que es usted bueno y se lo doy como se lo daría a un verdadero amigo. Si tuviera la certeza de que usted dejaba ahora mismo el juego y Homburg para volver a su patria, estaría dispuesto a darle inmediatamente mil libras para que comenzara una nueva vida, para que se regenerara. Pero si en lugar de mil libras le doy diez luises, es porque no veo en usted propósito de enmienda. ¡Perdería lo uno y lo otro! Tómelo y adiós.

-Lo tomaré, si usted me permite que le pague con un abrazo.

- ¡Con mucho gusto!

Nos abrazamos cordialmente y Mr. Astley se alejó.

¡Mr. Astley se equivocaba! Si yo había sido duro e injusto con respecto a Paulina y a Des Grieux, injusto y duro había él sido para con los rusos. No me quejo por mí. No se trata de eso tampoco.

Son hechos y no palabras lo que hace falta. Lo esencial ahora es Suiza.

Mañana mismo... ¡Oh, si fuese posible marchar mañana! Es preciso convertirse en un hombre nuevo, resurgir. Quiero demostrarles... Paulina sabrá que aún puedo volver a ser un hombre. Basta, para esto...

Hoy es demasiado tarde, pero mañana...

Tengo una corazonada. ¡Me quedan quince luises y en cierta ocasión empecé con quince florines! Si al principio se juega con prudencia... ¿Seré un chiquillo? ¿Es posible? Pero... ¿quién me impide que rehaga mi vida? Con un poco de energía puedo en una hora cambiar mi suerte. Lo principal es tener carácter.

No tengo más que recordar lo que me ocurrió hace siete meses en Ruletenburg antes de perderlo todo.

Fue un ejemplo notable de lo que puede muchas veces la decisión. Lo había perdido absolutamente todo...

Al salir del casino siento que dentro de mi bolsillo se mueve algo. Es un florín. "Ya tengo bastante para comer", me dije. Pero después de haber andado unos cien pasos cambié de parecer y me volví.

Puse aquel florín en el manque. Verdaderamente se experimenta una sensación singular cuando, solo, en tierra extraña, lejos de la patria y de los amigos, y sin saber si uno podrá comer el mismo día, se arriesga el último florín. Gané, y cuando veinte minutos más tarde salí del casino, me hallaba en posesión de ciento setenta florines. He aquí lo que son las cosas, lo que a veces puede significar el último florín. ¿Y si yo ahora perdiese los ánimos y no me atreviera a tomar nuevas decisiones?

- ¡No, no; mañana ...! ¡Mañana todo habrá concluído!

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El jugador de Fiódor Dostoyevski

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