El laberinto del amor: 056

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Jornada II
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El laberinto del amor Jornada II Miguel de Cervantes


JULIA Pues dello gustas, buen señor, atiende.

    «Llegóse a mí un mancebo 560
de agradable presencia, bien tratado,
con un vestido nuevo,
que creo que por éste fue trazado;
llegóse, como digo,
y díjome: "Escuchadme, buen amigo". 565
    Volví, miréle, y vile
lloviendo perlas de sus bellos ojos;
la mano entonces dile,
de lástima movido, y él, de hinojos,
temeroso tomóla, 570
y, bañándola en lágrimas, besóla.
    Yo, del caso espantado,
le alcé y le pregunté lo que quería;
él, casi desmayado,
me dijo que merced recibiría 575
si un poco le escuchase
en parte donde naide nos notase.
    Llevéle a mi aposento;
sentóse, sosegóse, y después dijo
con desmayado aliento, 580
con voz turbada y anhelar prolijo:
"Yo soy...", y calló luego,
y el rostro se le puso como un fuego.
    Por estos movimientos
conocí que vergüenza le estorbaba 585
a decir sus intentos;
y como yo sabellos deseaba,
lleguéme a él, diciendo
razones que le fueron convenciendo.
    En fin, dellas vencido, 590
tras de un suspiro doloroso, ardiente,
ya el rostro amortecido,
el codo y palma en la rodilla y frente,
dijo: "Yo soy aquella
a quien persigue su contraria estrella; 595
    yo soy la sin ventura
que, a la primera vista de unos ojos,
sin valor ni cordura,
rendí la libertad de los despojos
de la honra y la vida, 600
pues una y otra cuento por perdida:
    yo soy Julia, la hija
del duque de Dorlán, cuyo deseo
ya no hay quien le corrija;
ni el cielo ofrece, ni en la tierra veo 605
remedio al dolor mío,
y es bien que no le tenga un desvarío".
    Quedé, en oyendo aquesto,
bien como estatua mudo, y, sin hablalla,
quise escuchar el resto, 610
temiendo con mi plática estorballa;
y prosiguió diciendo
lo que me fue encantando y suspendiendo:
    "Yo -dijo- vi a Manfredo,
aqueste dueño venturoso tuyo 615
-que ya no tengo miedo,
ni de contar, y más a ti, rehuyo
la mal tejida historia,
digna de infame y de inmortal memoria-.
    Teníame mi padre 620
encerrada do el sol entraba apenas;
era muerta mi madre,
y eran mi compañía las almenas
de torres levantadas,
sobre vanos temores fabricadas. 625
    Avivóme el deseo
la privación de lo que no tenía
-que crece, a lo que creo,
la hambre que imagina carestía-;
mas no era de manera 630
que yo no respondiese a ser quien era.
    Hasta que mi desdicha
hizo que este Manfredo huésped fuese
de mi padre, que a dicha
tuvo que la ocasión se le ofreciese 635
de mostrar su grandeza
sirviendo a un duque de tan grande alteza.
    En fin, yo, de curiosa,
un agujero hice en una puerta,
que a la vista medrosa, 640
y aun al alma, mostró ventana abierta
para ver a Manfredo.
Vile, y quedé cual declarar no puedo".»
    Ni aun yo puedo contarte
más por agora, porque gente viene. 645


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